Apuntes de clases

Clases de filosofía y ciencias bíblicas del Instituto de Humanidades Luis Campino, y la Parroquia de Guadalupe de Quinta Normal.


martes, 27 de noviembre de 2018

140).-Los Santos Evangelios.-a

  Esteban Aguilar Orellana ; Giovani Barbatos Epple.; Ismael Barrenechea Samaniego ; Jorge Catalán Nuñez; Boris Díaz Carrasco; -Rafael Díaz del Río Martí ; Alfredo Francisco Eloy Barra ; Rodrigo Farias Picon; -Franco González Fortunatti ; Patricio Hernández Jara; Walter Imilan Ojeda ; Jaime Jamet Rojas ; Gustavo Morales Guajardo ; Francisco Moreno Gallardo ; Boris Ormeño Rojas ; José Oyarzún Villa ; Rodrigo Palacios Marambio; Demetrio Protopsaltis Palma ; Cristian Quezada Moreno ; Edison Reyes Aramburu ; Rodrigo Rivera Hernández; Jorge Rojas Bustos ; Alejandro Suau Figueroa; Cristian Vergara Torrealba ; Rodrigo Villela Díaz; Nicolas Wasiliew Sala ; Marcelo Yañez Garin; 




Clase de religión del Presbítero Marcial Umaña, en el Instituto de Humanidades Luis Campino, Años 1990 y 1991



Definición de Evangelios (Del lat. evangelĭum, y este del gr. evangelión, buena nueva).

1. m. Historia de la vida, doctrina y milagros de Jesucristo, contenida en los cuatro relatos que llevan el nombre de los cuatro evangelistas y que componen el primer libro canónico del Nuevo Testamento.
2. m. Libro que contiene el relato de la vida y mensaje de Jesucristo.
3. m. En la Misa, capítulo tomado de uno de los cuatro libros de los evangelistas, que se lee después de la epístola y gradual, y, en ciertas misas, al final de ellas.
4. m. Religión cristiana. Convertirse al evangelio.
5. m. coloq. Verdad indiscutible. Sus palabras son el evangelio. Decir el evangelio.
6. m. pl. Libro, forrado comúnmente en tela de seda, en que se contiene el principio del Evangelio de San Juan y otros tres capítulos de los otros tres evangelistas, el cual se solía poner entre algunas reliquias y dijes a los niños, colgado en la cintura.
7. Evangelios sinópticos: m. pl. Los de San Lucas, San Marcos y San Mateo, por presentar tales coincidencias que pueden ser apreciadas visualmente colocándolos juntos. (Fuente: Diccionario de la Real Academia de la Lengua)
La palabra “evangelio” usualmente designa un registro escrito de las palabras y obras de Cristo. Es  equivalente exacto del griego euaggelion (eu, bien, argello, traigo un mensaje), y del latín Evangelium, el cual ha pasado al francés, al alemán, al italiano y a otras lenguas modernas.
 El griego euaggelion originalmente significaba la “recompensa de buenas noticias”. Sus otros significados importantes serán dados en el cuerpo del presente artículo general sobre los Evangelios.

Contenido
1 Títulos de los Evangelios.
2 Cantidad de Evangelios.
3 Principales diferencias entre los evangelios canónicos y los apócrifos.
4 Orden de los evangelios.
5 Clasificación de los Evangelios.
6 Los Evangelios y el evangelio oral.
7 Divergencias de los Evangelios.

Títulos de los Evangelios.

Los primeros cuatro libros históricos del Nuevo Testamento llevan títulos (Euaggelion kata Matthaion, Euaggelion kata Markon, etc.), que aunque antiguos, sin embargo, no se remontan a los respectivos autores de esos escritos sagrados.
 El Canon Muratorio, Clemente de Alejandría y San Ireneo son testigos precisos de la existencia de dichos títulos en la última parte del siglo II de nuestra era. De hecho, la forma en que Clemente (Stromata I.21) y San Ireneo (Contra Herejías III.11.7) los utilizan implica que, ya en esa fecha tan temprana, los presentes nombres de los Evangelios habían estado en uso corriente por algún tiempo considerable. De ahí, se puede inferir que estaban prefijados a las narrativas evangélicas tan temprano como en la primera parte de dicho siglo.
Sin embargo, es una posición generalmente aceptada al presente que no se remontan al siglo I de la era cristiana, o por lo menos que no son originales. Se cree que puesto que son similares para los cuatro Evangelios, aunque los mismos Evangelios fueron compuestos con algún intervalo uno del otro, esos títulos no estaban formulados, y en consecuencia, no estaban prefijados a cada narrativa individual, antes de que se hiciera la colección de los cuatro Evangelios.
Además, como fue bien señalado por el Profesor Bacon “los libros históricos del Nuevo Testamento difieren de su literatura apocalíptica y epistolar, como los del Antiguo Testamento difieren de sus profecías, en ser invariablemente anónimos y por la misma razón. Las profecías ya sea en el primero o en el segundo sentido, y las cartas, para tener autoridad deben referirse a algún individuo; mientras mayor fuera su nombre, mejor. Pero la historia se consideraba una posesión común; sus hechos hablaban por sí mismos. Sólo cuando la fuente de la recolección común comenzó a mermar, y comenzaron a aparecer diferencias entre los Evangelios exactos y bien informados y los poco confiables… valió la pena para el maestro o apologista cristiano especificar si la representación dada de la tradición corriente era “según” éste o aquél compilador especial, y a especificar sus cualificaciones”. Así aparece que los presentes títulos de los Evangelios no se remontan a los evangelistas mismos.
La primera palabra común a los títulos de nuestros cuatro Evangelios es Euaggelion, algunos de cuyos significados todavía hay que establecer. La palabra, en el Nuevo Testamento, tiene el significado específico de “las buenas nuevas del reino” (cf. [[Evangelio según san Mateo|Mt. 4,23; [[Evangelio según San Marcos|Mc. 1,15).
 En ese sentido, que debe ser considerado primario desde el punto de vista cristiano, Euaggelion denota las buenas noticias de salvación anunciadas al mundo en relación con Jesucristo, y, en un sentido más general, la revelación completa de la Redención que trajo Cristo (cf. Mt. 9,35; 24,14; etc.; Mc. 1,14; 13,10; 16,15; Hch. 20,24; Rm. 1,1.9.16; 10,16; etc.). Por supuesto, éste era el único significado conectado con la palabra mientras no se hubiese redactado ningún registro auténtico de las buenas nuevas de salvación. De hecho, permaneció como el único uso incluso después de que tales registros escritos habían sido recibidos por algún tiempo en la Iglesia cristiana: como sólo había un Evangelio, esto es, sólo una revelación de la salvación por Jesucristo, así los varios registros de ella no se consideraban como varios Evangelios, sino sólo como diferentes relatos de uno y el mismo Evangelio.
 Sin embargo, gradualmente un significado derivado fue pareado con la palabra Euaggelion. Así, en su primera Apología (c. LXVI), San Justino habla de las “Memorias de los Apóstoles que son llamadas Euaggelia”, refiriéndose claramente, de este modo, no a la substancia de la historia evangélica, sino a los libros mismos en los cuales estaba registrada. Es cierto que en este pasaje de San Justino tenemos el primer uso indudable del término en ese sentido derivado. Pero ya que el santo Doctor nos da a entender que en su día la palabra Euaggelion tenía ese significado corriente, es sólo natural pensar que ya había sido empleando por algún tiempo antes.
 Sin embargo, parece que Zahn está correcto en reclamar que el uso del término Euaggelion, con el significado de registro escrito de las obras y palabras de Cristo, se remonta al comienzo del siglo II de la era cristiana.
La segunda palabra común a los títulos de los Evangelios canónicos es la preposición kata “según”, cuyo significado ha sido por mucho tiempo asunto de discusión entre los eruditos bíblicos. Aparte de varios significados secundarios conectados con esa partícula griega, se le han adscrito dos acepciones diferentes. Muchos autores dicen que no significa “escrito por”, sino “redactado según la concepción de” San Mateo, San Marcos, etc. A sus ojos, los títulos de nuestros Evangelios no intentaban indicar autoría, sino establecer la autoridad garantizando lo que se relaciona, del mismo modo que “el Evangelio según los hebreos” o “el Evangelio según los egipcios” no significa el evangelio escrito por los hebreos o los egipcios, sino esa forma peculiar de Evangelio que los hebreos o egipcios aceptaban.
 Sin embargo, la mayoría de los estudiosos han preferido considerar que la preposición kata denota autoría, casi del mismo modo que, en Diodoro Sículo, la Historia de Herodoto es llamada He kath Herodoton historia. Al presente, se admite generalmente que, si los títulos de los Evangelios canónicos hubiesen querido establecer la autoridad esencial o garante, y no indicar el autor, el segundo Evangelio se llamaría, de acuerdo con la creencia de los tiempos primitivos, “el Evangelio según San Pedro”, y el tercero “el Evangelio según San Pablo”. Al mismo tiempo se cree correctamente que estos títulos denotan autoría, con una sombra peculiar de significado que no es expresado por los títulos prefijados a las Epístolas de San Pablo, al Apocalipsis de San Juan, etc. El uso del caso genitivo en los últimos títulos (Paulou Epistolai, Apokalypsis Ioannou, etc.) no tiene otro objeto que el de adscribir el contenido de tales obras al escritor cuyo nombre llevan. 
El uso de la preposición kata (según), por el contrario, mientras que se refiere a la composición de los contenidos del Primer Evangelio de San Mateo, a la del de San Marcos, etc., implica que prácticamente los mismos contenidos, la misma buena nueva o Evangelio, ha sido relatada por más de un narrador. Así “el Evangelio según Mateo” es equivalente a la historia del Evangelio en la forma que Mateo la redactó; “el Evangelio según Marcos” designa historia evangélica de otra forma, es decir, la forma en que San Marcos la presentó por escrito, etc. (cf. Maldonado “In quatuor Evangelistas”, cap. I).

Cantidad de Evangelios.

El nombre evangelio, designando un relato escrito de las obras y palabras de Cristo, ha sido y todavía es aplicado a un gran número de narraciones relacionadas con la vida de Cristo, que circulaban antes y después de la composición de nuestro Tercer Evangelio (cf. [[Evangelio de San Lucas|Lc. 1,1-4). Nos han llegado los títulos de algunas cincuenta de tales obras, dato que muestra el inmenso interés que se centraba, aun en fechas tempranas, en la Persona y obras de Cristo. Sin embargo, sólo se ha conservado alguna información respecto a veinte de estos “evangelios”.
 Sus nombres, según dados por Harnack (Chronologie, I, 589 ss.), son los siguientes:

1-4. Los Evangelios Canónicos
5. El Evangelio según los hebreos
6. El Evangelio de Pedro
7. El Evangelio según los egipcios
8. El Evangelio de Matías
9. El Evangelio de Felipe
10. El Evangelio de Tomás
11. El Proto-Evangelio de Santiago
12. El Evangelio de Nicodemo (Acta Pilati)
13. El Evangelio de los Doce Apóstoles
14. El Evangelio de Basílides
15. El Evangelio de Valentino
16. El Evangelio de Marción
17. El Evangelio de Eva
18. El Evangelio de Judas
19. El escrito Genna Marias
20. El Evangelio Teleioseos

A pesar de la fecha temprana que a veces se reclama para estas obras, no es probable que ninguna de ellas, fuera de nuestros Evangelios canónicos, deba ser contada entre los intentos de narrar la vida de Cristo, de la cual San Lucas habla en el prólogo a su Evangelio. Muchas de ellas, hasta donde se puede descubrir, son producciones tardías, cuyo carácter apócrifo admiten generalmente los eruditos contemporáneos..
Ciertamente es imposible al presente describir la forma precisa en que, de las numerosas obras adscritas a algún apóstol, o que simplemente lleva el nombre de evangelio, sólo cuatro, dos de las cuales no son atribuidas a apóstoles, llegaron a ser considerados como sagrados y canónicos. Sin embargo, continúa siendo cierto que todo el testimonio temprano que tiene una incidencia clara sobre el número de Evangelios canónicos reconoce los tales cuatro Evangelios y más ninguno.
Así, Eusebio (m. 340) al juntar los libros del Canon universalmente admitidos, en distinción de aquellos que algunos habían cuestionado, escribe: “Y aquí, entre los primeros, debe ser colocado el santo quatemion de los Evangelios”, mientras que categoriza el “Evangelio según los hebreos” entre los segundos, esto es, entre los escritos disputados (Historia de la Iglesia III.25). Clemente de Alejandría (m. c. 220) y Tertuliano (m. 220) estaban familiarizados con nuestros cuatro Evangelios, y los citaban y comentaban sobre ellos a menudo. Tertuliano habla también de la antigua versión latina conocida por él y sus lectores, y al hacerlo nos remonta más allá de su tiempo.
 El santo obispo de Lyons, Ireneo (m. 202), quien había conocido a San Policarpo en Asia Menor, no sólo admite y cita nuestros cuatro Evangelios, sino que argumenta que ellos deben ser sólo cuatro, ni más ni menos. Él dice: “No es posible que los Evangelios sean ni más ni menos de los que son. Pues ya que hay cuatro zonas en el mundo en que vivimos, y cuatro vientos principales, mientras que la Iglesia está dispersa a través del mundo, y el pilar y base de la Iglesia es el Evangelio y el Espíritu de vida; es adecuado que tengamos cuatro pilares, respirando la inmortalidad por todos lados y vivificando nuestra carne… Las criaturas vivientes son cuadriformes, y el Evangelio es cuadriforme, como lo es también el curso seguido por el Señor” (Contra Herejías III.11.8).
Alrededor del tiempo cuando San Ireneo dio este testimonio explícito de nuestros cuatro Evangelios, el Canon Muratorio también fue testigo de ellos, como también lo hizo el Peshito y otras traducciones siríacas tempranas, y las varias versiones coptas del Nuevo Testamento. Lo mismo puede decirse respecto a la armonía siríaca de los Evangelios canónicos, que fue ideada por el discípulo de San Justino, Tatiano, y la cual es citada a menudo con el nombre griego de Diatessaron (To dia tessaron Euaggelion). El descubrimiento reciente de esta obra ha permitido a Harnack inferir, por algunos de sus detalles, que estaba basada en otra armonía más antigua de nuestros cuatro Evangelios, la hecha por San Hipólito de Antioquía.
También ha puesto a descansar la molestosa pregunta de si San Justino usaba los Evangelios canónicos. “Puesto que Tatiano era discípulo de Justino, es inconcebible que él hubiese trabajado con Evangelios diferentes a los de su maestro, puesto que cada uno sostenía que los Evangelios que usaban eran libros de primera importancia.” (Adeney). Ciertamente, antes del descubrimiento del “Diatessaron” de Tatiano, un estudio imparcial de los escritos auténticos de Justino había aclarado que el santo doctor usaba exclusivamente los Evangelios canónicos bajo el nombre de Memorias de los Apóstoles.
De estos testimonios del siglo II, dos son particularmente notorios, es decir, los de San Justino y San Ireneo. Ya que el primer escritor pertenece a la primera mitad de dicho siglo, y se refiere a los Evangelios canónicos como una colección bien conocida y completamente auténtica, es sólo natural pensar que en la época en que escribió (cerca de 145 d.C.) los mismos Evangelios, sólo ellos, habían sido reconocidos como registros sagrados de la vida de Cristo, y que habían sido considerados como tales por lo menos tan temprano como a principios del siglo II de nuestra era.
 El testimonio de San Ireneo es aún más importante. “La misma absurdidad de su razonamiento testifica sobre la posición bien establecida lograda en su tiempo por los cuatro Evangelios, con la exclusión de todos los otros. El obispo de Ireneo era Potino, quien vivió hasta la edad de 90 años, e Ireneo había conocido a San Policarpo en Asia Menor. Aquí hay vínculos de conexión con el pasado que van más allá de comienzos del siglo II.” (Adeney)
En las obras de los Padres apostólicos no se halla, ciertamente, evidencia incuestionable a favor de sólo cuatro Evangelios canónicos. Pero esto es sólo lo que se esperaría de las obras de hombres que vivieron en el mismo siglo en el cual se compusieron estos registros inspirados, y en el cual la palabra Evangelio todavía se aplicaba a la buena nueva de la salvación, y no a los relatos escritos sobre ello.

Principales diferencias entre los evangelios canónicos y los apócrifos.

Desde el comienzo, los cuatro Evangelios, cuyo carácter sagrado fue reconocido desde muy temprano, difería en varios aspectos de los numerosos evangelios no canónicos que circulaban durante los primeros siglos de la Iglesia.
Primero que todo, se recomendaban a sí mismos por su tono de simplicidad y veracidad, que estaba en contraste notable con el carácter trivial, absurdo o manifiestamente legendario de aquellas obras no canónicas.
En segundo lugar, tenían un origen más antiguo que sus rivales apócrifos, y ciertamente muchos de éstos se basaban directamente en los Evangelios canónicos.
 Un tercer rasgo a favor de nuestros registros canónicos de la vida de Cristo era la pureza de sus enseñanzas morales y dogmáticas, en contraste con las opiniones judías, gnósticas o heréticas con las cuales estaban inficionados no pocos de los evangelios apócrifos, y debido a las cuales estos escritos falsos encontraban favor entre los grupos heréticos y por el contrario descrédito a los ojos de los católicos.
Por último, y más particularmente, los Evangelios canónicos eran considerados como con autoridad apostólica, dos de ellos adscritos a los apóstoles San Mateo y San Juan respectivamente, y dos a San Marcos y San Lucas, los respectivos compañeros de San Pedro y San Pablo. Muchos otros evangelios ciertamente reclamaban autoridad apostólica, pero a ninguno de ellos le concedió universalmente la Iglesia primitiva este reclamo.
En adición a nuestros cuatro Evangelios canónicos, la única obra apócrifa que fue recibida generalmente y en la que se confió fue el “Evangelio según los hebreos”. Es un dato bien conocido que San Jerónimo, hablando de ese evangelio bajo el nombre de “El Evangelio según los nazarenos”, lo consideraba como el original hebreo de nuestro Evangelio según San Mateo. Pero, por lo que se puede juzgar por los fragmentos que nos han llegado, no tiene derecho a originalidad si se compara con nuestro Evangelio canónico.
También en una fecha muy antigua, era tratado como exento de autoridad apostólica, y San Jerónimo mismo, quien declaró que tenía su texto arameo a su disposición, no le asigna un lugar lado a lado con nuestros Evangelios canónicos: toda la autoridad que le confiere se deriva de su convicción de que era el texto original del Primer Evangelio, y no un Evangelio distinto además de los cuatro universalmente aceptados desde tiempo inmemorial en la Iglesia Católica.

Orden de los evangelios.

Mientras que las listas antiguas, versiones y escritores eclesiásticos concuerdan en admitir el carácter canónico de sólo cuatro Evangelios, ellos están lejos de ser unánimes con respecto al orden de estos sagrados registros de la vida y obras de Cristo.
En la literatura cristiana primitiva, se le da a los Evangelios canónicos nomenos de ocho órdenes, además del que estamos familiarizados (San Mateo, San Marcos, San Lucas, San Juan). Las variaciones estriban principalmente en el lugar dado a San Juan, luego secundariamente, en las respectivas posiciones de San Marcos y San Lucas. San Juan pasa desde el cuarto lugar al tercero, al segundo, e incluso al primero. En cuanto a San Lucas y San Marcos, el Evangelio de San Lucas es a menudo colocado primero, sin duda por ser el más extenso de los dos, pero a veces también segundo, quizás para brindarle una conexión inmediata con los Hechos, que tradicionalmente se le atribuyen al autor del Tercer Evangelio.
De estos varios órdenes, el más antiguo es incuestionablemente el que San Jerónimo incorporó en la Vulgata Latina, de donde pasó a nuestras traducciones modernas, e incluso a las ediciones griegas del Nuevo Testamento. Se halla en el Canon Muratorio, en San Ireneo, en San Gregorio de Nazianzo, en San Atanasio, en las listas de libros sagrados redactadas por los concilios de Laodicea y de Cartago, y también en los manuscritos unciales griegos más antiguos: el Codex Vaticano, el Codex Sinaítico y el Codex Alejandrino. Su origen se debe a la suposición de que quien formó la colección de los Evangelios deseaba organizarlos de acuerdo con la respectiva fecha de composición que la tradición le asignaba. Así, se le dio el primer lugar al Evangelio de San Mateo, porque una tradición muy antigua describía la obra como escrita originalmente en hebreo, esto es, en el lenguaje arameo de Palestina.
 Se pensaba que esto era prueba de que había sido compuesto para los judíos creyentes de Tierra Santa en una fecha cuando los apóstoles no habían comenzado todavía a predicar la buena nueva de la salvación fuera de Palestina, así que debió haber sido anterior a los otros Evangelios escritos en griego y para los conversos de los países de habla griega. Del mismo modo, es claro que al Evangelio de San Juan se le asignó el último lugar porque desde fecha temprana la tradición lo consideró como el último en orden de tiempo. En cuanto a San Marcos y San Lucas, la tradición siempre habló de ellos como posteriores a San Mateo y anteriores a San Juan, así que fueron naturalmente colocados entre los de San Mateo y San Juan. Según parece, así fue como se obtuvo el presente orden general de los Evangelios, en los que encontramos desde el principio un apóstol como autor; al final, al otro apóstol; entre los dos, a los que derivaron su autoridad de los apóstoles.
Los numerosos órdenes que son diferentes del más antiguo y más generalmente aceptado pueden ser explicados fácilmente por el hecho de que después de la formación de la colección en la que los cuatro Evangelios fueron unidos por primera vez, estos escritos continuaron siendo difundidos en las varias Iglesias, todos los cuatro por separado, y así pueden ser hallados colocados en forma diferente en las colecciones designadas para la lectura pública. Del mismo modo es fácil en muchos casos descifrar la razón especial por la cual se adoptó una agrupación particular de los mismos.
El orden muy antiguo, por ejemplo, que coloca a los dos apóstoles (San Mateo y San Juan) antes que los dos discípulos de los apóstoles (San Marcos y San Lucas) puede ser fácilmente explicado por el deseo de conferir un honor especial a la dignidad apostólica. De nuevo, el orden antiguo como Mateo, Marcos, Juan y Lucas, denota la intención de parear a cada apóstol con un ayudante apostólico, y quizás también la de llevar a San Lucas más cerca de los Hechos, etc.

Clasificación de los Evangelios.

El presente orden de los Evangelios tiene la doble ventaja de que no separa entre sí los registros evangélicos (San Mateo, San Marcos, San Lucas) cuyos mutuos parecidos son obvios y notables, y que sitúa al final de la lista la narrativa (la de San Juan) cuyas relaciones con los otros tres es la de disimilitud antes que la de parecido. Por lo tanto se presta muy bien para la clasificación de los Evangelios que es ahora generalmente admitida por los eruditos bíblicos. San Mateo, San Marcos y San Lucas son agrupados juntos, y designados bajo el nombre común de Evangelios Sinópticos. Derivan su nombre del hecho que sus narraciones pueden ser organizadas y armonizadas, sección por sección, de tal modo que permitan al ojo percibir de una ojeada los numerosos pasajes que son comunes a ellos, y también las porciones que son peculiares a sólo dos, e incluso a uno solo.
 El caso es muy diferente respecto al Cuarto Evangelio. Ya que narra muy pocos incidentes en común con los Sinópticos, y difiere de ellos en estilo, lenguaje, plan general, etc., sus partes principales se niegan a ser incluidas en una armonía tal como la que puede ser ideada por medio de los primeros tres Evangelios. Por lo tanto, mientras las narrativas sinópticas son puestas juntas naturalmente, el registro de San Juan es considerado correctamente como situado aparte, como, por decirlo así, haciendo una clase por sí mismo (vea Sinópticos).

Los Evangelios y el evangelio oral.

Todos los críticos modernos admiten que el contenido de los cuatro Evangelios está íntimamente conectado con relatos más primitivos de la vida de Cristo, que pueden ser descritos en términos generales como el Evangelio Oral. Ellos están bien conscientes que Jesús mismo no designó sus propias enseñanzas para ser escritas, y mandó a sus apóstoles no a escribir, sino a predicar el Evangelio a sus hermanos. Ellos consideran un dato indudable que estos primeros discípulos del Maestro, fieles a la misión que Él les había confiado, comenzaron desde el día de Pentecostés a declarar intrépidamente oralmente lo que habían visto y oído (cf. Hch. 4,2), considerando un deber especial de ellos “el ministerio de la palabra” (Hch. 6,4). Es evidente también que a aquéllos a quienes los apóstoles escogieron inmediatamente para ayudarles en el descargo de su importantísima misión tenían que ser, como los apóstoles mismos, capaces de ser testigos de la vida y enseñanzas de Cristo (cf. Hch. 1,21 ss).
La substancia de las narraciones evangélicas debía así ser repetida a viva voz por los primeros maestros del cristianismo, antes que ninguno de ellos considerara ponerlas por escrito. Se puede ver fácilmente que tal enseñanza apostólica era inculcada en palabras que tendían a asumir una forma de expresión estereotipada, similar a la que encontramos en los Evangelios Sinópticos. Del mismo modo, también, uno se puede dar cuenta de cómo los apóstoles no estaban preocupados por el orden exacto de los eventos narrados, y su meta no era el completar el relato de “lo que habían visto y oído”.
Según esta opinión así se fue formando gradualmente lo que puede ser llamado el “Evangelio Oral”, esto es, un relato de las obras y palabras de Cristo, paralelo, en cuanto a materia y forma, a nuestros Evangelios canónicos. En vista de esto, los críticos han tratado de encontrar el contenido general de este Evangelio Oral por medio de la segunda parte del Libro de los Hechos, mediante un estudio del contenido doctrinal de las Epístolas de San Pablo, y más particularmente por una comparación cercana de las narrativas sinópticas; y se puede decir libremente que sus esfuerzos en tal dirección han tenido bastante éxito.
 Sin embargo, en cuanto a la relación precisa que debe ser admitida entre nuestros Evangelios canónicos y el Evangelio Oral, hay todavía entre los estudiosos contemporáneos una variedad de opiniones que serán establecidas y examinadas en los artículos especiales sobre los Evangelios individuales. Sea suficiente decir que la teoría que considera que los Evangelios canónicos contienen, en substancia, la enseñanza oral de los apóstoles respecto a las palabras y obras de Cristo está en clara armonía con la posición católica, la cual afirma tanto el valor histórico de estos libros sagrados y el carácter autoritativo de las tradiciones apostólicas, ya estén registradas por escrito o simplemente reforzadas por la siempre viva voz de la Iglesia.

Divergencias de los Evangelios.

La existencia de numerosas y a veces considerables diferencias entre los cuatro Evangelios canónicos es un hecho que ha sido notado por largo tiempo y que todos los eruditos admiten. Los no creyentes de todas las épocas han exagerado en grado sumo la importancia de este hecho, y han representado muchas de las variaciones actuales entre las narrativas evangélicas como contradicciones positivas, para refutar el valor histórico y carácter inspirado de los libros sagrados sobre la vida de Cristo.
Frente a esta contención, a veces mantenida con un gran despliegue de erudición, la Iglesia de Dios, la cual es “el pilar y base de la verdad” (1 Tim. 3,15) ha proclamado siempre su creencia en la exactitud histórica y armonía real consecuente de los Evangelios canónicos: y sus doctores (notablemente Eusebio de Cesarea, San Jerónimo y San Agustín) y comentadores han profesado invariablemente dicha creencia. Como se ha podido ver, es natural que se esperen variaciones en cuatro distintos, y de cierto modo independientes, relatos de las palabras y obras de Cristo, de modo que su presencia, en lugar de ir contra, ayudan al valor substancial de las narrativas evangélicas. De entre las varias respuestas que han sido dadas a las alegadas contradicciones de los Evangelistas, simplemente mencionamos lo siguiente: Muchas veces las variaciones se deben al hecho de que no se está describiendo el mismo evento, sino uno diferente, o se registran dos dichos diferentes, en los pasajes paralelos de los Evangelios.
Otras veces, como es a menudo el caso, las supuestas contradicciones, cuando se examinan de cerca, resultan ser simplemente diferencias naturalmente impuestas, y por lo tanto relatadas de forma diferente, por los métodos literarios de los autores sagrados, y más particularmente, por el propósito respectivo de los evangelistas de exponer las palabras y obras de Cristo. Por último, y de modo más general, los Evangelios deben ser tratados manifiestamente con la misma imparcialidad y equidad que se usan invariablemente con otros registros históricos.

Para tomar prestado un ejemplo de la literatura clásica, las “Memorias” de los Apóstoles son tratadas (por los no creyentes) por un método que ningún crítico aplicaría a las “Memorias” de Xenofonte. El estudioso (racionalista) admite la veracidad de los diferentes retratos de Sócrates que fueron dibujados por el filósofo, el moralista y el hombre de mundo, y los combina en un instinto figura con una vida noble, medio escondida, medio revelada, según la vieron los hombres desde diferentes puntos de vista; pero él a menudo parece olvidar su arte cuando estudia los registros de la vida del Salvador. Por lo tanto es que las diferencias superficiales son desligadas del contexto que las explica. Se alega como objeción que narraciones paralelas no son idénticas. La variedad de detalles se considera discrepancias.
 Falta evidencia que pueda armonizar las narrativas aparentemente discordantes; pero la experiencia muestra que es tan irreflexivo negar la posibilidad de reconciliación como fijar el método exacto por el cual puede ser redactado. Si como regla general podemos seguir la ley que regula las peculiaridades características de cada evangelista, y ver en qué modo ellos responden a diferentes aspectos de una misma verdad, y combinan elementos complementarios en la completa representación de ella, podemos estar satisfechos de asentir en la existencia de algunas dificultades que al presente no admiten una solución exacta, a pesar de que pueden ser una consecuencia necesaria de esa independencia de los Evangelios que, en otros casos, es la fuente de su poder unido.” (Westcott)


Bibliografía: Autores católicos: MEIGNAN, Les Evangiles et la Critique (París, 1870); FILLION, Introd. gén. aux Evangiles (París, 1888); TROCHON ET LESÉTRE, Introd. à l'Ecriture sainte, III (París, 1890); BATIFFOL, Six leçons sur les Evangiles (París, 1897); CORNELY, Introd. sp. (París, 1897); JACQUIER, Hist. des Liv. du N. T., II (París, 1905); VERDUNOY, L'Evangile (Paris, 1907); BRASSAC, Manuel biblique, III (Par+is, 1908).

No-Católicos: WESTCOTT, Introducción al Estudio de los Evangelios (Nueva York, 1887); WILKINSON, Cuatro conferencias sobre la Historia Primitiva de los Evangelios (Londres, 1898); GODET, Introd. Al Nuevo Testamento. (tr. Nueva York, 1899); ADENEY, Introducción Bíblica (Nueva York, 1904)

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