Apuntes de clases

Clases de filosofía y ciencias bíblicas del Instituto de Humanidades Luis Campino, y la Parroquia de Guadalupe de Quinta Normal.


sábado, 27 de marzo de 2021

259).-Platón Eutidemo o el disputador II


Platón  Eutidemo o el disputador II 


 Esperanza Mateo-Sagasta

Sócrates

¿Cómo si lo hizo? Verdaderamente sí, y de una manera admirable; he aquí cómo:

—¿Quieres, Sócrates, me dijo, que te enseñe esa ciencia, cuya indagación os da tanto que hacer, o que te haga ver que ya la posees? –¡Oh divino Eutidemo!, exclamé yo, ¿depende eso de ti? –Absolutamente, respondió. –¡Por Júpiter!, hazme ver que yo la poseo, porque será para mí esto más cómodo que tener que aprenderla a la edad que tengo. –Pues bien, respóndeme y dime: ¿sabes alguna cosa? –Sí; sé muchas cosas, pero de poca trascendencia. –Eso basta; ¿crees que entre las cosas que existen hay alguna que no sea lo que ella es? –¡Por Júpiter!, eso no puede ser. –¿No dices que tú sabes algunas cosas? –Sí. –¿No eres sabio, si sabes? –Yo soy sabio de lo que sé. –No importa, –dijo–, ¿para ser sabio no es necesario que lo sepas todo? –Ojalá, ¡por Júpiter!, puesto que son muchas más las que ignoro que las que sé. –Pero si ignoras algunas cosas, tú eres ignorante. –Sí, querido mío, lo soy de las cosas que ignoro. –Pero, sin embargo de que eres ignorante, asegurabas antes que eras un sabio; por consiguiente tú eres lo que eres, y al mismo tiempo no lo eres. –Perfectamente, Eutidemo, porque hablas de perlas; pero ¿cómo pruebas que yo poseo esta ciencia que buscamos? ¿es fundándote en que es imposible que una cosa sea y no sea al mismo tiempo?, de manera que si yo sé una cosa, es preciso que las sepa todas, porque no puedo ser a la vez sabio é ignorante, y que si yo sé todas las cosas, necesariamente poseo también esta ciencia? ¿Es así como razonáis, y es esto lo que llamáis verdadera sabiduría? –Te refutas a ti mismo, Sócrates. –Pero, Eutidemo, ¿no te ha sucedido a ti lo mismo? En cuanto a mí, nunca me quejaré de una cosa, que ocurre [331] continuamente a Eutidemo y a este mi querido Dionisodoro. Dime; ¿hay cosas que vosotros sabéis y otras que no sabéis? –No, me respondió Dionisodoro. –¿Cómo?, repliqué yo; ¿entonces no sabéis nada? –Sí. –¿Si sabéis algunas cosas, las sabéis todas? –Sí, nosotros sabemos todas las cosas, y tú las sabes igualmente, si sabes algunas. –¡Por Júpiter!, ¡qué maravilla y qué fortuna nos proporcionáis! ¿Pero los demás hombres saben todas las cosas o no saben nada? –No puede menos de haber cosas que sepan y cosas que ignoren, y que sean sabios e ignorantes, todo a la vez. –¿Qué diremos ahora nosotros?, le pregunté. –Diremos que todos los hombres saben todo, con tal que sepan una sola cosa. –¡Grandes dioses!, ahora conozco que habéis atendido a mi súplica, y que al cabo habláis seriamente; ¿pero tan cierto es que vosotros sabéis todas las cosas? ¿Seréis carpinteros, toneleros? –Sí, dijo. –¿Seréis también zapateros? –Sí, ¡por Júpiter! y también almadreñeros. –¿Tampoco ignorareis el número de los astros, ni el de los granos de arena? –A todo eso alcanza nuestro conocimiento. ¿Crees que no aspiramos a todo eso?

Ctésipo tomó entonces la palabra. –¡Oh Dionisodoro!, le dijo, hazme ver prácticamente que dices la verdad. –¿Qué experiencia exiges?, le contestó. –¿Sabes cuántos dientes tiene Eutidemo, y Eutidemo sabe cuántos tienes tú? –Bástete saber, respondió, que nosotros lo sabemos todo. –No es eso bastante; responde, siquiera una vez, para probarnos que decís verdad; y así, si nos decís fijamente uno y otro cuántos dientes tenéis, y el número es exacto, porque yo los he de contar, no dudaremos ya de vuestras palabras, y os creeremos en todo lo demás. –Sospechando ellos que Ctésipo se burlaba, no le respondieron sino con generalidades, diciendo que sabían todas las cosas. Ctésipo se daba buena prisa a dirigirles preguntas hasta sobre objetos mezquinos, persistiendo ellos [332] en responder con orgullo que lo sabían todo, lo mismo que los jabalís que se meten por el chuzo con que se les espera. Esto dio ocasión a que yo me atreviese a preguntar a Eutidemo, si Dionisodoro sabia bailar. –Eutidemo me aseguró que sí. –¿Y saltaría cabeza abajo y sobre espadas desnudas? ¿Hará la rueda? Es fuerte este ejercicio para su edad, pero ¿no posee esta ciencia? –No hay nada que ignore, respondió. –¿Hace poco que lo sabéis todo, o es de toda la vida? –De toda la vida. –¡Pero qué!, ¿desde vuestra más tierna infancia, desde que nacisteis, lo sabéis todo? –Sí, todo; respondieron ambos.

Esto nos pareció increíble, y entonces Eutidemo, dirigiéndose a mí: Sócrates, ¿no nos crees? dijo. –Me parecéis muy hábiles. –Si quieres responderme, te haré confesar a ti mismo estas cosas admirables. –Te quedaré obligado extraordinariamente, si puedes convencerme; porque habiendo ignorado hasta aquí mi ciencia, ¿qué mejor servicio puedes prestar que darme a conocer que nada ignoro, y que desde que nací he sabido todas las cosas? –Respóndeme, pues. –Consiento en ello; pregunta. –Dime, Sócrates, ¿sabes algo o no sabes nada? –Sé algo. –Eres sabio por medio de aquello que hace que tú sepas, o por alguna otra cosa? –Yo sé por medio de aquello que hace que yo sepa, es decir, de mi alma; ¿no es así? –¿Cómo te propasas, Sócrates, a interrogar, cuando eres tú el interrogado? –Confieso mi culpa, ¿y qué quieres que haga?, manda y obedeceré, aunque no sepa sobre lo que me preguntes, puesto que exiges que responda y que no interrogue nunca. –¿Entiendes lo que te pregunto? –Sí. –¿Respondes, pues, según lo que tú entiendes? –Pero, le dije, si interrogándome tienes una idea en el espíritu, y respondiéndote tengo yo otra idea, y de esta manera respondo a lo que entiendo, y no a lo que tú entiendes, ¿te darás por satisfecho? –Para mí es bastante, pero no para ti, a lo que parece. –No responderé, ¡por Júpiter!, [333] exclamé yo, sin que sepa lo que se me pregunta. –No respondes siempre según lo que piensas, porque no haces más que burlarte y decir necedades. –Al oír esto, me pareció que le desagradó que hubiese yo adivinado la ambigüedad de las palabras con que me quería envolver como en una red. Me acordé en el momento de Connos, que se enfada siempre conmigo cuando no hago lo que él quiere, y me rechaza como a un ignorante o a un imbécil. Pero, en fin, como había resuelto unirme con estos extranjeros, creí que debía obedecerles, a trueque de que no me rechazasen por testarudo. Dije, pues, a Eutidemo: si lo tienes por conveniente, hagamos lo que te parezca, como que tú conoces mucho mejor que yo las leyes de la disputa, porque eres maestro, y yo no soy más que un discípulo. Repite tus preguntas desde el principio. –Responde, pues: ¿lo que sabes, lo sabes por medio de alguna cosa o de ninguna cosa? –Lo sé por medio de mi alma. –¡Vaya un hombre que responde siempre más que lo que se le pregunta!, yo no te interrogo por qué lo sabes, sino si lo sabes por alguna cosa. –Mi ignorancia es la que me ha hecho responder más que lo que me preguntabas; pero perdóname, te responderé con exactitud, diciéndote que lo sé por medio de alguna cosa. –Lo sabes siempre por un mismo medio o tan pronto por uno como por otro? –Cuando yo sé, es siempre por medio de la cosa misma por la que yo lo sé. –¡Nunca respondes sin añadir algo!, exclamó. Pero, le contesté, es por temor de que ese siempre no nos engañe. –No digas nos engañe, sino más bien me engañe. Respóndeme: ¿sabes siempre por el mismo medio? –Siempre, puesto que es preciso quitar aquel cuando. –Siempre sabes por éste. Y como sabes siempre, hay alguna cosa que sabes por este medio, y otras que sabes por algún otro medio; ¿o bien sabes por este medio todas las cosas? –Por este medio es como yo sé todo lo que sé. –¡Otra vez has vuelto a incurrir en la [334] misma falta! –Pues bien, quitemos también aquello que yo sé. –No se quite nada, te lo suplico; no es eso lo que yo te pregunto; pero respóndeme: ¿podrías saber siempre si no supieses todas las cosas? –Eso es imposible. –Añade ahora lo que quieras; tú me has confesado que lo sabes todo. –En efecto, lo sé todo, a lo que parece, si no tienes en cuenta la frase de aquello que yo sé. –No has confesado que sabes siempre por medio de esta cosa que hace que tú sepas, sea cuando sabes, sea de cualquiera otra manera que quieras? Estás, pues, de acuerdo en que sabes siempre, y que lo sabes todo. Es cierto, por consiguiente, que siendo niño, cuando naciste, antes de nacer, y antes del nacimiento del mundo, has sabido todas las cosas, puesto que sabes siempre; y ¡por Júpiter! lo sabrás todo, y siempre, si yo quiero. –Incomparable Eutidemo, te suplico que así lo quieras, si dices verdad; pero temo que no te alcancen las fuerzas, a menos que tu hermano Dionisodoro te auxilie, porque entonces podría conseguirse eso. Sin embargo, me obligáis a que os pida la aclaración de una duda. No tengo el propósito de combatir vuestras opiniones, puesto que asegurándome que lo sé todo, casi me lo hacéis creer, máxime partiendo de vosotros, que poseéis una sabiduría que sorprende al mundo. Pero dime, Eutidemo, ¿cómo es posible que yo sostenga que sé que los hombres de bien son injustos?, ¿sé esto o no lo sé? –Lo sabes. –¿Qué? –Que los hombres de bien no son injustos. –Ha largo tiempo que sabia esto, pero no es eso lo que pregunto, sino dónde he aprendido que los hombres de bien son injustos. –Eso no lo has aprendido, replicó Dionisodoro. –Luego yo no lo sé.

En este acto Eutidemo dijo: Dionisodoro, tú todo lo echas a perder; ¿no ves que le haces ahora a la vez sabio e ignorante? –Dionisodoro se ruborizó. Y yo, dirigiéndome a Eutidemo: ¿qué dices tú?, ¿cómo tu hermano ha respondido tan mal, cuando sabe todas las cosas? Entonces Dionisodoro replicó con [335] viveza: ¿yo, dices, hermano de Eutidemo? –Un poco de paciencia, Dionisodoro, le dije, hasta que Eutidemo me haya hecho ver que yo sé que los hombres de bien son injustos, y no impidas que me enseñe esta preciosa verdad. –Huyes, Sócrates, y no quieres responder, replicó. –¿Y no tengo razón para ello?, ¿si soy más débil que cada uno de vosotros?, ¿cómo defenderme contra ambos?, yo no soy tan fuerte como Hércules, que no habría podido resistir a la hidra, sofista que presentaba muchas cabezas nuevas, cuando se le cortaba una; y a Cáncer, otro sofista, procedente del mar, que hace poco ha desembarcado, según creo; y Hércules, estrechado de cerca, no hubiera podido vencer sin el socorro de su sobrino Iolas, que le llegó tan a tiempo. Pero en cuanto a mí, si Patroclo, que es mi Iolas, viniese y me socorriese igualmente, no alcanzaría mejor resultado. –Respóndeme, dijo Dionisodoro, puesto que hablas de esa manera: ¿Iolas es más bien sobrino de Hércules que tuyo? –Es preciso, le dije, responderte de una vez, porque no me dejarás en paz con tus preguntas, mientras temas que el sabio Eutidemo no me enseñe lo que quiero saber de él. –Respóndeme, pues, dijo. –Sí, te respondo que Iolas era sobrino de Hércules, y que me parece que no era mío; porque mi hermano Patroclo no era su padre, sino Ificles, cuyo nombre se parece al suyo, y que era hermano de Hércules. –Por lo tanto, ¿Patroclo es tu hermano? –Sí, hermano de madre y no de padre. –¿De manera que es tu hermano y no lo es? –Es cierto; no es hermano de padre, porque su padre se llamaba Queredemo y el mío Sofronisco. –¿Pero Queredemo era padre y Sofronisco también? –Sin duda; Queredemo era padre de Patroclo y Sofronisco era mi padre. –¿Queredemo era otra cosa que padre? –Sí, otra cosa que mi padre. –¿Era padre siendo otra cosa que padre?, ¿o eres tú mismo una piedra? –Temo parecer tal a tus ojos, por lo mismo que no lo soy. –¿Eres tú otra cosa que una piedra? –¡Ah!, [336] sí. –Puesto que eres otra cosa que una piedra, no eres una piedra; y si eres otra cosa que oro, no eres el oro. –Seguramente. –En la misma forma, puesto que Queredemo era otra cosa que padre, no era padre. –Podría decirse, respondí yo. –Eutidemo añadió: si Queredemo no es padre, y si Sofronisco es otra cosa que padre, éste no es padre. Por consiguiente, Sócrates, tú no tienes padre.

Ctésipo, entonces, mezclándose en la conversación: ¿pero vuestro padre no era otro que mi padre? –De ninguna manera, respondió Eutidemo. –¿Era el mismo ? –El mismo. –No paso por eso, ¿y es sólo mi padre o es padre igualmente de los demás hombres? –De todos los hombres; ¿querrías tú que un hombre fuera padre y no lo fuera? –Otro lo hubiera creído, dijo Ctésipo. –Que el oro no sea oro, que un hombre no sea un hombre? –Ten cuidado, Eutidemo, de no mezclar, como dice el proverbio, cerros con estopas. En verdad, me enseñas una cosa admirable; que tu padre es padre de todos los hombres. –Sí, lo es. –¿Pero no es más que padre de los hombres?, ¿no lo es también de los caballos y de todos los demás animales? –Lo es de todos los demás animales. –¿Y tu madre es también madre de todos los demás animales? –Lo es también. –Por consiguiente, ¿tu madre es madre de todos los cangrejos marinos? –Y la tuya también. –Los gobios, los perros, los cerdos ¿son tus hermanos? –Y los tuyos también. –¡Cá!, ¿tu padre será un perro? –Lo será, y el tuyo también. –Si quieres responderme, dijo Dionisodoro, te lo haré confesar. Dime; ¿tienes un perro? –Sí, y muy malo. –Tiene perrillos? –Muchos y tan malos como él. –¿El perro es padre de los perritos? –Sí, yo mismo le he visto cubrir la perra. –¿Es tuyo el perro? –Sí. –El perro es padre y tuyo, luego es tu padre, y por lo tanto eres hermano de los perrillos.

Dionisodoro, prosiguiendo su oración, temeroso de ser interrumpido por Ctésipo, le dijo: respóndeme aún dos palabras; ¿pegas al [337] perro? –Ctésipo le respondió sonriéndose: ¡sí por los dioses!, le castigo, y así pudiera hacer lo mismo contigo. –¿Castigas a tu padre? –Los palos que yo le doy hubieran sido mejor empleados en el vuestro por haber dado al mundo hijos tan sabios. Pero, Eutidemo, vuestro padre que es padre de todos los perros de la tierra, ¿ha sacado grandes ventajas de vuestra maravillosa sabiduría? –Ni él ni tú, Ctésipo, tenéis mucha necesidad del bien. –¿Y tú, Eutidemo? –Como todos los demás hombres. –¿Crees que sea un bien o un mal para un enfermo tomar una bebida para restablecer su salud? ¿Y un hombre que va al combate, hace bien en llevar armas o en no llevarlas? –Lo creo así, pero se me figura, que vas a sacar una magnifica consecuencia. –Tú juzgarás, pero respóndeme: puesto que confiesas que es bueno para un enfermo tomar una bebida, cuando tiene necesidad, haría bien en tragar la mayor cantidad posible, y todo el jugo que se pudiera sacar de una carretada de eléboro debería producirle un bien extraordinario. –A condición, Eutidemo, de que el enfermo fuera tan grande como la estatua de Delfos. –Y puesto que es bueno armarse cuando uno va a la guerra, continuó Eutidemo, ¿no debe llevarse el mayor número posible de lanzas y broqueles? –Estoy convencido de ello, dijo Ctésipo; pero tú, Eutidemo, no lo crees, puesto que te contentas con llevar una sola lanza, y un solo broquel. –Sí, dijo. –Si tuvieseis que armar a Gerion o Briareo, ¿no necesitarías mucho más? Verdaderamente, Eutidemo, siendo como sois maestros de armas, os hacia más hábiles a tu hermano y a ti.

Eutidemo calló, pero Dionisodoro tomó la palabra, con motivo de lo que se había dicho antes y dijo: ¿Te parece que sea un bien el tener oro? –Sí, contestó Ctésipo, y sobre todo el tener mucho. –¿Y no es conveniente tener siempre y por todas partes buenas cosas? –Sí, cuanto sea posible. –Confiesas que el oro es un bien? –Sí, lo he confesado. [338] –Debe tenerse siempre y por siempre oro, y por lo tanto, será muy dichoso el que tenga tres talentos de oro en el cuerpo, un talento en la cabeza y dos pesos de oro en los ojos? –Se dice en efecto, Eutidemo, replicó Ctésipo, que entre los Escitas son tenidos por más ricos y más hombres de bien los que tienen más oro en sus cráneos, para hablar como tú {nota: Ctésipo remeda el etilo de Eutidemo.}, que decías antes que un perro era mi padre. Lo más maravilloso es que beben en sus cabezas doradas, que las ven por dentro, y tienen sus frentes en las manos. –Eutidemo replicó: un Escita o cualquiera otro hombre, Ctésipo, ¿ve lo que puede ver o lo que no puede ver? –Ve lo que puede ver. –¿Y tú?, Ctésipo. –Yo lo mismo. –¿No ves nuestros trajes? –Los veo. –¿Son susceptibles de vista?, ¿pueden ver? –¡Qué valor!, exclamó Ctésipo. –¿Qué es eso?, preguntó Eutidemo. –Nada, pienso que tú mismo no crees que los vestidos vean. En verdad, Eutidemo, puede decirse, que sueñas despierto, y si es posible hablar y no decir nada a la vez, te considero muy capaz de ello.

Entonces Dionisodoro, entrando en materia, dijo: es imposible hablar y no decir nada a la vez? –Enteramente imposible. –¿Callar y hablar a un tiempo? –Menos posible aún. –Cuando dices una piedra, una madera, un hierro, ¿no hablas de cosas que callan? –Por lo que toca al hierro, no; porque cuando se le golpea en el yunque es una cosa que suena y hace ruido; así es, que en este lance, por demasiado sagaz, te ha salido mal la cuenta; pero pruébame que se puede callar y hablar a un mismo tiempo. –Ctésipo en este momento pareció querer hacer los mayores esfuerzos por complacer a su joven amigo. Eutidemo comenzó de esta manera: ¿cuando callas, no callas todas las cosas? –Sin duda. –¿Callas las cosas que hablan? porque, entre todas las cosas están las que [339] hablan. –Pero, dijo Ctésipo, ¿callan todas las cosas? –No ciertamente, dijo Eutidemo. –Luego todas las cosas hablan, querido mío. –Las que hablan. –No es eso lo que te pregunto, dijo Ctésipo, sino si todas las cosas callan o si todas hablan. –Ni lo uno ni lo otro, y lo uno y lo otro a la vez, dijo Dionisodoro, mezclándose precipitadamente en la disputa; y seguramente nada tienes que oponer a esta respuesta. –Ctésipo, según su costumbre, se echó a reír. –¡Oh Eutidemo! exclamó: tu hermano no sabe ya el terreno que pisa, está vencido en todos rumbos. –Clinias, complaciéndose con lo dicho por Ctésipo, lo miró sonriendo, y Ctésipo, rehaciéndose, apareció diez veces más grande.

Por lo que a mí toca, me encontré con que en medio de la broma, Ctésipo, a fuerza de oírles, había aprendido y volvía, contra ellos sus propios ardides; porque en lo demás, es preciso convenir en que la, sabiduría de Eutidemo y de Dionisodoro no tiene igual en el mundo. Entonces me dirigí a Clinias, y le dije:

—¿Cómo te ríes cuando se trata de cosas tan serias y tan preciosas? –Dionisodoro saltó en el momento, y me dijo: –Sócrates, ¿has visto alguna cosa preciosa? –Sí, le respondí, y muchas. –Son diferentes de lo precioso, añadió él, o son la misma cosa?

Esta pregunta me sorprendió, y me creí justamente castigado por mi prurito de hablar. A todo evento, sin embargo, respondí:

—Son diferentes de lo precioso o de lo bello, pero cada cosa, sin embargo, retiene en sí alguna belleza. –Pero si un buey estuviese contigo, ¿serias tú un buey?, y porque yo estoy contigo, ¿eres tú Dionisodoro? –¡Oh! nada de desbarrar, si te parece. –¡Pero qué! dijo, si lo que es otro se encuentra unido con un otro, ¿este otro será aquel otro? –¿Pues qué, lo dudas?, le respondí.

Porque complaciéndonte infinitamente la sabiduría de estos extranjeros, traté también de imitarles.

—¿Porqué yo y todos los hombres, me respondió Dionisodoro, no hemos de dudar de una cosa que no existe? [340] –Qué es lo que dices, Dionisodoro, –le respondí–, ¿lo bello no es lo bello, y lo feo no es lo feo? –Sí, si yo quiero, Sócrates. –Pero ¿no lo quieres? –Sí, lo quiero. –¿Lo mismo, no es lo mismo; y lo diferente, diferente, por ser imposible que lo diferente sea lo mismo? Para mí ni sospecha hubiera tenido de que pudiera dudar un niño que lo que no es lo mismo, no sea lo mismo. Pero, Dionisodoro, tú has emitido esto con intención premeditada, porque hasta aquí nada habéis despreciado ambos de lo que constituye los buenos discursos, a manera de los artistas que hacen todo lo que conviene a su oficio. ¿Sabes lo que conviene hacer a cada uno de los artistas? ¿A quién conviene forjar? –Sí; al forjador. –¿A quién batir el barro? –Al alfarero. –¿A quién conviene degollar, desollar, cocer y asar la carne cortada en trozos? –Al cocinero. –Y el que hace lo que conviene, ¿obra bien? –Muy bien. –¿El matar, el desollar, conviene al cocinero?, ¿no lo has concedido? –¡Ay de mí! sí, perdóname. –Es cierto, por consiguiente, que el que degüelle y desuelle al cocinero, hará lo que conviene?, y asimismo el que golpee al herrero con el martillo sobre el yunque, y amase al alfarero, ¿hará lo que es conveniente! –¡Oh Neptuno! –exclamé yo–; ¿qué sabiduría? ¡ah! ¿no me haréis partícipe de ella? –Pero aun cuando la tuvieras, Sócrates, ¿la conocerías? –Si te parece conveniente, creo que sí. –¿Piensas conocer lo que es tuyo? –Seguramente, con tal que no me hagas ver lo contrario, porque esto depende de vosotros, empezando por ti, y acabando por Eutidemo. –¿Crees que las cosas de que eres dueño, de que puedes usar como te agrade, que puedes dar, vender, sacrificar a los dioses, como bueyes y corderos, ¿crees que estas cosas sean tuyas, y que aquellas de que no puedes disponer, no te pertenecen?

Yo que esperaba un resultado magnífico de este precioso preludio, me apresuré a responder, que creía que las primeras de estas cosas eran mías.

—¿No llamas [341] animal a lo que tiene un alma? –Sí, respondí. –¿Confiesas que los animales, de los que puedes hacer lo que yo acabo de decir, son solamente tuyos? –Lo confieso.

Dionisodoro se detuvo aquí, y figuró que meditaba un razonamiento profundo, y luego dijo de repente:

—Dime, Sócrates, ¿no tienes un Júpiter paternal?

No dudando yo a dónde quería ir, y a donde efectivamente vino a parar, busqué un rodeo para evitar caer en el lazo en que me quería envolver, y le dije:

—No le tengo, Dionisodoro. –Verdaderamente, me replicó, es preciso que seas bien miserable. ¿Eres en verdad ateniense? –¡Qué!, ¿no tienes dioses, ni sacrificios familiares, ni todas estas bellas cosas? –Suavemente le respondí: habla de otro modo, y no me reprendas tan bruscamente. Tengo altares, tengo sacrificios; en fin, nada me falta en este género de todo lo que tienen los demás atenienses. –Pues bien, replicó él, los otros atenienses tienen un Júpiter paternal. –Ni los jonios, le dije, ni todos los que proceden de Atenas, conocen semejante nombre. Tenemos un Apolo paterno, padre de Ion; pero nosotros no llamamos a Júpiter padre, le llamamos protector de Atenas, guardador de nuestras tribus, así como Minerva es la guardadora. –No pregunto más, replicó Dionisodoro; ¿tienes un Apolo, un Júpiter y una Minerva? –Es cierto. –¿No son tus dioses? –Son nuestros padres, nuestros dueños. –¿Pero son tus dioses como acabas de confesar? –Pues bien, sí, lo confieso; ¿qué consecuencia sacas de esto? –Estos dioses, ¿no son animales? Tienen un alma seguramente, y tú has convenido en que todo lo que tiene un alma es un animal. –Sí, tienen un alma. –Luego son animales. –Corriente, animales. –Pero decías que eras dueño de los animales que eran tuyos, y que podías venderlos y sacrificarlos. –No puedo negar que lo confesé. Entonces Dionisodoro dijo: puesto que dices que Júpiter y los otros dioses son tuyos, ¿te es permitido venderlos a tu capricho o donarlos como [342] los otros animales que te pertenecen?

Abrumado con el peso de este discurso, Criton, me callé. Ctésipo quiso salir en mi apoyo:

—¡Buen Hércules! exclamó, ¡admirable razonamiento! –Al momento replicó Dionisodoro: ¡bueno! ¿Hércules es buen Dios, o el buen Dios es Hércules? –¡Oh Neptuno! –exclamó Ctésipo al oír esto–, abandono el campo; estos hombres son invencibles.


Desde entonces, amigo Criton, ya no hubo entre los presentes ninguno que no admirara estos razonamientos; y Dionisodoro y Eutidemo se echaron a reír con tal gana, que era de temer que les hiciera daño. En verdad, sus discípulos habían antes batido palmas al oír sus razonamientos; pero en este momento, las columnas del liceo parecía que aplaudían también. Con respecto a mí, confesaré ingenuamente, que nunca había conocido personajes más hábiles que estos, y admirador de su sabiduría, les prodigué cuantas alabanzas pude. –Hombres afortunados! dije, con qué facilidad, con qué prontitud habéis dado cima a un negocio tan difícil! En vuestro discurso, Eutidemo y Dionisodoro, hay muchas cosas notables, y entre otras lo es la de no tener en cuenta para nada el público, ni los hombres formales, pues únicamente os fijáis en los que se os parecen, porque sé ciertamente, que sólo los que a vosotros se parecen, son los que estiman vuestra ciencia, y podría aseguraros que el resto de los hombres la desprecian hasta el punto de que se abochornarían más de refutar a los demás con estos artificios, que de verse convencidos y refutados. Además, encuentro en vosotros cierta delicadeza, pues cuando decís que no hay nada bueno, ni bello, ni blanco, ni negro, y que una cosa no difiere de otra, si bien es cierto que cerráis la boca a los demás, de lo que con razón os alabáis, también por un exceso de bondad os la cerráis a vosotros mismos y esto consuela en cierta manera a aquellos a quienes vuestros razonamientos ponen en aprieto. Pero lo que yo [343] estimo más es que habéis inventado cosas tan ingeniosas, que en menos de nada puede un hombre instruirse, porque he observado que en un momento Ctésipo ha sabido imitaros. Es cosa magnífica el que podáis enseñar en tan poco tiempo el misterio de vuestro arte. Sin embargo, no os aconsejo que lo comuniquéis a muchas personas, ni tampoco, si queréis creerme, el que habléis en las grandes asambleas, porque os robarían vuestro secreto, y no os quedarían obligados. Hablad sólo entre vosotros y entre vuestros amigos, y no enseñéis esa ciencia sino por el dinero; y si queréis entenderlo, prevenid a vuestros discípulos que sólo hablen entre sí y con vosotros, porque ya sabéis que la escasez aumenta el precio de las cosas. El agua, como dice Píndaro, es excelente, pero por demasiado común no es estimada. Por lo demás, hacednos a Clinias y a mí el favor de recibirnos en el número de vuestros discípulos.

Dicho esto, y después de varios discursos semejantes, amigo Criton, nos separamos. Mira, pues, si quieres tomar con nosotros lecciones de estos extranjeros. Se manifiestan decididos a enseñar su arte por el dinero a cualquiera que se presente, y sean las que quieran su edad y la disposición de su espíritu. también aseguran, y es bueno que lo sepas, que su ciencia se armoniza perfectamente con el afán de entregarse a los negocios.

Criton

Verdaderamente, Sócrates, no tengo aversión a la ciencia, y con gusto intentaría en ella algún adelanto, pero temo ser del número de aquellos que no se parecen a Eutidemo, y que, como ya lo has dicho, se abochornarían menos de verse refutados, que de refutar a los demás con tales artificios. No es mi ánimo darte consejos, pero no estará fuera de su lugar referirte lo que oí decir a uno que venía de vuestra reunión. Estando paseándome, tropecé con uno de aquellos que pasan por grandes hombres [344] de negocios: ¡Oh Criton! me dijo, ¿has oído a estos filósofos? –No, ¡por Júpiter! le contesté; la excesiva concurrencia me ha impedido aproximarme. –Bien merecen que se les oiga, me respondió. –¿Por qué? le dije. –Son los primeros hombres del mundo en su clase –¿Pero qué te parecen? repuse. –Lo que me parece, respondió, es que sólo se les oye decir bagatelas, y que todo su talento lo emplean en insulseces; estas son sus palabras. –Sin embargo, le dije, ¡es tan apreciable la filosofía! –¿Por qué apreciable? ningún provecho se saca de ella. Y si hubieras presenciado esta polémica, te habrías compadecido de tu amigo, porque es muy ridículo, que haya tomado por maestros a estos sofistas. Sin embargo, toda su ciencia no es más que un juego de palabras, y han renunciado completamente al buen sentido. Cuantos se consagran a esa profesión, pasan la vida entregados a esta clase de sutilezas. A decirte verdad, Criton, la filosofía, como los que se entregan a ella, es un conjunto de frivolidades y ridiculeces. –Yo no encuentro, sin embargo, Sócrates, que ni él ni nadie tengan razón para hablar mal de este estudio, pero no le ha faltado para reprender a los que disputan públicamente con estos extranjeros.

Sócrates

Te aseguro, Criton, que son muy singulares estos hombres; ¿pero quién es ese que encontraste, y que tan mal está con la filosofía? ¿Es alguno que siga la carrera del foro y sobresalga por su elocuencia, o es de los que componen arengas para que otros las pronuncien?

Criton

No, ¡por Júpiter! no es un orador, ni creo que haya hecho nunca defensas en el foro, pero se dice que es muy entendido en el derecho, y que compone excelentes defensas para otros.

Sócrates

Ya entiendo; es uno de los que Prodico colocaba entre [345] la política y la filosofía; se consideran a sí mismos como muy entendidos, y creen pasar por tales en la mente de la mayor parte de los hombres; pero se imaginan que los filósofos impiden que su reputación sea universal. Están persuadidos de que si pudiesen desacreditar y hacer despreciables a los filósofos, entonces gozarían ellos sin rivalidad de una gloria plena y completa. No dudan de la superioridad de su mérito, pero cuando encuentran a ti, a Eutidemo y sus partidarios no dejan de tener cierta aprensión. Se creen los más sabios, porque tienen alguna tintura de la ciencia política y de la filosofía, y en este concepto participan de ambas en lo puramente necesario, y sin correr el azar de las discusiones, cogen tranquilamente los frutos de su sabiduría.

Criton

¿Pero no apruebas lo que dicen? Su discurso tiene, sin embargo, cierto aire de verdad.

Sócrates

Es cierto; hay apariencia pero no solidez en lo que dicen; no hay medio de persuadirles de que todo lo que se encuentra entre el bien y el mal, y está por esto mezclado, es peor a causa del mal y mejor a causa del bien; que dos bienes unidos y que no tienden al mismo fin se estorban recíprocamente para llegar al término que cada uno de ellos se propone; que por la misma razón, la mezcla de dos males contrarios corrige su malignidad; de suerte que si la filosofía es una cosa buena y lo es también la ciencia política, y ambas tienen fines diferentes, los que participan de la una y de la otra y están entre las dos, no son tan buenos como los filósofos, ni tan buenos como los políticos; y que si la filosofía es un bien y la política un mal, serán mejores que los primeros, y peores que los segundos; y que si son dos males, entonces de lleno tendrán razón, y sólo así pueden tenerla. Pero no creo, que pretendan, que la filosofía y la ciencia política sean dos [346] males, ni que la una sea un mal y la otra un bien. Estos semi-políticos y semi-filósofos no pueden tomar asiento sino después de los filósofos y de los políticos, y sin embargo, aquellos se colocan por cima de estos. Es preciso, sin duda ser indulgentes con su vanidad, sin concederles, sin embargo, el rango que no merecen tener porque debe apreciarse a todos aquellos que se esfuerzan en cultivar todo lo que es racional, y que trabajan con ardor para conseguirlo.

Criton

Por lo demás, Sócrates, como ya te he dicho, me inquieta y me preocupa mucho la educación de mis hijos; el más joven aún no está en edad, pero Critóbulo, que es el mayor, es ya grande y tiene necesidad de un preceptor que le forme el espíritu. Todas las veces que converso contigo sobre este objeto, quedo persuadido de que es una gran locura desatender su educación, y no pensar más que en casarles con jóvenes ricas y de familias distinguidas. Por otra parte, cuando considero los que hacen profesión de educar a la juventud, si he de decirte la verdad, me aterran, porque me parecen tan indignos como incapaces. Así es, que yo no veo la razón, que pueda obligarme a dedicar mi hijo al estudio de la filosofía.

Sócrates

¡Oh mi querido Criton! ¿No sabes que el Mundo está lleno de gentes que ignoran el oficio de que hacen profesión? ¿Que hay muy pocos que lo sepan, y que merezcan que se haga caso de ellos? ¿No estimas la ciencia económica, la retórica, el arte militar?

Criton

Seguramente, las estimo.

Sócrates

¡Sin embargo, cuántos, entre los que enseñan estas ciencias, te parecerán realmente ridículos! [347]

Criton

¡Por Júpiter! dices la verdad.

Sócrates

Y bien, visto esto, ¿te separarás tú y separarás a tus hijos de todas estas ocupaciones?

Criton

Creo que obraría mal

Sócrates

No lo hagas, Criton. No mires, si los que son profesores de filosofía son buenos o malos, sino fíjate en la filosofía misma. Si la juzgas mala, separa, no sólo a tus hijos, sino también al resto de los hombres; si la encuentras tal como a mí mismo me ha parecido siempre, aplicaos a ella tú y tus hijos con todas vuestras fuerzas.

{Obras completas de Platón, por Patricio de Azcárate,

tomo tercero, Madrid 1871, páginas 303-347.}



puerta al infierno


Biblioteca personales de la  reina Maria Cristina de Habsburgo-Lorena



La colección bibliográfica personal de la reina María Cristina de Habsburgo-Lorena (1858-1929), reina consorte y regente de España, forma parte fundamental del patrimonio histórico español. Sus fondos particulares se custodian y preservan hoy en día dentro de la Real Biblioteca en el Palacio Real de Madrid, bajo la gestión de Patrimonio Nacional.

Características y Composición del Fondo
  • Volumen: La colección personal identificada supera los 1,200 ejemplares.
  • Temática diversa: Abarca un amplio abanico de materias que reflejan tanto sus intereses personales como las necesidades formativas e institucionales de la época.
  • Idiomas y literatura infantil: Debido a su procedencia austriaca, su biblioteca destaca por incorporar una rica representación de literatura infantil y juvenil en lengua alemana, además de numerosas obras en francés (idioma de cultura de la realeza en el siglo XIX) y castellano.
Los libros.

Aunque la Real Biblioteca no ha publicado un listado comercial masivo con los títulos exactos, las investigaciones sobre el fondo particular de María Cristina de Habsburgo-Lorena revelan que su biblioteca reflejaba fielmente su transición de archiduquesa austriaca a reina regente de España.

Los libros que poseía se dividían en categorías muy claras:

1. Literatura Infantil y Juvenil Alemana (Su gran legado)

Al haber sido educada en el Imperio Austriaco, la reina conservó y trajo consigo una enorme colección de cuentos y relatos pedagógicos. Destacan:
  • Cuentos de hadas centroeuropeos: Libros ilustrados en alemán que posteriormente utilizó para el aprendizaje de idiomas de sus hijos (las infantas María de las Mercedes, María Teresa y el futuro Alfonso XII).
  • Novelas formativas: Obras de autoras de corte moralista y educativo muy populares en la época, como la británica Charlotte Mary Yonge, cuyas traducciones y obras originales formaban parte de las lecturas habituales de la corte.
2. Novelas y Alta Cultura en Francés

El francés era la lengua de la diplomacia y la realeza europea en el siglo XIX. En su estante personal destacaban:
  • Paul Bourget: Poseía novelas y ensayos de este célebre escritor y psicólogo francés, muy apreciado por la aristocracia de la época por su profundidad moral y conservadora.
  • Clásicos franceses: Ediciones de lujo encuadernadas con su escudo de armas, destinadas tanto al entretenimiento como a la proyección institucional.
3. Libros Institucionales, Religiosos y Devocionarios

Como reina regente y ferviente católica, una parte considerable de sus más de 1,200 volúmenes eran obras dedicadas o de carácter oficial:
  • Devocionarios y Libros de Horas: Ejemplares con ricas encuadernaciones en piel o seda, utilizados para sus oraciones diarias.
  • Tratados de Heráldica Eclesiástica e Historia: Libros sobre la historia de las órdenes religiosas en España, genealogía de los Habsburgo y los Borbones, y crónicas históricas del Reino de España.
  • Estatutos y reglamentos oficiales: Libros institucionales específicos, tales como copias personalizadas de los Estatutos de la Real Orden de la Reina María Luisa.
Alemanes

1. Grandes Clásicos de la Mitología y el Cuento Alemán

Fiel a su formación en la corte de Viena, la reina introdujo ediciones de relatos tradicionales y folclóricos esenciales para la enseñanza del alemán como lengua materna en Palacio:
  • Hermanos Grimm (Jacob y Wilhelm Grimm): Sus recopilaciones de cuentos de hadas (Kinder- und Hausmärchen) estaban presentes en ediciones ilustradas del siglo XIX, sirviendo como herramienta principal de lectura tanto para ella como para sus hijos durante su infancia.
  •  Wilhelm Hauff: Célebre por sus cuentos románticos y leyendas alemanas (como El corazón de piedra o La caravana), sus narraciones de corte fantástico e instructivo formaban parte fundamental de las bibliotecas de la realeza centroeuropea de la época.
2. Autores de Literatura Pedagógica y Moral Católica

La reina regente era conocida por su profunda religiosidad y un estricto sentido del deber. Por ello, su biblioteca personal daba un espacio prioritario a autores alemanes dedicados a la instrucción moral y la formación en valores de los jóvenes:
  • Christoph von Schmid: Fue uno de los escritores alemanes de literatura juvenil más leídos y traducidos del siglo XIX. Este sacerdote pionero de la pedagogía escribía relatos impregnados de valores cristianos y lecciones de vida, ideales para el entorno educativo en el que se crio la archiduquesa y el que ella misma propició para el futuro Alfonso XIII y sus hermanas.
3. Libros de Poesía, Antologías y Devocionarios

Aparte de la narrativa infantil, la reina conservaba obras de la alta cultura germánica:
  • Autores del Romanticismo y Clasicismo Alemán: Antologías poéticas líricas y piezas selectas (vinculadas a figuras tradicionales como Goethe o Schiller) formaban parte de las colecciones de lectura personal e íntima de la monarca, muchas veces encuadernadas con su propio monograma real en el lomo o las cubiertas.
Francés.

Los libros en francés ocupaban un lugar de enorme relevancia dentro de las estanterías personales de la reina María Cristina de Habsburgo-Lorena en el Palacio Real. Durante el siglo XIX y principios del XX, el francés no solo era la lengua de la diplomacia, sino el idioma de la alta cultura compartida por las familias reales europeas.
En su colección custodiada en la Real Biblioteca, los libros en esta lengua se dividen en temáticas muy marcadas:

1. Novelas de Análisis Psicológico y Moral

La reina sentía predilección por autores franceses que abordaran la literatura desde un enfoque intelectual, moralista y socialmente conservador.
  • Paul Bourget: Contaba con varios volúmenes de este autor, miembro de la Academia Francesa, cuyas obras diseccionaban la psicología de la alta sociedad de la época, defendiendo los valores tradicionales de la fe y la familia.
  • Narrativa de Costumbres: Novelas y ensayos contemporáneos de la época parisina que la reina utilizaba tanto para el entretenimiento como para mantenerse al tanto de las corrientes filosóficas y culturales europeas de su tiempo.
2. Libros Devocionales y de Espiritualidad

Al ser una católica de profunda devoción, las editoriales eclesiásticas francesas (famosas por sus ricas impresiones litúrgicas) nutrieron su estante de piedad personal:
  •  Libros de Horas y Devocionarios modernos: Manuales de oración impresos en París, caracterizados por finas guardas de seda, cantos dorados y encuadernaciones de lujo que incluían su ex libris o sello real.
  • Tratados religiosos: Obras de teología accesible y biografías de santos de origen francés traducidas al francés, usadas habitualmente en sus periodos de retiro o lectura espiritual.
3. Libros de Educación y Formación para sus Hijos

Dado que deseaba que Alfonso XIII y las infantas dominaran a la perfección el francés como lengua cortesana, gran parte del material educativo de los niños de Palacio estaba en este idioma:
  • Manuales de Geografía e Historia: Libros académicos y enciclopedias francesas ricamente ilustradas con grabados.
  • Fábulas y Clásicos Franceses Adaptados: Antologías literarias tradicionales destinadas a las clases diarias dictadas por los preceptores y las institutrices francesas en la corte de Madrid.
Cada uno de estos tomos destaca en los inventarios actuales del palacio porque solían reencuadernarse en los talleres de la corte madrileña, conservando en el exterior el refinado estilo francés de la época, pero timbrados con el escudo de armas que la acreditaba como Reina Regente de España.

Ingles.


La presencia del idioma inglés en la biblioteca personal de María Cristina de Habsburgo-Lorena era más reducida que la de sus colecciones en alemán o francés, pero cumplió un rol estratégico fundamental. Los libros en esta lengua reflejaban la progresiva apertura de la corte española hacia el Reino Unido a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, así como la sofisticación de las redes dinásticas europeas.
Las obras en inglés de su colección custodiada en la Real Biblioteca respondían a tres propósitos bien diferenciados:

1. Educación Políglota de los Infantes

Al igual que con el francés, la reina regente insistió en que su hijo, el futuro rey Alfonso XIII, y las infantas dominaran varios idiomas. En los estantes de Palacio se encontraban:
  • Manuales didácticos y gramáticas: Libros de aprendizaje de la lengua inglesa importados de Londres.
  • Literatura juvenil de corte moral: Obras e historias de autoras de gran prestigio pedagógico en la época victoriana, como Charlotte Mary Yonge, cuyas novelas familiares promovían virtudes éticas alineadas con los estrictos principios educativos de la reina.
2. Libros sobre la Corte Británica y Diplomacia

A medida que avanzaba su regencia, las relaciones de España con Gran Bretaña se volvieron cruciales. La monarca adquirió libros y volúmenes conmemorativos en inglés que incluían:
  • Biografías y crónicas de la realeza victoriana: Libros sobre el reinado y la familia de la reina Victoria del Reino Unido.
  • Álbumes y guías institucionales: Documentos sobre monumentos británicos o guías oficiales de la corte que servían de preparación para las visitas institucionales y misiones diplomáticas.
3. El Vínculo Matrimonial con Inglaterra

El interés de la casa real española por lo inglés se consolidó de manera definitiva hacia 1905, cuando su hijo Alfonso XIII comenzó el cortejo de la princesa británica Victoria Eugenia de Battenberg (nieta de la reina Victoria). 
Durante este periodo de transición, la biblioteca personal y la correspondencia oficial de la reina recogieron literatura e informes en este idioma relacionados con los preparativos de la boda real y la integración de la nueva reina inglesa en la corte de Madrid.
Al igual que el resto de su biblioteca, estos ejemplares en inglés se distinguen por llevar pegado en las guardas su característico ex libris heráldico o por lucir su monograma real estampado en oro en el lomo de las encuadernaciones de lujo de Palacio.

Los libros en italiano, latín y griego dentro de la biblioteca personal de la reina María Cristina de Habsburgo-Lorena representan su faceta académica más erudita, institucional y religiosa. A diferencia de las novelas de entretenimiento o cuentos pedagógicos en alemán y francés, las obras en lenguas clásicas e italiano cumplían una función predominantemente litúrgica, de alta cultura e institucional.
Sus fondos custodiados en la Real Biblioteca en Madrid se clasifican de la siguiente manera:

1. Libros en Latín (Liturgia, Devoción y Derecho)

El latín era la lengua oficial de la Iglesia católica y el vehículo de los textos de Estado. En sus estantes destacaban:
  • Misales y Oficios Litúrgicos: Poseía magníficas ediciones de uso privado, como el Misal Romano y diversos Libros de Horas. Muchos de estos ejemplares incluían ricas tipografías impresas a dos tintas, iniciales historiadas y grabados calcográficos de gran valor artístico.
  • Documentación eclesiástica y heráldica: Obras sobre derecho canónico, bulas y reglamentos de las órdenes religiosas e imperiales centroeuropeas a las que estuvo vinculada antes de llegar a España (como el Capítulo de Nobles Damas de Praga).

2. Libros en Italiano (Diplomacia y Humanismo)

Al pertenecer a la Casa de Habsburgo-Lorena, la reina guardaba un lazo dinástico muy estrecho con las regiones de la península itálica controladas históricamente por Austria (como el Reino Lombardo-Véneto o el Gran Ducado de Toscana). Su colección en italiano incluía:
  • Joyas artísticas y arqueológicas: Volúmenes de lujo y catálogos sobre arte clásico, como ediciones de coleccionista de Le antichità della città de Roma (Las antigüedades de la ciudad de Roma), que reflejaban el interés de la época por el humanismo y la arqueología clásica.
  • Regalos institucionales de alto rango: Ejemplares conmemorativos en italiano ofrecidos por organizaciones europeas. Un ejemplo destacado en su catálogo es la lujosa edición en pergamino encargada por la Liga Europea Antiduelo (sección italiana) en 1902, un tomo de orfebrería obsequiado formalmente a la reina regente.

3. Textos en Griego Clásico (Erudición Filológica)

Los volúmenes en griego eran los más escasos y especializados de su biblioteca privada, reservados casi exclusivamente para el estudio y la alta formación intelectual:
  •  Ediciones críticas bilingües: La reina poseía tratados de la filosofía clásica europea y textos antiguos editados bajo el modelo de la filología académica del siglo XIX (con textos impresos en griego y latín en columnas paralelas).
  • Herramientas de estudio cortesano: Estos libros no solo servían para sus lecturas personales de carácter humanista, sino que formaban parte del material de consulta avanzada utilizado por los exigentes preceptores y académicos encargados de la educación políglota de su hijo, el joven Alfonso XIII.
Toda esta sección de alta cultura clásica compartía estantería en el Palacio Real y se distingue por las impecables encuadernaciones heráldicas en piel, grabadas en oro con el escudo de alianza de las coronas española y austriaca.


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