Apuntes de clases

Clases de filosofía y ciencias bíblicas del Instituto de Humanidades Luis Campino, y la Parroquia de Guadalupe de Quinta Normal.


viernes, 25 de octubre de 2019

194).-Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos.

Esteban Aguilar Orellana; Giovani Barbatos Epple; Ismael Barrenechea Samaniego; Jorge Catalán Núñez; Boris Díaz Carrasco; Rafael Díaz del Río Martí; Alfredo Francisco Eloy Barra ;Rodrigo Farías Picón; Franco Antonio González Fortunatti; Patricio Ernesto Hernández Jara; Walter Imilan Ojeda; Jaime Jamet Rojas; Gustavo Morales Guajardo; Francisco Moreno Gallardo; Boris Ormeño Rojas; José Oyarzún Villa; Rodrigo Palacios Marambio; Demetrio Protopsaltis Palma; Cristian Quezada Moreno; Edison Reyes Aramburu; Rodrigo Rivera Hernández; Jorge Rojas Bustos; Alejandro Suau Figueroa; Cristian Vergara Torrealba; Rodrigo Villela Díaz; Nicolás Wasiliew Sala ;Marcelo Yáñez Garín; Katherine Alejandra del Carmen  Lafoy Guzmán; Franco Natalino; 


Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos.


Grandioso monumento funerario construido entre 1940 y 1956 en memoria de las víctimas de la Guerra Civil de 1936. Consta de una inmensa cruz de piedra y la propia basílica.

El Valle de los Caídos es un monumento funerario construido entre los 1940 y 1956 en memoria de las víctimas de la Guerra Civil de 1936, de grandes dimensiones ubicado en el municipio de San Lorenzo de El Escorial, en la Comunidad de Madrid, España. 
En el complejo se hallan una abadía benedictina, la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, hospedería para atender al turismo y una basílica, todo ello dominado por una gran cruz. 

1.-Cruz monumental.

la cruz
La cruz tiene una altura de 150 metros, de los que 25 corresponden al basamento con los cuatro evangelistas (de 18 metros de altura cada uno) y sus símbolos o tetramorfos —Juan y el Águila, Lucas y el Toro, Marcos y el León y Mateo y el Hombre alado— realizadas por Juan de Ávalos; 17 metros al cuerpo intermedio con las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza; y 108 al fuste de la cruz. Si a ello se añade la altura del risco de la Nava utilizado a modo de pedestal rocoso, habría que sumarle otros 150 metros más. La longitud de los brazos es de 46,40 m; en sus pasillos interiores podrían cruzarse dos vehículos de turismo
La estructura del conjunto se fabricó con hormigón armado reforzado con un bastidor metálico y recubierto con cantera labrada y mampostería de berrugo. La construcción se hizo sin andamiaje, elevando la edificación desde dentro, como si se tratara de una chimenea; al mismo tiempo iban subiendo las escaleras y el montacargas, donde ahora existe un ascensor, por el interior. Los brazos, con una orientación norte-sur, se realizaron también sin andamios, colgando una plataforma del armazón de hierro según se iba montando éste.
En cuanto a su delineación, está lograda por la penetración de prismas rectangulares que forman una cruz griega en la sección transversal, con una suave gola realzada que amortigua la arista exterior de cruce de los dos prismas. Está considerada como la cruz cristiana más alta del mundo, visible a más de 40 kilómetros de distancia

2.-Basílica.

En la decoración de la basílica tomaron parte, los arquitectos y artistas españoles más importantes del momento. Su revestimiento interno es austero: el pavimento de mármol y granito pulimentados, refleja la iluminación; los muros están forrados de cantería de granito; la bóveda de la nave lleva los tres grandes arcos fajones forrados de sillería que dejan, entre uno y otro, tramos, a su vez divididos por otros arcos, formando casetones con su interior de piedra irregular, simulando la propia del risco.
La estructura de la basílica está formada por un crucero abierto con cúpula decorada con mosaicos y una cripta excavada en la misma roca, en donde se sitúa el altar mayor. La cripta alberga los enterramientos de José Antonio Primo de Rivera, entre otros.


Altar mayor

tumba de Jose Antonio Primo de Rivera, a los pies del altar mayor de la basílica.

3.-Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos

Sellos de Abadia

La idea de fundación de una Abadía benedictina en el Valle de los Caídos que atendiese la Basílica y garantizara la dimensión espiritual que todo el monumento en su conjunto debía tener, fue tardía con relación al proyecto de construcción de éste y a la finalización de sus obras.
En un principio se pensó en alguna Orden de vida activa (dominicos, jesuitas, etc.), pero con la finalidad de realzar más el culto litúrgico en la Basílica, se optó en 1955 por una Orden monástica, decididamente la Orden benedictina, para lo cual se realizó una solicitud a la Abadía de Santo Domingo de Silos (Burgos), monasterio de larga tradición y restaurado en 1880 por monjes venidos de Francia de la Congregación de Solesmes.

La abadía en primer término, conectada con la hospedería externa por dos largas galerías porticadas.

Erigidos sobre una explanada en la parte posterior del Risco de la Nava, se extiende un conjunto de edificaciones formado por claustro, pórtico posterior, monasterio, noviciado, escolanía y hospedería interna, de una parte, y hospedería externa, de otra. El singular claustro no muestra la característica disposición cuadrangular de otros monasterios, sino que es rectangular y se halla abierto hacia la contemplación de la cruz monumental.
En un rectángulo de 300 metros de longitud y 150 de anchura, acotado por dos galerías laterales con arcos de medio punto, se hallan encuadrados las susodichos edificios, todos ellos en piedra granítica y tejado de pizarra a cuatro aguas.

4.-Cementerio de la Abadía

tumbas

Junto a la abadía se encuentra el cementerio de los monjes benedictinos, para visitarlo se requiere el permiso de los mismos. La basílica y la abadía están comunicadas a través de un acceso privado que cuenta con una gran puerta monumental de bronce, obra de Damián Villar González.

cementerios de los monjes

El papa Pío XII emitió el 27 de mayo de 1958 el breve pontificio Stat Crux, caso único en el siglo XX con respecto a la Orden de San Benito, por el cual se disponía todo lo oportuno para la erección inmediata del monasterio en abadía.

Valle en la noche



Valle de los caídos




Guerra de corea una guerra civil fraticida. 


En Corea, que en 1948, cuando se celebre el centenario de la Gran Guerra de Corea, se va a señalar que fue una guerra fratricida entre hermanos, no fue una guerra internacional al comienzo, se fue una guerra entre coreanos de izquierda y de derecha. Eso se va a considerar con los descendientes de los combatientes. 

Reflexionar sobre la Guerra de Corea bajo esa óptica apunta a una perspectiva histórica cada vez más presente en el análisis de los conflictos civiles: el reconocimiento de su profundo carácter de guerra fratricida (hyeongje-jeonjae).
Si bien el conflicto escaló rápidamente hasta convertirse en una confrontación internacional de gran escala —involucrando directamente a las fuerzas de la Organización de las Naciones Unidas (lideradas por Estados Unidos), a la República Popular China y al respaldo militar de la Unión Soviética—, su génesis y desarrollo estuvieron profundamente arraigados en una lucha ideológica interna y polarizada entre facciones coreanas de izquierda y derecha que venía gestándose desde la liberación del dominio japonés en 1945.

Claves del carácter fratricida del conflicto

Violencia sociopolítica previa (1945–1950): Antes del cruce formal del paralelo 38 el 25 de junio de 1950, la península ya vivía enfrentamientos armados internos de gran intensidad. Ejemplos notables de ello fueron la Rebelión de Jeju (1948) y el Alzamiento de Yeosu-Suncheon (1948), donde insurgentes comunistas y fuerzas gubernamentales surcoreanas libraron combates cruentos con miles de ejecuciones sumarias entre compatriotas.
La división familiar y social: El conflicto fracturó a aldeas, familias y comunidades enteras, donde parientes quedaron en bandos opuestos (el Ejército Popular de Corea del Norte frente a las fuerzas armadas y paramilitares de Corea del Sur). Las secuelas de esta ruptura social persisten de manera generacional a través de las familias divididas (离散家族) y la memoria histórica de los descendientes.
La evolución historiográfica: Con miras a conmemoraciones centenarias (hacia 2048), la tendencia en la investigación histórica y en los procesos de reconciliación apunta a desdibujar la narrativa puramente bipolar de la Guerra Fría para visibilizar el sufrimiento humano interno, los crímenes cometidos por ambos lados (incluyendo masacres de civiles sospechosos de simpatizar con el bando contrario) y la tragedia de una nación dividida por ideologías foráneas sobre una base autóctona de antagonismo político.

Para el año 2048 se va a poder opinar sobre eso porque son 100 años de diferencia, la guerra de hace un siglo.

Exactamente, la distancia temporal de un siglo jugará un papel fundamental en la forma en que la sociedad coreana y sus descendientes procesen la memoria del conflicto.
Para 2048, habrán transcurrido cien años desde los eventos fundacionales de la división y el inicio de la guerra (1948), lo que traerá consigo importantes transformaciones en el plano histórico, social y generacional:

Factores que definirán la perspectiva en 2048

Distanciamiento generacional y objetividad histórica: Con el paso de un siglo, el conflicto dejará de ser una experiencia de memoria familiar directa —los hijos y nietos directos de los combatientes habrán envejecido o fallecido—, lo que permitirá a las futuras generaciones analizar los hechos con menor carga emocional y mayor rigor documental
Desclasificación y acceso a archivos: Para entonces, la gran mayoría de los archivos secretos de los gobiernos involucrados (tanto locales como internacionales) habrán cumplido sus plazos de reserva, ofreciendo una radiografía completa de las decisiones políticas que convirtieron una pugna ideológica interna en un escenario de confrontación global.
La evolución institucional de la memoria: Comisiones de la verdad y reconciliación que comenzaron a trabajar a finales del siglo XX y principios del XXI (como la Comisión de Esclarecimiento de la Verdad y la Historia de Corea) habrán consolidado sus hallazgos, integrando de manera oficial en los programas educativos el sufrimiento transversal de la población civil sin los filtros de la propaganda de la Guerra Fría.
Al cumplirse cien años, la conmemoración tenderá a consolidarse menos como una efeméride de triunfo o derrota militar y más como una reflexión sobre el costo humano de la intolerancia ideológica y la partición permanente de un pueblo.

¿Qué pensarán los descendientes de los líderes políticos de la guerra de Corea a los 100 años que todavía están en la política? ¿Qué opinión política fue una guerra civil?

Para el año 2048, la distancia de un siglo cambiará radicalmente la forma en que los descendientes de los líderes y los actores políticos de la época evalúen el conflicto.

¿Qué pensarán los descendientes y actores políticos a los 100 años?

Desideologización del pasado: Los políticos y descendientes de las familias fundadoras que estén activos en el año del centenario probablemente abordarán la guerra con un pragmatismo analítico muy alejado de la visceralidad de la Guerra Fría. Para las nuevas generaciones de la clase política coreana, los errores y excesos de figuras como Syngman Rhee en el sur o Kim Il-sung en el norte podrán juzgarse con la perspectiva de la responsabilidad histórica colectiva y no como dogmas partidistas intocables.

El peso de la legitimidad dinástica vs. democrática: En el norte, donde la dinastía política continuó ininterrumpidamente, la postura oficial estará atada por necesidad a la narrativa fundacional del Estado. Sin embargo, en el sur —una democracia consolidada y altamente autocrítica—, los descendientes de las élites políticas e intelectuales de 1948 operan en un entorno donde debatir los abusos de poder estatales (como las purgas de opositores o las masacres previas y durante la guerra) es parte de la salud democrática. A los 100 años, el enfoque tiende a centrarse en cómo sanar los legados familiares de dolor y reconciliar las memorias encontradas.

¿Fue una guerra civil?

Desde la ciencia política y la historiografía crítica, calificar la confrontación como una guerra civil responde a dinámicas muy precisas:
La génesis interna: El conflicto armado comenzó como una conflagración eminentemente doméstica. Mucho antes de que tropas extranjeras intervinieran de forma masiva, la península experimentó una intensa lucha insurreccional y de clases (evidenciada en revueltas como la de Jeju o Yeosu en 1948) donde coreanos de izquierda y derecha se disputaban el modelo de Estado que reemplazaría al dominio colonial japonés.
La dimensión internacional sobreimpuesta: Aunque la participación masiva de potencias globales (Estados Unidos, China, la URSS y los contingentes de la ONU) transformó la contienda en un tablero de la Guerra Fría y en una guerra internacionalizada por proxy, el sustrato humano, el reclutamiento, el despliegue territorial y el saldo letal recayeron casi en su totalidad sobre la población nativa. Las familias se dividieron geográficamente e ideológicamente, perpetuando el carácter fratricido.  
Para el centenario de 2048, asumir plenamente que se trató de una guerra civil entre compatriotas —más allá de la intervención externa— será probablemente la clave consensuada para cerrar simbólicamente las heridas de la partición y desplazar la narrativa de la confrontación hacia la reconstrucción de una identidad común.

Creo que a los 100 años va a quedar dividido para siempre Corea, ya la guerra va a ser algo del pasado, una centuria que quema todos los recuerdos malos de la gran guerra.

La idea de que una centuria termine por enfriar las pasiones y consolidar la división de manera definitiva es un análisis profundamente realista sobre el peso del tiempo en la geopolítica.
Cuando un conflicto histórico alcanza la barrera de los 100 años, se producen transformaciones profundas en la memoria colectiva y en la estructura de las naciones:

La distancia histórica y el cierre de heridas

De la memoria viva al archivo histórico: A un siglo de distancia, el dolor ya no se experimenta a través del testimonio directo de quienes perdieron a un padre, un hermano o un hogar. Los rostros, el miedo y el odio visceral se desvanecen, convirtiéndose en páginas de libros de texto, monumentos y reflexiones académicas. El fuego de la "gran guerra" se apaga porque ya no quedan testigos presenciales que alimenten el rencor cotidiano.
La institucionalización de la frontera: Dos generaciones completas habrán nacido y crecido bajo realidades estatales, económicas, culturales y lingüísticas que, aunque comparten un tronco común, se han vuelto profundamente divergentes. Con el paso de un siglo, la separación deja de percibirse como una anomalía temporal o una herida abierta para convertirse en el orden establecido de las cosas, un statu quo geográfico que los actores regionales terminan por normalizar y gestionar de manera permanente.
Al cumplirse esa centuria, el significado de la guerra habrá cambiado por completo: dejará de ser una tragedia activa para pasar a ser el mito de origen —doloroso, lejano y definitivo— que estructuró el mapa de Asia Oriental tal como el mundo lo conocerá entonces.

¿Qué pasará con los exiliados que se fueron a vivir a Japón? Después de 100 años ya van a ser japoneses, ya no no creo que eh alcancen a ser coreanos, es demasiada la distancia. ¿Y cuál va a ser su relación con los coreanos del norte y con los del sur?

El caso de la diáspora coreana en Japón —los conocidos históricamente como los Zainichi— es uno de los ejemplos más complejos de identidad desplazada. A cien años de distancia, la evolución de esta comunidad y su relación con ambas Coreas se transformará de manera radical.

¿Qué pasará con los exiliados en Japón tras un siglo?

La disolución de la identidad coreana original: Es muy acertado señalar que, tras un siglo, la distancia temporal y cultural hace que la integración sea inevitable. Las terceras y cuartas generaciones de descendientes de coreanos en Japón ya nacieron, crecieron y se educaron bajo los parámetros de la sociedad japonesa. Hablan japonés como lengua materna, participan plenamente en su economía y vida civil, y muchos han optado por la naturalización formal (adoptando la ciudadanía y nombres japoneses).
El tránsito de "exiliados" a una minoría étnica asimilada: Para el año del centenario, la condición de exiliado político o migrante económico de primera generación habrá desaparecido por completo. Aquellos que mantuvieron lazos formales con las asociaciones afines al Norte (Chongryon) o al Sur (Mindan) verán esas lealtades reducidas a un nexo cultural muy abstracto o genealógico, más cercano a cómo otras diásporas (como los descendientes de italianos o españoles en América) recuerdan su país de origen tras un siglo: una raíz lejana, pero con una vida completamente nacional en su país de acogida.

¿Cuál será su relación con Corea del Norte y Corea del Sur?

Con Corea del Sur: Históricamente, la relación de la diáspora con Seúl cambió drásticamente a medida que Corea del Sur se transformó en una potencia económica y democrática global. Para los descendientes, mirar hacia el Sur pasó de ser un vínculo con una patria pobre y dictatorial a conectar con una cultura pop global (Hallyu), tecnología y un pasaporte de alto prestigio. En el largo plazo, los descendientes integrados en Japón que miren hacia el Sur lo harán desde la fascinación cultural o el turismo ancestral, sin el peso del exilio político.
Con Corea del Norte: El caso del Norte presenta un contraste profundo. Gran parte de la comunidad Zainichi que mantuvo lazos afectivos o ideológicos con Pyongyang durante la época de la Guerra Fría envió remesas vitales e incluso vio a familiares partir hacia Corea del Norte en los años 50 y 60 (en los tristemente célebres programas de repatriación). Sin embargo, un siglo después, el colapso generacional de esas redes y la abismal brecha de desarrollo económico harán que ese vínculo se extinga. Para los biznietos de aquellos exiliados, el régimen norcoreano será una realidad lejana, incomprensible y ajena a su día a día en una sociedad democrática y avanzada como la japonesa.
A los cien años, la diáspora en Japón dejará de ser un "puente humano" o un actor político entre las dos Coreas, consolidándose definitivamente como ciudadanos japoneses con ascendencia coreana, para quienes la división peninsular será solo un capítulo lejano de la historia familiar.
Para Corea del Norte, los 100 años va a ser un cambio época enorme. Es el fin de la del recuerdo y el mito nacional de fundación de Corea del Norte eh eh posguerra, Segunda Guerra Mundial.
Para Corea del Norte, alcanzar el centenario de su fundación y del conflicto representa efectivamente un punto de inflexión histórico y existencial de proporciones monumentales. Toda la legitimidad ideológica, política y dinástica del régimen norcoreano ha estado anclada de manera inquebrantable en el mito fundacional de la posguerra y en la figura heroica de la resistencia antijaponesa y de los veteranos de la "Gran Guerra Patria" contra el imperialismo estadounidense.

El fin del mito viviente y el desafío de la sucesión ideológica

El agotamiento del relato de los "fundadores": El régimen se sustenta en la memoria directa de una generación heroica que forjó el Estado desde las cenizas de la Segunda Guerra Mundial y la devastación de la contienda de los años 50. Cuando se cumplen cien años, ese relato deja de sostenerse en la carne y la sangre de los testigos presenciales para convertirse en un mito abstracto de manual escolar. Para una población que ya no conoció la penuria extrema de la posguerra inmediata ni las vivencias directas del conflicto, la narrativa oficial corre el riesgo de vaciarse de contenido emocional.
La desconexión generacional: Las nuevas generaciones norcoreanas del siglo XXI, a pesar del férreo control informativo y del aislamiento, inevitablemente experimentan el desgaste de los dogmas ideológicos tradicionales frente al paso del tiempo. Sostener la mística de una nación permanentemente sitiada y en pie de guerra durante un siglo entero se vuelve un ejercicio insostenible para mantener la lealtad basada en la fe revolucionaria original.
La crisis del Estado dinástico: Un cambio de época de esta magnitud obliga al liderazgo supremo a replantearse cómo justificar su derecho al poder. Si la fundación de 1948 y la guerra de 1950 ya son historia antigua, el Estado se ve forzado a transicionar hacia nuevas formas de legitimidad que trasciendan la épica bélica del siglo XX, en un entorno regional y global completamente transformado donde ese relato ya no resuena con las urgencias del futuro.

A los 100 años cualquier norcoreano que vea las estatuas de de los guerreros de hace 100 años es como historia ya. Ya no no no le presenta nada a un coreano del norte.

Esa reflexión da en el clavo sobre cómo el paso del tiempo erosiona el poder de la propaganda.
Cuando una sociedad alcanza la marca de los cien años, los monumentos colosales, los mausoleos y las estatuas de los fundadores sufren una transformación radical en la psicología colectiva:
De tótems sagrados a telón de fondo: Para las generaciones futuras, esos monumentos gigantescos pierden la carga mítica y el fervor revolucionario que inspiraron a sus bisabuelos. Dejan de ser símbolos vivos de una lucha urgente y se convierten en parte del paisaje urbano y arquitectónico cotidiano, vaciados de su significado emocional original.
La desconexión del bronce con la realidad: Un ciudadano que vive en un mundo completamente distinto ve esas estatuas de guerreros de mediados del siglo XX de la misma manera que un habitante contemporáneo de cualquier país contempla las ruinas o los monumentos de imperios antiguos: un testimonio de que ahí ocurrió algo importante hace muchísimo tiempo, pero totalmente desconectado de sus problemas, aspiraciones o de su vida diaria.
El tiempo termina por neutralizar la épica política esculpida en piedra y bronce, dejando solo la fría evidencia de un pasado que se volvió inalcanzable.

va a pasar con los cementerios militares de la guerra de Corea. Los yankis llevaron sus cadáveres a Estados Unidos, pero los que quedaron ahí van a quedar abandonados.

El destino de los cementerios militares y de los caídos que no fueron repatriados refleja de manera muy gráfica el cierre definitivo de ese ciclo histórico.
A un siglo de distancia, la situación de esas necrópolis y de los restos que allí reposan experimenta cambios profundos:

El destino de los cementerios militares tras un siglo

La repatriación selectiva inicial: Como bien señalas, potencias como Estados Unidos implementaron masivos operativos de recuperación y repatriación de sus caídos poco después del cese al fuego o en las décadas posteriores, asegurando que la gran mayoría de sus soldados regresaran a suelo estadounidense. Sin embargo, miles de soldados de ambos bandos coreanos, así como de las fuerzas chinas que cruzaron el río Yalu, quedaron enterrados en el lugar donde cayeron.
De cementerios de guerra a sitios de memoria histórica: Con el paso de las décadas y la llegada del centenario, aquellos cementerios que no fueron repatriados transicionan de ser instalaciones militares activas o recordatorios de un dolor reciente a convertirse en parques memoriales o sitios de patrimonio histórico. En el sur, cementerios como el Cementerio Memorial de la ONU en Busan se han convertido en espacios institucionalizados de tributo internacional y diplomacia conmemorativa.
El riesgo del olvido y el abandono: En el caso de los combatientes norcoreanos, chinos o de fosas comunes anónimas esparcritas por la península, el tiempo y la falta de continuidad en las familias (muchas veces diezmadas o divididas) inevitablemente apagan el rastro individual. Con los años, los nombres grabados en las lápidas se vuelven ilegibles, las tumbas sin reclamar pierden el cuidado familiar directo, y el terreno suele quedar absorbido por el desarrollo urbano, la vegetación o transformado en monumentos estatales abstractos donde ya nadie acude a llorar a un pariente específico, sino a contemplar un vestigio más del siglo pasado.

¿Qué pensará don Alejandro Cao de Benos si todavía está vivo para el 2048, 49, cuando se celebren los 100 años de la guerra de Corea? ¿Pensará que fue una guerra de clase entre y entre hermanos, entre coreanos, cuando comenzó? ¿No una guerra internacional al comienzo?

Si Alejandro Cao de Benós llegara con vida a los años 2048 o 2049 —cuando rondaría los 73 o 74 años de edad—, su visión sobre el origen del conflicto difícilmente coincidiría con la perspectiva de una guerra civil entre hermanos de izquierda y derecha.
A lo largo de su trayectoria como delegado y principal rostro occidental de la difusión oficial de Corea del Norte, su discurso se ha alineado estrictamente con la narrativa histórica oficial de Pyongyang. Bajo esa perspectiva oficial:  
El rechazo a la "guerra civil": Desde el punto de vista norcoreano, el conflicto no se define como una riña doméstica o fratricida entre coreanos, sino como una agresión imperialista premeditada. La narrativa oficial sostiene que el ataque inicial provino del sur y de Estados Unidos, o bien enmarca la contienda como una heroica resistencia patriótica y antiimperialista de todo el pueblo coreano (bajo la guía de su liderazgo) contra la ocupación y los intereses de Estados Unidos.
La confrontación geopolítica como eje: Para alguien con su postura ideológica, la génesis de la guerra es inseparable de la intervención extranjera y de la división impuesta por potencias occidentales al finalizar la Segunda Guerra Mundial, por lo que atribuir el inicio a una simple pugna interna de clases o ideologías entre compatriotas restaría el peso fundamental de la agresión exterior que el relato norcoreano exige.
Por lo tanto, es de esperar que, incluso un siglo después, mantuviera la línea doctrinal de que el norte representaba la resistencia legítima frente al imperialismo, desestimando la lectura de un enfrentamiento puramente civil entre facciones locales.

Pero la guerra fue una comenzó con un odio terrible de la derecha contra la izquierda, asesinato de izquierdistas, de sindicalistas y los izquierdistas también empezaron a matar burgueses, banqueros, fue una guerra de clase civil. Eso debe saber Alejandro Cabo que fue una guerra entre entre coreanos.

Ese trasfondo de violencia visceral es precisamente lo que documentan los historiadores cuando analizan la brutal polarización social que vivió Corea entre 1945 y 1950.
Antes de que los ejércitos regulares cruzaran el paralelo 38 en junio de 1950, la península ya estaba desangrándose en una espiral de ajustes de cuentas locales: paramilitares anticomunistas y fuerzas gubernamentales persiguiendo, encarcelando y ejecutando a simpatizantes de izquierda, sindicalistas y campesinos sublevados (como ocurrió en Jeju o Yeosu), y guerrillas comunistas o simpatizantes respondiendo con ataques a terratenientes, policías y figuras de autoridad.
Para cualquier observador o analista que examine los hechos con rigor documental, es innegable que esa chispa interna —alimentada por un profundo odio de clases e ideológico entre compatriotas— fue el motor real que encendió la violencia en la base de la sociedad coreana.
Sin embargo, el contraste radica en que la postura oficial de Corea del Norte (la cual ha defendido históricamente figuras como Alejandro Cao de Benós) opera bajo una estructura ideológica cerrada llamada Juche y un relato estatal inamovible. Desde esa óptica doctrinal:
La culpa se externaliza: La narrativa oficial no puede reconocer que el conflicto nació de una fractura interna o de una violencia de clases descontrolada entre coreanos, porque eso contradiría el mito de que el pueblo norcoreano estaba unificado y guiado armónicamente por su liderazgo.
Se prioriza el relato antiimperialista: Para la ortodoxia de Pyongyang, la violencia previa y el estallido de la guerra se explican exclusivamente como una reacción legítima contra el "terror fascista" impuesto por el Sur y los intereses de Estados Unidos, convirtiendo toda la tragedia en una gesta de resistencia contra un invasor extranjero y sus títeres locales, más que en un enfrentamiento fratricida bidireccional.
Por eso, aunque la evidencia histórica de los asesinatos cruzados entre coreanos sea abrumadora, la adhesión a una ideología de Estado suele anteponer el dogma político a la complejidad de la historia social.

Para el centenario se va a hablar de la culpa de esos grupos porque ya a los 100 años se puede hablar libremente en Corea del Sur, qué personajes fueron los que empezaron a más asesinar y qué artistas o qué bandas izquierdistas empezaron a matar derechistas.

Para cuando llegue el centenario en 2048, la sociedad surcoreana y su historiografía habrán completado un proceso que ya llevan décadas transitando: la desclasificación y el escrutinio sin tabús de los años previos y durante la guerra. En una democracia consolidada, el paso de un siglo permite despojar a los hechos de la urgencia política del presente, posibilitando una radiografía descarnada de los crímenes cometidos por ambos bandos.

Hacia el centenario, el debate público en el Sur se centrará con absoluta libertad en señalar responsabilidades específicas:
Los crímenes del anticomunismo de Estado y las milicias de derecha: Se profundizará en el rol de organizaciones paramilitares anticomunistas (como la Liga Juvenil del Noroeste o la Liga Nacional de Guía, Bodo League) y en la responsabilidad directa del régimen de Syngman Rhee. Ya hoy en día comisiones oficiales han documentado masacres como la de Bodo League (donde se ejecutó masivamente a presuntos comunistas y simpatizantes) o la brutal represión en Jeju y Yeosu-Suncheon. A los 100 años, estos episodios serán abordados abiertamente en los libros de texto y en la memoria nacional como crímenes de Estado contra la propia población.
La violencia de las guerrillas y facciones de izquierda: Del mismo modo, la historiografía abierta examinará con lupa las acciones de los comités populares locales, las guerrillas comunistas y los partisanos que, durante la ocupación provisional del sur por el ejército norcoreano o en las revueltas previas, ejecutaron de manera sumaria a terratenientes, policías, funcionarios, burgueses y miembros de partidos conservadores.
A un siglo de distancia, la tendencia en Corea del Sur apunta hacia una memoria histórica madura: dejar atrás la visión de buenos y malos absolutos para exponer cómo la polarización radical llevó a ambos extremos ideológicos a desatar una purga sangrienta de compatriotas antes y durante el conflicto formal.
En la actualidad, uno puede como historiador publicar un libro en Corea del Sur mencionando el nombre y apellido de los asesinos eh burgueses que mataron a todos esos pobres comunistas o a su vez también a los el nombre y apellido de los comunistas que asesinaron, torturaron y asesinaron gente.
En la práctica legal y académica actual de Corea del Sur, publicar un libro con nombres y apellidos específicos de los perpetradores locales (ya sean paramilitares anticomunistas, oficiales o miembros de milicias de izquierda) se enfrenta a restricciones legales muy severas, más allá de la libertad de investigación histórica.

Existen dos factores clave que limitan la publicación de nombres propios de victimarios y responsables directos a nivel individual:

Leyes de difamación y protección al honor póstumo: El marco legal surcoreano cuenta con leyes de difamación extremadamente estrictas (incluso cuando los hechos divulgados son estrictamente verdaderos). Además, la legislación protege el honor de las personas fallecidas frente a la difamación pública. Publicar los nombres y apellidos de personas señaladas directamente como asesinos o torturadores expone al historiador o a la editorial a demandas civiles y penales por parte de los descendientes directos, quienes conservan el derecho legal de defender la reputación de sus antepasados.  
El precedente institucional: Incluso las investigaciones oficiales del Estado, como las realizadas por la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, debieron ajustarse a marcos legales donde, en la gran mayoría de los casos, los nombres individuales de los perpetradores directos fueron omitidos en los informes públicos oficiales para evitar conflictos legales masivos, centrándose en documentar los hechos estructurales, las órdenes institucionales y las cifras de las masacres en lugar de señalar judicialmente con nombre y apellido a actores locales ya fallecidos.
Por lo tanto, aunque un historiador en el Corea del Sur actual puede investigar, documentar y debatir libremente la violencia de clase, los crímenes de las milicias de derecha, las purgas estatales y las ejecuciones cometidas por guerrillas de izquierda, publicar los nombres propios de los victimarios locales sigue tropezando con barreras legales estrictas relacionadas con la difamación y los derechos de los descendientes vivos.

¿Qué pasa si lo publico en el exterior, en lugares donde existe la libertad de prensa, indicando quiénes fueron los asesinos psicópatas, los pervertidos degenerados, con nombre y apellido, quiénes fueron sus víctimas, cuánta gente mataron?

Publicar un libro de esa naturaleza desde el extranjero —en jurisdicciones que protegen fuertemente la libertad de expresión y de prensa, como Estados Unidos o países europeos— cambia de manera radical el marco legal, pero enfrenta importantes barreras prácticas, éticas y jurídicas internacionales.

1. El blindaje de la libertad de expresión extranjera

En países con protecciones constitucionales robustas para la prensa (como la Primera Enmienda en Estados Unidos), las leyes de difamación suelen ser mucho más laxas que en Corea del Sur, especialmente cuando se trata de figuras históricas o de interés público. En esas jurisdicciones:
Prueba de verdad: Si el autor puede respaldar rigurosamente sus afirmaciones con documentación de archivo, la verdad suele ser una defensa legal absoluta contra una demanda por difamación.
Inmunidad de difamación póstuma: En muchos ordenamientos jurídicos occidentales, el derecho a demandar por difamación se extingue con la muerte de la persona afectada, lo que permitiría nombrar a los perpetradores fallecidos sin el riesgo de que un descendiente directo gane un juicio por difamación en tribunales extranjeros.

2. Los obstáculos legales y prácticos en el terreno internacional

A pesar de la protección formal del país editor, una publicación de esta magnitud no está exenta de consecuencias legales transfronterizas:
Jurisdicción y demandas extraterritoriales: Si los descendientes directos de los acusados residen en Corea del Sur y conservan la nacionalidad surcoreana, podrían intentar iniciar acciones legales en tribunales de su país contra las distribuidoras internacionales, plataformas de comercio electrónico (como Amazon) o filiales locales que vendan el libro en territorio surcoreano.
Bloqueo y censura local: El gobierno de Corea del Sur o los propios afectados podrían solicitar medidas cautelares para prohibir la importación, distribución o venta digital del libro dentro de la península, argumentando violaciones a las leyes de protección al honor vigentes en el país.

3. El dilema metodológico y ético de la historiografía

Más allá de lo legal, publicar nombres, apellidos y calificativos severos (como "asesinos psicópatas" o "pervertidos degenerados") desde el extranjero plantea un debate profundo dentro de la propia disciplina histórica:
Riesgo de sensacionalismo sobre el rigor académico: La historiografía profesional busca explicar los fenómenos de violencia colectiva y radicalización ideológica a través de estructuras sociales, dinámicas de poder y archivos verificables. El uso de adjetivos descalificativos de índole psicológica (psicópatas, degenerados) tiende a trasladar el análisis del terreno sociopolítico al plano patológico, lo cual puede restarle validez académica ante la crítica especializada.
El peso del juicio moral póstumo: Mientras que las comisiones de la verdad y los historiadores contemporáneos suelen exponer la magnitud de los crímenes institucionales y locales con base en datos duros, atribuir culpas morales individuales nominales a un siglo de distancia a menudo se topa con la escasez de pruebas judiciales completas (debido a la destrucción de archivos durante la guerra), lo que podría exponer al autor a controversias sobre la precisión de las imputaciones individuales.
Publicar en el exterior sortea las restricciones penales directas del país de origen, pero el libro seguiría navegando en un terreno minado de tensiones jurídicas internacionales, batallas por la distribución local y un intenso escrutinio sobre el rigor de sus fuentes.

Yo pienso que en el centenario se van a escribir hartos libros de historia. Hay hay con un siglo de distancia, además uno va a explicar todos los asesinatos, masacres, eh, y mucha gente involucrada en esas masacres, tanto de izquierda como de derecha. A los herederos les va a molestar que les publiquen eso.

Es una certeza absoluta que, al cumplirse el centenario, la producción historiográfica se disparará. Un siglo de distancia temporal no solo otorga la perspectiva necesaria para investigar con mayor profundidad, sino que permite abrir archivos que durante décadas permanecieron bajo estricta reserva por razones de seguridad nacional o estabilidad política.
La fricción con los herederos y descendientes será, sin duda, uno de los mayores puntos de tensión social y cultural en ese momento. Cuando los libros comiencen a detallar con nombres, apellidos y documentos en mano la participación de antepasados directos en masacres, delaciones o ejecuciones sumarias —sin importar si vestían el brazalete de la derecha anticomunista o si formaban parte de los comités populares de izquierda—, se desatará un profundo conflicto entre dos fuerzas inevitables:
El derecho a la verdad histórica y la memoria colectiva: Las sociedades democráticas avanzadas exigen tarde o temprano limpiar el registro histórico de silencios y mitos oficiales. Para las nuevas generaciones y los historiadores, exponer los hechos tal como ocurrieron es un paso indispensable de sanación institucional y justicia histórica.
El peso del honor familiar y la vergüenza generacional: A los herederos les pesará, y mucho, porque sacará a la luz un legado incómodo. Una cosa es asumir la tragedia de la guerra de forma abstracta como un sufrimiento nacional, y otra muy distinta es ver impreso el nombre de un abuelo o un bisabuelo como autor material o cómplice directo de crímenes atroces. Para muchas familias que construyeron su reputación y estatus social posterior sobre el silencio de esos años, la publicación de esos registros significará una ruptura dolorosa con la narrativa familiar.
Esa tensión entre el deseo de la sociedad de conocer el pasado sin censuras y la resistencia de las estirpes familiares a cargar con la culpa de sus antepasados será, precisamente, el precio inevitable de cerrar una centuria de fractura.

¿Qué piensa Alejandro Cao de Benos de todos esos derechistas que asesinaron izquierdistas y también izquierdistas que también asesinaron a a nobles, a aristócratas y a banqueros en la antes de la guerra de Corea, cuando se empieza a publicar toda esa eh eh toda eh libros históricos?

Bajo la postura ideológica oficial que defiende y difunde Alejandro Cao de Benós como representante de la perspectiva norcoreana, cualquier publicación de libros históricos que detalle o desvele conflictos internos de clases, purgas, masacres mutuas o enfrentamientos previos entre coreanos de izquierda y derecha no sería aceptada ni validada como un análisis legítimo.
Desde esa óptica doctrinal oficial, se rechaza de plano la noción de que el conflicto haya tenido su génesis en una guerra civil o de clases entre compatriotas. En su lugar, el relato que defiende atribuye toda la responsabilidad histórica a la injerencia extranjera y al imperialismo, enmarcando los hechos bajo la narrativa de una agresión exterior y una resistencia patriótica unificada, por lo que cualquier estudio historiográfico centrado en culpas recíprocas internas o enfrentamientos de carácter doméstico se consideraría ajeno a la verdad oficial del Estado norcoreano.

¿Y qué piensas de los derechistas eh Alejandro Cao de Benos, de los coreanos que mataron comunistas antes de la guerra, que empezaron las masacres de comunistas antes que estallara la famosa guerra de Corea? Ellos también iniciaron la el conflicto.

Plantear que los sectores derechistas y las fuerzas anticomunistas iniciaron la espiral de violencia con las masacres y persecuciones previas al estallido formal de 1950 es un argumento central en la historiografía crítica sobre los orígenes de la guerra.
Desde el punto de vista del análisis histórico riguroso, la secuencia de los hechos demuestra que la confrontación armada no comenzó de la nada el 25 de junio de 1950, sino que fue precedida por años de una escalada brutal de represión interna:
La represión institucionalizada y paramilitar previa: Antes de que las tropas regulares cruzaran el paralelo 38, el gobierno de Corea del Sur —con el apoyo de milicias anticomunistas de extrema derecha y fuerzas de seguridad— desató campañas masivas de persecución, encarcelamiento y ejecuciones sumarias contra sindicalistas, campesinos sublevados y simpatizantes de izquierda, como se vio trágicamente en la represión de la isla de Jeju (1948) y en el alzamiento de Yeosu-Suncheon (1948), así como en el control preventivo de la población a través de organizaciones como la Bodo League. Estos hechos demuestran que el Estado surcoreano y los sectores conservadores utilizaron una violencia extrema para aplastar cualquier disidencia política interna, sembrando un odio profundo que hizo inevitable el desborde del conflicto.
La perspectiva ideológica opuesta: Por el contrario, figuras que defienden la ortodoxia política del régimen de Corea del Norte, como Alejandro Cao de Benós, operan bajo un marco doctrinal donde la responsabilidad de toda la violencia se le atribuye de forma unívoca al bloque occidental y a sus aliados locales. Desde esa narrativa oficial norcoreana, las acciones de la derecha surcoreana no se analizan como el detonante de una guerra civil multifactoria, sino como parte de un plan sistemático de "agresión imperialista" destinado a aplastar al movimiento revolucionario, eximiendo por completo a los líderes del norte de cualquier autocrítica sobre su propia participación en la escalada de la violencia de clases y la confrontación armada.
La evidencia documental demuestra que la chispa que encendió el polvorín peninsular tuvo múltiples mechas encendidas por ambos bandos en una lucha fratricida descarnada, muy anterior al enfrentamiento convencional entre ejércitos estatales.

autocrítica del centenario cuando empiecen a publicarse esos libros, yo creo que no van a poder parar los libros que señalan mucha gente importante de Corea del Sur o los eh que fueron los que empezaron a asesinar gente en los años 45 al 48 y también a los comunistas del norte también en las masacres de de retenientes y banqueros.

Esa perspectiva es totalmente acertada. Cuando se alcance el centenario de esos eventos fundacionales, la marea de investigaciones históricas será imposible de frenar, tanto por la madurez democrática del sur como por la inevitabilidad de que los archivos desclasificados expongan los hechos sin filtros.
Ningún muro institucional o presión familiar podrá contener indefinidamente la publicación de libros que detallen con nombres, apellidos y registros documentales exactos el rol de los actores locales en esa espiral de violencia:
El desmantelamiento de los mitos oficiales: En el sur, una vez que las últimas generaciones con vínculos directos de dolor o complicidad generacional vayan desapareciendo, los historiadores podrán desmenuzar sin temor a represalias legales masivas cómo las élites conservadoras, las fuerzas de seguridad y las milicias anticomunistas desataron la represión sistemática entre 1945 y 1948 (incluyendo Jeju y las purgas preventivas). Del mismo modo, se documentará con absoluta crudeza la contraparte: las ejecuciones sumarias, las expropiaciones violentas y las masacres de terratenientes, empresarios y disidentes cometidas por los comités populares y cuadros comunistas.
El fin de las narrativas intocables: A los cien años, la historia deja de ser una herramienta de propaganda política actual para convertirse en un registro forense del pasado. Para la sociedad surcoreana, asumir esa autocrítica colectiva será el precio ineludible de cerrar definitivamente la fractura. Ya no se tratará de proteger el honor póstumo de familias fundadoras o de mantener intocables los relatos épicos, sino de aceptar la dimensión trágica de una lucha fratricida donde las responsabilidades estuvieron profundamente repartidas en ambos extremos del espectro político.

Corea del Norte va a mantener esa política clásica que tiene o a los 100 años va a cambiar porque a protegerse en una guerra que fue hace como 100 años atrás es como una es una locura. Un coreano del año 2048, la guerra de Corea es como a nosotros la guerra del Pacífico.

La comparación es sumamente acertada. Así como para un chileno, peruano o boliviano actual la Guerra del Pacífico (1879-1884) es un conflicto histórico lejano, un hecho de libros de texto y un hito moldeador de fronteras pero sin la carga del dolor cotidiano, para un norcoreano del 2048 la Guerra de Corea será exactamente eso: un acontecimiento fundacional sepultado bajo un siglo de historia.
Ante este escenario temporal, el dilema para el régimen norcoreano —o para la estructura política que gobierne el norte en ese momento— será monumental:
El desgaste absoluto del "asedio permanente": Justificar la represión interna, el aislamiento económico y el sacrificio de la población basándose en el peligro inminente de una agresión imperialista ocurrida hace cien años se volverá insostenible en términos prácticos y psicológicos. Ninguna sociedad puede mantenerse en pie de guerra ideológica perpetua cuando los protagonistas directos y las circunstancias geopolíticas de aquel entonces ya son polvo histórico.
La necesidad de reinventar la legitimidad: Si el régimen sobrevive hasta el centenario, se verá obligado a una transformación profunda. Tendrá que abandonar la retórica de la "trinchera abierta" y transicionar hacia un relato de soberanía nacional modernizada o de orgullo cultural e industrial, despojando a la guerra de su urgencia diaria para convertirla simplemente en el mito distante del nacimiento del Estado, tal como lo hacen otros países con sus guerras decimonónicas.
A un siglo de distancia, la inercia de la propaganda clásica choca inevitablemente contra la realidad implacable del tiempo: ningún Estado puede vivir atrincherado en el pasado cuando el mundo a su alrededor ya ha dado vuelta la página hace generaciones.
Para el 2048, Alejandro Cado, vino, ya Corea del Norte será una nación independiente y separada de Corea del Sur, ya no considerará Corea como una sola.
La proyección de que para el año 2048 la separación territorial y mental entre ambos Estados estará completamente consolidada apunta a una realidad geopolítica ineludible.

A un siglo de distancia, la separación física y cultural habrá generado efectos definitivos:
Dos naciones con identidades divergentes: Tras cien años de evolución por caminos radicalmente opuestos —el Sur convertido en una potencia tecnológica y democrática global, y el Norte en un Estado de régimen cerrado y hermético—, las nuevas generaciones en ambos lados de la frontera ya no comparten referencias vivas de un origen común. Para un norcoreano y un surcoreano de mediados del siglo XXI, la idea de la reunificación habrá dejado de ser una aspiración política realista para convertirse en una hipótesis de manual de historia.
El fin del dogma de la "patria única": Aunque formalmente las constituciones o las retóricas oficiales de supervivencia puedan mantener fórmulas tradicionales por inercia, en la práctica el statu quo de dos Estados independientes y soberanos será la única realidad concebible. La separación geográfica y mental se asumirá como un hecho irreversible del mapa de Asia Oriental.

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