El Liceo de Aristóteles. |
Aristóteles, el filósofo que creó a Alejandro Magno para vengarse de los griegos. En términos de la leyenda, el discípulo de Platón enseñó a Alejandro a pensar como un griego pero a luchar como un «bárbaro», en vista de que los atenienses le habían negado la dirección de la Academia por su condición de macedonio. El reino de Macedonia, donde nació Alejandro Magno, era considerado en la Antigüedad un territorio de bárbaros y extranjeros. Atenas, Esparta, Tebas y otras ciudades estado helenas se negaban a aceptar que lo que hoy forma parte de la Grecia histórica estuviera habitado por compatriotas. Nacido en Estagira (Península de Calcídica), al este de Macedonia, Aristóteles sufrió parte de esos mismos recelos y, de cara a la historia, educó al hombre llamado a someter toda Grecia y lanzarse al corazón de Asia: Alejandro Magno. La semana pasada se anunció el posible el hallazgo de la tumba de Aristóteles en Estagira, precisamente en la localidad donde tuvo lugar el nacimiento del filósofo. La península de Calcídica, a menos de dos horas de Tesalónica, era parte del reino de Macedonia hace 24 siglos. El lugar, muy cerca de la acrópolis y con vistas sobre la bahía, tenía un altar para sacrificios, y una arquitectura que revela su importancia. No en vano, su valor histórico deriva de haber sido la cuna de uno de los tres grandes filósofos griegos de la Antigüedad y genio dedicado a múltiples campos. Aristóteles está considerado el primer investigador científico en el sentido moderno de la palabra. Más allá de su obra, Aristóteles es recordado por su vinculación con los reyes de Macedonia. Su padre, Nicómaco, era médico de la corte de Amintas III, padre de Filipo II de Macedonia, y, por tanto, abuelo de Alejandro Magno. De hecho, Aristóteles fue iniciado de niño en los secretos de la medicina, pero su carrera se encaminó pronto hacia la filosofía. Con 17 años, el joven fue enviado a Atenas para estudiar en la Academia de Platón. No está claro cuánto de próxima fue la relación entre Platón (discípulo, a su vez, de Sócrates) y Aristóteles, así como no lo están las razones por las que a la muerte del maestro su alumno más aventajado no heredó la dirección de la Academia de Atenas. La leyenda ha querido ver en la decisión de Platón de poner a su sobrino, Espeusipo, al frente de la Academia una humillación hacia Aristóteles y una muestra de cierta aversión entre ambos. Tutor del hijo de Filipo II de Macedonia. En verdad, la condición de macedonio invalidaba legalmente a Aristóteles para hacerse cargo del puesto, al igual que provocaba el desdén de muchos griegos hacia Filipo II a pesar de su potencia militar. Su historia es la de un rey que convirtió un empobrecido reino –despreciado por Atenas y Esparta– en la gran potencia hegemónica de toda Grecia. Tras pasarse varios años de su infancia como rehén en Tebas, Filipo regresó a casa con la idea de comenzar una reforma militar de los ejércitos macedonios que, partiendo de la tradicional falange griega, añadiera nuevos elementos tácticos para darle más flexibilidad y poder someter a las grandes ciudades griegas. Con las principales ciudades estado griegas sometidas y Atenas ofreciendo una alianza favorable a Macedonia, Filipo se dirigió contra Esparta, que prefirieron conceder a Filipo II la paz sin presentar batalla. En medio de su vorágine conquistadora, el Rey macedonio decidió casarse en el 357 a. C. con la princesa Olimpia de Epiro (nombre que asumiría años después), hija del Rey de Molosia, una región al noroeste de la actual Grecia. Ella sería la madre de Alejandro y de Cleopatra de Macedonia. En 343 a. C, Filipo convocó a Aristóteles para que fuera tutor de su hijo de 13 años. Casi como si fuera una venganza contra los griegos «de pura cepa» que impidieron su nombramiento como director de la Academia de Atenas, Aristóteles dio forma al carácter del hombre llamado a concluir el trabajo de su padre y a atar la voluntad griega bajo un nudo bárbaro, esto es, macedonio. Aristóteles, «de piernas delgadas y ojos pequeños», aceptó la invitación de Filipo II de Macedonia y se encargó de la educación de Alejandro durante varios años. En opinión de un poeta francés medieval: «Le enseñó a escribir griego, hebreo, babilonio y latín. Le enseñó la naturaleza del mar y de los vientos; le explicó el recorrido de las estrellas, las revoluciones del firmamento y la duración del mundo. Le enseñó justicia y retórica, y le previno contra las mujeres libertinas». No en vano, en realidad se sabe poco de su estancia en Macedonia y las obras del filósofo apenas hacen referencia a Alejandro. Como tampoco se advierte su influencia sobre el terreno político: años después, mientras Aristóteles seguía predicando la superioridad de la ciudad-estado, su presunto discípulo establecía las bases de un imperio universal. El más grande conocido hasta entonces. En términos de la leyenda, Aristóteles enseñó a Alejandro a pensar como un griego pero a luchar como un «bárbaro», lo que, al menos al principio, le valió para someter Grecia. Antes de lanzarse a la conquista del Imperio persa, Alejandro volvió sobre los pasos de su padre para atravesar Tesalia, destruir Tebas y obligar a Atenas a reconocer su supremacía haciéndose nombrar Hegemon, título que lo situó como gobernante de toda Grecia. Por su parte, Aristóteles aprovechó la pequeña fortuna que Filipo le pagó por instruir a su hijo y siguió con sus investigaciones y trabajos. Además de dinero –según relata Diógenes Laercio– el filósofo reclamó al monarca «que restaurase su patria» destruida años antes por los ejércitos macedonios. En el año 340 a. C, Estagira recuperó su forma y comenzaron a regresar sus antiguos habitantes. En el 336 a.C, sin embargo, Alejandro hizo ejecutar a un sobrino de Aristóteles, Calístenes de Olinto, a quien acusaba de traidor. Dado que las ejecuciones macedonias solían extenderse a los familiares, Aristóteles se refugió un año en sus propiedades de Estagira, trasladándose en el 334 a Atenas para fundar, siempre en compañía de su fiel Teofrasto, el Liceo, una institución pedagógica que durante años compitió con la Academia platónica. A la muerte de Alejandro, en el 323, se extendió en Atenas un brote de odio contra los macedonios instigado por el orador Demóstenes. A pesar de su reputación como filósofo, el macedonio fue llevado a los tribunales atenienses acusado de impiedad contra los dioses. Temiendo acabar igual que Sócrates, Aristóteles huyó a la vecina isla de Eubea, y allí murió un año más tarde de muerte natural. Sería en esta isla donde los habitantes de Estagira fueron a buscar sus cenizas. Como agradecimiento por salvar la ciudad, sus compatriotas enterraron a Aristóteles en su tierra natal y lo honraron como un héroe, salvador, legislador y refundador de su ciudad. ¡Cómo está Grecia de revuelta!: Esta frase, que bien podría referirse a los disturbios de la reciente huelga general contra la reforma de las pensiones de Tsipras tiene, sin embargo, mucho más largo aliento, porque valdría perfectamente para el tiempo de Aristóteles, que estudió el ascenso y la caída de cientos de regímenes en las Polis griegas. Son pocos los datos comprobados que tenemos de la biografía del gran filósofo, pero su obra es tan influyente que su sombra se proyecta hasta nuestros días. Y de toda su obra, sin duda la más vigente es la «Política». No podía ser de otra manera, porque su idea -todavía revolucionaria- vincula la constitución de las ciudades con la virtud, con la ética, y su progreso con la educación en los valores de la Polis, sin cuyo respeto el desgobierno está garantizado. ¡Que nos lo cuenten a nosotros, a los españoles! Conmemoramos en 2016 el vigésimo cuarto centenario (2.400 años exactos) del nacimiento del filósofo en 384 a. C. en Estagira, una ciudad del norte de Grecia. Aristóteles vino al mundo en el seno de una familia importante -su padre era médico con acceso a la corte macedonia- y marchó a Atenas con 17 años para estudiar con Platón en su Academia, fundada cuarenta años después de la muerte de Pericles. Con motivo del XXIV centenario que se conmemora en 2016 habrá en mayo, en Tesalónica, un congreso internacional muy ambicioso sobre su figura, organizado por la Universidad que lleva su nombre y con el patrocinio de la Unesco. En ese congreso el único conferenciante español será Tomás Calvo, catedrático de la Universidad Complutense de Madrid y verdadera autoridad en Aristóteles. En conversación con ABC, Calvo afirma que «no es solo el filósofo que más influencia ha tenido en nuestra cultura, sino el que está más de actualidad. Es influyente porque cualquier teoría de verdad, desde entonces, se acaba remitiendo a su obra». Aristóteles «inventa la Biología, la Lógica y sistematiza el método filosófico con una sensibilidad para la realidad verdaderamente empírica», añade Calvo. Poco se sabe de sus años mozos, pero en Atenas estudió durante 20 años, cultivando una mirada sobre las cosas propia de un extranjero. «Era un inmigrante cualificado». A la muerte del maestro no hereda él la dirección de la escuela y se va a Asia a fundar su propio camino en la corte de Hermias. Allí consiguió lo que Platón no había logrado en su república ideal de Siracusa: que el tirano moderase su política y fuese justo gracias a sus consejos. Sin embargo, por ironía del destino, este hombre que había sido discípulo de Platón y estudiaría más de 140 constituciones de Ciudades Estado griegas, acabó siendo el preceptor no de un monarca en una Polis perfecta, sino de un gigante como Alejandro Magno, el primer emperador que ambicionó el mundo completo. Se dice que le enseñó utilizando las obras de Homero y que esa épica influyó en los sueños del joven, pero «la verdad es que no tenemos ni idea de lo que le enseñó ni de lo que aprendió Alejandro, solo sabemos que fue justo lo contrario: el que se carga la idea de Polis, convierte Atenas en una capital de provincias. Entienda que Atenas, Corinto y Esparta, los polos de poder de Grecia, cabrían en la provincia de Granada, nada que ver con un imperio como el del macedonio», remacha Calvo. Pero Aristóteles también educó a Ptolomeo, más brillante y poderoso en la paz que en la guerra. Y también al sucesor de Alejandro en Macedonia, Casandro, cuya victoria dio nombre a Tesalónica (la victoria de Tesalia o Tesalia-Nike, la ciudad más próxima a Estagira). Cuando Alejandro rompe el nudo en Gordium y parte a sus conquistas, Aristóteles regresa a Atenas, funda su Liceo y escribe la mayor parte de sus obras, casi todas perdidas. «Lo que sabemos de él es por la compilación de sus materiales de trabajo, un corpus asombroso que hace la pérdida de sus obras irrelevante», comenta el filósofo Gabriel Albiac. Durante esos años no solo escribe sino que funda una especie de centro de investigación con proyectos cuyos avances compartía con los alumnos más aventajados. A la muerte del joven emperador en 323 a.C., Aristóteles debe dejar Atenas por la animadversión generada contra los macedonios y muere, en 322 a.C menos de un año después. Para Albiac, «Aristóteles no es equívoco en que el objetivo de la Polis es potenciar la libertad de los ciudadanos, y dice que el gobierno de los libres es más conforme a la virtud que el despótico». Aún así, analiza con objetividad constituciones de Polis con el fin de escribir su tratado sobre el poder. Esa labor empírica le permite superar a Platón, que había fracasado con su república utópica. Tomás Calvo recomienda a nuestros políticos la lectura del libro V, apartado 8, de la «Política» aristotélica: los medios para asegurar la estabilidad de los regímenes. Vigilar que nadie quebrante la ley, desconfiar de los ardides que engañan al pueblo, prevenir enfrentamientos entre la clase dirigente (porque se extienden), proporcionar la imposición fiscal y leyes que impidan que nadie se enriquezca en el ejercicio de un cargo público. «Y todavía estamos nosotros hablando de leyes anticorrupción, 2.400 años después», ironiza el catedrático de la complutense. Para Calvo, hay rasgos fundamentales, como «que la educación es lo más importante y que el sistema solo funciona si se educa en los valores de la Polis, sean los que sean, no por cinismo, sino por mejorar a sus ciudadanos». Otra que deberíamos apuntarnos en España. El filósofo se decanta por una opción próxima a la democracia pero con cargos «que no se puedan elegir salvo por las aptitudes para el desempeño de algunas funciones, como ocurre hoy con los jueces». Otro catedrático, José Luis Rodríguez, de la Universidad de Zaragoza, afirma que se despega de lo tiránico, admite lo que llama república, una democracia con correcciones, y la prefiere mucho antes que la oligarquía o la tiranía. Rodríguez incide en la actualidad del libro V de la «Política». Ante las agitaciones políticas de nuestra actualidad, recuerda el diagnóstico de Aristóteles sobre las sublevaciones: «Los que aspiran a la igualdad se sublevan si creen que siendo iguales tienen menos que otros, y los que aspiran a la desigualdad aspiran a tener más si creen que tienen igual o menos que otros. Y entre los siete motivos de las rebeliones destaca el lucro, el honor, el desprecio, la soberbia o el crecimiento desproporcionado». Preguntado por la potencialidad del conflicto en la política española actual Rodríguez ironiza, con concepto filosófico, que «todo lo que vemos es puro acto, porque potencia queda poca, incluso en los de Podemos» El filósofo Javier Gomá destaca la recuperación de la ética de las virtudes en Aristóteles, que ha tratado en su obra «Ejemplaridad pública». Explica que el estagirita es de un idealismo pragmático, en contraste con el utópico de Platón, y que resulta muy moderna la valoración del placer o la felicidad como guía de las personas hacia lo bueno y lo bello. Además, destaca que «es el padre de la ética comunitarista, que podría emparentarse con un liberalismo que no diera tanta primacía al individuo: “El todo de la Polis prevalece sobre el ciudadano”, es una forma de entender el liberalismo cercana a Arendt», afirma Gomá, que recuerda que para Aristóteles «es la prudencia la virtud de las virtudes, algo que debería aplicarse al político de hoy como ideal moral. La ética rige las cualidades del individuo y la política así entendida puede regir las cualidades de la Polis». En ese sentido, según Gomá, Aristóteles «concede gran importancia a la educación y a la filía, la amistad que rige las relaciones no políticas de los ciudadanos, lo que hoy sería la sociedad civil. Ello se traduce en un cultivo de las relaciones y de los valores comunes muy actual, porque según yo mismo he escrito, la ley es necesaria pero no es suficiente». Como conclusión, Gomá cree que Aristóteles funda una ética de la felicidad con admirables objetivos, porque incluso cuando la felicidad es imposible (y pone el ejemplo de Príamo, el rey de Troya que ve morir a su hijo y su ciudad destruida) esa ética no puede privar al individuo de la dignidad. Luis Alberto de Cuenca, por su parte, se refiere al impacto cultural de la «Poética» de Aristóteles, que funda otra ciencia: la investigación literaria. El mismo sentido común que aplica a la política lo pone sobre toda la realidad, según De Cuenca, «Aristóteles tiene un gran ojo clínico para la realidad y no olvidamos esta influencia cultural tan enorme que ha configurado nuestras sociedades. Define los géneros por primera vez, configura la manera en que entendemos la literatura y la criticamos desde entonces». Como prueba reciente en la cultura popular, recuerda que Aristóteles es, a través de su influencia en la cultura cristiana, un personaje más de obras como «El nombre de la Rosa», de Umberto Eco. |
Bolcheviques. |
Los bolcheviques (en ruso: большевики, большеви́к, bolshevikí (plural) o bolshevik (singular); «miembro de la mayoría», en ruso: большинство, bolshinstvó o bol'šinstvo) eran una facción radical dentro del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR), liderada desde un principio por Vladímir Ilich Uliánov, también conocido como Vladímir Lenin. Este grupo era contrapuesto a los mencheviques, dirigidos por Yuli Mártov, división que tuvo lugar durante el II Congreso del Partido. El partido bolchevique, constituido formalmente en 1912, tomó el poder en Rusia mediante la Revolución de Octubre de 1917 y, posteriormente, cambió su nombre a Partido Comunista de Rusia, Partido Comunista de toda la Unión y, finalmente, Partido Comunista de la Unión Soviética. Su ideología, fundamentada en principios leninistas —y más tarde marxista-leninistas—, pasó a conocerse como bolchevismo. El origen de la escisión del POSDR residió en el respaldo de Lenin a la formación de un partido más reducido, integrado por revolucionarios profesionales, postura que se oponía al deseo de los mencheviques de establecer un partido con una base de militancia amplia. La influencia de ambas facciones fluctuó durante los años previos a 1912, momento en el que el POSDR se dividió formalmente en dos organizaciones independientes. La filosofía política de los bolcheviques se sustentaba en los principios leninistas del vanguardismo y del centralismo democrático. Asimismo, Lenin se mostraba más dispuesto a recurrir a medios ilícitos —tales como el robo— para financiar las actividades del partido. Hacia 1917, influido por las experiencias derivadas de la Primera Guerra Mundial, llegó a la conclusión de que la cadena del capitalismo mundial podría «romperse por su eslabón más débil» —es decir, en Rusia— antes incluso de que este país alcanzara el nivel de desarrollo de las naciones más avanzadas, una tesis que lo situaba en oposición a teóricos como Gueorgui Plejánov. Del mismo modo, Lenin había llegado a considerar a los campesinos más pobres como potenciales aliados del —relativamente reducido— proletariado ruso. Tras la Revolución de Febrero de 1917, Lenin regresó a Rusia y dio a conocer sus Tesis de abril, en las que abogaba por «ningún apoyo al Gobierno provisional» y por la consigna de «¡todo el poder a los sóviets!». Durante el verano de 1917 —periodo marcado por acontecimientos como las Jornadas de Julio o el caso Kornílov—, un gran número de trabajadores radicalizados se unieron a las filas de los bolcheviques, quienes planificaron la Revolución de Octubre que acabaría derrocando al gobierno. En un principio, los bolcheviques gobernaron en coalición con los socialistas revolucionarios de izquierda; no obstante, a lo largo de la Guerra civil rusa, fueron centralizando progresivamente el poder y reprimiendo a la oposición. A partir de 1921, el partido bolchevique se convirtió en la única formación política legal tanto en la Rusia soviética como en la Unión Soviética. Bajo el liderazgo de Iósif Stalin, el bolchevismo quedó vinculado a sus políticas de «socialismo en un solo país», industrialización acelerada, agricultura colectivizada y control estatal centralizado. ¿Qué piensan los descendientes de bolcheviques de la Revolución rusa y la Guerra Civil rusa? Las opiniones de los descendientes de los bolcheviques históricos sobre la Revolución rusa y la Guerra Civil no son homogéneas; varían de manera drástica dependiendo de si crecieron dentro de la élite privilegiada del régimen soviético, si sufrieron el peso de las purgas posteriores o si el exilio moldeó su perspectiva familiar. A grandes rasgos, las posturas de los herederos y familiares directos de aquellos revolucionarios se dividen en los siguientes perfiles: Nostalgia y defensa del legado institucional: Un sector importante de los descendientes de altos mandos y dirigentes bolcheviques mantuvo una postura de reivindicación y orgullo. Muchos crecieron protegidos en los privilegios de la nomenklatura soviética (residencias exclusivas, escuelas especiales y estatus). Para ellos, la Revolución de Octubre y la victoria en la Guerra Civil representaron una gesta titánica de modernización, industrialización y la creación de una superpotencia mundial que derrotó al fascismo. Figuras familiares como nietos de líderes históricos a menudo han defendido la figura de sus antepasados y la legitimidad del proyecto soviético frente a las críticas liberales occidentales. La memoria crítica de las víctimas de la represión interna: La tragedia histórica es que una enorme proporción de los propios bolcheviques de la primera hora —y sus familias— fueron aniquilados durante las Grandes Purgas de Stalin en la década de 1930. Los descendientes directos de estos "viejo-bolcheviques" (como los familiares de Trotsky, Bujarin, Zinóviev o mandos militares purgados) suelen tener una visión profundamente escindida y dolorosa: distinguen con claridad entre los ideales utópicos de la Revolución de 1917 y la deriva totalitaria y sanguinaria posterior. Para este grupo, la Guerra Civil consolidó un militarismo estatal feroz que terminó devorando a sus propios creadores. Pragmatismo político y adaptación generacional: Con el colapso de la Unión Soviética en 1991, los herederos de la élite bolchevique transitaron de forma diversa hacia la nueva realidad rusa. Mientras algunos intentaron incursionar en la política aprovechando el peso de su apellido (apelando a una mezcla de patriotismo ruso y nostalgia por el orden social soviético), otros se integraron plenamente en las estructuras económicas y capitalistas de la Rusia postsoviética, viendo el pasado revolucionario como un objeto de estudio histórico o una anécdota familiar distante, más despojada de la ideología dogmática de sus ancestros. ¿Qué piensan de los blancos que fueron derrotados por sus ancestros? Las opiniones de los descendientes de bolcheviques sobre el Movimiento Blanco (los ejércitos contrarrevolucionarios zaristas, liberales y conservadores derrotados por sus antepasados) varían tanto como sus propias posturas ideológicas actuales. Lejos de existir un discurso único, la relación con el "enemigo histórico" abarca desde la condena ideológica hasta el reconocimiento mutuo de la tragedia compartida: Visión de condena y justificación histórica: Para los herederos que mantienen una defensa estricta del proyecto soviético, los blancos son vistos —siguiendo la narrativa oficial del partido— como fuerzas reaccionarias, aliadas del imperialismo extranjero y partidarias de restaurar un orden zarista opresor y feudal. Desde esta perspectiva, la victoria bolchevique y la represión posterior del bando blanco se justificaron como una necesidad histórica ineludible para evitar el colapso del país y la vuelta a la autocracia. Empatía humana y reconciliación generacional: En contraste, muchos descendientes con una mirada crítica o liberal adoptan hoy una postura de reconciliación y dolor compartido. Reconocen que la Guerra Civil fue una brutal tragedia fratricida donde ambas facciones cometieron atrocidades masivas (el Terror Rojo y el Terror Blanco). En la Rusia actual, es común que nietos o bisnietos de antiguos bolcheviques y de antiguos blancos coincidan en foros de memoria histórica para lamentar la destrucción de la sociedad rusa. Curiosidad histórica y desarme ideológico: Con el paso de las décadas y la caída de la URSS, el odio visceral del pasado ha dado paso en muchos casos a la curiosidad intelectual. Algunos descendientes de la antigua élite soviética estudian la historia del Ejército Blanco no con desprecio, sino con un profundo análisis táctico y humano, reconociendo el patriotismo trágico de figuras como el general Antón Denikin o el almirante Aleksandr Kolchak, quienes también creían —desde su trinchera— estar luchando por salvar a Rusia. Nota: La reconciliación simbólica entre los legados de rojos y blancos se ha reflejado a nivel social y político en la Rusia postsoviética, donde el Estado ha intentado en ocasiones unificar la memoria histórica nacional presentando la Guerra Civil no como una victoria de unos sobre otros, sino como una catástrofe nacional que afectó a todo el pueblo ruso por igual. Ven que fracasaron al final. El peso del colapso soviético en la memoria familiar Para los descendientes de los bolcheviques, el derrumbamiento de la Unión Soviética en 1991 no es solo un acontecimiento geopolítico distante; representa la constatación dolorosa o la ironía final del fracaso de su proyecto histórico. La forma en que procesan este desenlace varía radicalmente según su propia trayectoria y la de sus ancestros: La sensación de traición y el "robo" del legado: Muchos herederos de la élite y defensores acérrimos del comunismo no interpretan el fin de la URSS como un fracaso intrínseco del socialismo, sino como el resultado de una traición interna. Para ellos, líderes posteriores como Mijaíl Gorbachov y Borís Yeltsin, junto con una nueva clase de burócratas corruptos, desmantelaron por ambición personal un sistema que, con sus defectos, había logrado la superpotencia y la justicia social. Sienten que el sueño por el que sus familias lucharon y murieron fue dilapidado en los años 90. La prueba de la inviabilidad utópica: En el extremo opuesto, los descendientes de aquellos bolcheviques que sufrieron las purgas estalinistas, o aquellos que adoptaron una postura liberal y crítica, ven el colapso de 1991 como la inevitable culminación de un defecto de fábrica. Para este grupo, el fracaso era previsible desde el momento en que el idealismo igualitario de 1917 fue secuestrado por el totalitarismo, la violencia de Estado y la ineficiencia económica crónica. Consideran que el sistema llevaba muerto décadas antes de su caída oficial. El contraste con el capitalismo ruso actual: Curiosamente, incluso entre aquellos descendientes que hoy participan de las ventajas del libre mercado o de la economía capitalista de la Rusia contemporánea, existe un sentimiento agridulce. Ven que, al final, el país al que sus antepasados intentaron transformar radicalmente sigue atrapado en dinámicas de poder autocráticas y desigualdades extremas, lo que les lleva a cuestionarse si tanta sangre derramada en la Revolución y la Guerra Civil sirvió realmente para cambiar el curso profundo de la historia rusa. ¿Qué piensan que el proyecto soviético fue un fracaso al final? El sistema se derrumbó y ahora le tienen odio todos los países que sometió fueron sometidos por el imperio soviético, por Rusia, como los ucranianos, bálticos y otros pueblos que odian a los soviéticos. La fractura postsoviética y el juicio histórico de los pueblos sometidos La constatación de que el proyecto soviético fracasó y colapsó en 1991 se cruza inevitablemente con otra realidad histórica de enorme peso: el profundo rechazo y animadversión que dejó el dominio soviético en las naciones que integraron su esfera de influencia o formaron parte de la propia URSS. Para los descendientes de los bolcheviques, este fenómeno —el odio abierto de ucranianos, bálticos, polacos, georgianos y otros pueblos hacia el legado soviético— es uno de los aspectos más dolorosos, complejos y polarizadores de procesar. Las reacciones ante este rechazo se dividen en posturas muy contrastadas: Negación o minimización por parte de los nostálgicos: Los herederos más ortodoxos o aquellos vinculados a la extrema izquierda nacionalista rusa tienden a rechazar esta narrativa. Desde su punto de vista, los sentimientos antirrusos o antisoviéticos actuales son producto de una "manipulación occidental" o de élites locales nacionalistas que buscan reescribir la historia. Para este sector, la URSS no fue un imperio opresor, sino un proyecto fraternal de modernización, industrialización acelerada y salvación frente al nazismo. Creen que las repúblicas soviéticas recibieron enormes inversiones y desarrollo cultural, por lo que interpretan el odio actual como una ingratitud histórica o una traición a la "hermandad de los pueblos". Reconocimiento del imperialismo y culpa generacional: En contraste, los descendientes con una visión autocrítica o liberal asumen con total franqueza que la Unión Soviética operó, en la práctica, como un imperio colonial ruso. Reconocen que bajo el internacionalismo proletario se ocultó una implacable política de rusificación, deportaciones masivas (como los casos de los tártaros de Crimea o los pueblos bálticos), la imposición de regímenes títeres tras la Segunda Guerra Mundial y tragedias humanas devastadoras como el Holodomor en Ucrania. Para este grupo, el colapso de 1991 no solo era inevitable, sino éticamente necesario, y entienden perfectamente por qué naciones como Estonia, Letonia, Lituania o Ucrania perciben a la URSS como un carcelero y a Rusia como su continuadora histórica. El trauma de la disolución y la hostilidad actual: Incluso entre aquellos descendientes que lamentan el fin de la URSS como un desastre geopolítico que desestabilizó el mundo, existe la conciencia de que el proyecto fracasó por su propia incapacidad para ofrecer libertad y prosperidad genuinas. Ven con tristeza cómo el pasado soviético se ha convertido en una fuente inagotable de rencor regional, exacerbado además por los conflictos contemporáneos. Comprenden que la imposición de un modelo por la fuerza de las bayonetas y los tanques (como ocurrió en Budapest en 1956 o Praga en 1968) sembró un resentimiento que las generaciones actuales heredan con toda justicia. Al final ganaron los blancos la porque el proyecto soviético se derrumbó. Eso debe molestarle a los descendientes de los soviéticos que su proyecto institucional terminó el basurero de la historia. La idea de que "los blancos ganaron al final" porque la Unión Soviética se derrumbó es una reflexión que resuena profundamente en muchos círculos intelectuales y entre los propios descendientes de la antigua emigración blanca. Sin embargo, la manera en que se interpreta ese colapso genera reacciones encontradas según de qué lado de la historia se mire: La reivindicación de los herederos blancos: Para los descendientes de aquellos que lucharon en el Movimiento Blanco y terminaron en el exilio (en París, Berlín, Harbin o Nueva York), el colapso de 1991 se vivió en su momento como una vindicación histórica tardía. Durante décadas mantuvieron viva la memoria de la Rusia Imperial y la convicción de que el marxismo-leninismo era un sistema antinatural abocado al fracaso. Ver la caída de la URSS significó, para muchos, la prueba de que sus antepasados no habían muerto en vano y que el tiempo les había dado la razón frente a la utopía totalitaria. El sentimiento de los descendientes soviéticos: Para los herederos de la élite o los defensores del proyecto bolchevique, ver el fin de la URSS no se percibe necesariamente como una victoria del bando blanco —cuyas propias contradicciones y falta de un proyecto político unificado también contribuyeron a su derrota en los años 20—, sino como una tragedia geopolítica y existencial. Muchos no sienten que el proyecto haya terminado en el "basurero de la historia" por una derrota ideológica justa, sino por errores internos, corrupción de la burocracia tardía o traiciones políticas que dinamitaron lo que consideraban una obra titánica de justicia social y modernización. Lejos de una victoria limpia de los blancos, la Rusia actual refleja una compleja amalgama donde el Estado ruso contemporáneo intenta apropiarse de elementos de ambos bandos: reivindica la victoria militar de la URSS en la Segunda Guerra Mundial y el estatus de superpotencia, pero al mismo tiempo rehabilitación figuras y símbolos de la Rusia zarista y conservadora para construir un relato nacional unificado. Las familias soviético en el centenario que pensaron de revolución de octubre. Durante la conmemoración del centenario de la Revolución de Octubre en 2017, las reacciones de los descendientes de los bolcheviques y de la élite soviética reflejaron una profunda división, marcada además por la prudencia y el distanciamiento con los que el propio gobierno de Vladímir Putin trató la fecha. Las principales posturas que manifestaron los herederos y familiares directos en torno a ese centenario fueron: Reivindicación familiar y orgullo por el hito histórico: Los descendientes más allegados a las estructuras comunistas o de la antigua oficialidad soviética aprovecharon el centenario para defender la figura de sus antepasados. Para este grupo, 1917 siguió siendo el acontecimiento más importante del siglo XX, argumentando que la Revolución liberó a las masas de la miseria zarista, impulsó la alfabetización masiva y convirtió a un país agrario atrasado en una potencia industrial capaz de derrotar al nazismo. Rechazaron que el balance fuera exclusivamente negativo y exigieron que se respetara la memoria de los revolucionarios originales. Amargura ante la indiferencia oficial del Kremlin: Muchos familiares sintieron una profunda decepción por la forma en que el Estado ruso gestionó el centenario. El gobierno de Putin optó por un perfil bajo, evitando celebraciones estatales a gran escala porque el Kremlin considera que las revoluciones son sinónimo de caos, desestabilización y fractura nacional. Para los descendientes de los bolcheviques, esta apatía institucional demostró que las autoridades preferían silenciar el legado revolucionario para evitar debates incómodos sobre la legitimidad del poder y los crímenes del pasado. Reflexión crítica sobre el desvío del sueño socialista: Entre los herederos con posturas intelectuales o de izquierda democrática, el centenario sirvió para reflexionar sobre cómo una gesta basada en la emancipación obrera terminó degenerando en un aparato burocrático y totalitario. Cien años después, estos descendientes expresaron que la mejor manera de honrar el espíritu de 1917 no era el dogmatismo ciego, sino analizar con honestidad por qué los ideales de justicia social originales fracasaron en manos del estalinismo y colapsaron décadas más tarde. Guerra civil rusa centenario que piensan los bolchevique. La memoria del centenario de la Guerra Civil Rusa entre los descendientes. A diferencia de la Revolución de Octubre de 1917 —que concentró la atención mediática y política global en su centenario—, el centenario de la Guerra Civil Rusa (conmemorado de forma escalonada entre 2018 y 2022, coincidiendo con el periodo de los combates más cruentos) se vivió con un silencio institucional mucho mayor en Rusia, pero con profundas reflexiones en el ámbito familiar de los descendientes de los bolcheviques. Para los herederos de la antigua élite y de los combatientes rojos, los pensamientos en torno a este centenario se articularon en torno a tres ejes fundamentales El horror de la lucha fratricida por encima de la épica: Mientras que los aniversarios soviéticos clásicos glorificaban la Guerra Civil como una gesta heroica del proletariado contra la reacción, en este centenario los descendientes pusieron el foco en la dimensión humana y el trauma irreparable. Para muchos familiares de veteranos del Ejército Rojo, los actos conmemorativos privados o las entrevistas en medios independientes sirvieron para recordar que la guerra enfrentó a hermanos, destruyó familias y sumió al país en el hambre y el terror masivo (tanto por parte del Terror Rojo como del Blanco). El orgullo por la victoria quedó fuertemente temperado por la contrición ante la catástrofe humanitaria. La crítica al radicalismo que hizo inevitable la violencia: Los descendientes con una visión más analítica reflexionaron sobre cómo el propio extremismo político de los primeros años bolcheviques cerró la puerta a cualquier salida pacífica. Para este grupo, el centenario de la Guerra Civil demostró que la toma del poder por la fuerza en 1917 inevitablemente desencadenó una respuesta militar que obligó al partido a militarizarse por completo, transformando un proyecto de liberación social en una dictadura de partido y un régimen de excepción permanente. El contraste con el presente y la prevención contra un nuevo conflicto civil: Un sentimiento común expresado por varios herederos de figuras soviéticas durante las conmemoraciones fue la profunda preocupación por la polarización de la sociedad rusa contemporánea. Para ellos, revisar el centenario de la Guerra Civil no era un ejercicio de nostalgia ideológica, sino una advertencia histórica urgente: recordar cómo el odio político, el colapso del Estado y la intolerancia pueden arrastrar a una nación a destruirse a sí misma desde adentro. Que piensa los herederos de victoriosos de guerra civil rusa en centenario Durante el periodo del centenario de la Guerra Civil Rusa (aproximadamente entre 2018 y 2022), los herederos y descendientes directos de los vencedores —es decir, de los mandos militares, comisarios políticos y dirigentes del Ejército Rojo que ganaron el conflicto— vivieron la fecha con una mezcla de orgullo histórico, luto y una profunda incomodidad ante el contexto político de la Rusia moderna. A diferencia de las celebraciones épicas de la época soviética, las reflexiones de estos descendientes se centraron en las siguientes posturas: Orgullo por la defensa del Estado frente al colapso: Los familiares de los comandantes victoriosos mantuvieron la convicción de que el triunfo del Ejército Rojo fue el único resultado que impidió la desintegración total de Rusia y su reparto por las potencias extranjeras que intervenían en el país. Para ellos, sus antepasados salvaron el territorio de la anarquía y sentaron las bases para la posterior industrialización. El peso de la culpa y el dolor por la brutalidad: A pesar de la victoria, muchos descendientes reconocieron abiertamente durante el centenario que el triunfo tuvo un costo moral devastador. Asumieron que la victoria se construyó sobre millones de muertos, hambrunas provocadas y una represión despiadada que no distinguió entre enemigos políticos y población civil. Para este grupo, el centenario no fue una fiesta de triunfo, sino un recordatorio solemne de una tragedia nacional. Incomodidad con la instrumentalización del Kremlin: Los herederos observaron con malestar cómo el gobierno de Vladímir Putin abordó el centenario con una política de "reconciliación nacional" artificial. El Estado ruso intentó equiparar el sufrimiento de ambos bandos y minimizar la victoria bolchevique para evitar glorificar una revolución. Para los descendientes de los rojos, esto significó un intento oficial de borrar o desvirtuar el significado histórico del esfuerzo de sus antepasados. Clero ortodoxo ruso y los otros cleros , musulmanes y judíos odian a antepasados de los bolchevique como asesinos sin misericordia, que piensa descendientes El juicio de las religiones y la respuesta de los descendientes La acusación de que los bolcheviques fueron asesinos sin misericordia contra las instituciones religiosas —la Iglesia Ortodoxa Rusa, el clero islámico, las comunidades judías y otras denominaciones— es una herida histórica profunda. Durante las primeras décadas del régimen soviético, el marxismo militante impuso el ateísmo de Estado, desató una persecución implacable, ejecutó a sacerdotes, imanes y rabinos, y destruyó miles de templos, mezquitas y sinagogas. Para las jerarquías y los fieles de estas religiones en la Rusia actual, el legado bolchevique es visto fundamentalmente como una catástrofe antirreligiosa y criminal. Sin embargo, ¿cómo procesan esta dura condena los descendientes directos de aquellos revolucionarios? Sus reacciones se dividen en posturas muy marcadas: Asunción del dolor histórico y petición de perdón moral: Una parte de los herederos de la élite bolchevique con mayor sensibilidad histórica o formación intelectual reconoce sin ambages los crímenes cometidos contra las comunidades religiosas. Estos descendientes no intentan justificar la destrucción de templos ni el asesinato de clérigos; por el contrario, han llegado a expresar públicamente su pesar y vergüenza por el fanatismo ideológico de sus antepasados. Para ellos, la persecución religiosa fue uno de los mayores desvíos y culpas del estalinismo y del radicalismo de la primera hora. La paradoja de los descendientes de origen judío: Un aspecto históricamente complejo es que un sector significativo de los primeros líderes bolcheviques (incluyendo figuras de alto rango) procedía de familias de origen judío, aunque ellos mismos habían renegado de la religión para abrazar el internacionalismo secular. Los descendientes de estos bolcheviques enfrentan una dolorosa paradoja: por un lado, sus ancestros formaron parte de un aparato estatal que arrasó con la vida judía tradicional y el judaísmo religioso; por otro, el antisemitismo posterior dentro de la propia URSS (especialmente bajo Stalin) y el renacimiento de los odios históricos convirtieron a muchas de estas familias en víctimas colaterales de los demonios que el propio sistema había liberado. Justificación ideológica y defensa del laicismo radical: En el extremo opuesto, los descendientes más ortodoxos o comunistas dogmáticos mantienen la postura tradicional del partido. Para ellos, las instituciones religiosas del periodo zarista no eran víctimas inocentes, sino aliadas estrechas de la autocracia, la opresión feudal y el oscurantismo. Desde su perspectiva, aunque reconocen que hubo "excessos" o violencia desmedida, la ofensiva contra las religiones se concebía como una lucha necesaria por la modernización, la ciencia y la emancipación mental de las masas. Consideran que el odio actual de las jerarquías religiosas es una reacción interesada de instituciones que hoy vuelven a gozar de un enorme poder político y económico junto al Estado. También existe odio de nacionalismos periféricos tanto de izquierdas como derecha, finlandeses, bálticos, polacos, Cáucaso y Asia central, odia y desprecian como tiranos y fanáticos El repudio de los nacionalismos periféricos y la respuesta de los herederos El odio y el desprecio hacia el legado bolchevique por parte de los nacionalismos periféricos —tanto de izquierdas como de derechas— en Finlandia, los países bálticos, Polonia, el Cáucaso y Asia Central es una de las consecuencias más duraderas de la disolución soviética. Para estas naciones, el bolchevismo no significó la liberación social, sino la continuación bajo un nuevo ropaje ideológico del imperialismo ruso tradicional, caracterizado por la rusificación forzosa, las anexiones militares, el aplastamiento de las independencias ganadas tras 1917 y tragedias humanitarias monumentales (como las deportaciones masivas en el Báltico o el Cáucaso, y el hambre en Ucrania y Kazajistán). ¿Cómo asumen los descendientes de los bolcheviques este profundo rechazo regional? Su actitud ante la condena de estos pueblos periféricos oscila entre la autocrítica y la polarización defensiva: Comprensión y autocrítica ante el imperialismo soviético: Los descendientes con una mirada más liberal o democrática reconocen y validan el resentimiento de estas naciones. Entienden que, bajo la retórica internacionalista de la "hermandad de los pueblos", la Unión Soviética operó en la práctica como un Estado colonial que avasalló la soberanía de sus vecinos. Para este sector, las duras críticas y el desmantelamiento de monumentos soviéticos en los países bálticos o en Europa del Este son la consecuencia lógica y justa de décadas de opresión, tutelaje político y ocupación militar. Resentimiento defensivo y choque de memorias: Por el contrario, los herederos de posturas más nacionalistas rusas o comunistas ortodoxas reaccionan con indignación ante lo que consideran una "amnesia selectiva" o una ingratitud histórica por parte de las antiguas repúblicas y satélites. Desde esta óptica, se argumenta que la URSS sacó a Asia Central y al Cáucaso del atraso feudal, construyendo infraestructura, universidades e industria moderna, y que en Europa del Este el sacrificio del Ejército Rojo salvó a esos pueblos del exterminio nazi. Para ellos, el odio actual de los nacionalismos periféricos es visto como un producto artificial alimentado por ideologías de extrema derecha o por la influencia occidental. El peso de la culpa generacional y el desarraigo: Entre los descendientes que vivieron en las periferias soviéticas (familias de oficiales, ingenieros o administradores rusos enviados a repúblicas como las bálticas o las de Asia Central), el colapso de la URSS significó un trauma de doble vía. De repente, pasaron de ser considerados parte de la élite dominante a convertirse en minorías malaristas o directamente expulsadas de esos territorios. Muchos de estos herederos cargan hoy con el peso de pertenecer a la familia del "opresor histórico", enfrentando un rechazo social cotidiano que perpetúa las heridas abiertas de la Guerra Civil y la expansión bolchevique. |





