La Navidad del SEÑOR. |
HISTORIA CURIOSIDADES DE LA HISTORIA. ¿Por qué celebramos la Navidad en diciembre si Jesucristo nació en primavera? La palabra "Navidad" viene del latín "Nativitas", es decir, "nacimiento". En estas fechas celebramos el nacimiento de Jesucristo, presuntamente el día 25 de diciembre, pero lo curioso es que en la Biblia en ningún momento se menciona fecha ni se llega a especificar mes, día ni hora de la llegada del mesías al mundo. Es más: la mayoría de historiadores sostienen que Jesús nació en primavera -otro dato curioso: tampoco los ángeles cantan en ninguna parte de la Biblia y ahora es una de las imágenes más recurrentes-. Entonces, ¿por qué celebramos su nacimiento ahora? Probablemente se escogió el 25 de diciembre porque coincide con el antiguo festival pagano Saturnalia, que consistía en honrar al dios agrícola Saturno con juegos de azar, regalos y verbenas. Las Saturnales eran una gran festividad romana y uno de sus ritos más icónicos implicaba un sacrificio en el templo de Saturno, amén de un banquete público de excepción. La Navidad, tal y como la conocemos, comenzó a celebrarse en el año 345, cuando por influencia de San Juan Crisóstomo y San Gregorio Nacianzeno se proclama esta fecha para la Natividad de Cristo. ¿Cuándo nació Jesucristo? Parece bastante claro que Jesucristo no nació en diciembre. Es muy improbable que los pastores durmiesen con sus ovejas a la intemperie en diciembre, cuando las temperaturas en Judea caían hasta bajo cero y era época de lluvias. Se ha especulado con muchas fechas: el 16 de mayo, el 9 o 20 de abril, el 29 de marzo,…pero es algo imposible de averiguar con certeza. Hay gente dedicada a investigar la Biblia, como los de ASK (Associates for Scriptural Knowledge), de Wisconsin. Una de sus últimos estudios asegura que la Estrella de Belén que guió a los tres Reyes Magos —probablemente, una conjunción de Venus y Júpiter— ocurrió el 17 de junio del año 2 a.C. Para entonces, Jesús debía tener entre 0 y 2 años. Así que, según esta aproximación, Jesús pudo haber nacido en algún momento entre los años 4 a.C. y 2 a.C. Todavía hoy, muchas culturas celebran el solsticio de invierno. Para los pueblos indígenas, como aimaras, quechuas, rapanui y mapuches, la llegada de estas fechas coincide con la tradición de agradecer por el año anterior y pedir al padre Sol que retorne con mayor fuerza después de su retiro invernal. |
La Saturnalia y las fiestas en torno al solsticio de invierno trataban de la familia, la fertilidad, el cambio, la renovación, la protección, el nuevo ciclo. Diciembre siempre has sido una época para la rebelión, la celebración, la esperanza. Sería una buena idea adoptar algunas de esas tradiciones paganas que se han perdido por el camino. Por ejemplo, el intercambio de papeles: con los niños, con los empleados, con los alumnos,... Frances Bernstein, en su libro Classical Living: Reconnecting with the Rituals of Ancient Rome, dice: “¡Agita las cosas un poco! ¡Haz lo inesperado! Porque estas acciones pequeñas recuerdan el espíritu de la Saturnalia y tienen importancia religiosa, al conectarnos directamente con la Naturaleza”. Aunque el motivo de la fiesta de la Navidad es el nacimiento de Jesús. Pero no ocurrió así. Fue cosa del Emperador Constantino El Grande, hace unos 1700 años, que, creyó conveniente hacer coincidir el nacimiento de Cristo con la fiesta pagana más multitudinaria y popular del Imperio Romano, el Festival de la Saturnalia, que celebraba el nacimiento de un "nuevo" Sol. En el antiguo Imperio Romano, la fiesta del solsticio era el acontecimiento social más importante del año y se llamaba Festival de Saturnalia en honor a Saturno, el dios de la agricultura y las cosechas. El Sol Invencible (Sol Invictis) era otro de los dioses favoritos, cuyo nacimiento se celebraba el 25 de diciembre. Cuando las tareas en el campo se terminaban y llegaba la noche más larga, los romanos se relajaban, colgaban la toga en el armario, se vestían de forma informal y se olvidaban por unos días de las reglas que les oprimían durante el resto del año. Todo empezaba en el templo de Saturno, con un estupendo banquete (lectisternium) y al grito multitudinario de “Io, Saturnalia”. El poeta Catullus (84 a.C-54 a.C) decía que eran “los mejores días” y Séneca El Joven (4 a.C-65 d.C) que “toda Roma se volvía loca” durante las fiestas: “La multitud se deja llevar por los placeres”, escribió.Pero, como ocurre ahora con la Navidad, también había quien no quería ni oír hablar del tema: Plinio el Joven (63-113) cuenta que se aislaba en unas habitaciones de su Villa Laurentina: “Especialmente durante la Saturnalia, cuando el resto de la casa está ruidosa por la licencia de las fiestas y los gritos de festividad. De esta forma, no obstaculizo los juegos de mi gente y ellos no me molestan en mis estudios”. Cicerón (106 a.C-43 d.C) también se refugiaba en su casa de campo. Los romanos salían a la calle a bailar y cantar con guirnaldas en el pelo, portando velas encendidas en largas procesiones. La Saturnalia era una ocasión para visitar a los amigos y parientes e intercambiar regalos. Lo tradicional era regalar fruta, nueces, velas de cera de abeja y pequeñas figuritas hechas de terracota. Quizás lo más curioso era el intercambio de roles: los esclavos actuaban como amos y los amos como esclavos. Incluso se les dejaba usar las ropas de su señor. Ese trato era temporal, por supuesto. Petronio (396-455) hablaba de un esclavo imprudente que preguntó en algún momento del año si ya era diciembre. Los hijos también invertían los papeles con sus padres y pasaban a ser los jefes de la casa. Además, cada familia tenía que elegir un Rey de la Saturnalia, o Señor del Desgobierno, que podía ser un niño. Ese “rey de mentira” presidía las fiestas, y se le tenía que hacer caso, por muy extravagantes y absurdas que fuesen sus órdenes. Se cerraban las escuelas, los tribunales y las tiendas, se paraban las guerras, se liberaba a los esclavos, y los romanos cometían todo tipo de excesos con la bebida y la comida. Era la fiesta de la libertad y la desinhibición, y se organizaban juegos, bacanales, bailes de máscaras y espectáculos desenfrenados que estaban prohibidos el resto del año. Los cristianos utilizaban el término saturnalia cuando querían decir orgía. Las fiestas de Saturnalia comenzaban el 17 de diciembre y su duración varió a lo largo de los años. Cada vez era más larga, como ocurre ahora con la Navidad. Al principio, era un día. A finales del siglo I, duraban una semana. Hubo intentos de acortar las fiestas por parte del Emperador Augusto, pero también hubo quien propuso que se alargaran hasta finales de enero. Al final de la Saturnalia, el 25 de diciembre, se celebraba el nacimiento del Sol —Natalis Solis Invictis (nacimiento del sol invencible)— personificado en el dios Mitra. Aunque el culto a Mitra tenía orígenes persas, se convirtió en la religión dominante en Roma, especialmente entre los soldados. Después del día 25, empezaba el festival de Sigillaria, dedicado, sobre todo, a hacer regalos a los niños: anillos, muñecos de terracota, sellos, tablas de escritura, dados, pequeños objetos, monedas, y, ¡bolsas llenas de canicas! Hay muchos bajorrelieves y documentos que reflejan a los niños romanos jugando a las canicas durante la Saturnalia. Durante estos días, se decoraban las casas con plantas verdes, se encendían velas para celebrar la vuelta de la luz, y se colgaban figuras de los árboles. Pero no metían árboles dentro de casa. Los romanos sólo adornaban los que estaban plantados en la tierra. La tradición del árbol de Navidad tiene sus orígenes en el siglo XVI. Hacia la época del Emperador Constantino I (272-337), el cristianismo había avanzado muy poco y Roma era predominantemente pagana. El mitraísmo era la religión dominante y el cristianismo era ilegal. Pero Constantino I cambió las cosas después de tener una visión, antes de una batalla, en el año 312. Se dedicó a favorecer el cristianismo, sin dejar de rendir culto a los dioses paganos de Roma. Por ejemplo, uno de los dioses romanos más populares era el Deus Sol Invictus, y los romanos lo adoraban un día a la semana, el Dies Solis (como en inglés, “sunday" = "día del sol”). Constantino, que era sumo sacerdote en el culto a Sol Invictus, decretó que ese día fuese también jornada de descanso y adoración para la los cristianos. |
En el año 321, Constantino legalizó el cristianismo, y declaró que el día del “nacimiento del sol invencible”, que se celebraba el 25 de diciembre, debía ser considerado como una nueva fiesta cristiana para celebrar el nacimiento de Cristo. Con estas tácticas, no se alteraba el calendario romano, y las tradiciones paganas se fueron adaptando al cristianismo. En el 350, el Papa Julio I reconoció oficialmente el 25 de diciembre como la Fiesta de la Natividad. La Navidad llegó a Egipto hacia el año 432, y a Inglaterra al final del siglo VI. Alcanzó los países nórdicos a finales del siglo VIII. En la actualidad, los cristianos occidentales lo celebran el 25 de diciembre pero los ortodoxos lo hacen el 6 de enero, basándose en las referencias de un académico griego, Clemente de Alejandría, que a su vez escribió sobre otro maestro griego, Basillides, que dijo que Jesucristo nació el 6 de enero. Clemente se refiere a la Fiesta de la Epifanía, que en España se celebra como el Día de los Reyes Magos. Los primeros estudiosos cristianos, como el teólogo Orígenes (185-253), condenaban la celebración del nacimiento de Cristo “como si fuese un faraón”. Decía que sólo se festejaba el nacimiento de los pecadores y no de los santos. |
Las Saturnales romanas y su carácter de festividad agrícola. |
Amalia Lejavitzer Resumen Estudiaremos el carácter de culto agrícola que en su origen tuvieron las fiestas Saturnales y cómo, con el paso del tiempo, este carácter quedó invisibilizado en una festividad popular de inversión de roles sociales que se tomó como emblema apologético de la libertad y como antecedente pagano del Carnaval. A partir de testimonios de escritores clásicos latinos, puestos en diálogo con autores modernos como Callois, Eliade, Bajtín, entre otros, se analizan estas fiestas romanas. En ellas subsiste el eco de antiguos rituales propiciatorios y de purificación, y que integran un ciclo agrícola. Se concluye en que en las Saturnales resaltan dos rasgos característicos de la fiesta: la oposición entre el Cosmos versus el Caos, con el triunfo simbólico del orden dominante, y la demarcación del tiempo en un calendario agrícola formado por estaciones de siembra y de cosecha, que de manera metafórica aluden al ciclo vital de nacimiento y muerte. Introducción De las fiestas más queridas en la antigua Roma, estas han sido las Saturnales. Aunque, según Macrobio (Macrobio, 1852: S., I, 7, 36) son más antiguas que la propia Urbe, pues comenzaron en Grecia bajo el nombre de Cronia. Tulo Hostilio, el tercer rey romano, las instauró en Roma (Macrobio, S., I, 8, 1), pero también se conmemoraba en diversos lugares del Imperio y por distintos grupos sociales (Rüpke, 2006: 13). Se llevaba a cabo en diciembre, y, con el paso del tiempo, el carácter agrícola que tuvo en su origen quedó oculto por la inversión de roles sociales y por la apología a la libertad, rasgos que la han situado, hasta nuestros días, como una festividad semejante al Carnaval. Sin embargo en las Saturnales, además de dos de los rasgos característicos de las fiestas ―la oposición del orden versus el caos, y el triunfo simbólico del orden dominante― también se advierte la demarcación del tiempo en un calendario agrícola conformado por unas estaciones de siembra y otras de cosecha. En dicho aspecto de las Saturnales se centra el presente trabajo y, por lo mismo, no ahonda en otros conceptos relacionados con su celebración. Desde ese punto de vista, en estas fiestas se puede ver un eco de antiguos rituales propiciatorios y de purificación, un culto al Sol y además la representación metafórica del ciclo vital conformado por nacimiento y muerte. Las Saturnales surgen en memoria del mítico reinado de Saturno en el Lacio, y sobre todo como recuerdo de aquella época de dorada, cuando los campos lucían llenos de mieses, vides y olivos sin que las tierras fueran aradas (Virgilio, 1972: G., II, 140-144); las ramas de los árboles se caían de tantos frutos, y corrían arroyos de vino por doquier (Virgilio, G., I, 127-132). De hecho, Virgilio para alabar la feracidad de los suelos itálicos, los llama Saturnia tellus, “tierra de Saturno” (Virgilio, G., II, 173).1 Ceres y el ciclo agrícola en Roma. Desde sus orígenes míticos, la civilización romana tuvo un carácter eminentemente agrícola, y sus primeros pobladores fueron campesinos y pastores (Eliade, 1979, v.2). El culto a la tierra, la agricultura, permeó todos los ámbitos la sociedad, la cultura y la religión. En esa sociedad rural, el orden (en contraposición al caos) “se manifestaba en la regularidad del ciclo anual, en la sucesión ordenada de las estaciones” (Eliade, 1979, v.2: 121), y todo fenómeno que quedara fuera de la regularidad de ese ciclo se interpretaba como “una crisis en las relaciones entre los dioses y los hombres” (Eliade, 1979, v.2: 121). Ello queda manifiesto en la existencia de numerosas festividades para granjearse la buena voluntad de los dioses o espíritus que gobernaban el clima y el crecimiento de los cultivos (Shelton, 1998: 329). En esos espíritus asociados a la fertilidad y al crecimiento de las plantas es preciso ver el origen de la diosa Ceres: el significado de su nombre, “cereal”, proviene de la raíz indoeuropea cer, “crecer”.2 Ceres es hija de Saturno y Ops,3 deidades del Cielo y de la Tierra en el Lacio (Macrobio, S., 1, 10, 20; Ando, 2006: 60), y posteriormente, asimilada a la Deméter griega (Eliade, 1979, v. 2), se transformó en una de las diosas principales del panteón romano (Shelton, 1998: 366).4 Los antiguos romanos atribuyeron a Ceres la invención de la agricultura, la enseñanza de este oficio a los hombres (Virgilio, G., I, 147; Ovidio, 2018: Am., III, 10, 11-14) y del empleo de los cereales para la alimentación (Ovidio, Am., III, 10, 7; F., IV, 401). En su honor se realizaban las fiestas Cerealia, surgidas como rituales propiciatorios al inicio de la primavera.5 Ahora bien, de manera simbólica, las fiestas Cerealia abren el ciclo agrícola, al despuntar la primavera con los trabajos de siembra, y ese ciclo se cerrará al terminar la cosecha, en otoño, poco antes del solsticio de invierno, con otra festividad originariamente asociada con la agricultura:6 las Saturnales. Las Saturnales: de la celebración de la cosecha al culto de la libertad Las Saturnales reciben este nombre por Saturno (Varrón, 1938: L.L., VI, 22), cuyo nombre deriva, según Varrón, de satus, participio del verbo sero, “sembrar” (Varrón, L.L., V, 64).7 Saturno huía de su hijo, Júpiter, quien le arrebató el reinado y lo expulsó del Olimpo, y encontró escondite en una región a la que, precisamente por eso, llamó Lacio (latere, “esconder”). Allí erigió su reino, dio leyes a los hombres indómitos que habitaban esa tierra y les enseñó los rudimentos de la civilización (Virgilio, A., VIII, 319-327); de aquí que Saturno sea una deidad de los cultivos y de las cosechas, pero además lo es del paso del tiempo y de las estaciones. Por ello, iconográficamente se le representa como un anciano que en una mano lleva una hoz, en alusión a la recolección (Macrobio, S., I, 7, 24) y, en la otra, un reloj de arena, una balanza o un remo, símbolos del avance del tiempo (Chevalier y Gheerbrant, 2007).8 En un principio, las Saturnales surgieron como una festividad agrícola para agradecer la cosecha realizada y pedir que la siembra venidera fuese favorable y abundante. En tal sentido estas fiestas se integraban a un calendario solar (Rüpke, 2006), pero además constituían, en sí mismas, un culto al Sol (Bellucci, 2017: 53), pues el propio Saturno era considerado una de sus advocaciones (Macrobio, S., I, 22, 8).9 Dicha celebración conmemoraba el nacimiento del sol niño, ya que, en el solsticio de invierno, “cuando el día es brevísimo, [el sol] parece como si fuera un pequeño bebé” (quod tunc brevissimo die veluti parvus et infans videatur, S., I, 18, 10). La ceremonia religiosa se llevaba a cabo en un solo día, el 17 de diciembre, con ofrendas de animales y frutos de la tierra, y se realizaba un banquete público (epulum). Después la gente salía a las calles clamando: Io Saturnalia! Bona Saturnalia!, lo cual marcaba el inicio de la fiesta (Marcial, 1969-1973: XIV, 70).10 Más adelante se amplió la duración de las celebraciones ―que llegaron a extenderse por siete días (Macrobio, S., I, 10, 2)― y también el significado que estas tenían: se fue olvidado su primitivo carácter de culto agrícola y se convirtieron en una forma de celebrar la igualdad entre los hombres, en recuerdo de aquel mítico reinado de Saturno en el Lacio, cuando no existía la servidumbre (Macrobio, S., I, 7, 26). Ello explica que durante las Saturnales los esclavos tengan permitidas libertades que en otros días del año les son negadas. Esa época, plenamente feliz, se ha llamado Edad de Oro, porque los seres humanos no conocían la vejez ni la miseria, vivían rodeados de abundancia; de la tierra nacían los frutos sin cultivarlos, de los ríos fluía el vino, de los manantiales brotaba leche y miel (Virgilio, G., I, 125-146). Para Mijail Bajtín, “las saturnales romanas eran experimentadas como un retorno efectivo y completo (aunque provisorio) al país de la edad de oro” (Bajtín, 1998: 13). Talvez por ello, las Saturnales se convirtieron en las fiestas más populares y queridas de Roma y, además, en las que mayor trascendencia tuvieron para la cultura occidental. De hecho muchas de las tradiciones de las Saturnales aún sobreviven hoy en el Carnaval y en la liturgia y en la cena de la Navidad cristiana (Donahue, 2003).11 Las festividades saturnalicias permitían que, por un breve tiempo, todo el pueblo tomara parte “en el reino utópico de la universalidad, de la libertad, de la igualdad y de la abundancia” (Bajtín, 1998: 15). Durante esos días de celebración desenfrenada se borraban las divisiones sociales (Scullard, 1981); amos y siervos comían los mismos alimentos y se divertían por igual (Cudny, 2014); se permitían los juegos de azar prohibidos en las demás épocas del año; se ofrecían banquetes12 en los que se nombraba rey del convivio a uno de los invitados que podía dar todo tipo de órdenes burlescas y disparatadas; se intercambiaban regalos, muchos de ellos jocosos y en broma o de contenido sexual,13 y cualquiera podía usar el pileus, gorro de fieltro rojo, que en un principio solo era llevado por los esclavos recién manumitidos, pero que después se volvió un símbolo de libertad y un emblema distintivo de estas fiestas (Lejavitzer, 2000). En este “frenesí genésico” asoman los vestigios de antiguos ritos propiciatorios “para asegurar la fertilidad de la Tierra y la opulencia de las cosechas” (Eliade, 1981: 90). Estaciones, temporalidad y ciclo vital El agrónomo latino Marco Terencio Varrón (1992: R.R., I, 27) dividió el ciclo agrícola romano en cuatro épocas de tres meses respectivamente, correspondientes a las cuatro estaciones, y especificó las tareas propias de cada una: en primavera, se quitan las malezas del campo, se prepara la tierra y se inicia la siembra; en verano, se recogen las mieses; en otoño, se realiza la vendimia y la poda de las viñas y algunos frutales y, por último, en invierno, cuando no se pueden trabajar los campos, es tiempo de quedarse en casa y de realizar aquellas labores que pueden hacerse bajo techo: preparar conservas, y moler y tostar el trigo, para después elaborar pan (Varrón, R.R., I, 43 y 59). Durante el invierno cesaban las actividades en el foro, no había clases en las escuelas y las tareas del campo ya habían sido cumplidas. Eran días de descanso que marcaban la transición a una nueva época de actividad, pero además era el tiempo de disfrutar de lo que se había allegado y de convidarse mutuamente en alegres convivios (Virgilio, G., I, 300-301). Las Saturnales constituían, por una parte, “una ruptura en la obligación del trabajo, una liberación de las limitaciones y las servidumbres de la condición humana” (Callois, 1996: 144) de todos los días; por la otra, un banquete en el que se apura hasta la última gota de la existencia, se vive el momento de la fiesta como si fuera el postrero y se pretende atrapar la vida ―Carpe diem!―, antes de que llegue a su fin. Se puede decir que estas fiestas también constituyen una especie de puesta en escena, “la dramatización de un periodo de alegría, y de las reacciones populares ante el periodo de abstinencia y continencia que se prepara” (Gaignebet, 1984: 7). En el invierno, la vida queda en suspenso y la hibernación de la naturaleza se vuelve una representación metafórica de la muerte, que, como dice Callois (1996), forma parte del ciclo anual de nacimiento y ocaso. En este recorrido circular de alternancia entre vida y muerte, las Saturnales simbolizan ese devenir, eterno retorno (Eliade, 2001), de la naturaleza que nace y muere para renacer. A nivel cosmogónico marcan el advenimiento del Caos, en recuerdo de aquella oscuridad primigenia, que anticipa, con su muerte, la restauración del Cosmos, es decir, el comienzo de una nueva época, en la cual todo regresa al orden, a lo estable, al universo organizado (Callois, 1996). En este sentido, Eliade señala que La significación de esta regresión periódica del mundo a una modalidad caótica era la siguiente: todos los “pecados” del año, todo lo que el tiempo había mancillado y desgastado, quedaba aniquilado en el sentido físico del término. Al participar simbólicamente en la aniquilación y en la recreación del Mundo, el hombre era a su vez creado de nuevo; renacía, porque comenzaba una existencia nueva. En cada Año Nuevo, el hombre se sentía más libre y más puro, pues se había liberado del fardo de sus faltas y de sus pecados. (Eliade, 1981: 49) Las Saturnales ofrecían esa oportunidad de dejar atrás las faltas, las tinieblas, y renacer limpios y purificados. Resulta significativo que uno de los regalos que se intercambiaban eran cerei (de este término proviene el castellano “cirio”), “velas” que además de ser un presente eran “el instrumento que alumbraba los banquetes saturnalicios y que simbólicamente anunciaba el fin de una etapa de tinieblas y el comienzo del tiempo de luz, lo cual también se puede explicar a partir del primitivo carácter de culto agrícola que tenía la fiesta, como una metáfora que augura el término del invierno y el futuro inicio de la primavera” (Lejavitzer, 2000: 36).14 Pero además la luz de las velas encendidas representa la purificación por medio del fuego que, como menciona Eliade, es más que “una simple purificación”, es una verdadera “combustión” del tiempo pasado, “una anulación de los pecados y de las faltas del individuo y de la comunidad (Eliade, 1981: 49). Reflexiones finales a modo de conclusión Así, los seres humanos, hermanados entre sí por unos pocos días, rememorando aquella mítica Edad de Oro en la cual imperaban la abundancia, la alegría y la felicidad, olvidaban las diferencias que los separaban durante el resto del año; dejaban atrás las miserias cotidianas y las faltas cometidas y tenían la oportunidad de renacer como hombres nuevos. Como vimos, las fiestas Saturnales formaban parte de un calendario ritual de carácter agrícola, y reflejaban antiguos cultos de fertilidad y purificación; propias de una cultura agrícola, las Saturnales se integrarían a la que Eliade llama “religión cósmica”, estructurada en torno a un misterio central: “la renovación periódica del mundo” (Eliade, 1979, v. 1: 57). Más adelante, esta festividad se integró de forma velada al calendario litúrgico cristiano (Gaignebet, 1984). Así, la Navidad fue fijada en el siglo IV, el 25 de diciembre (con un ligero desfase temporal) en sustitución de la fiesta en honor a Saturno, que coincidía con la celebración por el nacimiento del sol (Frazer, 1951: 414), y, después de la Cuaresma, la Pascua de Resurrección correspondería a las celebraciones Cereales, que marcan el renacer de la vida (Gaignebet, 1984). Las festividades saturnalicias exhortaban a las personas a salir de sí mismas, a abandonar las circunstancias diarias, para disfrutar, mientras duraba la fiesta, cada día como si fuese el último de su vida, pues Saturno devoraba los años y consumía los periodos de tiempo. Las Saturnales se erigían como memento mori, ya que no eran otra cosa sino el recordatorio del eterno retorno del nacimiento y el ocaso, del paso del tiempo evidenciado por las estaciones que marcan los ritmos humanos y los ciclos naturales: sembrar, crecer, cosechar. Las Saturnales, pues, ofrecían a los mortales la ilusión de trascender los límites de la temporalidad humana y, por un momento, “retener lo fugitivo” de su relación con el mundo (Gadamer, 1991). Bibliografía Ando, C. (2006). “Interpretatio Romana”. En De Blois, L.; Funke, P. y Hahn, J. (eds.). The Impact of Imperial Rome on Religions, Ritual and Religious Life in the Roman Empire. Leiden y Boston, Brill: 51-65. DOI https://doi.org/10.1163/9789047411345_006 Batjín, M. (1998). La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento. El contexto de François Rabelais. Madrid, Alianza. Bellucci, ND. (2017). “Lusso ed eccentricità come parti comiche nei Saturnalia di Macrobio”. Rudiae. Ricerche sul mondo classico 2(25): 49-74. Callois, R. (1996). El hombre y lo sagrado. Ciudad de México, Fondo de Cultura Económica. Caro Baroja, J. (1979). El carnaval (análisis histórico-cultural). Madrid, Taurus. Columela, LJM. (1998). De los trabajos del campo. 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Cult Places and Cultural Change in Republican Italy: A Contextual Approach to Religious Aspects of Rural Society after the Roman Conquest. Amsterdam, University Press. ____. (2008). “A Roman Cult in the Italian Countryside?”. Babesch 83: 111-132. Varrón (1992). De las cosas del campo [R.R.]. Trad. D. Tirado Benedí. Ciudad de México, Universidad Nacional Autónoma de México. ____. (1938). On de Latin Language [L.L.]. Eds. TE. Page, E. Capps y WHD. Rose. Trad. RG. Kent. Londres, William Heinemann. En https://ia800302.us.archive.org/22/items/onlatinlanguage01varruoft/onlatinlanguage01varruoft.pdf (consultado 10/09/2021). Virgilio (1972). Opera [Aeneis=A., Georgica=G.]. Ed. RAB. Mynors. En https://latin.packhum.org/author/690 (consultado 08/08/2021). 1Todas las traducciones del latín al español son de mi autoría, así como también las traducciones de las citas textuales a las obras en francés, inglés e italiano de autores modernos. Respecto a los textos latinos, la pandemia de Covid-19 hizo imposible asistir a bibliotecas para consultar ediciones impresas más recientes que varias de las referidas, recuperadas en su mayoría en versión digital de The Latin Library, Bibliotheca Augustana, Classical Latin Texts (The Packard Humanities Institute) o Perseus Digital Library. Tal fue el caso de la obra de Macrobio, cuyo texto latino cito de la edición de Ludwig von Jan de 1852, porque no me fue posible acceder a la de Willis (1963), Marinone (1967), Kaster (2011) ni a la de Goldlust, publicada por Les Belles Lettres en este mismo año, 2021. 2 Varrón (L.L., VI, 64) refiere la etimología propuesta por Enio acerca del nombre de Ceres, quien se llama así “porque hace crecer los frutos” (quod gerit fruges, Ceres), y señala que el verbo gero hubo un tiempo que se escribió cero. 3 Miano (2015) estudia la significación de Ops, en tanto deidad agrícola, y trata, entre otros aspectos, la vinculación de esta deidad con Saturno, además de la festividad en su honor, Opalia, realizada el 19 de diciembre, durante las Saturnales. Macrobio señala que esta diosa era considerada la esposa de Saturno y que ambos habían descubierto las mieses y los frutos; por ello se celebraban en el mismo mes las Opales y las Saturnales (I, 10, 18-19). 4Sobre el carácter plebeyo del culto a Ceres, y el rol de esta deidad, junto con Liber y Libera, como protectora de la libertas de la plebe, véase Pellam (2014). 5El día de la celebración, el 19 de abril, se ofrendaba vino, pan, leche y miel, y se realizaban procesiones con cantos y bailes dedicados a la diosa (Virgilio, G., I, 343-349). Tales festividades fueron muy apreciadas y posteriormente extendidas: ya no solo se realizaban el día del equinoccio de primavera sino durante toda esa semana, y además se agregaron espectáculos de circo y carreras: los Cerealia ludi o Cereris ludi (Ovidio, 1978: F., IV, 393). 6Otras festividades de índole agrícola, pero no exclusivamente de ese tema, fueron las Bacanales, que siempre tuvieron un estatus ambiguo: por una parte fueron fiestas vinculadas con la vendimia; por otra, cultos mistéricos e iniciáticos, propios del dios que les da origen, Baco o Dionisos. Sobre los cultos dionisiacos es abundantísima la bibliografía, pero resulta ineludible la obra de M. Detienne (1986), Dioniso a cielo abierto; algunos aspectos de las Dionisiacas, como fiestas del vino, pueden verse en Lejavitzer (2011). Asimismo, encontramos las Compitalia, celebradas a continuación de las Saturnales, hacia el final de diciembre o principio de enero; estas fiestas, que surgieron como un culto agrícola doméstico, prevalecieron, al igual que las Saturnales, como una festividad asociada a los contextos urbanos, conmemorada a lo largo del Imperio y de carácter público (Stek, 2008 y 2009). También festividades de invierno fueron las Lupercales (Eliade, 1979: v. 2), realizadas en febrero, como rituales de purificación y de fertilidad, en recuerdo de la loba capitolina que alimentó a Rómulo (Livio, 1955: I, 5, 1; Plutarco, 1985: Rom., 21, 4-7). Mientras que, junto con las Cerealia, las Robigalia (realizadas el 25 de abril) se integraban al complejo de fiestas agrícolas de primavera, de carácter propiciatorio para la protección de las cosechas de las plagas (Dumézil, 1986; Reynolds, 1987). 7Otra explicación del significado del nombre de Saturno aparece referida por Macrobio (S. I, 8, 9), quien lo relaciona con Sathunnum, derivado de sáthe (σάθην), el miembro viril, en recuerdo de Urano, cuyos testículos fueron cercenados con una hoz por Cronos y arrojados al mar. 8Según Macrobio (S., 1, 8, 9), la hoz metafóricamente también se asocia con la temporalidad, “porque el tiempo siega, cercena y corta todo” (quod tempus omnia metat exsecet et incidat) en clara alusión a la historia de la castración de Urano, referida en la nota anterior. 9Goldlust considera que Macrobio expone una “teología solar […] en la cual se ha visto el gran momento de la defensa del paganismo así como del panteísmo, y cuyo propósito es mostrar que todos los dioses del panteón griego, romano y oriental representan los atributos de un poder divino supremo, el del Sol” (Goldlust, 2005: 134). 10Para el desarrollo y características de la festividad, véase Frazer (1951: 657-661), Scullard (1981: 205-207) y el primer capítulo de Schultz (1994: 7-22), entre otros autores. 11Sobre las similitudes entre las Saturnales y la Navidad y el Carnaval modernos, véase Callois (1996), Caro Baroja (1979), Gaignebet (1984), Schultz (1994), entre otros. 12El banquete o symposium es, sin duda, una de las instituciones culturales más trascendentes de la antigüedad grecolatina. Etimológicamente symposion refiere al momento de beber juntos, que corresponde al segundo tiempo del banquete, cuando, después de haber consumido las viandas, se comparte el vino. Entonces es el momento de la conversación filosófica, las recitaciones poéticas, los juegos de ingenio, la música y la danza. Por todo ello, el simposio puede ser definido como “una actividad social de naturaleza lúdica” (Pellizer, 1990: 178). Los banquetes en el marco de las celebraciones saturnales no son la excepción, pues se vuelven un “espacio social singular, en cuyo seno la palabra, religiosa o sabia, deviene un espectáculo” (Goldlust, 2007: 148). Sobre este tema, véase Murray (1990). 13Como las sigillaria, pequeñas estatuillas de barro, que también podrían hacerse de cera e incluso de pan (Marcial, XIV, 69) en forma de falo o figuritas del dios Príapo. Este dios se caracterizaba por tener un falo de gran tamaño y era considerado una deidad protectora de la procreación y guardián de los viñedos y de los jardines, donde solían colocarse estatuas de él (Columela, 1998: X, 30). 14Estos cerei también recuerdan, no solo por su etimología, el cirio pascual, encendido tras la ceremonia del Fuego Nuevo en la Pascua, que simboliza el triunfo de la luz de Dios sobre las sombras (cfr. Jn., 8, 12; 12, 35-36; 12, 46). 15*El presente artículo se enmarca en el proyecto de investigación “Estudios alimentarios de la antigüedad grecorromana”, que forma parte de la línea de investigación Patrimonio cultural e identidad: ciudad, imagen, alimentación, desarrollada en el Departamento de Humanidades y Comunicación de la Universidad Católica del Uruguay. |
Belén (en árabe: بَيْت لَحْم; en hebreo: בית לחם Beit Léjem;griego: Βηθλεέμ; latín: Bethlehem. ) es una ciudad ubicada en el centro de Cisjordania (Palestina), situada a unos 9 km al sur de Jerusalén y enclavada en los montes de Judea. Desde diciembre de 1995, se encuentra administrada por la Autoridad Palestina, que adoptó el nombre de Estado de Palestina en 2013. Belén es la capital de la gobernación homónima. Su población era de 25.266 habitantes en el último censo oficial realizado, el de 2007, si bien la Oficina Central de Estadísticas de Palestina calcula que la población a mediados de 2024 es de 32.837 habitantes, con una mayoría de población musulmana y una importante minoría cristiana, en su mayoría ortodoxa. Su economía se basa sobre todo en el turismo, cuya temporada alta coincide con la Navidad, momento en el que numerosos peregrinos cristianos viajan a la ciudad para visitar la Basílica de la Natividad. El gobierno de Israel, que ocupa militarmente toda Palestina desde 1967, ha rodeado la ciudad de murallas y pasos de control, lo cual impide el libre tránsito de los habitantes y limita los intercambios comerciales. Esto ha provocado una gran disminución del turismo. La ciudad tiene gran significado religioso para los cristianos al ser, de acuerdo con la Biblia, el lugar de nacimiento de Jesús de Nazaret, según los evangelios de Lucas y Mateo. Al norte de la ciudad se encuentra otro importante lugar de culto, la Tumba de Raquel, aunque los habitantes de Belén y el resto de sus conciudadanos palestinos (mayoritariamente musulmanes), tienen restringido su acceso debido al muro de separación israelí. La Biblia hebrea, según la cual Belén fue construida por Roboam como una ciudad fortificada, dice de ella que fue el lugar de nacimiento y de coronación de David, por lo que la ciudad tiene también un significado religioso para los judíos. La mención más antigua de la ciudad de la que se tiene constancia data de las Cartas de Amarna (1350-1330 a. C.), momento en el que la ciudad estaba poblada por los cananeos. En el siglo II, Belén fue destruida por el emperador Adriano durante la rebelión de Bar Kojba, si bien fue reconstruida con el apoyo de la emperatriz Helena, la madre de Constantino el Grande, quien encargó la construcción de la Basílica de la Natividad en el año 327 d. C. La iglesia sufrió importantes daños por parte de los samaritanos, que la saquearon durante una revuelta en 529, pero fue reconstruida poco después por el emperador bizantino Justiniano I. Tras la conquista musulmana en el año 637, Belén pasó a formar parte del Yund Filastin. El dominio musulmán sobre la zona continuó hasta 1099, cuando un ejército cruzado la conquistó y reemplazó al clero ortodoxo local por otro católico. A mediados del siglo XIII, los mamelucos demolieron las murallas de la ciudad, aunque los otomanos ordenaron su reconstrucción a comienzos del siglo XVI. El control otomano de la ciudad se extendió hasta el final de la Primera Guerra Mundial (1918), tras la que pasó a formar parte del Mandato británico de Palestina. A la conclusión de la guerra árabe-israelí de 1948, Jordania ocupó toda Cisjordania, incluida Belén, hasta que Israel la ocupase a su vez tras la Guerra de los Seis Días de 1967, momento desde el que tanto la ciudad como la región se encuentran recuperadas por este último país. De acuerdo con los Acuerdos de Oslo de 1995, la Autoridad Nacional Palestina es la encargada de la administración de la ciudad. Celebraciones religiosas En Belén se celebran diferentes ritos de Navidad, en sus tres fechas diferentes:
La mayoría de las procesiones de Navidad pasan por la Plaza del Pesebre, localizada frente a la Basílica de la Natividad. Los festejos católicos tienen lugar en la Santa Iglesia de Catalina y los protestantes normalmente tienen lugar en campos pastores. Otras fiestas religiosas comunes en Belén son los festivales relacionados con los santos y de los profetas relacionados con el folclore palestino. Uno de ellos es el festival anual en honor a San Jorge (en Al-Khadr) celebrado el 5 al 6 de mayo. Durante estas celebraciones, los cristianos ortodoxos griegos dan una marcha en procesión por la ciudad y a Al-Khadr donde bautizan a recién nacidos en las aguas colindantes al Monasterio de San Jorge, y el ritual para el sacrificio de una oveja. La Fiesta de San Elías se conmemora con una procesión en el Mar Elías, por un monasterio ortodoxo griego al norte de Belén. |




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