Apuntes de clases

Clases de filosofía y ciencias bíblicas del Instituto de Humanidades Luis Campino, y la Parroquia de Guadalupe de Quinta Normal.


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lunes, 26 de diciembre de 2016

72).-El monte Tabor


Esteban Aguilar Orellana; Giovani Barbatos Epple; Ismael Barrenechea Samaniego; Jorge Catalán Núñez; Boris Díaz Carrasco; Rafael Díaz del Río Martí; Alfredo Francisco Eloy Barra ;Rodrigo Farías Picón; Franco Antonio González Fortunatti; Patricio Ernesto Hernández Jara; Walter Imilan Ojeda; Jaime Jamet Rojas; Gustavo Morales Guajardo; Francisco Moreno Gallardo; Boris Ormeño Rojas; José Oyarzún Villa; Rodrigo Palacios Marambio; Demetrio Protopsaltis Palma; Cristian Quezada Moreno; Edison Reyes Aramburu; Rodrigo Rivera Hernández; Jorge Rojas Bustos; Alejandro Suau Figueroa; Cristian Vergara Torrealba; Rodrigo Villela Díaz; Nicolás Wasiliew Sala; Marcelo Yáñez Garín; Katherine Alejandra del Carmen  Lafoy Guzmán; Paula Flores Vargas; 


El monte Tabor



(en hebreo, הר תבור‎, Har Tabor) está localizado en la Baja Galilea, al este del Valle de Jezreel, 17 kilómetros al oeste del Mar de Galilea. Su altura es de 575 msnm (1.843 pies) y se eleva a 400 m con respecto a su entorno. Su cumbre se destaca desde lejos. Visto de este a oeste (desde Kfar Tabor) su cumbre es muy aguda; visto de sur a norte (desde Afula) es redondeada.
Se lo conoce también con el nombre de Jebel a'tur (en árabe), Itabyrium y el Monte de la Transfiguración. Se cree que es el sitio de la Transfiguración de Jesús y de la batalla entre Barac y el ejército de Jabin, comandado por Sísara.

Sin embargo, justo antes de la transfiguración, Jesús y sus discípulos se encontraban en la región de Cesarea de Filipo, en el actual pueblo de Banias. (Mc 8,27.) No es probable que Jesús y los apóstoles se marchasen de esas inmediaciones o de la región cuando fueron a la “montaña encumbrada”. (Mc 9,2.) Desde el siglo IV d.C. se ha considerado el monte Tabor como el lugar tradicional de la transfiguración, pero como está a unos 70 Km. al SSO. de Cesarea de Filipo, parece una ubicación improbable. Se puede objetar sin embargo que Mateo 17,1 nos dice "seis días después..." y en seis días bien podían haber hecho 70 km.

Alberga en su cumbre la Basílica de la Transfiguración.

Tres aldeas árabes se hallan a los pies del monte: Shibli (al este), Umm-el-ghanam (al sur este) y Daburiya (al oeste).



Descendientes Bolcheviques: Legado y Reflexiones



Los descendientes de los Bolcheviques, que viven en Rusia, que piensan o declaran de fracaso de la revolución de octubre, el costo humano de la guerra civil de Rusa, el exterminio físico y el exilio de la élite zarista, y su reemplazo por  la nomenclatura, burocrática, y mediocre; el exterminio del campesinos ricos y asesinato del clero; de la caída de la URSS, y su desintegración; el estado de Rusia en actualidad, mas pequeña que fue Imperio Ruso. El odio que sientes en los paises europeos que fueron dominados por URSS, y ex paises soviéticos, en contra de sus ancestros, los Bolcheviques.  

La relación de los descendientes de los bolcheviques actuales —la élites soviéticas, antiguos funcionarios del partido, oficiales militares y diplomáticos— con el legado de la Revolución de Octubre es compleja, diversa y está marcada por el profundo impacto de la caída de la URSS. En la Rusia contemporánea, las perspectivas no son homogéneas, pero es posible agrupar las posturas y los debates recurrentes en torno a los temas señalados:

1. El fracaso de la revolución y el costo humano

La visión oficial y nostálgica: Una parte de los descendientes de la antigua nomenclatura, especialmente aquellos vinculados a la izquierda tradicional o al Partido Comunista de la Federación Rusa (PCFR), tiende a minimizar el fracaso estructural de la revolución, atribuyendo los desvíos a circunstancias históricas inevitables (como la intervención extranjera y la Guerra Civil).
El reconocimiento del costo humano: Entre las familias con mayor nivel educativo o aquellas cuyos antepasados sufrieron las purgas estalinistas posteriores (como la generación de 1937), existe un reconocimiento abierto y doloroso del altísimo costo humano. Muchos distinguen entre el "idealismo revolucionario original" de 1917 y la posterior deriva autoritaria bajo Stalin, considerando que el proceso original fue "secuestrado" o pervertido.

2. El destino de la élite zarista y el auge de la nomenclatura

La tragedia y la ruptura: El exterminio físico y el exilio de la élite imperial (intelectuales, aristócratas y oficiales) es visto hoy por muchos descendientes como una catástrofe demográfica y cultural que privó a Rusia de su intelligentsia tradicional.
La autocrítica sobre la nueva burocracia: El fenómeno del reemplazo de esa élite por una burocracia partidaria rígida y, en ocasiones, carente de flexibilidad intelectual (la nomenklatura) es analizado críticamente por los herederos de aquellas familias. Se suele admitir que el sistema soviético tardío premió la lealtad burocrática por encima de la brillantez intelectual o la innovación, lo que a la larga estancó al país.

3. La colectivización, el campesinado y el clero

El drama agrario: La eliminación de los kulaks (campesinos prósperos) y la subsecuente colectivización forzosa son recordadas en muchas de estas familias con la distancia crítica que otorgan los archivos históricos desclasificados tras la perestroika. Se reconoce el profundo trauma que significó la destrucción del tejido rural tradicional.
La cuestión religiosa: El asesinato y la persecución sistemática del clero ortodoxo se interpretan generalmente como un error táctico e histórico devastador que rompió la continuidad espiritual de Rusia, un daño que la posterior restauración de la Iglesia Ortodoxa en el siglo XXI ha intentado sanar con esmero.

4. La caída y desintegración de la URSS

Un trauma generacional: Para los descendientes de la alta burocracia soviética, la disolución de la URSS en 1991 no fue solo un evento político, sino un colapso existencial. Muchos perdieron sus privilegios, su estatus social y la seguridad geopolítica a la que estaban acostumbrados.
Culpabilidad y traición: Existe un debate recurrente en estos círculos sobre si el derrumbe se debió a fallas intrínsecas del modelo económico planificado o a la traición de una cúpula dirigente (encabezada por Mijaíl Gorbachov y Borís Yeltsin) que prefirió el enriquecimiento personal y la integración a Occidente antes que la reforma del Estado.

5. La Rusia actual frente al antiguo Imperio

Geopolítica y tamaño: La reducción territorial de la Federación Rusa en comparación con el antiguo Imperio o la URSS genera un sentimiento ambivalente. Mientras que los sectores nacionalistas o estatistas lamentan la pérdida de influencia y el "corte" de repúblicas hermanas (como Ucrania o Bielorrusia), otros aceptan la realidad de un Estado nacional moderno centrado en sus propias fronteras.
Continuidad institucional: A menudo se señala que muchos métodos de gobernanza actuales en Rusia (el centralismo, el peso de los servicios de seguridad y la estructura vertical del poder) heredan tanto prácticas de la autocracia zarista como de la burocracia soviética.

6. La percepción del resentimiento en Europa Oriental y exrepúblicas soviéticas

Incomprensión del rechazo: Entre los descendientes más ideologizados, el rechazo visceral y el odio hacia el pasado soviético manifestado en Europa Oriental (países bálticos, Polonia, Ucrania, etc.) suele ser interpretado como una simplificación histórica o una instrumentalización política contemporánea. Argumentan que la Unión Soviética también liberó a Europa del nazismo a costa de millones de vidas rusas y soviéticas.
Conciencia del daño histórico: No obstante, los sectores más reflexivos comprenden que la imposición de regímenes comunistas por la fuerza tras la Segunda Guerra Mundial y episodios como la represión de levantamientos populares (Budapest 1956, Praga 1968) dejaron una herida legítima que explica la animadversión actual hacia cualquier símbolo o legado de los bolcheviques.

Los descendientes de los bolcheviques en actualidad tiene buena imagen de los blancos derrotados, la aristocracia y nobleza rusa.

La relación de los descendientes de los bolcheviques actuales con la memoria del movimiento blanco, la aristocracia y la nobleza imperial ha cambiado de forma radical en comparación con el antagonismo absoluto que existía durante el período soviético. Hoy en día, esta postura se divide entre la reconciliación cultural, la indiferencia y los rescates ideológicos selectivos:

1. Del antagonismo ideológico a la reconciliación cultural

Durante la existencia de la URSS, los "blancos", la nobleza y los Románov eran presentados oficialmente como enemigos de clase, traidores a la patria o agentes del imperialismo extranjero. Sin embargo, tras la caída de la Unión Soviética y la apertura de archivos, las familias de la antigua nomenclatura experimentaron un proceso de asimilación cultural:
Pérdida del estigma: El rechazo visceral de los abuelos bolcheviques hacia la aristocracia se ha desvanecido en las generaciones más jóvenes. Para muchos descendientes actuales de la élite soviética, la nobleza rusa ya no es vista como un peligro político, sino como parte del patrimonio histórico y cultural de Rusia.
Recuperación del pasado familiar cruzado: No es infrecuente en la Rusia actual descubrir que algunas ramas de familias con profundas raíces en el partido comunista o en los servicios de seguridad (KGB/FSB) tenían, en realidad, ancestros de origen noble o burgués que ocultaron sus apellidos o antecedentes para sobrevivir a las purgas y al terror rojo.

2. La visión de la intelectualidad blanca y la alta cultura

Apreciación de la "Rusia perdida": Entre los descendientes de la intelligentsia soviética y de los burócratas de alto rango (que solían tener un nivel educativo elevado a pesar de la ortodoxia del partido), existe hoy una profunda admiración por la literatura, la filosofía, la ciencia y las artes de la Rusia zarista anterior a 1917.
Se suele valorar el aporte de la emigración blanca (los intelectuales y científicos que huyeron a París, Praga o Berlín) como guardianes de la alta cultura rusa que el estalinismo intentó homogeneizar o destruir.

3. La fascinación por el nacionalismo y el conservadurismo zarista

Convergencia ideológica: En los sectores conservadores de la Rusia contemporánea —donde confluyen tanto herederos de la antigua nomenclatura como simpatizantes del nacionalismo ruso— se ha producido una síntesis ideológica curiosa. Se glorifica simultáneamente la victoria soviética en la Gran Guerra Patria (la Segunda Guerra Mundial) y la grandeza del Imperio Ruso de los zares.
En este contexto, los generales blancos (como Antón Denikin o Aleksandr Kolchak) son reinterpretados en ocasiones no como villanos absolutos, sino como patriotas rusos atrapados en una tragedia fratricida, aunque se mantenga la crítica a su alianza con las potencias extranjeras durante la intervención militar.

4. Matices y líneas rojas

A pesar de esta normalización y del turismo histórico en torno a los palacios imperiales, persisten ciertos límites:

El debate sobre la responsabilidad política: Los descendientes más fieles al legado marxista-leninista o a la línea dura del Partido Comunista actual siguen considerando que la caída del Imperio Ruso fue inevitable debido a la incompetencia y el autocratismo de la dinastía Románov y al atraso estructural del régimen zarista. Para ellos, los blancos representaban el retorno al pasado feudal, por lo que su derrota militar sigue viéndose, en el plano macrohistórico, como un paso "necesario" aunque doloroso.
Los descendientes de los bolcheviques que piensan de los lideres nacionalistas de los estados periféricos de Imperio Ruso, que lucharon contra sus antepasados, como Carl Gustaf Emil Mannerheim, que son ahora héroes nacionales.
La percepción que tienen los descendientes de los bolcheviques sobre los líderes nacionalistas de las periferias del antiguo Imperio Ruso —figuras como el mariscal Carl Gustaf Emil Mannerheim en Finlandia, o líderes independentistas en los países bálticos, Ucrania y el Cáucaso que combatieron al Ejército Rojo— es compleja y está teñida tanto por el orgullo patriótico soviético heredado como por el pragmatismo histórico actual.

1. La figura de Carl Gustaf Emil Mannerheim: De "enemigo de clase" a estadista respetado.

El caso de Mannerheim (quien sirvió como oficial de la Guardia Imperial rusa antes de liderar la independencia de Finlandia y frenar el avance soviético) ilustra bien esta evolución:
El contraste con el pasado soviético: Durante la era soviética, Mannerheim era catalogado estrictamente como un burgués reaccionario, un general zarista renegado y un enemigo acérrimo del Estado obrero y campesino, especialmente por su papel en la Guerra Civil finlandesa de 1918 y la posterior Guerra de Invierno (1939-1940).
La mirada de los descendientes hoy: Entre los herederos de la élite soviética actual, la hostilidad visceral ha dado paso a una mezcla de reconocimiento profesional y pragmatismo. Se le valora como un estratega militar brillante y un diplomático pragmático que logró salvar la independencia de su país frente a un vecino soviético abrumadoramente superior. Para los descendientes con sensibilidad histórica o militar, el hecho de que sea hoy un héroe nacional indiscutible en Finlandia se comprende como un resultado natural de la geopolítica, aunque con el matiz de que su alianza táctica posterior con la Alemania nazi sigue siendo vista con recelo.

2. Los nacionalistas periféricos: Entre el derecho a la autodeterminación y el "separatismo hostil"

La actitud hacia otros líderes nacionalistas de la periferia (como Symmon Petliura en Ucrania, o los líderes de las repúblicas bálticas de entreguerras) varía según la cercanía ideológica familiar con el comunismo duro:
El prisma de la "Guerra Patriótica" y el orden imperial: Para los descendientes más arraigados en la nostalgia soviética o en el nacionalismo de Estado ruso, estos líderes periféricos suelen ser recordados con desconfianza. Se les acusa de haber actuado como peones de las potencias occidentales para debilitar y desmembrar a Rusia en un momento de extrema debilidad tras 1917.
La crítica al nacionalismo etnocéntrico: Desde la perspectiva de las familias cultas de la antigua nomenclatura, el rechazo a estos líderes no se basa tanto en su anticomunismo, sino en el carácter a menudo radical o rusofóbico que adquirieron sus movimientos nacionales, los cuales veían a Rusia entera (y no solo al régimen bolchevique) como un opresor histórico.

3. La aceptación de la realidad geopolítica.

Respeto a la soberanía de los héroes ajenos: La mayoría de los descendientes educados de la antigua élite asumen hoy que cada nación periférica tiene derecho a construir sus propios mitos fundacionales. Comprenden que figuras que combatieron a los bolcheviques —como Mannerheim— son el pilar de la identidad de esos Estados modernos.
El conflicto actual no surge tanto de la existencia de esos héroes nacionales en sí, sino de cómo los gobiernos contemporáneos de esos países utilizan su memoria para construir discursos de confrontación permanente con el legado ruso.

Los descendientes de los bolcheviques que todavía son izquierdistas, cree puede estallar próxima revolución en la India o África. En estos lugares están llenos proletarios, obreros y campesinos.

Entre los descendientes de los bolcheviques, intelectuales o militantes que mantienen convicciones de izquierda radical en la actualidad, la posibilidad de una nueva gran revolución social en el Sur Global —específicamente en regiones con masas masivas de proletarios, campesinos y trabajadores informales como la India o diversos países de África subsahariana— es un tema de debate recurrente, caracterizado por una mezcla de esperanza teórica y escepticismo práctico.
Las perspectivas de estos sectores sobre este escenario se dividen en los siguientes puntos clave:

1. Las condiciones objetivas: Una base teórica sólida

Desde el punto de vista del marxismo-leninismo clásico, las condiciones materiales en gran parte de la India y de África parecen ajustarse a los manuales de la teoría revolucionaria:
Hiper-explotación capitalista: La concentración de una masa colosal de trabajadores en condiciones de precariedad extrema, informalidad laboral y extracción intensiva de plusvalía recuerda a los analistas de izquierda las condiciones del capitalismo industrial temprano que Marx y Lenin estudiaron.
Conflicto agrario y despojo: En zonas rurales de la India y del África subsahariana, el desplazamiento campesino por megaproyectos, la minería transnacional y la agroindustria genera tensiones de clase agudas que evocan los levantamientos campesinos tradicionales que nutrieron las revoluciones del siglo XX.

2. El escepticismo sobre el modelo clásico de "revolución proletaria"

A pesar de la abundancia de masas trabajadoras, los herederos de la tradición bolchevique con formación política suelen ser muy cautelosos (o abiertamente escépticos) respecto a si estas condiciones pueden traducirse en una revolución al estilo de 1917 por varias razones estructurales:

La fragmentación de la clase trabajadora: A diferencia de la gran fábrica soviética centralizada, que facilitó la organización política y la toma del poder en Petrogrado, el proletariado actual en el Sur Global está hiper-fragmentado en la economía informal, el trabajo migrante y el autoempleo de subsistencia, lo que dificulta enormemente la cohesión ideológica y sindical.
El papel del imperialismo y la tecnología: Se argumenta que los mecanismos de control global, la vigilancia estatal tecnificada y la intervención financiera internacional (FMI, Banco Mundial) son hoy infinitamente más sofisticados que a principios del siglo XX, lo que ahoga con rapidez cualquier conato de insurrección sistémica.

3. El ejemplo vivo: Las guerrillas maoístas en la India (Los Naxalitas)

Para los izquierdistas rusos que miran hacia la India, el punto de referencia obligado es el movimiento naxalita (insurgencias maoístas activas en el llamado "corredor rojo" de la India):

Respeto táctico y distancia: Existe una corriente de simpatía ideológica hacia los campesinos y tribales pobres que combaten al Estado indio en defensa de sus tierras. Sin embargo, los analistas de izquierda más ortodoxos suelen ver estas luchas con un realismo crítico: las consideran revueltas heroicas pero aisladas, limitadas a bolsones rurales empobrecidos y sin la capacidad de conectar orgánicamente con el proletariado urbano moderno de las grandes metrópolis indias (como Bombay o Delhi), que es donde, según la teoría marxista, reside el verdadero poder estratégico.

4. África: Entre el neocolonialismo y las nuevas formas de resistencia

Respecto al continente africano, la lectura de la izquierda post-soviética se centra en el concepto de imperialismo y soberanía económica:

Se observa con gran interés cómo el descontento popular en varias regiones de África (como el Sahel) se canaliza hoy a través de discursos de soberanía nacional, antiimperialismo y rechazo a las potencias occidentales (especialmente Francia).

No obstante, los sectores más formados en la teoría comunista clásica suelen señalar una contradicción: muchas de estas revueltas o golpes de Estado actuales son liderados por sectores militares o burguesías locales nacionalistas, no por partidos obreros con un programa socialista claro. Para un descendiente de bolcheviques, esto se interpreta más como una "rebelión antiimperialista burguesa" que como una revolución proletaria genuina, advirtiendo el peligro de que una potencia imperialista sea simplemente reemplazada por otra (como la creciente influencia de China o Rusia en la región).

Debe ser terrible que mucha gente dentro y fuera de Rusia a sus antepasadas los bolcheviques son odiados

Es indudable que cargar con un legado histórico tan polarizado resulta una carga psicológica y social compleja para los descendientes de los bolcheviques, especialmente para aquellos que sienten un vínculo afectivo o familiar con esa historia.
Para quienes asumen ese pasado con sensibilidad, enfrentar el rechazo generalizado —tanto en las naciones de Europa Oriental y el espacio exsoviético que sufrieron los estragos del régimen, como en la propia Rusia postsoviética— implica lidiar con varias dimensiones dolorosas:

La disonancia entre el ideal y la realidad: Quienes crecieron escuchando relatos familiares sobre la construcción de un mundo supuestamente más justo e igualitario experimentan un profundo desconcierto al ver que, para millones de personas, el nombre de sus antepasados es sinónimo directo de represión, gulags, pobreza y pérdida de libertades.

El peso de la culpa colectiva: A nivel social, la historia oficial y la memoria de las víctimas a menudo no distinguen entre el alto jerarca que ideó el terror y el militante de base, el médico, el ingeniero o el soldado raso que creía sinceramente estar sirviendo a su patria. Esto genera una sensación de ostracismo moral en determinados círculos.
La imposibilidad de reconciliar el relato: Mientras que en Occidente y en gran parte de la Europa postcomunista el bolchevismo es visto de forma equiparable al totalitarismo del siglo XX, en el ámbito familiar a menudo se recuerda a esas mismas personas como abuelos tiernos, científicos dedicados o combatientes antifascistas. Sostener esa doble verdad —el familiar entrañable frente al constructor de un sistema implacable— es un ejercicio emocionalmente desgastante.
A fin de cuentas, la historia de las revoluciones de esa magnitud rara vez deja espacio para matices en la memoria colectiva, lo que obliga a los descendientes a navegar permanentemente entre la condena histórica global y la lealtad a su propia memoria familiar.
que pasa de los descendientes de bolcheviques viven en Rusia, pero eran original de paises periféricos, ahora lo consideran traidores y fanáticos, como lituanos, finlandeses, etc.

Para los descendientes de aquellos bolcheviques que procedían de las periferias del Imperio Ruso —como Lituania, Letonia, Estonia, Finlandia, Ucrania o el Cáucaso— y que decidieron quedarse en Rusia o dentro de las estructuras de la URSS, la situación actual es una de las aristas más complejas y dolorosas del cisma postsoviético.

Mientras que en la propia Rusia su legado puede ser visto con ambivalencia (a veces con nostalgia de Estado, otras con indiferencia), en sus patrias de origen suelen ocupar el escalón más bajo de la memoria histórica oficial. Allí se les considera figuras profundamente controvertidas o directamente traidores a la patria.
Esta experiencia se manifiesta de varias maneras:

1. El estigma de la "traición nacional" en las repúblicas bálticas y Europa Oriental

En países como Lituania, Letonia o Estonia, la narrativa nacional se sustenta en la restauración de la independencia y la condena absoluta de la ocupación soviética.

Colaboracionistas ideológicos: Para las sociedades bálticas actuales, un local que se unió a los bolcheviques en 1918 o que participó en la sovietización de su país tras 1940 no es visto como un revolucionario romántico, sino como un agente de una potencia extranjera que facilitó la destrucción de la soberanía nacional y la deportación de sus propios compatriotas a Siberia.
El borrado de la memoria familiar: Los descendientes de estos bolcheviques periféricos que aún viven o viajan a sus países de origen se encuentran con un muro de hostilidad institucional y social. Sus antepasados son excluidos de los anales familiares públicos considerados honorables; al contrario, sus nombres suelen aparecer en los archivos de la KGB o de los tribunales de ocupación como perpetradores de crímenes contra el Estado.

2. El dilema identitario: ¿Rusos o expatriados incomprendidos?

Muchos de estos descendientes se han totalmente rusificado a lo largo de las décadas, habiendo nacido y crecido en Moscú, Leningrado u otras grandes ciudades rusas.

Una identidad escindida: Cuando descubren o recuerdan las raíces periféricas de sus abuelos (por ejemplo, un abuelo lituano que fue comisario político del Ejército Rojo), experimentan una doble disonancia. Para los rusos actuales, son simplemente rusos; pero para la historia oficial de Lituania o Finlandia, sus ancestros son parte de una maquinaria opresora extranjera.
La imposibilidad de reconciliación: A diferencia de los descendientes de bolcheviques puramente rusos, que pueden debatir sobre su historia en su propio territorio, estos descendientes periféricos se enfrentan a un rechazo nacional directo. Sus abuelos eligieron el internacionalismo proletario por encima de la identidad nacional, y hoy las repúblicas independientes les cobran esa factura ideológica de manera implacable.

3. El caso especial de Finlandia: El exilio de los "rojos"

En el caso de Finlandia, tras la cruenta Guerra Civil de 1918, miles de comunistas finlandeses derrotados (los "rojos") huyeron a la Rusia soviética para escapar de las represalias.

El destino trágico en la URSS: Irónicamente, muchos de estos bolcheviques finlandeses sufrieron un destino atroz durante las Grandes Purgas de Stalin en la década de 1930, siendo acusados falsamente de espionaje finlandés o burgués y ejecutados.
La mirada actual: Hoy en día, en Finlandia se reconoce la tragedia humana de aquellos finlandeses que creyeron en el comunismo y terminaron masacrados por el propio régimen soviético al que sirvieron. Sin embargo, para los pocos descendientes que aún guardan memoria de aquello, pesa el hecho de que sus familias eligieron un camino que la historia finlandesa considera un desvío trágico y antinacional.

Los decendientes de los rojos firlandeses todavia tiene relaciones con familias, o se corto por guerra civil firlandesa, y derrota de los rojos.

Las relaciones familiares transfronterizas entre los descendientes de aquellos "rojos" finlandeses que huyeron a la Unión Soviética en 1918 y las familias que se quedaron en Finlandia sufrieron una ruptura profunda, aunque la evolución de estos lazos ha tenido matices muy particulares a lo largo de las décadas:

1. La ruptura inicial y el aislamiento durante la Guerra Fría

Tras la derrota en la Guerra Civil finlandesa y la huida de miles de comunistas a la Rusia soviética, los lazos se cortaron de manera casi absoluta por motivos políticos, ideológicos y de seguridad física:
El miedo a la represión: Mantener correspondencia o intentar buscar a familiares en la URSS desde Finlandia era extremadamente peligroso, especialmente durante las décadas de mayor tensión y durante las Grandes Purgas estalinistas, cuando muchos de los propios comunistas finlandeses exiliados fueron ejecutados o enviados al Gulag bajo la sospecha de ser espías.
El estigma social en Finlandia: En la Finlandia de entreguerras y durante las décadas posteriores, haber tenido un familiar "rojo" que huyó al enemigo soviético era una mancha social importante. Las familias que se quedaron en Finlandia a menudo intentaron silenciar o enterrar ese pasado para proteger a sus hijos y mantener su empleo o posición social.

2. La Guerra Fría y un tímido acercamiento

Durante las décadas de 1960 y 1970, con la normalización de las relaciones diplomáticas y comerciales entre Finlandia y la URSS (bajo la política conocida como la "finlandización"), las comunicaciones comenzaron a restablecerse tímidamente:
Algunas familias lograron localizar a parientes lejanos a través de canales oficiales o de organizaciones de amistad soviético-finlandesas.
Se produjeron algunos reencuentros muy emotivos pero controlados por las autoridades, donde los primos finlandeses y los primos soviéticos (que ya solo hablaban ruso y se habían integrado por completo en la sociedad soviética) se veían en contadas ocasiones.

3. La situación actual: Un puente casi borrado por el tiempo

Hoy en día, más de un siglo después de la guerra de 1918, la situación de estas relaciones familiares se caracteriza por lo siguiente:

La barrera generacional: Prácticamente ya no quedan testigos directos de aquella fractura. Los actuales descendientes son tataranietos o bisnietos, por lo que el parentesco biológico se ha diluido enormemente.
La divergencia cultural y lingüística: Los descendientes de los rojos que se quedaron en Rusia son hoy culturalmente rusos, mientras que los parientes en Finlandia son occidentales y nórdicos. La barrera del idioma y la completa separación de realidades históricas hacen que, salvo contadas excepciones de genealogistas aficionados, los lazos familiares estén completamente extintos.
El reconocimiento histórico sin vínculos personales: En la actualidad, en Finlandia se estudia este episodio (a menudo conocido como el drama de los "finlandeses rojos" o punaiset) con una perspectiva humanitaria. Se reconoce el sufrimiento de aquellas familias divididas, pero la reconstrucción de los árboles genealógicos rotos es hoy un ejercicio de memoria histórica más que de vínculos familiares vivos.

Los desendientes bolcheviques de paises balticos

Los descendientes de aquellos bolcheviques y funcionarios soviéticos que procedían de los países bálticos (Lituania, Letonia y Estonia) y que se trasladaron o permanecieron en la Unión Soviética representan uno de los grupos más complejos dentro de la diáspora y la élite postsoviética. Su situación actual combina el anonimato, la asimilación y, en muchos casos, el peso de un estigma histórico único.

1. El perfil de origen: Los "comunistas bálticos" y la sovietización

A diferencia de los bolcheviques de origen ruso, los bolcheviques bálticos se dividían principalmente en dos vertientes:

Los bolcheviques históricos de 1917-1918: Militantes locales que participaron activamente en la Revolución de Octubre y en la Guerra Civil rusa (muchos de ellos integrados en los temidos fusileros letones, que fueron la guardia de confianza de Lenin en los primeros años del régimen).

Los colaboradores de 1940: Funcionarios, intelectuales o activistas locales que facilitaron la anexión de las repúblicas bálticas a la URSS tras el Pacto Ribbentrop-Mólotov, y que posteriormente ocuparon cargos en el Partido Comunista local o en los ministerios soviéticos.

2. La asimilación total en Rusia y la pérdida de raíces

Para los descendientes de estos grupos que se establecieron de forma permanente en Rusia (principalmente en Moscú, Leningrado/San Petersburgo o ciudades industriales):

Rusificación profunda: A lo largo de tres o cuatro generaciones, estos descendientes se han vuelto completamente rusos. Ya no hablan el lituano, el letón o el estonio de sus bisabuelos, y su cultura, educación e identidad están firmemente arraigadas en la sociedad rusa.
El olvido voluntario: Durante la era soviética, aunque tener un abuelo "héroe de la revolución" o "viejo bolchevique" aportaba ciertos privilegios y prestigio social, muchos descendientes acabaron viendo su origen báltico como una mera curiosidad genealógica. Con el colapso de la URSS, esa desconexión se profundizó aún más para evitar cualquier asociación incómoda con un pasado políticamente tóxico.

3. La mirada desde los Países Bálticos actuales: Entre el olvido y la condena legal

Si para los rusos estos descendientes son indistintos del resto de la población, para los Estados bálticos independientes la memoria de sus antepasados es diametralmente opuesta:
Traición a la patria y crímenes de Estado: En Lituania, Letonia y Estonia, la historiografía oficial y la memoria colectiva consideran que aquellos que colaboraron con la toma del poder bolchevique y la posterior sovietización fueron traidores que abrieron la puerta a la ocupación, las deportaciones masivas a Siberia y el terror estalinista.
Inexistencia de lazos: Hoy en día, es prácticamente imposible que los descendientes que viven en Rusia mantengan un vínculo activo o afectivo con las familias que permanecieron en el Báltico. La fractura ideológica, combinada con las estrictas leyes de ciudadanía y memoria histórica de los países bálticos (que a menudo persiguen la exaltación de los regímenes totalitarios o del comunismo), hace que el retorno simbólico o físico a sus raíces sea casi inviable.

4. Casos excepcionales y el debate de la memoria familiar

Entre los descendientes actuales en Rusia que son conscientes de este linaje báltico, las reacciones suelen dividirse:

Indiferencia o pragmatismo: La mayoría ve la historia familiar a través de un prisma estrictamente privado, recordando a sus ancestros como personas que creyeron sinceramente en una ideología o que simplemente intentaron sobrevivir a las turbulencias del siglo XX.
El choque con la realidad exterior: Cuando algunos de estos descendientes intentan indagar en los archivos estatales de Letonia, Lituania o Estonia para reconstruir su árbol genealógico, a menudo se encuentran con que los nombres de sus antepasados figuran en los registros de tribunales de ocupación, archivos de la KGB o listas de represores, lo que convierte la investigación genealógica en un doloroso choque con la historia oficial de Europa Oriental.

Los desendientes bolcheviques de caucaso.

La situación de los descendientes de los bolcheviques originarios del Cáucaso (principalmente de Georgia, Armenia y Azerbaiyán) presenta una dinámica fascinante y muy distinta a la de los países bálticos o Finlandia. Esto se debe a un factor histórico crucial: los bolcheviques caucásicos no fueron figuras secundarias, sino que formaron el núcleo duro del poder soviético (con figuras como Iósif Stalin, Lavrenti Beria, Sergó Ordzhonikidze o Anastás Mikoyán).
Hoy en día, el destino de sus descendientes y cómo son percibidos tanto en Rusia como en sus repúblicas de origen se caracteriza por los siguientes puntos:


1. La integración absoluta en la élite rusa (La "aristocracia roja")

La gran mayoría de las familias de los altos jerarcas caucásicos se establecieron permanentemente en Moscú durante la era soviética.
Rusificación cultural: Al igual que ocurrió con los bálticos, estos descendientes están hoy completamente rusificados. Han perdido en su mayoría el idioma georgiano, armenio o azerí de sus antepasados.
Presencia en la cultura y la ciencia: A diferencia de los descendientes de bolcheviques periféricos que cayeron en el ostracismo, muchas de estas familias caucásicas lograron mantenerse en la élite intelectual, artística o científica de Rusia. Un ejemplo célebre es el músico de rock ruso Stas Namin (cuyo nombre real es Anastás Mikoyán, siendo nieto del histórico dirigente armenio-soviético).

2. La "Paradoja Georgiana": Entre el repudio oficial y el orgullo inconfesable

En Georgia (patria de Stalin, Beria y Ordzhonikidze), la relación con este pasado es extremadamente esquizofrénica:

Traidores a la Primera República: Oficialmente, y especialmente desde la Revolución de las Rosas (2003), el Estado georgiano moderno considera a los bolcheviques georgianos como traidores que destruyeron la República Democrática de Georgia (1918-1921) y entregaron el país al Imperio Ruso bajo un nuevo disfraz.
El "nacionalismo de Stalin": Sin embargo, a nivel popular, sigue existiendo un orgullo nacionalista paradójico e inconfesable por el hecho de que un georgiano (Stalin) llegó a gobernar medio mundo y derrotó a la Alemania nazi.
El destino de los descendientes: Los descendientes directos de Stalin (los Dzhugashvili) o de Beria rara vez pisan Georgia. Viven en Rusia o en Occidente, y cuando se pronuncian públicamente, suelen hacerlo desde una perspectiva cultural rusa o defendiendo el legado de sus abuelos desde el punto de vista de la "grandeza del Estado soviético", algo que choca frontalmente con el europeísmo y la actitud antirrusa de la Georgia actual.

3. El matiz armenio: Un legado menos tóxico

Para los descendientes de bolcheviques armenios, la hostilidad en su patria de origen ha sido históricamente mucho menor que en el caso georgiano o báltico:

Supervivencia nacional: Para muchos armenios, la llegada de los bolcheviques y la integración en la URSS (liderada por figuras locales como Stepán Shaumián o Anastás Mikoyán) fue vista durante mucho tiempo como un "mal menor" o una necesidad trágica para garantizar la supervivencia física de la nación frente a la amenaza de Turquía, poco después del Genocidio Armenio de 1915.
Memoria respetada (con matices): Aunque la Armenia independiente actual es crítica con el autoritarismo soviético y las purgas (que también diezmaron a la intelectualidad armenia), los descendientes de estos líderes no son vistos como "agentes extranjeros", sino como figuras históricas de la diáspora armenia que jugaron al más alto nivel en el tablero mundial.

4. Azerbaiyán y la reescritura del pasado

En Azerbaiyán, la figura de los bolcheviques ha sido reemplazada casi en su totalidad por el nacionalismo pantúrquico y la figura de la dinastía Alíyev (que, irónicamente, tiene fuertes raíces en el KGB soviético).
Borrado de símbolos: Los bolcheviques caucásicos, como los famosos "26 Comisarios de Bakú", fueron borrados de la memoria monumental de la ciudad tras la independencia. Hoy se les considera, en gran medida, peones del imperialismo ruso o, en el caso de los bolcheviques de etnia armenia que actuaron en Bakú, se les asocia directamente con la enemistad étnica actual.
Los descendientes de los bolcheviques azeríes suelen mantener un perfil bajo, habiendo sido absorbidos por la burocracia estatal postsoviética o viviendo en el anonimato en Moscú.

5. La desconexión geopolítica actual

En resumen, los descendientes de los bolcheviques del Cáucaso viven hoy una completa desconexión geopolítica con sus tierras de origen. Mientras que las repúblicas caucásicas construyen su identidad nacional en oposición a la dominación rusa (sea zarista, soviética o de la actual Federación Rusa), estos herederos observan el Cáucaso desde Moscú, siendo esencialmente ciudadanos rusos que portan apellidos históricos ilustres, pero vaciados de cualquier influencia política real en Tiflis, Ereván o Bakú.

Los desendientes de bolcheviques de ucrania

La situación de los descendientes de los bolcheviques y de la antigua élite soviética originarios de Ucrania es, sin duda, la más dramática, compleja y políticamente inflamable de todo el antiguo espacio postsoviético, debido al profundo desgarramiento histórico y al conflicto bélico actual entre Rusia y Ucrania.
Para entender qué ocurre con estos descendientes hoy, es necesario analizar el choque entre su herencia familiar y la realidad política de Ucrania:

1. El doble origen: Bolcheviques ucranianos y la sovietización de Ucrania

A diferencia de los bálticos, cuyo territorio fue incorporado casi enteramente por la fuerza en 1940, Ucrania fue uno de los escenarios principales donde nació la Unión Soviética. Los bolcheviques de origen ucraniano se dividieron históricamente en dos bandos:

Los revolucionarios y nacional-comunistas (década de 1920): Figuras como Mykola Skrypnyk o el propio comunista radical (luego opositor) Christian Rakovski creían que la revolución podía combinarse con la emancipación cultural y lingüística de Ucrania (la llamada korenizatsiya o "ucranización" de los años 20).
Los ejecutores del estalinismo (década de 1930 en adelante): Dirigentes, comisarios y funcionarios del partido ucranianos (y de otras repúblicas) que aplicaron con mano de hierro las políticas de Moscú, incluyendo la trágica colectivización forzosa y el Holodomor (la gran hambruna de 1932-1933).

2. El destino de los descendientes en la Rusia actual y la rusificación

Aquellos descendientes cuyos antepasados bolcheviques abandonaron Ucrania para instalarse en las altas esferas del poder en Moscú (o que fueron trasladados por sus cargos) sufrieron el mismo proceso de asimilación que el resto de la élite soviética:

Pérdida de la identidad ucraniana: Salvo contadas excepciones familiares donde se conservaba la memoria culinaria o alguna canción tradicional, estas familias se convirtieron en parte indivisible de la intelectualidad y la burguesía estatal moscovita.
La rusificación lingüística y cultural: Para estas generaciones nacidas en Rusia, Ucrania pasó de ser la tierra de sus abuelos a ser, a lo sumo, una región de vacaciones en el mar Negro durante la URSS, sin un vínculo político o afectivo real con el nacionalismo ucraniano.

3. La mirada desde la Ucrania actual: De la dessovietización a la ruptura total

En la Ucrania contemporánea, y especialmente tras la intensificación del conflicto bélico con Rusia, la figura de los bolcheviques —independientemente de su origen étnico— es vista de manera unívoca a través de la lente de la ocupación colonial y el crimen de Estado.

El borrado institucional: Las leyes de descomunización en Ucrania han eliminado de la cartografía y el espacio público cualquier rastro de los bolcheviques ucranianos. Sus estatuas fueron derribadas, las calles con sus nombres fueron rebautizadas y sus archivos son estudiados por el Instituto de la Memoria Nacional como parte del historial de un régimen totalitario criminal.
El estigma de la traición: Para la sociedad ucraniana moderna, un antepasado local que sirvió al aparato bolchevique —responsable de la destrucción de la independencia ucraniana de 1917-1921, las purgas de intelectuales en los años 30 (el "Renacimiento Ejecutado") y el Holodomor— no es visto como un hijo pródigo de la nación, sino como un colaborador que traicionó a su pueblo en beneficio de la metrópoli rusa.

4. El aislamiento absoluto y el peso del presente

Hoy en día, las consecuencias prácticas de este linaje para los descendientes son drásticas:

Imposibilidad de retorno o reconciliación: Para un descendiente de estos bolcheviques que viva en Rusia, intentar reclamar o conectar con sus raíces en ciudades como Poltava, Járkov o Kiev es hoy no solo políticamente inviable, sino legalmente peligroso y socialmente impensable.
El drama del espejo roto: Mientras que en Rusia muchos de estos herederos pueden mantener una visión neutral o nostálgica de la URSS, el conflicto actual ha convertido su apellido familiar —si está ligado a los comisarios que sovietizaron Ucrania— en un símbolo profundamente tóxico dentro de la narrativa nacional ucraniana. La fractura entre ambos países ha terminado de sellar el destino de estas familias: sus antepasados eligieron construir un imperio centralizado, y hoy sus descendientes cargan con el peso de ese divorcio histórico definitivo.

Los desendientes de bolcheviques de Polonia.

Los descendientes de los bolcheviques y de los cuadros comunistas de origen polaco constituyen un caso profundamente singular y trágico dentro de la historia del movimiento comunista internacional y del espacio postsoviético.
A diferencia de otras periferias del antiguo Imperio Ruso que fueron integradas a la fuerza, muchos revolucionarios polacos se unieron al bolchevismo por una mezcla de convicción ideológica internacionalista y el rechazo al zarismo (que había oprimido a Polonia durante más de un siglo). Sin embargo, su destino estuvo marcado por una brutal paradoja histórica: gran parte de la vieja guardia bolchevique polaca fue exterminada por el propio régimen soviético al que ayudaron a fundar.

1. El perfil de los bolcheviques polacos: Internacionalistas y revolucionarios

Durante la Revolución de Octubre y la Guerra Civil rusa, figuras de origen polaco jugaron un papel protagónico de primer orden:
Los fundadores y represores: Personajes como Félix Dzerzhinski (fundador de la Cheka, la policía secreta soviética) o Julian Marchlewski fueron los rostros más visibles del bolchevismo polaco. Creían que la revolución en Rusia era solo el primer paso hacia la revolución mundial, que debía encender a su vez a Alemania y a la propia Polonia.
La integración en el aparato soviético: Cientos de militantes polacos se instalaron en Moscú y Leningrado, formando parte activa del aparato estatal, diplomático y de seguridad de la URSS.

2. La tragedia de la Gran Purga: El exterminio de la élite comunista polaca

La historia de los bolcheviques polacos dio un giro dramático y sangriento a finales de los años 30, durante el régimen de Iósif Stalin:

La destrucción de la "Organización Polaca": Entre 1937 y 1938, en el marco de las Grandes Purgas y la llamada "Operación Polaca" del NKVD, el Partido Comunista de la Unión Soviética masacró a prácticamente toda la vieja guardia comunista de origen polaco. Fueron acusados falsamente de ser espías de la Polonia "fascista" o agentes del imperialismo occidental.
El destino de las familias: Los dirigentes polacos fueron fusilados, y sus esposas e hijos sufrieron el destierro, el paso por el sistema de los campos del Gulag o la pérdida total de derechos.

3. La situación de los descendientes en la Rusia actual y en Polonia

Debido a esta masacre interna, los descendientes directos de los bolcheviques polacos que lograron sobrevivir en la URSS vivieron en una situación de extrema vulnerabilidad durante el estalinismo:

Pérdida de identidad polaca: Para sobrevivir al terror de los años 30, muchas de estas familias ocultaron celosamente su origen polaco, cambiaron nombres o se asimilaron por completo a la sociedad rusa. Sus bisnietos y tataranietos actuales son, culturalmente, rusos sin apenas conexión con la cultura polaca.
La perspectiva desde la Polonia contemporánea: En la Polonia actual, la memoria del comunismo es vista de forma estrictamente negativa, asociada a la imposición del régimen prosoviético tras la Segunda Guerra Mundial y a la represión de las libertades nacionales. Figuras como Félix Dzerzhinski son recordadas en Polonia no como héroes revolucionarios, sino como símbolos de un opresor extranjero y de un terror implacable (frecuentemente apodado "el Sanguinario Félix").

4. El aislamiento histórico definitivo

Hoy en día, para los pocos descendientes de aquellos bolcheviques polacos que subsisten en Rusia y conservan conciencia de su árbol genealógico, el peso del pasado es una carga de profunda ambivalencia:
Por un lado, cargan con el estigma de que sus antepasados sirvieron a una maquinaria totalitaria que destruyó las libertades en Europa Oriental.
Por otro lado, sufren la amargura de saber que esa misma maquinaria soviética traicionó y asesinó a sus propios abuelos durante las purgas estalinistas.
Esta combinación de culpa histórica exterior y tragedia familiar interna los deja en un completo aislamiento geopolítico y cultural entre la Rusia moderna y la Polonia actual.

Desendientes de bolcheviques piensan que ancestros fracasaron al final

Para muchos descendientes de los bolcheviques actuales, la idea de que sus antepasados fracasaron al final es un tema de profunda reflexión, debate interno y dolor. Lejos de ser una masa monolítica que niega la realidad, las posturas de los herederos de la antigua nomenclatura y de las familias soviéticas se dividen profundamente al evaluar el balance histórico del proyecto que fundaron sus ancestros:

1. La división entre el ideal original y el colapso final

El fracaso de la ejecución, no del ideal: Una parte importante de los descendientes (especialmente aquellos con formación intelectual o vínculos estrechos con la izquierda tradicional) admite abiertamente que el sistema soviético colapsó y, en muchos aspectos, fracasó estrepitosamente en 1991. Sin embargo, culturalmente culpan de este fracaso a la deformación burocrática posterior (atribuyéndola al estalinismo y a las élites corruptas de la época de Brézhnev) más que a los principios puros de la Revolución de Octubre de 1917. Figuras como Olga Uliánova (sobrina de Lenin) defendieron hasta el final que el proyecto original era teóricamente impecable y que el derrumbe fue provocado por la traición interna y errores de gestión de los líderes subsiguientes, no por fallas intrínsecas del leninismo.
La trágica constatación del fracaso estructural: Por otro lado, descendientes con una mirada más crítica o distanciada del aparato político reconocen que el modelo económico centralizado carecía de sostenibilidad a largo plazo. Ven la caída de la URSS como el punto final inevitable de un sistema que asfixió la libertad individual, destruyó el tejido agrario tradicional y terminó reemplazando la brillantez intelectual por una burocracia mediocre y obediente.

2. El peso de la culpa y la sensación de "proyecto abortado"

Para aquellos herederos que cargan con la memoria de abuelos o bisabuelos que creyeron sinceramente en la construcción de una sociedad sin clases, el balance final suele vivirse con amargura:

El costo humano como una sombra in borrar: El reconocimiento del terror masivo, las purgas de los años 30 y el sufrimiento de millones de personas pesa fuertemente sobre las conciencias de los descendientes cultos. Para ellos, ver que el Estado por el que sus antepasados lucharon y sacrificaron sus vidas terminó desintegrándose caóticamente en 1991 genera una profunda sensación de fracaso histórico.
La orfandad ideológica: Con la desaparición de la URSS, muchos de estos descendientes sintieron que la historia había "condenado" el esfuerzo de sus familias. Ver que el país actual es más pequeño territorialmente que el antiguo Imperio Ruso o la URSS, y que gran parte de Europa los señala con recelo u odio, los coloca en una posición defensiva o de profunda melancolía.
En resumen, aunque los sectores más dogmáticos intentan rescatar la épica soviética negando los errores, una gran parte de los descendientes de los bolcheviques asume de una u otra forma que el gran sueño de sus ancestros colapsó, dejándolos atrapados entre la lealtad sentimental hacia su historia familiar y la cruda evidencia del fracaso político e institucional del sistema.


domingo, 25 de diciembre de 2016

71).-La Navidad del SEÑOR.


Esteban Aguilar Orellana; Giovani Barbatos Epple; Ismael Barrenechea Samaniego; Jorge Catalán Núñez; Boris Díaz Carrasco; Rafael Díaz del Río Martí; Alfredo Francisco Eloy Barra ;Rodrigo Farías Picón; Franco Antonio González Fortunatti; Patricio Ernesto Hernández Jara; Walter Imilan Ojeda; Jaime Jamet Rojas; Gustavo Morales Guajardo; Francisco Moreno Gallardo; Boris Ormeño Rojas; José Oyarzún Villa; Rodrigo Palacios Marambio; Demetrio Protopsaltis Palma; Cristian Quezada Moreno; Edison Reyes Aramburu; Rodrigo Rivera Hernández; Jorge Rojas Bustos; Alejandro Suau Figueroa; Cristian Vergara Torrealba; Rodrigo Villela Díaz; Nicolás Wasiliew Sala; Marcelo Yáñez Garín; Katherine Alejandra del Carmen  Lafoy Guzmán; Paula Flores Vargas; 


La Navidad del SEÑOR.


En la Biblia no se detalla mes, día ni hora del nacimiento de Jesucristo, pero lo celebramos en diciembre por el antiguo festival pagano Saturnalia.


La Navidad (en latín: nativitas, ‘nacimiento’) es una de las festividades más importantes del cristianismo, junto con la Pascua de resurrección y Pentecostés. Esta solemnidad, que conmemora el nacimiento de Jesucristo en Belén, se celebra el 25 de diciembre en la Iglesia católica, en la Iglesia anglicana, en algunas comunidades protestantes y en la mayoría de las Iglesias ortodoxas. En cambio, se festeja el 7 de enero en otras Iglesias ortodoxas como la Iglesia ortodoxa rusa o la Iglesia ortodoxa de Jerusalén, que no aceptaron la reforma hecha al calendario juliano para pasar al calendario conocido como gregoriano, nombre derivado de su reformador, el papa Gregorio XIII. El 25 de diciembre es un día festivo en muchos países celebrado por millones de personas en todo el mundo y también por un gran número de no cristianos.
Los angloparlantes utilizan el término Christmas, cuyo significado es ‘misa (mass) de Cristo’. En algunas lenguas germánicas, como el alemán, la fiesta se denomina Weihnachten, que significa ‘noche de bendición’. Las fiestas de la Navidad se proponen, como su nombre indica, celebrar la Natividad (es decir, el nacimiento) de Jesús de Nazaret.
La Navidad inicia un periodo llamado tiempo de Navidad, que finaliza con la solemnidad del Bautismo del Señor. Coloquialmente, al periodo que comienza con la Navidad y finaliza con la Epifanía del Señor también se le conoce como pascuas.
Existen varias teorías sobre cómo se llegó a celebrar la Navidad el 25 de diciembre, que surgen desde diversos modos de indagar, según algunos datos conocidos, en qué fecha habría nacido Jesús.


HISTORIA CURIOSIDADES DE LA HISTORIA.

¿Por qué celebramos la Navidad en diciembre si Jesucristo nació en primavera?

La palabra "Navidad" viene del latín "Nativitas", es decir, "nacimiento". En estas fechas celebramos el nacimiento de Jesucristo, presuntamente el día 25 de diciembre, pero lo curioso es que en la Biblia en ningún momento se menciona fecha ni se llega a especificar mes, día ni hora de la llegada del mesías al mundo. Es más: la mayoría de historiadores sostienen que Jesús nació en primavera -otro dato curioso: tampoco los ángeles cantan en ninguna parte de la Biblia y ahora es una de las imágenes más recurrentes-. Entonces, ¿por qué celebramos su nacimiento ahora? 
Probablemente se escogió el 25 de diciembre porque coincide con el antiguo festival pagano Saturnalia, que consistía en honrar al dios agrícola Saturno con juegos de azar, regalos y verbenas. Las Saturnales eran una gran festividad romana y uno de sus ritos más icónicos implicaba un sacrificio en el templo de Saturno, amén de un banquete público de excepción.

La Navidad, tal y como la conocemos, comenzó a celebrarse en el año 345, cuando por influencia de San Juan Crisóstomo y San Gregorio Nacianzeno se proclama esta fecha para la Natividad de Cristo.

¿Cuándo nació Jesucristo?

Parece bastante claro que Jesucristo no nació en diciembre. Es muy improbable que los pastores durmiesen con sus ovejas a la intemperie en diciembre, cuando las temperaturas en Judea caían hasta bajo cero y era época de lluvias. 
Se ha especulado con muchas fechas: el 16 de mayo, el 9 o 20 de abril, el 29 de marzo,…pero es algo imposible de averiguar con certeza. Hay gente dedicada a investigar la Biblia, como los de ASK (Associates for Scriptural Knowledge), de Wisconsin. Una de sus últimos estudios asegura que la Estrella de Belén que guió a los tres Reyes Magos —probablemente, una conjunción de Venus y Júpiter— ocurrió el 17 de junio del año 2 a.C. Para entonces, Jesús debía tener entre 0 y 2 años. Así que, según esta aproximación, Jesús pudo haber nacido en algún momento entre los años 4 a.C. y 2 a.C.

Todavía hoy, muchas culturas celebran el solsticio de invierno. Para los pueblos indígenas, como aimaras, quechuas, rapanui y mapuches, la llegada de estas fechas coincide con la tradición de agradecer por el año anterior y pedir al padre Sol que retorne con mayor fuerza después de su retiro invernal.



NAVIDAD Y SATURNALIA.





satvrnalia

La Saturnalia y las fiestas en torno al solsticio de invierno trataban de la familia, la fertilidad, el cambio, la renovación, la protección, el nuevo ciclo. Diciembre siempre has sido una época para la rebelión, la celebración, la esperanza. Sería una buena idea adoptar algunas de esas tradiciones paganas que se han perdido por el camino. Por ejemplo, el intercambio de papeles: con los niños, con los empleados, con los alumnos,... Frances Bernstein, en su libro Classical Living:

 Reconnecting with the Rituals of Ancient Rome, dice: “¡Agita las cosas un poco! ¡Haz lo inesperado! Porque estas acciones pequeñas recuerdan el espíritu de la Saturnalia y tienen importancia religiosa, al conectarnos directamente con la Naturaleza”.


 Aunque  el motivo de la fiesta de la Navidad es el nacimiento de Jesús. Pero no ocurrió así. Fue cosa del Emperador Constantino El Grande, hace unos 1700 años, que, creyó conveniente hacer coincidir el nacimiento de Cristo con la fiesta pagana más multitudinaria y popular del Imperio Romano, el Festival de la Saturnalia, que celebraba el nacimiento de un "nuevo" Sol. 

La celebración más antigua y universal siempre ha estado centrada en el solsticio de invierno, un término astronómico que se refiere a la posición del sol. A mediados de diciembre, los días son muy cortos (en el Hemisferio Norte) y, después del solsticio, empiezan a alargarse de nuevo. En la antigüedad, imaginaban que el sol se hacía viejo, hasta morir, y que después nacía un niño Sol. 
En el antiguo Imperio Romano, la fiesta del solsticio era el acontecimiento social más importante del año y se llamaba Festival de Saturnalia en honor a Saturno, el dios de la agricultura y las cosechas. El Sol Invencible (Sol Invictis) era otro de los dioses favoritos, cuyo nacimiento se celebraba el 25 de diciembre. 
Cuando las tareas en el campo se terminaban y llegaba la noche más larga, los romanos se relajaban, colgaban la toga en el armario, se vestían de forma informal y se olvidaban por unos días de las reglas que les oprimían durante el resto del año. Todo empezaba en el templo de Saturno, con un estupendo banquete (lectisternium) y al grito multitudinario de “Io, Saturnalia”.
El poeta Catullus (84 a.C-54 a.C) decía que eran “los mejores días” y Séneca El Joven (4 a.C-65 d.C) que “toda Roma se volvía loca” durante las fiestas: “La multitud se deja llevar por los placeres”, escribió. 

Pero, como ocurre ahora con la Navidad, también había quien no quería ni oír hablar del tema: Plinio el Joven (63-113) cuenta que se aislaba en unas habitaciones de su Villa Laurentina:
 “Especialmente durante la Saturnalia, cuando el resto de la casa está ruidosa por la licencia de las fiestas y los gritos de festividad. De esta forma, no obstaculizo los juegos de mi gente y ellos no me molestan en mis estudios”.

Cicerón (106 a.C-43 d.C) también se refugiaba en su casa de campo.

Los romanos salían a la calle a bailar y cantar con guirnaldas en el pelo, portando velas encendidas en largas procesiones. La Saturnalia era una ocasión para visitar a los amigos y parientes e intercambiar regalos. 
Lo tradicional era regalar fruta, nueces, velas de cera de abeja y pequeñas figuritas hechas de terracota (figurines, abajo en la foto). 
Quizás lo más curioso era el intercambio de roles: los esclavos actuaban como amos y los amos como esclavos. Incluso se les dejaba usar las ropas de su señor. Ese trato era temporal, por supuesto. Petronio (396-455) hablaba de un esclavo imprudente que preguntó en algún momento del año si ya era diciembre. 
Los hijos también invertían los papeles con sus padres y pasaban a ser los jefes de la casa. Además, cada familia tenía que elegir un Rey de la Saturnalia, o Señor del Desgobierno, que podía ser un niño. Ese “rey de mentira” presidía las fiestas, y se le tenía que hacer caso, por muy extravagantes y absurdas que fuesen sus órdenes. 
Se cerraban las escuelas, los tribunales y las tiendas, se paraban las guerras, se liberaba a los esclavos, y los romanos cometían todo tipo de excesos con la bebida y la comida.
Era la fiesta de la libertad y la desinhibición, y se organizaban juegos, bacanales, bailes de máscaras y espectáculos desenfrenados que estaban prohibidos el resto del año. Los cristianos utilizaban el término saturnalia cuando querían decir orgía.
Las fiestas de Saturnalia comenzaban el 17 de diciembre y su duración varió a lo largo de los años. Cada vez era más larga, como ocurre ahora con la Navidad. Al principio, era un día. A finales del siglo I, duraban una semana. Hubo intentos de acortar las fiestas por parte del Emperador Augusto, pero también hubo quien propuso que se alargaran hasta finales de enero.
Al final de la Saturnalia, el 25 de diciembre, se celebraba el nacimiento del Sol —Natalis Solis Invictis (nacimiento del sol invencible)— personificado en el dios Mitra. Aunque el culto a Mitra tenía orígenes persas, se convirtió en la religión dominante en Roma, especialmente entre los soldados. 
Después del día 25, empezaba el festival de Sigillaria, dedicado, sobre todo, a hacer regalos a los niños: anillos, muñecos de terracota, sellos, tablas de escritura, dados, pequeños objetos, monedas, y, ¡bolsas llenas de canicas! Hay muchos bajorrelieves y documentos que reflejan a los niños romanos jugando a las canicas durante la Saturnalia. 
Durante estos días, se decoraban las casas con plantas verdes, se encendían velas para celebrar la vuelta de la luz, y se colgaban figuras de los árboles. Pero no metían árboles dentro de casa. Los romanos sólo adornaban los que estaban plantados en la tierra. La tradición del árbol de Navidad tiene sus orígenes en el siglo XVI. 
Hacia la época del Emperador Constantino I (272-337), el cristianismo había avanzado muy poco y Roma era predominantemente pagana. El mitraísmo era la religión dominante y el cristianismo era ilegal. Pero Constantino I cambió las cosas después de tener una visión, antes de una batalla, en el año 312. Se dedicó a favorecer el cristianismo, sin dejar de rendir culto a los dioses paganos de Roma. 
Por ejemplo, uno de los dioses romanos más populares era el Deus Sol Invictus, y los romanos lo adoraban un día a la semana, el Dies Solis (como en inglés, “sunday" = "día del sol”). Constantino, que era sumo sacerdote en el culto a Sol Invictus, decretó que ese día fuese también jornada de descanso y adoración para la los cristianos. 
En el año 321, Constantino legalizó el cristianismo, y declaró que el día del “nacimiento del sol invencible”, que se celebraba el 25 de diciembre, debía ser considerado como una nueva fiesta cristiana para celebrar el nacimiento de Cristo. Con estas tácticas, no se alteraba el calendario romano, y las tradiciones paganas se fueron adaptando al cristianismo. 
En el 350, el papa Julio I reconoció oficialmente el 25 de diciembre como la Fiesta de la Natividad.
La Navidad llegó a Egipto hacia el año 432, y a Inglaterra al final del siglo VI. Alcanzó los países nórdicos a finales del siglo VIII. 
En la actualidad, los cristianos occidentales lo celebran el 25 de diciembre pero los ortodoxos lo hacen el 6 de enero, basándose en las referencias de un académico griego, Clemente de Alejandría, que a su vez escribió sobre otro maestro griego, Basillides, que dijo que Jesucristo nació el 6 de enero. Clemente se refiere a la Fiesta de la Epifanía, que en España se celebra como el Día de los Reyes Magos. 
Los primeros estudiosos cristianos, como el teólogo Orígenes (185-253), condenaban la celebración del nacimiento de Cristo “como si fuese un faraón”. Decía que sólo se festejaba el nacimiento de los pecadores y no de los santos. 


Santa Juana de Arco.

Santa Juana de Arcos (Domrémy, Francia, 1412 - Ruán, id., 1431) Santa y heroína francesa. Nacida en el seno de una familia campesina acomoda...