Apuntes de clases

Clases de filosofía y ciencias bíblicas del Instituto de Humanidades Luis Campino, y la Parroquia de Guadalupe de Quinta Normal.


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miércoles, 14 de agosto de 2019

180).-Artículos de filosofía de mi Biblioteca Jurídica y Filosófica.


santo tomas

Esteban Aguilar Orellana; Giovani Barbatos Epple;Ismael Barrenechea Samaniego; Jorge Catalán Nuñez; Boris Díaz Carrasco; Rafael Díaz del Río Martí;Alfredo Francisco Eloy Barra ;Rodrigo Farias Picon; Franco Antonio González Fortunatti;Patricio Ernesto Hernández Jara; Walter Imilan Ojeda;Jaime Jamet Rojas;Gustavo Morales Guajardo;Francisco Moreno Gallardo; Boris Ormeño Rojas;José Oyarzún Villa;Rodrigo Palacios Marambio;Demetrio Protopsaltis Palma;Cristian Quezada Moreno;Edison Reyes Aramburu; Rodrigo Rivera Hernández;Jorge Rojas Bustos; Alejandro Suau Figueroa; Cristian Vergara Torrealba; Rodrigo Villela Díaz; Nicolas Wasiliew Sala;Marcelo Yañez Garin;Katherine Alejandra del Carmen  Lafoy Guzmán;Paula Flores Vargas; 


Adolfo Sánchez Vázquez y su filosofia









































miércoles, 5 de junio de 2013

Biblioteca de Umberto Eco.-

Esteban Aguilar Orellana; Giovani Barbatos Epple; Ismael Barrenechea Samaniego; Jorge Catalán Núñez; Boris Díaz Carrasco; Rafael Díaz del Río Martí; Alfredo Francisco Eloy Barra ;Rodrigo Farías Picón; Franco Antonio González Fortunatti; Patricio Ernesto Hernández Jara; Walter Imilan Ojeda; Jaime Jamet Rojas; Gustavo Morales Guajardo; Francisco Moreno Gallardo; Boris Ormeño Rojas; José Oyarzún Villa; Rodrigo Palacios Marambio; Demetrio Protopsaltis Palma; Cristian Quezada Moreno; Edison Reyes Aramburu; Rodrigo Rivera Hernández; Jorge Rojas Bustos; Alejandro Suau Figueroa; Cristian Vergara Torrealba; Rodrigo Villela Díaz; Nicolás Wasiliew Sala; Marcelo Yáñez Garín; Katherine Alejandra del Carmen  Lafoy Guzmán; Paula Flores Vargas; 


Biblioteca de  Umberto Eco.-


La Biblioteca Comunale Centrale di Milano (conosciuta come Biblioteca Sormani) 


Conferencia ofrecida en la Biblioteca Comunale de Milán, Italia al conmemorarse los 25 años de su sede actual en Palazzo Sarmani.
Marzo de 1981.


Resumen.

Umberto Eco analiza los tipos de bibliotecas que ha conocido en su vida, presentando a su vez a lo que seria una biblioteca utópica, como consecuencia de identificar los fines de una biblioteca. En su análisis se encuentra con una gran pluralidad de fines y elabora modelos de bibliotecas.
En 21 puntos detalla las características de lo que seria una buena biblioteca, e incluso en estas líneas trata de manifestar su preocupación de los inconvenientes que presentaría el tener una biblioteca a la medida del deseo de un hombre. Pues, la sala menos visitada seria precisamente la de consulta, ya que con la facilidad de préstamo y fotocopias se elimina gran parte de la permanencia en ellas.
En un lugar tan venerable como éste, considero oportuno comenzar,  como en una ceremonia religiosa, con la lectura del Libro, no con un propósito  informativo, porque cuando se lee un libro sagrado todos saben de antemano lo que él dice, sino con funciones de letanía o de disposición de espíritu. Por lo tanto.

“El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados  con barandas bajísimas. Desde cualquier  hexágono, se ven los pisos inferiores y superiores; interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos de anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos: su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A la izquierda y a la derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades fecales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias (...) A cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada anaquel encierra treinta y dos libros de tamaño uniforme, cada libro es de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta letras de color negro. También hay letras en el dorso de cada libro, esas letras nos indican o prefiguran lo que dirán las páginas. Sé que esa interconexión, alguna vez pareció misteriosa.(...)Hace quinientos años el jefe de un hexágono superior dio con un libro tan confuso como los otros, pero que tenía casi dos hojas de líneas homogéneas. Mostró su hallazgo a un descifrador ambulante, que le dijo que estaba redactado en portugués; otros le dijeron que en yiddish. Antes de un siglo pudo establecerse el idioma: un dialecto samoyedo- lituano del guaraní, con inflexiones de árabe clásico. También se descifró el contenido: nociones de análisis combinatorio, ilustradas por ejemplos de variaciones con repetición ilimitada. Esos ejemplos permitieron que un bibliotecario de genio descubriera le ley fundamental de la Biblioteca.
(...)Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aún la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción. Hablan (lo sé) de “la Biblioteca febril cuyos azarosos volúmenes corren en incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira”. Esas palabras, que no sólo denuncian el desorden sino que lo ejemplifican también, notoriamente prueban su gusto pésimo y su desesperada ignorancia. En efecto, la Biblioteca incluye todas las estructuras verbales, todas las
variaciones  que  permiten  ol s  veinticinco  símbolos ortográficos, pero no un sólo disparate absoluto (...) Hablar es incurrir en tautologías. Esta epístola inútil y palabrera ya existe en uno de los treinta volúmenes de los cinco anaqueles de uno de los incontables hexágonos -y también su refutación. (Un número n de lenguajes posibles usa el mismo vocabulario;   en   algunos,   el símbolo  biblioteca admite la correcta definición ubicua y perdurable sistema de galerías hexagonales, pero biblioteca es pan o pirámide o  cualquier otra cosa, y las siete palabras que la definen tienen otro valor. Tú, que me lees, estás seguro de entender mi lenguaje?)” 
Amén!
Biblioteca de Babel.
Scherezada Jacqueline Alvear Godoy

El fragmento, como se sabe, es de Jorge Luis Borges, un capítulo de la Biblioteca de Babel, y me pregunto si algunos de los asiduos visitantes, directores, trabajadores de biblioteca aquí presentes, que escuchan y meditan sobre estas páginas, no han vivido experiencias personales, de juventud o de madurez, de largos corredores y largas salas; es decir, hay que preguntarse si   la biblioteca de Babel, hecho a imagen y modelo del Universo, no es también imagen y modelo de muchas bibliotecas posibles. Y me pregunto si es posible hablar del presente o del futuro de las bibliotecas existentes elaborando puros modelos fantásticos. Creo que sí. 
Por ejemplo, en un ejercicio que hice varias veces para explicar cómo funciona un código de referencia, utilicé uno muy elemental de cuatro posiciones con una clasificación de libros en la cual la primera posición indica la sala, la segunda indica la pared, la tercera indica el anaquel de la pared y la cuarta indica el lugar  del libro en el anaquel;  de ahí que una referencia como 3-4-8-6 significa: tercera sala a la entrada, cuarta pared a la izquierda, octavo anaquel, sexto lugar. Luego me di cuenta de que también con un código tan elemental (no es el de Dewey) se pueden hacer juegos interesantes. 
Se puede escribir por ejemplo 3335.33335.33335.33335 y obtendremos la imagen de una biblioteca con un número inmenso de salas:  cada una es de forma poligonal parecida a la celdilla de un panal, en la que puede haber por lo tanto 3.000 ó 33.000 paredes, inclusive no regidas por la fuerza de la gravedad; ya que los anaqueles pueden estar ubicados también en las paredes superiores, y estas paredes, que son más de 33.000, son enormes porque pueden dar cabida a 33.000 anaqueles y éstos son larguísimos porque cada uno puede dar cabida a 33.000 o más libros.

¿Es ésta una biblioteca posible o pertenece solamente al universo de la fantasía?

 Sin embargo, también un código elaborado para una biblioteca casera permite estas variaciones, estas proyecciones y permite, igualmente, pensar en bibliotecas poligonales. Hago esta premisa porque, obligado a reflexionar, por la gentil invitación recibida, acerca de lo que se puede decir de una biblioteca, he tratado de establecer cuáles pueden ser los fines, ciertos o inciertos, de una biblioteca. Hice una breve inspección en las únicas bibliotecas a las que tenía acceso, porque permanecen abiertas también durante las horas nocturnas: la de Asurbanipal en Nínive, la de Polícrates en Samo, la de Pisístrato en Atenas, la de Alejandría, que ya en el tercer  siglo  tenía 400.000 volúmenes y luego en el primer siglo con la del Serapeo, tenía  700.000 volúmenes, luego la de Pérgamo y la de Augusto (en la época de Constantino existían 28 bibliotecas en Roma).  

También  tengo  cierta familiaridad con algunas bibliotecas benedictinas, y he comenzado a preguntarme cuál puede ser la función de una biblioteca. Tal vez, al comienzo, en la época de Asurbanipal o de Polícrates era la de recoger los rollos o volúmenes para no dejarlos regados. Más tarde, creo que su función fue la de atesorar: los rollos eran caros. Luego, en la época benedictina, la de transcribir la biblioteca es concebida casi como una zona de paso, el libro llega, se transcribe, el original o la copia parten de nuevo. 
Creo que en alguna época, tal vez ya entre Augusto y Constantino, pudo ser también la de hacer leer y, por consiguiente, se ajustaba, más o menos, a la resolución  de la Unesco que leí  en el volumen recibido hoy donde se dice que uno de los fines  de la biblioteca es de permitir al público leer los libros. Sin embargo, creo que, más tarde, nacieron bibliotecas cuya función era la de no hacer leer, de esconder, de encubrir el libro.
 Naturalmente, estas bibliotecas estaban hechas también para permitir reencontrarlo. Siempre hemos admirado la habilidad de los humanistas del siglo XV que reencuentran los manuscritos perdidos. 

¿Dónde los encuentran?

 En las bibliotecas. Así como éstas servían para esconderlos, servían también para redescubrirlos.

Frente a esta pluralidad de fines de una biblioteca, ahora me permito elaborar un modelo negativo, en 21 puntos, de mala  biblioteca.  Naturalmente,  se trata de un modelo tan ficticio como el de la biblioteca poligonal. Pero, como en todos los modelos ficticios, que al igual que las caricaturas nacen de la adición de cervices equinas a cuerpos humanos con colas de sirenas y escamas de serpiente, creo que cada uno de nosotros puede reconocer en este modelo negativo los recuerdos lejanos de sus propias aventuras en las más diversas bibliotecas de nuestro país y de otros países. 
Una buena biblioteca, en el sentido de una mala biblioteca (es decir, un buen ejemplo del modelo negativo que trato de realizar) debe ser ante todo un inmenso cauchemar, debe ser totalmente opresiva y, en este sentido, la descripción de Borges es suficiente.


A) Los catálogos deben estar divididos al máximo: hay que poner mucho cuidado en separar el de los libros del de las revistas, y éste del de temas, así como los libros de reciente adquisición de los libros de adquisición anterior. En lo posible, la ortografía debe ser diferente en los dos catálogos (adquisiciones recientes y antiguas); por ejemplo, en las adquisiciones recientes retórica estará escrita con r y en las antiguas con rh; Chaikovski en las adquisiciones recientes con ch, mientras que en las antiguas, a la francesa, con Tch.

B) La clasificación por temas debe ser establecida por el bibliotecario. Los libros no deben llevar en el colofón, como suelen hacerlo según una pésima costumbre los volúmenes americanos, indicación alguna acerca de los temas bajo los cuales deben ser clasificados.

C) Las siglas deben ser imposibles de transcribir, ojalá muy numerosas, de modo que cualquier persona que llene la papeleta nunca tenga suficiente espacio para colocar la última denominación y la considere irrelevante, así que el empleado se la devuelva luego para llenarla de nuevo.

D) El tiempo transcurrido entre solicitud y entrega debe ser muy largo.

E) No se debe entregar más de un libro a la vez.

F) Los libros entregados por el empleado, solicitados mediante papeleta, no pueden ser llevados a la sala de referencia, es decir, hay que dividir la propia vida en dos aspectos fundamentales, uno para la lectura, y otro para la consulta; esto es, la biblioteca debe desalentar la lectura cruzada de varios libros porque causa estrabismo.

G) En lo posible que no haya absolutamente ninguna máquina  fotocopiadora; sin embargo, de existir una, el acceso a ella debe ser muy demorado y penoso, el gasto superior al de librería, la reproducción limitadas a dos o tres páginas solamente.

H) El bibliotecario debe considerar al lector un enemigo, un haragán (de no ser así estaría trabajando), un ladrón en potencia.

I) Casi todo el personal debe sufrir de limitaciones físicas. Estoy tocando un punto muy delicado sobre el cual no quiero ironizar. Es función de la sociedad ofrecer posibilidades y oportunidades a todos los ciudadanos, inclusive a los que  no están  en la plenitud de la edad o de sus condiciones físicas. Sin embargo, la sociedad admite que, por ejemplo, los bomberos sean sometidos a una particular selección. Existen bibliotecas de universidades americanas en las que la máxima atención está dirigida a los usuarios físicamente impedidos: planos inclinados, baños especiales, hasta el punto e hacer peligrosa la vida para los demás, que resbalan sobre los planos inclinados.

Sin embargo, algunos trabajos en la biblioteca requieren fuerza  y destreza: trepar, soportar grandes pesos, etc.; en tanto que existen otras clases de trabajos que pueden ser ofrecidos a todos los ciudadanos que deseen desarrollar una actividad laboral, a pesar de las limitaciones debidas a la edad o a otros factores. Con esto planteo el problema del personal de una biblioteca como algo mucho más afín al cuerpo de bomberos que al de los empleados de un banco, y ésto es muy importante, como veremos a continuación.

J) La oficina de información debe ser inalcanzable.

K) El préstamo debe desalentarse.

L) El préstamo interbibliotecario debe ser imposible o, de todas maneras, demorar meses; en todo caso, debe existir la imposibilidad de conocer lo que hay en las demás bibliotecas.

M) Como consecuencia de todo esto, los hurtos deberán ser facilísimos.

N) Los horarios deben coincidir totalmente con los de trabajo y ser discutidos previamente con los sindicatos: cierre total el sábado, el domingo, por la noche y en las horas de las comidas. El peor enemigo de la biblioteca es el estudiante que trabaja; su mejor amigo es don Ferrante, alguien que posee una biblioteca propia; por lo tanto no tiene necesidad de ir a la biblioteca y al morir la deja en herencia.

O) Debe ser imposible conseguir de alguna manera refrescos o alimentos dentro de la biblioteca y, en todo caso, tampoco debe ser posible salir de ella a echar un bocado, sin antes haber devuelto todos los  libros  recibidos para tener que volver a solicitarlos después de haberse tomado un café.

P) No debe ser posible volver a encontrar el mismo libro al día siguiente.

Q) No debe ser posible saber quién tiene prestado el libro faltante.

R) Ojalá no haya excusados.

Además, he puesto un requisito

Z): idealmente el usuario no debería poder  entrar a una biblioteca; admitiendo que entre allí, usufructuando de manera escrupulosa y antipática de un derecho concedido con base en los principios de 1789, sin embargo no asimilados todavía por la sensibilidad colectiva; de todas maneras, a excepción de los rápidos recorridos por la sala de consulta, no  debe ni deberá penetrar nunca hasta las entrañas del recinto donde están los anaqueles.


¿Existen todavía bibliotecas de este tipo? 



Dejo que esto lo decidan ustedes también porque debo confesar que obsesionado por los más tiernos recuerdos (la tesis de doctorado en la Biblioteca Nacional de Roma, cuando  todavía existía con lámparas verdes sobre la mesa, o tarde de gran tensión erótica en la Sainte Geneviève o en la Biblioteca de La Sorbona), acompañado por estos dulces recuerdos de mi adolescencia, en la edad madura visito relativamente poco las bibliotecas, pero no por razones polémicas, sino porque cuando estoy en la Universidad el trabajo es demasiado intenso y en la sede del seminario se le pide al estudiante que vaya a buscar el libro y lo fotocopie; cuando estoy en Milán, y generalmente por muy corto tiempo, vengo sólo a la Sormani porque tiene el catálogo unificado.
 Además, visito mucho las bibliotecas extranjeras, porque cuando estoy fuera del país desempeño el papel de una persona en el extranjero y, por lo tanto,  tengo  más tiempo libre, tengo las noches libres cuando en muchos países se puede ir a la biblioteca. Entonces, en lugar de esbozar la utopía de una biblioteca perfecta, que no sé cuándo y cómo puede realizarse, les contaré la historia de dos bibliotecas a la medida del deseo, que amo y trato de visitar cuando puedo. 
Con esto no quiero decir que sean las mejores del mundo o que no haya otras; son las que, en el último año, he  visitado con cierta regularidad, una durante un mes, la otra durante tres meses:  la Sterling Library de Yale y la nueva biblioteca de la Universidad de Toronto.
Muy diferentes entre sí en la arquitectura, como el rascacielos Pirelli  puede  serlo de San Ambrosio; la Sterling es un monasterio  neogótico,  la de Toronto es una obra maestra de la arquitectura contemporánea; hay variaciones, pero intentaré fusionar las dos, para decir por qué ambas me gustan.

Permanecen abiertas hasta medianoche y también los domingos (la Sterling no abre en estos días por la mañana, pero luego funciona desde medianoche hasta medianoche y cierra una noche, los viernes). Hay buenos índices en Toronto, que también tiene una serie de visores y catálogos computadorizados, fácilmente manejables. En cambio, en la Sterling los índices son todavía a la antigua, pero autor  y tema están unificados; por lo tanto, sobre un tema determinado, no se encuentra solamente las obras de Hobbes, sino también las obras sobre Hobbes. 
La biblioteca contiene además la información acerca de  lo que se consigue en las otras bibliotecas del área. Pero lo más hermoso de estas dos bibliotecas, por lo menos para una categoría de lectores, es que hay acceso a los estantes, es decir, no se pide el libro, se pasa frente a un cerebro electrónico con una tarjeta de identificación, después de lo cual se toman los  ascensores y se penetra en el lugar donde están los anaqueles. No siempre se sale vivo de allí; en las estanterías de la Sterling es muy fácil, por ejemplo, cometer un delito y esconder el cadáver bajo algunos anaqueles de mapas el cual podría ser descubierto algunos decenios más tarde. 
Existe, por ejemplo, una astuta confusión entre el piso y el entrepiso, de manera que  el usuario nunca sabe si está en el uno o en el otro, razón por la cual ya no encuentra el ascensor; las luces se prenden solamente por voluntad del visitante de modo  que si uno no da con el interruptor apropiado puede vagar largo tiempo en la oscuridad; diferente es la de Toronto donde todo es luminosísimo.
El estudioso da vueltas, mira los libros en los estantes, después los saca y puede, en  Toronto, dirigirse hacia las salas con hermosísimas poltronas donde se sienta a leer, en la de Yale lo son un poco menos, pero de todas maneras lleva los libros   consigo   al   interior   de   la   biblioteca   para sacar  fotocopias. Las fotocopiadoras son numerosísimas; en Toronto existe una oficina  que cambia los billetes de un dólar canadiense por monedas, de manera que uno acercándose a la fotocopiadora con kilos de moneditas puede copiar inclusive libros de setecientas u ochocientas páginas; la paciencia de los demás  usuarios es infinita, esperan hasta cuando el que ocupa la máquina llegue a setecientas  páginas. Naturalmente, también se puede sacar el libro en préstamo; las formalidades del préstamo son de una rapidez infinita; después de haber dado vueltas libremente por los ocho, quince, dieciocho pisos de los anaqueles y de haber tomado los libros deseados, se escribe sobre un papelito el título del libro, se entrega en un mostrador y se sale. 

¿Quién puede entrar al  interior?.

 El que tenga un carné que es fácil de conseguir en el lapso de una o dos horas  y a veces inmediatamente  por teléfono.

En Yale, por ejemplo, los estudiantes no pueden subir a las estanterías, solamente pueden hacerlo los investigadores, pero hay otra biblioteca para estudiantes que no contiene libros muy antiguos  pero tiene  un número suficiente  de volúmenes,  donde  los estudiantes tienen las mismas posibilidades que los investigadores de tomar y dejar los libros. Todo esto se puede hacer en Yale aprovechando de un capital de ocho millones de volúmenes. Naturalmente, los manuscritos raros están en  otra biblioteca y un poquito menos accesibles. 

Ahora, ¿Qué  es lo importante en  el problema del acceso a los estantes?. 

Sucede que uno de los equívocos que domina la noción de biblioteca es que se vaya allí para buscar un libro cuyo título  se  conoce.

En verdad, esto sucede con frecuencia pero la función principal de la biblioteca, por lo menos en función de la biblioteca de mi casa y de cualquier amigo que podamos visitar, es la de descubrir libros cuya existencia no se sospechaba y que, sin embargo, revelan ser de extrema importancia para nosotros. Ahora, es cierto que este descubrimiento puede ocurrir hojeando el catálogo, pero no hay  nada  más  relevante  y apasionante que explorar anaqueles que posiblemente reúnen todos los libros  sobre  un  tema determinado -cosa que, en cambio, en el catálogo por autores no podría descubrirse-  y  encontrar  junto  al libro  que hemos ido a buscar otro que no buscábamos  pero  que  resulta ser fundamental. Es decir, la función ideal de una biblioteca es un poco la de ser algo así como el banquito de un bouquiniste en donde se hacen trouvailles y esta función la posibilita sólo el libre acceso a los corredores de los anaqueles.
Esto permite que en un biblioteca a la medida del deseo de un hombre la sala menos visitada sea precisamente la de consulta. No son ya ni siquiera necesarias muchas salas de lectura porque la facilidad del préstamo, de la fotocopia y de la sustracción de libros, elimina en gran parte la permanencia en ellas, o porque funcionan como salas de lectura  (por ejemplo  en Yale)  la zona de restaurante, la cafetería, el espacio con los aparatos que calientan las salchichas, a donde se puede bajar llevando consigo los libros tomados en la biblioteca y seguir trabajando sobre una mesa con un café y  un  pastel,  fumando incluso, examinando los libros y decidiendo si volverlos  a colocar en los anaqueles o solicitarlos en préstamo, sin control alguno. 
En Yale, el control  es realizado a la salida por un empleado que, con aire bastante distraído, mira dentro del maletín que uno lleva; en Toronto existe la magnetización completa   de los lomos de los libros y el joven estudiante que registra el libro tomado en préstamo lo pasa por un pequeño aparato que le quita la magnetización, luego se pasa por una puerta electrónica estilo aeropuerto y si alguien ha escondido en el bolsillo del chaleco el volumen 108 de la Patrología Latina comienza a sonar un timbre y se descubre  el hurto. Naturalmente,  en una  biblioteca de  este tipo existe el problema de la extrema movilidad de los volúmenes y, por lo tanto, la dificultad de encontrar el que uno busca o el consultado el día anterior. 

En lugar de las salas generales de lectura existen las cabinas. El investigador solicita una donde deposita sus volúmenes y va a trabajar cuando lo desea. No obstante, en algunas de estas bibliotecas cuando no se encuentra el volumen deseado, se puede saber en el correr de pocos minutos quién lo ha tomado en préstamo y conseguirlo telefónicamente. Esto permite que una biblioteca de este tipo tenga poquísimos vigilantes y muchísimos empleados y tenga un tipo  de funcionario a medias entre el bibliotecario tradicional y el mozo (usualmente son estudiantes de tiempo completo o de tiempo parcial). En una biblioteca en  la que todos circulan y sacan los libros, algunos de éstos permanecen continuamente en circulación, ya no regresan a su lugar adecuado en los anaqueles; entonces,  estos  estudiantes  que dan vueltas  con unos carros enormes, los devuelven a su lugar controlando que las referencias estén más o menos en orden  (no  lo están  nunca, y esto  aumenta la aventura de la búsqueda). 
En Toronto me sucedió no encontrar casi ninguno  de  los  volúmenes de la Patrología de Migne; esta destrucción del concepto de consulta haría enloquecer a un bibliotecario sensato, pero así es.
Este tipo de biblioteca está hecho a mi medida; puedo decidir pasar allí un día en sana alegría; leo los periódicos, bajo algunos libros a la cafetería, luego voy   a buscar otros, hago descubrimientos; había entrado allí, supongamos, para ocuparme del empirismo inglés y en cambio comienzo a perseguir a los comentaristas de Aristóteles; me equivoco de piso, entro en una zona en la que no sospechaba entrar, de medicina, donde, de improviso encuentro algunas obras sobre Galeno,  por lo tanto, con referencias  filosóficas.  En este  sentido, la biblioteca se convierte en una aventura.

¿Cuáles son, sin embargo, los inconvenientes de este tipo de biblioteca?.

 Son  los robos y daños  obviamente; por múltiples controles electrónicos que haya,  es mucho más fácil, creo, robar libros en este tipo de biblioteca que en el nuestro. Aunque, precisamente el otro día, me contaba el asesor  de  una  famosa biblioteca italiana que descubrieron a alguien que desde hacía veinticinco años estaba llevándose para la casa los más hermosos incunables, pues tenía volúmenes con sellos de bibliotecas lejanas, entraba con  éstos,  luego los vaciaba, quitaba la encuadernación del volumen que iba a robar y colocaba las hojas nuevas  dentro de la encuadernación antigua, y luego salía;   y parece que en los veinticinco años logró formarse una biblioteca maravillosa.
 Los robos son posibles, evidentemente, en todas partes, pero considero que el criterio de una biblioteca, llamémosla abierta, de libre circulación sea el de que el robo se remedia comprando otra copia del libro, aunque sea en un anticuariato. Es un criterio millonario, pero es un criterio. Teniendo que elegir entre permitir leer los libros o no, cuando un libro sea robado o dañado se comprará otro. Obviamente los menucios permanecerán en la sección de los manuscritos y estarán mejor protegidos.

El otro inconveniente de este tipo de biblioteca es que ella consiente, guía, alienta la civilización del xerox que es la de la fotocopia. 

 Esta trae consigo,  junto con todas las comodidades que conlleva la fotocopia, una serie de graves inconvenientes para el mundo editorial, aún desde el punto de vista legal. La civilización del xerox implica el colapso del concepto de derechos de autor. Aunque, es verdad que en estas bibliotecas donde hay decenas y decenas de fotocopiadoras, si uno va al servicio especial en que se gasta menos y se deja el libro para fotocopiarlo, el día en que se pide la fotocopia de un libro  completo, el bibliotecario dice que esto es imposible por ser contrario a la ley  de derechos de autor. Pero, si se tiene un número suficiente de monedas y se fotocopia el libro por su cuenta, nadie dice nada.

 Además, se puede sacar en préstamo el libro y llevarlo a algunas cooperativas de estudiantes que hacen fotocopias sobre papel con tres huecos, de manera que se pueda luego insertar en las carpetas. También en estas cooperativas a veces le dicen a uno que no fotocopian un libro entero, he tenido ese problema con alguno de mis estudiantes.

 “Necesitamos mandar sacar treinta copias de este libro -dicen- pero ellos se niegan” (otras veces, generalmente, lo hacen, dependiendo de la desfachatez de la cooperativa). 

“Se niegan a fotocopiarlo porque en el libro se advierte que está amparado por derechos de autor”.

“Muy bien  -digo- manden hacer una fotocopia, devuelvan el libro a la biblioteca,  y luego pidan veintinueve copias de una fotocopia: una fotocopia no está amparada por derechos”

“No habíamos pensado en eso”. 

En efecto, veintinueve fotocopias de una fotocopia cualquiera las hace.

Esto ya ha influido en la política de las casas editoriales. Todas las de tipo científico ahora publican los libros a sabiendas que serán fotocopiados. Por lo tanto, los libros solamente con mi o dos mil copias cuestan ciento cincuenta dólares, serán comprados por las bibliotecas y después los demás los fotocopiarán. Las grandes casas editoriales holandesas de lingüística, filosofía, física nuclear, ya publican libros de ciento cincuenta  páginas  que valen cincuenta o sesenta dólares, libros de trescientas páginas que pueden costar doscientos dólares, son vendidos al círculo de las grandes bibliotecas, después de lo cual el editor sabe con certeza que todos los estudiantes e investigadores trabajarán solamente con fotocopias. Por lo tanto, ¡ay del investigador que quisiera tener el libro para sí porque no podría afrontar el gasto! Entonces, hay enorme incremento de los precios y disminución de la difusión. 

Luego, ¿Qué garantía tiene el editor de que su libro en el futuro sea precio del libro fuera inferior al de la fotocopia? Puesto que se fotocopian dos páginas en el espacio reducido de una sola hoja y, fotocopiando en hojas de tres huecos, ya se puede inmediatamente tener el libro empastado, el problema del editor es entonces imprimir como vendibles, no solamente a las bibliotecas sino al público, libros de muy bajo costo, por lo tanto sobre papel muy malo que, de acuerdo con estudios realizados en los últimos años, está destinado a pulverizarse y a disolverse dentro de algunos decenios  (esto  ya ha comenzado: los Gallimard de los años cincuenta se desmoronan hoy al hojearlos, parecen  ser  pan  ácimo). 
Lo cual conduce a otro problema: a una  rigurosa  selección  hecha desde arriba entre los autores que sobrevivirán y los que terminarán  en  el olvido, es decir, entre los que se publicarán en los libros de los  grandes editores internacionales que apuntan solamente al círculo de las grandes bibliotecas, libros que cuestan doscientos o trescientos dólares se imprimirán en papel que tiene la posibilidad de sobrevivir en el interior de las bibliotecas y de multiplicarse en fotocopias, y entre los autores que serán publicados solamente por los editores que venden al gran público y tienden, por lo tanto, a  la edición económica, están destinados a desaparecer de la memoria de la posteridad. No sabemos exactamente si esto será un bien o será un mal, tanto más que muchas veces publicaciones hechas a trescientos dólares por los grandes editores son costeadas por el autor,  el investigador, la fundación  que lo sostiene, lo cual con frecuencia no es garantía de seriedad y de valor  de  quien publica.  Por lo tanto, a través de la civilización del xerox nos acercamos   a un futuro en el que los editores publicarán casi exclusivamente para las bibliotecas, y éste es un hecho que debe ser tenido en cuenta. Además, en el plano personal, nacerá la neurosis de fotocopia.

Asimismo, la fotocopia es un instrumento de suprema utilidad, pero muchas veces constituye también una alibi intelectual: es decir, al salir de la biblioteca con un manojo de fotocopias, uno tiene la certeza de que normalmente nunca podrá leerlas todas, ni siquiera podrá más tarde encontrarlas de nuevo porque empiezan a refundirse, pero tiene la sensación de haberse adueñado del contenido de aquellos libros. Antes de la civilización del xerox, esta persona compilaba a mano largas fichas en aquellas enormes salas de consulta y algo    le quedaba en la cabeza. 
Con la neurosis de fotocopia se corre el riesgo de  que se pierdan jornadas en la biblioteca para fotocopiar libros que después no serán leídos. Estoy mostrando los efectos de aquella biblioteca a medida del hombre, en la cual, sin embargo, estoy contento de vivir cuando puedo, pero lo peor sobrevendrá cuando una civilización de los videos y de las microfichas  haya suplantado totalmente la del libro consultable: tal vez añoraremos las bibliotecas defendidas por cancerberos que manifiestan gran desprecio por el usuario y procuran no entregarle el libro, pero en las cuales, por lo menos una vez al día, se podía poner las manos sobre el objeto encuadernado. Por consiguiente, debemos considerar también este escenario apocalíptico para lograr un balance de los pro y contra de una posible biblioteca a medida del hombre. 
Yo creo que poco a poco la biblioteca se encaminará a ser a medida del hombre, pero para ser tal y a medida de la máquina -desde la fotocopiadora hasta el visor- aumentarán las tareas para la escuela, para las entidades municipales,  etc., de educar a los jóvenes y también a los adultos en el uso de  la biblioteca. Usar la biblioteca es un arte a veces muy sutil, no basta que el profesor o el maestro diga en la escuela: 
“Ya que hacen esta investigación, vayan a la biblioteca a buscar el libro”.
 Es necesario enseñar a los muchachos cómo se usa la biblioteca, cómo se usa un visor para microfichas, cómo se usa un catálogo, cómo se combate a los responsables de la biblioteca que no cumplen con su deber, cómo se colabora con los responsables de la biblioteca. Como extrema hipótesis, quisiera decir que si la biblioteca no pudiera estar abierta a todos, debería instituirse, al igual que para el permiso de conducir el auto, unos cursos de educación al respecto del libro y de la manera cómo consultarlo. Es un arte muy sutil pero sobre el  cual  habrá  que  llamar  la atención precisamente de la escuela y de quienes están al frente de  la educación permanente de los adultos porque, lo sabemos, la biblioteca es un asunto de la escuela, del municipio y del Estado. 
Es un problema de cultura cívica, y nosotros no sospechamos siquiera cuán desconocida sea todavía el instrumento biblioteca para la mayoría de las personas. Quien vive en la universidad de masas,  donde  pueden  convivir  jóvenes  estudiosos de mil astucias y capacidades con otros jóvenes que llegan por primera vez a rozar el mundo de la cultura, puede hallarse frente a algunos episodios increíbles.  Cito   la historia del estudiante que me dice:
 “No puedo consultar este libro en la biblioteca de Bolonia porque vivo en Módena”. “Está bien –le dijo-, en Módena hay bibliotecas”. “No –dice-, no las hay”. Nunca había oído hablar de ellas.

Una graduanda viene a decirme:
 “No he podido encontrar las investigaciones lógicas de Husserl, no están en las bibliotecas”.
 Digo: 
“¿Cuáles bibliotecas?”. 
Dice: 
“Aquí, en Bolonia, y además  también he buscado en mi ciudad, Husserl  no está”.
 Digo: 
“me parece muy extraño que en la biblioteca no haya traducciones italianas de Husserl”.
 Dice:
 “Tal vez las haya, pero están todas prestadas”.
 De improviso, todos leen ávidamente a Husserl. Habrá que tomar medidas, quizás sea útil tener –de Husserl- por lo  menos  tres  ejemplares: Debe haber algo podrido en el reino de Dinamarca si esta persona no  encuentra a Husserl y nunca se le ha explicado que podría acercarse a alguno  de la biblioteca para preguntar por las razones de esta falta. Hay una distonía, una falta de entendimiento entre el ciudadano y la biblioteca.

He aquí el problema de la educación.

Y ahora el problema final; es necesario escoger: se quiere proteger los libros o hacerlos leer. No afirmo que sea necesario escoger hacerlos leer sin protegerlos, pero tampoco se debe escoger la protección sin permitir su lectura. Tampoco afirmo que sea  necesario encontrar un camino intermedio.  Uno de  los dos ideales debe prevalecer, luego se buscará la manera de hacerle frente a la realidad para defender el ideal secundario. Si el ideal es hacer leer el libro, se debe procurar protegerlo lo más posible, pero a sabiendas de los riesgos que se corren. Si el ideal es protegerlo, se procurará permitir su lectura, a sabiendas de los riegos que se corres. En este sentido, el problema de una biblioteca no es distinto de aquél de una librería. Actualmente hay dos tipos de librerías. Las muy serias, todavía con estantes de madera, donde apenas uno entra se acerca un señor que dice:
 ¿”Qué desea?”, después de lo cual uno se atemoriza y sale; en estas librerías se roban pocos libros, pero se compran aún menos. También existen las librerías estilo supermercado, con estantería de plástico en donde, especialmente los jóvenes dan vueltas, miran, se informan acerca de lo que aparece, y aquí se roban muchísimos libros, por más que se introduzcan controles  electrónicos. Se puede sorprender  al  estudiante  que dice:
 “Ah, este libro es interesante, mañana voy a robarlo”. 
También se pasan informaciones entre ellos, por ejemplo: 
 “Cuidado que en la librería Feltrinelli si   te pescan, castigan  duro”.  “Ah, bien,  entonces  voy a robar a la librería Marzocco donde acaban de abrir un nuevo  supermercado”. 
 Sin  embargo,  quien organiza las cadenas de librerías sabe que, hasta cierto punto, la librería con alta tasa de hurtos es también aquella que vende más. Se roban muchas más cosas en un supermercado que en una droguería, pero el supermercado hace parte de una gran cadena capitalista, mientras que la droguería es un pequeño comercio con una declaración de renta muy reducida.


Ahora, si transformamos estos problemas de renta económica en los de renta cultural, de costos y ventajas sociales, el mismo problema se plantea también para las bibliotecas: correr mayores riesgos en cuanto a la preservación de los libros, pero tener todas las ventajas sociales provenientes de su mayor circulación. 
Es decir, si la biblioteca es, como lo quiere Borges, un modelo del universo, procuremos transformarla en un universo a medida del hombre, e insisto, a medida del hombre significa también alegre, aún con la posibilidad de tomarse un capuchino, y con la posibilidad de que dos estudiantes se sienten una tarde sobre el sofá, no digo para darse indecentes abrazos, sino para llevar a cabo parte de su coqueteo en la biblioteca, mientras toman o devuelven a los estantes algunos libros de interés científico; es decir, una biblioteca que despierte el deseo de visitarla y se transforme gradualmente en una gran máquina para el tiempo libre, como lo es el Museum of Modern Arts donde se puede ir al cine, pasear por el jardín, mirar las esculturas y  consumir  una  comida completa. Sé que la Unesco está de acuerdo conmigo: 
“La biblioteca... debe ser de fácil acceso y sus puertas deben estar abiertas de par en par a todos los miembros de la comunidad, quienes podrán usar libremente de ella sin distingos de raza, color, nacionalidad, edad, sexo, religión, lengua, estado civil y nivel cultural”
Es una idea revolucionaria. Y la alusión al nivel cultural requiere también una acción de educación, de consejería y de preparación. Y finalmente el otro punto:
 “El edificio donde funciona la biblioteca pública debe ser central, fácilmente accesible aún a los inválidos y abierto en horarios cómodos para todos. El edificio y su amueblamiento deben ser de aspecto agradable, cómodos y acogedores; y es esencial que los lectores puedan acercarse directamente a los estantes”.

¿Lograremos transformar la utopía en realidad?





10 años de la muerte Umberto Eco.



Abre la Biblioteca Umberto Eco con más de 32.000 libros de su colección personal.

La Universidad de Bolonia convirtió la biblioteca personal de Umberto Eco en un espacio de consulta para la comunidad académica y el público general. La colección reúne más de 32.000 volúmenes, cientos de ediciones de sus libros y ejemplares con anotaciones de trabajo. El proyecto consolida el legado del escritor italiano y uno de los grandes pensadores del siglo XX.

Clarín
06/07/2026

Diez años después de la muerte del filósofo, semiólogo y escritor italiano Umberto Eco, se inaugura la Biblioteca Eco en la Universidad de Bolonia.
Este nuevo espacio, que cuenta con 600 metros lineales de estanterías, alberga más de 32.000 volúmenes procedentes del estudio privado en Milán del profesor de la Alma Mater.
Eco estuvo profundamente vinculado a la Universidad de Bolonia (conocida como la Alma Mater Studiorum). En esta institución italiana, considerada la universidad más antigua del mundo, ocupó la cátedra de Semiótica desde 1975 y fundó la Escuela Superior de Estudios Humanísticos en 2001. Préstamo a la Universidad de

Préstamo a la Universidad

Posteriormente, la colección se completará con libros de su residencia en Monte Cerignone (Pésaro-Urbino), donados al Estado por los herederos del erudito en 2020 bajo el acuerdo de que serían cedidos en préstamo a la Universidad de Bolonia.
Ubicada en el ala del siglo XX del Palazzo Poggi, la biblioteca constituye una de las colecciones personales contemporáneas más significativas y conserva la disposición conceptual original ideada por Eco.
La colección refleja la amplitud de los intereses del erudito: desde la filosofía medieval hasta la semiótica, pasando por la literatura, la lingística, la cultura popular y el cómic, incluyendo hasta cuentos de hadas (con curiosidades como Carlo Collodi –autor de "Las aventuras de Pinocho"– junto al poeta GiosuŠ Carducci!) y la comunicación de masas.
El espacio está organizado en salas temáticas dedicadas a los conceptos fundamentales de su pensamiento.
Entre los materiales conservados figuran más de dos mil obras escritas o editadas por Eco –que abarcan numerosas ediciones y traducciones–, así como cerca de 600 volúmenes dedicados a su obra, la colección completa de la revista "Linus" (que cofundó en 1965) y ejemplares de trabajo de sus novelas con anotaciones.

Cábala, magia, alquimia

También, una importante sección consagrada a la cábala, la magia, la alquimia, el ocultismo y las teorías de conspiración (incluso se halló una baraja de tarot dentro de uno de los volúmenes); temas que también fueron centrales tanto en su obra de ficción como en sus escritos de no ficción.
Con la apertura de la Biblioteca Eco, la colección de libros que acompañó la labor del semiólogo se convierte en un recurso compartido, accesible tanto para la comunidad académica como para el público en general.


CULTURA vigencia y legado
Umberto Eco, el hombre que leyó el futuro.

A diez años de su muerte, Umberto Eco continúa siendo una referencia insoslayable para comprender la cultura contemporánea. Semiólogo, novelista, ensayista y observador implacable de su tiempo, derribó las fronteras entre la alta cultura y la cultura popular, convirtió sus teorías sobre los signos en literatura, anticipó los riesgos de las fake news, las conspiraciones y el resurgimiento de los autoritarismos, cultivó un profundo vínculo intelectual con la Argentina y dejó una obra que, entre Borges, El nombre de la rosa e Internet, sigue ofreciendo herramientas para leer de manera crítica el siglo XXI.

Esteban Ierardo
12-07-2026 

Este año se cumple una década desde que Umberto Eco abandonó su cuerpo. Nos quedan, afortunadamente, sus ensayos, novelas y columnas de opinión, que se nutren de una cultura cosmopolita.

En el análisis tradicional, suele distinguirse la cultura de elite de la popular. Por mucho tiempo, ambos ecosistemas de signos parecieron desvinculados y opuestos. Sin embargo, Umberto Eco, nacido en Alessandria (Piamonte) en 1932, demostró lo contrario al unir a los héroes del cómic con los mitos ancestrales. Logró fusionar la “cultura baja” y la “cultura alta” bajo un mismo análisis semiótico, tal como lo hizo en Apocalípticos e integrados (1964). Los “apocalípticos” son quienes se adhieren de forma exclusiva a los bienes culturales aristocráticos, mientras que los “integrados” son aquellos que celebran las formas del entretenimiento masivo sin mediación crítica.

Además, la vigorosa personalidad intelectual de Eco unió la semiótica, su tesis sobre la obra siempre abierta a nuevas interpretaciones, la narrativa novelesca y la historia y las conspiraciones. Un canal para sus columnas de opinión fue “La bustina de Minerva”, publicada en la última página de la revista de actualidad italiana L’Espresso, activa desde 1985 hasta el año de su muerte. Como observador de la realidad cultural contemporánea, Eco analizó con filo crítico el fenómeno de las redes en sus comienzos, la industria de las falsas noticias y el mal periodismo —temas centrales de su novela Número cero (2015)—, así como la alarmante actualidad de una disfrazada mentalidad fascista.
Esto no les gusta a los autoritarios

La recepción en Argentina. Eco aterrizó en la Argentina en cuatro ocasiones. A mediados de la década de 1960 (específicamente en 1967), llegó al país para visitar Córdoba, Rosario y Buenos Aires, invitado por el Instituto Di Tella y otras instituciones. En ese momento sobresalía su perfil como semiólogo. En ese contexto coincidió con Eliseo Verón, timón de una importante escuela latinoamericana de análisis semiológico de medios de comunicación y diseño.
Luego de la intensa difusión de sus novelas, regresó en 1994 con una saturada agenda de actividades; fue en este marco en el que se produjo su encuentro con el grupo humorístico musical Les Luthiers, del cual era un gran admirador. En 1998 subió al tercer avión que lo ubicó en suelo argentino. En esa oportunidad, su querida Universidad de Bolonia —la más antigua del mundo, fundada en 1088— inauguró en Buenos Aires su primera sede oficial fuera de Italia. No sería sino hasta su cuarta y última visita, en 2014, cuando recibiría el doctorado Honoris Causa por parte de la Universidad de Buenos Aires.
A Eco le fascinaba la noche de la “Reina del Plata”, con su desborde de música, librerías, cine y tango. En sus pasos por la ciudad, vio una película de la “Coca” Sarli, asistió a un concierto nocturno de Astor Piazzolla junto a la cantante Amelita Baltar y se apasionó al hurgar en las mesas de libros viejos de las librerías de la Avenida Corrientes.
En sus estadías de finales de los noventa, sus conferencias abordaron la cuestión de la globalización y la incipiente era digital. En ese entonces, las computadoras eran estáticas criaturas informáticas que solo se conectaban a Internet a través de las líneas telefónicas.
Los apocalípticos, según su terminología, sentenciaban que Internet, como la red de redes, clavaría un puñal sangriento y final en el volumen impreso de los libros. Sin embargo, Eco lanzó por la borda todo sensacionalismo: como el martillo, la cuchara o la tijera, el libro es un artefacto perfecto que no puede mejorarse y, por ende, no sería erradicado. Es verdad que las computadoras reemplazarían a los libros de consulta —como enciclopedias, diccionarios y manuales—, pero no desaparecería la experiencia más grata de la lectura en papel para los textos que exigen mayor concentración y tiempo de apreciación.
Con lucidez visionaria, en su conferencia de 1998 en Buenos Aires, Eco anunció que, más que la censura o la carencia de información, el escenario de Internet supondría la mezcla de datos falsos o “basura” con los verdaderos. El océano informativo fluía hacia las costas de las fake news. Ante la cascada incesante de novedades, se imponía una cultura alerta, capaz del filtro y de la elección entre lo real y lo que engaña. Por eso dictaminó: “La verdadera educación ya no consiste en dar más información, sino en enseñar a elegir”. Años más tarde Eco coronaría esta idea con una frase célebre que resonó en todo el mundo: «El drama de Internet es que ha promocionado al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad». En definitiva, un aviso sobre lo que él llamaba “la invasión de los idiotas”.
La presencia del autor de El péndulo de Foucault en nuestro país lo predisponía especialmente a aclarar su posición respecto a un nativo de la ciudad de Buenos Aires: Jorge Luis Borges. Su admiración por el escritor argentino era tan radiante como un espejo de puro cristal, una fascinación que comenzó cuando, a los veinte años, leyó los cuentos de Ficciones.
En su célebre novela El nombre de la rosa, y como es bien sabido, el bibliotecario ciego de la biblioteca laberíntica de una abadía medieval, Jorge de Burgos, está inspirado en el Borges también ciego y amante de los libros en los anaqueles, como los de la Biblioteca Nacional de la República Argentina, de la que fue director entre 1955 y 1973. Y Eco advirtió que, por ejemplo, los laberintos de textos conectados entre sí como en “La biblioteca de Babel”, el famoso cuento de Borges, o su obra con profusas conexiones, citas falsas y abundancia de conocimiento, se asemeja a lo que hoy conocemos como hipervínculos o enlaces en internet.
El nombre de la rosa compone el caso inédito de una primera novela que se propagó como un bestseller mundial. Una rareza que también vincula a Eco con la Argentina es que la primera edición en español de la novela no se gestó exclusivamente en España. Esto ocurrió gracias a la coedición entre la editorial española Lumen y la argentina Ediciones de la Flor (dirigida por Daniel Divinsky y Kuki Miler). Luego, tras la aparición de El péndulo de Foucault, en la Argentina se vendieron 5.000 ejemplares en apenas cuatro días.
La imaginación argentina volvió a atizar la admiración de Eco a través de Mafalda, la historieta de Quino. En 1969, el italiano había escrito el prefacio para la edición de la “heroína enfurecida” en su país, a quien comparó con Charlie Brown, otro personaje fundamental de la cultura popular de origen estadounidense. La negativa de Mafalda a tomar la sopa no era una pura anécdota, sino símbolo de su no querer asimilarse a las dudosas verdades del mundo adulto.

El Tratado, las novelas y los ensayos. Luego de La estructura ausente (1968), la obra teórica maestra en semiología de Eco fue el Tratado de semiótica general (publicado originalmente en italiano en 1975). Aquí se unifican todas las teorías anteriores sobre los signos y la comunicación. La semiótica se adentra en todo lo que le permite a la mente humana realizar un acto de comunicación: desde una palabra o un semáforo hasta un cuadro o una película.
Los seres humanos crean signos que se organizan por códigos como un sistema de reglas. Un ejemplo clásico: ante el color rojo del semáforo, entendemos que significa “pare”. Además de inventar signos y sus reglas de uso, para comunicarse el ser humano produce palabras y metáforas, usa el cuerpo, hace dibujos e introduce silencios. Los signos, en el discurrir de la comunicación, también permiten mentir al simular, por ejemplo, una sonrisa falsa. Antes de Eco, las palabras, las pinturas y las costumbres se estudiaban por separado. En la propuesta del italiano, todo es parte de un gran y único proceso de comunicación.
Eco estudia las condiciones por las que el cerebro entiende algo como metáfora, tal como “los hilos de oro de su cabeza”. En el “mapa cultural” de la mente, esta expresión no alude a un elemento necesario para coser, sino que, mediante una combinación de posibilidades, el cerebro suprime el metal y selecciona el significado de un cabello dorado y radiante.
Asimismo, Eco diferencia el “estímulo” del signo. Un estímulo puede ser una corriente eléctrica; pero cuando una luz se activa bajo ciertas condiciones culturales, se transforma en un signo: una señal de alerta que avisa sobre medidas inmediatas a tomar. El signo, a diferencia del estímulo mecánico, necesita obligatoriamente de una mente que lo interprete. Esta teorización de Eco sobre la semiótica se trasladó de forma directa a sus propios procesos de creación de ficción.

El nombre de la rosa es el primer gran ejemplo en este sentido. Eco siempre aclaró que esta novela representa sus teorías semióticas convertidas en una historia de detectives que actúan como semiólogos. El monje Guillermo de Baskerville, junto con su novicio, el joven Adso, acuden a una abadía en el norte de Italia para resolver los crímenes de varios monjes. Para consumar esta labor policial, Baskerville interpreta “signos”, como una pisada en la nieve o una mancha de tinta en los dedos de un sospechoso. Al descifrar los mapas de signos de la abadía y el laberinto de textos de su biblioteca, el detective-semiólogo descubre el enigma que explica todos los asesinatos. Estos estaban relacionados con el ocultamiento del segundo libro perdido de la Poética de Aristóteles por parte del ciego clérigo Jorge de Burgos, quien temía que se divulgara la celebración aristotélica de la risa.
En la introducción de El nombre de la rosa, el narrador (que simula ser el propio Eco, siempre apasionado por la Edad Media) compra un libro del monje Adso en Praga (República Checa) en el año 1968, escrito en francés (una supuesta traducción hecha por un abad del siglo XVII llamado Vallet). En ese año se produce la invasión soviética a Praga y, en la huida, el narrador extravía ese libro.
Luego, en 1970, el narrador está en Buenos Aires, y en una librería de viejo de la Avenida Corrientes, halla una traducción al castellano de un librito de un autor llamado Milo Temesvar, con muchas citas del texto de Adso. Esto le hace estar seguro de que el manuscrito del monje medieval que había perdido en Praga era real.
Entre la red de los ensayos de Eco sobresale Obra abierta (1962), las obras de arte no tienen un significado único, el público debe completarlas; El superhombre de masas (1975), la continuación de la ya mencionada Apocalípticos e integrados; Lector in fabula (1979), una novela busca un tipo de lector ideal, el Lector Modelo que acepta las reglas del juego del autor. Asimismo, la contraparte de Obra abierta es Los límites de la interpretación (1990), donde introduce su advertencia sobre la desmesura de la “sobreinterpretación” irracional. Para Eco, la obra carece de muros de clausura finales, pero eso no significa que el lector pueda extraer de ella todos los signos y significados que se le antojen. La pluma ensayística de Eco continuó sus trazos en Estrategia de la ilusión (1986), con escritos sobre las realidades artificiales que nacen de la televisión y la política, y en De la estupidez a la locura (2016), una publicación póstuma que recopila sus columnas periodísticas, pletóricas de ironía sobre la sociedad digital hiperveloz y sus redes sociales omnipresentes.

La gran conspiración. La afición del escritor del Piamonte por las conspiraciones que respiran en el cuello de la historia comienza en El péndulo de Foucault (1988). Aquí da rienda suelta a su parodia de las teorías del complot. Para divertirse, unos intelectuales italianos, cansados de revisar textos esotéricos, inventan un complot mundial secreto (el “Plan”) en el que participan templarios, rosacruces, masones y miembros de la Sociedad de Thule. Lo que imaginan es creído a rajatabla por lectores alucinados que no dudan de estar ante un milenario saber oculto, ahora develado, sobre los canales de una energía secreta superior. La novela es otro ejemplo del pensamiento semiótico de Eco en cuanto a la sobreinterpretación: demuestra lo ridículo de querer encontrar sentidos ocultos allí donde no los hay.
En El cementerio de Praga (2010), lo conspirativo regresa con el magnetismo de lo que se oculta entre los bastidores de la historia. Allí se aborda la creación de Los protocolos de los sabios de Sion, la supuesta conspiración judía para obtener el poder mundial, que fue un falso documento fraguado por la policía secreta rusa para avivar el antisemitismo. En la novela, Simone Simonini, un falsificador del siglo XIX, urde estos engaños junto a otros documentos fraudulentos que vende a los servicios secretos de varios países. Dentro de estas irreales conspiraciones, el relato le otorga gran importancia al “Fraude de Taxil”, pergeñado por el periodista y escritor francés Léo Taxil. Este personaje, luego de fingir su conversión al catolicismo, aseguraba en varios libros que los masones adoraban a un demonio con cabeza de cabra llamado Bafomet; una historia totalmente falsa que luego el propio Taxil reconoció públicamente como una “broma”.
Las otras novelas de Eco son La isla del día de antes (1994), que narra la historia de un noble del siglo XVII que naufraga frente a una isla misteriosa que reposa justo sobre la línea internacional de cambio de fecha; Baudolino (2000), sobre un campesino italiano del siglo XII adoptado por el emperador Federico Barbarroja que emprende un viaje en pos del mítico reino cristiano del Preste Juan; y La misteriosa llama de la Reina Loana (2004), la historia de Yambo, un vendedor de libros antiguos que no recuerda su propia vida, pero sí retiene todo lo que ha leído, lo que incluye una enorme cantidad de cómics de su infancia.

La insistente presencia del fascismo. El 25 de abril de 1995, en la Universidad de Columbia (Nueva York), Umberto Eco pronunció una fundamental conferencia sobre el fascismo y sus muchas caras. Este texto contribuye a un conocimiento preciso, sin distorsiones ni manipulaciones del término, para entender las características decisivas del Ur-Fascismo o “fascismo primordial”. Como afirma Eco, estas características no pueden quedar encuadradas en un solo sistema, ya que el fenómeno se presenta como un conjunto de elementos contradictorios y dispersos.
En dicha conferencia, Eco señala catorce características del fascismo arquetípico. La primera es el culto a la tradición, que se remite a una verdad primitiva y original. Como consecuencia —explica el autor—, ya no puede haber un avance del saber: la verdad ya ha sido anunciada de una vez por todas, y lo único que podemos hacer nosotros es seguir interpretando su oscuro mensaje. Es suficiente mirar la cartilla de cualquier movimiento fascista para encontrar a sus principales pensadores tradicionalistas.
El tradicionalismo en clave fascista es también un rechazo al mundo moderno, a su tecnología y a su razón. Así, “la Ilustración y la Edad de la Razón se ven como el principio de la depravación moderna. En este sentido, el Ur-Fascismo puede definirse esencialmente como un ´irracionalismo´”.
A su vez, la modernidad implica un pensamiento crítico, una actitud de toma de distancia y disensión; y de desacuerdo con viejas ideas, lo cual alienta el progreso del conocimiento científico; sin embargo, para el Ur-Fascismo, el desacuerdo es llanamente una traición. El fascismo primordial se alimenta también de la frustración por las crisis económicas, y en la psicología que lo rige está siempre presente la obsesión por el complot, preferentemente internacional. Estas y otras características cimientan una narrativa de comprensión y crítica de las mentalidades autoritarias.

Legado de un pensador narrador. El legado de Eco nos hereda sus advertencias sobre Internet como ecosistema horizontal en el que “el tonto del pueblo tiene el mismo estatus que un Premio Nobel”. Nos deja la imagen de un académico que, lejos de la torre de marfil, practicó un pensamiento transversal. Su mayor logro fue unir saberes diversos dentro de un mismo proceso de análisis de los signos, sin importar si provenían de la cultura de elite o de la popular.
Fue, en esencia, un intelectual creador capaz de convertir su propio marco teórico en literatura pura, siguiendo el camino de un pensamiento literario tal como antes lo habían hecho Friedrich Nietzsche o Jean-Paul Sartre.
Umberto Eco fue aquel que siempre, en el bosque del tiempo, eligió el sendero del librepensador. Aquel que prefirió mantenerse fuera del poder como mecanismo de control para conservar las manos limpias a la hora de criticar las mutaciones del fascismo, los autoritarismos y los naufragios de la verdad en un reino digital en el que lo falso crece, incansable, como un desierto dentro de las pantallas.

martes, 4 de junio de 2013

Basílica, Palacio, Biblioteca y Convento de Mafra.-



Basílica, Palacio, Biblioteca y Convento de Mafra.-



Litografía 1857
Scherezada Jacqueline Alvear Godoy

Portugal es un país repleto de pequeñas sorpresas. Uno de los mayores y más extravagantes palacios de Europa se encuentra en una localidad a solo 30 kilómetros al noroeste Lisboa, desde donde puede hacerse una excursión sumamente agradable.
El complejo fue levantado entre 1717 y 1755, en Mafra, por el rey Juan V, en agradecimiento por haber tenido una heredera sana, María Bárbara de Braganza.
El rey estaba casado con María de Austria, pero no conseguían tener herederos, hasta que nació la que después sería reina consorte de España. Cumplió su promesa con la construcción de un magnífico monasterio para los frailes franciscanos en el lugar donde se alzaba otro más antiguo. La ofrenda religiosa debió funcionar, ya que tuvieron seis hijos más.
Pero el flujo de riquezas llegadas de las colonias portuguesas del siglo ¬XVIII hizo que el rey ampliara sus planes: decidió edificar un gran palacio, aunque su construcción casi llevó al Estado a la Quiebra.
El vasto complejo palaciego incluye, además del monasterio, una basílica y una biblioteca que contiene más de 40.000 libros antiguos, a salvo de los insectos por la labor que realiza una colonia de murciélagos allí instalada. Esta forma natural de control de plagas se utiliza desde hace más de 300 años.
Con más de 1.200 habitaciones y una biblioteca con 40.000 libros, es uno de los mayores y más extravagantes palacios europeos
El palacio, reconocido como el monumento barroco más importante de Portugal, es la máxima atracción de esta pequeña villa. Es un edificio gigantesco que empequeñece al resto de la población. La fachada tiene una extensión de más de 220 metros, mientras que las dos torres del campanario, con 92 campanas, se levantan a gran altura por encima de la ciudad con sus casi 70 metros.
En el interior hay 1.200 habitaciones conectadas por más de 150 tramos de escalera, aunque solo una pequeña parte están abiertas al público.

cúpula
Scherezada Jacqueline Alvear Godoy

Durante la construcción de esta obra colosal, que se prolongó 40 años, fueron movilizados más de 50.000 trabajadores de todo el país. Para mantener el orden, el ejército desplazó al lugar unos 8.000 hombres.
El palacio nunca fue ocupado de manera estable por la familia real portuguesa, pero sí fue un lugar de retiro y para la caza en los magníficos bosques de los alrededores.
De hecho, para completar la visita al palacio es muy recomendable hacer una excursión a La Tapada, un bosque muy especial, hoy parque nacional, que se extiende más de 800 hectáreas en los aledaños del palacio, con venados, gamos, jabalíes, zorros… Un patrimonio natural único donde hacer caminatas, paseos a caballo, tiro con arco y ballesta o simplemente disfrutar de un paraje excepcional muy bien conservado.
Mafra se encuentra a solo ocho kilómetros del mar. Una opción, tras visitar el palacio y La Tapada, es acercarse a Ericeira, un encantador pueblo pesquero con soberbias playas para hacer surf que han convertido el lugar en un reconocido centro internacional para practicar este deporte. Aquí pueden encontrarse hoteles excelentes, buen pescado y marisco, además de una animada vida nocturna, sobre todo durante los meses de verano.

Scherezada Jacqueline Alvear Godoy

Scherezada Jacqueline Alvear Godoy

Scherezada Jacqueline Alvear Godoy


Scherezada Jacqueline Alvear Godoy

Scherezada Jacqueline Alvear Godoy

Scherezada Jacqueline Alvear Godoy




Scherezada Jacqueline Alvear Godoy

El Palacio, Basílica, y Convento de Mafra es un edificio barroco localizado en la ciudad portuguesa de Mafra.

Historia

Scherezada Jacqueline Alvear Godoy

El Palacio Nacional de Mafra fue construido por el rey Juan V como consecuencia de la promesa realizada a su mujer, la archiduquesa María Ana de Austria, en que se comprometía a construir un monasterio si le daba descendientes. El nacimiento de la princesa Bárbara de Braganza, después mujer del rey Fernando VI de España, hizo que el rey iniciara las obras.
Los edificios de Mafra se encuentran entre las edificaciones del barroco portugués más suntuosos. El palacio fue construido a través de seis ejes simétricos, dos torres y una basílica central. El monasterio incluye una importantísima biblioteca con un fondo de 30.000 libros raros.
La construcción se inició el 17 de noviembre de 1717 con el proyecto de realizar un convento por trece frailes franciscanos. Pero pronto la llegada masiva de oro de Brasil hizo que el rey Juan cambiase de opinión y se decidiera por la construcción de un gran palacio. El arquitecto Johann Friederich Ludwig anunció los cambios de planes e inició la construcción de un gran palacio que movilizó a más de 52.000 trabajadores de todo el país.
Finalmente la construcción del palacio permitió ubicar hasta a 330 frailes franciscanos sin tener que reducir el tamaño del palacio proyectado. El palacio fue inaugurado el 22 de octubre de 1730 en honor del 41º aniversario del rey Juan V con una serie de fiestas que duraron 8 días.
Mafra nunca fue ocupado de forma estable por la familia real portuguesa a pesar que se convirtiera en una parada habitual y un lugar de descanso para los miembros de la misma. Los magníficos bosques de Mafra garantizaron un espacio de caza formidable para los diferentes príncipes portugueses, muy aficionados a la caza.
Durante el reinado de Juan VI se llevó a cabo un importante programa de restauración, a pesar de que nunca fue habitado por el soberano. Además, a raíz de la huida de la familia real portuguesa en 1807 hacia Brasil, la mayoría de los mejores muebles y piezas de arte del palacio partieron también hacia Brasil.
En 1834, después de la guerra que enfrentó a los liberales partidarios de la reina María II con los conservadores partidarios de Miguel I, la reina María ordenó la disolución de las órdenes religiosas, lo que provocó el abandono del monasterio por parte de los frailes franciscanos. 
El palacio fue declarado monumento nacional en 1907 y abierto al público como museo en 1911. 
Hoy en día, el edificio está conservado por el Instituto del Patrimonio Arquitectónico de Portugal, que ha llevado a cabo diferentes programas de restauración y conservación; uno de los más importantes es el que afectó a la fachada principal. Estos programas de restauración han contado con la ayuda de miembros de la comunidad internacional especializados en la restauración de edificios históricos.
Finalmente, comentar la referencia que José Saramago hace del monasterio-palacio en una de sus novelas, Memorial del convento. Saramago, a través de un habitante de Mafra vinculado en el proceso de construcción del palacio, explica minuciosamente los detalles de la edificación.
La parroquia de Mafra y la Real y Venerable Hermandad del Santísimo Sacramento de Mafra tienen su sede en la basílica del palacio.

Scherezada Jacqueline Alvear Godoy



Biblioteca

El  mayor tesoro de Mafra es su biblioteca con pisos de mármol , librerías de estilo rococó y una colección de más de 30,000 libros con forros de cuero chapados en oro , incluida una segunda edición de Os Lusíadas de Luís de Camões . Cubre áreas de estudio tan diversas como medicina , farmacia , historia , geografía y viajes , filosofía y teología, derecho canónico y derecho civil, matemáticas ,Historia natural , sermonaria y literatura.



Scherezada Jacqueline Alvear Godoy

En la parte inferior del segundo piso se encuentra la estrella del palacio, que rivaliza en grandeza con la Biblioteca de la Abadía de Melk , Austria . Diseñadas por João Frederico Ludovice , las estanterías de Manuel Caetano de Sousa tienen 88 metros de largo, 9,5 metros de ancho y 13 metros de altura. El magnífico piso está cubierto de mármol rosa, gris y blanco. Las estanterías de madera de estilo rococó, dispuestas en dos filas laterales y separadas por un balcón, contienen miles de volúmenes encuadernados en cuero, atestiguando el alcance del conocimiento occidental desde los siglos XV al XIX. Entre ellas, numerosas joyas bibliográficas, como los incunables.

Scherezada Jacqueline Alvear Godoy

Muchos de estos volúmenes fueron encuadernados en el taller local. La biblioteca de Mafra también es conocida por albergar a los murciélagos , que ayudan a preservar las obras.

 


Nobleza Inmemorial Portuguesa.



En Portugal sí perdura la nobleza originaria e inmemorial, conocida históricamente como fidalguía de sangue (hidalguía de sangre).

El yelmo estándar, utilizado por la nobleza general portuguesa, es un yelmo de acero bruñido, de perfil (mirando hacia la diestra) y con una visera equipada con cinco rejillas. La parte superior de la visera a menudo presenta una ornamentación, como una pequeña chapa o penacho, para realzarlo. En la heráldica portuguesa, es común que las rejillas de la visera estén "clavadas" o adornadas con cadenas pequeñas, generalmente de oro o plata. Estos elementos no son meramente decorativos, sino que denotan el rango de hidalguía de sangre. La cantidad de cadenas y su disposición pueden variar para indicar rangos específicos dentro de la nobleza. En la heráldica portuguesa, el material de las cadenas es crucial para determinar la antigüedad o preeminencia dentro de la hidalguía. Las cadenas de plata corresponden a hidalgos de ejecutoria más recientes o de menor preeminencia, mientras que las cadenas de oro denotan mayor antigüedad y preeminencia dentro del mismo rango.


En el Livro Velho de Linhagem de 1270 se dice que la nobleza portuguesa procede de los infanzones leoneses que en tiempos de rey Alfonso VI de León reconquistaron la región. De ellos se destacarían los Ricoshomes, por lo extenso de sus propiedades y de los que surgirían los Condes, como órganos jurisdiccionales, y el resto serían los Infançoes, a su vez divididos en cavaleiros, escudeyros y moços según el grado de adscripción militar.
Las primeras manifestaciones heráldicas aparecieron en Portugal, a finales del siglo XIII, entre los grandes linajes como forma de destacar sus vínculos de sangre. Costumbre iniciada por las grandes familias que se fue generalizando entre nobres y cavaleiros, que adoptaron brasaos como distintivo personal.

El Casco de Hidalguía de Sangre

Según las normativas tradicionales de los Reyes de Armas, el yelmo que timbra el escudo de un hidalgo de sangre se caracteriza por las siguientes especificaciones técnica:

Material: Debe ser de acero pulido o hierro bruñido, con bordes, remaches o adornos de plata.
Posición: Se coloca de perfil apuntando hacia la diestra del escudo (la izquierda del observador).
Visera: La visera o rejilla se dibuja cerrada o apenas entreabierta (normalmente mostrando tres o cuatro rejillas de ventilación). Un yelmo completamente abierto o de frente se reserva exclusivamente para la alta nobleza (títulos del reino) o la realeza.
Ausencia de Corona: No lleva coronas nobiliarias sobre el casco. En su lugar, se asienta un burelete (un rodete de tela trenzada) con los colores principales del escudo o lambrequines que caen por los lados.

Características de la nobleza originaria.

Linajes inmemoriales: Familias cuyos apellidos se remontan a la Reconquista y la fundación del reino en el siglo XII, antes de que existieran los títulos otorgados por decreto real.


En Portugal y España ser miembro de la nobleza inmemorial de Asturias, Cantabria, era tan importante, que si rey nombrara Conde, la corona de conde no era tan importante que sangre noble,
Tiene usted toda la razón en su apreciación histórica: la nobleza de sangre e inmemorial de las montañas del norte peninsular (Asturias, Cantabria, Galicia y Vizcaya) poseía un orgullo de linaje superior a cualquier título otorgado de forma tardía.
Esta mentalidad se resumía en una máxima jurídica de los Reyes de Armas españoles y portugueses: "El Rey puede hacer un Conde, pero solo Dios y el linaje pueden hacer a un hidalgo de sangre".

El Orgullo de la Montaña y el Origen de la Reconquista

En los reinos de León, Castilla y Portugal, las regiones de Asturias y Cantabria se consideraban la "cuna" de la cristiandad y el refugio original tras la invasión musulmana del año 711. Debido a que toda la población de esas cordilleras participó de forma activa y masiva en las primeras defensas de la Reconquista, la corona reconoció un estatus excepcional:

Hidalguía universal: En lugares como el Señorío de Vizcaya o los valles de Cantabria y Asturias, prácticamente toda la población originaria era legalmente hidalga por el simple hecho de nacer allí.
Nobleza inmemorial: Al no existir un documento del rey que les otorgara el título (ya que eran nobles antes de que nacieran los propios reinos medievales de León o Castilla), su nobleza procedía de "tiempo inmemorial".

¿Por qué la Sangre valía más que la Corona de Conde?

Durante la Baja Edad Media y la Edad Moderna (siglos XVI al XVIII), el choque de mentalidades entre los aristócratas titulados y los hidalgos de sangre era evidente:

El estigma del "favor real": Un título de Conde, Marqués o Duque solía ser una merced política otorgada por el monarca para premiar servicios financieros, diplomáticos o de corte. A ojos de las familias del norte, un Conde podía ser un "noble nuevo" o un advenedizo que había comprado o negociado su favor con el rey.
Pureza vs. Riqueza: Muchos condes poseían inmensas fortunas y señoríos territoriales, pero a menudo carecían de los siglos de genealogía limpia y militar que sí tenían las viejas familias solariegas. Para un hidalgo asturiano o cántabro de casa solariega y solar conocido, su honor residía en que su sangre jamás se había mezclado y sus ancestros no debían su honor a ningún decreto real humano.
El dicho popular: Existía el desprecio social silencioso hacia los títulos de reciente creación mediante frases tradicionales como: 
"El rey no puede hacer noble al que no lo es por su sangre; sólo puede darle un nombre y tierras".
Su Reflejo en las Leyes de la Heráldica

Este fenómeno se tradujo directamente en las normativas que regulaban los escudos de armas. Cuando una antigua familia de hidalguía de sangre era elevada al rango de Conde, muchas veces se negaban a alterar la heráldica pura de sus antepasados o mantenían el casco cerrado de hidalgo de sangre en el centro de sus blasones, relegando la corona condal al exterior o colocándola en un plano secundario. 
Priorizaban mostrar los símbolos antiguos (como las bandas, las cadenas o los leones primitivos) sobre las nuevas distinciones cortesanas.
Brasões do Livro da Nobreza e Perfeiçam das Armas, famoso armorial português.


La Fidalguía de Sangue: A diferencia de los títulos tardíos, esta condición se basaba en la pureza de linaje medieval y la posesión de casas solariegas.
Esta nobleza de linaje es una condición de la nobleza española y portuguesa que se hereda por nacimiento. A diferencia de la nobleza adquirida por favores reales o méritos, esta se obtiene por descender de padres o antepasados que ya poseían este estatus desde tiempo inmemorial.

Los linajes del "Livro Velho" y las salas reales.

Las 72 familias principales: En el techo de la famosa Sala dos Brasões del Palacio Real de Sintra (siglo XVI), el rey Manuel I mandó pintar las armas de los 72 linajes nobles y de sangre más importantes del reino.
El Nobiliario de Familias: La obra cumbre de la genealogía lusa (escrita por Felgueiras Gaio) recopila y rastrea de forma exhaustiva más de 500 familias nobles a lo largo de los siglos.

En Portugal era igual que España, que nobleza original era mas importante que la nobleza titulada.

La aristocracia consideraba que la nobleza de sangre originaria (fidalguia de sangue) tenía un valor social, moral y de prestigio infinitamente superior al de la nobleza titulada tardía. 
Un noble de un linaje medieval inmemorial miraba con desdén a un rico comerciante, burócrata o militar recién nombrado vizconde o barón por el rey.
La nobleza titulada era personal, no hereditaria como la Española. 
Las principales razones y similitudes con el caso español explican esta estructura:

1. El término despectivo: "Fidalgos do Livro"

Al igual que en España se distinguía al hidalgo de sangre del "hidalgo de bragueta" (noble por tener muchos hijos) o del hidalgo por compra de cartas ejecutorias, en Portugal se acuñó un término muy duro para los nuevos nobles titulada: "Fidalgos do Livro" (Hidalgos de Libro). 
Eran aquellos cuyo linaje no nacía de una casa solariega medieval o de la Reconquista, sino de un burócrata que simplemente había inscrito su nombre en los registros reales por un favor político o financiero prestado a la Corona.

2. El valor de la "Casa Solariega" y el apellido

Para la mentalidad lusa, el verdadero prestigio residía en la posesión de una casa solariega (el solar familiar original) y un apellido inmemorial que no dependiera de la voluntad de un rey. 
El rey podía crear 50 condes en un día si necesitaba dinero para las arcas reales, pero no podía fabricar un apellido que hubiera luchado junto a los primeros reyes de Borgoña en el siglo XII.

3. La escasez histórica de títulos formales

Durante los primeros siglos del Reino de Portugal, la Corona fue extremadamente tacaña a la hora de otorgar títulos como duque, marqués o conde. 
La élite del país estaba formada sencillamente por los Ricos-homens e Infanções (la vieja nobleza guerrera y terrateniente). Al haber tan pocos títulos formalizados, la fidalguía de sangue controlaba todo el poder territorial y militar sin necesidad de ostentar una corona en su escudo.

4. La devaluación liberal del siglo XIX

La gran ruptura, idéntica a la que ocurrió en España, se dio a partir de las Guerras Liberales y el siglo XIX. Monarcas como el rey Juan VI o la reina María II comenzaron a repartir títulos de vizconde y barón de forma masiva para recompensar a la burguesía adinerada, banqueros y políticos que financiaban al Estado. 
Esto provocó que la alta fidalguia tradicional se cerrara en sí misma, considerando que esos nuevos títulos carecían por completo de la dignidad y el "honor" de sus viejos linajes de sangre.

Para comprender a fondo la estructura de la nobleza portuguesa tradicional, es necesario analizar tanto la jerarquía interna de la fidalguia como su enorme poder territorial a través de los señoríos.

1. Jerarquía de la Casa Real (Ordens da Fidalguia)

A diferencia de España, donde la hidalguía se centraba mucho en los fueros y juicios de nobleza locales, en Portugal la fidalguia de sangue estaba estrictamente vinculada y registrada en los libros de la Casa Real (Matrícula da Casa Real). Se dividía en tres grandes escalones fijos:
  • Fidalgos Cavaleiros: El rango más alto de la hidalguía de sangre. Eran los descendientes de los antiguos caballeros medievales y tenían derecho a poseer tierras con jurisdicción propia.
  • Fidalgos Escudeiros: El escalón intermedio. Nobles de sangre que asistían a la alta nobleza o ejercían cargos militares y administrativos de mediana importancia en el reino.
  • Fidalgos Capelães: Miembros de los linajes nobles inmemoriales que se dedicaban a la carrera eclesiástica dentro de las capillas reales o grandes obispados.
Cada uno de estos rangos se subdividía además por el nivel de cercanía al monarca, distinguiendo si eran caballeros "con derecho a ración" (com moradia) o puramente de honor.

2. Los Señoríos y las Grandes Propiedades (Morgados)

La riqueza y la continuidad de estos linajes inmemoriales dependían de un sistema legal y de propiedad de la tierra que garantizaba que el patrimonio nunca se fragmentara.

El sistema del Morgado: Equivalente exacto al mayorazgo español. Toda la herencia (la casa solariega, las tierras, las joyas familiares y los derechos señoriales) pasaba de forma íntegra e indivisible al hijo varón primogénito. Los hijos segundones debían ingresar al ejército o al clero.
Los Honras y Coutos: Eran los territorios bajo control señorial. En el norte de Portugal (Minho y Douro), las tierras de la nobleza originaria se llamaban Honras. 
En estas propiedades, los nobles no solo cobraban impuestos agrícolas, sino que también ejercían la justicia civil, teniendo cárceles y jueces propios independientes de la Corona.
Concentración en el Norte vs. Sur: La nobleza inmemorial y terrateniente estaba fuertemente concentrada en el norte del país, donde nacieron los primeros solares tras la Reconquista. En el sur (Alentejo), las grandes extensiones de tierra terminaron en manos de las Órdenes Militares y, más tarde, de la nobleza titulada y la Corona.

3. La abolición de la estructura económica

Este sistema que mantuvo vivas a las familias inmemoriales durante siglos comenzó a desmoronarse en el siglo XIX. En 1863, el gobierno liberal de Portugal abolió definitivamente los morgados.
Al obligar a las familias a dividir sus tierras entre todos los hijos en las herencias, las grandes propiedades señoriales comenzaron a fragmentarse rápidamente.
Muchas familias de la fidalguia de sangue se arruinaron o tuvieron que vender sus casas solariegas medievales, aunque conservaron intacto su prestigio genealógico.

Apellidos históricos: Familias como los Sousa, Melo o Albuquerque mantienen un peso cultural y patrimonial muy fuerte en el Portugal contemporáneo.

El Instituto de la Nobleza: Los descendientes gestionan de forma privada la autenticidad de sus linajes a través del Instituto da Nobreza Portuguesa.





Nota histórica: Manuel José da Costa Felgueiras Gayo (Barcelos, 17 de junio de 1750 al 21 de noviembre de 1831) fue uno de los más importantes genealogistas portugueses.
Fue miembro de la nobleza y de los propietarios de tierras. Fue juez de Barcelos Su obra más importante como genealogista es Nobiliário de Famílias de Portugal, compuesta por 33 volúmenes, fue legada a la Santa Casa de Misericórdia de Barcelos.



Scherezada Jacqueline Alvear Godoy


Santa Juana de Arco.

Santa Juana de Arcos (Domrémy, Francia, 1412 - Ruán, id., 1431) Santa y heroína francesa. Nacida en el seno de una familia campesina acomoda...