Biblioteca de Umberto Eco.- |
A) Los catálogos deben estar divididos al máximo: hay que poner mucho cuidado en separar el de los libros del de las revistas, y éste del de temas, así como los libros de reciente adquisición de los libros de adquisición anterior. En lo posible, la ortografía debe ser diferente en los dos catálogos (adquisiciones recientes y antiguas); por ejemplo, en las adquisiciones recientes retórica estará escrita con r y en las antiguas con rh; Chaikovski en las adquisiciones recientes con ch, mientras que en las antiguas, a la francesa, con Tch. B) La clasificación por temas debe ser establecida por el bibliotecario. Los libros no deben llevar en el colofón, como suelen hacerlo según una pésima costumbre los volúmenes americanos, indicación alguna acerca de los temas bajo los cuales deben ser clasificados. C) Las siglas deben ser imposibles de transcribir, ojalá muy numerosas, de modo que cualquier persona que llene la papeleta nunca tenga suficiente espacio para colocar la última denominación y la considere irrelevante, así que el empleado se la devuelva luego para llenarla de nuevo. D) El tiempo transcurrido entre solicitud y entrega debe ser muy largo. E) No se debe entregar más de un libro a la vez. F) Los libros entregados por el empleado, solicitados mediante papeleta, no pueden ser llevados a la sala de referencia, es decir, hay que dividir la propia vida en dos aspectos fundamentales, uno para la lectura, y otro para la consulta; esto es, la biblioteca debe desalentar la lectura cruzada de varios libros porque causa estrabismo. G) En lo posible que no haya absolutamente ninguna máquina fotocopiadora; sin embargo, de existir una, el acceso a ella debe ser muy demorado y penoso, el gasto superior al de librería, la reproducción limitadas a dos o tres páginas solamente. H) El bibliotecario debe considerar al lector un enemigo, un haragán (de no ser así estaría trabajando), un ladrón en potencia. I) Casi todo el personal debe sufrir de limitaciones físicas. Estoy tocando un punto muy delicado sobre el cual no quiero ironizar. Es función de la sociedad ofrecer posibilidades y oportunidades a todos los ciudadanos, inclusive a los que no están en la plenitud de la edad o de sus condiciones físicas. Sin embargo, la sociedad admite que, por ejemplo, los bomberos sean sometidos a una particular selección. Existen bibliotecas de universidades americanas en las que la máxima atención está dirigida a los usuarios físicamente impedidos: planos inclinados, baños especiales, hasta el punto e hacer peligrosa la vida para los demás, que resbalan sobre los planos inclinados. Sin embargo, algunos trabajos en la biblioteca requieren fuerza y destreza: trepar, soportar grandes pesos, etc.; en tanto que existen otras clases de trabajos que pueden ser ofrecidos a todos los ciudadanos que deseen desarrollar una actividad laboral, a pesar de las limitaciones debidas a la edad o a otros factores. Con esto planteo el problema del personal de una biblioteca como algo mucho más afín al cuerpo de bomberos que al de los empleados de un banco, y ésto es muy importante, como veremos a continuación. J) La oficina de información debe ser inalcanzable. K) El préstamo debe desalentarse. L) El préstamo interbibliotecario debe ser imposible o, de todas maneras, demorar meses; en todo caso, debe existir la imposibilidad de conocer lo que hay en las demás bibliotecas. M) Como consecuencia de todo esto, los hurtos deberán ser facilísimos. N) Los horarios deben coincidir totalmente con los de trabajo y ser discutidos previamente con los sindicatos: cierre total el sábado, el domingo, por la noche y en las horas de las comidas. El peor enemigo de la biblioteca es el estudiante que trabaja; su mejor amigo es don Ferrante, alguien que posee una biblioteca propia; por lo tanto no tiene necesidad de ir a la biblioteca y al morir la deja en herencia. O) Debe ser imposible conseguir de alguna manera refrescos o alimentos dentro de la biblioteca y, en todo caso, tampoco debe ser posible salir de ella a echar un bocado, sin antes haber devuelto todos los libros recibidos para tener que volver a solicitarlos después de haberse tomado un café. P) No debe ser posible volver a encontrar el mismo libro al día siguiente. Q) No debe ser posible saber quién tiene prestado el libro faltante. R) Ojalá no haya excusados. Además, he puesto un requisito Z): idealmente el usuario no debería poder entrar a una biblioteca; admitiendo que entre allí, usufructuando de manera escrupulosa y antipática de un derecho concedido con base en los principios de 1789, sin embargo no asimilados todavía por la sensibilidad colectiva; de todas maneras, a excepción de los rápidos recorridos por la sala de consulta, no debe ni deberá penetrar nunca hasta las entrañas del recinto donde están los anaqueles. |
Dejo que esto lo decidan ustedes también porque debo confesar que obsesionado por los más tiernos recuerdos (la tesis de doctorado en la Biblioteca Nacional de Roma, cuando todavía existía con lámparas verdes sobre la mesa, o tarde de gran tensión erótica en la Sainte Geneviève o en la Biblioteca de La Sorbona), acompañado por estos dulces recuerdos de mi adolescencia, en la edad madura visito relativamente poco las bibliotecas, pero no por razones polémicas, sino porque cuando estoy en la Universidad el trabajo es demasiado intenso y en la sede del seminario se le pide al estudiante que vaya a buscar el libro y lo fotocopie; cuando estoy en Milán, y generalmente por muy corto tiempo, vengo sólo a la Sormani porque tiene el catálogo unificado. Además, visito mucho las bibliotecas extranjeras, porque cuando estoy fuera del país desempeño el papel de una persona en el extranjero y, por lo tanto, tengo más tiempo libre, tengo las noches libres cuando en muchos países se puede ir a la biblioteca. Entonces, en lugar de esbozar la utopía de una biblioteca perfecta, que no sé cuándo y cómo puede realizarse, les contaré la historia de dos bibliotecas a la medida del deseo, que amo y trato de visitar cuando puedo. Con esto no quiero decir que sean las mejores del mundo o que no haya otras; son las que, en el último año, he visitado con cierta regularidad, una durante un mes, la otra durante tres meses: la Sterling Library de Yale y la nueva biblioteca de la Universidad de Toronto. Muy diferentes entre sí en la arquitectura, como el rascacielos Pirelli puede serlo de San Ambrosio; la Sterling es un monasterio neogótico, la de Toronto es una obra maestra de la arquitectura contemporánea; hay variaciones, pero intentaré fusionar las dos, para decir por qué ambas me gustan. Permanecen abiertas hasta medianoche y también los domingos (la Sterling no abre en estos días por la mañana, pero luego funciona desde medianoche hasta medianoche y cierra una noche, los viernes). Hay buenos índices en Toronto, que también tiene una serie de visores y catálogos computadorizados, fácilmente manejables. En cambio, en la Sterling los índices son todavía a la antigua, pero autor y tema están unificados; por lo tanto, sobre un tema determinado, no se encuentra solamente las obras de Hobbes, sino también las obras sobre Hobbes. La biblioteca contiene además la información acerca de lo que se consigue en las otras bibliotecas del área. Pero lo más hermoso de estas dos bibliotecas, por lo menos para una categoría de lectores, es que hay acceso a los estantes, es decir, no se pide el libro, se pasa frente a un cerebro electrónico con una tarjeta de identificación, después de lo cual se toman los ascensores y se penetra en el lugar donde están los anaqueles. No siempre se sale vivo de allí; en las estanterías de la Sterling es muy fácil, por ejemplo, cometer un delito y esconder el cadáver bajo algunos anaqueles de mapas el cual podría ser descubierto algunos decenios más tarde. Existe, por ejemplo, una astuta confusión entre el piso y el entrepiso, de manera que el usuario nunca sabe si está en el uno o en el otro, razón por la cual ya no encuentra el ascensor; las luces se prenden solamente por voluntad del visitante de modo que si uno no da con el interruptor apropiado puede vagar largo tiempo en la oscuridad; diferente es la de Toronto donde todo es luminosísimo. El estudioso da vueltas, mira los libros en los estantes, después los saca y puede, en Toronto, dirigirse hacia las salas con hermosísimas poltronas donde se sienta a leer, en la de Yale lo son un poco menos, pero de todas maneras lleva los libros consigo al interior de la biblioteca para sacar fotocopias. Las fotocopiadoras son numerosísimas; en Toronto existe una oficina que cambia los billetes de un dólar canadiense por monedas, de manera que uno acercándose a la fotocopiadora con kilos de moneditas puede copiar inclusive libros de setecientas u ochocientas páginas; la paciencia de los demás usuarios es infinita, esperan hasta cuando el que ocupa la máquina llegue a setecientas páginas. Naturalmente, también se puede sacar el libro en préstamo; las formalidades del préstamo son de una rapidez infinita; después de haber dado vueltas libremente por los ocho, quince, dieciocho pisos de los anaqueles y de haber tomado los libros deseados, se escribe sobre un papelito el título del libro, se entrega en un mostrador y se sale. ¿Quién puede entrar al interior?. El que tenga un carné que es fácil de conseguir en el lapso de una o dos horas y a veces inmediatamente por teléfono. En Yale, por ejemplo, los estudiantes no pueden subir a las estanterías, solamente pueden hacerlo los investigadores, pero hay otra biblioteca para estudiantes que no contiene libros muy antiguos pero tiene un número suficiente de volúmenes, donde los estudiantes tienen las mismas posibilidades que los investigadores de tomar y dejar los libros. Todo esto se puede hacer en Yale aprovechando de un capital de ocho millones de volúmenes. Naturalmente, los manuscritos raros están en otra biblioteca y un poquito menos accesibles. Ahora, ¿Qué es lo importante en el problema del acceso a los estantes?. Sucede que uno de los equívocos que domina la noción de biblioteca es que se vaya allí para buscar un libro cuyo título se conoce. En verdad, esto sucede con frecuencia pero la función principal de la biblioteca, por lo menos en función de la biblioteca de mi casa y de cualquier amigo que podamos visitar, es la de descubrir libros cuya existencia no se sospechaba y que, sin embargo, revelan ser de extrema importancia para nosotros. Ahora, es cierto que este descubrimiento puede ocurrir hojeando el catálogo, pero no hay nada más relevante y apasionante que explorar anaqueles que posiblemente reúnen todos los libros sobre un tema determinado -cosa que, en cambio, en el catálogo por autores no podría descubrirse- y encontrar junto al libro que hemos ido a buscar otro que no buscábamos pero que resulta ser fundamental. Es decir, la función ideal de una biblioteca es un poco la de ser algo así como el banquito de un bouquiniste en donde se hacen trouvailles y esta función la posibilita sólo el libre acceso a los corredores de los anaqueles. Esto permite que en un biblioteca a la medida del deseo de un hombre la sala menos visitada sea precisamente la de consulta. No son ya ni siquiera necesarias muchas salas de lectura porque la facilidad del préstamo, de la fotocopia y de la sustracción de libros, elimina en gran parte la permanencia en ellas, o porque funcionan como salas de lectura (por ejemplo en Yale) la zona de restaurante, la cafetería, el espacio con los aparatos que calientan las salchichas, a donde se puede bajar llevando consigo los libros tomados en la biblioteca y seguir trabajando sobre una mesa con un café y un pastel, fumando incluso, examinando los libros y decidiendo si volverlos a colocar en los anaqueles o solicitarlos en préstamo, sin control alguno. En Yale, el control es realizado a la salida por un empleado que, con aire bastante distraído, mira dentro del maletín que uno lleva; en Toronto existe la magnetización completa de los lomos de los libros y el joven estudiante que registra el libro tomado en préstamo lo pasa por un pequeño aparato que le quita la magnetización, luego se pasa por una puerta electrónica estilo aeropuerto y si alguien ha escondido en el bolsillo del chaleco el volumen 108 de la Patrología Latina comienza a sonar un timbre y se descubre el hurto. Naturalmente, en una biblioteca de este tipo existe el problema de la extrema movilidad de los volúmenes y, por lo tanto, la dificultad de encontrar el que uno busca o el consultado el día anterior. En lugar de las salas generales de lectura existen las cabinas. El investigador solicita una donde deposita sus volúmenes y va a trabajar cuando lo desea. No obstante, en algunas de estas bibliotecas cuando no se encuentra el volumen deseado, se puede saber en el correr de pocos minutos quién lo ha tomado en préstamo y conseguirlo telefónicamente. Esto permite que una biblioteca de este tipo tenga poquísimos vigilantes y muchísimos empleados y tenga un tipo de funcionario a medias entre el bibliotecario tradicional y el mozo (usualmente son estudiantes de tiempo completo o de tiempo parcial). En una biblioteca en la que todos circulan y sacan los libros, algunos de éstos permanecen continuamente en circulación, ya no regresan a su lugar adecuado en los anaqueles; entonces, estos estudiantes que dan vueltas con unos carros enormes, los devuelven a su lugar controlando que las referencias estén más o menos en orden (no lo están nunca, y esto aumenta la aventura de la búsqueda). En Toronto me sucedió no encontrar casi ninguno de los volúmenes de la Patrología de Migne; esta destrucción del concepto de consulta haría enloquecer a un bibliotecario sensato, pero así es. Este tipo de biblioteca está hecho a mi medida; puedo decidir pasar allí un día en sana alegría; leo los periódicos, bajo algunos libros a la cafetería, luego voy a buscar otros, hago descubrimientos; había entrado allí, supongamos, para ocuparme del empirismo inglés y en cambio comienzo a perseguir a los comentaristas de Aristóteles; me equivoco de piso, entro en una zona en la que no sospechaba entrar, de medicina, donde, de improviso encuentro algunas obras sobre Galeno, por lo tanto, con referencias filosóficas. En este sentido, la biblioteca se convierte en una aventura. ¿Cuáles son, sin embargo, los inconvenientes de este tipo de biblioteca?. Son los robos y daños obviamente; por múltiples controles electrónicos que haya, es mucho más fácil, creo, robar libros en este tipo de biblioteca que en el nuestro. Aunque, precisamente el otro día, me contaba el asesor de una famosa biblioteca italiana que descubrieron a alguien que desde hacía veinticinco años estaba llevándose para la casa los más hermosos incunables, pues tenía volúmenes con sellos de bibliotecas lejanas, entraba con éstos, luego los vaciaba, quitaba la encuadernación del volumen que iba a robar y colocaba las hojas nuevas dentro de la encuadernación antigua, y luego salía; y parece que en los veinticinco años logró formarse una biblioteca maravillosa. Los robos son posibles, evidentemente, en todas partes, pero considero que el criterio de una biblioteca, llamémosla abierta, de libre circulación sea el de que el robo se remedia comprando otra copia del libro, aunque sea en un anticuariato. Es un criterio millonario, pero es un criterio. Teniendo que elegir entre permitir leer los libros o no, cuando un libro sea robado o dañado se comprará otro. Obviamente los menucios permanecerán en la sección de los manuscritos y estarán mejor protegidos. El otro inconveniente de este tipo de biblioteca es que ella consiente, guía, alienta la civilización del xerox que es la de la fotocopia. Esta trae consigo, junto con todas las comodidades que conlleva la fotocopia, una serie de graves inconvenientes para el mundo editorial, aún desde el punto de vista legal. La civilización del xerox implica el colapso del concepto de derechos de autor. Aunque, es verdad que en estas bibliotecas donde hay decenas y decenas de fotocopiadoras, si uno va al servicio especial en que se gasta menos y se deja el libro para fotocopiarlo, el día en que se pide la fotocopia de un libro completo, el bibliotecario dice que esto es imposible por ser contrario a la ley de derechos de autor. Pero, si se tiene un número suficiente de monedas y se fotocopia el libro por su cuenta, nadie dice nada. Además, se puede sacar en préstamo el libro y llevarlo a algunas cooperativas de estudiantes que hacen fotocopias sobre papel con tres huecos, de manera que se pueda luego insertar en las carpetas. También en estas cooperativas a veces le dicen a uno que no fotocopian un libro entero, he tenido ese problema con alguno de mis estudiantes. “Necesitamos mandar sacar treinta copias de este libro -dicen- pero ellos se niegan” (otras veces, generalmente, lo hacen, dependiendo de la desfachatez de la cooperativa).
En efecto, veintinueve fotocopias de una fotocopia cualquiera las hace. Esto ya ha influido en la política de las casas editoriales. Todas las de tipo científico ahora publican los libros a sabiendas que serán fotocopiados. Por lo tanto, los libros solamente con mi o dos mil copias cuestan ciento cincuenta dólares, serán comprados por las bibliotecas y después los demás los fotocopiarán. Las grandes casas editoriales holandesas de lingüística, filosofía, física nuclear, ya publican libros de ciento cincuenta páginas que valen cincuenta o sesenta dólares, libros de trescientas páginas que pueden costar doscientos dólares, son vendidos al círculo de las grandes bibliotecas, después de lo cual el editor sabe con certeza que todos los estudiantes e investigadores trabajarán solamente con fotocopias. Por lo tanto, ¡ay del investigador que quisiera tener el libro para sí porque no podría afrontar el gasto! Entonces, hay enorme incremento de los precios y disminución de la difusión. Luego, ¿Qué garantía tiene el editor de que su libro en el futuro sea precio del libro fuera inferior al de la fotocopia? Puesto que se fotocopian dos páginas en el espacio reducido de una sola hoja y, fotocopiando en hojas de tres huecos, ya se puede inmediatamente tener el libro empastado, el problema del editor es entonces imprimir como vendibles, no solamente a las bibliotecas sino al público, libros de muy bajo costo, por lo tanto sobre papel muy malo que, de acuerdo con estudios realizados en los últimos años, está destinado a pulverizarse y a disolverse dentro de algunos decenios (esto ya ha comenzado: los Gallimard de los años cincuenta se desmoronan hoy al hojearlos, parecen ser pan ácimo). Lo cual conduce a otro problema: a una rigurosa selección hecha desde arriba entre los autores que sobrevivirán y los que terminarán en el olvido, es decir, entre los que se publicarán en los libros de los grandes editores internacionales que apuntan solamente al círculo de las grandes bibliotecas, libros que cuestan doscientos o trescientos dólares se imprimirán en papel que tiene la posibilidad de sobrevivir en el interior de las bibliotecas y de multiplicarse en fotocopias, y entre los autores que serán publicados solamente por los editores que venden al gran público y tienden, por lo tanto, a la edición económica, están destinados a desaparecer de la memoria de la posteridad. No sabemos exactamente si esto será un bien o será un mal, tanto más que muchas veces publicaciones hechas a trescientos dólares por los grandes editores son costeadas por el autor, el investigador, la fundación que lo sostiene, lo cual con frecuencia no es garantía de seriedad y de valor de quien publica. Por lo tanto, a través de la civilización del xerox nos acercamos a un futuro en el que los editores publicarán casi exclusivamente para las bibliotecas, y éste es un hecho que debe ser tenido en cuenta. Además, en el plano personal, nacerá la neurosis de fotocopia. Asimismo, la fotocopia es un instrumento de suprema utilidad, pero muchas veces constituye también una alibi intelectual: es decir, al salir de la biblioteca con un manojo de fotocopias, uno tiene la certeza de que normalmente nunca podrá leerlas todas, ni siquiera podrá más tarde encontrarlas de nuevo porque empiezan a refundirse, pero tiene la sensación de haberse adueñado del contenido de aquellos libros. Antes de la civilización del xerox, esta persona compilaba a mano largas fichas en aquellas enormes salas de consulta y algo le quedaba en la cabeza. Con la neurosis de fotocopia se corre el riesgo de que se pierdan jornadas en la biblioteca para fotocopiar libros que después no serán leídos. Estoy mostrando los efectos de aquella biblioteca a medida del hombre, en la cual, sin embargo, estoy contento de vivir cuando puedo, pero lo peor sobrevendrá cuando una civilización de los videos y de las microfichas haya suplantado totalmente la del libro consultable: tal vez añoraremos las bibliotecas defendidas por cancerberos que manifiestan gran desprecio por el usuario y procuran no entregarle el libro, pero en las cuales, por lo menos una vez al día, se podía poner las manos sobre el objeto encuadernado. Por consiguiente, debemos considerar también este escenario apocalíptico para lograr un balance de los pro y contra de una posible biblioteca a medida del hombre. Yo creo que poco a poco la biblioteca se encaminará a ser a medida del hombre, pero para ser tal y a medida de la máquina -desde la fotocopiadora hasta el visor- aumentarán las tareas para la escuela, para las entidades municipales, etc., de educar a los jóvenes y también a los adultos en el uso de la biblioteca. Usar la biblioteca es un arte a veces muy sutil, no basta que el profesor o el maestro diga en la escuela: “Ya que hacen esta investigación, vayan a la biblioteca a buscar el libro”. Es necesario enseñar a los muchachos cómo se usa la biblioteca, cómo se usa un visor para microfichas, cómo se usa un catálogo, cómo se combate a los responsables de la biblioteca que no cumplen con su deber, cómo se colabora con los responsables de la biblioteca. Como extrema hipótesis, quisiera decir que si la biblioteca no pudiera estar abierta a todos, debería instituirse, al igual que para el permiso de conducir el auto, unos cursos de educación al respecto del libro y de la manera cómo consultarlo. Es un arte muy sutil pero sobre el cual habrá que llamar la atención precisamente de la escuela y de quienes están al frente de la educación permanente de los adultos porque, lo sabemos, la biblioteca es un asunto de la escuela, del municipio y del Estado. Es un problema de cultura cívica, y nosotros no sospechamos siquiera cuán desconocida sea todavía el instrumento biblioteca para la mayoría de las personas. Quien vive en la universidad de masas, donde pueden convivir jóvenes estudiosos de mil astucias y capacidades con otros jóvenes que llegan por primera vez a rozar el mundo de la cultura, puede hallarse frente a algunos episodios increíbles. Cito la historia del estudiante que me dice: “No puedo consultar este libro en la biblioteca de Bolonia porque vivo en Módena”. “Está bien –le dijo-, en Módena hay bibliotecas”. “No –dice-, no las hay”. Nunca había oído hablar de ellas. Una graduanda viene a decirme: “No he podido encontrar las investigaciones lógicas de Husserl, no están en las bibliotecas”. Digo: “¿Cuáles bibliotecas?”. Dice: “Aquí, en Bolonia, y además también he buscado en mi ciudad, Husserl no está”. Digo: “me parece muy extraño que en la biblioteca no haya traducciones italianas de Husserl”. Dice: “Tal vez las haya, pero están todas prestadas”. De improviso, todos leen ávidamente a Husserl. Habrá que tomar medidas, quizás sea útil tener –de Husserl- por lo menos tres ejemplares: Debe haber algo podrido en el reino de Dinamarca si esta persona no encuentra a Husserl y nunca se le ha explicado que podría acercarse a alguno de la biblioteca para preguntar por las razones de esta falta. Hay una distonía, una falta de entendimiento entre el ciudadano y la biblioteca. He aquí el problema de la educación. Y ahora el problema final; es necesario escoger: se quiere proteger los libros o hacerlos leer. No afirmo que sea necesario escoger hacerlos leer sin protegerlos, pero tampoco se debe escoger la protección sin permitir su lectura. Tampoco afirmo que sea necesario encontrar un camino intermedio. Uno de los dos ideales debe prevalecer, luego se buscará la manera de hacerle frente a la realidad para defender el ideal secundario. Si el ideal es hacer leer el libro, se debe procurar protegerlo lo más posible, pero a sabiendas de los riesgos que se corren. Si el ideal es protegerlo, se procurará permitir su lectura, a sabiendas de los riegos que se corres. En este sentido, el problema de una biblioteca no es distinto de aquél de una librería. Actualmente hay dos tipos de librerías. Las muy serias, todavía con estantes de madera, donde apenas uno entra se acerca un señor que dice: ¿”Qué desea?”, después de lo cual uno se atemoriza y sale; en estas librerías se roban pocos libros, pero se compran aún menos. También existen las librerías estilo supermercado, con estantería de plástico en donde, especialmente los jóvenes dan vueltas, miran, se informan acerca de lo que aparece, y aquí se roban muchísimos libros, por más que se introduzcan controles electrónicos. Se puede sorprender al estudiante que dice: “Ah, este libro es interesante, mañana voy a robarlo”. También se pasan informaciones entre ellos, por ejemplo:
Sin embargo, quien organiza las cadenas de librerías sabe que, hasta cierto punto, la librería con alta tasa de hurtos es también aquella que vende más. Se roban muchas más cosas en un supermercado que en una droguería, pero el supermercado hace parte de una gran cadena capitalista, mientras que la droguería es un pequeño comercio con una declaración de renta muy reducida. Ahora, si transformamos estos problemas de renta económica en los de renta cultural, de costos y ventajas sociales, el mismo problema se plantea también para las bibliotecas: correr mayores riesgos en cuanto a la preservación de los libros, pero tener todas las ventajas sociales provenientes de su mayor circulación. Es decir, si la biblioteca es, como lo quiere Borges, un modelo del universo, procuremos transformarla en un universo a medida del hombre, e insisto, a medida del hombre significa también alegre, aún con la posibilidad de tomarse un capuchino, y con la posibilidad de que dos estudiantes se sienten una tarde sobre el sofá, no digo para darse indecentes abrazos, sino para llevar a cabo parte de su coqueteo en la biblioteca, mientras toman o devuelven a los estantes algunos libros de interés científico; es decir, una biblioteca que despierte el deseo de visitarla y se transforme gradualmente en una gran máquina para el tiempo libre, como lo es el Museum of Modern Arts donde se puede ir al cine, pasear por el jardín, mirar las esculturas y consumir una comida completa. Sé que la Unesco está de acuerdo conmigo: “La biblioteca... debe ser de fácil acceso y sus puertas deben estar abiertas de par en par a todos los miembros de la comunidad, quienes podrán usar libremente de ella sin distingos de raza, color, nacionalidad, edad, sexo, religión, lengua, estado civil y nivel cultural”. Es una idea revolucionaria. Y la alusión al nivel cultural requiere también una acción de educación, de consejería y de preparación. Y finalmente el otro punto: “El edificio donde funciona la biblioteca pública debe ser central, fácilmente accesible aún a los inválidos y abierto en horarios cómodos para todos. El edificio y su amueblamiento deben ser de aspecto agradable, cómodos y acogedores; y es esencial que los lectores puedan acercarse directamente a los estantes”. ¿Lograremos transformar la utopía en realidad? |
10 años de la muerte Umberto Eco. |
Abre la Biblioteca Umberto Eco con más de 32.000 libros de su colección personal. La Universidad de Bolonia convirtió la biblioteca personal de Umberto Eco en un espacio de consulta para la comunidad académica y el público general. La colección reúne más de 32.000 volúmenes, cientos de ediciones de sus libros y ejemplares con anotaciones de trabajo. El proyecto consolida el legado del escritor italiano y uno de los grandes pensadores del siglo XX. Clarín 06/07/2026 Diez años después de la muerte del filósofo, semiólogo y escritor italiano Umberto Eco, se inaugura la Biblioteca Eco en la Universidad de Bolonia. Este nuevo espacio, que cuenta con 600 metros lineales de estanterías, alberga más de 32.000 volúmenes procedentes del estudio privado en Milán del profesor de la Alma Mater. Eco estuvo profundamente vinculado a la Universidad de Bolonia (conocida como la Alma Mater Studiorum). En esta institución italiana, considerada la universidad más antigua del mundo, ocupó la cátedra de Semiótica desde 1975 y fundó la Escuela Superior de Estudios Humanísticos en 2001. Préstamo a la Universidad de Préstamo a la Universidad Posteriormente, la colección se completará con libros de su residencia en Monte Cerignone (Pésaro-Urbino), donados al Estado por los herederos del erudito en 2020 bajo el acuerdo de que serían cedidos en préstamo a la Universidad de Bolonia. Ubicada en el ala del siglo XX del Palazzo Poggi, la biblioteca constituye una de las colecciones personales contemporáneas más significativas y conserva la disposición conceptual original ideada por Eco. La colección refleja la amplitud de los intereses del erudito: desde la filosofía medieval hasta la semiótica, pasando por la literatura, la lingística, la cultura popular y el cómic, incluyendo hasta cuentos de hadas (con curiosidades como Carlo Collodi –autor de "Las aventuras de Pinocho"– junto al poeta GiosuŠ Carducci!) y la comunicación de masas. El espacio está organizado en salas temáticas dedicadas a los conceptos fundamentales de su pensamiento. Entre los materiales conservados figuran más de dos mil obras escritas o editadas por Eco –que abarcan numerosas ediciones y traducciones–, así como cerca de 600 volúmenes dedicados a su obra, la colección completa de la revista "Linus" (que cofundó en 1965) y ejemplares de trabajo de sus novelas con anotaciones. Cábala, magia, alquimia También, una importante sección consagrada a la cábala, la magia, la alquimia, el ocultismo y las teorías de conspiración (incluso se halló una baraja de tarot dentro de uno de los volúmenes); temas que también fueron centrales tanto en su obra de ficción como en sus escritos de no ficción. Con la apertura de la Biblioteca Eco, la colección de libros que acompañó la labor del semiólogo se convierte en un recurso compartido, accesible tanto para la comunidad académica como para el público en general. |
CULTURA vigencia y legado Umberto Eco, el hombre que leyó el futuro. A diez años de su muerte, Umberto Eco continúa siendo una referencia insoslayable para comprender la cultura contemporánea. Semiólogo, novelista, ensayista y observador implacable de su tiempo, derribó las fronteras entre la alta cultura y la cultura popular, convirtió sus teorías sobre los signos en literatura, anticipó los riesgos de las fake news, las conspiraciones y el resurgimiento de los autoritarismos, cultivó un profundo vínculo intelectual con la Argentina y dejó una obra que, entre Borges, El nombre de la rosa e Internet, sigue ofreciendo herramientas para leer de manera crítica el siglo XXI. Esteban Ierardo 12-07-2026 Este año se cumple una década desde que Umberto Eco abandonó su cuerpo. Nos quedan, afortunadamente, sus ensayos, novelas y columnas de opinión, que se nutren de una cultura cosmopolita. En el análisis tradicional, suele distinguirse la cultura de elite de la popular. Por mucho tiempo, ambos ecosistemas de signos parecieron desvinculados y opuestos. Sin embargo, Umberto Eco, nacido en Alessandria (Piamonte) en 1932, demostró lo contrario al unir a los héroes del cómic con los mitos ancestrales. Logró fusionar la “cultura baja” y la “cultura alta” bajo un mismo análisis semiótico, tal como lo hizo en Apocalípticos e integrados (1964). Los “apocalípticos” son quienes se adhieren de forma exclusiva a los bienes culturales aristocráticos, mientras que los “integrados” son aquellos que celebran las formas del entretenimiento masivo sin mediación crítica. Además, la vigorosa personalidad intelectual de Eco unió la semiótica, su tesis sobre la obra siempre abierta a nuevas interpretaciones, la narrativa novelesca y la historia y las conspiraciones. Un canal para sus columnas de opinión fue “La bustina de Minerva”, publicada en la última página de la revista de actualidad italiana L’Espresso, activa desde 1985 hasta el año de su muerte. Como observador de la realidad cultural contemporánea, Eco analizó con filo crítico el fenómeno de las redes en sus comienzos, la industria de las falsas noticias y el mal periodismo —temas centrales de su novela Número cero (2015)—, así como la alarmante actualidad de una disfrazada mentalidad fascista. Esto no les gusta a los autoritarios La recepción en Argentina. Eco aterrizó en la Argentina en cuatro ocasiones. A mediados de la década de 1960 (específicamente en 1967), llegó al país para visitar Córdoba, Rosario y Buenos Aires, invitado por el Instituto Di Tella y otras instituciones. En ese momento sobresalía su perfil como semiólogo. En ese contexto coincidió con Eliseo Verón, timón de una importante escuela latinoamericana de análisis semiológico de medios de comunicación y diseño. Luego de la intensa difusión de sus novelas, regresó en 1994 con una saturada agenda de actividades; fue en este marco en el que se produjo su encuentro con el grupo humorístico musical Les Luthiers, del cual era un gran admirador. En 1998 subió al tercer avión que lo ubicó en suelo argentino. En esa oportunidad, su querida Universidad de Bolonia —la más antigua del mundo, fundada en 1088— inauguró en Buenos Aires su primera sede oficial fuera de Italia. No sería sino hasta su cuarta y última visita, en 2014, cuando recibiría el doctorado Honoris Causa por parte de la Universidad de Buenos Aires. A Eco le fascinaba la noche de la “Reina del Plata”, con su desborde de música, librerías, cine y tango. En sus pasos por la ciudad, vio una película de la “Coca” Sarli, asistió a un concierto nocturno de Astor Piazzolla junto a la cantante Amelita Baltar y se apasionó al hurgar en las mesas de libros viejos de las librerías de la Avenida Corrientes. En sus estadías de finales de los noventa, sus conferencias abordaron la cuestión de la globalización y la incipiente era digital. En ese entonces, las computadoras eran estáticas criaturas informáticas que solo se conectaban a Internet a través de las líneas telefónicas. Los apocalípticos, según su terminología, sentenciaban que Internet, como la red de redes, clavaría un puñal sangriento y final en el volumen impreso de los libros. Sin embargo, Eco lanzó por la borda todo sensacionalismo: como el martillo, la cuchara o la tijera, el libro es un artefacto perfecto que no puede mejorarse y, por ende, no sería erradicado. Es verdad que las computadoras reemplazarían a los libros de consulta —como enciclopedias, diccionarios y manuales—, pero no desaparecería la experiencia más grata de la lectura en papel para los textos que exigen mayor concentración y tiempo de apreciación. Con lucidez visionaria, en su conferencia de 1998 en Buenos Aires, Eco anunció que, más que la censura o la carencia de información, el escenario de Internet supondría la mezcla de datos falsos o “basura” con los verdaderos. El océano informativo fluía hacia las costas de las fake news. Ante la cascada incesante de novedades, se imponía una cultura alerta, capaz del filtro y de la elección entre lo real y lo que engaña. Por eso dictaminó: “La verdadera educación ya no consiste en dar más información, sino en enseñar a elegir”. Años más tarde Eco coronaría esta idea con una frase célebre que resonó en todo el mundo: «El drama de Internet es que ha promocionado al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad». En definitiva, un aviso sobre lo que él llamaba “la invasión de los idiotas”. La presencia del autor de El péndulo de Foucault en nuestro país lo predisponía especialmente a aclarar su posición respecto a un nativo de la ciudad de Buenos Aires: Jorge Luis Borges. Su admiración por el escritor argentino era tan radiante como un espejo de puro cristal, una fascinación que comenzó cuando, a los veinte años, leyó los cuentos de Ficciones. En su célebre novela El nombre de la rosa, y como es bien sabido, el bibliotecario ciego de la biblioteca laberíntica de una abadía medieval, Jorge de Burgos, está inspirado en el Borges también ciego y amante de los libros en los anaqueles, como los de la Biblioteca Nacional de la República Argentina, de la que fue director entre 1955 y 1973. Y Eco advirtió que, por ejemplo, los laberintos de textos conectados entre sí como en “La biblioteca de Babel”, el famoso cuento de Borges, o su obra con profusas conexiones, citas falsas y abundancia de conocimiento, se asemeja a lo que hoy conocemos como hipervínculos o enlaces en internet. El nombre de la rosa compone el caso inédito de una primera novela que se propagó como un bestseller mundial. Una rareza que también vincula a Eco con la Argentina es que la primera edición en español de la novela no se gestó exclusivamente en España. Esto ocurrió gracias a la coedición entre la editorial española Lumen y la argentina Ediciones de la Flor (dirigida por Daniel Divinsky y Kuki Miler). Luego, tras la aparición de El péndulo de Foucault, en la Argentina se vendieron 5.000 ejemplares en apenas cuatro días. La imaginación argentina volvió a atizar la admiración de Eco a través de Mafalda, la historieta de Quino. En 1969, el italiano había escrito el prefacio para la edición de la “heroína enfurecida” en su país, a quien comparó con Charlie Brown, otro personaje fundamental de la cultura popular de origen estadounidense. La negativa de Mafalda a tomar la sopa no era una pura anécdota, sino símbolo de su no querer asimilarse a las dudosas verdades del mundo adulto. El Tratado, las novelas y los ensayos. Luego de La estructura ausente (1968), la obra teórica maestra en semiología de Eco fue el Tratado de semiótica general (publicado originalmente en italiano en 1975). Aquí se unifican todas las teorías anteriores sobre los signos y la comunicación. La semiótica se adentra en todo lo que le permite a la mente humana realizar un acto de comunicación: desde una palabra o un semáforo hasta un cuadro o una película. Los seres humanos crean signos que se organizan por códigos como un sistema de reglas. Un ejemplo clásico: ante el color rojo del semáforo, entendemos que significa “pare”. Además de inventar signos y sus reglas de uso, para comunicarse el ser humano produce palabras y metáforas, usa el cuerpo, hace dibujos e introduce silencios. Los signos, en el discurrir de la comunicación, también permiten mentir al simular, por ejemplo, una sonrisa falsa. Antes de Eco, las palabras, las pinturas y las costumbres se estudiaban por separado. En la propuesta del italiano, todo es parte de un gran y único proceso de comunicación. Eco estudia las condiciones por las que el cerebro entiende algo como metáfora, tal como “los hilos de oro de su cabeza”. En el “mapa cultural” de la mente, esta expresión no alude a un elemento necesario para coser, sino que, mediante una combinación de posibilidades, el cerebro suprime el metal y selecciona el significado de un cabello dorado y radiante. Asimismo, Eco diferencia el “estímulo” del signo. Un estímulo puede ser una corriente eléctrica; pero cuando una luz se activa bajo ciertas condiciones culturales, se transforma en un signo: una señal de alerta que avisa sobre medidas inmediatas a tomar. El signo, a diferencia del estímulo mecánico, necesita obligatoriamente de una mente que lo interprete. Esta teorización de Eco sobre la semiótica se trasladó de forma directa a sus propios procesos de creación de ficción. El nombre de la rosa es el primer gran ejemplo en este sentido. Eco siempre aclaró que esta novela representa sus teorías semióticas convertidas en una historia de detectives que actúan como semiólogos. El monje Guillermo de Baskerville, junto con su novicio, el joven Adso, acuden a una abadía en el norte de Italia para resolver los crímenes de varios monjes. Para consumar esta labor policial, Baskerville interpreta “signos”, como una pisada en la nieve o una mancha de tinta en los dedos de un sospechoso. Al descifrar los mapas de signos de la abadía y el laberinto de textos de su biblioteca, el detective-semiólogo descubre el enigma que explica todos los asesinatos. Estos estaban relacionados con el ocultamiento del segundo libro perdido de la Poética de Aristóteles por parte del ciego clérigo Jorge de Burgos, quien temía que se divulgara la celebración aristotélica de la risa. En la introducción de El nombre de la rosa, el narrador (que simula ser el propio Eco, siempre apasionado por la Edad Media) compra un libro del monje Adso en Praga (República Checa) en el año 1968, escrito en francés (una supuesta traducción hecha por un abad del siglo XVII llamado Vallet). En ese año se produce la invasión soviética a Praga y, en la huida, el narrador extravía ese libro. Luego, en 1970, el narrador está en Buenos Aires, y en una librería de viejo de la Avenida Corrientes, halla una traducción al castellano de un librito de un autor llamado Milo Temesvar, con muchas citas del texto de Adso. Esto le hace estar seguro de que el manuscrito del monje medieval que había perdido en Praga era real. Entre la red de los ensayos de Eco sobresale Obra abierta (1962), las obras de arte no tienen un significado único, el público debe completarlas; El superhombre de masas (1975), la continuación de la ya mencionada Apocalípticos e integrados; Lector in fabula (1979), una novela busca un tipo de lector ideal, el Lector Modelo que acepta las reglas del juego del autor. Asimismo, la contraparte de Obra abierta es Los límites de la interpretación (1990), donde introduce su advertencia sobre la desmesura de la “sobreinterpretación” irracional. Para Eco, la obra carece de muros de clausura finales, pero eso no significa que el lector pueda extraer de ella todos los signos y significados que se le antojen. La pluma ensayística de Eco continuó sus trazos en Estrategia de la ilusión (1986), con escritos sobre las realidades artificiales que nacen de la televisión y la política, y en De la estupidez a la locura (2016), una publicación póstuma que recopila sus columnas periodísticas, pletóricas de ironía sobre la sociedad digital hiperveloz y sus redes sociales omnipresentes. La gran conspiración. La afición del escritor del Piamonte por las conspiraciones que respiran en el cuello de la historia comienza en El péndulo de Foucault (1988). Aquí da rienda suelta a su parodia de las teorías del complot. Para divertirse, unos intelectuales italianos, cansados de revisar textos esotéricos, inventan un complot mundial secreto (el “Plan”) en el que participan templarios, rosacruces, masones y miembros de la Sociedad de Thule. Lo que imaginan es creído a rajatabla por lectores alucinados que no dudan de estar ante un milenario saber oculto, ahora develado, sobre los canales de una energía secreta superior. La novela es otro ejemplo del pensamiento semiótico de Eco en cuanto a la sobreinterpretación: demuestra lo ridículo de querer encontrar sentidos ocultos allí donde no los hay. En El cementerio de Praga (2010), lo conspirativo regresa con el magnetismo de lo que se oculta entre los bastidores de la historia. Allí se aborda la creación de Los protocolos de los sabios de Sion, la supuesta conspiración judía para obtener el poder mundial, que fue un falso documento fraguado por la policía secreta rusa para avivar el antisemitismo. En la novela, Simone Simonini, un falsificador del siglo XIX, urde estos engaños junto a otros documentos fraudulentos que vende a los servicios secretos de varios países. Dentro de estas irreales conspiraciones, el relato le otorga gran importancia al “Fraude de Taxil”, pergeñado por el periodista y escritor francés Léo Taxil. Este personaje, luego de fingir su conversión al catolicismo, aseguraba en varios libros que los masones adoraban a un demonio con cabeza de cabra llamado Bafomet; una historia totalmente falsa que luego el propio Taxil reconoció públicamente como una “broma”. Las otras novelas de Eco son La isla del día de antes (1994), que narra la historia de un noble del siglo XVII que naufraga frente a una isla misteriosa que reposa justo sobre la línea internacional de cambio de fecha; Baudolino (2000), sobre un campesino italiano del siglo XII adoptado por el emperador Federico Barbarroja que emprende un viaje en pos del mítico reino cristiano del Preste Juan; y La misteriosa llama de la Reina Loana (2004), la historia de Yambo, un vendedor de libros antiguos que no recuerda su propia vida, pero sí retiene todo lo que ha leído, lo que incluye una enorme cantidad de cómics de su infancia. La insistente presencia del fascismo. El 25 de abril de 1995, en la Universidad de Columbia (Nueva York), Umberto Eco pronunció una fundamental conferencia sobre el fascismo y sus muchas caras. Este texto contribuye a un conocimiento preciso, sin distorsiones ni manipulaciones del término, para entender las características decisivas del Ur-Fascismo o “fascismo primordial”. Como afirma Eco, estas características no pueden quedar encuadradas en un solo sistema, ya que el fenómeno se presenta como un conjunto de elementos contradictorios y dispersos. En dicha conferencia, Eco señala catorce características del fascismo arquetípico. La primera es el culto a la tradición, que se remite a una verdad primitiva y original. Como consecuencia —explica el autor—, ya no puede haber un avance del saber: la verdad ya ha sido anunciada de una vez por todas, y lo único que podemos hacer nosotros es seguir interpretando su oscuro mensaje. Es suficiente mirar la cartilla de cualquier movimiento fascista para encontrar a sus principales pensadores tradicionalistas. El tradicionalismo en clave fascista es también un rechazo al mundo moderno, a su tecnología y a su razón. Así, “la Ilustración y la Edad de la Razón se ven como el principio de la depravación moderna. En este sentido, el Ur-Fascismo puede definirse esencialmente como un ´irracionalismo´”. A su vez, la modernidad implica un pensamiento crítico, una actitud de toma de distancia y disensión; y de desacuerdo con viejas ideas, lo cual alienta el progreso del conocimiento científico; sin embargo, para el Ur-Fascismo, el desacuerdo es llanamente una traición. El fascismo primordial se alimenta también de la frustración por las crisis económicas, y en la psicología que lo rige está siempre presente la obsesión por el complot, preferentemente internacional. Estas y otras características cimientan una narrativa de comprensión y crítica de las mentalidades autoritarias. Legado de un pensador narrador. El legado de Eco nos hereda sus advertencias sobre Internet como ecosistema horizontal en el que “el tonto del pueblo tiene el mismo estatus que un Premio Nobel”. Nos deja la imagen de un académico que, lejos de la torre de marfil, practicó un pensamiento transversal. Su mayor logro fue unir saberes diversos dentro de un mismo proceso de análisis de los signos, sin importar si provenían de la cultura de elite o de la popular. Fue, en esencia, un intelectual creador capaz de convertir su propio marco teórico en literatura pura, siguiendo el camino de un pensamiento literario tal como antes lo habían hecho Friedrich Nietzsche o Jean-Paul Sartre. Umberto Eco fue aquel que siempre, en el bosque del tiempo, eligió el sendero del librepensador. Aquel que prefirió mantenerse fuera del poder como mecanismo de control para conservar las manos limpias a la hora de criticar las mutaciones del fascismo, los autoritarismos y los naufragios de la verdad en un reino digital en el que lo falso crece, incansable, como un desierto dentro de las pantallas. |





















