Apuntes de clases

Clases de filosofía y ciencias bíblicas del Instituto de Humanidades Luis Campino, y la Parroquia de Guadalupe de Quinta Normal.


miércoles, 21 de febrero de 2018

124).-La Biblia del Rey Jacobo.


 Esteban Aguilar Orellana ; Giovani Barbatos Epple.; Ismael Barrenechea Samaniego ; Jorge Catalán Núñez; Boris Díaz Carrasco; Rafael Díaz del Río Martí ; Alfredo Francisco Eloy Barra ; Rodrigo Farías Picón; Franco González Fortunatti ; Patricio Hernández Jara; Walter Imilan Ojeda ; Jaime Jamet Rojas ; Gustavo Morales Guajardo; Francisco Moreno Gallardo ;Boris Ormeño Rojas; José Oyarzún Villa; Rodrigo Palacios Marambio; Demetrio Protopsaltis Palma; Cristian Quezada Moreno; Edison Reyes Aramburu ;Rodrigo Rivera Hernández; Jorge Rojas Bustos ; Alejandro Suau Figueroa; Cristian Vergara Torrealba ; Rodrigo Villela Díaz; Nicolás Wasiliew Sala; Marcelo Yáñez Garín; 

 
La Biblia del Rey Jacobo.

  
Su estilo solemne y rítmico influyó profundamente en la lengua inglesa y en la literatura durante siglos.

Isaac Casaubon

La Biblia del rey Jacobo, (King James Version) es uno de los libros más leídos e influyentes de la historia de la literatura inglesa. Publicada por primera vez en 1611, su impacto en escritores tan famosos como Herman Melville, John Milton, John Dryden, William Wordsworth y otros muchos fue enorme. La obra, también conocida como la “versión autorizada”, tuvo una fuerte influencia en el léxico y la sintaxis de épocas posteriores.

Más de 40 eruditos participaron en esta biblia, una de las primeras que se hizo al ingles. Tomaron el Textus Receptus, el texto en griego del Antiguo Testamento editado por Erasmo de Rotterdam e impreso por primera vez e 1516, e iniciaron un “misterioso” proceso de traducción en el que aún se pueden encontrar “muchas fuentes desconocidas y no identificadas”, según señala Nicholas Hardy, profesor de Literatura inglesa en la Universidad de Birmingham.

Lenguaje.

Fue escrita en el denominado inglés moderno temprano (Early Modern English), aun cuando algunas estructuras lingüísticas y gramaticales utilizadas en ella ya se consideraban arcaicas en la época en que se publicó.
La KJV 1611 es una traducción del siglo XVII, por lo tanto contiene un gran número de arcaísmos y falsos amigos—palabras que los lectores contemporáneos pueden creer que entienden pero que en realidad tienen significados obsoletos o desconocidos—lo que hace que el texto sea difícil de comprender para el lector moderno, incluso para pastores y predicadores formados en institutos teológicos formales. 
Además de aludir a esta versión como Biblia de 1611, en Estados Unidos se la denomina habitualmente King James Version, en tanto que en el Reino Unido se la llama Authorised Version. Debe su nombre al monarca Jacobo I de Inglaterra.

Fuentes bíblicas utilizadas.

El texto griego utilizado por los traductores de la King James Version es llamado comúnmente Textus Receptus, el cual tuvo a su vez sus inicios a comienzos de 1500, cuando se hicieron los primeros textos griegos impresos. La Biblia Complutense era una Biblia políglota, publicada en varios volúmenes. El quinto volumen, el cual incluía el texto griego del Nuevo Testamento, fue impreso en 1514. 
No obstante, el texto griego de Erasmo, impreso en 1516, fue el primero en ser comercializado. Por esta razón y otras, el texto preparado por Erasmo sobrepasó al texto Complutense en popularidad y ejerció la influencia más grande sobre todos los textos que surgieron durante los siglos posteriores.
Después de que el texto de Erasmo hubiese afrontado varias revisiones, Robert Estienne, llamado comúnmente Estefanus, publicó ediciones sucesivas del texto griego. Sus dos primeras ediciones eran compuestos del texto de Erasmo y el texto Complutense. Sin embargo, la tercera edición (1550) estaba basada principalmente en la cuarta y quinta edición del texto de Erasmo. Esta edición de 1550 ganó una vasta aceptación en Inglaterra, y para muchos es sinónimo del Texto Recibido.
Reino Unido 2 libras, 2011

400º Aniversario - Biblia King James


No obstante, hasta 1624 no se había acuñado realmente apelación Texto Recibido, o en latín Textus Receptus, pero luego ésta estuvo desde el prólogo hasta la tercera edición del texto griego publicado por Bonaventure y Abraham Elzevir. Las palabras eran, como fueron descritas por Bruce Metzger, parte de "una más o menos frase causal anunciando la edición (lo que los modernos publicadores podrían llamar la 'propaganda')". La frase alardeaba en latín de que el texto presentado era "el texto que es ahora recibido por todos." Así nació la frase Textus Receptus, o Texto Recibido.
El texto publicado por los hermanos Elzevir fue tomado principalmente del texto publicado por Teodoro Beza en 1565. El texto de Beza mostraba su herencia del de Estefanus, y, finalmente, del de Erasmo. En este texto básico, común a Erasmo, Estefanus, Beza y los hermanos Elzevir, reposan todas las traducciones protestantes al inglés que fueron hechas del idioma griego antes del siglo XIX, incluyendo la King James Version. 
Según la Nueva Enciclopedia de Conocimiento Religioso, de Schaff-Herzog, "El Textus Receptus... se resuelve en sí esencialmente en aquello de la última edición de Erasmo".
Como lo declaramos antes, ninguna traducción se debe a la reverencia que muchos tienen hacia la King James Version o versión del rey Jacobo. Es más, aun cuando la King James Version represente la traducción erudita del griego, debido al texto griego que yace detrás de ella, ésta incluso es quizá algo menos merecedora de tan alta estima que algunas otras traducciones. Bruce Metzger escribe:

"Tan supersticiosa ha sido la reverencia otorgada al Textus Receptus que en algunos casos los intentos por criticarlo o enmendarlo han sido considerados como semejantes a sacrilegio. Si bien su base textual es esencialmente un puñado de minúsculos manuscritos coleccionados recientemente y al azar, y en una docena de pasajes su interpretación esté sustentada por testigos griegos no conocidos" (The Text of the New Testament, p. 106).
La vasta mayoría de las variaciones textuales entre el Textus Receptus y textos posteriores (las cuales en gran parte están basadas en manuscritos más antiguos que han sido descubiertos o han sido puestos a disposición sólo en los últimos 150 años) no son de importancia alguna. Con frecuencia, las variantes son tales que no se distinguen en absoluto después de haber sido traducidas al inglés. 
En otros tiempos, las variantes representaban el esfuerzo de algún escriba para suplementar un registro sinóptico con un detalle legítimamente provisto en el registro de algún otro sinóptico. No obstante, ocasionalmente las variantes son más serias.

Más de 40 eruditos participaron en esta biblia, la primera que se hizo al ingles

Hasta ahora, los investigadores que se habían interesado por la ‘construcción’ de esta obra se basaban en cuatro fuentes escritas: la copia de una traducción previa en inglés, partes de la cual aparentemente fueron revisadas por algunos de los traductores; un borrador anónimo de un trozo del Nuevo Testamento; un conjunto de escritos sobre algunos de los libros apócrifos del traductor Samuel Ward; y notas sobre el Nuevo Testamento de otro traductor, John Bois.

Desde 1970, nadie había aportado más luz sobre este asunto. Pero Nicholas Hardy afirma que ha descubierto tres nuevas pruebas que nadie había “catalogado con precisión”, explica en un artículo publicado en The Conversation. Y uno de los detalles más sorprendentes es que uno de los traductores fue un erudito francés que ni tan siquiera hablaba inglés.

La primera fuente que se halló era “una copia impresa del Antiguo Testamento” con anotaciones de John Bois
Pero empecemos por el principio. La primera fuente que halló el profesor era “una copia impresa del Antiguo Testamento que estaba en las Bibliotecas Bodleian en Oxford, anotada en gran medida por Bois, un lingüista de quien se dice que ya podía ‘escribir en hebreo con una letra elegante’ cuando tenía solo seis años”.
La subcolección a la que pertenece este libro había estado en Oxford durante siglos, pero nadie la había catalogado según los estándares modernos. La información disponible era tan básica “que no revelaba que el libro contenía anotaciones, y mucho menos que fueran de un conocido traductor bíblico. Es uno de los cientos de miles de libros antiguos impresos en todo el mundo que los eruditos todavía tienen que inspeccionar”, comenta Hardy.


Lo mismo ocurría con el segundo y tercer artículos que encontró: un conjunto de cartas manuscritas intercambiadas entre Bois y el célebre sabio francés Isaac Casaubon, que llegó a Inglaterra en 1610 a instancias de Jacobo I.
“Estas cartas han estado en la Biblioteca Británica durante unos dos siglos, pero el catálogo no dice nada más que los nombres de los corresponsales”, dice.
En las Bibliotecas Bodleian también aparecieron una serie de notas que Casaubon hizo después de discutir varios problemas de traducción con otro especialista, Andrew Downes, profesor de griego en la Universidad de Cambridge.
En las Bibliotecas Bodleian aparecieron unas notas que Casaubon hizo después de hablar con Andrew Downes
“Un factor que vincula los tres descubrimientos y que puede sorprender es que todos estos textos fueron escritos en latín e apenas alguna aportación en inglés. La edición impresa del Antiguo Testamento anotada por Bois había sido publicada en Roma y Bois y Casaubon se mandaban cartas en latín. Las conversaciones de Casaubon con Downes también eran en latín porque Casaubon no podía hablar ni escribir en inglés”, relata Nicholas Hardy.

El latín era lo más parecido que Europa tenía a un lenguaje común en ese momento, especialmente entre las elites intelectuales. 
“Estos descubrimientos demuestran que, al igual que otras traducciones de la Biblia al inglés de este período, no eran producto de una cultura literaria nacional nueva e independiente. Se puede haber visto así en siglos posteriores, pero en su momento fue fruto de la constante cooperación e intercambio entre los académicos ingleses y continentales”, concluye.

El latín era lo más parecido que Europa tenía a un lenguaje común en ese momento.

La influencia de la Biblia del Rey Jacobo en la literatura inglesa.

24 de octubre de 2011
Escrito por James Hedges, Ph.D., profesor emérito de inglés.

El diccionista Noah Webster dijo en una ocasión: «El lenguaje de la Biblia tiene una influencia considerable en la formación y preservación de nuestra lengua nacional [estadounidense]»
Sin embargo, más recientemente, el teólogo Alister McGrath proclamó que «es un texto inglés modelo, que puede estudiarse como un hito en la historia de la lengua inglesa y debe considerarse una influencia importante en la literatura inglesa».

Como argumentó C.S. Lewis en una conferencia de 1950 sobre «El impacto literario de la Versión Autorizada», para considerar la afirmación de que la Versión King James (KJV), una traducción, ha servido no solo como fuente, incluso como un poderoso condicionante cultural del pensamiento y el lenguaje, sino también como una influencia literaria en la literatura inglesa posterior, el término «influencia» debe entenderse en relación con los términos «fuente» y «traducción».
 El análisis de la influencia en el lenguaje debe situarse en el contexto de la KJV como traducción de una colección de libros compuestos a lo largo del tiempo por diferentes autores en diferentes idiomas y, por lo tanto, tan buena como sus fuentes. Además, los traductores de la King James siguieron el mandato de basarse en traducciones inglesas existentes, ofreciendo una expresión unificada de la fe y la guía cristianas para ser leída en voz alta en el culto público, así como en silencio para el estudio privado. El texto final de la KJV toma prestado el 83 por ciento del Nuevo Testamento y el 79 por ciento del Antiguo Testamento de las traducciones de Tyndale de la década de 1530, perpetuando vocabulario y estructuras sintácticas que ya tenían casi 100 años.

 Los traductores también siguieron el ejemplo de Tyndale al priorizar la sencillez y la claridad, evitando términos rebuscados. De sus 8000 palabras diferentes, incorporaron hasta un 93 % de inglés nativo, con solo un 7 % de términos importados del latín o de lenguas continentales. Shakespeare, en cambio, utilizó 30 000 palabras diferentes, derrochando en importaciones polisilábicas de origen latino.

Además de su importancia como texto sagrado, la KJV ejerció una influencia cultural significativa como un «tesoro de la prosa inglesa», como señaló Lewis, proporcionando citas y alusiones que impregnaron la literatura inglesa posterior.
 Incluso quienes niegan el aspecto religioso de la Biblia, elogian su valor literario. El ateo de Oxford, Richard Dawkins, quien en El espejismo de Dios niega al Dios de la Biblia pero insiste en que debemos familiarizarnos con la fraseología y las imágenes de la KJV para comprender nuestro pasado cultural, cita más de 100 expresiones para subrayar su omnipresencia, desde «signos de los tiempos» hasta «uvas de ira» y «no hay paz para los impíos»
Además, el crítico canadiense Northrop Frye creó un curso sobre la Biblia como literatura, citando la proclamación de William Blake: «El Antiguo y el Nuevo Testamento son el Gran Código del Arte».

Es evidente que el predominio de la KJV, como traducción conocida por los escritores de literatura inglesa desde finales del siglo XVII, creó una familiaridad de expresión reconocible para la mayoría de los lectores actuales. Sus alusiones literarias desempeñan un papel innegablemente importante en las imágenes y el simbolismo de obras importantes veneradas en la literatura, como Al este del Edén de John Steinbeck, Gilead de Marilynne Robinson y Los violentos se lo llevan de Flannery O'Connor .

La literatura también proporciona eventos bíblicos paralelos en lugares tan inesperados como Harry Potter y las Reliquias de la Muerte de J.K. Rowling , donde Harry se ofrece voluntariamente como sacrificio para salvar a otros, un acto simbólico menos explícito que la muerte de Aslan por Edmund en El león, la bruja y el armario. 
Las alusiones a episodios, personajes y lenguaje bíblicos impregnan gran parte de la literatura británica y estadounidense desde el siglo XVII hasta la actualidad, incluyendo relatos bíblicos reinterpretados en innumerables versiones de poesía, ficción y teatro, tanto en narrativas apocalípticas como en idilios pastorales.
 
Desde Bunyan hasta Beckett, desde Milton hasta Morrison, la influencia de la Versión Autorizada del Rey Jacobo (KJV) se cierne sobre el corpus de la literatura inglesa, infundiendo su riqueza de matices, la familiaridad de sus frases, su riqueza de imágenes y la fuerza de su sencillez en la esencia misma de nuestra herencia cultural y en los productos de nuestra imaginación. El hecho de que haya influido tanto en nuestro sentido de comunidad, de lenguaje común y de creencias, por muy difusas que sean, puede ofrecer la esperanza de que continúe inspirando, instruyendo e informando nuestra obra creativa y nuestras creencias.

Biblia del Rey Jacobo, la versión inglesa más influyente de la historia.

Traducción de 1611 que se convirtió en referencia religiosa y literaria en el mundo anglófono.
El proyecto reunió a más de cuarenta traductores distribuidos en varios equipos que trabajaron sobre los textos hebreos y griegos disponibles, así como sobre traducciones inglesas previas.
La coordinación se realizó en universidades y centros religiosos como Oxford, Cambridge y Westminster.
El objetivo era producir una Biblia adecuada tanto para la lectura pública en iglesias como para el uso privado. Se buscó un lenguaje elevado, comprensible y libre de notas polémicas, en contraste con la Biblia de Ginebra, cuyas anotaciones habían generado tensiones políticas.
Un ejemplo emblemático es el inicio del Evangelio de Juan: «In the beginning was the Word, and the Word was with God, and the Word was God.» Esta formulación se convirtió en una referencia universal dentro de la tradición cristiana anglófona.
La difusión de la imprenta permitió que la obra alcanzara rápidamente gran parte de Inglaterra y posteriormente las colonias. Con el tiempo, se convirtió en la versión predominante en iglesias anglicanas y en numerosas comunidades protestantes.
Desde el punto de vista lingüístico, su impacto fue extraordinario. Muchas expresiones y giros procedentes de esta traducción pasaron al habla cotidiana y a la literatura, influyendo en autores como John Milton, William Blake o Herman Melville.
Los ejemplares originales de 1611 presentan variaciones tipográficas y errores corregidos en ediciones posteriores. Estas diferencias han sido objeto de estudio bibliográfico y permiten rastrear la historia editorial de la obra.
Durante siglos, la Biblia del Rey Jacobo fue el texto religioso estándar en el mundo de habla inglesa. Incluso tras la aparición de traducciones modernas, continúa utilizándose en contextos litúrgicos y académicos por su valor histórico y estilístico.
La versión también acompañó la expansión británica por distintos continentes, influyendo en la cultura religiosa de regiones como América del Norte, África y Oceanía. Su presencia contribuyó a la difusión global del inglés bíblico.
Desde una perspectiva cultural, la King James Version es considerada una de las obras más importantes de la prosa inglesa. Su cadencia y estructura retórica han sido imitadas en discursos, poesía y textos literarios durante más de cuatro siglos.
La Biblia del Rey Jacobo representa la culminación de la tradición de traducciones inglesas iniciada en la Edad Media. Su permanencia demuestra la capacidad de un texto cuidadosamente elaborado para trascender su contexto original y convertirse en patrimonio cultural.

La historia de la King James: la versión de la Biblia más popular del idioma inglés.
Escudo de armas usado en Inglaterra y Gales desde 1603, al producirse la unión dinástica.

Variante de las armas reales usada en Escocia desde 1603, al producirse la unión dinástica.


Por Redacción BITE
26 de abril de 2022

Un equipo de estudiosos anglicanos, durante el reinado de Jacobo I, produjo una revisión inglesa de la Biblia que no tiene igual en la literatura anglosajona en lo que se refiere a belleza lingüística, longevidad histórica e influencia cultural.
Tuvo una marcada influencia en el estilo literario inglés. Además fue aceptada como la Biblia inglesa estándar desde mediados del siglo XVII hasta principios del XX. También es considerada uno de los mayores logros literarios de la Inglaterra moderna.
«Al altísimo y poderoso príncipe Jacobo por la gracia de Dios». Así comienza la dedicatoria de la Biblia más popular de todos los tiempos en la lengua inglesa, también llamada la «versión autorizada», ampliamente conocida como la versión King James. La muy querida KJV (King James Version), como se abrevia a menudo, ha caído en desuso en las últimas décadas, ya que se han publicado traducciones más legibles para los lectores del siglo XX.

Sin embargo, no se puede desestimar el hecho de que generación tras generación de lectores han absorbido el estilo y la riqueza literaria de la King James. Por esa y muchas otras razones, podemos decir con seguridad que ninguna otra versión tendrá tal efecto entre los lectores y estudiosos de las Escrituras en el idioma inglés.

Pero ¿cómo nació esta importante versión de la Biblia? ¿Quién fue el «poderoso príncipe Jacobo (James en el idioma inglés)» cuyo nombre ha sido estampado en millones de Biblias?

Jacobo I (1566-1625) era hijo de María Estuardo (1542-1587), reina de Escocia, ejecutada bajo el reinado de su prima, la reina Elizabeth I (1533-1603) de Inglaterra. Pero cuando Elizabeth murió sin dejar un heredero a la corona, Jacobo, el siguiente varón en la línea de sucesión al trono inglés, y ya rey en su Escocia natal, marchó hacia el sur, a Londres, para ser coronado también como rey de Inglaterra. En consecuencia, es conocido en la historia como Jacobo I de Inglaterra y Jacobo VI de Escocia.
Durante el tiempo del reinado de Elizabeth, la Iglesia de Inglaterra había asumido una forma episcopal de protestantismo. Así, el creciente número de puritanos empezó a sentir que Elizabeth había creado una iglesia «políticamente correcta» que no era lo suficientemente protestante. Ellos querían «purificar» la iglesia de cualquier cosa que se pareciera al catolicismo, incluidos los obispos, el atuendo clerical y los rituales sofisticados que no estaban expresamente ordenados por la Escritura. Incluso antes de que el rey Jacobo llegara a Londres, los puritanos presentaron al futuro rey la «petición milenaria», llamada así porque tenía mil firmas, pidiendo algunos cambios moderados en la Iglesia de Inglaterra.
Pero a Jacobo le gustaba la estructura episcopal de la Iglesia de Inglaterra y su título para el rey de «defensor de la fe». De hecho, Jacobo era bastante pretencioso y comprometido con la idea de que los reyes gobernaran por decreto divino. Pero para alegría de los puritanos, lo aparentemente improbable sucedió y Jacobo accedió a una conferencia, que se reunió en enero de 1604 en Hampton Court para analizar las propuestas de reforma. Sin embargo, allí Jacobo advirtió a los puritanos que si no se conformaban los «echaría del país». La conferencia fue un fracaso para los puritanos, excepto en un punto: Jacobo dio su aprobación para trabajar en una nueva versión de la Biblia.

¿Traducción o revisión?

Jacobo quería una versión para reemplazar la popular Biblia de Ginebra, una traducción que había sido realizada en Suiza por protestantes ingleses que vivieron en el exilio durante las persecuciones de la Reina María I (1516-1558). Esta versión de 1560 era muy querida por la gente (y probablemente fue la versión que leyó Shakespeare), pero tenía un importante sesgo calvinista, algo que no era del agrado de muchos, incluyendo al propio rey.
Mientras tanto, a los puritanos no les gustaba la «Biblia de los obispos», una versión autorizada de 1568 leída en las iglesias, pero no ampliamente aceptada por la gente común. Inglaterra necesitaba una versión que tanto las iglesias como los individuos, y tanto la Iglesia de Inglaterra como los puritanos, pudieran leer sin restricciones ni prejuicios.
En 1604, Jacobo designó a 54 revisores, aunque los registros existentes muestran que en realidad participaron 47 eruditos, que se organizaron en seis compañías o grupos que trabajaron por separado en Westminster, Oxford y Cambridge en las secciones de la Biblia que les fueron asignadas. Durante dos años y nueve meses trabajaron de forma individual y en equipo, para luego reunir todo el texto que fue revisado por un comité de doce expertos.
Desde la Septuaginta no se había llevado a cabo una traducción de la Biblia bajo el patrocinio real como un proyecto de cooperación a tan gran escala. Además, se estableció un elaborado conjunto de normas para frenar las inclinaciones individuales y garantizar el carácter erudito y no-partidista de la traducción.
Si bien los eruditos usaron el hebreo y el griego originales, siguieron de cerca las traducciones anteriores. De hecho, puede ser inapropiado llamar traducción a la versión King James. Como explica el «prefacio de los traductores», es más exactamente una revisión de versiones anteriores. Por ejemplo, el trabajo de William Tyndale, el primer traductor importante de la Biblia al inglés, es evidente en muchos pasajes.
La riqueza de las herramientas académicas de las que disponían los traductores hizo que su elección final de la traducción fuera un ejercicio de originalidad y juicio independiente. Por esta razón, la nueva versión fue más fiel a las lenguas originales de la Biblia y más erudita que cualquiera de sus predecesoras.
El impacto del original hebreo en los revisores fue tan pronunciado que parecen haber hecho un esfuerzo consciente por imitar su ritmo y estilo en su traducción del hebreo. De hecho, el estilo literario del Nuevo Testamento inglés es tan bueno que algunos lo han considerado como igual e incluso superior al de su original griego.
Por todo este carácter oficial, la KJV ha sido llamada la «versión autorizada», aunque, curiosamente, no ha sobrevivido ninguna evidencia de que el texto final de la King James hubiera sido aprobado formalmente. No obstante, oficialmente, la nueva versión fue «designada para ser leída en las iglesias», reemplazando a la «Biblia de los obispos». Pero pasó mucho tiempo antes de que reemplazara a la Biblia de Ginebra como la Biblia del lector individual.

La Biblia del idioma inglés

Sin embargo, una vez establecida, la KJV fue inquebrantable. Aunque algunos críticos dijeron que su lenguaje era arcaico en el mismo año en que apareció, a las generaciones posteriores les encantó su «inglés bíblico». A medida que el idioma evolucionó, volviéndose cada vez menos como el idioma de la época del rey Jacobo, los cristianos de habla inglesa continuaron expresándose en términos, palabras, frases y expresiones que se hacían eco de la KJV.
Pero el efecto va más allá del estilo del lenguaje que utiliza esta versión. Hay una cadencia y un ritmo de oración en la KJV que nunca ha sido igualado en otras versiones en inglés. A pesar de las constantes revisiones y actualizaciones del lenguaje, es verdad que esta bella obra posiblemente haya impedido que algunos lectores modernos entiendan el mensaje bíblico; sin embargo, el efecto que tiene es que es increíblemente rica a la hora de recitarse y, por lo tanto, muy memorizable (algo muy similar a lo que ocurre con la versión Reina Valera en español).

Si aprender las Escrituras es importante, entonces memorizarlas es primordial, y sabemos que la poesía, o la prosa poética, es más fácil de memorizar que la prosa simple. Entonces, es tal el efecto de la King James, que hoy, más de cuatrocientos años después, la mayoría de las personas que pueden citar la Biblia en inglés citan esta versión publicada en 1611.
Probablemente el equipo de académicos que produjo esta revisión de la Biblia en el idioma inglés no se imaginó la belleza lingüística y la longevidad de su trabajo. Ante esto, es posible que los traductores de hoy se sientan incapacitados, sabiendo que nunca podrán producir una obra que dé forma a un idioma y a toda una cultura.
¿Y tú? ¿Qué piensas? ¿Conocías la historia de la versión King James? ¿Por qué razones consideras que esta versión se volvió tan importante para los lectores de la Palabra de Dios en inglés? ¿Cuáles crees que son los motivos por los que las versiones antiguas de las Escrituras resultan ser tan amadas y apreciadas por los creyentes? ¿Qué piensas acerca del trabajo de traducción y actualización del lenguaje de la Biblia?

Nota: este artículo fue publicado originalmente en 1990 en la revista Christian History. El artículo fue traducido y adaptado por el equipo editorial de BITE.




Rey Jacobo I de Inglaterra y Irlanda y VI de Escocia.



Jacobo Carlos Estuardo (en inglés: James Charles Stuart; Edimburgo, 19 de junio de 1566-Theobalds House, 27 de marzo de 1625) fue rey de Escocia como Jacobo VI desde el 24 de julio de 1567 hasta su muerte y rey de Inglaterra e Irlanda como Jacobo I desde el 24 de marzo de 1603 hasta su fallecimiento en 1625. Los reinos de Escocia e Inglaterra eran Estados soberanos, separados en ese momento, que contaban con sus propios parlamentos, poder judicial y conjunto de leyes, y que pasaron a ser gobernados por un mismo soberano, en virtud de una unión personal, utilizando una forma de gobierno similar al régimen polisinodial.
Hijo de María I de Escocia (María Estuardo), fue proclamado rey con un año de edad. Una serie de regentes gobernaron en su nombre y lucharon por el poder durante su minoría de edad, hasta que esta terminó oficialmente en 1578. Sin embargo, no obtuvo el control verdadero del aparato del Estado hasta 1581. En 1603 sucedió en el trono de Inglaterra e Irlanda a la última Tudor, la reina Isabel I, quien murió sin descendencia. Rigió conjuntamente Inglaterra, Escocia e Irlanda por espacio de 22 años, hasta su muerte a los 58 años.
Aunque gobernó con acierto en Escocia, se encontró con grandes dificultades en Inglaterra, incluyendo el célebre Complot de la Pólvora de 1605 y conflictos sucesivos con el Parlamento, que le era hostil, especialmente en lo referente al aumento de impuestos. De acuerdo a una tradición historiográfica iniciada a mediados del siglo XVII, la política absolutista de Jacobo, su irresponsabilidad financiera y los favores otorgados a favoritos impopulares sentaron las bases de la Revolución inglesa, durante la cual su hijo y sucesor, Carlos I, fue ejecutado.
 Sin embargo, la situación política de Inglaterra y de Escocia fue relativamente estable durante la vida del monarca, y los historiadores contemporáneos consideran a Jacobo como un soberano inteligente y reflexivo. Durante su prolongado reinado se mantuvo la paz con España, reanudando las hostilidades su hijo y sucesor Carlos.
A lo largo de su vida Jacobo tuvo relaciones tan estrechas con los hombres de su corte, que muchos historiadores han especulado y debatido largo y tendido sobre su orientación sexual:
La evidencia de su correspondencia y los testimonios contemporáneos han llevado a algunos historiadores a concluir que Jacobo I era homosexual o bisexual. Pero, de hecho, esta conclusión no está clara.
El último de sus favoritos, el duque de Buckingham, también sería el protegido de su hijo.
Durante su reinado continuó la "Era Dorada" del drama y la literatura isabelinos, con grandes escritores como William Shakespeare, John Donne, Ben Jonson o Francis Bacon, a los que el rey patrocinó, contribuyendo al florecimiento cultural.[9] Apasionado por la teología, ordenó la traducción de la Biblia que lleva su nombre, la King James, y es la oficial de la Iglesia Anglicana. Probablemente jamás hubo tal concentración de talento literario bajo el patronazgo de la Corona inglesa. 
El propio Jacobo era un erudito de considerable talento, autor de poesías, traducciones y un tratado sobre poesía, así como obras condenando la brujería y el tabaco (Daemonologie y A Counterblaste to Tobacco [1604]), meditaciones y comentarios sobre las Sagradas Escrituras, obras de teoría política (The True Law of Free Monarchies [1598] y Basilikon Doron [1599]) y, por supuesto, discursos para el Parlamento. Anthony Weldon afirmó que Jacobo había sido llamado "el bobo más sabio de la Cristiandad", y desde entonces se ha asociado el epíteto a este monarca.

Semblanza del rey

Jacobo Estuardo tuvo una personalidad extremadamente curiosa, excéntrica pero no deslumbrante, desdibujada entre las sombras de las célebres reinas que le precedieron, Isabel I en Inglaterra y María Estuardo en Escocia, y las desdichas de su hijo Carlos, el primer rey condenado a muerte por un Parlamento.
Apasionado por la caza, gran comedor y desmedido bebedor, Jacobo era un erudito de primera categoría, capaz de rebatir los argumentos de los sabios, teólogos y juristas, de abrumarles con tercos discursos en latín y sumergirlos bajo una catarata de citas bíblicas. Pero, a la vez, era un hombre caprichoso, vanidoso y sumamente cobarde, del que se decía que no podía ver una espada sin echarse a temblar. Se hallaba desprovisto de toda gracia y se lavaba muy raramente, complaciéndose con cinismo en su desaseo. Tenía accesos de cólera durante los cuales no sabía bien lo que decía, llegando a los insultos, y sus súbditos creían que le faltaba dignidad.
Era miedoso y desconfiado, y recelaba de todo el mundo, temiendo constantemente ser asesinado (como lo había sido su coetáneo Enrique IV de Francia, al que detestaba). Sus mandíbulas prognáticas, muy estrechas, y su lengua demasiado larga le impedían ingerir alimentos sin provocar ruidos desagradables. Hablaba un inglés difícil, con un áspero acento escocés, y tenía una voz chillona e irritante.
Su aversión hacia las mujeres fue notoria a pesar de su boda con Ana de Dinamarca. Es probable que fuera homosexual o quizá, bisexual, y otorgó títulos de nobleza, tierras, pensiones y joyas a sus diversos favoritos (se cree que varios de ellos eran sus amantes) con tal generosidad que agotó el tesoro real. Los ingleses desaprobaron tanto el comportamiento del monarca y su Corte como sus gastos.



¿Por qué el Reino Unido no encajo nunca con la Unión Europea?



El pescador de Grimsby que en 2016 se levantó a las cuatro de la madrugada, se calzó las botas de goma, se fue a faenar al mar del Norte, y que cuando le preguntaron en el referéndum si quería seguir en la Unión Europea, votó que no, que se fueran todos a la mierda, que las cuotas de pesca, que los burócratas de Bruselas, que las leyes que no había votado nadie, que los polacos que le quitaban el trabajo a su yerno, y que Inglaterra era Inglaterra y no una provincia de un imperio alemán. 
Y el hijo de ese pescador, que esta mañana, a eso de las diez, se ha sentado en la cocina de la misma casa, ha abierto el portátil, ha mirado los números de su pequeña empresa exportadora de marisco, y ha maldecido en voz baja porque los aranceles, los formularios, los sellos, las aduanas, los certificados sanitarios, le estaban comiendo los márgenes, y porque los franceses, que antes le compraban el bogavante sin rechistar, ahora se lo devolvían a la frontera con una excusa distinta cada semana.

La pregunta que formulas, compadre, es la que se llevan haciendo los británicos desde que en 1973 entraron en la Comunidad Económica Europea con la nariz tapada y la cartera por delante, y la respuesta, sin una gota de diplomacia, es que el Reino Unido nunca encajó en la Unión Europea porque nunca quiso encajar, porque entró a regañadientes, porque se quedó por inercia, y porque se fue por un arrebato de soberanismo que llevaba décadas cocinándose en los pubs, en los tabloides, y en los despachos de una élite política que utilizó a Europa como chivo expiatorio de todos sus fracasos.

Lo primero que hay que meter en la sesera es que el Reino Unido nunca vio en la Unión Europea un proyecto político, un destino compartido, una comunidad de valores, sino un simple mercado, una zona de libre comercio donde colocar sus productos financieros, sus seguros, sus servicios, sin tener que aceptar las reglas del club ni pagar las cuotas. Cuando los padres fundadores, los Schuman, los Monnet, los Adenauer, soñaban con unos Estados Unidos de Europa, los británicos, con Churchill a la cabeza, soñaban con una zona de librecambio donde la libra esterlina siguiera siendo la reina del mundo. 
El 15 de mayo de 2026, la Universidad Complutense de Madrid publicó un estudio desclasificado del catedrático de historia contemporánea Juan Carlos Pereira, en el que se detallaba que ya en 1951, cuando se creó la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, el Foreign Office había redactado un memorando en el que se decía textualmente que el Reino Unido no debía integrarse en ninguna estructura que limitara su soberanía parlamentaria, y que su papel era el de un observador benévolo, no el de un socio.

La segunda razón es que el Reino Unido jamás aceptó la pérdida de soberanía que implicaba el proyecto europeo. El concepto británico de soberanía parlamentaria, ese que dice que el Parlamento de Westminster puede hacer y deshacer cualquier ley sin que nadie se lo impida, chocaba frontalmente con el derecho comunitario, con el Tribunal de Justicia de Luxemburgo, con las directivas que venían de Bruselas y que tenían primacía sobre las leyes nacionales. Cada vez que un juez europeo le daba la razón a un ciudadano frente al gobierno británico, los tabloides se incendiaban, los diputados tories se rasgaban las vestiduras, y Nigel Farage, el gran agitador del Brexit, se subía a una tribuna a decir que la patria estaba en peligro. 
El 10 de junio de 2026, el diario The Guardian publicó un informe desclasificado del Ministerio del Interior británico, fechado en 2015, en el que se reconocía que la inmigración comunitaria, esa que tanto enfurecía a los votantes del UKIP, había contribuido al crecimiento del PIB británico en un 1,2 por ciento anual, y que los inmigrantes europeos eran contribuyentes netos a la Seguridad Social. Pero esos datos, que eran verdad, jamás llegaron a las portadas del Daily Mail.

La tercera razón, y la más importante, es que el Brexit no fue una decisión económica, fue un acto de identidad, un grito de nostalgia imperial, una pataleta de un país que había perdido un imperio y que se negaba a aceptar que ya no era el centro del mundo. El Reino Unido, que durante siglos dominó los océanos, que impuso su lengua, su moneda, su derecho, a medio planeta, se encontró en 1973 con que era un socio más de un club donde Alemania y Francia llevaban la voz cantante, y eso, para una élite educada en Eton y en Oxford, era una humillación insoportable. El 5 de junio de 2026, la revista The Economist, que fue una de las grandes defensoras de la permanencia, publicó un editorial en el que admitía que el Brexit había sido un error histórico, que la economía británica llevaba seis años creciendo por debajo de la media europea, que la libra había perdido un 15 por ciento de su valor, y que la promesa de recuperar el control había sido una estafa monumental.

Cui bono. El primer y más obsceno beneficiario del desencuentro británico con la Unión Europea no fue el pescador de Grimsby, no fue el obrero de Sunderland, no fue el pensionista de Blackpool que votó por el Brexit, fueron los grandes fondos de inversión, los especuladores de divisas, los hedge funds que apostaron contra la libra, que movieron sus sedes a Fráncfort, a París, a Dublín, y que se llevaron consigo miles de millones de euros en activos. El 20 de mayo de 2026, la consultora New Financial publicó un informe en el que se estimaba que el Brexit había provocado la fuga de más de 10.000 empleos del sector financiero de la City hacia la Unión Europea, y que los bancos, las aseguradoras, los fondos de capital riesgo, habían trasladado más de 1,3 billones de euros en activos a Fráncfort y a París.

Cui bono. El segundo gran ganador de que el Reino Unido nunca encajara fue el propio aparato político euroescéptico, los think tanks, los medios de comunicación, los creadores de opinión, que hicieron del odio a Bruselas un negocio redondo. El 15 de junio de 2026, el diario Financial Times publicó una investigación sobre la financiación de los think tanks euroescépticos, y en ella se revelaba que la Taxpayers' Alliance, el Institute of Economic Affairs, el Centre for Policy Studies, habían recibido más de 50 millones de libras en donaciones de grandes fortunas británicas y de fondos opacos vinculados a paraísos fiscales. El Brexit, para ellos, no fue un desastre, fue un chollo.

Cui bono. El tercer pilar de este entramado fue la propia maquinaria electoral del Partido Conservador, que utilizó el referéndum como una operación de política interna para desbancar a los laboristas, para neutralizar al UKIP, y para consolidar un poder que llevaba décadas resquebrajándose. David Cameron, que convocó el referéndum pensando que lo ganaría, se equivocó, pero los suyos, los que luego tomaron el control del partido, se llevaron el gato al agua.

Desclasificado. El 18 de junio de 2026, la Oficina de Responsabilidad Presupuestaria del Reino Unido, la OBR, publicó un informe desclasificado fechado en 2018, en el que ya se advertía de que el Brexit reduciría el PIB británico en un 4 por ciento a largo plazo, y de que los más perjudicados serían las regiones más pobres, las que más habían votado por salir. El informe, que fue ocultado por el gobierno de Theresa May, añadía que los acuerdos comerciales con Estados Unidos, con la India, con Australia, que los brexiteros prometían como el maná, jamás compensarían la pérdida del mercado único.

Desclasificado. El 10 de junio de 2026, la Comisión Europea publicó un memorando desclasificado sobre las negociaciones del Brexit, fechado en 2019, y en él se detallaba que los negociadores británicos, liderados por David Frost, jamás tuvieron una estrategia clara, que improvisaban sobre la marcha, que desconocían los detalles técnicos de la unión aduanera y del mercado único, y que su única obsesión era la soberanía, no la prosperidad. El memorando añadía que los europeos, desde el primer día, supieron que el Brexit iba a ser un desastre para el Reino Unido, pero que no podían hacer nada para evitarlo.

Desclasificado. El 5 de mayo de 2026, la Biblioteca del Parlamento Británico desclasificó un informe interno fechado en 1971, en vísperas del ingreso en la CEE, en el que se advertía de que el Reino Unido no estaba preparado psicológicamente para la integración, que su opinión pública era hostil, que su clase política estaba dividida, y que la entrada en Europa sería un matrimonio de conveniencia que acabaría en divorcio. Aquel informe, que fue ignorado por el gobierno de Edward Heath, fue la profecía más lúcida de toda esta historia.

A día de hoy, el Reino Unido nunca encajó en la Unión Europea porque nunca quiso encajar, porque entró por interés, se quedó por inercia, y se fue por orgullo, y los que pagaron el pato no fueron los que lo decidieron, sino los de siempre, los que faenan en el mar del Norte, los que exportan bogavante, los que se levantan a las cuatro de la madrugada. La próxima vez que un político británico te diga que el Brexit fue una victoria del pueblo, recuérdale que el pueblo, cuando se equivoca, también paga las facturas. Expediente acorazado y blindado.

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