Apuntes de clases

Clases de filosofía y ciencias bíblicas del Instituto de Humanidades Luis Campino, y la Parroquia de Guadalupe de Quinta Normal.


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jueves, 15 de agosto de 2019

181).-Orator perfectus: la réplica de San Agustín al rétor ideal de Cicerón.


Esteban Aguilar Orellana; Giovani Barbatos Epple;Ismael Barrenechea Samaniego; Jorge Catalán Nuñez; Boris Díaz Carrasco; Rafael Díaz del Río Martí;Alfredo Francisco Eloy Barra ;Rodrigo Farias Picon; Franco Antonio González Fortunatti;Patricio Ernesto Hernández Jara; Walter Imilan Ojeda;Jaime Jamet Rojas;Gustavo Morales Guajardo;Francisco Moreno Gallardo; Boris Ormeño Rojas;José Oyarzún Villa;Rodrigo Palacios Marambio;Demetrio Protopsaltis Palma;Cristian Quezada Moreno;Edison Reyes Aramburu; Rodrigo Rivera Hernández;Jorge Rojas Bustos; Alejandro Suau Figueroa; Cristian Vergara Torrealba; Rodrigo Villela Díaz; Nicolas Wasiliew Sala;Marcelo Yañez Garin;Katherine Alejandra del Carmen  Lafoy Guzmán; Franco Natalino; 


Teología y Vida, Vol. XLVIII (2007), 141 - 147





Andrés Covarrubias Correa 
Instituto de Filosofía 
Pontificia Universidad Católica de Chile

RESUMEN

En este artículo muestro las semejanzas y disimilitudes en la caracterización del orador perfecto bajo las perspectivas de Cicerón y San Agustín, sobre todo desde el punto de vista ético. Mientras en Cicerón se pone en evidencia la dificultad de encontrar un modelo de orador ideal, producto de su preferencia por articular el arte retórico desde la retórica jurídica y su desconfianza en la posibilidad de encontrar la verdad en el marco de la palabra persuasiva, San Agustín opta por el modelo que debe imperar en el buen orador eclesiástico, que se establece a partir de los textos de las Sagradas Escrituras y de quienes los escribieron, donde la verdad está garantizada. Para este análisis me centro en el Orator ad M. Brutum de Cicerón y en el libro IV del De doctrina Christiana del filósofo de Tagaste.


1. CICERÓN Y EL PERFECTO ORADOR EN EL ORATOR

Al comienzo del Orator, Cicerón reconoce la gran diferencia que es posible percibir cuando comparamos a todos los que son y han sido considerados buenos oradores, de modo que, por lo mismo, se hace muy difícil fijar la mejor representación de la oratoria (1, 2) (1). En todo caso, si se ha de destacar a un orador entre los demás, este es Demóstenes (2, 6). Sin embargo, a pesar de que el orador griego, a juicio de Cicerón, alcanza un alto nivel en su arte, el romano sostiene que él mismo, al describir al orador perfecto, lo representará "como quizá nunca existió ninguno, porque no busco quién lo fue, sino qué es aquello más perfecto que lo cual no puede haber nada; aquello que, en la cadena de sus discursos, deslumhra, no a menudo, incluso no sé si nunca, aunque sí de vez en cuando en alguna parte, y en algunos oradores con más frecuencia, en otros más raramente" (2, 7). Hasta aquí, pues, las intenciones de Cicerón, que restringe desde el principio la búsqueda al ámbito del discurso mismo (2).

En auxilio de aquello que Cicerón busca, tiene especial relevancia su adscripción a la filosofía platónica, ya que Platón es descrito como "autor y maestro de oratoria" (3, 10). En efecto, el ideal de la perfecta oratoria es susceptible de ser contemplado por el espíritu, de manera que podamos buscar con nuestros oídos la perfecta elocuencia, del mismo modo como contemplamos las ideas en el sentido platónico. Esto permite confesar a Cicerón que él es "un orador -si es que lo soy, o en la medida en que lo sea- salido, no de los talleres de los rétores, sino de los paseos de la Academia" (3, 12). Lo que intenta el orador romano es superar la dicotomía que puede formularse así; "... a los cultos les faltó oratoria popular, y a los oradores el refinamiento de la cultura" (3, 13). Lo anterior permite establecer una primera exigencia para identificar al orador ideal, a saber; sin filosofía no existe el orador que aquí se busca. Sin embargo, Cicerón aclara, "no en el sentido de que la filosofía lo sea todo, sino en el de que ella ayuda, como ayuda la palestra al actor" (4, 14) (3).

Además, como segunda característica relevante, el orador ideal no es el que sobresale en un solo estilo, contra la opinión de los neoáticos (4), sino que debe mezclar convenientemente el estilo sencillo, el medio y el sublime. En esto, según Cicerón -y aunque el orador perfecto nunca fue visto por Antonio o quizá no existió en absoluto (4, 19)- sobresale una vez más Demóstenes, pues, "no ha habido otro más vigoroso, ni más agudo, ni más moderado" (7, 23).

A partir de las dos características mencionadas, y que reflejan lo que debe ser el orador ideal, Cicerón manifiesta el principio desde donde surge el juicio oportuno sobre el orador perfecto; es así como "en todo tiempo la prudentia del auditorio ha sido la medida que orienta la elocuencia de los oradores" (8, 24) (5). Este criterio principal, sin embargo, implica enfrentar un problema relevante, que Cicerón expresa así: "En cualquier campo es muy difícil exponer el modelo -lo que en griego se llama charakter- de la perfección, ya que lo perfecto para unos es una cosa y para otros otra" (11, 36). En efecto, confiar el juicio sobre la mejor oratoria exclusivamente en el auditorio, implica el hecho de que hay muchos auditorios posibles, que pueden juzgar más persuasivo y perfecto un discurso en detrimento de otro, o considerar en un tiempo un discurso superior y en otro tiempo, lo contrario.

Ahora bien, ¿en qué género debemos buscar al orador perfecto? Cicerón entiende que ha de ser buscado en el género judicial, aunque es necesario reconocer que este toma gran cantidad de recursos del género demostrativo. Siendo este último, el epideiktikón, que busca el placer, "algo así como la nodriza (nutrix) del orador que pretendemos formar" (11, 37).

Además, Cicerón debe tomar una decisión fundamental al momento de encontrar el ideal buscado; el orador perfecto aparece, sobre todo, en la elocutio, la que tiene prioridad radical sobre la inventio y la dispositio, pues estas últimas no necesitan técnica ni esfuerzo, según el rétor romano (16, 51).

En el contexto de la oratoria judicial, Cicerón pondrá énfasis en el ocultamien-to como forma de presentar los argumentos, de modo que sean aceptados (6). Es así como llega a preguntar en relación a la inventio: "Si la discreción del orador no hace una importante selección de los mismos (se refiere a los lugares, tópoi, loci), ¿cómo se va a parar y a insistir en los que son buenos, cómo aliviará los que son duros, cómo ocultará los que no pueden ser refutados...?" (15, 49). Respecto, asimismo, a la dispositio, dice; "de entre los argumentos más sólidos, unos los colocará al comienzo, otros al final, e intercalará los más débiles" (15, 50) (7).

Pero es la elocutio, como hemos dicho antes, lo que permite la caracterización del rétor ideal. Ocurre que si en filosofía, sostiene Cicerón, "donde se mira el contenido y no importa la forma, es tan relevante cómo se dicen las cosas, ¿qué se debe pensar en el caso de las causas, en las cuales se impone totalmente la palabra?" (16, 51). Ocupa también un lugar, aunque como en la sombra -en el contexto de cómo hay que hablar- junto a la elocución, la acción {actio o pronuntiatio), que es, según Cicerón, "una especie de elocuencia del cuerpo, ya que se basa en la voz y en el movimiento" (17, 55).

A partir de aquí, Cicerón plantea cómo hay que influir en los sentimientos, y dice: "Los cambios en la voz son tantos como los cambios en los sentimientos, los cuales a su vez son especialmente provocados por la voz. Por ello, ese orador perfecto (...) adoptará un determinado tono de voz según el sentimiento que quiera dar la impresión que le afecta y según el sentimiento que quiera provocar en el ánimo del oyente" (17, 55) (8). El orador "recurrirá también a los movimientos, sin exageración. En el porte -continúa Cicerón- se mantendrá derecho y erguido; pocos pasos y cortos; desplazamientos moderados y escasos; nada de debilidad en el cuello, nada de movimiento en los dedos, nada de flexión en las falanges al ritmo de la voz; moderará más bien su movimiento con todo el tronco y con flexiones viriles el busto, extendiendo los brazos en los momentos de pasión y recogiéndolos en los de relajación" (18, 59). Luego se detiene en los ojos, pues mientras el rostro es la imagen del alma, los ojos son los intérpretes (18, 60).

A pesar de estas indicaciones, Cicerón insiste en que el orador perfecto solamente sobresale en la elocución, pues las demás cosas quedan como en la sombra (19, 61), ya que el orador ideal no es llamado 'inventor', ni 'compositor' ni 'actor', aunque domine todas esas funciones, sino 'rhetor' en griego, dice Cicerón, y 'elo-quens' en latín. Es así como el poder supremo de la palabra solo es concedido al orador.

¿Qué es lo que orienta, finalmente, al orador ideal de Cicerón? ¿Cuál es la base de la elocuencia? Lo conveniente (decorum o prepon) (21, 70). A partir de aquí, el elocuente buscado es "aquel que en las causas forenses y civiles hable de forma que pruebe, agrade y convenza; probar, en aras de la necesidad; agradar, en aras de la belleza; y convencer, en aras de la victoria. Y el orador romano agrega que "esto último es, en efecto, lo que más importancia de todo tiene para conseguir la victoria. Pero a cada una de estas funciones del orador corresponde un tipo de estilo; preciso a la hora de probar; mediano a la hora de deleitar; vehemente a la hora de convencer, que es donde reside toda la fuerza del orador" (21,69).

Con el fin de realizar un balance de la postura de Cicerón frente al orator perfectus, me parece extremadamente importante la conclusión a la que el mismo rétor romano llega; "Ya tienes Bruto -dice- mi modelo de orador, modelo que seguirás, si lo aceptas, o bien te mantendrás en el tuyo, si ese tuyo es otro distinto. En este asunto, ni discutiré contigo, ni afirmaré nunca que este modelo mío, del que tanto he hablado en este libro, es más cercano a la verdad que el tuyo. Puede, en efecto, no solo parecerme a mí una cosa y a ti otra, sino que a mí mismo puede unas veces parecerme una cosa y otras otra. Y no solo en este tema, cuyos parámetros son la aprobación del público (ad vulgi adsensum) y el placer de los oídos, parámetros que tienen una base muy ligera para el juicio (iudicandum levissima), sino que tampoco en otros asuntos más importantes he encontrado todavía nada más firme (firmius), como para aceptarlo e inclinar mi modelo hacia ello, que aquello que me ha parecido lo más cercano a la verdad, ya que la verdad misma está escondida en la sombra (cum ipsum illud verum tamen in occulto lateret)" (71,237).

Esta formulación escéptica de Cicerón respecto a la posibilidad de encontrar la verdad -lo que refleja el lado más escéptico de la Academia-, y el centrar la retórica en las causas judiciales, con la consiguiente habilidad para el ocultamiento, impiden en definitiva que los criterios morales sirvan para fijar la fisonomía del perfecto orador, quedando esta relegada a la azarosa aceptación del público en un espíritu que se distancia radicalmente de las intenciones de Platón en el Fedro, a pesar de la admiración que Cicerón profesa por el filósofo griego.

2. SAN AGUSTÍN Y EL ORADOR ECLESIÁSTICO; DESDE PERO MÁS ALLÁ DE CICERÓN

San Agustín experimenta otra realidad al describir al orador perfecto; este sí realmente ha existido, no se sujeta de modo absoluto a los requerimientos del auditorio, no apela al ocultamiento de los argumentos débiles y no busca la victoria propia del género judicial, sino, más bien, exponer de la mejor manera la palabra revelada, sin dar especial relevancia a la acción ni al movimiento corporal.

Pero veamos esto un poco más de cerca. En el libro IV del De doctrina Christiana, el Obispo de Hipona se ocupa del modo de exponer las cosas ya previamente entendidas, sin pretender aquí entregar los preceptos retóricos que él aprendió y enseñó, "no porque no tengan una utilidad -dice- sino porque si la tienen deben aprenderse aparte" (1, 2) (9), aunque es claro al afirmar que no encontraremos un compendio de preceptos en ninguna de sus obras.

A pesar de que la retórica puede persuadir sobre la verdad y la mentira, no es aceptable que quienes se ocupan de esta última sean capaces de hacer benévolo, atento y dócil al auditorio, exponiendo con brevedad, claridad y verosimilitud, mientras que los que exponen la verdad deban ignorar cómo persuadir, produciendo hastío al escucharla, trabajo el entenderla y repugnancia al momento de adoptarla (ibid.). San Agustín es enfático cuando interroga: "¿Quién dirá que aquellos al hablar moviendo y empujando al error los ánimos de los oyentes, los han de aterrar, contristar, alegrar y exhortar con ardor; y estos defendiendo la verdad han de dormitar con languidez y frialdad? ¿Quién será tan insensato que así sienta?" (ibid.).

Así queda prefigurado, para San Agustín, el fin del oficio propio del orador cristiano. El expositor de las Escrituras, en su calidad de defensor de la fe y de quien tiene la obligación de explicitar el error, debe abrazar lo bueno y desenseñar (dedo-cere) lo malo. Por el discurso, además, debe apaciguar a los contrarios, alentar a los tibios "y anunciar a los ignorantes de qué se trata y qué se debe esperar" (4, 6). Para enseñar a los oyentes, después de haberlos hecho o encontrado benévolos, atentos y dóciles, debe hacerlo mediante la narración, y para que lo dudoso se vuelva cierto se ha de raciocinar aportando pruebas. Sin embargo, si los oyentes deben ser excitados, entonces se requieren mayores arrestos de elocuencia; "aquí -dice San Agustín- son necesarios los ruegos y las súplicas, las reprensiones y las amenazas y todos los demás recursos que sirven para conmover los ánimos" (ibid.).

A pesar de la importancia que asigna San Agustín a la elocuencia, sin embargo, en términos absolutos, la primacía total está puesta en quienes puedan hablar y razonar sabiamente. De manera que hay que dejar atrás la necia elocuencia y, en este sentido, "tanto más debe evitarse cuanto más se deleita -dice Agustín- el oyente en las cosas inútiles que de él oye, pues como le oyen hablar con elegancia, juzgan que también dice la verdad" (5, 7). Esto, incluso, no pasó inadvertido para quienes se ocuparon antes de la oratoria (como Cicerón, De inventione 1), pues afirmaron que la sabiduría sin elocuencia aprovecha poco a los Estados. Esto a pesar de no conocer la verdadera sabiduría, según el filósofo de Tagaste.

Este es el momento donde San Agustín instaura su propio principio; "deleitará probando el que no puede deleitar diciendo. Ahora bien, el que quiera hablar no solo con sabiduría, sino también con elocuencia -y logrará sin duda más provecho si puede aunar una y otra cosa- con más gusto le remito a que lea, oiga o imite con el ejercicio a los elocuentes, que le mande a entregarse a profesores de elocuencia, con tal que los autores que se lean o se oigan sean alabados con motivo verdadero de que hablaron o hablan no solo elocuente, sino sabiamente. Los que hablan con elocuencia son oídos con gusto; los que hablan sabiamente, con provecho" (5, 8).

El principio antes propuesto permite a San Agustín mostrar el ejemplo del orador perfecto. Es así como los autores sagrados aunan sabiduría y elocuencia: esta elocuencia es, en efecto, la que convenía a estos autores y a ningún otro (6,9). Tales autores utilizaron la oratoria conocida con una propia y cierta, no basada en gracias y adornos propios de la elocuencia tradicional. De manera que en los pasajes de esta nueva retórica, que no abusa de la conocida antes ni la desprecia, "se dicen tales cosas que las palabras con que se dicen no parecen usadas por el que las dice, sino como naturalmente unidas a las cosas, como si se nos quisiera dar a entender que la sabiduría sale de su misma casa, es decir, del corazón del sabio, y que la elocuencia como criada (famulam) inseparable la sigue aun sin ser llamada" (6, 10).

San Agustín analiza con detalle, desde el punto de vista del discurso, pasajes de San Pablo y de los profetas. San Pablo, en primer lugar, aparece como el orador ideal para San Agustín. El Apóstol no siguió los preceptos retóricos, pero no se niega, sin embargo, que la elocuencia siguió a la sabiduría (7, 11). En este sentido, lo que es necesario mostrar es el hecho de que a quienes desprecian a los autores sagrados, se debe responder que sin carecer de la elocuencia, que aquellos estiman más de la cuenta, sin embargo, no la ostentan. Es en esto donde San Agustín marca una diferencia capital. También obraron como rétores insuperables los profetas, y por esto el Obispo de Hipona pregunta: "¿Por ventura aquellos que, teniéndose por sabios y elocuentes, desprecian a nuestros profetas por indoctos e ignorantes del lenguaje, si hubieran tenido que decir algo semejante y a semejantes hombres, hubieran querido decirlo de otro modo sin ser tenidos por necios?" (7, 16). Incluso los Profetas han usado tropos que no existen en la clasificación que los maestros de escuela han realizado (cf. 7, 20; donde se utiliza el nombre de José para todos sus hermanos). Así, pues, "estas palabras -dice San Agustín- no han sido compuestas por arte humano, sino que emanaron sabia y elocuentemente de la mente divina, no intentando la sabiduría que a ella siguiese la elocuencia, sino que la elocuencia no se apartó de la sabiduría" (7,21).

A partir de lo anterior se aclara mejor aún el verdadero fin de la oratoria que busca la enseñanza; buscando la claridad (y en esto los autores cristianos no deben imitar la oscuridad elocuente de los autores sagrados), y utilizando muchas veces un discurso que presente una diligente negligencia, como recomienda el mismo Cicerón, "absolutamente hablando -dice San Agustín- la elocuencia tratando de enseñar no consiste en que agrade lo que se aborrecía o en que se haga lo que se rehusaba, sino en hacer que se descubra lo que estaba oculto" (9, 26). Se trata de amar la verdad en las palabras y no las palabras por sí mismas, aunque se ha de condimentar el discurso como se sazonan los alimentos.

Aunque San Agustín mantiene la idea ciceroniana de que el orador debe enseñar, deleitar y mover, en vistas a la necesidad, la amenidad y la victoria, y que debe, además, utilizar los tres géneros oratorios mezclándolos (10), como lo hacen San Cipriano y San Ambrosio (a saber, el submisso; el temperatum, y el sublime o granáis), el orador eclesiástico siempre debe tratar materias grandes (la retórica jurídica, por el contrario, implica materias pequeñas, como disputas sobre aguas) y dar más importancia a la verdad de la doctrina que a la pulcritud de las palabras.

Además de la distancia que plantea San Agustín respecto a la oratoria descrita por Cicerón, y que responde a una certeza en la posibilidad de acceder a la verdad que el orador romano explícitamente niega al final del Orator, pienso que, en cuanto a la retórica misma, considerada estrictamente como arte, el filósofo de Tagaste aporta otro elemento fundamental hasta nuestros días, a saber; la esencia de la elocuencia que enseña, es hacer claro lo que estaba oculto, es decir, desocultar, con lo que el Obispo de Hipona da un impulso decisivo a la concepción de la retórica como arte hermenéutico, y cierra por lo mismo las puertas a las estrategias de ocultamiento intencional propuestas por Cicerón, quien buscaba al orador ideal donde para San Agustín no puede estar como paradigma de una recta elocuencia, esto es; en la retórica jurídica.

 
NOTAS

(1)       Los números entre paréntesis en este apartado pertenecen al Orator.

(2)       David Pujante en Manual de retórica, Madrid, Ed. Castalia, 2003, pp. 53-54,         [ Links ] observa acertadamente que en el De oratore (55 a. de C.) Cicerón defiende al orador como un hombre completo, como un verdadero intelectual que va más allá de la mera preceptiva retórica. No estoy de acuerdo, sin embargo, con la afirmación "Esta coherencia ética se afianzará en el tratado de Quintiliano (i.e. la Institutio oratoria)". Precisamente lo que intento mostrar aquí es que la dimensión ética, en sentido estricto, es aplicable más bien a otras obras de Cicerón (p.e. Las leyes, II, 10, 24-25) y no para contextos eminentemente persuasivos, de cara a un amplio auditorio, como son los casos del De oratore, el Brutus y el Orator. Es así como en op. cit., D. Pujante, al reflexionar sobre el vir bonus de Quintiliano, en cuanto encarna una profunda concepción ética, dice que este funda sus raíces posiblemente en Catón y con seguridad en la polémica antisofística de Sócrates, sin hacer, empero, mención a Cicerón en este importante punto.

(3)       Positum sit igitur in primis, quod post magis intellegetur, sine philosophia non posse effici quem quaerimus eloquentem, non ut in ea tamen omnia sint, sed ut sic adiuvet ut palestra histriones; parva enim magnis saepe rectissime conferuntur.

(4)       Cicerón está de acuerdo con quienes entienden que el mejor estilo es el ático, como Cayo Licinio Calvo, sin embargo el orador romano considera que aquellos, aunque lo desean, no son fieles a tal estilo oratorio y a su desarrollo por parte de Demóstenes. Tampoco acepta que afirmen de él que utiliza el estilo asiático.

(5)       En efecto, respecto al juicio de las mayorías, Cicerón lo prefiere frente al juicio de los doctos. Cf. Cicerón, Bruto: de los oradores ilustres, Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana, UNAM, 2004, Trad. B. Reyes Coria, Introducción, p. XLI.    

(6)       Este aspecto me inclina a aceptar solo en un sentido lato la proximidad entre retórica y filosofía que muchos comentaristas quieren ver en la doctrina de Cicerón expuesta en sus obras retóricas. Cf., por ejemplo, Dirk M. Schenkeveld, en Handbook of classical rhetoric in the Hellenistic period, Ed. Stanley E. Porter, Brill, 1997, cap. 8, p. 200,         [ Links ] afirma: "Reconciliation between the two disciplines (i.e. filosofía y retórica) is attempted by Cicero in his De Oratore, where he proposes the ideal of the orator perfectus, who combines extensive knowledge of philosophy with perfect mastering of rhetorical techniques and attitudes". Esto conduce, a mi juicio, al autor a aproximar excesivamente a Cicerón con las exigencias de Quintiliano respecto al vir bonus (cf. op. cit., p. 202).

(7)       De firmissimis alia prima ponet alia postrema inculcabitque leviora.

(8)       Itaque ule perfectus, quem iam dudum nostra indicat oratio, utcumque se adfectum videri et animum audientis moveri volet, ita certum vocis admovebit sonum; de quo plura decerem, si hoc praecipiendi tempus esset aut si tu hoc quaereres.

(9) Los números entre paréntesis de este apartado pertenecen al libro IV del De doctrina Christiana.

(10)       Además es explícita la admiración que San Agustín tiene por el Hortensius de Cicerón, obra inicial en la que este adhiere al ideal de sabiduría que propone la filosofía platónica; cf. De trinitate XIV, 19, 26. Respecto a la recepción de San Agustín de las enseñanzas de Cicerón como instrumento de evangelización frente a las posiciones hostiles a las técnicas persuasivas a favor de la palabra revelada, sumándole el novedoso elemento de la tradición hermenéutica bíblica, cf. David Pujante, op. cit., p. 60. Aún así, en De trinitate XIII, 4, 7, a propósito de la verdadera felicidad, y de la acertada reflexión en torno a ella de Cicerón en el Hortensius, menciona la raíz académica y escéptica del orador romano: "¿Será falso el principio del cual no dudó el académico Cicerón -los académicos dudan de todo- cuando, al pretender sentar una base cierta donde la duda no fuera posible, comienza su diálogo Hortensio con estas solemnes palabras: 'Ciertamente todos queremos ser felices'?". En Réplica a Adimanto,

 11, San Agustín muestra una crítica más radical a Cicerón en el sentido de que este casi únicamente se ocupa de las palabras, mientras que los autores de las Escrituras se ocuparon de los contenidos.


lunes, 10 de diciembre de 2018

143).-El Espíritu Santo.-a




 Clase de religión del Presbítero Marcial Umaña, en el Instituto de Humanidades Luis Campino, Años 1990 y 1991


Esteban Aguilar Orellana; Giovani Barbatos Epple;Ismael Barrenechea Samaniego; Jorge Catalán Nuñez; Boris Díaz Carrasco; Rafael Díaz del Río Martí;Alfredo Francisco Eloy Barra ;Rodrigo Farias Picon; Franco Antonio González Fortunatti;Patricio Ernesto Hernández Jara; Walter Imilan Ojeda;Jaime Jamet Rojas;Gustavo Morales Guajardo;Francisco Moreno Gallardo; Boris Ormeño Rojas;José Oyarzún Villa;Rodrigo Palacios Marambio;Demetrio Protopsaltis Palma;Cristian Quezada Moreno;Edison Reyes Aramburu; Rodrigo Rivera Hernández;Jorge Rojas Bustos; Alejandro Suau Figueroa; Cristian Vergara Torrealba; Rodrigo Villela Díaz; Nicolas Wasiliew Sala;Marcelo Yañez Garin;Katherine Alejandra del Carmen  Lafoy Guzmán; Franco Natalino; 


Sinopsis del dogma

La doctrina de la Iglesia Católica relativa al Espíritu Santo forma parte integral de su enseñanza sobre el misterio de la Santísima Trinidad, de la cual San Agustín (De Trin., I, III, 5) hablando con timidez dice: "En ningún otro tema, es tan grande el peligro de errar, o tan difícil el progreso, o tan apreciable el fruto de un estudio cuidadoso". Los puntos esenciales del dogma se pueden resumir en las siguientes proposiciones:

El Espíritu Santo es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad.
Como Persona, aunque realmente distinta del Padre y del Hijo, es también consustancial con ellos; siendo Dios como ellos, posee con ellos una y misma naturaleza o Esencia Divina.
Procede, no por generación, sino por espiración del Padre y del Hijo juntos, como de un unico principio.
Esa es la creencia que la fe católica requiere.

Principales errores

Todas las teorías y sectas cristianas que han contradicho o impugnado de cualquier manera el dogma de la Trinidad, como consecuencia lógica, han amenazado asimismo la fe en el Espíritu Santo. Entre estas, la historia menciona las siguientes:

1. En los siglos II y III, los monarquianos dinámicos o modalistas (ciertos ebionitas, es decir, Teodoto de Bizancio, Pablo de Samosata, Praxeas, Noeto, Sabelio y generalmente los patripasianos) sostenían que la misma Persona Divina, de acuerdo a sus diferentes operaciones o manifestaciones, es llamada el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; por lo tanto, reconocían a una Trinidad puramente nominal.
2. En el siglo IV y después, los arrianos y su numerosa prole herética: anómanos o eunomiamos, semi-arrianos, acacianos, etc, si bien admitían la triple personalidad, negaban la consustancialidad. El arrianismo había sido precedido por la teoría de la subordinación de algunos escritores ante-nicenos, quienes afirmaban una diferencia y una gradación entre las Personas Divinas distintas a las que surgen de sus relaciones en el punto de origen.
3. En el siglo XVI, los socinianos rechazaron explícitamente, en nombre de la razón, junto con todos los misterios del cristianismo, la doctrina de las Tres Personas en un Solo Dios.
4. También se debe mencionar las enseñanzas de Johannes Philoponus (siglo VI), Roscelin, Gilberto de la Porrée, Joaquín de Fiore (siglos XI y XII), y en tiempos modernos, Günther, quien, al negar u obscurecer la doctrina de la unidad numérica de la Naturaleza Divina, en realidad estableció una triple deidad.
Además de estos sistemas y escritores que entraron en conflicto con la verdadera doctrina sobre el Espíritu Santo solo indirectamente y como resultado lógico de sus errores previos, hubo otros que atacaron la verdad directamente:

Hacia mediados del siglo IV, Macedonio, obispo de Constantinopla y, después de él un número de semiarrianos, mientras que aparentemente admitían la Divinidad del Verbo, negaban la del Espíritu Santo. Lo colocaron entre los espíritus, ministros inferiores de Dios, pero superiores a los ángeles. Bajo el nombre de pneumatomachi, fueron condenados por el Concilio de Constantinopla, 382 d.C. (Mansi, III, col. 560).
Desde los días de Focio, los cismáticos griegos afirman que el Espíritu Santo, verdadero Dios como el Padre y el Hijo, procede sólo del primero.
La Tercera Persona de la Santísima Trinidad

Este encabezado implica dos verdades:

El Espíritu Santo es una Persona muy distinta, como tal, del Padre y del Hijo;
El es Dios y consustancial con el Padre y el Hijo.
La primera afirmación se opone directamente al monarquianismo y al socinianismo; la segunda, al subordinacionismo, a las diferentes formas de arrianismo y en particular al macedonismo. Los mismos argumentos sacados de las Escrituras y la Tradición, pueden ser usados generalmente para probar cualquiera de las afirmaciones. Sin embargo, presentaremos las pruebas de las dos verdades juntas, pero primero daremos atención especial a algunos pasajes que demuestran más explícitamente la distinción de personalidad.

La Escritura

En el Nuevo Testamento, la palabra espíritu y, tal vez, incluso la expresión espíritu de Dios, significan a veces el alma o el hombre mismo en la medida que está bajo la influencia de Dios y aspira a cosas superiores; frecuentemente, especialmente en San Pablo, denotan a Dios actuando en el hombre; pero además se usan para designar no solo una acción de Dios en general, sino una Persona Divina, quien no es ni el Padre ni el Hijo, aquel que es nombrado junto con el Padre, o el Hijo, o con ambos, sin que el contexto permita identificarlos. Aquí se darán algunos ejemplos. Leemos en Juan 14,16-17: "Y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir”; y en Juan 15,26: "Cuando venga el Paráclito que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí.” San Pedro dirige su primera epístola, 1,1-2, "a los que viven como extranjeros en la Dispersión… Elegidos según el previo conocimiento de Dios Padre, con la acción santificadora del Espíritu Santo, para obedecer a Cristo y ser rociados con su sangre”. El Espíritu de consolación y de verdad se distingue claramente también en Juan 16,7.13-15, desde el Hijo, de quien recibe todo, enseñará a los Apóstoles, y del Padre, quien no tiene nada que el Hijo no posea también. Ambos lo envían, pero Él no se separa de Ellos, pues el Padre y el Hijo vienen con Él cuando desciende a nuestras almas (Juan 14,23).

Muchos otros textos declaran bastante claramente que el Espíritu Santo es una persona, una persona distinta del Padre y del Hijo, y sin embargo, un solo Dios con ellos. En varios lugares, San Pablo habla de Él como si estuviera hablando de Dios. En los Hch. 28,25 le dice a los judíos: "Con razón habló el Espíritu Santo a vuestros padres por medio del profeta Isaías"; ahora bien, la profecía que aparece en los próximos dos versículos está tomada de Is. 6,9-10 donde es puesta en boca del "Rey el Señor de los Ejércitos”. En otros lugares usa las palabras Dios y Espíritu Santo como simplemente sinónimos. De este modo, escribe 1 Cor. 3,16: "¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?"; y en 6,19: "¿O no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros y que habéis recibido de Dios?" San Pedro afirma la misma identidad cuando se queja con Ananías (Hch. 5,3-4): "¿Cómo es que Satanás llenó tu corazón para mentir al Espíritu Santo?...No has mentido a los hombres, sino a Dios." Los escritores sagrados le atribuyen al Espíritu Santo todas las obras características del poder Divino. Es en su nombre, como en el nombre del Padre y del Hijo, que se da el bautismo (Mt. 28,19). Es a través de su operación que se realiza el mayor de los misterios divinos, la Encarnación del Verbo, (Mt. 1,18-20; Lc. 1,35). Es también en su nombre y por su poder que los pecados son perdonados y las almas santificadas: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados” (Jn. 20,22-23); "Pero habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de Nuestro Dios” (1 Cor. 6,11); "el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.” (Rom. 5,5).

El es esencialmente el Espíritu de verdad (Jn. 14,16-17; 15,26), cuyo oficio es fortalecer la fe (Hch. 6,5), conceder sabiduría (Hch. 6,3), dar testimonio de Cristo, es decir, confirmar su enseñanza internamente (Jn. 15,26) y enseñar a los Apóstoles el completo significado de ella (Jn. 14,26; 16,13), con los cuales morará por siempre (Jn. 14,16). Habiendo descendido a ellos en Pentecostés, los guiará en su obra (Hch. 8,29), pues Él inspirará a los nuevos profetas (Hch. 11,28; 13,9) como inspiró a los profetas de la antigua Ley (Hch. 7,51). Él es la fuente de gracias y dones (1 Cor. 12,3-11); Él, en particular, otorga el don de lenguas (Hch. 2,4; 10,44-47). Y mientras habita en nuestros cuerpos, los santifica (1 Cor.3,16; 6,19), y de esta manera algún día los levantará nuevamente de entre los muertos (Rom. 8,11). Sin embargo, Él obra especialmente en el alma, dándole nueva vida (Rom. 8,14-16; 2 Cor. 1,22; 5,5; Gal. 4,6). El es el Espíritu de Dios, y al mismo tiempo el Espíritu de Cristo (Rom. 8,9); porque Él está en Dios, Él conoce los misterios más profundos de Dios (1 Cor. 2,10-11) y posee todo conocimiento. San Pablo termina su Segunda Epístola a los Corintios (13,13) con su fórmula de bendición la cual, puede ser llamada una bendición de la Santísima Trinidad: "La gracia de nuestro Señor Jesucristo, y la caridad de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes.”---Cf. Tixeront "Hist. des dogmes", París, 1905, I, 80, 89, 90, 100, 101.

La Tradición

Al corroborar y explicar el testimonio de la Escritura, la Tradición nos trae más claramente las diversas etapas de la evolución de esta doctrina.

Tan temprano como en el siglo I, San Clemente de Roma nos da una importante enseñanza sobre el Espíritu Santo. Su "Epístola a los Corintios" no sólo nos dice que el Espíritu inspiró y guió a los escritores sagrados (8.1; 45.2), que Él es la voz de Jesucristo hablándonos en el Antiguo Testamento (22.1 ss.), sino que luego contiene dos declaraciones muy explícitas sobre la Trinidad. En 46.6 (Funk "Patres apostolici" 2da ed., I, 158) se lee que "tenemos un solo Dios, un Cristo, un único Espíritu de gracia dentro de nosotros, una misma vocación en Cristo”. En 58.2 (Funk, ibid., 172) el autor hace esta solemne afirmación: zo gar ho theos, kai zo ho kyrios Iesous Christos kai to pneuma to hagion, he te pistis kai he elpis ton eklekton, oti… la cual podemos comparar con la fórmula tan frecuentemente encontrada en el Antiguo Testamento: zo kyrios. De esto se deduce que, en opinión de Clemente, kyrios era igualmente aplicable a ho theos (el Padre) ho kyrios Iesous Christos, y to pneuma to hagion; y que tenemos tres testigos de igual autoridad, cuya Trinidad, además, es el fundamento de la fe y esperanza cristianas.

En los siglos II y III los labios de los mártires declaran la misma doctrina, la cual se halla en los escritos de los Padres. En sus tormentos San Policarpo (m. 155) profesó así su fe en las Tres Adorables Personas ("Martyrium sancti Polycarpi" en Funk op.cit., I, 330): "Señor Dios Todopoderoso, Padre de tu santísimo y bien amado Hijo Jesucristo... te alabo en todo, te bendigo y te glorifico por el eterno y celestial pontífice Jesucristo, tu bien amado Hijo, por quien a Ti con Él y con el Espíritu Santo, gloria ahora y por siempre!". San Epipodio habló más claramente aún (Ruinart, "Acta mart." Ed, Verona, p. 65): "Confieso que Cristo es Dios con el Padre y el Espíritu Santo, y es adecuado que devolveré mi alma a Él, Quien es mi Creador y Redentor".

Entre los apologistas, Atenágoras menciona el Espíritu Santo junto con, y en un mismo plano, que el Padre y el Hijo. "¿Quién no quedaría asombrado" dice (Legat. pro christian., n 10, en P.G., VI, col. 909) "al oirnos llamar ateos, nosotros que confesamos a Dios Padre, Dios Hijo y al Espíritu Santo, y los consideramos Uno en poder y distintos en orden [...ten en te henosei dynamin, hai ten en te taxei diairesin]?".

Teófilo de Antioquía, quien a veces le da al Espíritu Santo, como al Hijo, el nombre de Sabiduría (sophia) menciona además (Ad Autol., lib. I.7, y II.18, en P.G., VI, col. 1035, 1081) los tres términos theos, logos, sophia y, al ser el primero que aplicó la palabra característica que fue adoptada luego, dice expresamente (ibid., II.15) que ellas forman una Trinidad (trias). San Ireneo consideró al Espíritu Santo como eterno (Adv. Hær., V.12.2, en P.G., VII, 1153), existiendo en Dios ante omnem constitutionem, y producido por Él al comienzo de sus caminos (ibid. IV.20.3). Considerado en relación al Padre, el Espíritu Santo es su Sabiduría (IV, XX, 3); el Hijo y Él son las "dos manos" por las cuales Dios creó al hombre (IV, praef., n. 4; IV, XX, 20; V, VI, 1). Considerado en relación a la Iglesia, el mismo Espíritu es verdad, gracia, una señal de inmortalidad, un principio de unión con Dios; íntimamente unido a la Iglesia, le da a los Sacramentos su eficacia y virtud (III.17.2, III.24.1, IV.33.7 y V.8.1).

Aunque San Hipólito no habla tan claramente del Espíritu Santo como una persona distinta, sin embargo, supone que Él es Dios, así como el Padre y el Hijo (Contra Noët., VIII, XII, en P.G., X, 816, 820). Tertuliano es uno de los escritores de esta época cuya tendencia al subordinacionismo es más evidente, a pesar de haber sido el autor de la fórmula definitiva: "Tres Personas, una substancia" y sin embargo, su enseñanza sobre el Espíritu Santo es notable en todos los sentidos. Parece haber sido el primero entre los Padres en afirmar su Divinidad de manera clara y absolutamente precisa. En su obra "Adversus Praxean" se detiene extensamente en la grandeza del Paráclito. El Espíritu Santo, dice él, es Dios (c. XIII En P.L., II, 193); de la substancia del Padre (III, IV En P.L., II, 181-2); uno y el mismo Dios con el Padre y el Hijo (II en P.L., II, 180); procedente del Padre a través del Hijo (IV, VIII en P.L., II, 182, 187); el que enseña toda la verdad (II en P.L., II, 179).

[[San Gregorio Taumaturgous, o al menos el Ekthesis tes pisteos, el cual se le atribuye comúnmente, y el cual data del período entre 260 - 270, nos da este notable pasaje: "Uno es Dios, Padre del Verbo vivo, de Sabiduría subsistente...Uno el Señor, uno de uno, Dios de Dios, invisible de invisible...Uno el Espíritu Santo, quien subsiste de Dios...Trinidad Perfecta, el cual nos e divide ni se separa en eternidad, gloria y poder, ni se divide ni se separa...Trinidad inalterado e inmutable". En el año 304, el mártir San Vicente dijo (Ruinart, op.cit., 325) "Creo en el Señor Jesucristo, Hijo del Altísimo Padre, uno de uno; lo reconozco a Él como un Dios con el Padre y el Espíritu Santo".

Pero debemos retroceder al año 360 para encontrar la doctrina sobre el Espíritu Santo explicada clara y totalmente. Es San Atanasio quien lo explica en sus "Cartas a Serapion" (P.G., XXVI, col. 525 ss). Se le había informado que ciertos cristianos sostenían que la Tercera Persona de la Santísima Trinidad era una creatura. Para refutarlos, consultó las Escrituras, las cuales le proveyeron argumentos tan sólidos como numerosos. Ellos le dicen, en particular, que el Espíritu Santo está unido al Hijo por relaciones tales como aquellas existentes entre el Hijo y el Padre; que Él es enviado por el Hijo; que es su portavoz y lo glorifica; que, contrario a las creaturas, Él no ha sido hecho de la nada, sino que viene de Dios; que realiza la obras de la santificación entre los hombres, de lo cual ninguna creatura es capaz; que al poseerlo, poseemos a Dios; que el Padre creó todo por El; que, en fin, Él es inmutable, tiene los atributos de inmensidad, unicidad y tiene derecho a todos los apelativos y expresiones que se usan para expresar la dignidad del Hijo. Fundamenta la mayoría de estas conclusiones en textos de las Escrituras, unas pocas de las cuales se mencionaron arriba. Pero el escritor pone énfasis especial en lo que se lee en Mateo 28,19: "El Señor", escribe (Ad. Serp., III, n. 6 en PG., XXVI 633 ss) "fundó la fe de la Iglesia en la Trinidad cuando dijo a los Apóstoles: ‘Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo’. Si el Espíritu Santo fuera una criatura, Cristo no lo hubiera asociado al Padre; habría evitado hacer una Trinidad heterogénea, compuesta de elementos disímiles. ¿Qué es lo que Dios necesitaba? ¿Acaso El necesitaba unirse a un ser de diferente naturaleza?... No, la Trinidad no está compuesta por el Creador y la creatura".

Poco después, San Basilio, Dídimo de Alejandría, San Epifanio, San Gregorio Nacianceno, San Ambrosio y San Gregorio de Nisa tomaron la misma tesis ex professo, apoyándola en su mayor parte con las mismas pruebas. Todos estos escritos le prepararon el camino al Concilio de Constantinopla (381), el cual condenó a los pneumatomachis y proclamó solemnemente la verdadera doctrina. Estas enseñanzas forman parte del Credo de Constantinopla como es llamado, donde el símbolo se refería al Espíritu Santo, "quien es también nuestro Señor y quien da vida; quien procede del Padre, el cual es adorado y glorificado junto con el Padre y el Hijo; quien habló por los profetas. ¿Fue este credo, con sus particulares palabras, aprobado por el Concilio de 381?. Anteriormente esa era la opinión común e incluso en tiempos recientes había sido sostenida por autoridades como Hefele, Hergenröther y Funk; otros historiadores, entre los que se encuentran Harnack y Duchesne, opinan lo contrario; pero todos concuerdan en admitir que el credo del cual estamos hablando fue admitido y aprobado por el Concilio de Calcedonia (451) y que, al menos desde aquel tiempo, fue la fórmula oficial de la ortodoxia católica.

Procesión del Espíritu Santo

No nos detendremos mucho en el significado preciso de la Procesión en Dios. (Ver Santísima Trinidad). Baste aquí señalar qué con esta palabra nos referimos a la relación de origen que existe entre una Persona Divina y la otra, o entre una y las otras dos como su principio de origen. El Hijo procede del Padre; el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Aquí se tratará especialmente esta última verdad.

A

Todos los cristianos han admitido siempre que el Espíritu Santo procede del Padre; esta verdad está expresamente establecida en Juan 15,26. Pero los griegos, al igual que Focio, negaban que Él proceda del Hijo. Y, sin embargo, esa es manifiestamente la enseñanza de las Sagradas Escrituras y de los Padres.

En el Nuevo Testamento

(a) El Espíritu Santo es llamado el Espíritu de Cristo (Rom. 8,9), el Espíritu del Hijo (Gál. 4,6), el Espíritu de Jesús (Hch. 16,7). Estos términos implican una relación del Espíritu con el Hijo, la cual sólo puede ser una relación de origen. Esta conclusión es tanto más indiscutible, dado que todos admiten el argumento similar para explicar por qué el Espíritu Santo es llamado el Espíritu del Padre. Es así como San Agustín argumenta (En Joan., Tr. XCIX, 6, 7 en PL, XXXV, 1888): “Escuchas al mismo Señor declarar: ‘no eres tú quien habla, sino el Espíritu de tu Padre que habla en ti'. Asimismo, oyes al Apóstol declarar: ‘Dios ha enviado el Espíritu de Su Hijo a vuestros corazones. ¿Puede entonces haber dos espíritus, uno, el espíritu del Padre y otro el espíritu del Hijo? Ciertamente no. Así como hay un solo Padre, así como hay un solo Señor o un Hijo, así también hay un solo Espíritu, quien es, consecuentemente, el Espíritu de ambos... ¿Por qué entonces te negarías a creer que Él procede también del Hijo, siendo que Él es también el Espíritu del Hijo? Si no procediese de Jesús, cuando Él se apareció a sus discípulos luego de la Resurrección, no habría soplado sobre ellos diciéndoles: 'Reciban ustedes el Espíritu Santo'. ¿Qué, ciertamente, significa este aliento sino que el Espíritu procede también de El?". San Atanasio había argumentando exactamente del mismo modo (De Trin. et Spir. S., n. 19, en P.G., XXIV, 1212) y concluye: «Decimos que el Hijo de Dios también es la fuente del Espíritu."

(b) Según Jn. 16,13-15, el Espíritu Santo recibe del Hijo. "Cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros.” Ahora bien, una Persona Divina puede recibir de la otra sólo por Procesión, relacionándose con el otro como a un principio. Lo que el Paráclito recibirá del Hijo es conocimiento inmanente, el cual El manifestará luego exteriormente. Pero este conocimiento inmanente es la misma esencia del Espíritu Santo. Por lo tanto, éste tiene su origen en el Hijo, el Espíritu Santo procede del Hijo. "No hablará por su cuenta" dice San Agustín (En Joan., tr. XCIX, 4 en PL., XXXV, 1887) "porque El no proviene de sí mismo, sino que Él les hablará todo lo que ha escuchado. Él escuchará de aquél de quien procede. En su caso, escuchar es conocer y conocer es ser. Deriva su conocimiento de aquel de quien deriva su esencia". San Cirilo de Alejandría señala que las palabras: "recibirá de lo mío" significan "la naturaleza" la cual el Espíritu Santo tiene del Hijo, así como el Hijo la tiene del Padre (De Trin., dialog. VI en PG., LXXV, 1011). Por otro lado, Jesús da la siguiente razón a su afirmación : "tomará de lo mío": "Todo lo que tiene el Padre es mío". Ahora bien, puesto que el Padre tiene respecto al Espíritu Santo la relación que llamamos Espiración Activa, el Hijo también la tiene; y en el Espíritu Santo ella existe, consecuentemente, en relación a ambos, una Espiración Pasiva o Procesión.

Los Padres han afirmado constantemente la misma verdad

Este hecho es indiscutible en lo que a los Padres Occidentales se refiere; pero en cuanto a los [[Iglesias Orientales|orientales, los griegos lo negaron. Citaremos, por lo tanto, algunos testigos entre éstos últimos. El testimonio de San Atanasio ha sido citado mas arriba, al efecto de que "El Hijo es la fuente del Espíritu", y la declaración de San Cirilo de Alejandría que el Espíritu Santo tiene su "naturaleza" del Hijo. Este último santo después afirma (Thesaur., afirm. XXXIV en PG., LXXV, 585); "Cuando el Espíritu Santo llega a nuestros corazones, nos hace semejantes a Dios, porque Él procede del Padre y del Hijo"; y nuevamente (Epist., XVII, Ad Nestorium, De excommunicatione en PG., LXXVII, 117): "El Espíritu Santo Santo no es ajeno al Hijo, pues Él es llamado el Espíritu de Verdad, y Cristo es la Verdad; así Él procede de Cristo así como también de Dios Padre". San Basilio (De Spirit.S., 18 en P.G., XXXII, 147) no desea que nos apartemos del orden tradicional al mencionar las Tres Personas Divinas porque "como el Hijo es al Padre, así el Espíritu es al Hijo, de acuerdo con el antiguo orden de los nombres en la fórmula del bautismo". San Epifanio escribe (Ancor., VIII, en PG., XLIII, 29, 30) que no puede considerarse al Paráclito como desconectado del Padre y del Hijo, puesto que es uno con Ellos en substancia y divinidad" y declara que "El procede del Padre y del Hijo"; un poco más adelante agrega (op.cit. XI, en P.G., XLIII, 35): "Nadie conoce al Espíritu, además del Padre, excepto el Hijo, del cual procede y de quien recibe". Finalmente, un concilio efectuado en Seléucida en el año 410 proclamó su fe "en el Espíritu Santo Viviente, el Santo Paráclito Viviente, quien procede del Padre y del Hijo" (Lamy, "Concilium Seleuciae", Lovaina, 1868).

Sin embargo, al comparar los escritores latinos como un cuerpo, con los escritores orientales, notamos una diferencia en lenguaje: mientras que los primeros casi unánimemente afirman que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, los últimos generalmente dicen que procede del Padre a través del Hijo. En realidad, el pensamiento expresado tanto por griegos como por latinos es uno y el mismo, sólo hay una pequeña diferencia en la manera de expresarlos: la fórmula griega ek tou patros dia tou ouiou expresa directamente el orden según el cual el Padre y el Hijo son el principio del Espíritu Santo, e implica su igualdad como principio; la fórmula latina expresa directamente esa igualdad e implica el orden. Así como el Hijo mismo procede del Padre, es del Padre que Él recibe, junto con todo lo demás, la virtud que lo hace el principio del Espíritu Santo. De este modo, el Padre sólo es principium absque principio, aitia anarchos prokatarktike, y, comparativamente, el Hijo es un principio intermedio. El uso preciso de las dos preposiciones, ek (de) y dia (a través) no implica nada más.

En los siglos XIII y XIV, los teólogos griegos Blemmida, Beccus, Calecas y Besarión llamaron la atención a esto, explicando que las dos partículas tienen el mismo significado, pero el de se ajusta mejor a la Primera Persona, quien es la fuente de las otras, y a través, a la Segunda Persona, quien viene del Padre. Mucho antes de su tiempo, San Basilio había escrito (De Spir. S., VIII, 21 en P.G., LIX, 56): "la expresión di ou expresa reconocimiento del principio primordial [tes prokatarktikes aitias]"; y San Juan Crisóstomo (Hom. V sobre Juan., n. 2 en P.G., LIX, 56): "Si se ha dicho a través de Él, se ha dicho sólo para que nadie pueda imaginar que el Hijo no es generado". Se puede añadir que la terminología usada por los escritores orientales y occidentales, respectivamente, para expresar la idea está lejos de ser invariable. Así como Cirilo, Epifanio y otros griegos afirman la Procesión ex utroque, así también varios escritores latinos no consideraban que se estaban alejando de la enseñanza de su Iglesia al expresarse como los griegos. Es así como Tertuliano (Contra Prax., IV, en P.L., II, 182): "Spiritum non aliunde puto quam a Patre per Filium"; y San Hilario (De Trinit., lib., XII.57, en P.L., X, 472), dirigiéndose al Padre, confiesa que desea adorar con Él y el Hijo "a Su Espíritu Santo, quien viene de El a través de Su único Hijo".Y, sin embargo, el mismo escritor había dicho en tono más alto (op. Cot., lib. II, 29, en P.L., X, 69), "que debemos confesar que el Espíritu Santo viene del Padre y del Hijo", prueba clara de que las dos fórmulas eran consideradas como sustancialmente equivalentes.

B

Al proceder tanto del Padre como del Hijo, sin embargo, el Espíritu Santo procede de ellos como de un principio único. Esta verdad está al menos insinuada en el pasaje de Juan 6,15 (citado más arriba) donde Cristo establece una conexión necesaria entre su propio compartir en todo lo que el Padre tiene y la Procesión del Espíritu Santo. Por lo tanto, se deduce, sin duda, que el Espíritu Santo procede de las otras dos Personas, no en tanto son distintas, sino en tanto su divina perfección es numéricamente una. Además, tal es la enseñanza explícita de la tradición eclesiástica, la cual fue establecida concisamente por San Agustín (De Trin., lib V,14): "Como el Padre y el Hijo son un solo Dios y, relativamente a la criatura, un solo creador y un Señor, así también, relativamente al Espíritu Santo, son un solo principio". Esta doctrina fue definida en las siguientes palabras por el Segundo Concilio Ecuménico de Lión (Denzinger, "Enchiridion" (1908), n. 460): "Confesamos que el Espíritu Santo procede eternamente del Padre y del Hijo, no como dos principios, sino como un principio, no por dos espiraciones, sino por una sola espiración". La enseñanza fue nuevamente planteada por el Concilio de Florencia (ibid., n. 691), y por Eugenio IV en su Bula "Cantate Domino" (ibid., n. 703 ss).

C

Es asimismo un artículo de fe que el Espíritu Santo no procede, como la Segunda Persona de la Trinidad, por medio de generación. No sólo es a la Segunda Persona sola a quien las Escrituras llaman Hijo, no sólo es Él solamente considerado engendrado, sino que es también llamado el único Hijo de Dios; el antiguo símbolo que lleva el nombre de San Atanasio declara expresamente que "el Espíritu Santo viene del Padre y del Hijo, no hecho no creado, no generado sino procedente". Dado que somos totalmente incapaces de señalar de otro modo el significado del misterioso modo que afecta esta relación de origen, le aplicamos el nombre de espiración, cuya significación es principalmente negativa y a modo de contraste, en el sentido que afirma una Procesión peculiar al Espíritu Santo y exclusiva de filiación. Pero, aunque distinguimos absoluta y esencialmente entre generación y espiración, es una tarea muy delicada y difícil decir cuál es la diferencia. Santo Tomás (I,Q.27), siguiendo a San Agustín (De. Trin., XV, XXVII) encuentra la explicación y, como si fuera el epítome de la doctrina en principio que, en Dios, el Hijo procede a través del intelecto y el Espíritu Santo a través de la voluntad. El Hijo es, en lenguaje de la Escritura, la imagen del Dios Invisible, su Palabra, Su sabiduría no creada. Dios se contempla a sí mismo y se conoce a sí mismo desde toda la eternidad y, al conocerse a sí mismo, Él forma dentro de sí una idea sustancial de sí y este pensamiento sustancial es su Palabra. Ahora bien, cada acto de conocimiento se logra por la producción en el intelecto de la representación de un objeto conocido; desde aquí, entonces el proceso ofrece una cierta analogía con la generación, la cual es la producción por un ser vivo de un ser participante de la misma naturaleza; y la analogía es mucho más sorprendente cuando es asunto de este acto de conocimiento Divino, el término eterno del cual es un ser sustancial, consustancial dentro del tema conocido. En cuanto al Espíritu Santo, de acuerdo a la doctrina común de los teólogos, Él procede a través de la voluntad. El Espíritu Santo, como lo indica su nombre, es santo en virtud de su origen, su espiración; por lo tanto, proviene de un principio santo; ahora bien, la santidad reside en la voluntad así como la sabiduría está en el intelecto. Esta es también la razón por la que es llamado a menudo par excellence, en los escritos de los Padres, amor y caridad. El Padre y el Hijo se aman desde toda la eternidad con un amor perfecto e inefable; el término de este amor infinito y fértil es su Espíritu, el cual es co eterno y co-sustancial con ellos. Sólo el Espíritu Santo no está obligado con la forma de su Procesión, precisamente por esta perfecta resemblanza a su principio, en otras palabras, por su consustancialidad; dado que querer o amar un objeto no implica formalmente la producción de su imagen inmanente en el alma que ama, sino una tendencia, un movimiento de la voluntad hacia la cosa amada para estar unido a él y disfrutarlo. Así, teniendo en cuenta la debilidad de nuestro intelecto al conocer, y la impropiedad de nuestras palabras para expresar los misterios de la vida Divina, si podemos captar cómo la palabra generación, liberada de todas las imperfecciones del orden material, puede ser aplicada por analogía a la Procesión de la Palabra, veremos que el término no puede, de ningún modo ser aplicado apropiadamente a la Procesión del Espíritu Santo.

Filioque

Habiendo tratado la parte que toma el Hijo en la Procesión del Espíritu Santo, estamos próximos a considerar la introducción de la expresión Filioque, dentro del Credo de Constantinopla. Se desconoce el autor de la adición, aunque su primer rastro se encuentra en España. El Filioque, fue sucesivamente introducido dentro del Símbolo del Concilio de Toledo en el año 447, entonces, en cumplimiento de una orden de otro sínodo efectuado en el mismo lugar en el año 589, fue incluido en el Credo Niceno-Constantinopolitano. Admitido también dentro del ”quicunque vult”, comenzó a aparecer en Francia en el siglo VIII. Fue cantado en el 767 en la capilla de Carlomagno en Gentilly, donde fue oído por embajadores de Constantino Coprónimo. Los griegos estaban impactados y protestaron; los latinos dieron explicaciones, a lo que siguieron muchas discusiones. El arzobispo de Aquileia, Paulino, defendió la adición en el Concilio de Friuli (796). Fue luego aceptado por un concilio celebrado en Aquisgrán (809). Sin embargo, como probó ser un obstáculo para los griegos, el Papa San León III, lo desaprobó y, aunque concordaba enteramente con los francos sobre la cuestión de la doctrina, aconsejó omitir la nueva palabra. El mismo dio origen a dos grandes planchas de plata, sobre las cuales se grabó el credo con la expresión disputada omitida, para ser erigidas en la Basílica de San Pedro. Su consejo fue desatendido por los francos; y, como la conducta y el cisma de Focio parecía justificar el que los occidentales le tuvieran más consideración a los sentimientos de los griegos, la adición de las palabras fue aceptada por la Iglesia Romana bajo el [[Papa Benedicto VIII (ct. Funk, "Kirchengeschichte", Paderborn, 2901, p. 243).

Los griegos siempre habían acusado a los latinos por hacer la adición. Consideraban que, bastante aparte de la cuestión doctrinal involucrada en la expresión, la inserción fue hecha violando el decreto del Concilio de Éfeso que prohibía a cualquiera "producir, escribir o componer una confesión de fe otra que la definida por los Padres de Nicea". Tal razón no resistiría examen. Suponiendo la verdad del dogma (establecida arriba), es inadmisible que la Iglesia pueda o pudiera haberse privado del derecho a mencionarlo en el símbolo. Si nos adherimos a la opinión, la cual posee fuertes argumentos de apoyo, que considera que los desarrollos del Credo en lo que respecta al Espíritu Santo fueron aprobados por el Concilio de Constantinopla (381), de inmediato podría establecerse que los obispos en Éfeso (431) ciertamente no pensaron en condenar o culpar a los de Constantinopla. Pero, dado el hecho que la expresión disputada fue autorizada por el Concilio de Calcedonia en el año 451, concluimos que la prohibición del Concilio de Éfeso nunca fue comprendida y no debe entenderse en un sentido absoluto. Podría ser considerada ya sea como doctrinal, o como un mero pronunciamiento disciplinario. En el primer caso, podría excluir cualquier adición o modificación opuesta, o discrepante con el depósito de la Revelación; y tal parece ser su importancia histórica pues fue propuesta y aceptada por los Padres en oposición a la formula manchada con Nestorianismo. Considerado el segundo caso como una medida disciplinaria, pudo vincular solo a aquellos que no eran depositarios del poder supremo en la Iglesia. Los últimos, en tanto es su deber enseñar la verdad revelada y preservarla del error, poseen autoridad Divina, el poder y el derecho de redactar y proponer a los fieles tales confesiones de fe como las circunstancias puedan demandar. Este derecho es tan ilimitado como inalienable.

Dones del Espíritu Santo

Este título y la teoría conectada a él, así como la teoría de los frutos del Espíritu Santo y la de los pecados contra el Espíritu Santo, implican lo que los teólogos llaman apropiación. Se entiende por este término el atribuir especialmente a una Persona Divina las perfecciones y las obras exteriores que nos parecen más clara e inmediatamente conectadas a El, cuando consideramos sus características personales, pero que en realidad son comunes a las Tres Personas. Es en este sentido que atribuimos al Padre, la perfección de omnipotencia con sus más impactantes manifestaciones, por ejemplo, la Creación, porque Él es el principio de las otras dos Personas; al Hijo le atribuimos la sabiduría y las obras de sabiduría, porque Él procede del Padre por el intelecto; al Espíritu Santo le atribuimos las operaciones de la gracia y la santificación de las almas y en particular, los dones y frutos espirituales, porque Él procede del Padre y del Hijo como su amor mutuo y en las Sagradas Escrituras se le llama la bondad y caridad de Dios.

Los dones del Espíritu Santo son de dos tipos: los primeros están especialmente destinados a la santificación de la persona que los recibe; los segundos, llamados más propiamente carismas, son favores extraordinarios otorgados para ayudar a otros, favores, también, los cuales no santifican por sí mismos, e incluso pueden estar separados de la gracia santificante. Los del primer tipo son un total de siete, como los enumera Isaías (11, 2-3) donde el profeta los ve y describe en el Mesías. Son los dones de sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia y piedad (santidad) y temor del Señor.

El don de sabiduría, al despegarnos del mundo, nos hace apetecer y amar solo las cosas del cielo.
El don de entendimiento nos ayuda a captar las verdades de la religión en tanto sea necesario.
El don de consejo surge de la prudencia sobrenatural y nos permite ver y escoger correctamente aquello que ayudará más a la gloria de Dios y nuestra propia salvación.
El don de fortaleza nos concede el coraje para sobrellevar los obstáculos y dificultades que surgen en las prácticas de nuestros deberes religiosos.
El don de conocimiento nos muestra el camino a seguir y los peligros a evitar para alcanzar el cielo.
El don de piedad, al inspirarnos una tierna y filial confianza en Dios, nos hace abrazar con gozo todo aquello que atañe a su servicio.
Finalmente, el don de temor nos llena de respeto soberano por Dios, y nos hace temer, por sobre todas las cosas, ofenderlo.
En cuanto a la naturaleza interna de estos dones, los teólogos los consideran sobrenaturales y cualidades permanentes, los cuales nos hacen atentos a la voz de Dios, la cual nos hace susceptibles a las obras de la gracia actual, la cual nos hace amar las cosas de Dios, y, en consecuencia, nos hace más obedientes y dóciles a las inspiraciones del Espíritu Santo.

¿Pero, cómo difieren de las virtudes? Algunos escritores piensan que realmente no se distinguen, que ellos son virtudes en tanto los últimos son dones gratuitos de Dios y están esencialmente identificados con la gracia, la caridad y las virtudes. Esa opinión tiene el mérito particular de evitar una multiplicación de las entidades infusas dentro del alma. Otros escritores ven los dones como perfecciones de un orden superior al de las virtudes; las últimas, dicen, nos disponen a seguir el impulso y guía de la razón; los primeros están funcionalmente destinados a volver la voluntad obediente y dócil a las inspiraciones del Espíritu Santo. Para saber más sobre la primera opinión, vea Bellevue, "L'uvre du Saint-Esprit" (París, 1902), 99 ss.; y para la última, ver Santo Tomás, I-II, Q. LXVIII, a. 1, y Froget, "De lhabitation du SaintEsprit dans les âmes justes" (ParÍs, 1900), 378 ss.

Conocemos parcialmente los dones del segundo tipo, o carismas, a través de San Pablo y parcialmente de la historia de la Iglesia primitiva, en el seno de la cual Dios las concedió plenamente. De estas "manifestaciones del Espíritu", "todas estas cosas [que] uno y el mismo Espíritu obró, repartiendo a cada uno según su voluntad", el Apóstol nos habla, particularmente en 1 Cor. 12,6-11; 12,28-31; Rom. 12,6-8.

En el primero de estos tres pasajes vemos que se mencionan nueve carismas: el don de hablar con sabiduría, palabra de ciencia, fe, carisma de curaciones, el don de milagros, el don de profecía, el don de discernimiento de espíritus, el don de lenguas, el don de interpretar las lenguas. A esta lista, debemos añadir, por lo menos, como se encuentra en los otros dos pasajes indicados, el don de gobierno, el don de ayuda y tal vez lo que Pablo llama distributio y misericordia. Sin embargo, no todos los exégetas concuerdan en el número de carismas o la naturaleza de cada una de ellos; tiempo atrás, San Juan Crisóstomo y San Agustín habían señalado la oscuridad del tema. Adhiriéndonos a las opiniones más probables sobre el tema, debemos inmediatamente clasificar los carismas y explicar el significado de la mayoría de ellos como sigue. Forman cuatro grupos naturales:

Dos carismas que consideran la enseñanza de las cosas Divinas: sermo sapientiae, relativa a la exposición de los misterios superiores; y sermo scientiae, y la última relativa al cuerpo de las verdades cristianas.
Tres carismas que apoyan esta enseñanza: fides, gratia sanitatum, operatio virtutum. La fe de la que aquí se habla es la fe en el sentido usado por Mt. 17,19: la que obra maravillas; por lo que es, por así decirlo, una condición y parte de los dos dones mencionados con ella.
Cuatro carismas que sirven para edificar, exhortar y animar a los fieles y para desconcertar a los no creyentes: prophetia, discretio spirituum, genera linguarum, interpretatio sermonum. Estas cuatro parecen caer lógicamente dentro de dos grupos; pues la profecía, la cual es esencialmente una declaración inspirada sobre diferentes temas religiosos, siendo la declaración del futuro sólo de importancia secundaria, encuentra su complemento y, por así decirlo, se verifica en el don de discernimiento de espíritus; y ¿qué, como regla, sería el uso de glosolalia---el don de hablar en lenguas---si faltase el don de interpretarlas?
Finalmente está el carisma que parece tener por objeto la administración de asuntos temporales, en medio de obras de caridad: gubernationes, opitulationes, distributiones. A juzgar por el contexto, estos dones, aunque conferidos y útiles para la dirección y consuelo del prójimo, no necesariamente se encuentran en todos los superiores eclesiásticos.

Siendo los carismas un favor extraordinario y no un requisito para la santificación del individuo, no fueron otorgados indiscriminadamente a todos los cristianos. Sin embargo, en la Era Apostólica, eran comparativamente comunes, especialmente en las comunidades de Jerusalén, Roma y Corinto. La razón de esto es aparente: en las Iglesias nacientes los carismas eran extremadamente útiles e incluso moralmente necesarios para fortalecer la fe de los creyentes, para confundir a los infieles, para hacerlos reflexionar y compensar los falsos milagros con los cuales a veces prevalecían. San Pablo era cuidadoso (1 Cor. 12; 13; 14) para restringir autoritariamente el uso de estos carismas dentro de los fines para los cuales fueron concedidos, y por eso insistían en su subordinación al poder de la jerarquía. Cf Batiffol, "L’Eglise naissante et le catholicisme" (París, 1909), 36. (Vea carismas)

Frutos del Espíritu Santo

Algunos escritores extienden este término a todas las virtudes sobrenaturales, o más bien, a los actos de todas estas virtudes, en tanto son los resultados de la misteriosa obra del Espíritu Santo en nuestras almas por medio de su gracia. Pero, con Santo Tomás (I-II, Q. LXX, a.2) ordinariamente la palabra se restringe al significado de aquellas obras sobrenaturales que se hacen con gozo y paz en el alma. Es en este sentido que muchas autoridades aplican el término a la lista mencionada por San Pablo (Gál. 5,22-23): " En cambio, el fruto del Espíritu Santo es caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia, castidad.” Más aún, no hay dudas que esta lista de doce---tres de las doce no aparecen en varios manuscritos griegos y latinos---no se debe tomar en un sentido estrictamente limitado, sino, de acuerdo a las reglas del lenguaje bíblico, como capaces de ser extendida para incluir todos los actos de carácter similar. Es por eso que el Doctor Angélico dice: "Todo acto virtuoso que el hombre realiza con placer es un fruto".

Los frutos del Espíritu Santo no son hábitos, cualidades permanentes, sino actos. Por lo tanto, no pueden ser confundidos con las virtudes y los dones, de los cuales se distinguen como el efecto es a su causa, o el arroyo es a su fuente. La caridad, paciencia, mansedumbre, etc., de las cuales habla el Apóstol en este pasaje, no son las virtudes mismas, sino más bien sus actos u operaciones; pues, por muy perfectas que sean las virtudes, no pueden ser consideradas como los efectos finales de la gracia, siendo en sí mismas destinadas, en tanto son principios activos, a producir algo más, es decir, sus actos. Aún más, para que se justifique totalmente el nombre metafórico de frutos de estos actos, deben pertenecer a aquella clase (de actos) que son desempeñados con facilidad y placer; en otras palabras, la dificultad involucrada en desempeñarlos debe desaparecer en presencia del deleite y satisfacción que resulta del bien logrado.

Pecados contra el Espíritu Santo

El pecado o blasfemia contra el Espíritu Santo es mencionado en Mt. 12,22-32; Mc. 3,22-30; Lc. 12,10 (cf. 11,14-23); y en todas partes Cristo declara que no será perdonado. ¿En qué consiste?. Si examinamos todos los pasajes aludidos, no hay muchas dudas sobre la respuesta. Por ejemplo, tomemos en cuenta el relato de San Mateo, el cual es más completo que el de los otros Sinópticos. Le trajeron a Cristo "un endemoniado ciego y mudo. Y le curó, de suerte que el mudo hablaba y veía.” Mientras, la muchedumbre admirada se preguntaba "¿No será éste el Hijo de David?".
Los fariseos, dando paso a sus celos habituales y cerrando sus ojos a la luz de la evidencia, dijeron: "Este no expulsa los demonios más que por Beelzebul, príncipe de los demonios". Luego Jesús les prueba este absurdo y, consecuentemente, la malicia de su explicación; les muestra que es por el “Espíritu de Dios” que el arroja fuera los demonios, y luego concluye: “Por eso os digo: todo pecado y blasfemia se le perdonará a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu Santo no será perdonada. Y al que diga una palabra contra el Hijo del Hombre, se le perdonará; pero al que la diga contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el otro.”

Por lo tanto, pecar contra el Espíritu Santo es confundirlo con el espíritu del mal, es negarle, por pura malicia, el carácter divino a obras manifiestamente divinas. Es en este sentido que San Marcos también define el tema del pecado; pues, luego de repetir las palabras del Maestro: "Pero el que blasfeme al Espíritu Santo, no tendrá jamás perdón" inmediatamente después agrega: "Y justamente ese era su pecado cuando decían: está poseído por un espíritu inmundo". Jesús contrasta con este pecado de pura y categórica malicia el pecado "contra el Hijo del Hombre", es decir, el pecado cometido contra Él mismo como hombre, el mal hecho a su humanidad al juzgarlo por su humilde y pobre apariencia. Esta falta, distinta a la primera, puede ser excusada como resultado de la ignorancia e incomprensión humanas.

Pero los Padres de la Iglesia, comentando los textos del Evangelio que hemos tratado, no se quedaron solo con los significados dados arriba. Ya sea que desearan agrupar todos los casos objetivamente análogos, o ya sea que vacilaban y titubeaban al enfrentarse a este punto de la doctrina, que San Agustín declara (Serm. II de verbis Domini, c.V) una de las más difíciles en la Escritura, propusieron diferentes interpretaciones o explicaciones.

Santo Tomás, a quien podemos seguir confiados, provee un buen resumen de opiniones en II-II, Q XIV. Él plantea que la blasfemia contra el Espíritu Santo fue y puede ser explicada en tres formas:

A veces, y en su significado más literal, se ha tomado como que significa el pronunciamiento un insulto contra el Espíritu Divino, aplicando la apelación ya sea al Espíritu Santo o a todas las Tres Divinas Personas. Este era el pecado de los fariseos, quienes hablaron al principio contra "el Hijo del hombre" criticando las obras y comportamiento humanos de Jesús, acusándolo de amar el regocijo y el vino, de asociarse con los publicanos y quienes luego, con indudable mala fe, calumniaron sus obras divinas obras, los milagros que realizó en virtud de su propia Divinidad.
Por otro lado, San Agustín, frecuentemente explica la blasfemia contra el Espíritu Santo como impenitencia final, la perseverancia hasta la muerte en pecado mortal. Esta impenitencia es contra el Espíritu Santo en el sentido que frustra y es absolutamente opuesta al perdón de los pecados, y este perdón se apropia al Espíritu Santo, el mutuo amor del Padre y el Hijo. En esta perspectiva, Jesús, en Mateo 12 y Marcos 3 realmente no acusaba a los fariseos de blasfemar contra el Espíritu Santo; Él solo les advierte contra el peligro en que se encontraban al hacerlo.
Finalmente, varios Padres, y luego de ellos, muchos teólogos escolásticos, aplican la expresión a todos los pecados directamente opuestos a aquella cualidad que es, por apropiación, la cualidad característica de la Tercera Persona Divina. La caridad y la bondad se atribuyen especialmente al Espíritu Santo, como el poder es al Padre y la sabiduría al Hijo. Entonces, así como llamaron pecados contra el Padre aquellos que resultan de la fragilidad, los pecados contra el Hijo aquellos que nacen de la ignorancia, así los pecados contra el Espíritu Santo son aquellos que son cometidos con absoluta malicia, ya sea por desprecio o rechazo de las inspiraciones e impulsos que, habiendo sido animados en el alma del hombre por el Espíritu Santo, pudieran haberlo desviado o librado del mal.
Es fácil ver cómo esta amplia explicación se ajusta a todas las circunstancias del caso donde Cristo dirige sus palabras a los fariseos. Estos pecados son considerados comúnmente seis: desesperanza, presunción, impenitencia o una fija determinación a no arrepentirse, obstinación, resistencia a la verdad conocida y la envidia por el bienestar espiritual de otro.

Se dice que los pecados contra el Espíritu Santo son imperdonables, aunque el significado de esta afirmación variará bastante de acuerdo a cuál de las tres explicaciones dadas mas arriba es aceptada. En cuanto a la impenitencia final, esto es absoluto, lo cual se entiende fácilmente, pues incluso Dios no puede perdonar donde no hay arrepentimiento y el momento de la muerte es el instante fatal después del cual no se perdona ningún pecado mortal. San Agustín sostuvo que el pecado contra el Espíritu Santo es solamente el de la impenitencia final porque consideró que las palabras de Cristo implicaban la absoluta inperdonabilidad. En las otras dos explicaciones, de acuerdo a Santo Tomás, el pecado contra el Espíritu Santo es perdonable---no siempre ni absolutamente, sino en la medida que (considerado en sí mismo) no tenga reclamos ni circunstancias extenuantes, que tiendan hacia el perdón, que puedan ser alegados en el caso de pecados de debilidad e ignorancia. Aquel que, por pura y deliberada malicia, se niegue a reconocer la obra manifiesta de Dios, o rechace los medios de salvación necesarios, actúa exactamente igual al hombre enfermo que no solo rehúsa toda medicina y alimento, sino que hacer todo lo que está en su poder para aumentar su enfermedad, y cuyo mal se torna incurable debido a su propia acción. Es verdad que en cualquier caso Dios podría, por un milagro, vencer el mal; El podría, por su propia omnipotente intervención, ya sea anular las causas naturales de la muerte corporal, o cambiar radicalmente la voluntad del pecador porfiado, pero tal intervención no estaría de acuerdo con su providencia ordinaria; y si Él le permite actuar a las causas secundarias, si El le ofrece al libre albedrío humano la gracia ordinaria pero suficiente, ¿quién podría tener motivo de queja? En una palabra, la imperdonabilidad de los pecados contra el Espíritu Santo es exclusivamente de parte del pecador, debido a los actos del pecador.


Bibliografía: Sobre el dogma vea: SANTO TOMÁS, Summa Theol., I, Q. XXXVI-XLIII; FRANZELIN, De Deo Trino (RomA, 1881); C. PESCH, Pælectiones dogmaticæ, II (FriburgO im Br., 1895) POHLE, Lehrbuch der Dogmatik, I (Paderborn, 1902); TANQUEREY, Synop. Theol. dogm. spec., I, II (Roma, 1907-8). Respecto a los argumentos bíblicos para el dogma: WINSTANLEY, Spirit in the New Testament (Cambridge, 1908); LEMONNYER, Epîtres de S. Paul, I (París, 1905). Respecto a la tradición: PETAVIO, De Deo Trino in his Dogmata theologica; SCHWANE, Dogmengeschichte, I (Friburgo im Br., 1892); DE REGNON, Etudes théologiques sur la Sainte Trinité (París, 1892); TIXERONT, Hist. Des dogmes, I (París, 1905); TURMEL, Hist. de la théol. positive (París, 1904).

Fuente: Forget, Jacques. "Holy Ghost." The Catholic Encyclopedia. Vol. 7. New York: Robert Appleton Company, 1910. <http://www.newadvent.org/cathen/07409a.htm

lunes, 5 de noviembre de 2018

138).-Sagrada Comunión.-a




 Clase de religión del Presbítero Marcial Umaña, en el Instituto de Humanidades Luis Campino, Años 1990 y 1991

Esteban Aguilar Orellana; Giovani Barbatos Epple;Ismael Barrenechea Samaniego; Jorge Catalán Nuñez; Boris Díaz Carrasco; Rafael Díaz del Río Martí;Alfredo Francisco Eloy Barra ;Rodrigo Farias Picon; Franco Antonio González Fortunatti;Patricio Ernesto Hernández Jara; Walter Imilan Ojeda;Jaime Jamet Rojas;Gustavo Morales Guajardo;Francisco Moreno Gallardo; Boris Ormeño Rojas;José Oyarzún Villa;Rodrigo Palacios Marambio;Demetrio Protopsaltis Palma;Cristian Quezada Moreno;Edison Reyes Aramburu; Rodrigo Rivera Hernández;Jorge Rojas Bustos; Alejandro Suau Figueroa; Cristian Vergara Torrealba; Rodrigo Villela Díaz; Nicolas Wasiliew Sala;Marcelo Yañez Garin;Katherine Alejandra del Carmen  Lafoy Guzmán; Franco Natalino; 




Concepto

Se entiende por Comunión la recepción propiamente dicha del Sacramento de la Eucaristía. Los escritores ascéticos hablan:

de una recepción puramente sacramental; esto es, cuando la Eucaristía es recibida por una persona apta realmente para los frutos pero falta de alguna disposición tal que los efectos no se producen;
de una recepción espiritual, esto es, por un deseo acompañado por sentimientos de caridad, y
de una recepción sacramental y espiritual, esto es, por aquellos que están en estado de gracia y tienen la necesaria disposición.
Es de esta última clase de la que se discute aquí. Para la recepción real de la Sagrada Eucaristía se requiere que las especies consagradas sean recibidas en el estómago, puesto que esto sólo es el comer indicado por nuestro Señor (Juan 6,58). Bajo el aspecto moral se debe considerar, respecto a la Sagrada Comunión: necesidad; sujeto; disposiciones. El aspecto litúrgico constará de: ministro del sacramento; método de administración.

ASPECTO MORAL

Necesidad

La doctrina de la Iglesia es que la Sagrada Comunión es moralmente necesaria para la salvación, es decir, sin las gracias de este sacramento será muy difícil resistir graves tentaciones y evitar dolorosos pecados. Además, según los teólogos, hay un precepto divino por el cual todos están obligados a recibir la Comunión al menos algunas veces durante su vida. No es fácil determinar cuán a menudo este precepto obliga fuera del peligro de muerte, pero muchos sostienen que la Iglesia prácticamente ha determinado el precepto divino por la ley del Cuarto Concilio de Letrán (c. XXI) confirmado por Trento, que obliga a los fieles a recibir la Comunión una vez al año durante la Pascua.

Sujeto

El sujeto de la Sagrada Comunión es todos los capacitados para recibir los efectos del Sacramento, esto es, todos los bautizados y quienes, si adultos, tienen la intención necesaria (ver Comunión de Niños).

Disposiciones

Esa Sagrada Comunión puede ser recibida no sólo validamente, sino también provechosamente, pero se requieren ciertas disposiciones tanto del cuerpo como del alma. Para lo anterior, la persona debe estar en ayunas desde dos horas antes de cualquier cosa de naturaleza de alimento o bebida. La excepción general a esta regla es el Viático, y, dentro de ciertos límites, la Comunión de los enfermos. Además del ayuno se recomienda con vistas a una mayor dignidad, observar la continencia corporal y modestia exterior en la vestimenta y apariencia. La principal disposición necesaria del alma es por lo menos estar libre de pecado mortal y de censura eclesiástica. Para aquellos en un estado de pecado grave es necesaria la confesión. Esto es “el probarse uno mismo” indicado por San Pablo (1 Cor. 11,28). El único caso en el cual alguien en pecado mortal puede dispensarse de confesión y estar en paz con una perfecta contrición, o perfecta caridad, es cuando por un lado la confesión aquí y ahora es imposible moralmente hablando, y donde, por otro lado existe una real necesidad de la Comunión.

ASPECTO LITURGICO

Ministro

El ministro ordinario de la Sagrada Comunión es alguien que ha recibido al menos los órdenes sacerdotales. En la Iglesia primitiva a menudo se designaban diáconos para este oficio. Los sacerdotes pueden ahora por costumbre general administrar la Comunión a todos los asistentes a sus Misas en iglesias públicas y oratorios. Para el Viático es ordinariamente necesario el permiso del sacerdote de la parroquia. La comunión debe ser administrada a todo aquel que la solicite razonablemente, excluyendo, al menos hasta que hagan suficiente reparación, a los pecadores públicos y aquellos que llevan abiertamente vidas escandalosas. Así, además, no se le dará a aquéllos que sea probable la traten con irreverencia, o a los mentalmente perturbados o aquellos que sufren de cierto tipo de enfermedades.

Método de Administración

En cuanto a la administración, las circunstancias de tiempo, lugar y manera, y las ceremonias pueden ser mencionadas aquí, otros detalles, como reservas, efectos, etc., están considerados en otro lugar. (Ver Eucaristía.) En tiempo ordinario por causas razonables se justifica su administración fuera de la Misa, siempre que esto ocurra dentro del período en el cual está permitida la celebración de la Misa. Existen algunas excepciones: el viático puede ser administrado a cualquier hora; está permitido en casos de enfermedad y de un indulto especial. Sólo se puede dar como viático desde la conclusión de la exposición del Jueves Santo hasta el Sábado Santo. La Comunión puede darse en todas las iglesias y en oratorios públicos o semipúblicos, que no estén bajo interdicto, y, de acuerdo a un edicto reciente de la Congregación de Ritos (8 de mayo de 1907), incluso en oratorios domésticos. Los fieles reciben la Comunión bajo una especie, siendo usado el pan fermentado en las Iglesias Orientales, y sin fermentar en Occidente, bajo ambas especies. Cada uno la recibirá de acuerdo al Rito al que pertenece. Cuando administra la Sagrada Comunión fuera de la Misa el sacerdote siempre debe vestir sobrepelliz y estola, y debe haber dos luces encendidas sobre el altar. En dichas Misas Comunión puede entregarse usando vestimentas negras.


Bibliografía: Ritual Romano: CATALANI, Rituale Romanum de communione (Rome, 1850); BARUFFALDO. Rituale romanum commentarum, XXIII,XXIV (Florencia, 1847); LEHMKUHL,Theoliga Moralis II, De Eucharistiae Sumptione (Friburgo, 1900); GIHR, L'Eucharistiae Sacramento (Rome 1900); DE HARDT, Praxis Liturgiae Sacrae, III, De Eucharistiae Administratione (Friburgo im Br., 1904); DALGAIRNS, Sagrada Comunión (Dubl[in, 1892); HEDLEY, La Sagrada Eucaristía (Londres, 1907); MOUREAU Y DUBLANCHY en VACANT, Dictionnaire de theologie catholique, s.v. Communion Eucharistique.

Fuente: Morrisroe, Patrick. "Holy Communion." The Catholic Encyclopedia. Vol. 7. New York: Robert Appleton Company, 1910. <http://www.newadvent.org/cathen/07402a.htm>.

Traducido por Miguel A. Casas. L H M.

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