Apuntes de clases

Clases de filosofía y ciencias bíblicas del Instituto de Humanidades Luis Campino, y la Parroquia de Guadalupe de Quinta Normal.


El texto masorético.-a


 Curso de ciencias bíblicas en la parroquia de  Guadalupe de la comuna de Quinta Normal, años 2009




 HABLA, LENGUA, IDIOMA, LENGUAJE, DIALECTO


Los seres humanos hablamos, y no hay fecha de inicio para esa práctica. Diferentes investigadores, como Franz Boas (antropólogo), Noam Chomsky (generativista) o Steven Pinker (psicolingüista), entre muchísimos, estipulan diferentes fechas para el inicio de esta habilidad. 

Pero sea cual sea la fecha de inicio (¿60.000 años atrás? ¿100.000? ¿150.000?), los humanos hablamos desde mucho tiempo antes de que a alguien se le ocurriera ponerle nombre a esta habilidad, e incluso antes de ponerle nombre al idioma propio frente a los ajenos. 

Y como señala Joshua Fishman, uno de los pioneros de la sociología del lenguaje,  siempre se conocieron diferentes formas de expresarse, no solo por contraste frente a otra comunidad sino dentro de una misma comunidad.


La determinación de qué etiqueta le ponemos (lengua, idioma, dialecto, jerga u otras) es meramente política: hablamos, desde siempre, y cómo se denomine a lo que hablamos, qué forma se privilegia y qué forma se condena no depende de aquello que decimos sino de la evaluación que se hace sobre lo que decimos.



Cuál es la diferencia entre un idioma y un dialecto? 


Los sistemas de comunicación verbal o escrita que se establecen de manera convencional se llaman idiomas o lenguas. Algunos ejemplos son: el español, el inglés, el náhuatl, el chino, el maya, el zapoteco, el portugués, el japonés, el francés, el alemán, etcétera. Estos sistemas se manifiestan en dialectos, que son los modos particulares o regionales en que se usan las lenguas. En ellos, suelen aparecer voces locales que sólo se entienden en algunas regiones. 


El español, idioma hablado en muchos lugares del mundo, tiene diversos dialectos, como el español de México, el español de Colombia, el español de Cuba, el español de España, etcétera. Lo mismo ocurre al interior de los países, por lo que en el nuestro se pueden identificar también dialectos o zonas lingüísticas distintas, por ejemplo, el español del centro del país, respecto del que se habla en el norte o en el sur. 

Así, mientras que en el norte de México se les dice  plebes  a los niños, se les llama escuincles, nenes ,  chamacos, chilpayates, críos, chavales, pibes, bukis,  etcétera, en otras regiones hispanohablantes.


Idioma (RAE)


Del lat. tardío idiōma 'peculiaridad de estilo', 'lenguaje propio de un autor', y este del gr. ἰδίωμα idíōma, der. de ἴδιος ídios 'privado, particular, propio'.


1. m. Lengua de un pueblo o nación, o común a varios.

2. m. Modo particular de hablar de algunos o en algunas ocasiones. En idioma de la corte. En idioma de palacio.


Dialecto. (RAE)


Del lat. dialectus, y este del gr. διάλεκτος diálektos.

1. m. Variedad de un idioma que no alcanza la categoría social de lengua.

2. m. Ling. Sistema lingüístico considerado con relación al grupo de los varios derivados de un tronco común. El español es uno de los dialectos nacidos del latín.



Es conocido que la Biblia se escribió en tres idiomas: el Antiguo Testamento, salvo algunos capítulos, en hebreo; los capítulos excepcionales en arameo, y el Nuevo Testamento en griego. El uso de tres idiomas no es una casualidad.


Hebreo.

Nos parece lógico el uso del hebreo en los libros del Antiguo Testamento. Sin embargo, al investigarlo bien, no lo es tanto. Según la tradición histórica, las tribus hebreas entraron a Palestina en el segundo milenio a.C. Llegaron desde Mesopotamia, donde habla­ban el arameo. Por otra parte, las antiguas tribus de Palestina hablaban un idioma parecido al hebreo. 
Eso significa que el antiguo lenguaje de los judíos era el arameo y sólo en Palestina lo cambia­ron. Esta evolución seguramente fue lenta, pero cuando los autores y redactores del Antiguo Testamento escribieron sus obras inspiradas, en el primer milenio a.C., ya hacía casi 500 años que el hebreo era el idioma de los judíos.
Ambos, tanto el hebreo como el arameo, pertenecían a la familia lingüística semita, que se dividió en diferentes idiomas y dialectos, utilizados en gran parte del Cercano Oriente. Su escritura siguió la forma cuneiforme durante casi 3000 años. 
En el Norte de Mesopotamia se hablaba el arameo en el segundo y primer milenio a.C., que no es igual al acadio y tampoco al hebreo, aunque fuese un idioma semita. En la costa de Siria floreció el ugarítico y se creó una gran cultura en esta lengua.

Nuestros conocimientos sobre los idiomas semitas se ampliaron mucho después del descubrimiento de las tablillas de arcilla de Rash Shamran, el antiguo Ugarit, en el año 1929. Ugarit, en Siria, era una gran ciudad comercial de carácter internacional. Los textos allí encontrados eran épico-mitológicos. De éstos se podía descifrar una escritura alfabética cuneiforme con alrededor de 30 signos desconocidos hasta aquel entonces, mientras la escritura acadia tenía varias centenas de signos. El descubrimiento ha ayudado mucho a comprender mejor la lengua hebrea y también la poesía bíblica.
El idioma de los fenicios también era semita. Los fenicios, como pueblo navegante, viajaban por toda la región mediterránea y fue­ron los fundadores de la cultura de Cártago. La Península Arábiga, según algunos lingüistas, fue la cuna de las lenguas semitas, pues allí vivían los árabes. También en Etiopía se usaba un idioma semita, que era la mezcla de los elementos lingüísticos africanos y semitas. Los idiomas semitas tenían origen común, pero no eran iguales. La diferencia era parecida a la que hay hoy entre el italiano, el francés y el español.

Aparentemente, los historiadores de los países que hablaban algún idioma semita, sabían que todos ellos tenían un origen común, pero según nuestros conocimientos, no se hizo nada para formar un solo idioma semita.
Según la tradición judía, el idioma común habría sido el antiguo hebreo hasta la historia de la confusión de las lenguas en la Torre de Babel (Gen. 11). Este idioma ha sido preservado en su forma original sólo por los descendientes de Shem y luego por los descendientes de Abraham.
Si aceptamos que el idioma hablado por los judíos desde su llegada a Canaán, y más adelante durante un milenio, fue el hebreo, surge la pregunta ¿por qué fueron escritos algunos capítulos de la Biblia en arameo?

Acontecimientos históricos de mucha importancia desempeñaron un papel importante en los entretelones de este fenómeno que, por lo menos parcialmente, contestan la pregunta. Los grandes reyes de Asiria-Babilonia extendieron su poder y autoridad ya en el II -1 milenio a.C. hasta el Mar Mediterráneo. Durante las diferentes expediciones militares conquistaron el Reino de Israel y también el de Judea. La conquista trajo consigo una influencia lingüística y cultural para los judíos, y después de la deportación de los judíos de Judea a Babilonia, quedaron muy pocos en este territorio quienes siguieron hablando en hebreo, mientras el uso del arameo se extendía.
La extensión de la divulgación del idioma arameo estaba relacionada con la extensión del Imperio Persa. El idioma oficial de este gran imperio no era el persa sino el arameo, y además, éste se transformó en un idioma internacional, tanto en su forma hablada como escrita, incluso en actas y protocolos oficiales a nivel internacional.
En las investigaciones arqueológicas realizadas en los últimos decenios en Irán, en los territorios del antiguo Imperio Persa, se encontraron muchos documentos oficiales escritos en arameo, otros, parte en arameo y en griego, y había también algunos sólo en griego. Se han encontrado documentos escritos en arameo también en Etiopía, en Egipto e incluso en el Norte de India y en el interior de Asia.

Es comprensible que cuando los persas destruyeron el imperio de los babilonios (siglo VI. a.C.) y dejaron regresar a los judíos de su exilio forzado, los mismos retornados y, más tarde la influencia persa ejercida sobre el Estado judío reconstruido, abrieron las puertas para el uso del arameo. En consecuencia, el uso del hebreo disminuyó mucho y poco a poco se transformó sólo en el idioma del culto y de la literatura religiosa; dejó de ser el idioma de habla cotidiana, aunque según algunos investigadores, entre 1500 - 500 a.C. en Palestina sí se hablaba el hebreo.
No existe una respuesta aún del porqué en la Biblia se escribieron algunos capítulos y palabras dispersas en arameo, en circunstancias que el idioma del culto y de la literatura era el hebreo.
Los textos arameos del Antiguo Testamento son: en el Libro de Esdras: Cáp.4.6 hasta 6.19; 7.11 - 26, además muchos nombres dispersos; en el Libro de Daniel: Cáp. 2.4 hasta 7.28 y algunas palabras sueltas. Cabe mencionar que palabras sueltas en arameo se encuentran también en otros libros.
Los libros de Esdras y Daniel han sido redactados en el siglo II a.C. Así, el uso del arameo es comprensible, pero no lo podemos explicar, ¿por qué están las partes citadas en arameo y otras no? ¿Por qué no hay más textos en arameo? ¿Por qué no está escrito todo en hebreo, o todo en arameo?

Se sabe que la escritura hebrea y también la aramea en su forma original señalan sólo las consonantes y no las vocales, lo que a veces dificulta la investigación y la interpretación científicas de los textos, pues las palabras que no tienen vocales pueden ser leídas e interpretadas en diferentes formas. Aunque no es cierto que el hebreo y el arameo no conozcan las vocales o no tengan señales para éstas, es cierto que los manuscritos originales han sido escri­tos sin vocales. 
Lo mismo pasó en la literatura religiosa y no religiosa hebrea durante casi toda la historia; incluso en nuestra época gran parte de los diarios y libros del Estado de Israel se publican sin vocales. Sólo mucho más tarde, en los siglos IX-X d.C., es decir casi mil años después de haber sido escritos los textos bíblicos, científicos especializados llamados "masoretas" definieron en España, Francia e Italia los textos, agregando las vocales correspondientes. Incluso agregaron ciertas señales (neguina) para fijar las melodías de su cantilación. Estos mismos científicos definieron la separación y la señalización de las frases y de los capítulos.

No se puede olvidar que textos formados sólo por consonantes estaban en uso ya hace 1.000 - 1.500 años. Como consecuencia del uso, las múltiples reproducciones estaban bastante gastadas y mostraban diferencias entre sí, surgidas de la mala caligrafía de los copiadores. Eso dificultaba la fijación definitiva de los textos, aunque hayan existido ya traducciones (arameo, griego, latín, árabe, etc.) que pudieran servir para compararlas con los textos originales y definirlos.
Hoy, los textos que usamos están escritos con consonantes, vocales, neguinot y puntuación. Sin embargo, difícilmente podemos decir que no haya expresiones que se presten a diferentes interpre­taciones. Además, hay muchas palabras señalizadas en la Biblia donde la lectura (keré) no corresponde a la forma escrita (ketav). Sin eso, no se podrían aclarar ciertas frases o darles lectura e interpretación uniformes.
Los Rollos del Mar Muerto (Qumrán) descubiertos en 1947 -que contienen fragmentos de todos los libros del Antiguo Testamento, salvo del Libro de Ester- han sido escritos parcialmente en hebreo y parcialmente en arameo y, por supuesto, sin vocales. Aunque fueron copiados más de 1.000 años antes de que los masoretas hubiesen terminado su labor de definir el texto, son casi iguales con los textos actualmente conocidos. Eso demuestra el alto nivel de conocimiento, dedicación y labor de los masoretas.

El idioma del Nuevo Testamento es el griego. Considerando lo antedicho puede surgir la pregunta: 

¿por qué no en hebreo o en arameo?

Hay dos razones. Primero tenemos que considerar que, en la situación de Palestina, hubo grandes cambios durante el siglo III a. C. Desde ese momento no era el arameo el único idioma popular, sino también el griego, cuya importancia crecía cada vez más. A consecuencia de las guerras victoriosas de Alejandro Mag­no, el griego se introdujo en casi todos los países, desde África del Norte hasta la India septentrional y muy rápidamente se transformó en el idioma de las relaciones internacionales. La destrucción del Imperio Persa por Alejandro Magno hizo posible la formación de un nuevo imperio y, aunque más tarde se dividió, siempre quedó bajo la influencia de la civilización griega.
Las grandes guerras de conquista no han causado siempre grandes cambios en la historia cultural de la humanidad. Sin em­bargo, las guerras de Alejandro Magno transformaron el carácter cultural de los países mediterráneos y del Cercano Oriente. Las antiguas culturas nacionales empezaron a debilitarse y se formó una nueva cultura sincrética: la cultura helenista, en la que se absorbían los elementos nacionales y étnicos con la cultura griega. Esto trajo consigo la formación de una cultura internacional, o mejor dicho, multinacional.
Al lado de la cultura sincrética desarrollada en Egipto y en Asiria-Babilonia, comenzó a existir una cultura sincrética también en Palestina, que abrió paso cada vez más a la influencia griega. 
Esta puso su sello en las modalidades de la vida urbana, pero no tanto en el conocimiento de los valores de la cultura griega antigua. La parte tradicional y fiel al pasado del pueblo judío, encabezado por los Macabeos, resistió a esta influencia negativa y a veces destructora, que no quiso respetar las leyes y tradiciones religiosas. Aunque con guerras sangrientas pudo resguardar la práctica religiosa tradicional, no se pudo evitar la influencia cultural.

Los idiomas que hablaba Jesús.

Jesús hablaba a sus seguidores en arameo y tal vez también en hebreo, pero sus discípulos no publicaron sus enseñanzas en estos idiomas sino en griego, con la intención de poder divulgarlas no sólo en el ambiente judío sino también en el universal.

El griego helenista.

Sin embargo, el griego del Nuevo Testamento no es el mismo idioma en el cual escribían los grandes escritores o poetas, cuya época fue anterior casi en 500 años. Durante este lapso el griego sufrió muchos cambios, especialmente en la parte gramatical y también en la composición de las frases. 
El lenguaje del Nuevo Testamento era el "koiné", el idioma popular común, divulgado en el mundo helenista. La lingüística no se ha preocupado por esta variedad; se ha investigado sólo después del descubrimiento arqueológico de varios papiros y textos helenísticos en el siglo pasado y en el nuestro. Ha sido posible así demostrar la evolución de la lengua griega desde la época clásica hasta la helenista.
El mundo del Nuevo Testamento era un mundo especial en la época helenista, relacionado estrechamente con el Antiguo Testamento en su pensamiento y contenido. Muchos científicos han preguntado por qué no se considera el idioma griego del Nuevo Testamento como una variación bíblica del "koiné".
En el siglo pasado había seguidores de esta idea entre los lingüistas. Hoy este concepto se ha abandonado, porque se ha visto que el idioma del Nuevo Testamento es casi igual al "koiné" hablado en cualquier parte del mundo helenista. Las eventuales diferencias son de carácter local o tal vez era tan sólo un dialecto.
El "koiné" del Nuevo Testamento junto a la traducción griega de la Biblia, la versión de los Setenta, son las más importantes expresiones de la lengua griega, siendo las más extensas realiza­ciones del "koiné" y por lo tanto, lo estudian mucho también los lingüistas.

Es completamente claro que los redactores del Nuevo Testamento utilizaban el "koiné" para su labor, lo que no significa que éste fuera su idioma materno. No hay duda que ellos hablaban en arameo y es casi seguro que hablaban también el hebreo como idioma del Antiguo Testamento y del culto religioso. 
Es interesante notar que el redactor, en los momentos de tensión, cita las palabras de Jesús en arameo, como por ejemplo: 
"talita kumi" "levántate niña", o "Eli, Eli, lama shabaktani" - "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?".
Aunque se supone que en sus conversaciones y en los diálogos los redactores usaron el arameo, no se puede decir que el texto griego sea una traducción -como algunos sugieren-. Hay que tener cautela para contestar a esta sugerencia. Parece que existieron anotaciones en arameo, incluso también en hebreo, pero la redacción final se hizo en griego.


LAS LENGUAS DE LA BIBLIA



 La Biblia surgió en un contexto plurilingüe. La cultura mesopotámica nació de la simbiosis de dos lenguas tan dispares como el sumerio y el acadio. De esta manera, casi desde sus primeros momentos, la Biblia fue una obra políglota: La Biblia hebrea contiene partes en arameo; la Biblia cristiana recoge libros escritos en griego o traducidos al griego. También es importante el hecho de que la Biblia se leyera e interpretara desde el primer momento en relación con una segunda lengua. Ya desde la época del exilio babilónico (Siglo VI A.C.) los judíos vivieron en un contexto bilingüe o incluso trilingüe y en consecuencia leían o estudiaban la Biblia con una segunda lengua, el arameo a partir de la época persa o el griego a partir de las etapas helenística o bizantina.


 El mapa lingüístico de Palestina en torno al cambio de era en el momento del nacimiento del cristianismo se caracterizaba por un enorme pluralismo lingüístico. En Jerusalén y en Judea se hablaba preferentemente el hebreo, dejando el arameo como una segunda lengua. El hebreo conoció un particular renacimiento tras la revuelta de los Macabeos (Mediados del siglo II A.C.) y simultáneamente se produjo también otro renacimiento en la literatura hebraica (Eclesiástico, Tobías, Jubileos, escritos de la comunidad de Qumrán…). La acuñación de monedas con inscripciones en hebreo es también una buena prueba de ello. Jesús de Nazaret hablaba posiblemente el arameo en su dialecto galileo pero no cabe descartar que se sirviera también del hebreo e incluso del griego (No hay ningún dato sobre la presencia de traductores durante las conversaciones del Maestro con las autoridades romanas). En la zona costera mediterránea y en Galilea se hablaba con preferencia el arameo, con una cierta preponderancia sobre el griego. En dicha región el hebreo era tan sólo una lengua literaria.


 Las lenguas de la Biblia son el hebreo, el arameo y el griego. Tanto el hebreo como el arameo pertenecen a la familia de las lenguas semíticas que se dividen a su vez en cuatro grupos: 

1- Semítico del Noroeste (El cananeo y sus distintas formas: Hebreo, moabita y edomita, por una parte, y ugarítico, fenicio y púnico por otra). 

2- Semítico del Norte (Básicamente el arameo subdividido en dos grupos: El Occidental, que incluye tanto el arameo bíblico como la Gemará del Talmud palestino, y el Oriental, constituido por el arameo del Talmud de Babilonia y el siríaco). 

3- El Semítico del Este (Fundamentalmente el acadio y sus filiales asirio y babilónico) y 4- El Semítico del Sur (Incluyendo el árabe y el etiópico)


HEBREO:


 El hebreo es conocido en la Biblia como la lengua de Canaán (Is 19,18) y como judío (Is 36,11). Los grupos de hebreos relacionados con los hapiru de las fuentes egipcias entraron en Canaán a finales del siglo XII A.C. sumándose a otras tribus del futuro Israel que se encontraban allí desde antiguo. Tras la sedentarización, todos estos grupos comenzaron a hablar el hebreo, lengua cuyo alfabeto consta de 22 caracteres que se corresponden en su totalidad con las letras consonantes. En un primer período, durante los años 900-600 A.C., la ortografía hebrea tendía a representar gráficamente sólo las consonantes. Hasta los siglos V y VI de nuestra era, el hebreo no comenzó a disponer de un sistema de escritura dotado de vocales, indicándose las mismas mediante puntos y trazos diversos y no mediante letras como en las lenguas occidentales. 

Esta estructura consonántica de la lengua hebrea daba lugar a una inevitable duplicidad de sentidos en numerosos textos legales y narrativos por lo que se hizo necesario el ejercicio del deras o interpretación conforme a los métodos de la hermenéutica rabínica. Otra dificultad añadida que presenta el hebreo son los llamados tiempos del verbo que en realidad no designan el tiempo de la acción sino el carácter concluso o inconcluso de la misma. De esta manera, el lector debe deducir contextualmente si el verbo se refiere a tiempo pasado, presente o futuro.


 En sus orígenes, el hebreo disponía de terminaciones específicas para indicar el caso de los nombres. Sin embargo, y a semejanza de las lenguas romances derivadas del latín, los casos terminaron por desaparecer y las relaciones de dependencia entre palabras pasaron a ser expresadas mediante el orden de las mismas y la utilización de partículas. Esta pérdida del caso en el hebreo determinó el paso de una lengua sintética a otra analítica. Aún así, el hebreo conserva el caso genitivo, también llamado constructo. Pero el hebreo es una lengua relativamente pobre en adjetivos, careciendo de formas específicas para expresar el comparativo y el superlativo. La sintaxis prefiere la parataxis a la hipotaxis (Completa subordinación de frases, elemento característico del griego y el latín), lo que confiere a sus narraciones un estilo popular y sencillo, frecuentemente aliñadas con expresiones arcaicas en los desarrollos poéticos. En cuanto a la lexicografía, el hebreo tomó numerosos préstamos de las lenguas vecinas (Egipcio, hitita, hurrita, frigio y lidio) y de la rama del Semítico Oriental (Asirio y babilónico). En lo relativo a las lenguas no semitas, el hebreo adquirió préstamos del persa. (Hoy en día parece demostrado que del griego adquirió préstamos léxicos mediante su traducción al persa)


 El concepto de hebreo bíblico no deja de ser una ficción: Los textos bíblicos reflejan más de un milenio de desarrollo lingüístico por lo que no pueden menos de reproducir hebreos diferentes, incorporando además diversos dialectos. La formación de las colecciones de libros bíblicos, así como la transmisión, traducción e interpretación del texto de los mismos se llevó a cabo a lo largo de los siglos, a los que correspondió el uso del hebreo clásico y del hebreo de Qumrán. Pero durante la época helenística y romana, el hebreo clásico sobrevivió no sólo como lengua hablada sino también como lengua escrita, fuera incluso del ámbito de la sinagoga, como así lo demuestran los documentos hallados en Qumrán. Posteriormente, el llamado hebreo misnaico se inscribe en la evolución lingüística de la lengua hebrea clásica con características propias que lo constituyen como una verdadera lengua literaria. El texto de la Misná presenta mayores diferencias con respecto al hebreo clásico que con el propio arameo. Durante la Edad Media, junto a composiciones escritas en un hebreo un tanto artificioso y alejado de la lengua viva, se encuentran escritos en prosa y poesía de un estilo muy elegante, comparable al de los textos bíblicos, aunque inevitablemente influenciado por los modelos árabes. En los siglos XIX y XX el hebreo experimentó un renacimiento pese a que en realidad nunca había caído por completo en un estado de total abandono. Prácticamente, todo el texto bíblico correspondiente a lo que los cristianos conocen como Antiguo Testamento se redactó originalmente en hebreo, a excepción de unos pasajes de Esdrás, Daniel y Jeremías.


ARAMEO: 


A partir de la época del exilio de Babilonia (Siglo VI A.C.) el arameo, que ya por entonces era la lengua internacional de las cancillerías orientales, comenzó a suplantar al hebreo como lengua de uso corriente entre los judíos. Las inscripciones más antiguas que se conocen del arameo proceden del siglo IX A.C. Posteriormente, el arameo se convirtió en la lengua oficial de los imperios asirio, neobabilónico y persa. Con las conquistas de Alejandro Magno, el griego trató de desplazar al arameo como lengua internacional aunque el uso de este último conoció el período de mayor difusión en Oriente.


 Tres son los períodos sucesivos los que conoció la lengua aramea a lo largo de la historia: 

1- El Período Antiguo, que se corresponde con las inscripciones de Zinjirli escritas en un dialecto arcaico de características occidentales. El arameo imperial era el utilizado por las poblaciones de las regiones occidentales que fueron absorbidas por el imperio asirio. Las breves inscripciones del texto bíblico escritas en arameo, con la excepción de unos pasajes de Daniel, se corresponden con el arameo imperial. 

2 – El Período Medio, correspondiente a la época comprendida entre el 300 A.C. y el 200 D.C. Tras la helenización, el arameo imperial sufrió un proceso de fragmentación en dialectos locales en que pervivió como lengua literaria y de uso en documentos oficiales. En esta lengua literaria están redactados algunos capítulos en arameo del libro de Daniel así como algunos textos encontrados en Qumrán (Tobías, Sueño de Nebónida, Enoc y Melquisedec, Pseudo-Daniel, Génesis Apócrifo, Testamento de Leví, Targum de Levítico y Targum de Job). En esta misma lengua literaria se escribió también el Targum Onqelos del Pentateuco y el Targum Jonatan de Los Profetas. (Se llama Targum a las transcripciones parafraseadas de las Escrituras en lengua aramea).

 3 – El Período Reciente se extiende hasta después de la conquista árabe, del 200 al 900 D.C. En esta época el arameo aparece fraccionado en varios dialectos del que el más importante es el llamado grupo occidental que incluye al galileo (Talmud de Jerusalén y Midrashin palestinos) y al cristo-palestinense hablado por los judíos convertidos al cristianismo. 

El conocimiento del arameo de esta época es fundamental para el estudio de la historia de la transmisión, traducción e interpretación de la Biblia en el mundo oriental palestino y babilónico, ya que por entonces se empezaron a sistematizar las tradiciones de vocalización del texto bíblico por medio de la masora (Cuerpo de notas sobre el texto de la Biblia hebrea)


GRIEGO:


 En griego están escritos los llamados libros deuterocanónicos del Antiguo Testamento, esto es, aquellos libros que no forman parte de la Tanak o Biblia hebrea pero que sí aparecen en la Biblia griega (1 y 2 Macabeos, Baruc, Carta de Jeremías, Oración de Azarías — Dan 3, 26-45 — Cántico de los tres jóvenes — Dan 3, 52-90a — Sabiduría, Eclesiástico, 3 y 4 Macabeos, Adiciones a Ester, Tobías, Judit, Susana, Bel y el Dragón). Es preciso puntualizar aquí que el Eclesiástico (Ben Sirá o Sirácida) fue escrito originalmente en hebreo o arameo. También el griego fue la lengua original del Nuevo Testamento aunque hoy parece comúnmente aceptado que muchos de los dichos (Logia) de Jesús se transmitieron por algún tiempo en arameo e incluso en hebreo.


 Ya los escritores de la antigüedad tardía no dejaron de manifestar su aversión por el lenguaje utilizado en la célebre versión bíblica de los LXX y en el Nuevo Testamento, ya que les parecía muy alejado de los cánones del griego clásico. Los grandes apologetas cristianos — Crisóstomo, Agustín, Jerónimo, etc… — trataron de justificar el estilo de los escritores bíblicos, descuidado y tosco, pero sencillo y popular a la vez. Si bien los humanistas del Renacimiento percibieron también la distancia que separa el griego bíblico del de los clásicos, fue durante los siglos XVII y XVIII cuando se desarrolló una agria y no menos famosa polémica entre los hebraístas — quienes atribuían al influjo de la lengua hebrea cualquier desviación del griego bíblico respecto del clásico — y los helenopuristas — quienes no admitían la presencia de hebraísmos y otros barbarismos en las Escrituras. Incluso en el siglo XIX no faltaron quienes, de manera un tanto bondadosa, trataron de explicar las peculiaridades del griego del Nuevo Testamento en virtud del carácter inspirado de esta lengua, que habría sido diseñada para servir de cauce expresivo a la revelación divina.


 El estudio de algunos papiros hallados en Egipto permitió determinar que la lengua de los LXX y del Nuevo Testamento es un reflejo de la koiné o lengua común hablada desde los tiempos de Alejandro Magno hasta finales de la Edad Antigua. Es preciso advertir que la koiné era tanto la lengua vulgar del pueblo como la culta de los escritores de aquella época (Polibio, Estrabón, Filón, Flavio Josefo y Plutarco). Esta lengua conserva la estructura básica del dialecto ático mezclada con elementos jónicos, dóricos y eólicos, y a su vez mezclada con aportaciones de otras lenguas. La consideración del griego bíblico como lengua koiné del período helenístico no debe impedir reconocer las particularidades características de la lengua bíblica griega que no puede ser identificada sin más matices con el griego secular de los papiros y cuyo influjo semítico se advierte no sólo en la presencia de hebraísmos sino también en la lexicografía, semántica y estilística.


 Se ha querido explicar también la peculiaridad del griego bíblico mediante la hipótesis de la existencia de un dialecto “judeo-griego” escrito y hablado por judíos en diversos lugares y épocas. En la actualidad, se tiende a explicar las características propias del griego de los LXX como un fenómeno derivado de la propia traducción, lo que justifica y hace necesario un estudio intenso de las técnicas de traducción empleadas en esta versión. Para definir el griego neotestamentario quizás sea preciso recurrir a una explicación ecléctica que tenga en cuenta factores muy diversos: Los evangelios sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) y los logia de Jesús reflejan un griego de traducción más literaria que literal. El influjo de los LXX (Sobre todo en el Evangelio de Lucas) es evidente en todo el Nuevo Testamento así como en la utilización de las cartas paulinas de conceptos hebreos como los de justificación o propiciación. Por lo que respecta al Apocalipsis, refleja sobre todo el habla judeo-griega de las sinagogas.


 El estudio científico de la Biblia requiere un conocimiento previo de las lenguas en las que fueron escritos los libros bíblicos: Hebreo, arameo y griego en la versión de los LXX. Pero para un determinado tipo de estudios es preciso también el conocimiento de las lenguas a las que fue traducida la Biblia en los primeros siglos del cristianismo (Latín, siríaco, copto y armenio). Por otra parte, los descubrimientos modernos han rescatado del olvido otras lenguas semíticas con las que el hebreo está emparentado (Acadio, ugarítico, fenicio…) así como lenguas no semíticas que de un modo u otro influyeron en el hebreo y en el arameo. Por ello, y ante todo, el “biblista” ha de ser un verdadero y contrastado políglota.




El texto masorético.

El texto masorético es la versión hebraica de la Biblia usada oficialmente entre los judíos. En el cristianismo se utiliza con frecuencia como base para las traducciones del Antiguo Testamento. Fue compuesta, editada y difundida por un grupo de hebreos conocido como masoretas entre el siglo I y el X d. C. Contiene variantes, algunas significativas, respecto de la versión griega llamada Septuaginta.
La palabra hebrea mesorah (מסורה) se refiere a la transmisión de una tradición. De hecho, en sentido amplio, se refiere a toda la cadena de la tradición hebrea. Pero en el ámbito del texto masorético la palabra asume un significado específico, relacionado con notas marginales en los manuscritos (y más tarde impresos) de la Biblia Hebraica en las que hay particularidades del texto, relacionadas sobre todo con la pronunciación exacta de la palabra.
Los más antiguos manuscritos completos del texto masorético vienen del siglo IX d. C., pero existen fragmentos más antiguos que parecen pertenecer a la misma familia textual. Por ejemplo, entre los Manuscritos del Mar Muerto, los fragmentos encontrados en otros puntos del desierto de Jadea y el texto masorético, algunos de estos difieren en una letra de cada mil. En cambio otros fragmentos tienen diferencias mucho más acusadas.

Etimología.

El término hebreo masorah (tradición) aparece en diversas formas. Tiene su origen en el Libro de Ezequiel 20, 37 con el significado original de cadena. La inmutabilidad del texto era una característica propia, que lo “encadenaba” o lo “ligaba” al contexto. Cuando, en el curso del tiempo, la Masorah se volvió una disciplina tradicional, el término comenzó a significar “entregar” y asumió el significado de “tradición”.

Lengua y forma.

El lenguaje del texto masorético es en parte hebraico y en parte arameo . Las anotaciones masoréticas se han encontrado con diversas formas:

i.-en trabajos diversos (por ejemplo Oklah we-Oklah)
ii.-en la forma de notas escritas en los márgenes y al final de los códices. En algunos casos las notas están escritas entre líneas. La primera palabra de cada libro bíblico está también, por lo general, rodeado de notas. Estas últimas se llaman masorah inicial; las notas en los márgenes a un lado o entre columnas son llamadas masorah pequeña o interna; las de los márgenes de abajo o arriba masorah grande o externa. El nombre gran masorah se aplica algunas veces a las notas lexicales que se colocan al final de la Biblia impresa, llamada masorah final.

La masorah pequeña consiste en breves notas con referencias a lecturas marginales, a estadísticas que indican el número de veces en que una forma particular se encuentra en las Escrituras, a una pronunciación precisa o errada y a letras escritas de manera anómala.

La masorah grande es más abundante en notas. La final comprende todas las rúbricas más largas para las que los espacios no podrían encontrarse en el margen y están puestas en orden alfabético en la forma de una concordancia. La cantidad de notas que contiene la masorah final está condicionada por la cantidad de espacios vacíos en cada página. En los manuscritos esto varía también con el salario que se daba a quien copiaba.

Origen.

El Talmud y algunos manuscritos de los caraítas afirman que una copia de referencia de la Biblia hebraica se conservaba en el Templo de Jerusalén para ser usada por los copistas; existían además correctores pagados de los libros bíblicos entre los empleados del templo.
Esta copia es mencionada también en la Carta a Aristeas núm. 30;2 en las afirmaciones de Filón (preámbulo de su análisis de la constitución política de los hebreos) y en Flavio Josefo, Contra Apionem I, 8.
Otra historia talmúdica, quizás en referencia a tiempos antiguos, cuenta que tres rollos de la Torá fueron encontrados en el Templo pero que eran distintos. La cuestión fue resuelta con una decisión por parte de una mayoría por una de las tres versiones.

Masorah numérica.

En la antigüedad clásica los escribas eran pagados por su trabajo según el número de textos copiados. Los libros de la Biblia, en prosa, se prestaban mal a ello, y los escribas comenzaron a contar las letras. A partir de este uso se desarrolló con el tiempo la masorah numérica, que cuenta y reagrupa los elementos del texto. La recolección de manuscritos y la importancia de sus diferencias ha dado material para la Masorah crítica. 
La relación estrecha que existía (desde los Soferim hasta los Amoraim) entre el maestro de la tradición y el masoreta -que muchas veces eran la misma persona- explica la masorah exegética. Finalmente el desarrollo de un sistema gráfico de acentuación y vocalización ha dado pie al nacimiento de la masorah gramatical.

Fijación del texto.

La subdivisión en palabras, libros, secciones, parágrafos, versículos y capítulos (citados probablemente en orden cronológico); la definición de la ortografía, pronunciación y musicalidad; la introducción o la definitiva adopción de caracteres cuadrados y las cinco finales; algunos retoques textuales para protegerse contra la blasfemia; la enumeración de letras, palabras, versículos, etc. y la sustitución de algunas palabras en las lecturas públicas fueron las primeras realizaciones de los masoretas.
Como no se podía ni pensar en modificar el texto original de la Biblia, los primeros masoretas adoptaron algunos subterfugios: marcaban las divisiones con espacios, y hacían referencia a enseñanzas halaquicas o hagádicas, con modificaciones de las formas de las letras, puntos y otros signos. Las glosas estaban permitidas solo en las copias privadas y se pueden atestiguar desde el Rabbí Meir (años 100 a 150).

 


Tikkune Soferim


Las primeras fuentes rabínicas, que son de alrededor del año 200; mencionan muchos pasajes de las Escrituras en los que se concluye inevitablemente que la antigua lectura debía ser diversa de la del texto actual. La explicación de este fenómeno está dada en la expresión las Escrituras han usado un lenguaje eufemístico, por ejemplo para evitar los términos antropomorfismo y antropopatismo. 

El Rabbí Simon Ben Pazzi (del siglo III) llama a estas lecturas correcciones de los escribas, hipotizando que los escribas en verdad han hecho cambios. Esta visión fue adoptada por los Midrash sucesivos y por la mayoría de los masoretas. En las obras masoréticas, estos cambios se atribuyen a:

a Esdras y Nehemias;
a Esdras y al Soferim; o
a Esdras, Nehemias, Zacarías, Hageo, y Baruch.

Todas estas atribuciones significan una sola cosa: que los cambios han sido realizados por hombres de la Gran Sinagoga.


El término tikkun Soferim ha sido interpretado por diversos estudiosos de muchas maneras. Algunos lo consideran una corrección del lenguaje bíblico autorizada por los Soferim con fines homiléticos. Otros que indica un cambio de mentalidad de los escritores o de los redactores originales de las Escrituras que, por ejemplo, habrían evitado poner en papel conceptos que, según las expectativas de algunos lectores, podrían haberse expresado.

Hay fenómenos en el texto bíblico que obligan a suponer que al mismo tiempo se hicieron correcciones textuales. Estas correcciones pueden ser clasificadas bajo las siguientes categorías:
  • remoción de expresiones inoportunas usadas al dirigirse a Dios; por ejemplo, la sustitución de maldecir con bendecir en algunos pasajes.
  • conservación del tetragrama: por ejemplo, la sustitución de Elohim con YHWH en algunos pasajes.
  • evita el uso de nombres de dioses falsos para referirse a Yahveh; por ejemplo, el cambio del nombre Ishbaal a Ishbosheth.
  • conservación de la unidad de culto divino en Jerusalén.
Mikra e ittur

Entre los primeros términos técnicos usados en relación con las actividades de los escribas están los mikra soferim e ittur soferim. En las escuelas geónicas el primer término se usaba para indicar algunos cambios de vocal que se realizaron en algunas palabras; el segundo, la cancelación en algunos pasajes del subjuntivo vav donde algunos lo habían leído erróneamente. 
La objeción a tal explicación es que los primeros cambios pertenecen más bien a la categoría general de los expedientes para fijar la pronunciación, mientras que los segundos en la de Qeri Ketiv. Se han dado muchas explicaciones en relación con esto, sea por parte de estudiosos antiguos que de modernos, sin llegar a ofrecer una solución satisfactoria.

  

Hebreo Bíblico y Hebreo moderno.

 

Filología política: el hebreo

De cómo el pueblo judío ha utilizado diversas lenguas a lo largo de la historia. Como el judeo-español (ladino), el yiddis, el judeoárabe, etc. Sin embargo todos los judíos se identifican siempre de modo especial con el hebreo.

Ángel Sáenz-Badillos 
- 29 agosto, 1998

Desde los primeros ensayos medievales en tierras de al-Ándalus hasta las políticas de planificación lingüística de los últimos Gobiernos de Israel, múltiples y de variada naturaleza han sido las iniciativas del pueblo judío para transformar su lengua original -la que sirvió a Yahveh, según los ortodoxos, para crear el mundo- en instrumento de comunicación cotidiana, medio de autocomprensión colectiva y garantía política para la consecución racional de la justicia y la paz.

El pueblo judío ha utilizado muy diversas lenguas a lo largo de la historia. En su dispersión por los más variados países, solía adoptar casi siempre la lengua del lugar, dándole un sello más o menos peculiar y propio. Según las variantes de su propia historia, las comunidades judías han utilizado lenguas con características muy particulares, como el judeoespañol (ladino), el yiddis, el judeoárabe, etc. Sin embargo, todos los judíos se han identificado siempre de modo especial con la lengua en la que quedaron plasmadas sus primeras y decisivas experiencias como pueblo, la lengua de los escritos de la Biblia, la “lengua santa”, el hebreo. Esa lengua, nacida hace más de tres mil años, se utilizó siempre en la lectura de la Torá y en la oración de la Sinagoga, así como en numerosas creaciones literarias. En ella redactaron los judíos españoles durante el medievo una parte muy importante de su poesía, su narrativa y sus escritos científicos; y se siguió utilizando para las principales obras escritas en la época del Renacimiento y la Ilustración. Servía igualmente de instrumento de comunicación escrita, y en ocasiones también oral, entre los miembros de comunidades judías de lugares geográficamente muy alejados. De una forma u otra, no ha dejado nunca de emplearse a lo largo de los tiempos. Según una vieja tradición judía, el hebreo es la lengua en la que Dios creó el mundo, así que nada tiene de especial que algunos sostengan que es “la lengua que siempre existió”.

Hebreo Moderno.

Pero una cosa es que esa lengua pudiera emplearse en la liturgia o en ciertas creaciones literarias, y otra muy distinta que llegara a ser la lengua oficial en la que se expresaran todas las facetas de la vida social, cotidiana y técnica de un Estado moderno. Por eso, decir que el hebreo es hoy la lengua de una nación, la lengua del Estado de Israel, significa que en la historia de esa lengua ha tenido lugar algo muy importante, una transformación radical. Se trata, en realidad, de un proceso complejo que a algunos les parece casi prodigioso.
Tras largos siglos de diáspora del pueblo judío en los que casi se olvidaron las raíces de la lengua, a comienzos del siglo X resurge el interés por la lengua de la Biblia. De modo muy especial los judíos de al-Andalus trataron de dar nueva vida al hebreo, estudiando a fondo su uso clásico y empleándolo en algunas de sus producciones literarias, a pesar de que éstas no llegaban sino a un grupo reducido y refinado de cortesanos. En los reinos de la España cristiana aumentó seguramente el número de los lectores, pero, fuera de raras ocasiones, nunca trató de competir con las nacientes lenguas romances como vehículo de expresión diaria.
Después de la salida de los judíos de España, desde finales del siglo XV a fines del siglo XIX, aunque no se diera la misma vitalidad que en el medievo, siguieron redactándose en hebreo manifestaciones culturales y literarias de los más diversos géneros: en esa lengua continuaron escribiendo los cabalistas del nuevo centro de Safed, lo mismo que los cronistas que reflexionaban sobre los siglos pasados, anteriores a la expulsión, o los poetas y comentaristas de la Biblia; utilizarán esa lengua muchos judíos renacentistas italianos, que entre otras cosas escriben sonetos, dramas y comedias en hebreo; la emplean asimismo durante el siglo XVII no pocos miembros de la pujante comunidad sefardí de Ámsterdam, que trata de reverdecer las glorias de la vida judía.

A lo largo del siglo XVIII, el hebreo escrito se sigue utilizando por parte de los “ilustrados” judíos centroeuropeos, que intentan adaptarlo a las necesidades de la vida moderna. Los más importantes representantes de ese movimiento cultural quieren convertir de nuevo el hebreo en una lengua escrita viva, correcta, a la vez que amplían sus posibilidades, sin tener demasiados escrúpulos en calcar del alemán u otras lenguas occidentales términos y expresiones de la vida moderna. De acuerdo con el ideal que buscan de renovación y modernización del judaísmo, tratan de dar nueva savia al hebreo, quitándole a la vez su sello de sacralidad. Por este tiempo aparecen los primeros ensayos de publicaciones periódicas en hebreo. Desde 1784 ve la luz con cierta regularidad la revista mensual Me’assef, editada por la “Sociedad de Amigos de la Lengua Hebrea”, y en ella colaborarán hasta 1829 importantes personalidades de la Haskalah o “Ilustración” judía.
Es también en la Europa central y oriental donde a lo largo del siglo XIX se van sentando las bases literarias de una lengua hebrea moderna: poesía, drama, novela, prensa, traducciones de otras lenguas occidentales o judías (como el yiddis), van preparando el camino a lo que todavía no es una lengua realmente hablada. El primer semanario regular en hebreo, Ha-maggid, se publica en Rusia en 1856. No faltan hombres con vocación educadora que tratan de que la enseñanza de esa lengua renovada sirva de vehículo de difusión del judaísmo entre las nuevas generaciones. Representantes del movimiento llamado Wissenschaft des Judentums, o “Ciencia del Judaísmo”, rebuscan en el pasado de la cultura judía y sacan a la luz importantes obras hebreas de autores medievales. Ese proceso conduciría lentamente a la toma de conciencia de la necesidad de un cambio que permitiera utilizar la lengua hebrea en todas las esferas de la vida.

“UNA CUESTIÓN IMPORTANTE”

El impulso definitivo para lo que se ha llamado “revitalización” de la lengua (o, como otros prefieren, “pleno retorno al hebreo”, subrayando lo que el proceso tiene de continuación selectiva, ecléctica, de una herencia de siglos) procedió de círculos de judíos que querían retornar a lo que fue la patria de sus antepasados, estableciéndose desde fines del siglo XIX en Palestina. Lo que tendría de llamativo ese fenómeno es que no fue un proceso natural, sino ante todo una aventura planificada, que cristalizó gracias al esfuerzo personal de un judío nacido en Lituania, Eliezer Ben-Yehudah, quien con su entusiasmo arrastró a otras personas, a fin de llevar adelante una empresa que muy pocos creían posible.
En 1879, E. Ben-Yehudah, entonces estudiante de Medicina en París, publicaba en Viena un artículo en hebreo con el título de “Una cuestión importante”, al que seguirían otros sobre el mismo tema en los años siguientes. Recogía ideas que estaban en el ambiente de círculos judíos europeos que soñaban con una reconstrucción nacional. En su opinión, los judíos no podían subsistir como nación en la diáspora, sino que debían volver a su patria histórica y emplear el hebreo como instrumento de comunicación. Israel debía renacer como nación independiente, con su propia lengua, en el lugar de sus antepasados. En esa lengua no solo se podía escribir (cosa sobradamente demostrada), sino que también era posible hablar con solo proponérselo. 
En 1881, Ben-Yehudah abandonaba Europa y se instalaba en Jerusalén; los judíos de esa ciudad hacía al menos veinte años que empleaban ya parcialmente el hebreo para la comunicación escrita y aun oral. Allí, empezando por su propia familia y por sus amigos, llevaba adelante su plan de convertir el hebreo en una lengua apta para la vida diaria, la lengua que debía enseñarse en las escuelas de Palestina. Desde el momento mismo de nacer, sus hijos no oirían hablar en casa otra lengua que la hebrea. Y eso había que extenderlo a todos los niños judíos del país. Con objeto de difundir sus ideas, creó sus propios periódicos hebreos.

Se trataba de una cuestión primariamente ideológica. Dada la distinta procedencia de los grupos de judíos que se iban estableciendo en el país, la alternativa podría haber sido la pluralidad de lenguas, dejar que cada grupo conservara su lengua materna: el yiddis, el judeoespañol, el árabe, el ruso, el polaco, el alemán, el inglés o el francés, etc., o la adopción de una de las lenguas occidentales de mayor prestigio cultural. Pronto se vio que el que los inmigrantes siguieran hablando cada uno en su propia lengua tenía graves inconvenientes para la vida práctica; ninguna de esas lenguas tenía fuerza como para imponerse a las demás, ni tampoco se veía como algo deseable aprender la lengua mayoritaria de la región, la de los vecinos árabes. Eso era una buena razón para dar fuerza al ideal, acariciado por muchos, de introducir el hebreo como lingua franca de los judíos llegados a Palestina desde los más diversos países del mundo, aunque no resultara fácil romper los hábitos de años.
No faltaron intentos de generalizar el uso de alguna de las lenguas empleadas por los grupos más numerosos de inmigrantes, con arraigo en la cultura europea, como era el caso del alemán; sin duda se veía eso como más práctico y de resultados más inmediatos. No todos estaban de acuerdo con la idea del empleo exclusivo del hebreo, e instituciones enteras se resistirían, llegando a producirse verdaderas “guerras de lenguas”. Pero se impuso el razonamiento ideológico de los pioneros, de los colonos judíos venidos del Centro y del Este de Europa que deseaban renovar la cultura hebrea, hacer revivir el ideal de la antigua grandeza de su pueblo, asentado allí mismo durante siglos. Todo ello no era sino el terreno abonado para que el sueño de Ben- Yehudah pudiera convertirse en realidad. Solo algunos grupos más ortodoxos, que se negaban a formar un Estado fruto de la iniciativa humana (sin esperar a la intervención divina o a la venida del Mesías), se resistirían a utilizar como lengua de comunicación diaria la “lengua santa”: en los barrios ultra-ortodoxos del Israel actual se sigue oyendo hablar yiddis por la calle, y solo se emplea el hebreo dentro de la sinagoga. Pero esto último es casi anecdótico.

¿Cómo es posible “revitalizar” una lengua? 

Y, en primer lugar, ¿es adecuado hablar de “revitalización” o de “retorno al pleno uso” de la lengua en el caso del hebreo?

 En el siglo XIX se publicaban libros y periódicos en hebreo y, por tanto, no puede decirse que se tratara de una lengua “muerta”. Pero el único ejemplo de uso del hebreo hablado y escrito para todas las necesidades de la vida se dio en los tiempos bíblicos. Desde la toma de Jerusalén y el destierro a Babilonia en tiempos de Nabucodonosor (586 a. c.), ese uso quedó sensiblemente limitado, reducido a una pequeña área geográfica en el ámbito coloquial, y a una continuación un tanto artificial en el plano literario.
 Los rabinos desarrollaron ese hebreo coloquial para sus disquisiciones y enseñanzas jurídicas y exegéticas, dentro de unas dimensiones muy concretas y en concurrencia con la lengua dominante, el arameo. Ni siquiera los judíos de al-Ándalus, en su intento de dar nueva vida al hebreo, pensaron en emplearlo en la vida diaria sustituyendo al árabe; tampoco se expresaron habitualmente en esta lengua los judíos de la España cristiana. Los traductores medievales, que vertieron la filosofía y los escritos médicos y científicos del árabe al hebreo, tuvieron que hacer un gran esfuerzo para encontrar en la lengua clásica términos adecuados para esas nuevas necesidades, y recurrieron a gran número de neologismos. Ninguno de esos intentos, ni tampoco de los que hemos mencionado más arriba, anteriores al siglo XIX, tenía como objetivo emplear el hebreo como lengua viva en todas las áreas de la existencia y, por tanto, ninguno de ellos podía servir de modelo perfecto.

Por otra parte, el vocabulario de la Biblia era muy reducido, menos de diez mil vocablos, y ni siquiera sumando términos tomados del hebreo de los escritos rabínicos o del utilizado por los autores medievales podía hacerse frente a las necesidades de la vida moderna con los efectos de la revolución tecnológica. No podía tratarse, por tanto, de una simple vuelta al pasado, sino que había que hacer más bien una proyección hacia el futuro, aprovechando razonablemente las distintas etapas por las que había pasado la lengua a lo largo de su historia para lograr un desarrollo ulterior de la misma. Para conseguir esa actualización y ampliación, era necesario abrir nuevos caminos imaginativos, inventando sobre la marcha mil soluciones para otras tantas cuestiones prácticas. Un siglo largo más tarde, desde nuestra perspectiva actual, hay que reconocer que el éxito de la empresa ha sido total.

ADAPTANDO UNA LENGUA A LA VIDA MODERNA

No bastaba hablar hebreo a los niños desde la cuna. Había que convertir la vieja lengua en un instrumento flexible en el que se pudiera expresar todo, desde los productos que se venden en el mercado, hasta las cuestiones académicas, técnicas o filosóficas más complejas. El proceso de formación de lo que hoy se llama “hebreo israelí’ tuvo mucho de labor de laboratorio, y afortunadamente contó con el apoyo de personalidades muy destacadas que supieron ganar para su empresa a la mayor parte de los inmigrantes judíos. Aunque al principio parecía un sueño irrealizable, el entusiasmo y el idealismo lo supieron sacar adelante. 
Siguiendo el ejemplo de Ben-Yehudah, la “Asociación de maestros hebreos” hizo suya la causa de la enseñanza del hebreo según el principio de “enseñar hebreo en hebreo”, que se empezó a aplicar en Palestina en los últimos años del siglo XIX. La “Asociación de escritores hebreos” impulsó asimismo la creación de libros, periódicos y revistas en hebreo.

Tuvo especial significado la fundación de instituciones dedicadas a la renovación de la lengua, como la “Sociedad de la lengua pura” (1889), que procuraría evitar la división lingüística entre las comunidades judías de mayores dimensiones, sobre todo las de los asquenazíes, procedentes de Europa central y oriental, y las de los sefardíes, descendientes de los que estuvieron en la Península Ibérica, cada una con sus respectivas tradiciones; debía procurarse que se hablara hebreo en las familias, que se conociera la literatura hebrea y se enseñara a otras personas, y en especial a los nuevos inmigrantes que iban llegando. Esa sociedad elegiría al año siguiente el “Comité de la Lengua Hebrea”, que tendría la misión de velar por la buena marcha del proceso de revitalización del hebreo, y por su adaptación a todas las esferas de la vida, sin perder sus viejos rasgos de lengua semítica, oriental; uno de los pilares del Comité era, desde luego, el propio Ben-Yehudah. Ese “Comité” se transformaría más adelante, en 1953, en la “Academia de la Lengua Hebrea”, tras la aprobación de una ley en tal sentido por parte del Parlamento israelí (Knesset).

Algunas de las primeras cuestiones que hubo que resolver, todavía antes de la Primera Guerra Mundial y del fin del gobierno otomano en 1918, fueron problemas de orden ortográfico y fonético. La “escritura” antigua del hebreo no utilizaba más que las consonantes, y eso podía hacer particularmente difícil la lectura de los textos. Los sistemas de vocalización que se inventaron en la Edad Media resultaban demasiado complejos. Se acordó mantener la escritura consonántica, introduciendo algunas letras para marcar las vocales más indispensables. 
Así se ha venido practicando, con ciertas dudas, hasta nuestros días: los niños aprenden a leer en hebreo sin contar con la ayuda de las vocales, aunque eso lleve consigo cierta ambigüedad en formas que pueden leerse de distintas maneras; los periódicos, los libros de texto o la literatura no marcan las vocales; únicamente los textos poéticos se imprimen hoy con las vocales medievales, a fin de facilitar su lectura exacta.
 También era preciso adecuar el sistema consonántico hebreo a la pronunciación de nombres extranjeros: algunos sonidos rusos o anglosajones no podían reproducirse, ni siquiera de forma aproximada, con ninguna de las veintidós consonantes hebreas, por lo que se acordó introducir una comilla después de algunas letras.

Uno de los problemas más delicados con el que debieron enfrentarse fue el de la “pronunciación”. Los judíos que se habían reunido en Israel procedían de comunidades muy diversas, cada una con sus peculiaridades fonéticas. Dejando aparte la pronunciación de la minoría samaritana, que no influiría en absoluto en el nuevo estadio del lenguaje, había que contar al menos con tres tradiciones básicas muy distintas: la asquenazí, la sefardí y la yemení. 
Sus diferencias afectaban sobre todo a la pronunciación de las vocales y la de las guturales y algunas otras consonantes. Por ejemplo, los yemeníes y muchos de los sefardíes que habían vivido en entornos árabes pronunciaban todavía los antiguos sonidos guturales que daban un tinte oriental a la lengua. Los asquenazíes no pronunciaban esos sonidos, pero en cambio realizaban la antigua “t” fricativa como “s”, velarizaban la “r”, y seguían un sistema de vocales muy diferente: donde los sefardíes decían Abraham, Adam, Babel, ellos decían Abrohom, Odom, Bobel. El origen de algunas de esas diferencias se remontaba a muchos siglos atrás. El criterio práctico exigía que se unificara la manera de leer y pronunciar el hebreo.

Se planteó seriamente si debía seguirse una de esas tradiciones de pronunciación, hacer una mezcla de ambas, o buscar una tercera vía más adecuada a los tiempos modernos. Desde el punto de vista teórico, los lingüistas se inclinaron más bien por mantener rasgos de la pronunciación oriental, considerados como más próximos al carácter semítico originario de la lengua. En 1923, intervenía el “Comité de la Lengua” tratando de que se adoptara un sistema semejante en muchos rasgos al sefardí, especialmente en lo referente a las vocales. Así, procuraron que se pronunciara el hebreo en medios oficiales, como la radio, y más tarde en la televisión pública. Sin embargo, la gente de la calle siguió un camino un tanto distinto, sin aceptar en la práctica todas esas normas. La pronunciación resultante que se ha impuesto hasta el día de hoy es un compromiso entre una y otra tradición, con predominio sefardí en las vocales, y asquenazí en las consonantes (por ejemplo, no se pronuncian las guturales, y la “r” se velariza). El proceso ha sido parecido a la formación de cualquier koiné, eliminando los rasgos excesivamente sobresalientes de los diversos dialectos.

La “morfología” resultó un problema menos complejo, ya que venía impuesta por los usos antiguos de la lengua. La única discrepancia podía nacer de si había que seguir rigurosamente los usos del hebreo de la Biblia o se podían tomar también peculiaridades atestiguadas en los escritos rabínicos; y también en este campo surgieron diferencias entre el uso coloquial y las prescripciones académicas. Tras algunos debates, en 1910 el “Comité de la Lengua” aceptaría la propuesta de conservar siempre que existieran las formas gramaticales del hebreo bíblico, aunque en caso de necesidad se pudieran completar con elementos tomados de los escritos rabínicos, hebraizándolos en caso de tratarse de términos arameos. Esa es la línea seguida a nivel oficial en los libros de texto y en la enseñanza del idioma en las escuelas, si bien algunos escritores, periodistas y el mismo pueblo siguen con frecuencia caminos alternativos, más en la línea de usos postbíblicos.

La “sintaxis” se vio expuesta de modo muy especial a los influjos externos, y especialmente al de las lenguas de los países de origen de los grupos que afluyeron a estas tierras. El hebreo israelí ha tomado además con cierta arbitrariedad elementos procedentes de estadios anteriores de la lengua clásica y postclásica. Como resultado de todo ello, es seguramente en este terreno donde más se han marcado las diferencias con la lengua antigua y donde más se ha desdibujado el carácter originario del hebreo. Más que nunca, es el pueblo mismo el que ha ido aceptando y rechazando determinadas formas de expresión, un tanto al margen de las prescripciones de la Academia. Muchos lingüistas han optado por describir las nuevas formas en lugar de regular los usos ajustándolos a los clásicos.

Uno de los campos en los que conscientemente se introdujeron más innovaciones fue el del “vocabulario”. Apoyado entusiásticamente por partidarios de la causa nacionalista, Ben-Yehudah se esforzará en adaptar el léxico hebreo a las nuevas necesidades, incorporando materiales de la literatura antigua y medieval, y creando nuevas palabras que serían incluidas en su obra monumental, el Thesaurus o Diccionario, continuado después de su muerte por distintos estudiosos. Resultaba evidente que una de las cuestiones más urgentes era la creación de nuevas palabras, tarea fundamental que se plantearon los impulsores de la revitalización y el propio “Comité de la Lengua”. 
En la introducción al Thesaurus de Ben-Yehudah, se explican los métodos que se han puesto en práctica para adaptar la lengua a las necesidades de la vida diaria: se vuelve a utilizar la terminología científica y técnica del hebreo creada por los traductores medievales; se introducen préstamos del árabe en función de la proximidad semántica y adaptándolos formalmente a los esquemas hebreos; se toman de los escritos rabínicos todos los términos hebreos, arameos y hasta griegos y latinos convenientemente hebraizados que puedan ser útiles; se emplean esquemas y afijos del arameo, lengua considerada como próxima al hebreo y de mayor riqueza expresiva; se establece el sentido exacto de palabras bíblicas poco frecuentes, especialmente de aquellas que por aparecer una sola vez no resultaban claras por el contexto; se amplían las posibilidades de raíces atestiguadas en la lengua clásica, derivando a partir de ellas nuevas formas según los esquemas tradicionales de la lengua.

Las palabras antiguas recibían nueva vida, tomando sentidos completamente distintos del que tenían en la Biblia. Baste un ejemplo: cuando a partir de una expresión bíblica que se refiere a una túnica “larga, hasta los pies”, o quizá “a rayas”, se forma el vocablo con el que se designan “los raíles del tren”, es fácil entender el cambio profundo que ha sufrido el empleo del antiguo término.

Hay cambios que responden a cuestiones de principios lingüísticos: la antigua lengua, al igual que otras de la familia semítica, apenas tenía adjetivos, y utilizaba con frecuencia dos sustantivos en forma de compuesto genitival para expresar las cualidades o funciones de un sujeto. A través de las traducciones de la Biblia, nos han quedado en castellano algunas muestras de esos procedimientos, frecuentes en el antiguo hebreo: “Cantar de los cantares”, “Rey de reyes”, “hijo de perdición”, “varón de dolores”, “piedra de escándalo”, “hombre de Dios”, etc. Ben-Yehudah y otros lingüistas y escritores de su tiempo sustituyen tales compuestos genitivales por palabras únicas (por ejemplo, la expresión “hombre de ejército” se sustituye por un solo término que significa “soldado”; “indicador de horas”, por lo equivalente a “reloj”, etc.). A diferencia de las lenguas indoeuropeas, el hebreo clásico no usaba prácticamente nunca prefijos ni palabras compuestas; los renovadores de la lengua no dudan en introducir prefijos y formar palabras compuestas (por ejemplo, el término para “motocicleta” es una palabra compuesta de “rueda” y el participio “que se mueve”), calcando a veces la estructura de las lenguas europeas (así, para “patata” se forma un calco del francés pomme de terre).

Por otra parte, en el caso de no pocos inventos modernos, a pesar de cierta resistencia inicial, se acepta por razones prácticas el vocabulario internacional: telefon, televisia, etc., aunque algunos se esfuercen por derivar nuevas palabras de las viejas raíces clásicas del hebreo. En la actualidad, se calcula que en los diccionarios hebreos puede encontrarse un 10% de palabras de origen extranjero, tomadas generalmente de las lenguas occidentales.

Todo ello, llevado a cabo sistemáticamente, enriquece enormemente las posibilidades expresivas. Es un tira y afloja entre el respeto por el pasado y la solución práctica de problemas de nuestro tiempo. Esa labor se continúa y se depura en nuestros días: la Academia de la Lengua Hebrea se preocupa de publicar diccionarios con los términos técnicos adecuados para cada una de las ramas del saber o de la técnica, al mismo tiempo que prepara los materiales para un monumental Diccionario Histórico de la Lengua Hebrea, que todavía tardará muchos años en estar concluido.

No todos los nuevos términos propuestos por los primeros lingüistas se mantendrían en uso. Varios miles de palabras creadas o modificadas a comienzos de siglo caerían más tarde en el olvido por no gozar del favor de los usuarios de la lengua, y dejarían de emplearse. Las oleadas de inmigrantes que llegarán a partir de 1905 no aceptarán siempre esas innovaciones, y en ocasiones preferirán las palabras extranjeras, en especial las consideradas de uso universal, resistiéndose a veces al empleo de esta lengua rediviva. Lo mismo ocurrió con otros intentos de innovación y creación de nuevas palabras (donde cada estudioso hacía gala de sus preferencias y sus gustos), y con muchos de los que trataron de planificar de una u otra forma el desarrollo de la lengua. La difusión de los neologismos no siempre resultó fácil ni rápida, dependiendo su aceptación por parte de los hebreoparlantes de múltiples factores socio-demográficos.

¿Hasta qué grado de unificación se ha llegado en el uso del hebreo israelí?

 Aunque hay una coincidencia fundamental en los rasgos fundamentales de la nueva lengua, se pueden reconocer múltiples variantes y formas que podrían calificarse de “dialectales” en función del lugar de nacimiento o de procedencia de los hablantes. No se dan, en cambio, divergencias debidas a las distintas zonas geográficas dentro de Israel. La diferencia más importante se da todavía hoy en la manera de pronunciar el hebreo los judíos “orientales”, entre los que se incluyen numerosos sefardíes, y los asquenazíes. Algunos lingüistas creen que esas diferencias permiten hablar de dialectos distintos, a los que hay que añadir otra serie de variantes introducidas por los hebreoparlantes que no han nacido en Israel y conservan parte de sus antiguos hábitos lingüísticos. No obstante, al ir surgiendo las nuevas generaciones, nacidas y educadas en Israel, las diferencias tienden a aminorarse y hasta a desaparecer, produciéndose una uniformidad cada vez mayor.

¿Qué relación conserva todavía hoy el hebreo que se habla en Israel con el hebreo de la Biblia? 

Se trata fundamentalmente de la misma lengua, pero las diferencias son muchas. Los europeos o americanos que solo han estudiado hebreo bíblico en la universidad o en instituciones teológicas apenas están preparados para leer, por ejemplo, un artículo de periódico o de una revista en hebreo israelí; necesitan un aprendizaje especial y específico, lo mismo que para poder entenderse hablando con un israelí. Por otra parte, una persona que ha nacido o se ha educado en Israel, aunque haya aprendido rudimentos de hebreo bíblico, no puede leer sin problemas los textos más difíciles de la Biblia, como tampoco los de los rabinos o los escritos medievales, ni está capacitado para entender todos sus matices, a menos que reciba una formación específica para ello.

DEBATES EN TORNO AL CARÁCTER DEL HEBREO ISRAELÍ

Dar nueva vida a una lengua, ponerla a punto para su uso diario, no es algo que pueda hacerse sin profundos debates y discusiones acaloradas. Hay demasiados puntos importantes que decidir, y entre la planificación y la realidad hay un amplio trecho. La vida relativamente corta de esta nueva lengua se ha visto acompañada de polémica en numerosas ocasiones. Cuestiones como las diferencias entre la normativa académica y el habla real del pueblo, las relaciones con los estadios anteriores del hebreo, la independencia y carácter peculiar de esta lengua, han dado lugar a no pocas tensiones internas en la sociedad israelí.

El renacimiento del hebreo como lengua hablada fue acompañado desde un principio de una serie de normas tendentes a encauzar el lenguaje y a conservarlo intacto, fiel a sus raíces históricas. Durante algún tiempo trató de imponerse una línea preceptista, la llamada “gramática normativa”. Tras un período de debate, se acordó tomar como base el hebreo bíblico, prescindiendo de una serie de arcaísmos y de fenómenos que habían estado en desuso durante largo tiempo, e incorporar algunos elementos del hebreo de los escritos rabínicos. Pero la vitalidad enorme que alcanzó la lengua a lo largo de la primera mitad del siglo XX le llevó a adoptar sus propias vías, al margen de las normas oficiales, y propició una actitud más descriptiva por parte de otros lingüistas. El hebreo actual no depende servilmente de la lengua clásica; el pueblo ha impuesto sus propias normas gramaticales frente a los maestros clasicistas. Lo que la gramática tradicional consideraría como “faltas” o “incorrecciones” del lenguaje coloquial son en realidad innovaciones lingüísticas en un nuevo estadio de la lengua que ha sucedido al de las etapas anteriores.

A partir de 1930, comenzaría a plantearse a nivel científico la legitimidad de la coexistencia dentro del hebreo israelí de elementos del hebreo bíblico y del de los escritos rabínicos: algunos estudiosos opinaban que esas dos fases de la antigua lengua correspondían a dos sistemas claramente diferenciados, con medios muy distintos para expresar el mismo contenido, y que su mezcla indiscriminada podía producir trastornos estructurales. En contra de la primera tendencia a los moldes bíblicos, se llegó a ensayar una gramática del nuevo hebreo ajustada a la de los escritos rabínicos, considerando que ésa debía ser la base única del hebreo israelí. En cambio, otros expertos optaron por aceptar que el hebreo israelí tuviera dos maneras alternativas de expresar lo mismo, gracias a sus dobles raíces bíblicas y rabínicas, evitando sin embargo que la mezcla se realizara de manera anárquica y descontrolada. Ésa fue la postura que se impuso finalmente, permitiendo que el hebreo israelí asimilara elementos de diversas épocas, y a partir de ellos se ha ido construyendo una nueva entidad.

Fue objeto asimismo de debate en los años cincuenta, tras la creación del nuevo Estado de Israel, si era apropiado o no considerar la nueva lengua como un “sistema”, de acuerdo con la terminología de Saussure, si el proceso de fusión de sistemas estaba todavía en marcha y resultaba precipitado tratar de describir su “estructura”. Admitiendo una realidad de hechos consumados, algunos estructuralistas defendieron claramente los fenómenos que realmente se daban en la lengua de los habitantes de Israel, incluyendo el lenguaje coloquial de los últimos años y el vocabulario de los jóvenes nacidos en el país (sabras). Estos últimos veían el hebreo israelí no como algo canónico o artificial, sino como el principal medio de comunicación entre los miembros de un grupo social y territorialmente definido, con todos los requisitos para ser considerado como lengua viva; en su opinión, en pocos años se había asistido a una historia velocísima de esta nueva lengua, que había roto sus amarras de las fuentes tradicionales escritas para transformarse en un sistema completo de lengua adaptado a todos los matices expresivos que se pueden desear y exigir, que “es cerrado” en el sentido que daba de Saussure al término “sistema”.

En medio de esos debates, no podía menos que plantearse la cuestión de hasta qué punto sigue siendo el hebreo actual una lengua semítica. A pesar de que la mayor parte de sus componentes proceden del hebreo bíblico y del de los escritos rabínicos, algunos lingüistas han querido poner de relieve el alto grado de indoeuropeización de esta nueva lengua: por mucho que en sus moldes externos continúe siendo una lengua semítica, las relaciones entre las estructuras de expresión del contenido son indoeuropeas y su estructura conceptual puede parecer más bien occidental. De acuerdo con las distintas fases de revitalización y actualización del hebreo, en un primer momento fue predominante el influjo de las lenguas eslavas, a las que sustituiría más tarde el alemán, y por fin y más decisivamente el inglés, sin olvidar el papel desempeñado por el francés y el español, lenguas maternas de muchos judíos que actualmente viven en Israel.
 La sintaxis y el vocabulario del hebreo israelí son probablemente los más alcanzados por esos influjos, y los que más se han trasformado en comparación con la lengua clásica. A pesar de ello, hay que señalar que los medios de expresión que ha heredado esta lengua son claramente de origen semítico, como lo es el núcleo fundamental de su morfología y su sintaxis. No parece justo, por tanto, afirmar que se trata de una lengua eslava o indoeuropea más que semítica.

LA DIFUSIÓN Y VITALIDAD DEL HEBREO ISRAELÍ

De poco hubiera servido toda la labor de los académicos y los lingüistas si el pueblo no hubiera adoptado la nueva lengua con auténtico entusiasmo. Al concluir la dominación turca tras la Primera Guerra Mundial, aproximadamente la mitad de la población judía de Palestina, unas 34.000 personas, hablaban ya hebreo y eran en su mayor parte entusiastas propagadores de su uso. Bajo el Mandato británico (1918-1948), se acepta el hebreo como una de las lenguas oficiales del país (1922), crece rápidamente el número de hablantes de la lengua renacida, y al mismo tiempo diversas instituciones culturales elevan de forma muy considerable la altura científica de ese nuevo hebreo. Llegan al país distintas oleadas de inmigrantes, y los judíos (en su mayoría ya hebreoparlantes) pasan a ser 650.000. Para muchos es ya su lengua nativa, su primera y a veces única lengua.

A partir de la creación del nuevo Estado de Israel en 1948, el hebreo se consolida plenamente como la primera lengua del país, y desarrolla sus peculiaridades propias con inusitada vitalidad. Llegan nuevos inmigrantes en gran número (más de millón y medio en los treinta años siguientes) con las más dispares lenguas maternas de Oriente y Occidente, y aprenden rápidamente el nuevo hebreo; entre tanto, las generaciones que han nacido ya en el país, con un fuerte sentimiento nacionalista, desarrollan nuevos usos lingüísticos y términos coloquiales, y se jactan incluso de distanciarse del uso academicista del hebreo. Muchos judíos que no viven en Israel han aprendido también la nueva lengua, lo mismo que estudiosos no judíos de todo el mundo que quieren tener acceso a las publicaciones científicas en hebreo. Aunque es difícil dar una cifra aproximada, puede contarse en cerca de cinco millones el número de personas que actualmente tienen esta lengua como materna, y al menos otros tantos los judíos de la diáspora (especialmente en América y Europa) que la utilizan como segunda lengua.

Merece mención especial la actividad de las escuelas para enseñanza intensiva del hebreo a los nuevos inmigrantes, a las que se da el nombre de ulpanim, que comenzaron a funcionar desde la creación del nuevo Estado. En régimen residencial o abierto, decenas de miles de personas adultas que llegaron a Israel sin conocer la lengua y con ideas rudimentarias sobre el judaísmo recibieron una enseñanza de choque, con cinco horas diarias durante varios meses, que les capacitaban para expresarse en esta nueva lengua y para adaptarse a la vida de cada día en su nuevo entorno. Maestros muy cualificados de la lengua, con larga experiencia metodológica y constante estudio pedagógico, llevaron a cabo una labor muy meritoria en el casi centenar de centros promovidos por las instituciones oficiales.

El mismo año en que comenzó el Mandato británico, 1918, y tras la Declaración Balfour, se ponía la primera piedra de la Hebrew University of Jerusalem, en la que colaborarían los más ilustres intelectuales judíos. En 1923, daba la lección inaugural Albert Einstein, pronunciando algunas frases en hebreo, y a partir de 1925 se iniciaban las labores docentes regulares; los más famosos especialistas judíos enseñaban toda clase de materias en hebreo, y eso suponía enriquecer sensiblemente la lengua, y en especial, su vocabulario técnico. Su Biblioteca, que sería al mismo tiempo la Biblioteca Nacional y Universitaria, se convertiría asimismo en uno de los mayores depósitos de cultura hebrea, en forma de libros y manuscritos, de todo el mundo. 
 Durante los cincuenta años de existencia del Estado de Israel, una gran actividad académica y científico-técnica ha contribuido a madurar la lengua. A la Universidad Hebrea, que tuvo un significado histórico muy particular, siguieron otras seis universidades que alcanzarían bien ganado prestigio. En todas ellas, el hebreo es la lengua en la que se enseña y se investiga, y en la que se redactan las principales publicaciones científicas.

Puede decirse que en los últimos treinta años se ha reconocido la existencia del hebreo israelí como objeto de investigación lingüística independiente, y se ha comenzado a estudiar de manera académica; numerosas tesis doctorales de las universidades israelíes y de otros países occidentales se han consagrado a profundizar en este estadio de la lengua. La bibliografía de los estudios dedicados a diferentes facetas del hebreo moderno alcanza hoy proporciones muy considerables.

La vitalidad de la moderna literatura israelí, en hebreo, ha contribuido también a elevar muy sensiblemente el grado de madurez de la lengua. Desde finales del siglo XIX, grandes poetas y prosistas eligieron esta lengua para sus creaciones literarias: el “gran poeta nacional”, Bialik, Tchernijovsky, Raquel Bluvstein, Alterman, o en la generación actual, Amijai, junto a otros muchos poetas, contribuyen a dar forma a una nueva poesía; Agnon (premio Nobel en 1966), junto a Amoz Oz o A. B. Yehosua en nuestros días, figuran entre los prosistas más conocidos; sus obras han sido traducidas del hebreo a todas las lenguas occidentales.

No es extraño que el fenómeno poco usual de la revitalización o vuelta al pleno uso de la lengua hebrea en nuestro siglo haya despertado la curiosidad de los lingüistas y aun de los no especialistas. Como hemos visto, ese hecho no fue el resultado de una evolución natural, sino un proceso sin paralelos en la historia de cualquier otra lengua, ideado y llevado a la práctica por la voluntad de unos idealistas y de un pueblo que quería encontrar de nuevo su propia identidad. 
Así ha tomado cuerpo el último eslabón de una cadena nunca completamente rota, que enlaza a través de más de tres mil años con los textos más antiguos de la Biblia. La continuidad de la herencia literaria y la unidad histórica de esta lengua, junto a su flexibilidad y adaptación a la realidad, son hechos innegables, capaces de despertar la admiración de cualquier observador imparcial.

BIBLIOGRAFÍA

Libros y artículos escogidos:

Ariel, Revista de Artes y Ciencias de Israel, 19, 1970. F. Díaz Esteban, “Tensiones en el hebreo contemporáneo”, Sefarad, 30, 1970, págs. 366-81.
J. Fellmann, The Revival of a Classical Tongue: Eliezer ben-Yehuda and the Modern Hebrew Language, The Hague, 1973.
Sh. Morag, “Uniformity and Diversity in a Language”, Actes du Xe. Congrés International des Linguistes (Bucarest, 1967), Bucarest, I, 1969, págs. 639-44.
Sh. Morag, “The Emergence of Modern Hebrew: Some Sociolinguistic Perspectives”, en Hebrew in Ashkenaz: A Language in Exile, L. Glinert (ed.), New York-Oxford, 1993, págs. 208-221.
Sh. Morag (ed.), Studies in Contemporary Hebrew, Jerusalem, 2 vol., 1988.
D. Patterson, “Revival of Literature and Revival of Language”, en Eliezer Ben-Yehuda, a Symposium in Oxford, E. Silberschlag (ed.), Oxford, 1981, págs. 13-24.
A. Sáenz-Badillos, Historia de la lengua hebrea, AUSA, Sabadell, 1988.

Gramática del hebreo israelí:

No existe una buena gramática del hebreo israelí en castellano. En inglés, sin embargo:
H. B. Rosén, Contemporary Hebrew, Mouton, La Haya-París, 1977.
L. Glinert, The Grammar of Modern Hebrew, Cambridge University Press, Cambridge, 1989.

Diccionario:
J. Targarona, Diccionario Hebreo-Español bíblico, rabínico, medieval, moderno, Ed. Riopiedras, Barcelona, 1995.

 


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Santa Juana de Arco.-a

Santa Juana de Arcos (Domrémy, Francia, 1412 - Ruán, id., 1431) Santa y heroína francesa. Nacida en el seno de una familia campesina acomoda...