Apuntes de clases

Clases de filosofía y ciencias bíblicas del Instituto de Humanidades Luis Campino, y la Parroquia de Guadalupe de Quinta Normal.


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lunes, 3 de junio de 2019

165).-La brecha entre la civilización de la Grecia clásica y el cristianismo bizantino


 La brecha entre la civilización de la Grecia clásica y el cristianismo bizantino.



El historiador Dieter Langewiesche ha escrito que la competencia por el poder y –sobre todo- por mantenerlo, ha sido siempre identificada con la competencia por mantener la soberanía sobre la Historia, por el control de la interpretación histórica y por la definición de la imagen que debería ser entregada a las próximas generaciones.
Esta competencia se ve claramente en la Historia del modus vivendi neohelénico y de la educación griega moderna –dos factores plagados por los estereotipos y los mitos de la ideología prevaleciente: la nación, la religión, el Imperio bizantino y la monstruosidad terminológica de la “cultura greco-cristiana” –la cual ha permanecido vigente desde que fue acuñada en el siglo XIX.

Grecia clásica y cristianismo bizantino

El resultado de todo eso ha sido la consolidación de una clerecía nacionalista, la cual (en colaboración con los partidos conservadores de derechas y ultraderechas y con los correspondientes medios masivos de comunicación) sigue imponiendo sus interpretaciones dogmáticas sobre la Historia.
Son muchos los acontecimientos políticos, sociales, ideológicos y culturales del período bizantino que no se refieren en los libros escolares de hoy.
 ¿Acaso será honrada la actitud de los historiadores que encubren los acontecimientos y las nociones que no les convienen para su confección ideológica? 
¿Es eso una creación correcta de conocimiento histórico? 

La aplicación ideológica de la Historia ha herido la educación formal de los griegos modernos, y ha dañado su identidad política.

La historiadora griega T. Kiusopulu ha dicho que muchas veces, estando absortos por la investigación cotidiana, olvidamos que nuestro punto de partida es político. A pesar de que no lo admitimos, la Historia está siempre vinculada con el presente.

Grecia clásica y cristianismo bizantino.

Varios pensadores nacionalistas –usurpadores de la Historia y “vendedores” de nuestra cultura- teólogos, politicastros y “filósofos” neo-ortodoxos se consideran a sí mismos como portadores de la única verdad absoluta, exactamente como los teólogos bizantinos, los patriarcas y los emperadores que ellos admiran.
Y van pregonando sus ideologías helenocéntricas, focalizadas en la religión y centradas en los partidos políticos y en las teorías del Estado.
Karl Mannheim dice que si no podemos interpretar el pasado, no podemos imaginarnos el futuro. Y, desgraciadamente, eso ocurre también con la sociedad moderna de Grecia, que no puede interpretar y acomodar su pasado en su consciencia. Hasta ahora se iba encargando con ideas, sentidos y tierras que nunca poseía y que jamás le pertenecieron. Percibía las leyendas como si fueran verdaderas y con el paso del tiempo fue hundiéndose en ellas.

Grecia, la crónica de un sueño errante.

El año 1922 ha sido el de la Gran Idea y de las patrias irredentas; y solamente los ingenuos y los nacionalistas impenitentes no entienden la tontera de la ideología de la Gran Idea (que dictaba reconquistar las tierras por donde pasaron nuestros antepasados) –incluso después de su resultado desastroso.

Las patrias perdidas y el helenismo irredento disuadieron la atención a la reforma educativa y al desarrollo económico. Y eso ha cargado la atmósfera con un narcisismo hueco, guiado por la Antigüedad clásica.

A  lo largo del período bizantino (330-1453 d.C.), la cultura de la Grecia clásica fue perseguida: los templos de la Antigüedad fueron derrumbados, el oráculo de Delfos fue condenado, los Juegos Olímpicos fueron eliminados, los libros filosóficos y científicos fueron quemados, los teatros estuvieron prohibidos, los centros de Asclepios para la cura de los enfermos fueron sellados y los seguidores de la cultura helénica fueron perseguidos y evangelizados violentamente.
En Éfeso, el Apóstol Pablo instó a los cristianos a que quemaran los libros de la sabiduría griega, y en el año 415, el Patriarca Cirilo de Alejandría incitó a la multitud de los fanáticos que mataran a Hipatia –la filósofa neoplatónica y maestra griega de matemáticas y astronomía, utilizando en vez de cuchillos unos pedazos de cerámica –fragmentos de ánforas. 
En fin, en el año 529, el emperador Justiniano decretó el cierre de la Escuela de Platón en Atenas, que había estado funcionando durante diez siglos.

La civilización helénica fue para los bizantinos siempre algo ajeno.

El cristianismo bizantino no admitió la filosofía, ni la investigación o el diálogo, sino la teología, el dogma y la única verdad absoluta. Ni siquiera aguantaba a los cristianos que tenían una opinión un poco diferenciada; los caracterizaba como herejes, los perseguía y los excomulgaba. No toleraba a los ciudadanos libres en el Ágora; lo que deseaba era tener un rebaño de fieles. No aceptaba el amor ni el gozo carnal, sino el ascetismo y el odio al cuerpo. 
En vez de comedias y tragedias, tenía misas que fomentaban la sumisión. Los íconos de la hagiografía ocultaban el cuerpo desnudo del ser humano y el diálogo se substituía por la oración religiosa. El conocimiento humano en el Imperio bizantino se contemplaba como un resultado de la iluminación espiritual y divina de la Revelación que era un privilegio de los curas y de los patrones imperiales; no se consideraba como un producto del “logos” –es decir de la lógica humana.
Las ideologías basadas en los mitos que ocultan la verdad de los acontecimientos históricos son como las drogas: nos hacen viajar lejos de la realidad, anihilándola porque no queremos o no tenemos la fuerza para enfrentarla. Pero esa aniquilación de la verdad crea un mundo falsificado, y por consecuencia, una identidad distorsionada.

Grecia clásica y cristianismo bizantino. 

La democracia ateniense fue vencida por el ejército macedónico de Filipo y de Alejandro Magno en el año 338 a.n.e. Tras aquel derrote de la civilización democrática, y después de la pérdida de la libertad, la igualdad, la soberanía de la ley y la participación de los ciudadanos [= demos] en la toma de decisiones, en la autoridad y en el poder, las ciudades-Estado helénicas se hunden en regímenes oligárquicos, monárquicos y antiliberales.
Es impresionante el hecho de que Bizancio no avasalló a los griegos después de una guerra, y que ni ellos se sublevaron en contra del imperio. Pero las autoridades políticas y eclesiásticas del cristianismo bizantino consideraban a los helenos adversarios y enemigos, y eso de manera arbitraria y dogmática, solo porque ellos representaban una cultura diferente y un mundo completamente ajeno a la mentalidad cristiana-bizantina. 
La ideología cristiana, basada en la única verdad absoluta, no comprendía las nociones de la tolerancia, del humanismo y de la libertad de expresión, y por eso no pudo tolerar la diferencia espiritual, ni aguantar la potencia cultural de la civilización helénica. Este hecho es suficientemente grave, como para que podamos caracterizar al comportamiento de la autoridad cristiana-bizantina como bárbaro.
En este marco, la lengua griega se convirtió en “ancilla theologiae” –es decir en sierva de la teología. Quedó esterilizada, sin ninguno de sus esenciales mensajes sobre la objeción, la justicia política, la pesquisa filosófica y la democracia participativa.

Militantes de dicho desastre cultural fueron los Tres Santos Jerarcas de la Iglesia Ortodoxa: Basilio el Grande –el de Cesárea, Gregorio el Teólogo –conocido como Nacianceno, y Juan Crisóstomo.
 
Ellos apoyaron al emperador Teodosio I en su obra anti-helénica. Juan Crisóstomo (cuyo sobrenombre significa: “boca de oro”) se preguntaba: -¿Quién más imprudente que los griegos? Fue él quien, más tarde y siendo Patriarca de Constantinopla, ordenó la destrucción del templo de Artemisa en Éfeso (Asia Menor). Su amigo, Gregorio –quien también llegó a ocupar la Santa Sede Patriarcal- criticó en su obra escrita a Homero y a Heráclito, a Sócrates, a Platón y a Aristóteles, entre otros ilustres pensadores del espíritu helénico. La doctrina cristiana condena el deseo y el gozo carnal y los rebaja a la ínfima cualidad de los pecados y crímenes. Basilio, en sus escrituras, proyecta la superioridad de la fe religiosa ante la investigación filosófica. Considera el dogma cristiano mejor que el conocimiento obtenido mediante las preguntas lógicas.

Por consiguiente, los teólogos cristianos no procedieron a ninguna síntesis del helenismo con el cristianismo. No llevaron a cabo ningún diálogo esencial con la antigua filosofía de Grecia. El término pseudohistórico de la “cultura greco-cristiana” ha sido un invento de los nacionalistas y los nuevos-ortodoxos.
Se dice que Roma conquistó a Grecia con sus fuerzas militares, pero que Grecia conquistó a Roma con la fuerza de su espíritu. Los romanos respetaron y asimilaron la cultura helénica. Pero los emperadores bizantinos y los sacerdotes cristianos derrumbaron toda construcción helénica para fundar su autoridad. Los siglos IV y V d.C., son los de la decadencia y se caracterizan por la destrucción de la red vial, la crisis económica y la aniquilación de las ciencias.
 Esto indicó el final de un modus vivendi de las urbes de la Antigüedad clásica y el comienzo de un mundo medieval y muy diferente, como refiere Cyril Mango.
Una de las diferencias substanciales entre esos dos mundos es el hecho de que en la Grecia clásica no se entendía la eternidad del alma; el ser humano era mortal.
 Tampoco existía la santa Providencia ni las órdenes divinas sobre la ética humana; los ciudadanos no estaban obligados a comportarse de acuerdo con los mandamientos de Dios, y eso constituye la razón de la falta de una casta sacerdotal. 
Por el otro lado, en el seno del Imperio bizantino se crea por primera vez la teología dogmática, dirigida hacia los fieles cristianos que eran caracterizados como siervos de Dios, del Patriarca y del Emperador. 
La búsqueda por la verdad era –en el mejor de los casos- inútil, y en el peor, peligrosa y por eso prohibida. “Creer sin dudar” era la enseñanza de la Iglesia. Y esa doctrina apoyaba al “Dei Gratiae Rex”.

Grecia clásica y cristianismo bizantino. 

La censura que sufrió el cortometraje de K. Gavrás que se presentaba en el nuevo Museo de la Acrópolis y se refería a los daños que sufrieron los relieves en mármol de Fidias por los cristianos fanáticos de los primeros siglos, ha sido la muestra más reciente del autoritarismo del poder político actual de Grecia, que se caracteriza por la falta de educación substancial y por ser sumiso a la Iglesia.

Todas estas opiniones expuestas de manera breve en el presente artículo no pretenden insultar las creencias personales de los lectores hispanohablantes ni las de los ciudadanos griegos, las cuales siempre deben ser respetadas. 

Cada individuo está en pleno derecho a mantener sus propias ilusiones monoteístas o politeístas, pero no a aplicar violencia para promover e imponerlas como verdades incuestionables mediante las instituciones estatales; eso ha hecho durante décadas la Iglesia Ortodoxa, dejando a Grecia en unas condiciones sociopolíticas tercermundistas.

(Fuente bibliográfica: Mitos y realidad sobre Bizancio, Yorgos N. Ikonomu, Edi. Exarjia, Atenas, 2014.)





Dieter Langewiesche (1943 Sankt Sebastian, Austria) es un historiador austríaco.

Es considerado como uno de los principales expertos mundiales en la historia del nacionalismo y el liberalismo. Sus investigaciones se centran, sobre todo, en  el liberalismo, el movimiento obrero burgués y la cultura de la clase obrera, la revolución de marzo de 1848, la nación y el nacionalismo, la guerra y la historiografía.
Ha sido galardonado con el Premio Leibniz de la Deutsche Forschungsgemeinschaft en 2006, recibió también en 2001 el Premio Erwin Stein y en 2009 fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Facultad de Filosofía de la Universidad de Erfurt.
En 2013 recibió la Orden del Mérito de la República Federal de Alemania. Están traducidos al castellano sus libros La época del estado-nación en Europa (2012) y Nación y religión en Europa : sociedades multiconfesionales en los siglos XIX y XX  (2010).



 Imperio bizantino o Bizancio.


Mosaico de la Iglesia de Santa Sofía. En el medio, Cristo Pantocrátor. A su derecha, el emperador Constantino XI Monómaco; a su izquierda, la emperatriz Zoe Porfirogéneta.

El Imperio romano de Oriente, conocido historiográficamente como Imperio bizantino o Bizancio, y denominado en sus últimas décadas por fuentes del mundo cristiano occidental e islámico como '''Romania''', fue la continuidad oriental del Imperio romano desde el año 395 hasta la caída de Constantinopla en 1453. 
Su capital se encontraba en Constantinopla (griego: Κωνσταντινούπολις, actual Estambul), construida sobre la antigua Bizancio, importante ciudad colonial griega de Tracia fundada hacia el 667 a. C. Debido a su progresiva helenización cultural, lingüística y administrativa —especialmente por el reemplazo gradual del latín por el griego como lengua oficial durante el reinado de Heraclio—, parte de la historiografía moderna lo describe como un imperio romano de cultura griega, aunque sus habitantes se identificaban principalmente como romanos— algunos historiadores han optado por referirse a este Estado como un imperio esencialmente griego.
Durante los primeros siglos del Imperio romano, las provincias occidentales fueron romanizadas, pero las partes orientales mantuvieron su cultura helenística. Constantino I (r. 306-337) legalizó el cristianismo y movió la capital a Constantinopla. Teodosio I (r. 379-395) hizo del cristianismo la religión estatal y el griego gradualmente reemplazó al latín para usos oficiales. El imperio adoptó una estrategia defensiva y, a lo largo de su historia restante, pasó por ciclos recurrentes de declive y recuperación.
A lo largo de su dilatada historia, el Imperio bizantino sufrió numerosos reveses y pérdidas de territorio, especialmente durante las guerras contra los sasánidas, normandos, búlgaros, árabes y turcos. Alcanzó su mayor extensión bajo el reinado de Justiniano I (r. 527-565), quien reconquistó brevemente gran parte de Italia y la costa mediterránea occidental. Una plaga empezó alrededor del año 541, y una devastadora guerra con la Persia Sasánida drenó los recursos del imperio. Las conquistas árabes llevaron a la pérdida de las provincias más ricas del imperio—Egipto y Siria—a manos del Califato ortodoxo. En 689, se perdió África a manos del Califato omeya, pero el imperio se estabilizó bajo la dinastía isáurica. Se expandió una vez más bajo la dinastía macedonia, pasando por un renacimiento que duró dos siglos.
 Posteriormente, periodos de guerra civil e incursiones selyúcidas resultaron en la pérdida de la mayor parte de Asia Menor. Aunque su influencia en África del Norte y Oriente Próximo decayó como resultado de estos conflictos, el imperio continuó siendo una importante potencia militar y económica en Europa, Oriente Próximo y el Mediterráneo oriental durante la mayor parte de la Edad Media. El imperio se recuperó durante la restauración Comneno y Constantinopla continuó siendo la ciudad más grande y rica en Europa hasta el siglo XIII. 
Tras ello, el imperio comenzó una prolongada decadencia: fue en gran medida desmantelado en 1204, tras el saqueo de Constantinopla durante la Cuarta cruzada, cuando sus antiguos territorios fueron divididos entre estados remanentes griegos y reinos latinos. A pesar de que en 1261 se recuperó Constantinopla, el imperio reconstituido solo ejerció un poder regional durante sus últimos siglos. Sus territorios restantes fueron anexados progresivamente por los turcos otomanos en una serie de guerras libradas en los siglos XIV y XV. La caída de Constantinopla en 1453 trajo el final del imperio, pero su historia y legados continúan siendo tema de debate hasta la actualidad.
Durante este milenio de existencia, el Imperio fue un bastión del cristianismo e impidió el avance del islam hacia Europa Occidental. También fue uno de los principales centros comerciales del mundo, estableciendo una moneda de oro estable que circuló por toda el área mediterránea. Influyó de modo determinante en las leyes, los sistemas políticos y las costumbres de gran parte de Europa y de Oriente Medio, y gracias a él se conservaron y transmitieron muchas de las obras literarias y científicas del mundo clásico y de otras culturas.
En tanto que es la continuación oriental del Imperio romano, su transformación en una entidad cultural diferente de Occidente puede verse como un largo proceso que se inició cuando el emperador Constantino I el Grande trasladó la capital imperial a Constantinopla en el año 330. Continuó con la división definitiva del Imperio tras la muerte de Teodosio I en 395 y la posterior caída en 476 del Imperio romano de Occidente, y alcanzó su culminación durante el siglo VII, bajo el emperador Heraclio I, con cuyas reformas el Imperio adquirió un carácter marcadamente diferente al del viejo Imperio romano. Algunos académicos, como Theodor Mommsen, han afirmado que hasta Heraclio puede hablarse con propiedad del Imperio romano de Oriente, pues este sustituyó el antiguo título imperial de augusto por el de basileus (palabra griega que significa «rey» o «emperador») y reemplazó el latín por el griego como lengua administrativa en el 620, tras lo cual el Imperio tuvo un marcado carácter helénico.
En todo caso, el término Imperio bizantino fue creado por la erudición ilustrada de los siglos XVII y XVIII y nunca fue utilizado por los habitantes de este imperio, quienes lo continuaron denominando Imperio romano (en griego: Βασιλεία Ῥωμαίων, Basileía Romaíon o Ῥωμανία, Romanía) durante toda su existencia.

Historia.

En el año 657 a.C. un grupo de colonos procedentes de la ciudad griega de Megara alcanzaron las riberas del Bósforo y, dándose cuenta de su privilegiada situación geográfica, fundaron una ciudad a la que llamaron Bizancio, honrando así a Bizas, su mítico fundador y uno de sus reyes. Casi mil años más tarde, sobre los cimientos de esta antigua colonia griega -que había jugado un rol histórico secundario hasta entonces-, se funda la Nueva Roma, o Constantinopla, recordando a Constantino el Grande (305-337), su ilustre fundador, ciudad llamada a ser la capital de uno de los imperios más originales de la Historia y cuyo influjo se hizo sentir notablemente sobre las tres civilizaciones del Mediterráneo: la Cristiana Ortodoxa -que nombramos en primer lugar por ser heredera directa de Bizancio-, la Cristiana Occidental, y la Islámica.
El Imperio Bizantino es una de las pocas formas políticas de su tipo con fecha de fundación precisa: el 11 de mayo del 330 d.C. Conocemos también con exactitud la fecha de su fin: 29 de mayo de 1453. 
Durante la mayor parte de esos 1123 años el Imperio Bizantino mantuvo su preeminencia como el "estado" más importante del Mediterráneo, llegando a configurar una identidad propia, una verdadera "nacionalidad bizantina", cuyos pilares eran una lengua común a todo el Imperio, el griego; una cultura propia que aglutinaba no sólo a griegos, sino también a armenios, anatolios, sirios y palestinos y, más tarde, eslavos; y, lo que proporcionó cohesión a este mundo, una religión común, el cristianismo, que adquiere características cada vez más distintivas frente al cristianismo católico occidental. 
Este mundo bizantino se presenta ante nuestros ojos como la maduración de la Civilización Grecorromana, pues supo añadir la unidad religiosa y cultural a la unidad política.

Los fundamentos de la Civilización Bizantina son:

a) Lo Helenístico, esto es, el helenismo parcialmente orientalizado, que se había extendido por gran parte del mundo Mediterráneo tras las conquistas de Alejandro Magno. Tan importante es este pasado que el cronista Miguel el Sirio (s. XII) dirá que el Imperio de Constantinopla, que para él comienza con el reinado de Tiberio a fines del siglo VI, es el Segundo Imperio griego, continuación del primero, identificado con los antiguos reinos helenísticos.

b) Lo Romano, ya que el Imperio de Bizancio es la continuación del Imperio Romano, y a éste debe gran parte de su organización política, administrativa, militar y financiera. Los bizantinos siempre se llamarán a sí mismos "romanos" -el término "heleno", hasta el siglo X, es sinónimo de "pagano"-, y el emperador será el "Basileus ton Romeion", es decir, "emperador de los romanos". Tales denominaciones se seguirán empleando aun en aquellas épocas en que el dominio del griego es total.

c) El Cristianismo, sin el cual es imposible comprender el espíritu bizantino. La religión se vivía entonces con una intensidad y un misticismo prácticamente incomprensibles actualmente, lo que explica muchos rasgos de la Civilización Bizantina que parecen chocantes hoy en día a una humanidad que ha confinado a un rincón marginal de su existencia la experiencia de lo sagrado. Bizancio, y esto constituye su genio, según Dionisios Zakythinós, supo llevar a cabo una síntesis entre lo helenístico, lo romano y lo cristiano; ello, por ejemplo, moderó las formas despóticas y absolutistas propias del Oriente. Este helenismo cristianizado se tornará cada vez más "bizantino". 
Lo cristiano estará siempre presente; en cuanto a los otros dos factores, predominará uno u otro según el período que se estudie. En esta oportunidad nos interesa detenernos en el ancestro helénico, para comprender por qué se puede hablar, con propiedad, de "Imperio Griego de Bizancio", de "Civilización Greco Bizantina", o de "Imperio griego Medieval".

En las etapas llamadas "Protobizantina" y de "Transición Latino-Griega", esto es, entre los siglos IV y VII, que marcan el fin del imperio Romano como tal y el comienzo del Imperio Bizantino, se da un proceso por el cual, de forma cada vez más acentuada, se abandona el ancestro romano para asumir una forma y un contenido cada vez más griegos.
 Ya la división del Imperio Romano en Occidente y Oriente, llevada a cabo por Teodosio I en 395, daba cuenta del reconocimiento de dos ámbitos culturales, uno latino y el otro griego, y desde esta época se estará frente a dos historias distintas y particulares. Mientras la Parte Occidental del Imperio sucumbe ante las acometidas bárbaras -ruralizándose, empobreciéndose y atomizándose-, la Parte Oriental logra sobrevivir -mérito suficiente para quedar en las páginas de la Historia- todo un milenio, conservando una rica vida urbana, una amplia circulación monetaria y un poder central vigoroso y consciente de su misión histórica: llevar a los pueblos bárbaros la luz de la Civilización Cristiana.

Justiniano (527-565), con justicia llamado "el Grande", es el "último" emperador romano y el "primero" del Imperio Bizantino. Fue bajo sus auspicios que se construyó la iglesia más grande, hasta entonces, de la cristiandad: la catedral de Hagia Sophia, dedicada a la Santa Sabiduría que debe iluminar al Imperio, y que hoy sigue en pie desafiando el paso de los siglos, testimonio inigualable del espíritu bizantino, verdadera joya arquitectónica y artística, decorada con hermosos mosaicos que aún conmueven interiormente a quien los contempla, y coronada con una majestuosa cúpula de treinta metros de diámetro que, al decir de los contemporáneos, parece estar suspendida en el aire. 
Los enviados del príncipe Vladimir de Kiev, en el año 988, nos legaron la siguiente impresión de la megalé eklesia (gran iglesia): 
"Los griegos nos condujeron a sus edificios donde honran a Dios, y no sabíamos si nos encontrábamos en el cielo o en la tierra, ya que en la tierra no hay tanto esplendor ni belleza y no sabemos cómo describirlo. Sólo sabemos que Dios habita allí entre los hombres y que su culto es más bello que las ceremonias de otras naciones. Nos será imposible olvidar tanta belleza".
Con Justiniano se cierra prácticamente el "ciclo latino" y triunfan las tendencias helenizantes. Por un lado, fiel a la tradición romana, se lanza a la aventura de reconquistar para el Imperio el Mediterráneo, empresa que no tuvo resultados duraderos y después de la cual Bizancio concentrará sus energías en el Oriente. Por otra parte, bajo su mandato se realiza una hercúlea labor de recopilación del Derecho Romano, el Corpus Iuris Civilis, en latín; sin embargo, es en su época cuando se comienza a legislar en griego, de más fácil comprensión puesto que era la lengua corriente en el Imperio. 
El patriotismo romano, así, cede ante el patriotismo griego, ya que es el griego, ahora, la "patrios foné", la lengua patria. El predominio de la lengua helénica en el oriente bizantino permitirá la comunicación fluida con el pasado helénico clásico y con la patrística cristiana que, como se aprecia en los escritos de San Basilio Magno o de Gregorio Nacianceno, se había nutrido del pensamiento filosófico griego. Efectivamente, la lógica aristotélica fue puesta al servicio del pensamiento teológico, convirtiéndose en la más estudiada por los teólogos bizantinos. Este contacto con el pasado clásico se mantendrá siempre en el Imperio, y puede decirse que el helenismo bizantino es a la Edad Media lo que el helenismo clásico es a la Antigüedad.
Se debe a Teodosio II (408-450), en 425, aunque existía ya una Escuela fundada por Constantino, la creación de la llamada "Universidad" de Constantinopla -en Occidente habrá que esperar siete siglos (!) para ver algo similar-, destinada a formar funcionarios idóneos para el Imperio; esta institución era, en palabras de Charles Diehl, "un admirable seminario de la cultura antigua". Rápidamente se impuso el griego como lengua de la enseñanza. Allí se realizaban estudios de gramática, retórica, dialéctica, derecho, filosofía, aritmética, música, geometría, medicina y física. 
Existían, además, otras Escuelas de Estudios Superiores en el Imperio, como las de Antioquía y Edessa, dedicadas especialmente a los estudios de teología; la de Beiruth, donde se estudiaba el derecho; las de Alejandría y Atenas, verdaderas capitales de la filosofía. Si bien esta última fue clausurada en el año 529 por un Decreto Imperial -a fin de terminar con la enseñanza pagana-, la filosofía griega continuó estudiándose en Bizancio, como algo propio y necesario, incluso por hombres de Iglesia. 
La importancia de la "Universidad" de Constantinopla queda de manifiesto al evocar la figura del armenio Mesrop (s.IV-V), quien aprendió el griego y la cultura helénica en sus aulas para después crear un alfabeto armenio que le permitiera traducir obras griegas a su lengua materna. La literatura armenia, pues, tiene su origen en esta institución de estudios superiores.
También en los niños la educación era esencialmente helénica. A los seis años se iniciaban los cursos de gramática griega leyendo y comentando a los clásicos; entre estos, se atribuía primerísima importancia a Homero, cuyos versos eran aprendidos de memoria. Miguel Psellós (s.XI), uno de los pensadores más importantes de la historia bizantina, se jactaba diciendo que a los catorce años podía recitar la Ilíada de memoria.
 A pesar de la distancia temporal, Homero sigue siendo "el educador de la Hélade", pues Bizancio es parte y continuación natural de ella. Pero, junto a Homero, no hay que olvidar la Biblia, también aprendida de memoria; en ella los cristianos encontraban enseñanzas morales, toda una filosofía de vida y, lo que explica algunos episodios decisivos de la Historia del Imperio, una respuesta trascendente frente a un mundo que en muchas ocasiones mostraba en forma dramática su caducidad. Es el espíritu cristiano -que se nutre de las Escrituras- el que esculpirá el ser histórico bizantino.
En esta primera época se destacan figuras de gran valor intelectual, como, por ejemplo, el neoplatónico Synésios de Cirene; el patriarca Juan Crisóstomo, destacado orador -su nombre significa "boca de oro"-, que escribe en un griego casi clásico; la emperatriz Athenais-Eudoxia, humanista y poeta, entre otros. Entre los últimos representantes de este brillante período no se puede dejar de nombrar al patriarca Sergio, en el siglo VII, quien estudió la historia y la filosofía antiguas estableciendo una relación de continuidad entre la época clásica y la suya.
 Todos ellos -y muchos otros- estudiaron las obras griegas antiguas, se preocuparon de escribir como sus antiguos maestros y, hecho de gran relevancia, comenzaron en Bizancio la labor de recopilación y copia de los manuscritos antiguos, conservando y difundiendo la herencia helénica.
Al finalizar este período, a principios del siglo VII, ya estamos frente a un Imperio griego y cristiano, hecho que quedó plasmado en el título imperial que adoptó en 629 el emperador Heraclio (610-641):
"Basiléus Roméion Pistós en Christo", "Emperador de los Romanos fiel en Cristo".
Podemos decir, recogiedo palabras de D. Zakythinós, que aún quedará parte de "la tradición romana, sí, pero enriquecida por la experiencia helenística, humanizada por la concepción griega de la dignidad humana y su noción del bien común, y temperada por el cristianismo".

Entre los siglos VII y IX se produce la llamada "Gran Brecha del Helenismo", abismo que separa dos paisajes históricos bien definidos. Es el fin de una era que, para los griegos, se remonta, sin interrupción, hasta la Antigüedad Clásica. En Grecia, durante dos siglos, entre 650 y 850, la vida se empobrece y la actividad intelectual parece detenerse. Unos graffitis de poco valor escritos en el Parthenón de Atenas constituyen la única fuente escrita del período. Es una verdadera "edad oscura", cuyos orígenes están relacionados con las invasiones ávaro-eslavas y búlgaras, que convulsionan la vida en los Balcanes. Pero también hay que buscar la explicación en un fenómeno más global: la crisis mediterránea, a escala "mundial", provocada por el ascenso del poderío musulmán.
 Pareciese que, en la misma Grecia, el helenismo ha declinado hasta la agonía. Bizancio, por su parte, no presenta un cuadro mucho más alentador: entre los siglos VII y VIII -aun cuando sabemos que, hacia el 680, Teodoro de Tarsos llega a Inglaterra portando manuscritos de varios autores griegos, entre ellos Homero, Flavio Josefo y Juan Crisóstomo, fundamento de un futuro despertar intelectual inglés- decaen notoriamente la instrucción pública y la actividad intelectual. El Imperio se enfrenta, en el occidente, a eslavos, ávaros y búlgaros, quienes se han adueñado de los Balcanes interrumpiendo de esta manera las comunicaciones con el Occidente Latino. 
En el oriente, Siria y Palestina, así como el norte de Africa, han caído en manos musulmanas. El Imperio queda reducido, prácticamente, al área tradicionalmente griega del Mediterráneo Oriental, lo que reforzará su caracter helénico.
A esta crisis exterior se suma otra interior, que conmocionó al Imperio por más de un siglo (726-843): la Querella de las Imágenes. La iconoclasia se nos presenta como la arremetida de las tendencias orientalizantes en contra no sólo del helenismo clásico y su aprecio por la belleza artística, sino también de una profunda convicción de los cristianos que ven en las imágenes (íconos) un medio para acercarse a lo Trascendente. En efecto, el arte bizantino no tiene como fin el mero goce estético, sensual, sino que debe producir una conmoción que eleve el alma hacia Dios: "per visibilia ad invisibilia", de los visible y corpóreo, hacia lo invisible e incorpóreo, decía el Pseudo Dionisio Areopagita.
 En la defensa de la veneración de los íconos los bizantinos se jugaban, pues, la Salvación de sus almas, y es ésto lo que explica la férrea disposición que manifestaron al defender sus creencias. El triunfo de los iconodulos, veneradores de imágenes, en 843 -la Fiesta de la Ortodoxia, verdadera efeméride nacional bizantina-, marca también el triunfo del helenismo cristianizado.
La "Gran Brecha" es un período crítico del cual Bizancio emergerá poderoso y revitalizado militar, política y culturalmente. Constantinopla es ahora una verdadera "reserva" del helenismo, y su población, totalmente griega, será ocupada en la repoblación de la reconquistada Grecia: en efecto, Bizancio salvó el helenismo incluso en la misma península balcánica, gracias aque había sabido apreciar y atesorar, conservándola vigente, la herencia griega. Es éste, sin duda, uno de los grandes aportes de la Civilización Bizantina a la Historia Universal.
Entre los años 850 y 1050 se vive en el Imperio un verdadero florecimiento intelectual -es el llamado "Renacimiento Macedonio"- en torno a los estudios clásicos. Un hito importante en este proceso lo constituye la reorganización de la Universidad de Constantinopla, obra del César Bardas, a mediados del siglo IX. En esta época se habla y se escribe en el Imperio un griego excelente, y en los siglos XI y XII en una forma muy próxima al clásico.
Sin duda que una de las figuras más destacadas de este período es la del patriarca Focio, tristemente célebre por el cisma eclesiástico que protagonizó. Su legado más importante lo constituye una obra conocida como la Biblioteca, selección y comentario de 279 obras, entre las cuales se cuentan autores griegos clásicos, helenísticos y cristianos.
 Focio prestó un gran servicio a la posteridad, ya que muchas obras de la Antigüedad las conocemos hoy sólo gracias a la preocupación del patriarca; hay que tener presente que tal repertorio bibliográfico es apenas un "botón de muestra" de los escritos conocidos y estudiados en la época. Otro libro de Focio, en el que demuestra su preocupación por la lengua helénica, es un diccionario etimológico, el Lexicon. Focio es, en verdad, el hombre que, después de la interrupción iconoclasta, supo ligar fuertemente y en forma definitiva a Bizancio con la Grecia clásica.
Al recordar a los grandes humanistas bizantinos, no se puede dejar de nombrar a Constantino VII Porphyrogénito, de mediados del siglo X, quien, si bien no fue un buen emperador, sí fue un intelectual de gran valor. Gracias a su obra Sobre las Ceremonias, conocemos en detalle el fastuoso ceremonial de la Corte de Constantinopla; en Sobre los Themas (provincias bizantinas) encontramos una excelente exposición y descripción de las provincias imperiales, involucrando geografía e historia; quizá su obra más relevante sea el De Administrando Imperio, dedicada a su hijo, un verdadero manual acerca de cómo debe dirigirse el Imperio, con una interesante descripción de sus pueblos vecinos y recomendaciones que el emperador debe seguir al entrar en relación con cada uno de ellos. Constantino VII se rodeó de una corte de sabios, destacándose como uno de los pocos casos de mecenas en la Edad Media.
Durante el siglo X se estudió con ahínco la filosofía aristotélica, platónica y neoplatónica. Del Oriente musulmán Abásida, donde en esta época se persigue a los cultores de la filosofía helénica, llegan a Constantinopla muchos sabios cargando con valiosos manuscritos, que se remontan a antiguas bibliotecas romanas, o que llegaron a Persia junto con la migración de maestros atenienses poco después de la clausura de la Escuela de Atenas. Esta verdadera migración de intelectuales que renuevan los estudios en Bizancio, es una prefiguración de lo que ocurrirá en Italia cuatro o cinco siglos más tarde. Bizancio ha logrado un equilibrio en esta época: se estudia el legado clásico y helenístico, utilizando términos y terminologías clásicas, pero ajustándolas a su atmósfera cristiana.
Aunque en crisis desde el siglo XI (podemos tomar como hitos el 1054, año del cisma religioso, o el 1071, el desastre bélico de Mantzikert, o los años que corren entre 1060 y 1090, cuando se produce la primera gran devaluación monetaria después de ocho siglos de estabilidad económica, hecho inédito en la Historia), y más profundamente desde el siglo XIII (cuando la Capital, en 1204, es ocupada y saqueada por los Cruzados, desmembrándose el Imperio), la actividad intelectual no se detiene: Ana Comnena y su Alexíada, el filósofo Manuel Psellós, o los tratados políticos de Nicéforo Blemmydes, dan buena cuenta de ello.
Finalmente, en los siglos XIII y XIV se vuelven a estudiar los autores clásicos y cristianos con renovado vigor, tal vez debido a que se tuvo conciencia del desastre que se aproximaba, de modo que se buscaba intensamente, frente a los tiempos adversos, un consuelo en aquel pasado esplendoroso, buscando allí las respuestas para las dramáticas interrogantes del momento. Sabios bizantinos de renombre, como Crisolaras o Gemistus Plethon, emigraron a Italia impulsando allí los estudios clásicos, primeros pasos del Renacimiento Occidental de los siglos XIV, XV y XVI, mientras que otros sabios griegos fueron acogidos en diversas cortes occidentales. 
No fue este el único servicio que el Imperio prestó a la Civilización Occidental: protegió a Europa, durante mil años, de las acometidas de las hordas bárbaras del Asia, dando tiempo al Occidente para organizarse. Bizancio, pues, defendió y civilizó en parte a la Civilización Cristiana occidental.
De esta época data también uno de los monumentos artísticos más impresionantes de Bizancio: la iglesia de San Salvador in Chora, verdadero relicario donde se guardaba el ícono milagroso de la Panagia Hodigitria, atribuido al apóstol san Lucas. Los mosaicos y pinturas de esta iglesia constituyen uno de los más egregios testimonios del arte bizantino, por la solidez conceptual de su programa iconográfico, su fino acabado artístico y la exposición clara de las tendencias clásicas del llamado "Renacimiento Paleólogo"; es uno de los más logrados y famosos monumentos de Constantinopla, y una de las galerías de arte más interesantes del mundo.
También el mundo musulmán recibió el legado bizantino. Ya hicimos notar que en 529 muchos intelectuales griegos emigraron a Persia, que poco más de un siglo después caería bajo dominio islámico. Avicena o Averroes, connotados estudiosos de la filosofía griega, especialmente de Aristóteles, deben a Bizancio el conocimiento de ella; este contacto con el mundo clásico llegará también a Occidente a través de la España musulmana. Los bizantinos estudiaron las matemáticas, pero su complicado e imperfecto sistema numérico no les permitió realizar grandes avances en dicha ciencia; los musulmanes recibieron esta herencia y la perfeccionaron magistralmente, pero no hay que olvidar que, en principio, recibieron este saber de manos bizantinas. Finalmente, recordemos que la arquitectura, religiosa o civil, del Oriente Islámico, fue en gran parte obra de arquitectos y artesanos bizantinos: de hecho, Bagdad, casi completa, fue levantada por éstos. Que los musulmanes hayan transitado desde una ruda cultura hasta una refinada civilización lo deben, en gran medida, al influjo bizantino.
La entrada de los eslavos en la Historia Universal es, también, obra de bizantinos, quienes los evangelizaron y civilizaron. Es durante la época de Focio cuando la expansión misionera de Bizancio se encuentra en su cúspide. En aquel tiempo, dos hermanos, Cirilo y Metodio, crean un alfabeto, el glagolítico -origen del actual alfabeto cirílico-, para traducir a la lengua eslava las Sagradas Escrituras. Serbios, búlgaros y rusos, principalmente, aunque también moravos e incluso croatas en un primer momento, recibirán el bautismo de manos de sacerdotes griegos, y cada uno de estos pueblos gozará de un privilegio que no existirá en Occidente hasta nuestro siglo: la liturgia en lengua vernácula. A la traducción de escritos religiosos siguió pronto la de obras profanas, integrándose las naciones eslavas a la cultura greco-bizantina. 
Los pueblos eslavos, así, deben a Bizancio, específicamente a Cirilo y Metodio -así como también a los desvelos del patriarca Focio y al apoyo del emperador Miguel III- su tradición literaria. Pero no sólo la religión y la literatura: recibieron de los bizantinos el Derecho, las formas de organización política, el pensamiento filosófico, la arquitectura y el arte. En resumen, Bizancio evangelizó y civilizó en forma completa y total a los pueblos eslavos, quienes, incluso, ampliaron el área de influencia bizantina: los búlgaros transmitieron este legado a los válacos -ancestros de los rumanos-, mientras que los rusos se lo enseñaron a los lituanos.
En 1453 circulaba una leyenda en Constantinopla: el último emperador se convertirá en una estatua de mármol que, por la Gracia de Dios, recobrará la vida cuando el mal haya pasado, para conducir a su pueblo, triunfalmente, ante el Juez Supremo. Sin poder salvar el Imperio, pues, se salva la imagen providencial del emperador. Esta fuerza mística va a ser rescatada por los pueblos herederos de Bizancio: los rusos formularán la doctrina de una verdadera translatio imperii, según la cual Moscú es la Tercera Roma, heredera legítima del Imperio Romano. Los griegos, por su parte, para quienes la historia de Bizancio es su propia historia, recordarán al Imperio en la época de su independencia, recuerdo que es admiración por el pasado y esperanza en el futuro.

Legado.

El Imperio bizantino fue un imperio multicultural, que nació como cristiano y heredero de la tradición romana, comprendiendo la zona de Oriente y que desapareció en 1453 como un reino griego ortodoxo. El escritor británico Robert Byron lo describió como el resultado de una triple fusión: un cuerpo romano, una mente griega y un alma oriental.
Bizancio fue la única potencia estable en la Edad Media. Su influencia sirvió de factor estabilizador en Europa, sirviendo de barrera contra la presión de las conquistas de los ejércitos musulmanes y actuando como enlace hacia el pasado clásico y su antigua legitimidad.

La caída del imperio fue traumática, tanto que durante mucho tiempo se consideró 1453 como la división entre la Edad Media y la Edad Moderna. El conquistador otomano Mehmet II y sus sucesores se consideraron a sí mismos herederos legítimos de los emperadores bizantinos hasta el derrumbamiento del Imperio otomano, a principios del siglo XX. Sin embargo, el papel del emperador bizantino como cabeza de la ortodoxia oriental fue reclamado por los grandes duques de Moscú empezando por Iván III. Su nieto Iván IV el Terrible se convertiría en el primer zar de Rusia (el título de zar proviene del latín caesar, 'césar'). Sus sucesores apoyaron la idea de que Moscú era la heredera legítima de Roma y Constantinopla, la Tercera Roma —una idea mantenida por el Imperio ruso hasta su propio fin a principios del siglo XX—.

Desde el punto de vista comercial, Bizancio era el punto de partida de la Ruta de la Seda, el eje económico que unía Europa con Oriente, importando materias de lujo como seda y especias. La interrupción de esta ruta con motivo de la desaparición del Imperio bizantino provocó la búsqueda de nuevas rutas comerciales, llegando españoles y portugueses a América y África en busca de rutas alternativas. Los portugueses, que acabaron la Reconquista antes y dispusieron de los recursos necesarios con antelación crearon un imperio atlántico que permitía alcanzar la India al circunnavegar África. Los españoles, posteriormente, patrocinarían a Cristóbal Colón y a los conquistadores, que supondrían la creación de un imperio que transformaría a España en la primera potencia mundial.
Bizancio desempeñó un papel inestimable para la conservación de los textos clásicos, tanto en el mundo islámico como en Europa occidental, donde sería clave para el Renacimiento. Su tradición historiográfica fue una fuente de información sobre los logros del mundo clásico. Hasta tal punto fue así, que se cree que el resurgir cultural, económico y científico del siglo XV no hubiera sido posible sin las bases establecidas en la Grecia bizantina.
La influencia de Bizancio en asuntos como la teología sería vital para pensadores europeos como Santo Tomás de Aquino. Asimismo se ha de mencionar que el imperio fue clave en la extensión del cristianismo, que definiría Europa durante siglos. De los cuatro mayores focos de esta religión, tres (Jerusalén, Antioquía y Constantinopla) se hallaban en su territorio y hasta que no aconteció el cisma de Oriente fue su mayor foco espiritual. También fue responsable de la evangelización de los pueblos eslavos, gracias a misioneros tan célebres como Cirilo y Metodio, que evangelizaron a los pueblos eslavos y desarrollaron un sistema de escritura que aún hoy en día se sigue utilizando en muchos países, el alfabeto cirílico. Por último, es notable su influencia en las Iglesias copta, etíope y armenia.

Los griegos bizantinos.

Los griegos bizantinos, romanos orientales o traducido literalmente como rhōmaîoi (que significa romano), eran los ciudadanos griegos o helenizados en la época medieval en el Imperio bizantino (también llamado Imperio romano de Oriente), centrado en Constantinopla, al sur de los Balcanes, las islas del mar Egeo, Asia Menor (actual Turquía), Chipre, Sur de Italia, el norte de Egipto y los grandes asentamientos de Levante.
Durante el Medioevo, los griegos bizantinos se autodenominaban como Ῥωμαῖοι (Rhōmaîoi, en español: «romanos») y Γραικοί (Graikoí, «griegos»), pero en la actualidad se les conoce como Βυζαντινοί Έλληνες (bizantinos o «helenos bizantinos»).
La estructura social de los bizantinos era principalmente rural, con una base agraria que consistía de campesinos y una pequeña parte de los pobres. Estos pobladores vivían en tres tipos de comunidades: las chorion o pueblos, las agradion o aldeas y los proasteion o estados.
Muchos de los altercados civiles que ocurrieron durante el tiempo del Imperio bizantino fueron provocados por las facciones políticas en el Imperio, no por la gran cantidad de población que contenía. Los soldados que conformaban las fuerzas armadas del Imperio bizantino eran seleccionados de campesinos y eran entrenados cada año. Cuando comenzó el siglo XI, más de la mitad de estas fuerzas armadas eran hombres en armas o mercenarios profesionales.
Durante su tiempo, la educación de los griegos bizantinos era más avanzada que en el oeste, particularmente en la educación básica, resultando en altos niveles de alfabetismo en sus pobladores. Los mercaderes bizantinos eran personas exitosas que tenían una gran importancia en el comercio internacional. A pesar de su rivalidad con los mercaderes italianos, los mercaderes bizantinos mantuvieron su posición a lo largo de la segunda mitad de la existencia de su imperio.
El clero también tenía una gran importancia, no solamente por la mayor libertad con la que contaban, a diferencia de su contraparte en el Occidente latino, ya que mantenían un patriarcado en Constantinopla que era considerado igual al papado. Esta posición de poder fue construida poco a poco, desde el nacimiento del Imperio, bajo el reinado de Constantino el Grande, entre los años 306 y 337, y únicamente el 10% de su población era cristiana.
La lengua utilizada por los bizantinos desde la época de Constantino había sido la griega, a pesar de que el latín era el lenguaje de los trámites administrativos. Durante el reinado del emperador Heraclio, entre el 610 y el 641, el griego fue el lenguaje dominante entre la población y sustituyó al latín en los trámites administrativos. En sus inicios, el Imperio bizantino tenía una población multicultural, sin embargo, con la pérdida de las provincias que no hablaban griego a lo largo del tiempo eventualmente los bizantinos fueron la población dominante.
A medida que pasaban los años, la relación que mantenía el Imperio con el Oeste se fue deteriorando, especialmente con Europa occidental latina. Estas relaciones empeoraron por la ruptura entre la Iglesia católica del oeste y la Iglesia ortodoxa del este que había llevado a los bizantinos a ser juzgados como herejes por los latinos. En los últimos siglos del Imperio, especialmente después de la coronación como emperador occidental de Carlomagno en Roma en el año 800, los bizantinos no eran considerados por los europeos del oeste como los herederos del Imperio romano, sino como su contraparte del este. A pesar de ello, el Imperio bizantino siguió denominándose como romano, continuando con la sucesión de emperadores.

Percepción Occidental.

A los ojos de Occidente, después de la coronación de Carlomagno, los bizantinos no eran reconocidos como los herederos del Imperio romano. Los bizantinos eran más bien percibidos como la continuación corrupta de la antigua Grecia, y eran frecuentemente referidos como el Imperio de los Griegos. Estas negaciones de la herencia del Imperio Romano darían lugar al primer resentimiento de los Griegos hacia los "Latinos" o "Francos", así como los llamaban los Griegos.
La opinión popular occidental se ve reflejada en el Transalio militae, escrita por un autor latino anónimo que afirma que los griegos habían perdido su valor y su buena educación, que hacía un contraste con los griegos bizantinos contemporáneos, que generalmente eran vistos como gente pacífica y mediocre Con esta reputación, parece extraño a ojos modernos que las continuas operaciones militares bizantinas, que eran una parte fundamental de las fuerzas armadas y la política externa, estuvieron en contra de las fuerzas del Islam y los Estados Islámicos a partir del siglo VIII, que después se convertirían en diplomacia.









domingo, 18 de septiembre de 2016

65).-La «Biblia» perdida del cardenal Cisneros.

Esteban Aguilar Orellana; Giovani Barbatos Epple; Ismael Barrenechea Samaniego; Jorge Catalán Núñez; Boris Díaz Carrasco; Rafael Díaz del Río Martí; Alfredo Francisco Eloy Barra ;Rodrigo Farías Picón; Franco Antonio González Fortunatti; Patricio Ernesto Hernández Jara; Walter Imilan Ojeda; Jaime Jamet Rojas; Gustavo Morales Guajardo; Francisco Moreno Gallardo; Boris Ormeño Rojas; José Oyarzún Villa; Rodrigo Palacios Marambio; Demetrio Protopsaltis Palma; Cristian Quezada Moreno; Edison Reyes Aramburu; Rodrigo Rivera Hernández; Jorge Rojas Bustos; Alejandro Suau Figueroa; Cristian Vergara Torrealba; Rodrigo Villela Díaz; Nicolás Wasiliew Sala; Marcelo Yañez Garin; Katherine Alejandra del Carmen  Lafoy Guzmán; Franco Natalino; 


La «Biblia» perdida del cardenal Cisneros.



Durante décadas el manuscrito BH MSS 22 fue un fantasma bibliográfico, una leyenda que todos los investigadores mencionaban, pero que nadie podía consultar. Una «Biblia» en griego, copiada en Italia, con encuadernación en piel de becerro de color amarillo rojizo y cierres de cobre que había servido de base para la «Biblia Políglota Complutense» (1517) y que la historia había ligado para siempre a una palabra: «Quemado».

A comienzos de noviembre de 1936, las tropas nacionales alcanzaron Madrid y comenzaba el asalto de la capital. Una batalla que derivó en un frente de trincheras. La escasez de suministros y el intenso fuego artillero que castigaba la zona obligó a los brigadistas intenacionales, a los que se les había encomendado defender la Universidad Complutense, a suplir la carencia de sacos terreros con libros y documentos. Las bibliotecas de las facultades fueron saqueadas y uno de los grandes tesoros bibliográficos, y cimiento imprescindible del Renacimiento en España, desaparecía en la inmensidad de la guerra.
A finales del siglo XX y principios del XXI, apareció, en un depósito del Instituto de Patrimonio Histórico, un volumen ennegrecido, con las páginas pegadas y encogido por las llamas.
«En el centro se apreciaba un hueco –comenta el conservador Javier Tacón– y el comienzo y el final estaban afectados por el fuego. En la parte inferior de los folios se veían restos de tierra y hongos, lo que indicaba que se había mojado o que estuvo en contacto con humedad». 
Un primer análisis arrojaba la hipótesis de que el ejemplar se había utilizado para proteger una ventana y que sufrió el impacto de una explosión o un disparo. Se tomaron las primeras imágenes; 58 fotografías que dieron pie a un examen inicial. 
En 2017, cuando se procedió a su restauración, ya bajo la observación de Felipe G. Hernández Muñoz, de la Universidad Complutense, y Carlos A. Martins, de la Universidad de Coimbra, se confirmó no solo lo que ya se sabía, que se trataba de la «Biblia» perdida de Cisneros, sino que además se conservaba entre el 70 y 80 por ciento del manuscrito: 223 folios de los 307. 
«Para mí ha sido muy especial contribuir a recuperar este libro, que es de un enorme valor histórico y patrimonial. No soy español y me ha encantado haber contribuido a la historia de España con algo tan importante», afirma Carlos Martins. 
«Hemos rescatado una joya. Ha sido como entrar en diá-logo con el copista y las personas que conocieron esta obra hace más de 500 años», asegura Felipe Hernández.



Scherezada Jacqueline Alvear Godoy

De Venecia a España

El Cardenal Cisneros, un hombre de fe, devoto de Dios y la política, inició un humanismo renacentista que partía del credo, pero se apartaba del legado medieval. Su tutelaje amparó el nacimiento de la Universidad de Alcalá, bastión renacentista que cobijó a los más prominentes hombres de letras y las ciencias. Bajo su auspicio se inició una de las mayores empresas culturales de Europa: la «Biblia Políglota Complutense», que aspiraba a fijar el texto de las Sagradas Escrituras en sus lenguas originales –hebreo, arameo y griego– y en latín.
 Para este proyecto se encargó a la Señoría de Venecia una «Biblia» que recogiera los siguientes libros del Antiguo Testamento: Proverbios, Eclesiastés, Cantar de los Cantares, Esdras, Esther, Jueces, Rut, Reyes, Judith, libro de la Sabiduría y Macabeos. Un pergamino en griego clásico y letra de inicios del siglo XV que sirvió para preparar los tomos segundo y tercero de la «Políglota» y que los historiadores conocerían como manuscrito BH MSS 22 .

La tarea recayó en Juan Severo de Lacedemonia, un copista diestro y de origen griego que lo redactó en la Biblioteca Marciana de Venecia (su firma aún es apreciable en la última página). Algunas notas marginales revelan que proceden de la pluma de Marco Musuro, socio del gran impresor Aldo Manucio, y también de humanistas de la talla de Hernán Núñez, Alonso López «el pinciano» o Demetrio Ducas, que ostenta el título de ser el primer catedrático de griego de la Universidad de Alcalá.
 Este ejemplar se convirtió en uno de los primeros títulos que integraron el fondo bibliográfico del centro universitario, que, al trasladarse a Madrid, pasaría a ser la biblioteca más importante de España después de la Nacional. Desde su llegaba se convirtió en una joya apreciada y valorada por generaciones de intelectuales, pensadores y escritores, y fue consultada en abundantes ocasiones. 
«Es crucial que haya reaparecido, porque esto nos permitirá estudiar las variantes que pueda haber en un texto como el de las Escrituras», explica Carlos Martins. 
«Todos los manuscritos de la “Biblia” –subraya Felipe G. Hernández–traen cambios y éstos son relevantes para la crítica, porque permiten determinar a qué clase de familia, de toda la genealogía bíblica que conocemos en la actualidad, pertenece». 

A partir de ahora, el manuscrito BH MSS 22 , que a lo largo de tantas décadas ha estado perdido, estará disponible para el público. Se han sacado más de quinientas imágenes de alta definición y dentro de poco se pondrán en línea para que tengan acceso a él los historiadores y los curiosos que lo deseen consultar. 
Estas fotografías permiten ampliar cada una de las páginas hasta un alto grado de detalle. Esta opción permite observar con minuciosidad las glosas anotadas a los márgenes, por ejemplo, y las heridas que el pasado ha dejado en este pergamino, porque la historia de un libro, como dijo alguien, no es solo el texto que transmite, el morral intelectual, sino las mellas del tiempo y sus avatares.



Literatura bizantina.


La literatura bizantina se clasifica en cinco grupos. Los tres primeros incluyen representantes de aquellos tipos de literatura que continuaban las antiguas tradiciones: historiadores y cronistas, enciclopedistas y ensayistas, y escritores de poesía laica. Los otros dos incluyen nuevos géneros literarios, literatura eclesiástica y teológica, y poesía popular.

Historiadores y analistas

Los dos grupos de la literatura laica en prosa muestran claramente el carácter dual de la vida intelectual bizantina en sus aspectos social, religioso, y lingüístico. Desde este punto de vista las literaturas histórica y analítica se complementan mutuamente: la primera es aristocrática, secular, y clásica; la segunda eclesiástica, monástica y popular. Los trabajos de los historiadores pertenecen a la literatura académica, los de los analistas (o cronistas) a la literatura del pueblo. La primera está cuidadosamente elaborada, la segunda es dadora de material en crudo. En sus trabajos, los historiadores se limitan a la descripción del presente y el pasado más reciente, y por esto tienen más bien el carácter de registros contemporáneos; dando en cambio, la literatura de cronistas, una cobertura a la totalidad de la historia y el mundo, así como eran conocidas en la Edad Media. Los primeros son, por lo tanto, los más valorables para una historia política; y la última es documentalmente más valiosa para la historia de la civilización.

Historiadores

La tradición literaria clásica estableció la pauta para los historiadores bizantinos sobre la comprensión del propósito de la historia, la manera de manipular sus temas y sobre el estilo de la composición. Sus trabajos son concretos y objetivos, sin pasión, e incluso sin entusiasmo. Ardiente patriotismo y convicciones personales son raras veces evidentes. Se trata de historiadores diplomáticos, expertos en la utilización de las fuentes históricas y provistos del fino tacto que requiere su posición social; no son académicos de gabinete, ignorantes del mundo, sino hombres que detentan una vida pública: juristas como Procopio, Agatías, Evagrio Escolástico, Miguel Ataliates, estadistas como Juan Cinamo, Nicetas Acominato, Jorge Paquimeres, Laónico Calcocondilas; generales y diplomáticos como Nicéforo Brienio, Jorge Acropolita, Jorge Frantzés e incluso cabezas coronadas como Constantino Porfirogéneta, Ana Comnena, Juan VI Cantacuzeno y otros. 
Los historiadores bizantinos representan no solo el florecimiento social de su tiempo, sino también al intelectual, en lo que se parecían a sus predecesores griegos Heródoto, Tucídides, Jenofonte y Polibio, que se convirtieron en sus guías y modelos. Aunque a veces un bizantino elige a un autor clásico para imitar su método y estilo, la mayoría sin embargo tomó como modelos a varios autores, eclecticismo que forjó un peculiar estilo muy característico de los bizantinos. Y así, aunque a menudo el resultado fue una verdadera comunidad de sentimiento, previno los desarrollos de estilos individualizados.
Si un historiador preeminente como Procopio hubiera modelado su trabajo según el estilo de Polibio y no el de Tucídides, las historias bizantinas podrían haber seguido en continuidad natural de estilo y método con la era helénica. Los "aticistas" helenísticos habían acentuado bien sus gustos en los últimos siglos celebrando el estilo de la edad de oro ateniense. No es ningún accidente que personajes militares como Nicéforo Brienio (siglos XI y XII) y Juan Cinnamo (siglo XII) imitaran a Jenofonte en la precisión de su dicción, o que un filósofo como Nicéforo Grégoras (siglo XIII) tomara a Platón como su modelo. Por otro lado, es indudable que los autores estudiaron teología como León Diácono y Jorge Paquimeres, que decidieron emular a Homero. En general, es en los historiadores tardíos donde el dualismo eclesiástico-político del modo clásico en la civilización bizantina se hace más notorio.
Mientras los historiadores bizantinos fueron mayormente dependientes de modelos extranjeros y aparentaban formar una continuidad serial en la cual cada una de las series sucedía a otra anterior, ellos no se mezclaron en una totalidad uniforme. La mayor parte de los historiadores aparecieron, bien en el período que comprende a los siglos VI y VII, durante los reinados de los emperadores romanos orientales, bien en el período que se extiende desde el siglo XI al XV, bajo los Comneno y los Paleólogo. En su cenit bajo la dinastía macedónica (los siglos IX y X) el mundo bizantino produjo grandes héroes, pero no grandes historiadores, exceptuando la solitaria figura del emperador Constantino VII.
El primer periodo está dominado por Procopio a causa de su importancia literaria. Típicamente bizantino, su Anekdota menosprecia al emperador Justiniano I tan enfáticamente como su Peri Ktismaton lo ensalza. En literatura e historia, sin embargo, sigue modelos clásicos, como es evidente en la precisión y la lucidez de su narrativa adquirida de Tucídides y en la fiabilidad de su información, cualidades de especial mérito en el historiador. Procopio y en gran grado su sucesor Agatías permanecen como los modelos del estilo descriptivo del siglo XI: Procopio es el primer representante del estilo recargado bizantino en literatura, y, en esto, solamente es superado por Teofilacto Simocates en el siglo VII. A pesar de su forma neo-clásica, se acercan sin embargo a los antiguos en su libertad de tendencias eclesiásticas y dogmáticas.
Entre la obra histórica del primer período y la del segundo, hay una serie aislada de obras que en el tema y la forma brindan un fuerte contraste con los grupos mencionados anteriormente. Son las obras del Emperador Constantino VII Porfirogéneta (siglo X), que relatan las relaciones con la administración del imperio, su división política y las ceremonias de la corte bizantina. Tratan de las condiciones internas del imperio, y la primera y la tercera se distinguieron por su uso de una lengua popular. La primera es una fuente importante de información etnológica, mientras que la última es una contribución interesante a la historia de la civilización.
El segundo grupo de historiadores presenta un clásico eclecticismo que cubre con un velo un partidismo nada clásico y el fanatismo teológico. Deleitándose en las formas clásicas, los historiadores del período de Comneno y Paleólogo estaban carentes del espíritu clásico. Mientras que muchos tenían fuertes personalidades más comprensivas que la escuela de Procopio, el gran vigor de estos individuos y su lazos con el gobierno imperial sirvieron para entorpecer la objetividad produciendo obras parciales y subjetivas. De ese modo, La Alexiada, el trabajo pedante de la princesa Ana Comnena, glorifica a su padre Alejo I Comneno y la reorganización imperial que él empezó; la obra histórica de su marido, Nicéforo Brienio, describe los conflictos internos que acompañaban el ascenso de los Comneno en forma de una crónica familiar (finales del siglo XI); Juan VI Cantacuzeno narra sus propios logros (siglo XIV) con autocomplacencia. Este grupo presenta antítesis sorprendentes tanto personales como objetivas. Junto a Juan Cinnamo, que odiaba sinceramente todo lo occidental, está la mente liberal de Nicetas Acominato (siglo XII) y el conciliador pero digno Jorge Acropolita (siglo XIII); al lado del teólogo polemista Paquimeres (siglo XIII), está el hombre de mundo Nicéforo Grégoras (siglo XIV), muy versado en la filosofía y los clásicos. Aunque subjetivos en temas de historia bizantina interna, estos y otros de este período son dignos de confianza en sus relatos de los acontecimientos externos y especialmente valiosos como fuentes para la primera aparición de los eslavos y los turcos.

Cronistas

A diferencia de las obras históricas, las crónicas bizantinas fueron dirigidas al público en general; por tanto existe una diferencia en su origen, desarrollo y difusión tanto como en su calidad, método y estilo. Aunque las raíces de la crónica no han sido descritas satisfactoriamente, su aparición comparativamente tardía (siglo VI) y la total eliminación de la tradición del helenismo sitúa sus orígenes como recientes. La crónica literaria es, originalmente, extraña a la civilización griega; la primera fue compuesta por sirios incultos. Su prototipo presumible, la Cronografía de Sexto Julio Africano, señala a una fuente cristiana oriental. Aislado de las personas distinguidas y sin contacto con el gran mundo, sigue modelos de la esfera narrativa. El cenit de la crónica bizantina se alcanzó en el siglo IX, precisamente durante el nadir de literatura histórica. Después declina abruptamente; los cronistas menores, como los del siglo XII, se inspiran en parte en sus contemporáneos y en parte, aunque raramente, en los primeros historiadores. En el período Paleólogo no aparece ya ningún cronista de importancia.
Las crónicas mismas no solo fueron fuentes importantes para la historia de la civilización bizantina, sino que contribuyeron a la extensión de la civilización, traspasando la cultura bizantina a los pueblos invasores eslavo, magiar y turco. Al describir lo que depositaron en la conciencia popular (acontecimientos maravillosos y terribles, pintados con deslumbrantes colores e interpretados en sentido cristiano), su influencia fue considerable. El método de manejar los materiales es primitivo; bajo cada sección hay una fuente antigua solo ligeramente modificada para que el conjunto se parezca a una mezcla de materiales en vez de al ingenioso mosaico de los historiadores. Son una mina para la lingüística comparada en cuanto que su oratoria es simplemente la lengua popular, denotando la pobre educación del escritor y de su audiencia.
Las crónicas bizantinas representativas son las tres de Juan Malalas, Teófanes el Confesor y Juan Zonaras. La primera es una crónica monástica bizantina compuesta en la Antioquía del siglo VI por un helenizado y monofisita teólogo sirio. Originalmente una crónica de la ciudad, fue ampliada a una crónica mundial. La obra de Malalas es una obra histórica popular, llena de errores históricos y cronológicos, y el primer monumento a la civilización helenística popular. Siendo fuente principal para la mayoría de los cronistas posteriores y algunos historiadores de la iglesia, es también la primera historia popular traducida al antiguo búlgaro (a principios del siglo X).
Superior en sustancia y forma, y más propiamente histórica, es la Crónica de Teófanes el Confesor, un monje del siglo IX de Asia Menor. Su Crónica fue un modelo para las crónicas posteriores. Contiene mucha información valiosa de fuentes perdidas, y su importancia para el mundo occidental se debe a que al final del siglo IX.º fue traducida al latín.
Un tercer sendero en la historia de las crónicas bizantinas lo establece la Crónica universal de Juan Zonaras, que es del siglo XII. Refleja la atmósfera del renacimiento de los Comneno; no solo es narrativamente mejor que la de Teófanes, sino que muchos pasajes de autores antiguos están reproducidos en el texto. Fue traducida no solo al eslavo y al latín, sino al italiano y al francés en el siglo XVI.

Enciclopedistas y ensayistas

Para esta razón siempre había un sabor académico; el espíritu humanístico bizantino siempre saboreado de la antigüedad y la edad media en proporción igual. Principalmente dirigido a la recolección sistemática y al examen de manuscritos, un interés pronunciado en la literatura de la antigüedad griega se manifestó en Constantinopla al final del siglo IX. Con el siglo XII empieza el período de obras originales que copian modelos antiguos, un resurgimiento del ensayo alejandrino y la literatura retórica, varios autores que muestran enérgica originalidad. Bastante aislados entre dos periodos permanece Miguel Psellos (siglo XI), un genio universal que tiende un puente entre los periodos. Mientras el humanismo de los siglos IX y X conservaba un color teológico y una actitud hostil hacia occidente, desde el siglo XII hasta el XIV vieron algunos autores intentando romper el clasicismo ortodoxo para conseguir un verdadero humanismo verdadero, siendo el precursor del Renacimiento italiano.
El nuevo espíritu encontró expresión primero en una academia fundada para estudios clásicos en Constantinopla en 863. Sobre la misma época en que los Focio, patriarca de la ciudad y hombre de estado y lleno de energía, más grande de la iglesia griega (820–897), con entusiasmo coleccionó manuscritos olvidados, reavivó obras olvidadas de la antigüedad, y redescubrió obras perdidas; su atención estaba principalmente dirigida a las obras en prosa, indicativo de su pragmatismo. Focio hizo selecciones o extractos de todas las obras que descubrió, y eran el origen de su célebre Bibliotheca ("Biblioteca"), que esquematizó los restos literarios más valiosos de la Edad Media, contenía resúmenes dignos de confianza de muchas obras antiguas ahora perddas, junto con buenas descripciones y análisis como los de Luciano y Heliodoro. 
Esta actividad enciclopédica era más asiduamente perseguida en el siglo X, particularmente en la sistemática colección de materiales relacionados con el emperador Constantino VII Porfirogéneta. Los eruditos también formaban grandes compilaciones, ordenadas por el tema, a base de antiguas fuentes. Entre éstos estaba una enciclopedia fragmentaria actual de ciencias políticas que contenía extractos de los períodos clásico, alejandrino y bizantino romano. Éstos, con la colección de los antiguos epigramas conocidos como la Antología Palatina y el diccionario científico conocido como Suda, hace del siglo X el de las enciclopedias.
Un típico representante del período aparece en el siguiente siglo en la persona del enciclopedista más grande de la literatura bizantina, Miguel Psellos. Estando entre la Edad Media y la época moderna, es un jurista y un hombre de mundo con una mente tanto receptiva como productiva. A diferencia de Focio, que estaba más preocupado por las discusiones filosóficas individuales, Psellos no infravalora a los filósofos antiguos, y tiene él mismo un temperamento filosófico. Fue el primero de su círculo intelectual en levantar la filosofía de Platón por encima de la de Aristóteles y enseñar filosofía como catedrático. Superando a Focio en intelecto e ingenio, carece de las dignidad y solidez de carácter de este erudito. Una inquieta brillantez caracterizaba su vida y actividad literaria. Al principio un abogado, luego un catedrático; ahora un monje, ahora un funcionario del tribunal; terminó su carrera de primer ministro. Era igualmente hábil y polifacético en su trabajo literario; en armonía con la naturaleza brillante y flexible del cortesano es el elegante estilo platónico de sus cartas y discursos. Su considerable correspondencia suministra el material interminable que ilustra su carácter personal y literario. 
La noble influencia de sus modelos áticos caracterizan sus discursos y especialmente sus oraciones funerarias; los pronunciados sobre la muerte de su madre indican una profunda sensibilidad. Psellos tenía más temperamento poético que Focio, y varios de sus poemas muestran que debían más a la fantasía satírica y la oportunidad que al profundo sentimiento poético. Aunque Psellos muestra más destreza formal que creatividad, sus atributos brillaron en una época particularmente atrasada en la cultura estética. La libertad intelectual de los grandes eruditos de los siguientes siglos, tanto eclesiásticos como seculares, sería inconcebible sin el triunfo de Miguel Psellos sobre la escolástica bizantina.
Aunque la mayoría de sus sucesores como Nicéforo Blemmidas y Teodoro Hirtaceno se caracterizan por su rectitud de intención, sinceridad de sentimiento y amplia cultura, entre estos grandes intelectuales y caracteres fuertes del siglo XII algunos teólogos son especialmente conspicuos o prestigiosos, por ejemplo Eustacio de Tesalónica, Miguel Itálico y Miguel Coniates; y varios eruditos seculares en los siglos XIII y XIV, como Máximo Planudes, Teodoro Metoquites y, por encima de todos, Nicéforo Grégoras.
Los tres teólogos pueden ser juzgados mejor por sus cartas y esporádicas obras menores de circunstancias. Eustacio de Tesalónica parece ser el más importante: escribió un comentario erudito sobre Homero y Píndaro junto a obras originales que son sinceras, valientes y polémicas, provistas de la intención de corregir cada mal. En una de sus obras ataca la corrupción y el estancamiento intelectual de la vida monástica de ese tiempo; en otra obra polémica asalta la hipocresía y la falsa santidad de su época; y en una tercera denuncia la presunción y la arrogancia de los sacerdotes bizantinos.
El retórico Miguel Itálico, después obispo, ataca el defecto principal de la literatura bizantina: la imitación exterior, de la que puso por ejemplo el trabajo de un Patriarca que era solo una colección desordenada de fragmentos tan mal puestos que sus fuentes eran de inmediato identificables.
El pupilo y amigo de Eustacio Miguel Acominato (del siglo XII al XIII) era arzobispo de Atenas y hermano del historiador Nicetas Acominato. Su discurso de toma de posesión, repartido por la Acrópolis, presenta tanta erudición clásica profunda como elevado entusiasmo, pese a la decadencia material y espiritual de su tiempo. Estas condiciones lastimosas le llevaron a escribir una elegía famosa por ser la única, sobre la decadencia de Atenas, un tipo de apóstrofe más bien poético y antiguo de la caída de toda grandeza. Ferdinand Gregorovius comparó su discurso de toma de posesión con el de Gregorio el Grande a los romanos, y este con el lamento del obispo Hildeberto de Tours por la demolición de Roma por los normandos sicilianos en (1106). Sus discursos funerarios sobre Eustacio (1195) y su hermano Nicetas, aunque más prolijo en palabras y retórico, todavía mostraron un carácter noble y un sentimiento profundo. Miguel, como su hermano, fue un fanático adversario de los latinos. Lo condujeron al exilio en Ceos, de donde dirigió muchas cartas a sus amigos que ilustraban su carácter. Estilísticamente influido por Eustacio, su dicción por lo demás clásica sonaba como una nota eclesiástica.
Con Teodoro Metoquites y Máximo Planudes llegamos a los eruditos o polyhistores universales de la época Paleóloga. El primero demuestra su humanismo en su uso de hexámetros, el último en sus conocimientos del latín, por lo que ambos eran desconocidos en Bizancio y poseían una comprensión más amplia de la antigüedad. Ambos hombres muestran un sentido fino de la poesía, especialmente de la poesía sobre la naturaleza. Metoquites compuso meditaciones sobre la belleza del mar; Planudes fue el autor de un largo idilio poético, un género poco cultivado por los eruditos bizantinos. Mientras Metoquites era un pensador y poeta, Planudes era principalmente un imitador y compilador. Metoquites era más especulativo, como revela su colección de misceláneas filosóficas e históricas; Planudes era más preciso, como demuestra su amor preferente por las matemáticas. El progreso contemporáneo en filosofía estaba en un punto donde Metoquites podía atacar a Aristóteles abiertamente. Se las arregla para plantear cuestiones políticas como su comparación de la democracia, aristocracia y monarquía. Su amplitud de intereses era grande, pero la cultura de Metoquites descansaba sobre una base griega; sin embargo, Máximo Planudes, gracias a sus traducciones del latín (Catón, Ovidio, Cicerón, César y Boecio), amplió enormemente el horizonte intelectual del Imperio de Oriente.
Esta inclinación hacia Occidente es más perceptible en Nicéforo Grégoras, el gran alumno de Metoquites. Su proyecto para una reforma del calendario lo clasifica entre los intelectuales modernos de su tiempo, como podría ser demostrado si alguna vez sus numerosas obras ven de nuevo la luz. Sus cartas en especial prometen una abundante cosecha. Su método de la exposición está basado en el de Platón, a quien también imitó en sus discusiones eclesiástico-políticas, por ejemplo, en su diálogo Florentius o En relación con la sabiduría. Estas disputas con Barlaam de Calabria se ocupaban de la cuestión de la unión de la iglesia, por la cual Grégoras militaba. Esto le atrajo una amarga hostilidad y le supuso perder su vida de enseñanza, en la que principalmente se dedicaba a las ciencias exactas, merced al odio de los bizantinos ortodoxos.
Aunque los ensayistas y enciclopedistas bizantinos estuvieron poseídos por el influjo de la antigua retórica, todavía expresaban sus propios conocimientos en formas tradicionales y así les dieron un nuevo encanto.

Poesía laica

La poesía tenía sus prototipos, cada género seguía sus orígenes de un antiguo progenitor. Pero, a diferencia de la prosa, estos nuevos géneros no siguen el aticismo del período clásico, porque los bizantinos no escribieron ni lírica ni dramas, no imitaron a Píndaro ni a Sófocles. Imitan la literatura del período helenístico alejandrino y escriben novelas, panegíricos, epigramas, sátiras y poesía didáctica y exhortativa siguiendo los modelos en la novela de Heliodoro, Aquiles Tacio y Longo, así como en los epigramas y sátiras los de Asclepíades de Samos, Posidipo y Luciano de Samosata.
La didáctica tiene un primer modelo en el pseudo-Isócrates. El temperamento poético de los bizantinos es por lo tanto, semejante al de los autores alejandrinos. Solamente un nuevo tipo evolucionó por separado de los bizantinos; los poemas suplicantes. Los seis géneros no son contemporáneos: el epigrama y el panegírico se desarrollaron primero (siglo VI y VII) y luego, en largos intervalos, la sátira, la poesía didáctica y la suplicante, y finalmente la novela. Solamente después del siglo XII, en el período de decadencia, aparecen codo con codo. El epigrama era la única forma de poesía secular que tuvo un resurgimiento independiente en la literatura bizantina, y esto durante mucho tiempo cuando la poesía eclesiástica también llegó a su más alta perfección, en los siglos VI y VII. 
Este fue, por lo tanto, el período más floreciente de la poesía erudita bizantina; su disminución en el siglo XII es contemporánea del ascenso de la poesía popular. Los principales tipos de poesía durante el período de la decadencia (siglos XI al XIII) eran la sátira y la parodia, la poesía didáctica y exhortativa, los poemas suplicantes y la novela erótica. En la forma, esta literatura se caracteriza por el uso extensivo de las formas populares del discurso y el verso. El tipo de verso "político" por excelencia (griego ἡμαξευμένοι στίχοι, llamado "ese abominable que hace creer ser un metro" por Charles Peter Mason en el "Diccionario" de William Smith), el verso trocaico de quince sílabas, todavía el verso en la moderna poesía popular griega. En el contenido, sin embargo, toda esta literatura continúa mostrando la huella de la erudición bizantina.

Epigrama

El epigrama se amoldaba al gusto bizantino por su carácter ornamental, erudito, cortesano e intelectual. Su miniatura correspondía exactamente al concepto de las artes menores que consiguieron un alto desarrollo en el período bizantino. No exigiendo un gran gasto de imaginación por su autor, su dificultad principal estaba en la técnica y en lograr condensar la frase. Dos grupos pueden ser distinguidos entre los epigramatistas bizantinos: uno pagano y humanístico, el otro cristiano. El primero está representado principalmente por Agatías (siglo VI) y Cristóbal de Mitilene (siglo XI), el último por los eclesiásticos Jorge de Pisidia (siglo XVII) y Teodoro Estudita (siglo IX). Entre los dos grupos, en la cronología además de en su índole, está Juan Geómetra (siglo X).
Las fases principales en el desarrollo del epigrama bizantino son más evidentes en las obras de estos tres. Agatías, que ya ha sido mencionado entre los historiadores, posee como epigramático los rasgos de la escuela del semi-egipcio bizantino Nono de Panópolis (sobre el 400). Escribió en un estilo afectado y pomposo, en la forma clásica del hexámetro. Abunda sin embargo en ideas brillantes y, en su hábil imitación de los antiguos, particularmente en sus piezas eróticas, supera a la mayor parte de los epigramáticos del período imperial. Agatías también preparó una colección de epigramas en parte propios y en parte de otros autores, algunos de los cuales pasaron después a la Antología Palatina, y así nos han sido conservados.
El abad Teodoro Estudita es en todos los aspectos lo contrario de Agatías: un hombre piadoso y de gran seriedad, provisto de un fino poder de observación para la naturaleza y la vida, y lleno de sentimiento, calor y sencillez de expresión. Se halla libre, asimismo, de la imitación servil de los antiguos aunque tenga algo del inevitable Nono. Y, aunque resulta conmovedor en las situaciones más variadas, sus epigramas sobre la gente y la vida de su monasterio ofrecen un interés especial para la historia de la civilización.
Juan Geómetra combina aspectos de estos dos autores. Durante el curso de su vida ocupó cargos tanto seculares como eclesiásticos, y su poesía alcanzaba un rango universal; de un humor profundamente religioso, todavía apreciaba la grandeza de los griegos antiguos. Junto a epigramas sobre poetas antiguos, filósofos, retóricos e historiadores posee otros sobre famosos padres de la Iglesia, poetas y santos. Poéticamente, sus epigramas sobre temas contemporáneos y seculares son superiores a los de tema religioso y clásico, y sus mejores obras retratan los eventos históricos y las situaciones que él mismo se encontró y experimentó o reflejan su propio humor espiritual.

Panegírico

Convertido en tradicional, y transmitido desde la Roma imperial hasta Bizancio como una parte de la antigua retórica, con toda la extravagancia de una literatura totalmente decadente (F. Gregorovius). Era una concesión más bien necesaria al despotismo; el gusto popular no fue en general herido por ella.

Sátiras

El padre de la sátira bizantina es Luciano. Sus famosos Diálogos de los muertos son el modelo de dos obras, una de las cuales, el Τιμαρίων / Timaríon (siglo XII) posee un humor más rudo, mientras que la otra, Μάζαρις / Mazaris (siglo XV) ofrece una aguda sátira. Cada una describe una catábasis o viaje al Hades y conversaciones con contemporáneos fallecidos; en el primero, sus defectos son azotados con bromas; en el segundo, el propio autor Mazaris entrevista a los muertos sobre las faltas de funcionarios vivos y contemporáneos pertenecientes a la corte bizantina que son estigmatizados, y también se ataca cruelmente a los peloponesios. Sátira literaria y, la última, panfleto político, reflejan agudos intereses personales e intensas animadversiones sin excesivo valor literario pero con el mayor interés para la historia de la civilización; la primera es genuinamente popular y la última vulgar y primitiva.
Las dos ramas populares del Timaríon, el anticlerical Apókopos de Bergadís, del que hay edición moderna en español (1992), y los Piccatoros son analizados más abajo. Otro grupo de sátiras toma la forma de diálogos entre animales que desarrollan el popular bestiario cristiano Physiologus. Tales sátiras describen reuniones de cuadrúpedos, aves y peces y critican al clero, la burocracia, las naciones extranjeras en el imperio bizantino, etc.
Aparecen también parodias eclesiásticas en verso en la cuales incluso el propio clero participó, por ejemplo el obispo Nicetas de Serrae (siglo XI). Un ejemplo de esta literatura sacrílega, no completamente comprendida, es la Burla de un hombre imberbe en forma de una liturgia obscena (siglo XIV).

Didáctica

La poesía didáctica encontró su modelo en el diálogo A Demónico atribuido a Isócrates erróneamente. El más grande ejemplo de este tipo de literatura en Bizancio es el de Σπανέας / Spaneas (siglo XII), un poema parenético dirigido por un emperador a su sobrino, a manera de espejo de príncipes. Algunos de este tipo se encuentran en la literatura popular cretense de los siglos XV y XVI, compuestos por el poeta satírico Stéfanos Sakhlikis y Marcos Defaranas. Se incluyen también parénesis teológicas estridentes parecidas a las del capuchino del Wallenstein de Schiller. Por ejemplo, las de Emmanuel Georgillas Limenita tras la gran peste de Rodas (1498) y las profecías sobre el final del imperio bizantino bajo el nombre del emperador León (886-911).

Poema mendicante

Una última variedad bizantina de poema laudatorio es el mendicante, un lamento poético de escritores hambrientos y parásitos de la corte. Sus representantes principales son Teodoro Pródromo y el excesivamente halagador Manuel Files. El primero vivía en el (siglo XII) bajo los Comneno y el último bajo los Paléologo (siglo XIII). Para los historiadores estas expresiones poéticas de sufrimiento, como las dirigidas por Pródromo al emperador, son valiosas porque ofrecen una visión interesante de la calle y la vida económica en la capital.[8]

Novela romántica

La antigua novela griega sirvió de modelo a cuatro autores del siglo XII: Eustacio Macrembolita (Los amores de Ismene e Ismenias, en prosa), Teodoro Pródromo (Rodante y Dosicles, en verso), Nicetas Eugeniano (Amores de Drosila y Caricles, en verso) y Constantino Manasés (Amores de Aristandro y Calitea, en verso).

Literatura eclesiástica y teológica

La primera en florecer de la literatura eclesiástica de Bizancio es la helenística en la forma y oriental en el espíritu. Este período llega hasta el siglo IV y está relacionado con los nombres de los padres griegos de Alejandría, Palestina, Jerusalén, Cirene, y Capadocia. Sus obras, que cubren todo el campo de la prosa eclesiástica, el dogma, la exégesis, y la homilética; se convirtieron en canónicos para todo el período bizantino; el último trabajo importante es la historia eclesiástica de Evagrio Escolástico. Más allá de ser obra polémica contra los sectarios y los iconoclastas, las últimas obras posteriores constan de meras compilaciones y comentarios, en la forma del así llamado Catenae; incluso la Fuente del conocimiento de Juan de Damasco o Damasceno (siglo VIII), el manual fundamental de teología griega, aunque sistemáticamente elaborado, es simplemente una colección gigantesca de materiales. Incluso la homilía se aferra a un seudo-fundamento clásico y retórico, y atiende más a la amplitud externa que a la introspección y a la profundidad.
Solamente tres tipos de literatura eclesiástica que estaban aún sin explotar en el siglo IV presentan después un crecimiento independiente.

1.-La poesía eclesiástica del siglo VI
2.-Las populares vidas de santos del siglo VII
3.-La obra mística de los siglos XI y XII.

La Enciclopedia católica indica qué formas clásicas eran insuficientes para expresar las ideas cristianas con mejor resultado: en varias colecciones de la primera correspondencia cristiana no son las leyes rítmicas del estilo retórico griego quienes gobiernan la composición, sino las de la prosa semita y siria. El cardenal Pitra lanza la hipótesis de que la poesía rítmica de los bizantinos se origina en los salmos judíos de la Septuaginta. Este principio rítmico concuerda con el carácter lingüístico de los griegos posteriores, que usaron un acento cuando ya había sido desarrollado en la poesía siria en vez del acento tonal clásico.
Romano el Mélodo fue el primer gran poeta eclesiástico de los griegos en adoptar el acento como un principio rítmico. Contemporáneo y compatriota del cronista Malalas, también reformador del lenguaje literario griego, Romano era un sirio de ascendencia judía cristianizado en una edad temprana. Lo que Malalas es a la prosa, Romano es a la poesía cristiana de la Edad Media griega. Aunque no fue tan lejos como Malalas, estrenó una métrica fundada en lo cuantitativo y tonal; la llevó en armonía con la última poética predominante en Siria además de evolucionar la lengua griega. Romano pronto fue a Constantinopla, donde se hizo diácono de la Iglesia de Santa Sofía.

Romano tomó la forma, la sustancia y muchos de los temas de su poesía unas veces de la Biblia y otras de las homilías (métrica) del padre Efrén de Siria (siglo IV). Escribió himnos sobre la pasión del Señor, sobre la traición de Judas, sobre la negación de Pedro, María ante la Cruz, la Ascensión, las diez vírgenes y el Juicio Final, mientras que los temas tomados del Antiguo Testamento mencionaban la historia de José y los tres jóvenes en el horno ardiente. Compuso unos mil himnos, de los cuales solo han sobrevivido ochenta, evidentemente porque en el siglo IX los llamados Cánones, lingüística y métricamente más artísticos en la forma, reemplazaron gran parte de su trabajo en la liturgia griega. Desde entonces sus himnos se introdujeron en unos pocos monasterios remotos. Característica de su técnica es la gran longitud de sus himnos, que están compuestos de veinte a treinta estrofas (τροπαρια) de doce a veintiún versos cada una cada uno, muy finamente trabajados y variados en la estructura métrica, y en la construcción transparente y diversa. No se parecen a los himnos latinos contemporáneos como las oraciones de inicios del siglo XX, tampoco usando la interpretación antifonal de coros alternativos. Esto también explica el carácter dramático de muchos himnos, con sus diálogos insertados en canciones corales, como en "La negación de Pedro", un poco de drama de la jactanciosa debilidad humana, y la última parte de la Historia de José, el Salmo de los Apóstoles y el Nacimiento de Jesús. Otras piezas, como el himno del Juicio Final, son simplemente descriptivas del carácter, aunque incluso entre ellos los elementos retóricos y dogmáticos afectan al efecto artístico seriamente.

Algunos críticos, como Bouvy y Krumbacher, sitúan a Romano el Mélodo entre los más grandes autores de la himnografía de todos los tiempos; otros, como el cardenal Pitra, son más conservadores. Para dictaminar con justeza debería haber una edición completa de sus himnos que no existe, pero es necesaria. Comparado con himnógrafos de la iglesia latina como Ambrosio y Prudencio, utiliza un verso más retóricamente florido, digresivo y dogmático. Muestra apego a las imágenes simbólicas y las figuras del habla, las antítesis, las asonancias y los especialmente ingeniosos "juegos de espíritu" que contrastan con su característica simplicidad de dicción y construcción. Estos adornos interrumpen el suave fluir de sus líneas. A menudo la secuencia de ideas en sus himnos está nublada por el arrastre de preguntas dogmáticas: así, en el célebre Himno de Navidad la cuestión del nacimiento milagroso de Jesús se discute cuatro veces. El teólogo también resulta demasiado evidente cuando alude al Viejo Testamento al describir incidentes del Nuevo Testamento; compara el destino de María al nacer Jesús con el de Sara; los Reyes Magos se comparan con la estrella que guiaba a los israelitas en el desierto, etc. La cita frecuente de pasajes de los profetas parece más una desapasionada paráfrasis que poesía inspirada. De hecho, Romano no posee ni la imagen abundante y coloreada de los primeros poetas eclesiásticos ni su fina comprensión de la naturaleza. El lector también tiene la impresión de que la altura de su imaginación poética no guarda proporción con la profundidad de su devoción; aparece en él algo ingenuo, casi acogedor como cuando María expresa su placer por los Reyes Magos y llama la atención a menudo su utilidad para la inminente huida a Egipto. Hay pasajes, sin embargo, en los cuales el devoto entusiasmo lleva a la imaginación con él y eleva el tono poético, como en la invitación jubilosa al baile (en la canción de Pascua), en que las ideas de la primavera y de la resurrección son mezcladas armoniosamente:

¿Por qué así de apocados?
¿Por qué cubrir con un velo vuestras caras?
¡Levantad vuestros corazones!
Cristo se alza!
Uníos a los bailes,
Y con nosotros proclamadlo:
El Señor ha ascendido,
Brillando y glorificado,
Él que ha nacido
Del donante de la luz.
Cesad vuestro luto,
Regocijaos en la santidad:
La primavera ha venido.
Así que florezcan ahora los lirios,
¡Florezca y sea fructífera!
Nada trae la destrucción.
Aplaudid nuestras manos
Y gritad: Él ha ascendido
Quién ayudará a los caídos
a ascender otra vez.
La poesía eclesiástica no permaneció mucho tiempo en el alto nivel al que Romanos la había subido. Los "Hymnus Acathistus" (de autoría desconocida) del siglo VII, una especie de Te Deum en elogio a la Madre de Dios, es el último gran monumento de la poesía eclesiástica griega, comparable a los himnos de Romanos, a la que ni siquiera ha sobrevivido en fama. Ha tenido numerosos imitadores y hasta el siglo XVII no fue traducido al latín.
El rápido declive de la himnología griega comienza a principios del siglo VII, el período de Andrés de Creta. Las opiniones religiosas en los himnos fueron ahogadas por un formalismo clásico que sofocó toda vitalidad. La sobrevaloración de la técnica en los detalles destruyó el sentido de la proporción en el todo. Esta parece ser la única explicación para los primeros cánones encontrados en la colección de Andrés de Creta. Mientras que un canon es una combinación de varios himnos o cantos (en general nueve) de tres o cuatro estrofas cada uno, el "Gran Canon" de Andrés en realidad asciende a 250 estrofas, una "sola idea es prolongada en arabescos serpentinos".
La seudo-clásica artificialidad encontró a un representante avanzado en Juan de Damasco, en la opinión de los bizantinos el más importante escritor de cánones, que tomó como modelo a Gregorio de Nacianzo, reintroduciendo el principio de la cantidad en la poesía eclesiástica. La poesía religiosa era en esta forma reducida a mera insignificancia, para en el siglo XI, que fue testigo del declive de la himnología y el resurgimiento del humanismo pagano, Miguel Psellos empezó parodiando los himnos eclesiásticos, una práctica que tomó raíz en la cultura popular. Los poemas didácticos tomaron esta forma sin ser mirados como blasfemos.
El drama religioso no prosperaba en la era bizantina. El único ejemplo es el "Sufrimiento de Cristo" ("Christus Patiens", Χριστὸς πάσχων").[9] Este drama fue escrito en el siglo XI o XII. De sus 2640 versos, aproximadamente una tercio están prestados de dramas antiguos, principalmente de los de Eurípides, y María, el personaje principal, recita a veces versos de la Medea de Eurípides, otra vez de la Electra de Sófocles, o el Prometeo de Esquilo. La composición es evidentemente la producción de un teólogo formado en los clásicos, pero sin la más leve idea de arte dramático. Está formado principalmente de lamentaciones e informes de mensajeros. Incluso las más efectivas escenas, las que preceden a la crucifixión, están descritas por mensajeros; casi dos tercios del texto está dedicado al descenso de la Cruz, el lamento de María, y la aparición de Cristo. (Cf. van Cleef, "El drama pseudo-gregoriano Christos paschon en relación con el texto de Eurípides" en las "Transacciones de la Academia de Ciencias de Wisconsin", VIII, 363 - 378; Krumbacher, 312.)

Entre la poesía eclesiástica y la prosa eclesiástica está el poema teológico-didáctico, habitual en la antigua literatura cristiana. Uno de sus mejores ejemplos es el Hexaemeron de Jorge de Pisidia, un himno enérgico sobre la creación en seis días del universo y sus prodigios, i. e., todas las criaturas vivientes. Tomado como un todo, es algo convencional; solamente la descripción de las formas menores de la vida, en especial los animales, revela la destreza del poeta epigramático.
Además de la poesía sagrada, la hagiografía floreció del siglo VI al XI. Esta clase de literatura se desarrolló desde los antiguos martirologios, y se convirtió en la forma favorita de literatura popular. Floreció del siglo VIII al XI, y se ocupaba principalmente de la vida monástica. Pero desgraciadamente su florido lenguaje retórico contrastaba con la naturaleza simple de los contenidos; el valor principal de esta literatura es el histórico.
Más populares en el estilo son los biógrafos de santos de los siglos VI y VII. El más antiguo y más importante de ellos es Cirilo de Escitópolis (en Palestina), cuyas biografías de santos y monjes se distinguen por la fiabilidad de sus hechos y fechas. De gran interés también por sus contribuciones a la historia de la cultura y de la ética y para su realmente popular lenguaje son las obras de Leoncio, arzobispo de Chipre (siglo VII), especialmente su Vida del patriarca Juan (llamado Eleemosinario -Limosnero-) de Alejandría. (Cf. Gelzer, Kleine Schriften, Leipzig, 1907) Esta vida nos describe a un hombre que a pesar de sus rarezas trató de realizar "un puro cristianismo bíblico, puro de amor al autosacrificio" sinceramente, y cuya vida nos lleva a la fascinante manera de las costumbres y las ideas de las clases bajas del pueblo de Alejandría.

La Novela de Balaam y Joasaf (también Barlaam y Josafat) era otra obra popular de origen bizantino, elevada ahora a literatura universal, como una joya de la literatura ascética cristiana. Ilustra la experiencia del príncipe indio Joasaf, quien tras encontrarse con un anciano, un enfermo y un muerto es convertido por el ermitaño Barlaam, abandona los placeres de la vida y renuncia al mundo como un verdadero cristiano; convierte a su padre, y en el desierto, donde lleva una vida de asceta, llega a la iluminación. El material de la historia es originalmente indio, ciertamente budístico, porque en el origen Joasaph era Siddhartha Gautama, más conocido como Buda. La versión griega se originó en el monasterio de Mar Saba (Palestina) a mediados del siglo VII. No circuló extensamente hasta el siglo XI, cuando fue conocida en toda Europa occidental a través de una traducción latina (cf. F. C. Conybeare, "La leyenda de Barlaam y Josafat", en Saber Popular (1896), VII, 101 y ss.). Diversos indicios permiten creer que la historia llegó a Occidente a través de Persia y fue traducida al griego a partir de una versión georgiana escrita por el monje Eutimio en el monasterio de Iviron del monte Athos.
La concepción ascética de la vida fue arraigó en el carácter bizantino y fue reforzada por el alto desarrollo de las instituciones monásticas. El último produjo una amplia literatura ascética, aunque no fue tan profundo el ascetismo como su gran exponente San Basilio de Cesárea.
Menos ampliamente cultivadas, pero de excelente calidad, son las obras místicas bizantinas. El verdadero fundador del misticismo bizantino fue Máximo el Confesor (siglo VII), quien primero lo despojó de su carácter neoplatónico la calidad y lo puso en armonía con la doctrina ortodoxa. Representantes posteriores y más importantes lo fueron Simeón el Nuevo Teólogo y Nicetas Estetatos en el siglo XI, y Nicolás Cabasilas en el siglo XIV. Los escritores místicos bizantinos difieren de los de Europa occidental principalmente en su actitud hacia las ceremonias eclesiásticas, donde veían un símbolo profundo de la vida espiritual de la Iglesia que los occidentales consideraban solo un intento de desplazar la vida interior con la pompa externa. Por tanto, Simeón observó con rigor las reglas ceremoniales de la iglesia, pero como un medio para la consecución de la perfección ética. Su trabajo principal (publicado únicamente en latín) es una colección de piezas de prosa e himnos sobre la comunión con Dios. Se considera muy semejante a la mística alemana en su tendencia hacia el panteísmo. Distinguido discípulo de Simeón fue Nicetas Estetatos, del que solo diremos que desechó a sus profesores de tendencias panteístas. El último gran místico, Nicolás Cabasilas, arzobispo de Salónica, reavivó la enseñanza de la teología negativa del enigmático Pseudo Dionisio areopagita, pero en el plan de su obra principal, la Vida de Cristo, presenta una independencia completa de todos los otros mundos y no tiene paralelo en el ascetismo bizantino.

Poesía popular

Desde la captura de Constantinopla por los cruzados en 1204 hasta la conquista por los turcos otomanos en 1453 empezaron a distinguirse los modelos aristocráticos y eclesiásticos de lenguaje culto (cazarévusa) de los del lenguaje popular (demótico) que empiezan a aparecer por escrito en el siglo XII y a tomar cada vez mayor importancia, coexistiendo con los modelos cultos. Estos, sin embargo, intentan "vulgarizarse", al principio en la cronografía y en la hagiografía; después aparece la novela popular de aventuras o de amor en verso rimado. La fecha coincide más o menos con la de la creación de las literaturas románicas occidentales. K. Krumbacher distingue los comienzos de esta diferenciación a principios del siglo XII, pero sus conatos son muy anteriores y se encuentran sobre todo en los límites del Imperio, cuando alcanzó su mayor extensión en las fronteras de Justiniano hasta los estados tardomedievales de Trebisonda, Epiro o la Morea. Y así se ven extrañamente excluidos autores como Juan Mosco (siglos VI/VII), Juan Damasceno (siglos VII-VII), el himnógrafo Cosmas de Jerusalén, también llamado Cosmas de Mayuma, Cosmas el Mélodo, Cosmas Hagiopolita y Cosmas el Poeta (siglos VII-VIII), Bartolomé de Édesa o autores periféricos más tardíos como el cronista de Chipre Leoncio Maqueras, Robertus de Porta Bononiensis o Saclices, así como una larga serie de hagiógrafos y poetas suritálicos y de Sicilia.[
No se cree ya en la asistencia divina, en la Providencia para que la ortodoxia resista el empuje de los bárbaros y surge la concepción trágica de la historia que ostenta Laónico Calcocondilas, para quien la caída de Constantinopla en 1453 reviste una importancia semejante a la de la caída de Troya y cuyo concepto de historia universal empieza a centrarse en otro imperio, el turco.
En respuesta a las nuevas influencias del Occidente romano, la literatura popular bizantina se movió en diferentes direcciones. Mientras que la poesía literaria es resultado de la atmósfera racionalista y neoclásica del período helenístico, la poesía o canción popular es una consecuencia de la literatura idílica y novelesca de ese mismo período. Cuando las obras literarias tenían sus prototipos en Luciano, Heliodoro, Aquiles Tacio y Nono, las obras populares imitaban a Apolonio de Rodas, Calímaco, Teócrito, y Museo.
La característica principal de la canción popular durante toda la Edad Media griega es su nota lírica, que encuentra expresión constantemente en giros emotivos. En la literatura bizantina, por otro lado, la mejora de la poesía erótica se debió a la introducción del concepto y los tópicos del amor cortés por parte de los caballeros francos en el siglo XII y después. Los bizantinos imitaron y adaptaron los materiales novelescos, sentimentales y legendarios que estos occidentales trajeron. Las influencias italianas impulsaron el resurgimiento del drama.
La celebración de los logros de los héroes griegos en la literatura popular era una consecuencia de los conflictos que los griegos mantuvieron durante la Edad Media con las naciones fronterizas del este del Imperio. Los libros populares que relataban las hazañas de estos antiguos héroes se extendieron y reanimaron la poesía heroica, aunque eran transmitidos con un profundo matiz romántico. Cuando las tendencias aticistas fueron gradualmente abandonadas el resultado fue una renovación completa de los ideales del pueblo y la ampliación de sus horizontes.
Por tanto, se realizó una completa reconstrucción de los géneros literarios bizantinos. De todos los géneros sobrevivió solamente la novela, aunque ésta asumió objetivos más serios y su campo se dilató. De las formas métricas solo quedó el verso político (quince sílabas). De estos materiales simples brotaron con abundancia nuevos tipos poéticos. Al lado de la narrativa romántica de heroísmo y amor surgieron las canciones populares de amor, e incluso los orígenes del drama moderno.
La única epopeya heroica genuina de los bizantinos es el Digenis Acritas, una cristalización poética popular de los siglos X y XI entre los guardias bizantinos de las marchas (ακρίτης) y los sarracenos del este de Asia Menor. El núcleo de esta epopeya es del siglo XII o XIII, pero su forma literaria final es del siglo XV. Aunque los académicos editaron los poemas originales hasta volverlos irreconocibles, una idea aproximada del poema original puede ser recompuesta a través de los numerosos ecos existentes en la poesía popular. Las versiones existentes presentan una mezcla de ciclos épicos inspirada en los poemas homéricos. Sus principales temas son el amor, las aventuras, las luchas y un disfrute patriarcal e idílico de la vida; es una mezcla de la Ilíada y la Odisea, pero la mayoría del material de la última se tiñe de atmósfera cristiana. La devoción genuina y un fuerte sentimiento de familia se unen a una íntima simpatía con la naturaleza. Artísticamente, el trabajo carece de calidad dramática y aparecen diversos personajes de las epopeyas germánicas y griegas clásicas; pero debe ser comparado más bien con las canciones heroicas eslavas y orientales, entre las que encaja adecuadamente.

La novela romántica de la Edad Media griega es el resultado de la fusión de la sofisticada novela alejandro-bizantina y el romanticismo popular francés medieval, a base de una visión helenística de la vida y la naturaleza. Esto está demostrado por sus tres creaciones principales, compuestas en los siglos XIII y XIV. Calímaco y Crisorroe, Beltandros y Crisanza, Libistros y Rodamne. Mientras la primera y la última de éstas estaba influido por la novela bizantina en ideas y manera del tratamiento, la segunda empieza a mostrar la influencia estética y ética de la antigua novela francesa; efectivamente, su historia a menudo recuerda a la leyenda de Tristán. El estilo es más claro y más transparente, la acción más dramática, que en las versiones existentes de la leyenda de Digenis. La idea ética es la idea romántica del título de caballero; el ganar al ser querido por el valor y atreverse, no por el riesgo ciego como en las novelas románticas literarias bizantinas. Al mismo tiempo que estas adaptaciones independientes del material francés, están las traducciones directas de Flore et Blanchefleur, Pierre et Maguelonne, y otros, que han pasado al dominio de la literatura universal.

Al período de la conquista franca pertenece también la métrica de la Crónica de Morea (siglo XIV). Fue compuesta por un franco traído de Grecia, aunque enemigo de los griegos. Su objeto era, entre el constante progreso de la helenización de los conquistadores occidentales, recordarles el espíritu de sus antepasados. Por lo tanto es solamente griego en la lengua; en la forma literaria y el espíritu es completamente franco. El escritor "describe minuciosamente las costumbres feudales que habían sido trasplantadas a la tierra de Grecia, y esto es quizás su méritos principal; las deliberaciones del Tribunal Superior son dadas con la mayor exactitud, y está muy familiarizado con la práctica de la ley feudal" (J. Schmitt). En el siglo XIV la crónica fue traducida al español y en el XV al francés e italiano.

Sobre la misma época y en la misma localidad de las islas pequeñas de la costa de Asia Menor, apareció la primera colección canciones de amor neo-griegas, conocidas como Canciones de amor rodias. Además de las canciones de varias clases y orígenes, contenían una novela completa, dichas en forma de una obra sobre números, un joven siendo obligado a componer cientos de versos estrofas en honor de la doncella a quien venera antes de que ella devuelva su amor, cada verso que corresponde a un número de uno a cien.

Entre los días de la influencia francesa de los siglos XIII y XIV y los de la italiana en el siglo XVI y siglo XVII, hubo un resurgimiento romántico y popular breve del antiguo material legendario. Ni había mucha necesidad ni mucho aprecio por este resurgimiento, y pocos de los héroes antiguos y sus actos heroicos son tratados suficientemente. La mejor de estas obras la Novela de Alejandro, basada en la historia de Alejandro el Grande, una versión revisada del Pseudo Calístenes del período ptolemaico, que es también la fuente de las versiones occidentales del Romance de Alejandro. La Aquileida, por otro lado, aunque escrita en verso popular y no sin gusto, está completamente carente del antiguo color local, y es más una novela de caballerías francesa que una historia de Aquiles. Para terminar, de dos composiciones de la guerra de Troya, una es completamente grosera y bárbara , la otra, aunque mejor, es una traducción literal del antiguo poema francés de Benoît de Sainte-Maure.
A éstos productos del siglo XIV podrían añadirse dos del XVI, ambos describiendo un descenso al infierno, evidentemente ramas populares del Timarion y Mazaris ya mencionados. Al primero corresponde el Apókopos, una sátira de muertos sobre vivos; la última los Piccatores, una pieza métrica decididamente larga pero bastante despoetizada, mientras que la primera tiene muchos pasajes poéticos (por ejemplo, la procesión de los muertos) y traiciona la influencia de la literatura italiana. De hecho la literatura italiana imprimió su carácter sobre la poesía popular griega de los siglos XVI y XVII cuando la literatura francesa lo había hecho ya en el XII y XIV.

Poesía popular cretense.

Cuando una poesía popular abundante surgió durante el último periodo mencionado en las islas de la costa de Asia Menor también una literatura similar se desarrolló en la isla de Creta. Sus creaciones más importantes son las epopeya romántica Erotokritos de Vitsentzos Kornaros y los dramas Erofile de Georgios Chortatzis y El sacrificio de Abraham con unas pocas imágenes de las costumbres y los modales. Estas obras quedan fuera de los límites de la literatura bizantina cronológicamente; sin embargo, como un necesario complemento y continuación del período precedente, deben ser discutidas aquí.
El Erotokritos es un largo poema romántico de caballerías, lírico en los personajes, calidades y didáctico en el propósito, es la obra de Cornaro, un veneciano helenizado del siglo XVI. Abunda en los temas y las ideas dibujadas en la poesía popular de la época. En la historia de Erotokritos y Aretusa el poeta glorifica el amor y la amistad, el valor caballeresco, la constancia, y el autosacrificio. Aunque las influencias extranjeras no se imponen, y el poema, como un todo, tiene un sabor griego nacional, revela varios elementos culturales, bizantino, romance, y oriental, sin proporcionar, sin embargo, el carácter de una combinación.
La tragedia de amor lírica de la que Erofile es más que un mosaico, siendo una combinación de dos tragedias italianas, con la adición de intermezzos líricos de la Jerusalén liberada de Torquato Tasso , y canciones corales de su Aminta. Sin embargo, los materiales son manejados con independencia, y más armoniosamente ordenados que en el original; el padre que ha matado al amante de su hija es asesinado no por la mano de su hija, sino por las damas de su palacio, por lo tanto, da una impresión más ofensiva. Debido al tono lírico de las obras algunas partes de ella han sobrevivido en la tradición popular hasta el tiempo actual.
La obra de misterio el Sacrificio de Abraham es una pequeña obra maestra psicológica, aparentemente una obra independiente. Los incidentes familiares y bíblicos manidos son vueltos a poner en el ambiente patriarcal de la vida familiar griega. El poeta enfatiza las peleas mentales de Sara, la resignación de Abraham a la voluntad divina, los presentimientos de Isaac, y la compasión afectuosa de los criados, en otras palabras, un análisis psicológico de los personajes. El motor principal de la acción son los premoniciones de Sarah de lo que va a suceder, evidentemente la invención del poeta muestra el poder del amor maternal. La dicción es distinguida por su alta belleza poética y por un dominio minucioso de la versificación.
Otros productos de literatura cretense son unas pocas adaptaciones de pastorales italianas, algunos poemas eróticos e idílicos, como el llamado Cuento de seducción (un eco de las canciones de amor rodias), y el precioso, pero ultrasentimental, idilio pastoril de la Pastora hermosa.
 El contenido de este artículo incorpora texto de la Enciclopedia Católica (1913), que se encuentra en el dominio público.

El legado de la literatura bizantina

La supremacía romana en la vida gubernamental no desapareció, amplificado cuando estaba unida con las despóticas tradiciones de gobernó. El sometimiento de la iglesia al poder del estado federal llevó a un gobierno eclesiástico, causando fricción con la Iglesia católica, que permaneció relativamente independiente.
El griego adelantó al final al latín como la lengua oficial del gobierno, las "Novellae" de Justiniano I es el último monumento en latín. A inicios del siglo XVII, el idioma griego había hecho un gran progreso, y antes del siglo XI el griego era supremo, aunque nunca reemplazó a las otras numerosas lenguas del imperio. Mientras que el mundo griego mantuvo la forma de su literatura clásica, lo mismo no puede ser dicho del sentido clásico de la poesía y la imaginación. La cultura bizantina rompió totalmente con la estética clásica. En literatura y en las artes plásticas la estética oriental estético venció.
Algunos géneros como el verso lírico y el drama se extinguieron, mientras que solo las secciones menores de la literatura de cualquier gran grado de arte consiguió estar. El sentido clásico de la proporción, la belleza, y la poesía desaparecen completamente, reemplazados por un placer en el grotesco y en lo desproporcionado por una parte, y en insignificancias ornamentales por el otro.
Las condiciones sociales, más la de oriente que las de la cultura ateniense / romana clásicas, apoyaron estas tendencias estéticas.
La pérdida de un cuerpo libre, de ciudadanos educados por la centralización bizantina y el estancamiento consiguiente de la vida municipal afectó a su literatura directamente. Ningún rival fue permitido en Constantinopla. La literatura preocupaba solamente los latos magistrados y clases sacerdotales; fue aristocrático o teológico antes que popular. Los patrones clásicos podían ser imitados porque solamente las clases altas se preocupaban por la literatura, pero divorciada de la vida del pueblo, carecía de espontaneidad genuina. La himnología eclesiástica infundió vida fresca a la literatura durante algún tiempo, pero incluso esto era de origen oriental, creciente fuera de Siria. En Bizancio, las influencias eclesiásticas y orientales coincidían. --> El Imperio Romano de Oriente dividió la civilización europea en dos partes: una romance y germánica, la otra griega y eslava. Estas culturas diferían etnográfica, lingüística, eclesiástica, e históricamente. La Rusia imperial, los Balcanes, y el Imperio otomano fueron los herederos directos de la civilización bizantina; las primeras dos sobre en los aspectos eclesiásticos, políticos y culturales (mediante la traducción y adaptación de la literatura sacra, histórica y popular; la tercera en el aspecto del gobierno civil.
Indirectamente, el Imperio protegió a Europa occidental durante siglos de guerra, luchando contra varios invasores y poblaciones migratorias. Bizancio fue además un tesoro de la antigua literatura griega. Durante la Edad Media, hasta la toma de Constantinopla, Oriente estaba familiarizado con la literatura romana. La antigüedad griega fue llevada primero por los tesoros llevados por los humanistas griegos fugitivos.
La cultura bizantina tuvo una influencia directa sobre la música religiosa y la poesía de Europa central y meridional, hasta el siglo siglo XVII.

La cultura bizantina tuvo un impacto definitivo sobre Oriente Próximo, especialmente sobre los armenios, los persas, y los árabes. Aunque Bizancio recibió de estas naciones más que de lo transmitió, los bizantinos dieron un fuerte impulso intelectual a Oriente, enriqueciendo su literatura académica, aunque para esto sirvieron principalmente como intermediarios.




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