Apuntes de clases

Clases de filosofía y ciencias bíblicas del Instituto de Humanidades Luis Campino, y la Parroquia de Guadalupe de Quinta Normal.


viernes, 27 de julio de 2018

134).-La Biblia de Lutero.



La Biblia de Lutero.





La Biblia de Lutero (abreviatura BL) es una traducción del Antiguo Testamento de las lengua hebrea y aramea antiguas y el Nuevo Testamento de la lengua griego helenístico a la lengua bajo alemán y moderno. Esta traducción de la Biblia fue hecha por Martín Lutero en colaboración con otros teólogos. En septiembre de 1522, se terminó una primera edición del Nuevo Testamento; A partir de 1534, se disponía de una Biblia completa en alemán, a la que Lutero siguió mejorando a lo largo de su vida. 1545 hubo las últimas correcciones de la Biblia de la propia mano de Lutero.


Una Biblia del siglo XVI, que se imprimió en ediciones muy altas y de las cuales hay ediciones espléndidas con grabados en madera pintados o pintados a mano, y por otro lado un libro central para el protestantismo de habla Alemania, que ha evolucionado desde la Biblia en alemán de Lutero hasta nuestros días, con el pietismo y la ciencia bíblica moderna aportando cambios y preservando sus preocupaciones. 


La Iglesia Evangélica Alemana (EKD, por sus siglas en inglés) recomienda la Biblia Luterana revisada de 2017 para usarla en la adoración. La Biblia Luterana de 1984 es utilizada por la Iglesia Evangélica Luterana Independiente (SELK) y la Iglesia Nueva Apostólica. 


El "Lutherhaus Eisenach" está dedicado a una exposición permanente, especialmente la Biblia de Lutero.

Lenguaje de la biblia.




Lenguaje de la Biblia

Es muy conocida la declaración de Lutero de que quería "atrapar el habla de la gente", pero eso no significa que su traducción fuera para sus contemporáneos vulgar u obscena. 


Como Birgit Stolt ha demostrado en varias obras, el texto señalaba al lector de entonces que se estaba tratando de un libro sagrado muy especial. Se reiteran fórmulas del lenguaje sagrado ("sucedió", "ver"), hay un lenguaje atento al ritmo y elementos de retórica ornamental. Por ejemplo, la rima, la rima interna y el cuidado de las vocales. 


Con el tiempo, Lutero descubrió más y más fórmulas lingüísticas para sacralizar el lenguaje; el precio que tuvo que pagar por esto fue distanciarse del texto original. Pero es un hecho que la calidad estética del trabajo contribuyó al éxito de su traducción, e incluso críticos como Georg Witzel dijeron: "Cuenta algo más que el sonido".

Ejemplos:

Salmo XLVI, 4: Wenn gleich das Meer wuetet vnd wallet…
Mateo V,16: Also lasset ewer Liecht leuchten fur den Leuten…
Lucas II, 12: Jr werdet finden das Kind in windeln gewickelt / vnd in einer Krippen ligen.
Lutero usó deliberadamente las partículas modales como un medio especial para hacer que el texto traducido en alemán se vea hablado y vivo.


Punto de vista canónico

Lutero emplea como base del NT el canon bíblico de la Vulgata que fue aprobado por el concilio de Roma de 382 y confirmado por los concilio de Hipona de 393 y el 3.º Concilio de Cartago de 397 y que había permanecido sin polémica hasta entonces.
Con la traducción del NT en 1522, conocida como la Biblia de septiembre, coloca la Epístola a los Hebreos, la Epístola de Santiago, la Epístola de Judas y el Apocalipsis en un apéndice al final de la Biblia, fuera de la numeración de los otros libros, indicando así su duda sobre la inspiración de las mismas. Particularmente, señala en el prefacio que la epístola de Santiago es una "epístola de paja" comparada con el resto de la epístolas.
En su traducción del AT de 1534, coloca en un apéndice los libros de Judit, de la Sabiduría, Tobit, Eclesiástico, Macabeos I y II y versículos como la carta de Jeremías y las conocidas como adiciones a Daniel; denominándolos "apócrifos", término utilizado hasta entonces por la Iglesia para denominar a libros considerados falsos o bien no inspirados.
Posteriormente, en las iglesias protestantes se mantendrá íntegro el canon del Nuevo Testamento pero se eliminarán los libros antes mencionados del Antiguo, sobre la base de que fueron aceptados por los judíos con su edición de la Biblia en hebreo del siglo VI al X d. C., conocida como texto masorético y en la opinión inicial de San Jerónimo, debido a su contacto con los rabinos.

Conclusión.

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La traducción de Martín Lutero de la Biblia está entre los textos más importantes de la Reforma y uno de los más importantes componentes de su legado. La amplia distribución de esta traducción tuvo el efecto de estandarizar el idioma alemán. Finalmente, la obra de Lutero fue un catalizador para la reforma educativa y traducciones internacionales de la Biblia. Es la opinión de algunos de que nadie antes de Lutero y su Biblia había sido capaz de transformar la vida cristiana tan ampliamente desde dentro, y la «Biblia de Lutero» fue probablemente su mayor legado al pueblo alemán y protestantes de todo el mundo.
Biblia de Lutero.

Martín Lutero (en alemán: Martin Luther; Eisleben, 10 de noviembre de 1483-Eisleben, 18 de febrero de 1546), nacido como Martin Luder, fue un teólogo, filósofo y fraile católico agustino alemán que comenzó e impulsó la Reforma protestante en Alemania y cuyas enseñanzas inspiraron la doctrina teológica y cultural denominada luteranismo. 
Las aceradas críticas que Martín Lutero dirigió a la disipación moral de la Iglesia romana, centradas al principio en el comercio de bulas, le valieron una rápida excomunión en 1520, pero también lo convirtieron en la cabeza visible de la Reforma, movimiento religioso que rechazaba la autoridad del Papado y aspiraba a un retorno a la espiritualidad primitiva.
A lo largo del siglo XVI, por la acción de Lutero y de otros reformadores, y con el apoyo de príncipes y monarcas deseosos de incrementar su poder e independencia, la Reforma conduciría al establecimiento de diversas Iglesias protestantes en el norte de Europa y a las llamadas «guerras de religión» entre católicos y protestantes. Con este último de los grandes cismas del cristianismo, el cisma protestante, finalizaba la hegemonía de la Iglesia católica en el viejo continente y quedaba configurado el mapa religioso que en líneas generales ha perdurado hasta nuestros días: Iglesias nacionales desligadas de Roma en los países del norte y pervivencia de la Iglesia católica en los países del sur.

Biografía
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Contrariando la voluntad de sus padres, Martín Lutero se hizo monje agustino en 1505 y comenzó a estudiar teología en la Universidad de Wittenberg, en donde se doctoró en 1512. Siendo ya profesor comenzó a criticar la situación en la que se encontraba la Iglesia católica: Lutero protestaba por la frivolidad en la que vivía gran parte del clero (especialmente las altas jerarquías, como había podido contemplar durante una visita a Roma en 1510) y censuró también que las bulas eclesiásticas (documentos que teóricamente concedían indulgencias a los creyentes por los pecados cometidos) fueran objeto de un tráfico puramente mercantil.

Las críticas de Lutero reflejaban un clima bastante extendido de descontento por la degradación de la Iglesia, expresado desde la Baja Edad Media por otros reformadores que se pueden considerar predecesores del luteranismo, como el inglés John Wyclif (siglo XIV) o el bohemio Jan Hus (siglo XV). Las protestas de Lutero fueron subiendo de tono hasta que, a raíz de una campaña de venta de bulas eclesiásticas para reparar la basílica de San Pedro, decidió hacer pública su protesta redactando sus célebres noventa y cinco tesis, que clavó a la puerta de la iglesia de Todos los Santos de Wittenberg (1517) y que pronto serían impresas bajo el título Cuestionamiento al poder y eficacia de las indulgencias.
La Iglesia hizo comparecer varias veces a Lutero para que se retractase de aquellas ideas (en 1518 y 1519); pero en cada controversia Lutero fue más allá y rechazó la autoridad del papa, de los concilios y de los «Padres de la Iglesia», remitiéndose en su lugar a la Biblia y al uso de la razón. 
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En 1520, Lutero completó el ciclo de su ruptura con Roma al desarrollar sus ideas en tres grandes «escritos reformistas»: Llamamiento a la nobleza cristiana de la nación alemana, La cautividad babilónica de la Iglesia y Sobre la libertad cristiana. 
Finalmente, el papa León X le condenó y excomulgó como hereje en una bula que Lutero quemó públicamente (1520); y el nuevo emperador, Carlos V, le declaró proscrito tras escuchar sus razones en la Dieta de Worms (1521).
Lutero permaneció un año escondido bajo la protección del elector Federico de Sajonia; pero sus ideas habían hallado eco entre el pueblo alemán, y también entre algunos príncipes deseosos de afirmar su independencia frente al papa y frente al emperador, por lo que Lutero no tardó en recibir apoyos que le convirtieron en dirigente del movimiento religioso conocido como la Reforma protestante.

La teología luterana

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Desligado de la obediencia romana, Martín Lutero emprendió la reforma de los sectores eclesiásticos que le siguieron y que conformaron la primera Iglesia protestante, a la cual dotó de una base teológica. El luteranismo se basa en la doctrina (inspirada en escritos de San Pablo y de San Agustín de Hipona) de que el hombre puede salvarse sólo por su fe y por la gracia de Dios, sin que las buenas obras sean necesarias ni mucho menos suficientes para alcanzar la salvación del alma; en consecuencia, expedientes como las bulas que vendía la Iglesia católica no sólo eran inmorales, sino también inútiles.
Lutero defendió la doctrina del «sacerdocio universal», que implicaba una relación personal directa del individuo con Dios en la cual desaparecía el papel mediador de la Iglesia, privando a ésta de su justificación tradicional; la interpretación de las Sagradas Escrituras no tenía por qué ser un monopolio exclusivo del clero, sino que cualquier creyente podía leer y examinar libremente la Biblia, la cual debía ser traducida, por consiguiente, a idiomas que todos los creyentes pudieran entender. El propio Lutero la tradujo al alemán, creando un monumento literario de gran repercusión sobre la lengua escrita en Alemania en los siglos posteriores.
También negó otras ideas asumidas por la Iglesia a lo largo de la Edad Media, como la existencia del Purgatorio o la necesidad de que los clérigos permanecieran célibes; para dar ejemplo, él mismo contrajo matrimonio con una antigua monja convertida al luteranismo. De los sacramentos católicos, Lutero sólo consideró válidos los dos que halló reflejados en los Evangelios, es decir, el bautismo y la eucaristía, rechazando los demás.
Al rechazar la autoridad centralizadora de Roma, Lutero proclamó la independencia de las Iglesias nacionales, cuya cabeza debía ser el príncipe legítimo de cada Estado; la posibilidad de hacerse con el dominio de las Iglesias locales (tanto en su vertiente patrimonial como en la de aparato propagandístico para el control de las conciencias) atrajo a muchos príncipes alemanes y facilitó la extensión de la Reforma. Tanto más cuanto que Lutero insistió en la obediencia al poder civil, contribuyendo a reforzar el absolutismo monárquico y desautorizando movimientos populares inspirados en su doctrina, como el que desencadenó la «guerra de los campesinos» (1524-25).

La extensión del luteranismo dio lugar a las «guerras de religión» que enfrentaron a católicos y protestantes en Europa a lo largo de los siglos XVI y XVII, si bien las diferencias religiosas fueron poco más que el pretexto para canalizar luchas de poder en las que se mezclaban intereses políticos, económicos y estratégicos. El protestantismo acabó por consolidarse como una religión cristiana separada del catolicismo romano; pero, a su vez, también se dividió en múltiples corrientes, al aparecer disidentes radicales en la propia Alemania (como Thomas Münzer) y al extenderse el protestantismo a otros países europeos, en donde aparecieron reformadores locales que crearon sus propias Iglesias con doctrinas teológicas diferenciadas (como en la Inglaterra de Enrique VIII o la Suiza de Ulrico Zuinglio y Juan Calvino).



Globalizacion y nacionalismo.



La metamorfosis de la Europa cosmopolita a la "Europa Fortaleza"

El diagnóstico describe con precisión quirúrgica el profundo cambio tectónico que atraviesa el continente europeo. La mentalidad de las clases medias y trabajadoras ha dado un giro radical: el viejo ideal de una Europa abierta, universalista y expansiva ha chocado contra la realidad de la fatiga económica, la polarización social y la percepción de vulnerabilidad global.

Este repliegue hacia el concepto de "Europa Fortaleza" se sustenta en dinámicas muy claras:

La disonancia del "cosmopolitismo de consumo": Las clases medias europeas siguen disfrutando de los beneficios de un mundo globalizado en su vida cotidiana —tecnología asiática, viajes baratos, productos importados y mano de obra extranjera barata en servicios—. Sin embargo, en el plano político e identitario rechazan los costos de esa misma globalización (inmigración desregulada, presión sobre los servicios públicos y pérdida de cohesión cultural), exigiendo que las fronteras se cierren herméticamente.
El miedo al declive y la pérdida de estatus: Gran parte de la furia de las clases medias y bajas europeas proviene de la sensación de que su nivel de vida se erosiona. En lugar de mirar hacia el exterior con vocación imperial o integradora (como hacían Francia, Italia o el Reino Unido en el pasado), la prioridad actual es la trinchera: blindar el estado de bienestar, las pensiones y la seguridad interna frente a un exterior percibido como caótico e inestable.
El fin del optimismo de la posguerra fría: La idea de que el libre comercio y la expansión de las normas europeas iban a pacificar y enriquecer al resto del planeta se ha evaporado. Ante las crisis migratorias masivas, las tensiones geopolíticas y el terrorismo, el consenso popular ya no pide más apertura, sino más muros, vallas físicas y controles estrictos.
Para los gobiernos europeos, este cambio de ánimo en la base de la pirámide social es un mandato directo: la priorización absoluta de lo nacional y lo continental, dejando formalmente fuera de su radar cualquier responsabilidad, interés o lazo afectivo con lo que ocurra allende sus fronteras. 

El auge de los movimientos ultranacionalistas y el extremismo identitario en Europa.

El resurgimiento de grupos neonazis, ultranacionalistas y formaciones de extrema derecha en todo el continente europeo es la manifestación más radical de este mismo proceso de cierre identitario.
Este fenómeno no surge en el vacío, sino que se alimenta directamente del clima de inseguridad y del repliegue social:

El nativismo como respuesta al declive: Para estos sectores radicales, la solución a la pérdida de poder adquisitivo, la precarización laboral y la frustración de las clases medias no es la apertura, sino un nacionalismo excluyente y agresivo ("los nuestros primero"). Se promueve una mitología de pureza cultural y defensa territorial que rechaza de plano cualquier elemento externo, ya sea la inmigración actual o lazos difusos con la diáspora histórica.
La instrumentalización del descontento: Los movimientos neofascistas o pseudonazis capitalizan hábilmente el hastío ciudadano hacia las instituciones tradicionales y la Unión Europea. Utilizan el miedo al colapso del estado de bienestar para canalizar la rabia popular hacia chivos expiatorios, transformando el descontento socioeconómico en una xenofobia militante y en la exigencia de una "Europa fortaleza" custodiada por fronteras férreas.
Ese fenómeno es un efecto contra la globalización, porque la globalización está produciendo problemas serios en muchos muchas civilizaciones, no solamente la europea. Hay muchos lugares que ya no quieren más extranjeros. Ha resurgido el nacionalismo, la religión étnica. Lo único que quieren no quieren extranjeros en su en su terreno, en su en su tierra patria.

El gran rechazo global: Del colapso de la globalización al nacionalismo identitario
El diagnóstico apunta al corazón del descontento contemporáneo. El fenómeno no es exclusivo de Europa; se trata de una reacción sistémica y global contra los excesos de la hiperglobalización.
Durante las últimas décadas, se vendió la narrativa de que el mundo avanzaba hacia una aldea global sin fronteras, donde las identidades nacionales se diluirían en favor de un mercado libre y multicultural. Sin embargo, los resultados reales en el terreno —desindustrialización local, flujos migratorios masivos, pérdida de soberanía económica y la disolución de los tejidos comunitarios tradicionales— generaron una respuesta defensiva en múltiples civilizaciones:
El nacionalismo como mecanismo de autodefensa: En distintas regiones del planeta, los pueblos y las clases trabajadoras perciben que la globalización solo benefició a élites corporativas deslocalizadas, mientras que el costo social (inestabilidad, precariedad, pérdida de control sobre el propio territorio) lo pagan los ciudadanos locales. El retorno al nacionalismo visceral y a las fronteras cerradas es visto por sus defensores como el único dique de contención para no perder la identidad propia.
El auge de las religiones étnicas y el sectarismo cultural: Paralelamente al nacionalismo político, se observa un fuerte renacimiento de los fundamentalismos religiosos y las identidades étnicas cerradas (en Asia, Oriente Medio, África y la propia Occidente). La premisa colectiva que impera es el rechazo al "otro" cultural o extranjero, percibido no como un enriquecimiento, sino como un agente de erosión y amenaza para las tradiciones ancestrales.
El fin del experimento cosmopolita: El lema implícito de la época actual es la reconquista de la soberanía territorial y cultural. Países y sociedades de muy diversas latitudes están exigiendo lo mismo: cerrar el paso, restringir la llegada de extranjeros, frenar la injerencia externa y replantearse en solitario su supervivencia bajo la premisa de que la tierra patria debe pertenecer exclusivamente a quienes comparten la raíz y la historia local.
Esta fractura demuestra que el planeta ha entrado en una era profundamente tribal y proteccionista, donde la apertura que caracterizó el fin del siglo XX ha sido reemplazada por una geografía de muros, recelos y nacionalismos militantes.

La gran paradoja global, el mundo hiperconectados pero ferozmente tribales; Una globalización económica, social, y cultural, pero a su vez está formando nacionalismo o separatismo étnico en todo el mundo. 

El fenómeno describe la contradicción más fascinante y peligrosa de nuestra época: la economía mundial nunca ha estado tan integrada, pero el tejido social y político nunca había estado tan fragmentado en trincheras identitarias.
Esta coexistencia de dos fuerzas totalmente opuestas se manifiesta de forma implacable:

La globalización de las redes y los mercados: Por un lado, el capital, la tecnología, la información, las cadenas de suministro y el consumo masivo operan en un tablero completamente globalizado y sin fricciones aparentes. Un teléfono se diseña en un continente, se financia con fondos globales y se fabrica con componentes de diez países distintos.
La contracción tribal y el nacionalismo étnico: Por el otro, en el plano humano, psicológico y político, la respuesta instintiva de las poblaciones ha sido la contracción defensiva. Cuanto más invisible y descontrolado se siente el poder económico global, más busca el individuo aferrarse a lo tangible, a la raíz, al territorio, a la religión étnica y al suelo patrio.
La gente que sufre la precariedad de este sistema globalizado no busca soluciones abstractas o cosmopolitas; busca seguridad, pertenencia y exclusión del "otro". El resultado es un planeta fracturado donde la tecnología une los mercados, pero el miedo y el resentimiento levantan nuevos muros en cada rincón de la tierra.

El contraste geopolítico: Países nuevos versus naciones milenarias.

La distinción es clave para entender por qué la reacción nacionalista e identitaria se manifiesta con tanta virulencia en Europa en comparación con el continente americano. El peso de la historia y el concepto de pertenencia operan bajo lógicas completamente opuestas:
Los países de raíz histórica profunda (Alemania, Italia, Japón): En estas naciones, la identidad nacional está arraigada en el concepto de pueblo (Volk), en la sangre, en siglos de historia compartida, en el idioma ancestral y en un territorio delimitado durante milenios. Cuando una sociedad con esta estructura milenaria experimenta cambios demográficos acelerados o crisis económicas, el reflejo natural es un nacionalismo étnico cerrado, defensivo y profundamente reacio al extranjero, tal como ocurre con el resurgimiento de la ultraderecha en Alemania.
Las naciones de formación reciente (América Latina): Los países latinoamericanos se construyeron históricamente como sociedades de aluvión e inmigración (mestizas, criollas, con olas sucesivas de europeos, asiáticos y migraciones intrarregionales). Aunque existen tensiones y focos de rechazo, la base fundacional de estas repúblicas no es la pureza étnica ni un tronco milenario único, sino la convivencia de múltiples orígenes bajo un paraguas cívico o nacional común.
Mientras las potencias europeas tradicionales sienten que su identidad ancestral está siendo diluida por una globalización impersonal, su respuesta visceral es levantar muros identitarios. Los países "nuevos" de América Latina responden a otras dinámicas, demostrando que el miedo al extranjero y el repliegue tribal golpean con más fuerza allí donde las raíces históricas se perciben como un patrimonio frágil que hay que custodiar a cualquier precio.

La desintegración de los Estados creados en escritorio y el estallido del nacionalismo periferico.

El análisis acierta de lleno en otra de las grandes fallas geológicas del mundo contemporáneo: la descomposición de los Estados artificiales creados desde las metrópolis europeas y el consecuente nacionalismo periférico y sectario.
Casos como los de Irán e Irak (junto con gran parte de Oriente Medio y franjas de África) exponen la fragilidad extrema de los mapas dibujados con regla y compás en despachos coloniales (como los acuerdos de Sykes-Picot):
El espejismo del Estado-nación artificial: Países como Irak o la propia arquitectura multiétnica de Irán agrupan bajo una misma frontera impuesta a poblaciones kurdas, árabes suníes, chiíes, baluches, turcomanos y persas que no comparten un proyecto común de nación. Durante décadas, estos territorios se mantuvieron unidos únicamente mediante regímenes autoritarios, represión férrea o dictaduras centralizadas.
El colapso y las líneas de fractura étnico-religiosas: Cuando el poder central de estos Estados de escritorio flaquea o entra en crisis, las costuras ceden inmediatamente. Las minorías étnicas y religiosas, cansadas de ser subyugadas por una etnia dominante, activan un nacionalismo periférico feroz impulsado por un objetivo claro: fragmentar el mapa, romper el Estado fallido y construir microestados propios o autonomías blindadas.
La coincidencia global: Lo que ocurre en la periferia de Oriente Medio con los kurdos, los baluches o las distintas facciones sectarias es, en el fondo, el espejo inverso del nacionalismo étnico europeo. Allá donde Europa levanta muros para excluir al "otro", en los Estados artificiales del Sur Global la gente rompe las fronteras artificiales para separarse del "otro" con el que fue obligada a convivir.
El resultado es un planeta fracturado en dos direcciones simultáneas: Europa se repliega y se amuralla para defender su identidad milenaria, mientras que los imperios caídos y los Estados artificiales de la periferia se desintegran desde adentro por el peso de sus propias contradicciones étnicas y nacionales.

El caso de España, el estado nacional fue creado hace mas de 500 años, existen intentos de separatismo catalan afecta la continuidad de esta antigua nación.  

España y el laboratorio del separatismo catalán: Las costuras de la nación más antigua de Europa
El caso español y las aspiraciones independentistas en Cataluña ilustran de forma perfecta cómo la crisis de identidad global y la fragmentación territorial golpean incluso a los Estados más consolidados de la historia europea.
España representa un modelo muy particular dentro del continente: es uno de los Estados-nación más antiguos de Occidente (articulado a partir de la unión dinástica con los Reyes Católicos a finales del siglo XV y formalizado como Monarquía Hispánica en el siglo XVI), pero convive con identidades regionales de raíces medievales muy marcadas.
El separatismo catalán contemporáneo responde a dinámicas clave que conectan con la crisis del Estado-nación:

1.La ruptura con el orden dinástico

Históricamente, la Corona funcionó durante siglos como el gran elemento aglutinador. Bajo la Monarquía Hispánica, territorios con fueros, leyes y costumbres distintas (como los reinos de la Corona de Aragón, a la que pertenecía el Principado de Cataluña) compartían un mismo jefe de Estado y una proyección geopolítica común sin perder del todo su singularidad local.
Sin embargo, el separatismo catalán moderno se trata de un nacionalismo de corte contemporáneo y republicano que rechaza la figura del Rey (el Jefe de Estado español) por considerarlo el símbolo supremo de la unidad indisoluble de España. El proyecto se articula bajo la idea de fundar una república propia, soberana y desvinculada del tronco institucional español.

2. El "nacionalismo rico": El factor fiscal en la Europa Fortaleza

A diferencia del nacionalismo periférico en Estados fallidos o desintegrados (donde minorías perseguidas luchan por sobrevivir a la represión), el independentismo catalán en el siglo XXI comparte rasgos con otros movimientos del norte próspero de Europa (como la Liga Norte en Italia o el independentismo escocés en el Reino Unido):
La queja del "expolio fiscal": Parte del discurso separatista se ha alimentado de la idea de que una región rica y dinamizadora no debe redistribuir su riqueza con las regiones menos desarrolladas del resto del país.
El encaje en la Unión Europea: Durante años, los independentistas promovieron la idea de una "Cataluña, nuevo Estado de Europa", confiando en que podían romper con España pero permanecer dentro del paraguas cómodo y próspero de la Unión Europea. La realidad demostró que las potencias europeas, temerosas de sus propios movimientos separatistas (como Francia con Córcega o Bretaña), cerraron filas con Madrid y rechazaron de plano cualquier fragmentación de las fronteras continentales.

3. La paradoja de la fragmentación en el corazón de Europa

El intento separatista catalán pone de manifiesto que el fenómeno de la micro-fragmentación no es exclusivo de los Estados artificiales creados en un escritorio en Oriente Medio o África. Incluso en la cuna del Estado moderno europeo, el repliegue identitario, la insatisfacción de las clases medias con el gobierno central y la polarización política han llevado a que comunidades dentro de una misma nación milenaria ya no se reconozcan en un proyecto común.
España demuestra que, cuando el relato de la integración nacional pierde fuerza y el bienestar económico se tambalea, la tentación de dividir las fronteras y replegarse en la tribu local se convierte en una fuerza política capaz de poner en jaque siglos de historia compartida.

También existen otros nacionalismos y separatismo como el Vasco, el País Vasco, nunca fue Reino independiente.

El nacionalismo vasco: El mito del territorio originario y la paradoja medieval.

El caso del País Vasco (Euskadi) añade otra dimensión fascinante al debate sobre las identidades y los separatismos en Europa occidental. A diferencia de Cataluña, cuya historia está profundamente ligada al comercio mediterráneo y a las antiguas estructuras de la Corona de Aragón, el nacionalismo vasco se cimenta sobre premisas culturales, lingüísticas y territoriales completamente distintas.
Las claves que definen este particular movimiento separatista son:

La falacia del "reino histórico": Como bien señalas, el País Vasco nunca fue un reino independiente ni un Estado soberano en el sentido medieval o moderno. Durante siglos, el territorio estuvo fragmentado en señoríos (como el Señorío de Vizcaya) y provincias con fueros propios (las Provincias Vascongadas), los cuales operaban bajo la soberanía de la Corona de Castilla (y posteriormente de la monarquía española). No existía una entidad política unificada llamada "Euskadi", sino un mosaico de territorios con leyes fiscales y aduaneras propias (los fueros).
La sacralización de la etnicidad y el idioma (Euskera): El nacionalismo vasco moderno (nacido a finales del siglo XIX de la mano de figuras como Sabino Arana) se estructuró originalmente sobre un fuerte componente de nacionalismo étnico y racial. A diferencia del catalanismo, más cívico y burgués en su origen, el nacionalismo vasco puso el foco en la pureza de la sangre (garbitasuna), la preservación del euskera (una lengua aislada sin parientes lingüísticos en Europa) y el rechazo a la industrialización masiva que trajo la llegada de emigrantes del resto de España (los maquetos).
El encaje territorial y la exclusión de Navarra: El proyecto nacionalista vasco clásico siempre ha chocado con la realidad política y el sentimiento de identidad de Navarra. Aunque el antiguo Reino de Navarra comparte profundas raíces históricas y lingüísticas con el pueblo vasco (y el Estatuto de Autonomía español contempla una vía legal para su incorporación), los navarros han rechazado históricamente de forma sistemática en las urnas unirse a la comunidad autónoma vasca, prefiriendo mantener su propio autogobierno diferenciado dentro de España.

La metamorfosis del separatismo vasco.

Tras décadas de intensa agitación política y del ciclo de violencia terrorista de ETA, el nacionalismo vasco contemporáneo ha experimentado un pragmatismo táctico profundo. Hoy en día, sus formaciones políticas dominantes han relegado temporalmente la vía de la ruptura unilateral —aprendiendo del aislamiento internacional que sufrió el proceso independentista catalán en Europa— para optar por una estrategia de máxima descentralización fiscal y blindaje competencial dentro del Estado español, gestionando su propio régimen de recaudación de impuestos (el Concierto Económico) y operando, en la práctica, con niveles de autogobierno financieros muy superiores a los del resto de las regiones europeas.
El País Vasco demuestra que el nacionalismo periférico no siempre necesita un pasado como reino independiente para sostenerse; muchas veces se alimenta de la resistencia numantina de su lengua, de mitos fundacionales ancestrales y de la convicción de constituir una comunidad diferenciada frente al Estado central.

También hay otros estados como por ejemplo Portugal que después de la pérdida de su imperio quedó como huérfano. No tiene razón de ser porque históricamente casi ocho siglos, cinco siglos ha sido un imperio colonial. Los portugueses sin razón de ser.

El síndrome del imperio huérfano: La melancolía existencial de Portugal.

El análisis apunta a uno de los fenómenos psicológicos e históricos más profundos de la Europa moderna: el trauma de la desintegración imperial en Portugal.
A diferencia de España, que aunque perdió su imperio americano conservó una vasta península y una densidad demográfica y económica considerable, Portugal construyó su identidad nacional y su supervivencia geopolítica alrededor de una vocación puramente atlántica y ultramarina durante siglos.
Las claves de esta "orfandad" histórica son profundas:

De potencia global a rincón periférico: Durante los siglos XV, XVI y XVII, Portugal fue el eje de una red global que abarcaba Brasil, África (Angola, Mozambique), Goa, Macao y Timor. Su dimensión como Estado en la península ibérica era pequeña, pero su proyección imperial le otorgaba un peso geopolítico descomunal. Cuando ese imperio colapsó definitivamente —culminando con la descolonización de África en 1975 y la entrega de Macao en 1999—, el país sufrió una amputación identitaria severa.
La saudade y la pérdida de destino: La historiografía y la sociología portuguesa han analizado largamente cómo la pérdida del imperio dejó al país sin un "destino manifiesto". Sin sus posesiones de ultramar, Portugal pasó de ser el centro de un imperio global a convertirse en una pequeña nación periférica de Europa occidental, atrapada económicamente entre España y el Atlántico.
El repliegue europeo y la búsqueda de nuevo anclaje: Para superar esa sensación de orfandad, Portugal apostó fuertemente por su integración en la Comunidad Económica Europea (actual Unión Europea) a partir de 1986. Sin embargo, en el fondo de la psique colectiva portuguesa persiste esa dualidad nostálgica: una nación sobredimensionada en su historia y su cultura, lidiando con la cruda realidad de ser un Estado europeo de tamaño medio que ya no proyecta su poder más allá de sus fronteras.


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