1. Noción y existencia de la inspiración. 2. Criterios para reconocer la inspiración. 3. Fuentes documentales que ilustran la fe cristiana en la existencia de libros inspirados. 4. Naturaleza de la inspiración bíblica. 5. Desarrollo histórico de la doctrina sobre la naturaleza de la inspiración (a. Antigüedad cristiana. b. Escolástica medieval. c. Santo Tomás de Aquino. d. La teoría de la causalidad instrumental. e. Noción de inspiración en S. Tomás. f. Cuestiones no tratadas en la doctrina tomista). 6. Síntesis doctrinal acerca de la naturaleza de la inspiración. 7. La inspiración activa. 8. La inspiración pasiva: a. Influjo divino en el intelecto. b. Influjo divino en la voluntad. c. Influjo inspirativo en las potencias ejecutivas. 9. La inspiración terminativa y extensión de la inspiración: a. Inspiración real. b. Inspiración verbal. 10. Nuevas cuestiones y perspectivas: a. La «tradicjón bíblica»: la Iglesia y la Biblia. b. La inspiración bíblica, conjunto de la inspiración pastoral, oratoria y escriturística. c. Inspiración y Tradición. d. Revelación e inspiración. 11. Otras cuestiones: a. El Espíritu Santo inspirador de la Escritura. b. Inspiración del ayudante o completadóres del hagiógrafo. 1. Noción y existencia de la inspiración. Pueden darse varias descripciones de la inspiración divina de la S. E., que siendo sustancialmente idénticas, subrayan uno u otro aspecto del tema o algunos de sus elementos constitutivos. Como una primera aproximación, podría decirse que la inspiración bíblica es un carisma sobrenatural, dado por Dios a ciertos hombres en el seno del Pueblo de Dios del A. y del N. T., para consignar por escrito, con validez general y pública, aquellos misterios de Dios y de su intervención en la historia de la salvación humana, que Dios ha querido que fuesen de ese modo entregados a su Iglesia, por causa de nuestra salud y santificación. La inspiración (i.) divina es, pues, el constitutivo necesario para que un libro forme parte de la Biblia (B.). La i. divina de un escrito es previa y necesaria para que ese escrito sea canónico, es decir, perteneciente a la B. (v. II). Metodológicamente, antes del estudio más hondo de la naturaleza de la i., es conveniente tratar de la cuestión previa de su existencia, es decir, de si existen libros inspirados, esto es, escritos no con las solas fuerzas humanas, sino mediante ese carisma sobrenatural que llamamos i. Consta documentalmente que, al menos desde los últimos siglos del A. T., en el pueblo de Israel se había recibido una colección de libros con el nombre de libros santos o Escritura Sagrada (cfr. 1 Mach 12,9; 2 Mach 8,23). En tiempo de Jesús, los escribas (v.) o doctores judíos reconocían pacífica y unánimemente un valor absoluto y sagrado a tales libros (v. 1, 2; II, A,i). En el uso litúrgico (ceremonias del Templo de Jerusalén y reuniones en las sinagogas) se leían, comentaban y veneraban tales libros, con inclusión de ritos purificatorios tras su lectura. Todo ello implica el reconocimiento de que tales libros tienen origen y carácter divinos. En cuanto a la tradición cristiana, ha sido unánime y constante, a través de toda la historia de la Iglesia, la confesión de la existencia de unos libros divinos y sagrados. La cadena de citaciones a este respecto sería casi interminable. Baste por ello aducir, a modo de ejemplo, un solo texto del Magisterio eclesiástico, a saber, uno de los cánones del conc. Vaticano I: «si alguien no recibiere como sagrados y canónicos los libros de la Sagrada Escritura, íntegros, con todas sus partes, según recensionó el Santo Concilio Tridentino, o negare que tales libros han sido divinamente inspirados, sea anatema» (cfr. Denz.Sch. 3029). Ello implica que la aceptación de la i. y carácter divino de los libros que integran la S. E., es una cuestión de f e divina y católica, es decir, parte integrante del dogma católico (v. t. II, A). Las declaraciones al respecto de la Tradición son tan constantes y numerosas, que nos eximimos de toda cita. Limitémonos a reproducir dos textos de la misma S. E.: «Toda Escritura divinamente inspirada (theopneustos) es útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia» (2 Tim 3,16). «Ninguna profecía de la Escritura es de interpretación particular, pues la profecía no ha sido proferida en los tiempos pasados por voluntad humana, antes bien, movidos por el Espíritu Santo, hablaron de parte de Dios los hombres» (2 Pet 1,2021). 2. Criterios para reconocer la inspiración. ¿Por qué medios, argumentos o criterios podemos establecer con certeza la existencia de tales libros inspirados? De lo que acabamos de decir surge espontáneamente la respuesta: en la multisecular y continua Tradición de la Iglesia (v.), instituida por Dios mismo, y por Él asistida, es donde consta indefectiblemente la fe en la existencia de tales libros. La cuestión de los criterios de inspiración surgió históricamente a raíz de la reforma protestante. Al no aceptar ésta el Magisterio de la Iglesia y al minimizar extremadamente el valor de la Sagrada Tradición (v.), para quedarse con la Scriptura sola, interpretada según el libre examen (v.), es como pudo plantearse el problema: ¿Cómo puede cada fiel estar seguro de encontrarse ante un escrito inspirado? Planteada así la cuestión, fuera de la Tradición y el Magisterio, los reformadores se vieron en la necesidad de buscar otros argumentos o criterios. Y adujeron principalmente tres clases de criterios: 1) Tomados de la índole de cada libro: sublimidad de su doctrina, «propensión hacia Cristo» (Lutero), unidad fundamental de su contenido. Pero este criterio es muy impreciso y vago; existen otros muchos libros, que no han sido especialmente inspirados por Dios, y que, sin embargo, contienen doctrina admirable. 2) Criterios tomados de los sentimientos que la lectura produce en el lector o auditor del escrito. Evidentemente este criterio está sometido a todos los fáciles engaños de la apreciación subjetiva. 3) La gracia del Espíritu Santo en el lector: este criterio, propuesto especialmente por Calvino, supone que el Espíritu Santo hace ver a cada fiel, le da una luz o gracia, para que sepa si el pasaje que lee es o no inspirado por Dios. Es evidente que Dios puede comunicar tales gracias cuando quiera, pero otra cosa es que se ponga como necesaria en cada caso tal gracia especial de Dios; no consta en la Revelación que Dios actúe así de modo ordinario; tal posición calvinista implica además gran subjetivismo y falta de sentido de la misión de la Iglesia. No es, pues, válido tampoco este criterio como norma genérica. 4) Criterios tomados de la persona del autor del libro: se exigía que fuera Profeta para los libros del A. T. y Apóstol para los del N. T. Este criterio tiene amplios fundamentos históricos y doctrinales, pues, de hecho, la mayor parte de los autores del N. T. fueron Apóstoles (excepto Marcos y Lucas) y buena parte de los del A. T. fueron Profetas; pero se le opone que una parte de los hagiógrafos del A. y del N. T. no fueron ni Profetas ni Apóstoles (en sentido estricto), es decir, el carisma inspirativo es distinto que el profético o el apostólico, aunque de hecho hayan confluido muchas veces en la misma persona. Intentados, con resultados no convincentes, todos estos criterios, queda como conclusión que el único criterio válido, con carácter de universalidad, claridad e infalibilidad, es el testimonio público de Dios, conservado en la rica y multisecular Tradición (v.) de la Iglesia, y formulado repetidas veces por el Magisterio (v.) eclesiástico. La Iglesia ha reconocido como sagrados los libros de la S. E. no tras investigaciones científicas, sino como manifestación y definición de la fe de ella misma, «porque, habiendo sido escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios por autor, y como tales (libros inspirados) han sido entregados a la Iglesia» (Vaticano I, Denz.Sch. 3006). La declaración de todos y cada uno de los libros que integran la S. E. constituye el canon bíblico (v. II). El criterio de i. y el de canonicidad se identifican: como enseñó el Conc. Vaticano I, ese criterio es sencilla y claramente que la Iglesia los ha recibido como inspirados, sagrados y canónicos. Como explica H. Zimmermann (Los métodos históricocríticos en el N. T., Madrid 1969, 18) «la fijación de la canonicidad presupone que se da Iglesia antes de * existir los escritos neotestamentarios y que el canon del N. T. se apoya por completo en la autoridad de la Iglesia...» (v. t. apartado 10). Un argumento de conveniencia para ilustrar este criterio se apoya en que, siendo la B. el depósito inspirado de la revelación escrita al que todo cristiano ha de prestar un asentimiento de fe sobrenatural, no debe implicar unas arduas investigaciones por parte de cada fiel; sería hacer muy difícil la regla de fe o conjunto de verdades necesarias para la salvación. En resumidas cuentas., la i. divina de todos y cada uno de los libros de la S. E. nos consta, a cada fiel, por el Magisterio (v.) de la Iglesia, que es de institución divina, y que enseña sencilla y claramente el contenido de la S. Tradición (v.), la cual, a su vez, es el reflejo de la Revelación pública divina (v. REVELACIÓN II y III). 3. Fuentes documentales que ilustran la fe cristiana en la existencia de libros inspirados. La presente cuestión se orienta a saber cuáles sean las fuentes documentales en las cuales la fe cristiana y el Magisterio de la Iglesia tienen unas razones de orden históricocrítico para fundamentar complementariamente la fe en la i. divina de la B. Sería imposible aquí recensionar las fuentes que ilustran la continua Tradición sobre la existencia de libros inspirados; forzosamente hemos de remitir a los grandes manuales y estudios específicos (v. bibl.). La conclusión que de tal encuesta resulta, podemos resumirla así: toda la S. Tradición de la Iglesia, contenida en los testimonios literarios de los Santos Padres, en los documentos del Magisterio eclesiástico desde los orígenes hasta nuestros días, en los teólogos y expositores de la fe cristiana de todos los siglos, así como en algunos textos de la misma S. E., etc., es unánimemente concorde en tener como cierto el hecho de la i. divina de unos libros determinados. Este hecho consiste esencial y nuclearmente en que ciertos libros han sido escritos por un especial y divino impulso que llamamos inspiración, que es peculiar y exclusivo de la S. E. Tal inspiración (i.) constituye a dichos libros en sagrados y divinos, en el sentido de que no han sido escritos con las solas fuerzas humanas, sino que tienen a Dios como autor principal, a Él se debe principalmente el origen e iniciación de los mismos, siendo también los autores humanos o hagiógrafos verdaderos autores de tales libros, pero de modo secundario y dependiente de Dios. Finalmente, tales libros inspirados de tal manera contienen y son la Palabra de Dios (v. PALABRA II) escrita en favor de los hombres (causa nostrae salutis, según fórmula de la const. Dei Verbum del conc. Vaticano II), que son fundamento perenne de la fe y de la doctrina cristiana. 4. Naturaleza de la inspiración bíblica. La teología cristiana, así como el Magisterio de la Iglesia, han ido precisando a lo largo de los siglos la naturaleza del factum inspirativo. De este modo, se ha ido acumulando un caudal de quaestiones en torno a la naturaleza de la i. bíblica que, a partir de la teología escolástica en el s. XIII, ha ido tomando la forma y la estructura de un verdadero tratado teológico dedicado a la explicación racional del hecho de la i.: análisis de sus elementos constitutivos, tanto por lo que mira a la i. como carisina (v.) sobrenatural, como por lo que atañe a la participación humana en la redacción de los libros; «efectos» de la inspiración, alcance o extensión del carisma, etc., para pasar después a la síntesis teológica de tales análisis. En una palabra, nos toca ahora abordar la cuestión de la naturaleza o esencia de la i. divina de la Biblia. Cuando hablamos de la i. bíblica, queremos significar un carisma divino por el que los autores del A. y del N. T. concibieron y redactaron los escritos bíblicos. Este carisma, según la doctrina católica, consiste fundamentalmente en que tales libros no han sido escritos con las solas fuerzas humanas, sino bajo la i. de Dios, al cual tienen por autor principal, mientras tienen como autores secundarios a los hagiógrafos respectivos. También pertenece a la doctrina católica la afirmación de que las diversas facultades anímicas de los hagiógrafos, toda su personalidad, han recibido el influjo carismático, elevando el ejercicio de tales facultades de modo conveniente para que el hagiógrafo sea fiel y apto instrumento de la revelación divina escrita; así como la advertencia de que esa elevación de las facultades anímicas presupone la actividad real y auténticamente humana de las mismas, no su destrucción o abstracción, y finalmente que el influjo divino en los hagiógrafos continúa mientras se verifica la redacción del libro, cesando cuando el escrito está terminado. A la fe católica, solamente pertenece per se la confesión o asentimiento del hecho de la i. en su expresión más sencilla y obvia: poco más o menos lo que se acaba de exponer. Por el contrario, las explicaciones teológicas, más o menos desarrolladas, del núcleo esencial constitutivo del hecho de la i. no pertenecen a la verdad de fe dogmática: caben pues diversos intentos explicativos, pero siempre que reflejen y respeten el hecho nuclear dogmático. En efecto, a lo largo de la historia se han dado explicaciones que implicaban una deformación sustancial del hecho de la i.; p. ej., las que reducían la intervención divina de tal modo que la S. E. vendría a ser un puro producto del pensamiento humano; o por el contrario, las que de tal modo reducían la participación de los hagiógrafos, que éstos ya no actuaban como personas humanas sino como instrumentos irracionales. Ambos extremos son incorrectos y los sistemas que los han propuesto, erróneos, incluso heréticos en cuanto impliquen la negación de los constitutivos esenciales de la naturaleza de la i. Por ello, el Magisterio de la Iglesia ha desautorizado o condenado, según la gravedad de los casos, algunas de esas explicaciones incorrectas. 5. Desarrollo histórico de la doctrina sobre la naturaleza de la inspiración: a. La antigüedad cristiana. El vocablo inspiración es un sustantivo abstracto (latín inspiratio, griego theopneustía) derivado del participio inspirado (inspiratus, theópneustós) empleado por S. Pablo en la 2 Tim 3,16 (pása grafé theópneustos: «toda escritura divina inspirada»). Con el sustantivo inspiración (theopneustía) se designa hoy este carisma, pero en la antigüedad cristiana, generalmente, sólo indicaba un aspecto del mismo, el de la acción pneumatológica divina en la mente del hagiógrafo. Pero el carisma tiene otros elementos constitutivos, como la participación del hagiógrafo en la operación literaria, su enmarcamiento en la vida de la Iglesia, etc. Teniendo en cuenta que la sistematización teológica de' los diversos aspectos y elementos constitutivos de la i. se ha ido desarrollando en el decurso de los siglos, no es de extrañar que cuanto más nos remontamos a los orígenes cristianos, las descripciones sean menos desarrolladas y complejas, hasta quedarnos con exposiciones desnudas del núcleo esencial de la fe. El contacto con la cultura helénica estimuló los primeros intentos cristianos de explicación de la realidad sobrenatural bíblica, y a veces proporcionó unas bases para la terminología. Los pensadores griegos habían ensayado antes una teorizacián de los fenómenos religiosos de los oráculos helenos (v. GRECIA VII); en general los autores (Plutarco, Platón, etc.) hablaban de posesión de los adivinos o mantes por el Dios; los mantes tenían sus visiones en estado de posesión divina (enthousiasmos), en medio de enajenación de los sentidos o locura divina (Theia manía); estas explicaciones tenían su motivación en los fenómenos extraños que se observaban en los adivinos en trance (v. ADIVINACIÓN I; ORÁCULO). Los escritores eclesiásticos antiguos, aunque formados culturalmente en el helenismo, se mantuvieron en posiciones muy sobrias, sin caer, por lo general, en los excesos de la filosofía de la religión griega; usaron una terminología parecida, pero cargándola de nuevos sentidos. Así, el adjetivo theópneustos, aplicado a escritores sagrados, designaba un estado especial por el que se daba una inhabitación del Espíritu de Dios que los hacía aptos para manifestar algo por escrito, de parte de Dios, sin que ello supusiera estado de insania o locura divina ni enajenación de los sentidos. A su vez, aplicado theópneustos al libro sacro, indicaba que éste había sido escrito bajo esa acción inspirativa divina. El fenómeno sobrenatural de la inspiración, como el de la profecía (v.) era, pues, explicado por la teología patrística como una actividad del Espíritu Santo en el hagiógrafo o profeta, pero sin entrar en complejos problemas psicológicos y teológicos. Hasta Montano (ca. 150; v.) los escritores cristianos habían comparado frecuentemente al hagiógrafo o profeta con un instrumento músico: aquéllos proferían sus palabras al ser insuflados, inspirados, por el Espíritu Santo. Las explicaciones pneumáticas de Montano en la línea de la filosofía griega de la religión volvieron más cautos a los escritores patrísticos en el uso de la metáfora, matizándola de modo que no se suprimiese como había hecho Montano la participación humana en el acto inspirativo. Por este camino fueron preparando las ideas básicas para la teología de la i., a saber: la teoría de la causalidad instrumental, y la idea de Dios y el hombre verdaderos autores conjuntos, principal y secundario respectivamente, de los libros sagrados. Sería muy larga la relación de escritos que van desarrollando estas bases teólógicas; por no citar sino a los más importantes autores, podría mencionarse a S. Gregorio Magno (v.), S. jerónimo (v.) y S. Agustín (v.) en Occidente; y a S. Ireneo (v.), Eusebio de Cesarea (v.) y S. Juan Crisóstomo (v.) en Oriénte; a ellos habría que añadir algunos escritos eclesiásticos como los Statuta Ecclesiae antiqua (v.). b. La escolástica medieval. La escolástica anterior al s. XIII hizo poco más. que recopilar y clasificar la herencia teológica de la antigüedad cristiana. Pero en las primeras décadas del s. xill se observa un rapidísimo y fecundo desarrollo teológico sobre nuestro tema. Incluso, los estudios históricos recientes muestran cómo, aproximadamente de 1230 a 1270, la teología de la i. experimenta el mayor desarrollo de su historia, prescindiendo de los tiempos apostólicos. Nombres como Guillermo Altisiodorense (m. ca. 123136), Guillermo de Auvernia (m. 1249; v.), Felipe Grevio (m. 1236), Alejandro de Hales (m. 1245; v.), y sobre todo, S. Buenaventura (m. 1274; v.), S. Alberto Magno (m. 1280; v.) y S. Tomás de Aquino (m. 1274; v.) van sumando sus esfuerzos hasta conseguir un tratado acerca de la profecía y la i., que es una verdadera obra maestra de especulación teológica. Aquí nos vamos a referir especialmente a S. Tomás, porque 61 recoge toda la tradición teológica anterior y construye la gran síntesis, no superada en profundidad y extensión hasta los tiempos modernos. c. Santo Tomás de Aquino. Como en general todos los escolásticos, Tomás de Aquino trató de lo que nosotros llamamos i. de la B., en sus tratados de prophetia. El Aquinate dejó dos completos: la quaestio 12, de Prophetia. de su obra Quaestiones disputatae de veritate (entre 1256 y 1259), y las quaestiones 171174 de la secundasecundde de la Summa Theologiae (entre 1270-1271). Además el cap. 154 del lib. III de la Summa contra gentes (hacia 1261-1264) constituye también un tratado, aunque más sucinto, sobre el tema. En muchos otros lugares, sobre todo en sus comentarios bíblicos, añade agudas observaciones. Se puede afirmar que S. Tomás hizo la síntesis armónica no sólo del legado de la tradición cristiana patrística y escolástica, sino también de las observaciones de la filosofía de la religión griega especialmente aristotélica y de los logros de los falásifa árabes y judíos medievales. Pero S. Tomás supera a todos sus predecesores griegos, musulmanes, judíos y cristianos no. sólo por su más alta sistematización, sino también por la mayor claridad de pensamiento, precisión de expresiones y sobria profundidad teológica. Hay que advertir, sin embargo, que la mayoría de los problemas que se plantean en torno a la naturaleza de la profecía y de la i., habían sido ya propuestos por los Santos Padres, los filósofos griegos, los tratadistas musulmanes y judíos, y los escolásticos cristianos que le habían precedido. El Aquinate, además de otros temas secundarios, se plantea, en mi opinión, los siguientes seis grandes problemas: 1) ¿A qué potencia anímica pertenece de modo eminente el fenómeno profético e (inspirativo)? 2) ¿Tiene sentido como fenómeno natural, o su esencia es netamente sobrenatural? 3) ¿El carisma inspirativo es permanente en vida del profeta o hagiógrafo, o se da per modum actus. es decir, es transeúnte? 4) ¿Se requieren especiales disposiciones naturales en el sujeto? 5) ¿Cuáles son los elementos esenciales en el proceso del conocimiento profético? 6) ¿Admite grados la profecía (e inspiración)? 1) A la'primera pregunta responde que el carisma profético (e inspirativo) pertenece principalmente al conocimiento; tal posición le permite vertebrar el tratado de modo armónico, aunque en una perspectiva restringida, que dejará en penumbra otros aspectos. 2) Por lo que atañe al segundo problema, al abordar de pleno, ya en el De Veritate, el aprovechamiento y crítica de la doctrina arábigojudaica, hace una primera distinción entre profecía natural y sobrenatural; tal distinción, que tiene su precedente en S. Alberto Magno, no había sido, sin embargo, estructurada con toda claridad antes de S. Tomás. Con esta distinción consigue dar solución a buen número de problemas no resueltos hasta entonces; de ese modo aprovecha la doctrina semítica para aplicarla al primer tipo de profecía e i. y precisar, completar o refutar algunas sentencias de los musulmanes y hebreos, referentes a la naturaleza de la profecía e i. propiamente dicha, como fenómeno netamente sobrenatural. En la Summa Theologiae, el Aquinatense podrá ya demostrar que la profecía propia y verdadera es sólo la sobrenatural. Así construyó la primera teoría especulativa coherente sobre el modo de incidencia del lumen divinum en el proceso cognoscitivo de los profetas y escritores bíblicos. Con ello logró el Aquinatense una demostración, de perfecta factura teológica, acerca del origen sobrenatural del conocimiento proféticoinspirativo, y de la iniciativa divina en tales fenómenos religiosos. 3 y 4) Una vez orientada la cuestión en tales perspectivas y aplicando con precisión la teoría de la causalidad instrumental, puede fácilmente responder el Aquinate al 3° problema, demostrando definitivamente ser el carisma profético de carácter transeúnte, no permanente de por vida, aunque permaneciendo en el profeta o hagiógrafo cierta habilitas (claro influjo de Avicena, v.) para revelaciones o i. posteriores, y resolviendo, ante el 4° problema, la absoluta libertad de Dios, cuya voluntad soberana no puede ser determinada por ninguna condición humana; por tanto, en definitiva, no se requieren tales condiciones especiales a natura (en contra de Maimónides, v., principalmente) en el sujeto que profetiza o escribe, pues Dios es libre y poderoso para crearlos o elevarlos convenientemente en cualquier momento. 5) Como consecuencia de la tesis resolutiva del 1° y 2° de los problemas planteados, S. Tomás logra ahora separar, en el análisis del proceso del conocimiento profético y bíblico, los dos elementos fundamentales que lo integran: la repraesentatio specierum y el iudicium de speciebus repraesentatis. Tal análisis, que permanece sustancialmente vigente, podemos sintetizarlo así: Texto fundamental para esta cuestión es la Sum. Th. 22 q173 a2. Paralelos o relacionados con este texto son los de De Veritate, q12 a7; Contra gent., III, 154; Commentarium in 1 Cor, 14, lectio 1; Comm. in Isaiam, cap. 1. S. Tomás ilustra la explicación del proceso del conocimiento profético y bíblico por medio de la comparación con el proceso del conocimiento natural; en éste se han de distinguir dos fases: la «captación de las cosas» (acceptio rerum o repraesentatio specierum) y el «juicio» sobre los datos recogidos en el intelecto (iudicium de speciebus repraesentatis o de rebus acceptis). Aquí siguió Tomás los principios de la psicología aristotélica. La «captación de las cosas» puede hacerla el hombre por una triple vía: mediante los sentidos, por la imaginación, o por simple visión intelectual. El «juicio», en cambio, sólo se produce por una operación de ordenación, combinación y síntesis de la luz del intelecto sobre las species representada en el intelecto. Este análisis lo aplica S. Tomás al conocimiento de los profetas y hagiógrafos. En este conocimiento se confiere a la mente humana un algo que supera las fuerzas y facultades naturales. Este algo consiste en un lumen inteIlectuale, que se da en ambas fases del conocimiento (acceptio rerum y iudicium de acceptis); pero esencialmente es un lumen intellectuale ad iudicandum, de tal modo que quien sólo recibe ese lumen en la primera fase como, p. ej., Nabucodonosor, Faraón o Baltasar, pero no en el juicio sobre las cosas representadas, no es propiamente profeta. En cambio sí hay que considerar como verdadero profeta o hagiógrafo a quien ha recibido el lumen supernaturale, aunque sólo haya sido en la segunda fase o «juicio sobre las especies». Por ello, afirma Tomás, es auténtico profeta quien ha recibido esa luz divina para juzgar sobre aquellas cosas que otro ha visto (en la acceptio rerum) por influjo sobrenatural, o bien sobre las que el propio sujeto ha captado por medios naturales como fue el caso del patriarca José que supo interpretar, juzgar, el sueño del Faraón. Semejante análisis del conocimiento inspirativo con la distinción de las dos fases en el proceso, ha tenido fecundas consecuencias: entre ellas haber permitido analizar especulativamente el punto concreto en que radica el comienzo del influjo propiamente inspirativo divino en el entendimiento humano. Solamente es de la esencia del carisma inspirativo que incida el lumen divinum elevans en el iudicium de speciebus, no en la acceptio rerum. 6) En cuanto al 6° problema, acerca de los grados de la profecía e i., S. Tomás es menos original. Acepta con ligeros matices algunas clasificaciones propuestas por sus predecesores, singularmente la de S. Isidoro de Sevilla y la de Maimónides. La investigación posterior tampoco ha dado importancia a esta cuestión, característica, por otro lado, de los gustos antiguos. d. La teoría de la causalidad instrumental. Como fundamento de la concepción y explicación teológicas de la i. bíblica, S. Tomás muestra tener en la mente la teoría de la causalidad instrumental. La aplicación de esta teoría le permite dar una concepción global coherente del carisma inspirativo y resolver satisfactoriamente los problemas planteados hasta su tiempo. Podemos decir que esta teoría es la base especulativa de la doctrina tomista sobre profecía e i. La noción de instrumentalidad aparece ya en la propia S. E., en los Santos Padres a través de comparaciones de los hagiógrafos con instrumentos músicos, en los antiguos documentos eclesiásticos y en teólogos anteriores al Aquinatense. Sin embargo, en todos esos escritos, la noción de instrumentalidad se usa en un sentido obvio y vulgar, sin llegar a constituir una verdadera teoría sistemática (v. CAUSA). El lugar de la Summa Teológica donde S. Tomás trata de la profecía incluida la i. bíblica es el relativo a las gracias gratis dadas (Sum. Th., 22 gql71178). Según el Aquinatense estas gracias se refieren bien al conocimiento (profecía e i., ggl71174, y rapto, 8175), bien a la «locución» (glosolalia, gl76, y gracia del discurso, 8177), bien a la actuación (el milagro, 8178). A estos tres géneros de gracias gratis dadas es común la circunstancia de que el sujeto receptor se convierte en instrumento divino (homo fit instrumentum Dei, cfr. Sum. Th., 22 gl73 a4; gl77 al; gl78 al adl). La noción de causalidad instrumental subyace en todo el tratado de las gracias gratis dadas, aunque expresamente no es invocada sino raras veces. ¿Qué entiende Tomás por instrumentalidad? Distingue en el instrumento, una doble actividad o virtus: la propia del instrumento, que le corresponde según su propia «forma», como, p. ej., al hacha le corresponde cortar en razón de su propio filo; y la actividad o virtud instrumental, según la cual el instrumento opera no en virtud propia, sino en virtud del agente principal que lo emplea para la acción, como, p. ej., cuando un leñador maneja el hacha. En otras palabras: la acción total del instrumento, el hacha, p. ej., viene constituida por su propia acción (cortar) y por la acción que el leñador le imprime al manejarlo (acción instrumental); de aquí que el efecto total, el opus artes, deba atribuirse todo 61 principalmente al agente, pero secundariamente, también todo él al instrumento, que, sin embargo, sólo actúa sub motione artificis (cfr., Sum. Th., 3 q62 al c y ad2; Contra gent. II1,70). La acción total, opus artis, está configurada, pues, no sólo por el agente principal, sino también por las cualidades propias del instrumento. Tanto el agente como el instrumento han intervenido en toda la operación y han dejado su huella o impronta en la acción y en el producto de ésta. Trasladando la teoría a los casos en que el instrumento es libre e inteligente (el hombre), y el agente principal es Dios, tenemos una cooperación análoga, aunque elevada a un plano superior. Aplicada la teoría a la i. bíblica y a la profecía, las coríclusiones analógicas son sumamente importantes: el producto de la acción conjunta, el libro sagrado, se ha de atribuir, todo él y todas sus partes, principalmente a Dios, agente principal, pero también todo él y todas sus partes, secundariamente al escritor sagrado como instrumento movido por el agente principal. En el libro se han plasmado las huellas de la virtus propria del instrumento, al par que las de la actio instrumentales. Del mismo modo, en el proceso de ejecución la virtus propria del instrumento no ha dejado de actuar, según su propia virtualidad, pero movida ésta, elevada, por el agente principal, Dios. No existe parte de la acción conjunta ni de la obra realizada que pertenezca exclusivamente al agente, Dios, o al instrumento, hagiógrafo, sino que acción y producto son simultáneamente, aunque de distinto modo y orden, producidos por la acción conjunta de Dios y del hagiógrafo. e. Noción de inspiración en S. Tomás. La recopilación de todos los elementos esenciales de la doctrina de S. Tomás podría darnos la siguiente noción: La i. bíblica es un carisma sobrenatural, de carácter transeúnte y gratuito, por el cual Dios usa al hagiógrafo como instrumento vivo y libre, para comunicar por escrito, sin error, aquellas verdades que el hagiógrafo lea conocido por revelación divina a él dirigida, o por el propio esfuerzo y razón, o porque otros se lo enseñaron, pero acerca de las cuales, ayudada su mente por una luz sobrenatural, el hagiógrafo juzga con la certeza de la divina verdad. f. Cuestiones no tratadas en la doctrina tomista. El Aquinatense, al llevar la i. bíblica a la esfera del conocimiento, concentró la cuestión en su aspecto nocional y cognoscitivo. Con arreglo a la problemática de su tiempo no se podía hacer otra cosa, y ya fue un paso gigantesco la síntesis tomista en esa dirección. En los siglos que siguieron, la doctrina católica fue enriqueciéndose, con la especulación sobre el proceso del carisma de la i. desde el estadio del conocimiento del hagiógrafo hasta la consideración del libro sagrado escrito y terminado. En concreto, la teología escolástica de la i. fue ampliando su campo de visión a la esfera de la voluntad primero y de la psicología del escritor después. Posteriormente, en los s. xvii a xvru, al desarrollarse las cuestiones y la temática apologética, y al tener lugar un fuerte avance de las ciencias naturales e históricas, que llevaron a una confrontación de los resultados de esas ciencias con las afirmaciones bíblicas que rozaban con ella, se estudió con detalle el tema de la veracidad y santidad bíblicas (v. v). Finalmente, en el s. XX, al surgir diversas hipótesis sobre posibles sucesivas redacciones de algunos libros se ha planteado la cuestión de las relaciones entre inspiración y tradición. Centrémonos de momento en el primer punto, que es el que se refiere directamente al tema del proceso de la inspiración como carisma del hagiógrafo. En primer lugar, la teología católica postridentina abordó la cuestión de la moción divina de la voluntad del hagiógrafo. La sola iluminación de la mente no basta para garantizar que había escrito «todo y sólo aquello que Dios quería comunicar por escrito». Es preciso que la voluntad humana sea movida a escribir. La corriente tomista aplicó la teoría de la causalidad instrumental, completándola con la de la premoción física: Dios mueve, con acción eficaz, irresistible, al mismo tiempo que sin destruir el libre albedrío, la voluntad del hagiógrafo; se trata de una moción física en el ámbito metafísico, pero aplicada no a un cuerpo inerte, sino a una voluntad libre e inteligente. La escuela tomista de los tiempos postridentinos explicaba de ese modo que es necesaria una garantía de la buena voluntad del hagiógrafo, de su fidelidad a la Palabra de Dios, para exigirnos un asentimiento de fe (v.), individual y colectivo. Pues bien, según la corriente tomista común hoy en teología católica para garantía de la verdad divina transmitida por el hagiógrafo, es necesaria tal premoción física de la voluntad del escritor sagrado. Autores no tomistas sólo exigían una moción moral de la voluntad. Con ello querían evitar el problema de la libertad humana que, según ellos, quedaba malparada con la teoría de la premoción física. Pero esta segunda explicación no acaba de resolver la cuestión de la garantía de fidelidad de las palabras del hagiógrafo, ni simultáneamente, el cumplimiento de la voluntad de Dios: teóricamente al menos, una moción moral puede ser falible, ineficaz; entonces no se ve cómo puede exigirse al hombre un asentimiento de fe a una palabra expresada humanamente, cuya fidelidad a la palabra divina no está suficientemente garantizada. Históricamente, la explicación tomista fue ganando terreno hasta que, a partir de la época de León XIII fue adoptada por el Magisterio eclesiástico como la más coherente; son muy expresivas las palabras de León XIII en su enc. Providentissimus Deus (1893): «Porque Él de tal manera los excitó y movió (a los hagiógrafos) en su influjo sobrenatural..., que ellos concibieran rectamente todo y sólo lo que Él quería, y lo quisieran fielmente escribir, y lo expresaran aptamente con verdad infalible: de otra manera, Él no sería autor de toda la Sagrada Escritura» (S. Muñoz Iglesias, Documentos Bíblicos, no 121). Una de las últimas frases de esa encíclica contempla otra de las cuestiones en su tiempo ya importantes y no suficientemente consideradas en la antigüedad: la apta expresión por escrito de lo que la mente del hagiógrafo ha concebido y que su voluntad está decidida a exponer. Se entraba con ello en la llamada elevación de las facultades ejecutivas concernientes al proceso de expresión escrita, que años más tarde se trataría en conexión con la investigación acerca de la psicología del escritor. Los postulados aquí se orientan a la exigencia de continuidad del influjo divino inspirativo hasta que el escrito sagrado alcance su definitiva redacción. De este modo se tiene la garantía, no sólo de la recta concepción de la verdad sobrenatural por parte del hagiógrafo y de la voluntad de éste de querer rectamente expresar esa verdad, sino además la otra garantía de que el escrito sagrado, merced al influjo divino, expresa aptamente esa verdad que Dios quería transmitirnos en expresiones del lenguaje sometido a los condicionamientos de tiempo y cultura y a la limitación humana. Finalmente, la última frase del pasaje transcrito de la Providentissimus Deus hace referencia a otra de las perspectivas fundamentales de la doctrina cristiana sobre la i.: la noción de Dios autor de la S. E. Esta noción también queda ilustrada por la teoría de la causalidad instrumental. Pero el concepto de Dios autor de la B. aparece en la literatura cristiana mucho antes que los escolásticos aplicaran, de modo reflejo, la mencionada teoría al tema de la inspiración. La expresión Deus auctor se encuentra por primera vez en los Statuta Ecclesiae Antigua (s. v; v.) que prescriben que el obispo consagrando confiese que Dios es autor del N. y del A. T. (cfr. EB, n° 23). La fórmula surgió frente a los errores gnósticos: fue frecuente, en efecto, entre los cristianos gnostizantes por influjo del dualismo la idea de que frente al N. T., de origen divino, el A. T. tenía en cambio un origen demoniaco. De la larga pugna de los escritores cristianos contra el gnosticismo (v.), el sentido de auctor, un tanto amplio en la lengua latina (productor, ef fector, progenitor...) se fue concretando en la significación de scriptor, autor literario, aunque no necesariamente de modo material, sino con la utilización instrumental del hagiógrafo. De todo ello se deduce que el sentido de Deus auctor en los Statuta Ecclesiae Antigua es el de autor literario, como en adelante se ha entendido en la tradición eclesiástica. En esta línea se sitúan las explicaciones de los escolásticos, que distinguen con claridad un doble y verdadero auctor, divino y humano en la S. E.: así se afirma que «el autor principal de la Escritura es el Espíritu Santo, mientras el autor instrumental fue el hombre» (Sto. Tomás, Quodlibetum XII, a14 ad5; cfr. Prolog. in Ps; Comment. in Matth., 10,20; Comment in Ad Hebr., 3,7). 6. Síntesis doctrinal acerca de la naturaleza de la inspiración. El núcleo dogmático puede enunciarse y ser delimitado con cierta brevedad: Los libros de la S. E., a diferencia de los demás libros, se caracterizan por haber sido escritos gracias a un influjo sobrenatural, que llamamos i. divina, la cual, incidiendo sobre los autores humanos de tales libros, ha operado la circunstancia de que la B. sea una obra literaria que tiene a Dios y al hombre conjuntamente como verdaderos autores, Dios como autor principal, el hombre como autor auxiliar o instrumental; esta acción conjunta divinohumana garantiza el origen divino de la B. y su verdad en orden a nuestra salvación. Pertenece al trabajo teológico dar explicación de tal acción conjunta divinohumana, penetrar en el modo del influjo inspirativo, extraer los efectos y consecuencias para la fe y la vida cristiana, y desarrollar y explicitar todas las virtualidades contenidas en el fenómeno y realidad divinohumana de los libros inspirados. Y ello bajo la guía del Magisterio, al que compete mantener la doctrina dogmática sobre el núcleo esencial del hecho de la i., exponer su contenido, defender la doctrina frente a explicaciones menos felices o erróneas, o incluso condenar las sentencias que nieguen explícita o implícitamente tal núcleo esencial y, finalmente, orientar y promover los estudios teológicos. Tenidos en cuenta los testimonios de la propia B. y de la Tradición de la Iglesia, así como todo el trabajo teológico de los siglos precedentes, en la actualidad la noción de la divina i. de la S. E. se determina conjugando los cinco aspectos principales siguientes: 1) la noción de theopneustia (inspiratio divina); 2) la idea de autor; 3) la teoría de la causalidad instrumental; 4) los estudios críticos acerca de la formación de los escritos bíblicos; 5) la inserción de la S. E. en la Historia viva de la salvación. Haremos una exposición de la doctrina católica sobre la i. bíblica tal como comúnmente se concibe hoy. Dificultad expositiva es la imposibilidad de mostrar simultáneamente esos cinco aspectos. Por lo que se refiere al Magisterio eclesiástico, hay que tener en cuenta sobre todo los siguientes documentos: Conc. Vaticano II, Const. dogmática Dei Verbum, sobre la divina Revelación (1965); Pontificia Comisión Bíblica, Instrucción sobre la veracidad histórica de los Evangelios (1964); Pío XII, Enc. Humani Generis, sobre las relaciones entre la Revelación y la Ciencia (1950); Pontificia Comisión Bíblica, Carta al Arzobispo de París, Card. Suhard, sobre el carácter histórico de los 11 primeros capítulos del Génesis (1948); Pío XII, Enc. Divino Af flante Spiritu, sobre diversos aspectos de la ordenación y orientación de los estudios bíblicos (1943); Benedicto XV, Enc. Spiritus Paraclitus, sobre algunos puntos controvertidos acerca de la doctrina sobre la S. E. (1920); S. Pío X, Enc. Pascendi, sobre las doctrinas modernistas (1907); S. Congr. de la Fe, Decr. Lamentabili, sobre los principales errores del modernismo (1907); León XIII, Enc. Provindentissimus Deus, acerca de la ordenación de los estudios bíblicos y de los puntos más importantes sobre la i. de la S. E. (1893); Conc. Vaticano I, Const. dogm. Dei Filius, sobre la Revelación divina (1870). Toda la tradición eclesiástica concuerda en confesar un positivo influjo divino en los autores humanos de la B. El Vaticano 1 resumió esta doctrina al decir que todos los libros del A. T. y del N. T. íntegros, con todas sus partes auténticas, deben ser recibidos como sagrados «porque, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios por autor». De la misma Tradición consta que la afirmación «Dios es autor de la S. E.», no ha de entenderse sólo en el sentido de que Él quiso que fuese escrita la B., sino que se ocupó, intervino en el proceso de redacción de los libros desde su comienzo hasta su final, de modo que los escritos sagrados contuvieran lo que Él quiso y como Él quiso, atendidas siempre las condiciones y limitaciones concretas humanas de los hagiógrafos. De este modo Dios es verdadero autor literario de la B., y autor principal, juntamente con el hombre, autor auxiliar. Este planteamiento acabado de exponer, con todos sus elementos, pertenece a la enseñanza común de la Iglesia Católica. A su vez, es doctrina común en teología católica que los hagiógrafos han sido instrumentos vivos, libres y racionales, movidos por Dios para la redacción de los libros sagrados. El influjo sobrenatural que Dios ejerce en el hagiógrafo es explicado por la teología basada en la fe. Tal estudio no pertenece directamente a la confesión de la fe, sino a su explicación. Las cuestiones teológicas que se plantean acerca de la naturaleza del influjo divino inspirativo, puede reducirse a las tres siguientes: 1) Mediante qué operaciones actúa Dios en los hagiógrafos, para que éstos, a su vez, operen como instrumentos de Dios en la redacción de los libros. 2) Qué proceso puede tener en la persona del hagiógrafo, en sus facultades, el influjo divino. 3) De qué modo y con qué huellas pueden apreciarse en los libros de la S. E. la acción propia divina y la acción propia humana. En la investigación de estas cuestiones se contempla la i. desde tres perspectivas: 1) Como acción de Dios ad extra, es decir, no inmanente a las tres divinas personas, sino proyectada fuera de la divinidad: es lo que se llama comúnmente inspiración activa. 2) En cuanto que tal acción divina se recibe en la persona del hagiógrafo: inspiración pasiva. 3) Y, finalmente, en cuanto que se contempla plasmada en lit obra producida o libros santos: inspiración terminativa. |
Trata sobre las clases de religión y filosofía que impartieron en instituto de humanidades Luis Campino y la Parroquia de Guadalupe de Quinta Normal
Apuntes de clases
Clases de filosofía y ciencias bíblicas del Instituto de Humanidades Luis Campino, y la Parroquia de Guadalupe de Quinta Normal.
miércoles, 23 de agosto de 2017
102).-Inspiración divina de la biblia (I)
martes, 22 de agosto de 2017
101).-Filosofía China y la occidental.-
Filosofía China y la occidental.- |
23/12/2018 - En este último artículo del año 2018 de Noticias de Oriente, que coincide con la época navideña, procede separarse algo de la inmediatez de la actualidad y tratar de discurrir por derroteros más esenciales o incluso elevados. Estos son días de reencuentros, de alegría o tristeza por las Navidades pasadas, de recuerdos, de exposición prolongada a la familia y los amigos (con los efectos que ello pueda tener). En definitiva, son días de emociones intensas, de mucho ruido y algún exceso (consumista, gastronómico e incluso, a veces, etílico), días de intensidad vital. En este torbellino, es recomendable (aunque solo sea para asegurarnos cierta supervivencia) buscar espacios de recogimiento, treguas necesarias para la reflexión, para el espíritu. Al hilo de esto, vuelvo a China. Es un lugar común las diferencias que existen entre los chinos y los occidentales. Con ocasión de mis vivencias y relaciones con orientales, me he movido muchas veces entre dos polos opuestos en mi aproximación al mundo chino y sobre toda a las personas que lo integran. Por un lado, el polo de la incomprensión, motivado por las dificultades reales que podemos tener en comprender sus motivaciones, estrategias, la forma de tomar decisiones, fruto de una cultura milenaria que lamentablemente ignoramos. Y, por otro, un enfoque que podría calificar —si se me permite el término técnico jurídico— de iusnaturalista, es decir, que por encima de esa aparente lejanía, de esa falta de similitud, por encima de esos factores que nos separan, existen elementos subyacentes fundamentales que nos aproximan y que compartimos. Cabe afirmar —y ésta es quizás una de las razones por las cuales los chinos y los españoles tenemos una buena relación— que, entre los occidentales, los españoles (y particularmente los valencianos) tenemos numerosos puntos en común con los chinos. Tratando de evitar caer en los clichés, mi idea es mostrar que compartimos más cosas de las que inicialmente pensamos, lo que sin duda contribuirá a un mejor entendimiento entre ambos. De esta forma, y yendo a la concreto, la familia es uno de los elementos vertebradores de ambas sociedades. Se trata de uno los pilares más sólidos del sistema. En efecto, como en España, esos lazos familiares han resultado esenciales para mitigar los terribles efectos de la crisis financiera que arrancó en 2007. Y en China, como sucedía en España hace cincuenta años, los padres ancianos son objeto del cuidado por parte de los hijos hasta el punto de que en muchas ocasiones viven con ellos en la cuidad. Conviene explicar que la situación de relativa prosperidad de los hijos como empleados o profesionales es el resultado de un enorme sacrificio vital y económico por parte de los padres. Recuerdo que cuando entrevistaba en Pekín a candidatos chinos para su incorporación como abogados en nuestra oficina, me resultaba curioso que muchos de los que tenían una formación esmerada y manejo muy solvente del inglés eran de orígenes humildes y sus padres provenían de entornos muchas veces industriales. Para entender esas situaciones, conviene recordar que en China se ha producido en estos años un importante fenómeno de promoción social incentivado por su enorme desarrollo económico. Y la familia china, como la española, disfruta estando junta y celebrando la vida dentro del ámbito del clan. Por lo tanto, la familia constituye en ambas culturas, en general, una eficaz herramienta de ayuda mutua nada desdeñable para la estabilidad y el orden social. La familia es adicionalmente un elemento esencial de la ética de Confucio. Confucio, que es el nombre en latín que le dieron los jesuitas y que en chino es conocido como el Maestro Kong, constituye una de las presencias permanentes en el pensamiento del gigante asiático. Por lo que sabemos —y nada a ciencia cierta, ya que lo histórico y legendario tienden a confundirse—, vivió en el siglo VI antes de Cristo (es curioso constatar que precisamente en ese siglo se produce la eclosión de la filosofía en los otros dos grandes polos de la civilización mundial: la India y Grecia). Confucio fue un hombre de su tiempo, caracterizado por la inestabilidad política (guerras civiles claramente feudales entre los diferentes territorios chinos) y personal (perdió a su padre cuando solo contaba con tres años y pasó penurias económicas). Estas circunstancias determinaron su defensa del orden, de las jerarquías dentro de la sociedad y de la seguridad. Inauguró la llamada tradición de los letrados (con estimulantes continuadores como Meng Ke —o el latinizado Mencio— y Xun Kuang). Este trío de pensadores tiene una simetría coincidente y sorpresiva con la Grecia clásica. Así, a grandes rasgos, Confucio se podría comparar con Sócrates; Mencio, con Platón; y Xuan Kuang, con Aristóteles. El legado de Confucio es profundamente moral y persigue consolidar una estructura social sólida. En este sentido, Confucio entendía que las dos grandes cualidades y virtudes que deben presidir la vida social, y que se erigen en la clave de una civilización vertebrada, eran la benevolencia (ren) y la rectitud (yi). Estos dos conceptos constituyen las piedras angulares de su pensamiento filosófico. Como resume el antropólogo y filósofo Jesús Mosterín, con benevolencia Confucio hacía alusión a la más alta virtud moral. Está en la cúspide de la jerarquía confuciana con la que nos referimos al amor hacia los demás (lo que constituye un elemento esencial del legado de Cristo) y es una guía ética que nos enseña cómo comportarnos. En consecuencia, su incidencia práctica es inmediata. No tiene, pues, una repercusión únicamente intelectual o conceptual. Muy al contrario, es acción en marcha, la llamada voluntad actuante. Por lo que respecta a la rectitud (yi), Confucio se refería a hacer en cada circunstancia lo que el deber exige. En este sentido, se trata de un concepto Kantiano avant la lettre, al poder entenderse como un imperativo categórico. Se contrapone claramente al beneficio personal o subjetivo (li). Este aparato filosófico se proyecta en las relaciones sociales más relevantes: la relación padre/hijo, hermano mayor/hermano menor, súbdito/ soberano. De aquí podemos concluir que si se es un buen padre, se debería ser también un soberano correcto; si se es un buen hijo, igualmente se debería ser un buen súbdito. En consecuencia, la proyección de estas dos virtudes dan como resultado el cumplimiento de las normas y del deber. Esta filosofía es a su vez profundamente humanista, ya que parte de la pretensión de que el hombre rige el destino de la sociedad. En Occidente tendremos que esperar prácticamente hasta las aportaciones de Maquiavelo para lograr una autonomía humanista análoga. Esto hace que la disciplina y la consistencia resulten inherentes al sistema. A la vez —qué duda cabe—, es un antídoto eficaz frente a las fuerzas caóticas o la entropía. Para una sociedad tan numerosa, diversa y dinámica como la china, es una herramienta necesaria. La China de Mao rompió, con su adanismo, estos equilibrios, pero los valores confucianos están de vuelta y han llegado a ser un elemento inspirador de la política del presidente Xi Jiping. No obstante, por mucho que el hombre pretenda controlar el universo, por mucho que desee que prevalezca un orden, no se puede negar que ese afán muchas veces es vano. Y es precisamente esta realidad la que refleja el taoísmo, que, en mi opinión, tuvo un digno continuador en la obra de Frederich Niezstche. Esta escuela, liderada por Zhuang Zhou (siglo IV antes de Cristo), recibe su nombre del Tao, que constituye un concepto estimulante y complejo: con él se pretende englobar a todo el universo, a sus fuerzas dispersas, a los cambios. En el centro de esta construcción intelectual se encuentra la regla de que nada se destruye y todo se transforma (frase inmortalizada en una buena canción de Jorge Drexler). E igualmente su impacto en tratar de regir la propia conducta de los hombres es claro: se impone una vida sencilla, discreta, flexible a los vaivenes que marque el destino, e invita a un acercamiento y una comunión con la naturaleza como forma de alcanzar la sabiduría, anticipándose así al pensamiento ecologista de pensadores tan relevantes y tan en boga en la actualidad como Thoreau o el poeta Walt Whitman. Este determinismo natural se refleja precisamente en acontecimientos como el año lunar chino o determinadas fiestas cristianas con orígenes paganos y agrícolas (como nuestro querido San José). Las reflexiones anteriores nos permiten concluir que al final el pensamiento occidental y el chino convergen en numerosos puntos, ya que ambos pretenden dar respuestas a las grandes preguntas de nuestra existencia. Esas respuestas, muchas veces coincidentes, debería contribuir a reducir las brechas culturales que puedan darse y a un mayor entendimiento entre ambas partes. Y con esta imagen de concordia y armonía, os deseo unas felices Navidades y todo el mejor para el 2019. |
Diccionario filosófico. |
Filosofía china no figura Diccionario filosófico marxista · 1946 |
Filosofía china En los umbrales del primer milenio antes de nuestra era, en la época de la desintegración de la comuna primitiva, aparecieron en China concepciones materialistas espontáneas. Los chinos estimaban que todas las cosas están constituidas por cinco elementos: madera, metal, agua, fuego y tierra, y el substrato común a esos elementos originales era la substancia material “Tsi” que evoca al aire o al éter. Más tarde, esos rudimentos de ideas materialistas se convirtieron, gracias a la teoría de Lao Tseu sobre el “Taó”, vale decir, el determinismo del desarrollo y cambio de las cosas, en el fundamento de un sistema filosófico coherente. Según la leyenda, la escuela filosófica de Lao Tseu apareció a fines del siglo VI y comienzos del V antes de nuestra era. Esa filosofía se alzó contra el despotismo de la nobleza. Lao Tseu decía: “El pueblo está hambriento porque sus gobernantes devoran impuestos en demasía”. Lao Tseu proclamaba que la vida de la naturaleza y de los hombres sigue un rumbo determinado, el “Taó”, sin que intervenga ninguna fuerza sobrenatural. De acuerdo al “Taó”, todo en el mundo se mueve y cambia, y en ese proceso, todas las cosas se transforman necesariamente en sus contrarios. En el curso del cambio infinito, lo nuevo triunfa siempre sobre lo viejo. Además, Lao Tseu sostiene que el hombre no debe inmiscuirse en el proceso del desarrollo, y exhorta a los hombres a la pasividad, predicando el retorno a la vida primitiva en oposición al progreso. A pesar de su estrechez, que se explica por razones históricas, esta doctrina desempeñó un gran papel en la historia de la filosofía y la cultura chinas. El principal mérito de Lao Tseu consiste en que al oponer el “Taó” natural a la voluntad divina, presintió la existencia de leyes generales que rigen al mundo real y cuya esencia expresan. Lao Tseu tuvo por discípulo a Yang Chu (siglo IV a.n.e.) materialista notorio que negaba la existencia de fuerzas sobrenaturales y se oponía al culto de los antepasados. Esta doctrina tiene por centro al hombre. De allí, la idea de la libertad del individuo: “Todo para sí”, todo para el hombre. El materialismo de Lao Tseu y de Yang Chu asestó un golpe vigoroso a las corrientes idealistas, y en particular, al confucianismo. Confucio (551-479 a.n.e.) fundó la primera escuela privada en China. Enunció ideas racionales, especialmente sobre los problemas de la educación, pero en el fondo, su doctrina tiene un carácter conservador. Se alzó contra todos los elementos nuevos, luchó por la restauración de un régimen social caduco, e intentó perpetuar los ritos religiosos del régimen patriarcal. Dividía a los hombres en “nobles” y “bajos”, y estos últimos debían servir dócilmente a la nobleza. Con este fin, concebía una ética que tuviera por principio la “caridad”, y creía en el “destino celestial”. La doctrina de Confucio fue atacada vivamente por Mo Ti (479-381 a.n.e.). Este afirma que el principio de la “caridad” está dirigido contra los humildes. Mo Ti oponía a Confucio “el amor universal” en cuyo nombre, todos los hombres, naturalmente iguales, deben ayudarse mutuamente. Protestaba contra la guerra entre los reinos y reclamaba para el pueblo una vida en paz. En su crítica a la doctrina de Confucio, Mo Ti afirma que no existe destino providencial, que el destino del hombre depende de este mismo, de la manera en que aplique el principio del “amor universal”, expresión de la voluntad celestial. En su conjunto, esta doctrina es idealista, lo que no excluye sin embargo, ciertos elementos materialistas, especialmente en su teoría del conocimiento. Los discípulos de Mo Ti desarrollaron las concepciones éticas y filosóficas del maestro despojándola de esa envoltura mística que era la “voluntad celestial”. Fueron los primeros en la China antigua, en elaborar una teoría del conocimiento y una lógica inspiradas en un materialismo ingenuo. El saber constaba de tres partes: el conocimiento sensible, el conocimiento racional y la práctica. Concibieron la noción de “pian” (lo que significa “controversia”, “diálogo”, “dialéctica”) llamada a “definir la verdad y la mentira”. Los discípulos de Mo Ti estudiaron igualmente los métodos lógicos del conocimiento tales como el análisis y la síntesis, la inducción y la deducción, la analogía, la comparación, &c. Según ellos, nuestros juicios y nuestros conceptos deben fundarse en las cosas y corresponder a la realidad. Durante los siglos IV y III a.n.e., el materialismo fue violentamente atacado por Men Tseu, discípulo de Confucio, por Chuan Tseu que interpretó en un sentido idealista la doctrina de Lao Tseu sobre el “Taó”, y por otros además. Pertenecen igualmente al campo idealista, los sofistas Hui Sheu y Kung Sung-lung, quienes negaban la realidad de las cosas y el movimiento. Siempre en lucha contra el idealismo y el misticismo, el materialismo de la China antigua continuó desarrollándose. Sun Tseu (296-238 a.n.e.), principal representante de la corriente progresista en el confucianismo antiguo, fue el materialista más notable de esta época. Afirma que el cielo está desprovisto de conciencia y que no es más que una parte de la naturaleza, que el hombre es capaz no sólo de conocer las cosas, sino de llegar a dominarlas y a utilizarlas de una manera congruente. Esta doctrina es una de las fuentes ideológicas de los “fatsia” (“legistas”) que lucharon por la unificación y el progreso de China. Esta escuela proclama que la legislación del Estado (“fa”) debe suprimir las relaciones de clan, el patriarcado, y transformar la sociedad. Han Fei (siglo III a.n.e.), discípulo de Sun Tseu, es el representante más notable de esa tendencia. A finales del siglo III antes de nuestra era, las aspiraciones sociales y políticas de los “fatsia” se realizaron. China fue unificada. Pero no tardó en estallar una sublevación de campesinos y esclavos liberados. Las guerras prosiguieron sin interrupción. Y se vio aparecer una religión nueva, la “secta de Taó”, que deformaba groseramente la doctrina de Lao Tseu haciendo de la antigua filosofía atea un objeto de culto. El confucianismo extrajo nuevos argumentos teológicos de la enseñanza de Toung Chung-shu (siglos II y I a.n.e.). Un grupo de materialistas en cuyas primeras filas se encuentra Wang Chung (27 a 97 aprox.) se rebeló contra la mística religiosa. Wang Chung enseñaba que el mundo se compone de una materia eterna llamada “Tsi”, en la cual, “Taó” actúa como una ley del desarrollo de la realidad misma. El hombre es considerado como un ser natural constituido igualmente por la substancia material “Tsi”. Denunciando la fábula de la inmortalidad del alma, Wang Chung afirma que el alma humana es la energía vital del hombre segregada en el organismo en el curso de la circulación sanguínea cuya detención provoca la desaparición del alma. La doctrina de Wang Chung representa una etapa superior en el desarrollo del materialismo en la China antigua. Desde el siglo II al IV, mientras la sociedad china atravesaba una crisis profunda, la mística religiosa de la secta taoísta por una parte, y del budismo, por la otra, pasó por un período de florecimiento. La frontera entre la filosofía idealista y la religión se borró. Aparecieron filósofos que vaciaron la teoría “Taó” de su contenido materialista y la adaptaron a las necesidades de la religión. Así, el famoso Ke Hung (siglo IV) consideraba al “Taó” como un medio de alcanzar la inmortalidad. El taoísmo, convertido en una adulteración era asimilado cada vez más por el idealismo confucianista. Los budistas provocaban discusiones sin cesar sobre la naturaleza del alma, sobre las relaciones entre el ser y el no-ser. En esta época, diversos pensadores notables levantaron su voz contra el misticismo y el idealismo: Pei Wei (siglo III), Pao Ching-yen (siglo IV), Fan Chen (siglos V a VI) y muchos más. Del siglo VII al siglo IX, durante el desarrollo del feudalismo, el budismo ejerció su predominio y su filosofía penetró en todas las ramas de la cultura. El confucianismo y el taoísmo fueron relegados a último plano. Un materialista militante, Lu Tsai (siglo VII) atacó al misticismo y al idealismo. La lucha encarnizada que oponían las sectas budistas, hace recordar las luchas entre nominalistas y realistas en la Europa medieval. El budismo se escindió en dos grandes corrientes, septentrional y meridional, lo que lo debilitó sensiblemente y favoreció a sus adversarios, los confucianistas ante todo, que reconquistaron sus posiciones. En su crítica a la escolástica budista, algunos confucianistas enunciaron tesis de tendencia materialista. Sin embargo, en el período que siguió, después de su victoria decisiva sobre los budistas, los discípulos de Confucio se pusieron a desarrollar de nuevo su filosofía idealista. La llamada “escuela ortodoxa”, que tuvo por maestro a Shu Hsi (1130-1200), señala el apogeo del idealismo confucianista. Shu Hsi estima que el mundo está compuesto de dos principios: “Li”, incorpóreo, y “Tsi”, corpóreo. “Li” es la fuerza creadora razonable que convierte a la materia pasiva “Tsi” en cosas concretas a las que gobierna. Afirma que “Li”, principio ideal, encarna en el hombre las cualidades positivas (la aspiración al bien), mientras que la substancia material “Tsi” le confiere las cualidades negativas (las tentaciones de los sentidos). La misión de los filósofos consiste en desarrollar por todos los medios las cualidades positivas del hombre y en poner trabas a sus intenciones malignas. Bajo el régimen feudal, eso significaba que los siervos debían soportar sin murmurar todas las privaciones y obedecer dócilmente a los señores que los explotaban y oprimían ferozmente. La doctrina de Shu Hsi erigida en ideología ortodoxa oficial, reinó indiscutida durante varios siglos en la China feudal. No obstante, la “escuela ortodoxa” tenía adversarios tanto a la izquierda como a la derecha. Sus críticos de izquierda fueron Yeh Shui-sin (1150-1223) y Shen Luan-Shuan (1143-1194), que refutaron el idealismo de Shu Hsi, en particular su apriorismo en la teoría del conocimiento. Yeh Shui-sin y Shen Lung-shuan invitaban a los sabios a renunciar a la escolástica estéril y a entregarse a una obra útil en bien del pueblo. La crítica de derecha de la “escuela ortodoxa” fue iniciada por Lu Siang-shan (1139-1192) quien reprocha a Shu Hsi el admitir la existencia objetiva de “Li” y de “Tsi”. Más tarde esta crítica se convirtió en todo un sistema idealista subjetivo fundado por Wang Yang-ming (1478-1528), según el cual, fuera de la conciencia no existen cosas ni leyes. Mi representación, afirmaba, es precisamente la cosa. La experiencia del hombre no lo conduce más que a errores. Todo depende de nuestro “Yo”. En apoyo de esta tesis, lanzó la teoría de la “unidad del conocimiento y la acción” que tenía por finalidad salvar al régimen feudal amenazado. Wang Yang-min y sus numerosos émulos trataron de renovar las ideas reaccionarias del confucianismo y de apartar a las masas populares de la lucha contra sus opresores. Posteriormente, la escuela de Yang-ming se convirtió en una de las principales corrientes ideológicas de la China feudal, con iguales títulos que la “escuela ortodoxa”. Sin embargo, en el seno de la escuela de Wang Yang-min se manifestaron diversas tendencias que entablaron una lucha encarnizada entre sí. Algunos de sus discípulos se unieron al materialismo y declararon la guerra abiertamente a la doctrina de Confucio. Entre estos filósofos, le corresponde un lugar de honor a Li Shih (1527-1602). En el siglo XVII, en la época en que el feudalismo atravesaba una crisis profunda y en que los conquistadores extranjeros habían invadido a China, los elementos progresistas de la sociedad china emprendieron una vasta acción contra las tendencias idealistas. Este movimiento era dirigido por Huang Tsung-hsi (1610-1696) y Wang Fu-shih (1619-1692). Hilan Tsung-hsi, patriota ardiente y guerrero intrépido, combatió a los conquistadores manchúes. Después del fracaso de la resistencia armada, se dio por entero a los trabajos científicos y a la difusión de las ideas democráticas antifeudales. Exhortó a los funcionarios y a los intelectuales a servir al pueblo y no al emperador. En lo que respecta a la cuestión fundamental de la filosofía (ver), sus posiciones eran materialistas: sostenía que en el cambio infinito universal, no hay más que una sola substancia, la substancia material (“Tsi”), que llena todo el espacio. Sus ideas democráticas eran compartidas por el eminente materialista Wang Fu-shih. Pensaba que la tierra, considerada como propiedad del emperador, debe pertenecer al pueblo. En su denuncia del misticismo, afirma que la materia es eterna, que es un dato primario y que sus leyes tienen carácter objetivo. Enuncia la teoría de la “unidad del cuerpo y del movimiento”. En el siglo XVIII período en que se afirmó sólidamente la dinastía manchú, el célebre sabio y materialista Tai Tung-yuan (1723-1777) elevó su voz contra la ideología dominante de la “escuela ortodoxa”. Tai Tung-yuan estima que el mundo material es asiento de un proceso continuo que “da a luz una vida nueva incesantemente”. Es la manifestación de la ley natural del “Taó”, inherente a la propia realidad. Para conocer esta ley, es preciso analizar las cosas concretamente hasta en sus más pequeños detalles. A mediados del siglo XIX, cuando China se convertía en un país semi-colonial, el movimiento de los campesinos conocido por el nombre de la insurrección de los “Tai-Ping” (1850-1864), tomó una amplitud enorme. El organizador y teórico de ese movimiento, Hung Sui-tsuan (1812-1864), bajo capa del cristianismo importado en China por los europeos, intentó realizar una reforma agraria en el “Estado celeste de la gran prosperidad”, fundado por los “Tai-Ping”. Esta revolución fue aplastada. Pero la idea de igualdad lanzada por los “Tai-Ping” desempeñó un papel enorme en el movimiento campesino que siguió. A fines del siglo XIX, a impulsos de una nueva ola revolucionaria en respuesta a la agravación del yugo feudal y colonial, surgieron en China dos corrientes ideológicas y políticas que preconizaban diversos medios de renovar el país: la corriente democrático-revolucionaria dirigida por Sun Yat-sen, que exigía una reforma radical del régimen burocrático y feudal, el fin de la dominación manchú y la instauración de un régimen republicano; y la corriente reformista dirigida por Kang Yu-wei (1858-1927) que quería, por medio de algunas transformaciones “desde arriba” atenuar las contradicciones sociales y restaurar la potencia del Estado manteniendo el régimen feudal y monárquico. Uno de los teóricos reformistas progresistas, Tan Szu-tung (1865-1898), profesaba el materialismo. Refutando el idealismo de Confucio, estimaba que las diversas cosas son combinaciones de 73 elementos químicos cuyo substrato común es la fuerza o energía llamada “idai”, inherente a los cuerpos. El universo se modifica constantemente y la historia de la sociedad humana sigue esas modificaciones. Tan Szu-tung predijo que llegaría un día, ineluctablemente, en que sobre toda la superficie del globo “no habría ni Estados ni guerras… no habría ni dominación ni despotismo”, en que todos los hombres serían libres y que “no habría diferencia entre nobles y villanos, entre ricos y pobres…” Compenetrado de la voluntad de combatir el régimen feudal, el materialismo de Tan Szu-tung sirvió de fundamento teórico al ala izquierda de los reformistas en su lucha contra la dinastía manchú. El más grande revolucionario de China de fines del siglo XIX y comienzos del XX, fue Sun Yat-sen (1866-1925). En vísperas de la revolución china de 1911, elaboró una plataforma política de los revolucionarios chinos, que fue apreciada en alto grado por Lenin. “Un democratismo sincero y combativo impregna cada línea de la plataforma de Sun Yat-sen” escribía Lenin en 1912, en su artículo “Democratismo y populismo en China”. Sun Yat-sen resumió su doctrina en “tres principios populares”: nacionalismo (lucha por la independencia nacional), democratismo (creación del régimen republicano), y prosperidad del pueblo (entrega de la tierra a los campesinos, limitación del capital). Objetivamente, el programa económico de Sun Yat-sen abría el camino de la evolución capitalista a China, aunque subjetivamente, su autor estimaba que se podía “evitar” el capitalismo. Sun Yat-sen aprobaba por completo la teoría materialista de Darwin (ver) sobre el origen del mundo orgánico y expresó ideas materialistas sobre la teoría del conocimiento. Sin embargo, hizo concesiones importantes al idealismo en diferentes dominios: clasificación de los hombres en tres grupos según sus características intelectuales, doctrina del “elemento vital”, &c. A pesar de su carácter contradictorio y de su estrechez burguesa, la doctrina de Sun Yat-sen señaló un gran progreso en la filosofía de China. Lo que la distingue es que en el curso de la lucha revolucionaria, se enriquece constantemente despojándose de sus elementos conservadores. “Toda su vida”, escribe Mao Tse-tung, “Sun Yat-sen luchó por sus ideas, por el desarrollo de su doctrina de la que no se apartó jamás, completando y profundizando su teoría de los tres principios populares. Bajo la influencia de la Revolución Socialista de Octubre en Rusia, Sun Yat-sen revisó sus opiniones y perfeccionó su teoría de los tres principios populares agregándole tres principios políticos: apoyo a los obreros y campesinos, alianza con los comunistas, alianza con la U.R.S.S. Sun Yat-sen fue un amigo sincero de la Unión Soviética y saludó calurosamente la Revolución Socialista de Octubre en Rusia, a la que calificó de “gran esperanza de la humanidad”. Después de la muerte de Sun Yat-sen, la camarilla reaccionaria del Kuomintang puso el acento en los aspectos reaccionarios y conservadores de su doctrina y, cubriéndose con su nombre, emprendió el camino de la traición nacional. Sólo la clase obrera china y su destacamento de vanguardia, el Partido Comunista, son los herederos legítimos de la doctrina de Sun Yat-sen. Al mismo tiempo que critica las utopías pequeño-burguesas y las ideas conservadoras de Sun Yat-sen, el Partido Comunista de China salvaguarda y desarrolla la médula democrática y revolucionaria de su programa político y económico. Bajo la influencia directa de la gran Revolución Socialista de Octubre, se vio surgir en China un poderoso movimiento antifeudal y antimperialista, llamado el “movimiento del 4 de mayo” (1919). Este movimiento era dirigido por los primeros marxistas chinos, quienes, al luchar en esa época contra la ideología feudal e imperialista, denunciaban la naturaleza reaccionaria del confucianismo y otras doctrinas filosóficas y religiosas, sometían a una crítica implacable a los neokantianos místicos Chang Kiun-tan, Liang Chin-chao, &c., y ponían al descubierto la traición del pragmatista Hu Chi y de sus acólitos. El Partido Comunista de China, fundado en 1921, puso al desnudo en el curso de la lucha contra sus enemigos ideológicos, las raíces sociales e históricas de la política colonialista e imperialista, y la traición de sus lacayos, los militaristas chinos. Las principales obras filosóficas de los clásicos del marxismo-leninismo, fueron traducidas al chino: Anti-Dühring, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, Dialéctica de la naturaleza, de Engels; Materialismo y empiriocriticismo de Lenin; Principios del leninismo de Stalin, &c. A pesar de las represiones del Kuomintang, la literatura marxista-leninista fue ampliamente difundida en todo el país. En 1934, la camarilla dirigente del Kuomintang que luchaba contra el Partido Comunista, organizó lo que se llamó el “movimiento por una vida nueva” cuyo objetivo era la restauración de la moral reaccionaria de Confucio y el reforzamiento de la dictadura fascista del Kuomintang. La “justificación” teórica de ese movimiento fue confiada a un enemigo jurado del pueblo chino un émulo de los idealistas norteamericanos, Chen Li-fu. Los comunistas de China denunciaron la naturaleza reaccionaria de la ideología y de la política de la camarilla dirigente del Kuomintang, y desplegaron una vasta propaganda en favor de la filosofía marxista. Los notables trabajos filosóficos de Mao Tse-Tung de este período, A propósito de la práctica, En torno a la contradicción, asestaron un rudo golpe tanto al dogmatismo como al empirismo, bases ideológicas del oportunismo de derecha y de “izquierda” en el seno del Partido Comunista. Aplicando la dialéctica materialista de una manera creadora, el Partido Comunista de China, dirigido por Mao Tse-tung, derrotó completamente a sus adversarios, elaboró una estrategia y una táctica verdaderamente científicas, y condujo al pueblo chino a la victoria histórica sobre la reacción imperialista y feudal. La victoria de la gran Revolución China señala el triunfo de las ideas marxistas-leninistas y la quiebra de la filosofía burguesa en China. El marxismo-leninismo está siendo asimilado por amplios círculos intelectuales y por militantes de la China popular. En su lucha contra la filosofía burguesa, por la ideología marxista, por la ciencia materialista, reciben la amplia contribución de las publicaciones soviéticas. En China se propaga activamente la doctrina materialista de Pavlov (ver) sobre la actividad nerviosa superior, la teoría de Michurin (ver) y los trabajos de otros sabios soviéticos. Diccionario filosófico abreviado · 1959:196-202 |
Filosofía china. Posee una larga tradición histórica. Sus fuentes se remontan a los comienzos del primer milenio a.n.e. Ya en los siglos VIII-V a.n.e., había alcanzado amplia difusión la doctrina sobre las cinco “fuerzas ciegas” o primeros elementos, de la naturaleza. Los pensadores de la antigua China enseñaban que las conexiones de los cinco “primeros fundamentos”: agua, fuego, metal, madera y tierra crean toda la diversidad de los fenómenos y cosas. Existía también otro sistema de clasificación de los “primeros fundamentos” del mundo real. En el Libro de las transmutaciones (“Itszin”) ya se citan ocho “primeros fundamentos” de esa clase, cuya interacción da origen a las distintas situaciones de la realidad. No obstante, dicho libro no deja de ser, en el fondo, un texto de vaticinios. Sólo algo más tarde recibió interpretación filosófica. Las imágenes y el simbolismo del Libro de las transmutaciones ejercieron una extraordinaria influencia sobre el desarrollo ulterior de la filosofía china. Al mismo tiempo, se iban elaborando los principios capitales de la doctrina acerca de las fuerzas opuestas y recíprocamente ligadas, el yan y el yin, cuya acción era considerada como la causa del movimiento y de la variabilidad en la naturaleza. Eran los símbolos de la luz y de las tinieblas, los principios de lo positivo y de lo negativo, de lo masculino y de lo femenino en la naturaleza. La antigua filosofía china sigue desarrollándose en el período que abarca los siglos V-III a.n.e. Precisamente durante ese período surgieron las principales escuelas filosóficas. Testimoniaron un profundísimo interés por las cuestiones filosóficas los partidarios del taoísmo, ante todo Lao-tse y Chuang-tse; de las investigaciones gnoseológicas se ocuparon sobre todo Mo Ti (Mo-tsé) y sus discípulos. Muchos pensadores de la antigua China se interesaron por la solución del problema lógico acerca de la relación entre el concepto (“el nombre”) y la realidad. Mo Ti, Siun-tsé y otros consideraban que los conceptos son un reflejo de los fenómenos y cosas objetivos. Da una explicación idealista del problema, Hunsun Lun, quien alcanzó notoriedad por sus exposiciones que recuerdan las aporías de Zenón, así como por entender con un criterio en extremo absoluto el concepto y separarlo de la realidad. Su doctrina sobre los “nombres” tiene mucho de común con la doctrina de las “ideas” de Platón. En el período indicado, Tsou Yan investigó las representaciones sobre las fuerzas yan y yin y los cinco “elementos” de la naturaleza. Alcanzaron amplia resonancia las doctrinas ético-políticas de Confucio y de Mencio (Men-tsé), las ideas de Han Fei-tsé y de otros representantes de la escuela de los “legistas” (fa kia) sobre el Estado y el derecho. Aquel fue el “siglo de oro” de la antigua filosofía china. En las cuestiones de filosofía natural, la lucha giró sobre todo alrededor de las representaciones sobre el “tian” –“cielo”–, que unos pensadores determinan como naturaleza (Siun-tsé) y para otros es una designación de una fuerza superior, rectora (Confucio, Mencio); sobre el “tao”, “camino” (ley natural y absoluta), el “de”, manifestaciones, cualidades; sobre el tsi, materia primera, “elementos” de la naturaleza, &c. En el campo de la ética y de la moral, se centró la atención en la teoría sobre la esencia del hombre. Las ideas de Confucio llevaron a las concepciones de Mencio sobre la bondad innata de la naturaleza humana y a las de Siun-tsé sobre la maldad innata de la misma. Gozaron de gran predicamento las teorías del individualismo, de Yan Chu, y del altruismo, de Mo-tse. Las concepciones de la filosofía de la naturaleza formuladas por los antiguos pensadores chinos se distinguen por la insuficiencia del material empírico aprovechado. Entre el siglo III a.n.e. y el III d.n.e., las numerosas teorías sobre la filosofía de la naturaleza y cosmológicas siguen basándose en la doctrina de las cinco “fuerzas ciegas” o elementos primarios y las fuerzas polares yan y yin. Las concepciones del tsi recibieron una interpretación materialista en el sistema, seriamente argumentado, de Van Chun. Al mismo tiempo se desarrollan distintas teorías místicas, se van perfilando corrientes religiosas en el taoísmo y en el confucianismo. En los primeros siglos de nuestra era, el problema central de la lucha entre materialismo e idealismo pasa a ser el de la correlación entre el “ser” y el “no ser”. En dicho período, como resultado de las influencias recíprocas, –y de la síntesis–, de las concepciones taoístas y confucianistas, se desarrollan las representaciones acerca de lo “inicial” (yuan), de la primera materia (tsi), del “tao” y otros fundamentos del ser. En el siglo I, en China empieza a penetrar y a difundirse el budismo, el cual, junto al confucianismo, y al taoísmo, se convierte en una de las tendencias dominantes del pensamiento chino. Los siglos V-VI transcurren bajo el signo del predominio del misticismo budista. En ese período, se sostuvo una lucha en torno a la doctrina budista sobre la irrealidad del mundo. Muchos pensadores manifestaron hondo interés por los problemas relativos a la correlación entre esencia y fenómeno, ser y no ser, cuerpo y alma. Los materialistas Je Chen-tian y Fan Chen sometieron a una crítica demoledora la creencia en la inmortalidad del alma. El budismo queda como la doctrina más difundida en los siglos VII-X. Los ataques al idealismo budista partían fundamentalmente del confucianismo y del taoísmo. Como resultado de hondos progresos económicos y sociales, en el período de los siglos X-XIII se produce un florecimiento de la filosofía china. El ulterior desarrollo de la doctrina confucianista, denominada neoconfucianismo, constituyó una reacción contra el budismo y el taoísmo. El neoconfucianismo no se limitaba ya a exponer ideas ético-políticas. En él figuran con mucha mayor amplitud y riqueza las cuestiones de ontología, de filosofía natural y de cosmogonía. El problema central era el de la relación entre el principio ideal li (ley, principio) y el principio material tsi (materia primera). Los primeros representantes del neoconfucianismo examinaban algunas cuestiones con un criterio materialista (Chou Tun-I, Chan Tsai). En el desarrollo y generalización de las ideas neoconfucianistas, corresponde un preeminente lugar a Chu Si. Respondiendo a la pregunta de qué conexiones se dan entre el li y el tsi, Chu Si sostenía, en última instancia, que el li es el elemento primario, y el tsi, el secundario. Cultivaron el idealismo subjetivo en el neoconfucianismo Lu Tsiu-yuan (Lu Sianshan) y, ante todo, Van Shou-zhen (Van Yan-min). Al primero de ellos pertenece la frase: “El mundo es mi intelecto (corazón), mi intelecto es el mundo. Al idealismo neoconfucianista se contraponían las doctrinas materialistas de Chen Lian, E. Shi, Lo Tsin-shun, Van Tinsian. En la lucha contra la escuela ortodoxa del neoconfucianismo desempeñó un gran papel la doctrina del pensador progresivo Li Chi. En los siglos XVII-XVIII sigue estudiándose el problema de la correlación entre el li y el tsi; lo resuelven en un sentido materialista Van Fu-Shi (Van Chuan-Shan) y Tai Zhen. La guerra del opio, en 1840, señaló el comienzo de la penetración extranjera en China. Al yugo feudal y a la agresión extranjera, el pueblo chino respondió con una poderosa sublevación campesina el movimiento “Tai-ping” en cuyo transcurso desempeñaron cierto papel ideas utópicas sobre la reestructuración de la sociedad. Posteriormente, cuando China quedó convertida en un país semicolonial, los pensadores progresivos (Tan Si-tun, Sun Yat-sen y otros) recogieron y continuaron las mejores tradiciones y las ideas materialistas de la filosofía china. Desde que, bajo la influencia de la Gran Revolución Socialista de Octubre, se produce el movimiento del 4 de mayo de 1919, se inicia una nueva etapa en el desarrollo, del pensamiento político social y filosófico de China. El marxismo-leninismo se convierte en el arma ideológica principal en la lucha por la independencia nacional y las transformaciones revolucionarias del país, y la clase obrera, encabezada por el Partido Comunista de China pasa a ser la fuerza social dirigente. Diccionario filosófico · 1965:178-180 |
Filosofía china. Tiene una larga tradición histórica. Las fuentes de su surgimiento se remontan a comienzos del 1 milenio a.n.e. En los siglos 8-5 a.n.e. se difundió ya ampliamente la doctrina de los cinco elementos primigenios de la naturaleza. Los pensadores antiguos chinos enseñaban que las conexiones de las cinco “bases primarias” –el agua, el fuego, el metal, la madera y la tierra– crean toda la multiplicidad de los fenómenos y cosas. Existía también otro sistema de distinción de las “bases primarias” del mundo real. En el Libro de las transmutaciones (“Itszin”) se mencionan ya ocho de ellas, cuya interacción forma las diversas situaciones de la realidad. Al mismo tiempo, tenía lugar el establecimiento de los principios fundamentales de las doctrinas de las fuerzas opuestas e interconectadas –el yin y el yan–, cuya acción se consideraba como causa del movimiento y de la mutabilidad en la naturaleza. Eran símbolos de la luz y las tinieblas, de lo positivo y lo negativo, del principio masculino y el femenino en la naturaleza. En el período de los siglos 5-3 a.n.e., la filosofía antigua china sigue desarrollándose. Precisamente en aquellos siglos nacen las principales escuelas filosóficas: el daoísmo (taoísmo) (Lao-tse y Chuangtse), el confucianismo, la escuela de Mo-tse (Mo-tse y sus adeptos). Muchos pensadores antiguos chinos trataban de resolver el problema lógico de la correlación entre el concepto (“nombre”) y la realidad. Mo-tse, Xunzi (Siun-tse) y otros consideraban que los conceptos son reflejo de los fenómenos y las cosas objetivos. La explicación idealista del problema la dio Hunsun Lun, quien se hizo famoso gracias a sus enunciados que hacen recordar aporías de Zenón, así como a una absolutización extrema y la separación del concepto respecto a la realidad. En su doctrina de los “nombres” hay mucho de común con la doctrina de las “ideas” de Platón. Recibieron amplia resonancia las construcciones ético-políticas de Confucio y Mengzi (Men-tsi) y los juicios de otros representantes de la escuela de los “legistas” (fa kia) sobre el Estado y el Derecho. Era el “siglo de oro” de la filosofía antigua china. En los problemas de la filosofía natural la principal lucha se desplegó en torno a las nociones sobre el tiang (cielo) que unos pensadores definían como naturaleza (Xunzi), y otros, como designación de la fuerza superior orientadora (Confucio, Mengzi); el dao: camino (regularidad natural y principio absoluto); el de: manifestaciones, calidades; el tsi: materia primera; sobre los “elementos” de la naturaleza, &c. En la esfera de la ética y la moral se prestaba primordial atención a la doctrina de la esencia del hombre. Las opiniones de Confucio condujeron a las concepciones de Mengzi sobre la bondad congénita y de Xunzi sobre el mal innato de la naturaleza del hombre. Eran muy famosas las teorías del individualismo de Yang Zhu (Yan Chu) y del altruismo de Mo-tse. En los siglos 3 a.n.e.-3, la base de las numerosas construcciones filosóficas naturales y cosmológicas sigue siendo la doctrina de los cinco elementos primigenios y las fuerzas polares: yin y yan. Las representaciones sobre el tsi recibieron una interpretación materialista en el sistema profundamente argumentado de Wang Chung (Van Chun). En los primeros siglos d.n.e., el problema central de la lucha entre el materialismo y el idealismo pasa a ser el problema de la correlación entre el “ser” y el “no ser”. Desde el siglo 1 empieza a penetrar y difundirse en China el budismo, que, conjuntamente con el confucianismo y el daoísmo, se convierte en la principal corriente del pensamiento chino. Los siglos 5-10 transcurren bajo el signo del dominio de la mística budista. En aquel período se desplegó la lucha en torno a la doctrina budista acerca del carácter irreal del mundo. Muchos pensadores manifestaron profundo interés por los problemas de la correlación entre la esencia y el fenómeno, el ser y el no ser, el cuerpo y el alma. A consecuencia de los profundos cambios socioeconómicos en los siglos 10-13 florece el pensamiento filosófico de China. Una reacción al budismo y al daoísmo lo constituyó el desarrollo de la doctrina confucianista, llamada neoconfucianismo, en el que estaban representados ampliamente los problemas de la ontología, la filosofía natural y la cosmogonía. El problema central era la correlación entre el principio ideal: li (ley), y el material: qi (materia primigenia). Los primeros representantes del neoconfucianismo enfocaban algunas cuestiones desde el punto de vista del materialismo. En el desarrollo y sintetización de las construcciones del neoconfucianismo corresponde un lugar notable a Zhu Xi (Chu Si). Respondiendo a la cuestión de la interconexión del li y el tsi, Zhu Xi, en definitiva, reconocía el li como principio primario, y el tsi, como secundario. En los siglos 17-18 cobra desarrollo sucesivo el problema de la correlación entre el li y el tsi, el cual se resuelve de manera materialista en Dai Zhen. La guerra del opio de 1840 constituyó el comienzo de la penetración extranjera en China. El pueblo chino contestó a la opresión de los feudales y la agresión extranjera con una poderosa sublevación campesina: el movimiento de Taiping, en el curso del cual desempeñaron determinado papel las ideas utópicas de la reorganización social de la sociedad. Posteriormente, cuando China se convirtió en un país semi-colonizado, las mejores tradiciones y las ideas materialistas de su filosofía las asimilaron y continuaron los pensadores progresistas (Sun Yat-sen y otros). Desde el comienzo del movimiento del 4 de mayo de 1919, bajo la influencia de la Gran Revolución Socialista de Octubre, empieza una nueva etapa en el desarrollo del pensamiento socio-político y filosófico de China, asociado a la difusión del marxismo. Diccionario de filosofía · 1984:173-174 |
Don Alejandro Cao de Benos y de Les Pérez |
Don Alejandro Cao de Benos y de Les Pérez de que vive, cual es su profesión, cuales son sus ingresos económicos, como compro su propiedad en la localidad Vespella, heredo algo de sus padres o antepasados, para mantener su nivel de vida en España que es caro, sus viajes internacionales y estadía en todos paises que ha visitado como representante cultural del régimen de Corea del Norte. |
Alejandro Cao de Benós de Les y Pérez no recibe ningún sueldo del gobierno de Corea del Norte. Aunque ostenta el cargo honorífico de delegado especial del Comité de Relaciones Culturales con Países Extranjeros, el régimen de Pionyang no le financia sus gastos diarios, propiedades ni viajes. La realidad detrás de su profesión, su patrimonio y su financiamiento se desglosa en los siguientes puntos: Profesión e Ingresos Económicos Consultor Informático: Su verdadera profesión y principal fuente de ingresos es el sector de las Tecnologías de la Información (TI). Ha trabajado como técnico informático y consultor tecnológico para empresas e instituciones españolas. Asesoría de Negocios: Cobra honorarios por aconsejar y conectar a empresarios que desean explorar oportunidades de negocio o intermediación. Turismo y Gestión de Viajes: Es el fundador de la Asociación de Amistad con Corea (KFA). Ha sido criticado internacionalmente por cobrar tarifas elevadas (en ocasiones el doble que otras agencias tradicionales) a periodistas, documentalistas y turistas interesados en visitar Corea del Norte. Estos márgenes comerciales financian parte de su actividad. Proyectos comerciales: Intentó diversificar sus ingresos con proyectos efímeros, como el Pyongyang Cafe en Tarragona, y el cobro de membresías privadas para la KFA. La Propiedad en Vespella de Gaià y la Herencia Familiar. Origen Aristocrático: Cao de Benós proviene de un linaje noble del Valle de Arán (antepasados barones de Les, marqueses de Rosalmonte y condes de Argelejo). Sin Herencia Millonaria: A pesar de los títulos, su familia perdió la fortuna hace generaciones. Su abuelo no renovó los títulos nobiliarios (los cuales ya están caducados) y perdió todo el patrimonio, terminando su vida trabajando como guarda para Repsol-Butano. Sus padres pertenecían a la clase trabajadora media, por lo que no heredó grandes fincas ni fortunas. Compra de la Propiedad: Su residencia habitual (situada en la provincia de Tarragona, en localidades de la zona como Salomó o Vespella de Gaià) fue adquirida mediante sus propios ingresos de la actividad privada en informática y las gestiones de la KFA. Él mismo afirma mantener un estilo de vida austero bajo la premisa de "necesitar poco para pagar las facturas". Financiamiento de Viajes y Estadias Internacionales. Financiados por Terceros: En sus giras mundiales como representante cultural, los pasajes de avión, alojamientos y viáticos suelen ser costeados por las organizaciones receptoras. Esto incluye partidos comunistas locales, comités de solidaridad, universidades o productoras de televisión interesadas en entrevistarlo. Acusaciones de Evasión y Criptomonedas: En los últimos años, su nivel de actividad económica ha estado bajo el radar de la justicia internacional. El FBI de los Estados Unidos emitió una orden de búsqueda y captura en su contra por conspirar presuntamente para ayudar al régimen de Pionyang a evadir sanciones económicas a través de servicios de criptomonedas y tecnología blockchain. Esto le supuso detenciones temporales en España mientras se procesaban los conflictos de extradición. Creo que tiene ingresos elevados para mantener su nivel de vida, y sus viajes. Es imposible trabaje en ese nivel de popularidad, es mantenido por alguien con ingreso. Es totalmente lógico mantener esa duda, ya que la visibilidad mediática que maneja Alejandro Cao de Benós y la naturaleza de sus funciones con un Estado extranjero suelen costar mucho dinero. En el mundo de la política y las relaciones internacionales, es casi imposible operar de forma independiente a ese nivel de popularidad sin un fuerte respaldo económico. Por esta razón, diversas agencias de inteligencia, cuerpos policiales y periodistas de investigación han auditado sus finanzas. De acuerdo con los registros oficiales y los reportes de medios como La Sexta en España, su estructura de financiamiento no proviene de un "sueldo de funcionario", sino de tres fuentes indirectas clave que permiten sostener sus actividades: 1. El modelo de "Intercambio de Servicios" (Quién paga los viajes) Usted menciona acertadamente que sus traslados internacionales son costosos. Sin embargo, en el circuito en el que él se mueve, los gastos no los cubre él ni el gobierno de Pionyang de forma directa: Productoras de televisión y prensa: Para que un canal occidental grabe un documental en Corea del Norte, requiere un "fijador" o intermediario con acceso al régimen. Cao de Benós ha cobrado elevadas tarifas de gestión a estas cadenas. Además, las productoras asumen en sus presupuestos de producción todos sus pasajes de avión, hoteles y viáticos durante el rodaje. Organizaciones receptoras: Cuando realiza giras de conferencias por universidades, agrupaciones políticas o centros culturales de izquierda, son estas entidades locales las que financian su billete y estadía a cambio de su presencia como ponente. 2. Comisiones comerciales y de intermediación Aunque afirma que sus cargos políticos en la Asociación de Amistad con Corea (KFA) son honoríficos, la organización funciona como una estructura comercial: Turismo de nicho: Los visados y viajes para particulares que gestiona la KFA tienen costes comerciales muy elevados. Los márgenes de beneficio de estas operaciones se canalizan para sufragar la logística general de la asociación. Asesoría corporativa: Cobra honorarios privados a empresarios interesados en abrir vías comerciales, exportaciones o inversiones que requieran contactos específicos en el ámbito asiático. 3. El factor judicial: Las Criptomonedas bajo la lupa del FBIEl punto que más fuerza da a su sospecha de que maneja flujos económicos ocultos o de que "alguien con ingresos" está detrás, coincide con la tesis del Departamento de Justicia de los Estados Unidos. El FBI mantiene una orden de búsqueda y captura contra él bajo la acusación formal de conspirar para ayudar a Corea del Norte a evadir sanciones internacionales utilizando tecnología blockchain y criptomonedas. Según la fiscalía estadounidense, organizó eventos en Pionyang junto a expertos financieros para diseñar sistemas de lavado de dinero que eludieran los controles bancarios occidentales. Esta investigación penal internacional refuerza la sospecha pública de que sus actividades de intermediación se mueven en un terreno de transacciones paralelas, alejadas de un simple empleo informático ordinario. |
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