Apuntes de clases

Clases de filosofía y ciencias bíblicas del Instituto de Humanidades Luis Campino, y la Parroquia de Guadalupe de Quinta Normal.


martes, 14 de noviembre de 2017

113).-Los ritos litúrgicos latinos.


Esteban Aguilar Orellana; Giovani Barbatos Epple; Ismael Barrenechea Samaniego; Jorge Catalán Núñez; Boris Díaz Carrasco; Rafael Díaz del Río Martí; Alfredo Francisco Eloy Barra ;Rodrigo Farías Picón; Franco Antonio González Fortunatti; Patricio Ernesto Hernández Jara; Walter Imilan Ojeda; Jaime Jamet Rojas; Gustavo Morales Guajardo; Francisco Moreno Gallardo; Boris Ormeño Rojas; José Oyarzún Villa; Rodrigo Palacios Marambio; Demetrio Protopsaltis Palma; Cristian Quezada Moreno; Edison Reyes Aramburu; Rodrigo Rivera Hernández; Jorge Rojas Bustos; Alejandro Suau Figueroa; Cristian Vergara Torrealba; Rodrigo Villela Díaz; Nicolás Wasiliew Sala; Marcelo Yáñez Garín; Katherine Alejandra del Carmen  Lafoy Guzmán; Franco Natalino; 


Los ritos litúrgicos latinos.




Los ritos litúrgicos latinos usados en las áreas de la iglesia católica donde el latín fue el lenguaje dominante fueron durante muchos siglos no menos numerosos que los ritos litúrgicos de las iglesias orientales católicas. En la actualidad su número es mucho más reducido. Posteriormente al Concilio de Trento, en 1568 y 1570, el papa Pío V suprimió los breviarios y misales que no pudieron demostrar una antigüedad de por lo menos dos siglos.
 Muchos ritos locales que continuaban siendo legítimos incluso después de este decreto fueron voluntariamente abandonados, especialmente en el siglo XIX. La mayoría de las órdenes religiosas que aún mantenían un rito propio decidieron, en la segunda mitad del siglo XX, adoptar el rito romano reformado tal como se revisó de acuerdo con los decretos del Concilio Vaticano II. Unos pocos ritos litúrgicos latinos persisten hoy día para la celebración de la misa en forma revisada desde 1965-1970, pero los ritos litúrgicos específicos para celebrar los demás sacramentos han sido prácticamente abandonados.



Ritos litúrgicos actualmente en uso en la Iglesia católica de rito latino.




Rito romano

El rito romano es por mucho el más ampliamente usado. Como los demás ritos litúrgicos, se desarrolló con el tiempo, con las nuevas formas sustituyendo las antiguas. Pasó por muchos cambios en el primer milenio y medio de existencia (ahora llamadas "misas pretridentinas"). La forma establecida por Pío V siguiendo lo solicitado por el Concilio de Trento y establecida entre 1560 y 1570, continuó con mínimas variaciones en los siglos posteriores. Cada edición típica nueva (la edición a la cual las otras impresiones deben adaptarse) del misal romano (ver misa tridentina) y de los otros libros litúrgicos derogaba la anterior.
Fue en el siglo XX cuando hubo cambios más profundos. El papa Pío X modificó radicalmente el salterio del breviario y alteró las rúbricas de la misa. Los papas posteriores continuaron con los cambios, empezando con Pío XII, quien revisó las ceremonias de semana santa y ciertos aspectos del misal romano en 1955.
El Concilio Vaticano II (1962-1965) fue seguido por una revisión general de los rituales de todos los sacramentos, incluyendo la eucaristía. Como antes, cada nueva edición típica de un libro litúrgico oficial derogaba la anterior. Así pues, el misal romano de 1970, que derogó la edición de 1962, fue derogado por la de 1975. La edición 2002, a su vez, deroga la edición de 1975 tanto en latín, como en las traducciones oficiales que aparece y en las lenguas vernáculas. La misa de Pablo VI es actualmente la forma ordinaria del Rito Romano, pero bajo los términos del motu proprio Summorum Pontificum del papa Benedicto XVI la forma de la misa tridentina en la edición 1962 del misal romano está autorizada como forma extraordinaria del mismo rito.

Uso de Zaire

El uso de Zaire o rito congoleño es una variación inculturada del la forma ordinaria del rito romano usada de forma muy limitada en algunos países africanos desde finales de la década de 1970.

Uso Anglicano

Este uso, durante la liturgia de la eucaristía, especialmente la oración eucarística, es muy parecido al rito romano, mientras que es muy diferente durante la liturgia de la palabra y el rito penitencial. El lenguaje utilizado, que difiere del usado por la traducción de la Comisión Internacional sobre el Inglés Litúrgico, más extendida, está basado en el Libro de Oración Común, escrito originalmente en el siglo XVI. La mayoría de las parroquias usan el Libro de Alabanza Divina, el cual es una adaptación del anterior.
El uso anglicano está permitido por una instrucción pastoral de 1980 y solo está permitido en unas cuantas parroquias de los Estados Unidos, las cuales abandonaron la iglesia episcopal. La misma Instrucción permite también la ordenación de antiguos ministros episcopalianos casados como sacerdotes católicos.



Ritos occidentales.



Rito ambrosiano

El rito ambrosiano es celebrado en la mayor parte de la arquidiócesis de Milán, Italia y en partes de algunas diócesis colindantes en Italia y Suiza. El idioma actualmente utilizado suele ser el italiano. Es similar al rito romano, con algunas variantes en los textos y una ligera diferencia en el orden de las lecturas.

Rito de Braga

El rito bracarense es usado, de forma opcional desde el 18 de noviembre de 1971 en la arquidiócesis de Braga al norte de Portugal

Rito mozárabe

La liturgia hispánica, también llamada rito mozárabe o visigótico, fue el prevalente a lo largo de España en tiempos de los visigodos, ahora es celebrado en contadas ocasiones, principalmente en la catedral de Toledo.

Rito cartujo

El rito cartujo está en uso bajo una versión revisada en 1981.​ Aparte de los nuevos elementos en esta revisión, es fundamentalmente el rito de Grenoble del Siglo XII con algunas añadiduras de varias fuentes. ​Es actualmente el único rito de la Misa ordinario existente de una orden religiosa; pero por virtud del indulto Ecclesia Dei, alguno individuos o pequeños grupos están autorizados a usar algunos ritos hoy ya no usados.




Ritos occidentales católicos en desuso.



Rito africano

Este rito fue usado, antes de la conquista árabe del siglo VIII, en el norte de África, en particular en la provincia romana de África, la cual corresponde al actual Túnez, de la cual Cartago era su capital. Es muy similar al Rito romano, tanto así que las tradiciones litúrgicas occidentales han sido clasificadas como pertenecientes a dos corrientes, la tradición Norte Africana-Romana y la tradición Galicana (en el sentido amplio), comprendiendo ésta al resto del Imperio Romano de Occidente, incluyendo el norte de Italia.

Rito celta

El antiguo uso celta fue un compuesto de estructuras rituales no-romanas (posiblemente antioquenas) y textos no exentos de influencia romana, que era similar al rito mozárabe en muchos aspectos y habría sido usado por lo menos en algunas partes de Irlanda, Escocia, la parte norte de Inglaterra y tal vez incluso en Gales, Cornwall y Somerset, antes de haber sido ordenado su reemplazo por el rito romano en la Alta Edad Media.
 El calificativo "celta" es probablemente un término equivocado y puede deberle su origen a la re-evangelización de las Islas Británicas por parte de Agustín de Canterbury en el Siglo VI. Se sabe poco de él, a pesar de que sobreviven varios textos litúrgicos.

Rito galicano

El rito galicano es un término retrospectivo aplicado a la suma de las variantes locales, en líneas similares a los arriba designados (como el rito celta o el hispánico), los cuales cayeron en desuso en Francia a finales del primer milenio. No deben ser confundidos con los llamados libros litúrgicos Neo Galicanos publicados en varias diócesis francesas luego del Concilio de Trento, los cuales tienen muy poco o nada que ver con él.

Entre los ritos  occidentales diversos del romano, está el llamado «rito galicano». Fue propio de las iglesias de Francia desde el s.V al IX aproximadamente.

Origen. Aunque los comienzos de esta liturgia resulten todavía muy oscuros para los historiadores, parece lo más probable que «en la base existe un sustrato fundamental con la liturgia romana, derivado de ella y resto lejano del núcleo litúrgico primitivo» (M. Righetti, Historia de la Liturgia, I, Madrid 1955, 140). Pero muy variados factores determinan poco a poco su diferenciación. Por una parte, la situación política en que se encontraron aquellas poblaciones gálico-romanas durante la dominación de los francos , sin apenas contacto con la antigua metrópoli; y más tarde el empuje dado al cristianismo por los reyes cristianos de la dinastía merovingia, no exento de ciertos tintes nacionalistas. Por otra parte, en este s. v se fue acentuando la revolución cultural iniciada ya en el siglo anterior, con los continuos viajes, las peregrinaciones a Tierra Santa, el intercambio de obispos y monjes, occidentales unos, que permanecían por largo tiempo en Oriente admirando y aprendiendo entre otras cosas el esplendoroso culto de aquellas iglesias; orientales otros, que venían a establecerse en Occidente y trataban de incorporar a la liturgia occidental cuanto de bueno y edificante habían vivido en sus iglesias de Oriente.
De ahí, el hacerse paulatino de una liturgia autóctona, cuyas características pudieran ser, en consonancia con el genio de la raza, la ampulosidad de sus ritos, el vuelo lírico de sus fórmulas, la delicada expresión del sentimiento popular, tan distante ya de la sobriedad exquisita de la liturgia romana. De ahí también las claras influencias orientales que adornan el rito galicano, fenómeno perfectamente explicable en una época tan hondamente impresionable, con su lógico sentido de adaptación y de imitación.
Decadencia. Sin embargo, la liturgia galicana no duró mucho; llevaba dentro de sí aquellos elementos disgregadores que la arrastrarían a su disolución. Si el rito milanés ambrosiano (v.) logró sobrevivir a la romanización del culto, se debió en buena parte a la autoridad y prestigio de la sede metropolitana, y a la veneración por el que creían entonces fundador de este rito, S. Ambrosio. Pero en la Galia merovingia reinó una amplísima libertad, que llevó la variedad ritual demasiado lejos, hasta convertirse en pura anarquía. Faltaba la autoridad de un Obispo y de una sede que centralizara de algún modo la ordenación de la liturgia, y ni los esfuerzos realizados por los concilios provinciales de la época en pro de una mayor unidad consiguieron su intento.
Semejante inestabilidad y desconcierto no hizo sino acelerar el trance de decadencia. A su vez, los Romanos Pontífices no cejaron en su empeño de una mayor unidad litúrgica en torno al rito romano. Así, S. Bonifacio, aconsejado por el papa Zacarías, trabajó por desenraizar ciertas intromisiones galicanas en el rito romano de los países germánicos, lo cual no dejó de impresionar a los pueblos francos. Se aprecia ya una fuerte romanización en los libros litúrgicos galicanos que hoy conocemos: Missale Gallicanum vetus, Missale Gothicum, Missale Francorum. Todavía más significativa es la presencia del Sacramentario Gelasiano (s. VII), importantísimo libro litúrgico de la iglesia de Roma, escrito en Francia con no pocos usos galicanos ya. Tan implantado estaba en las diócesis galas, que fueron apareciendo a continuación diversas adaptaciones, como el Gelasiano de San Galo 348, el de Angulema, el de Gallone, etc.
El proceso de romanización coronó su última etapa durante el reinado carolingio. El esplendor de la liturgia y canto de la iglesia de Roma, desplegado en París por el papa Esteban 11 cuando vino a la coronación de Pipino el Breve (a. 754), entusiasmó a los francos. El mismo Pipino comenzó introduciendo el canto gregoriano  en la liturgia galicana, según testimonio de su hijo Carlomagno, para terminar incorporando el Sacramentario Gregoriano, con la ayuda de su tío, el obispo de Metz. Finalmente, Carlomagno consumó la obra de su padre con facilidad, hasta el punto de que, pocos años después de su muerte, solamente quedaban algunos misales galicanos arrinconados en los archivos y en estado calamitoso.

La Misa galicana. Mientras el celebrante y clero hacen su ingreso, se entona una antífona con salmo, similar al canto de entrada romano. El celebrante saluda al pueblo con «El Señor esté siempre con vosotros» y se canta el Trisagio en griego y latín, al que sigue el canto de la Prophetia o del Benedictus. Termina este rito de entrada con la collectio post prophetiam, precedida de una invitación a la plegaria de los fieles o praefatio.

Tres son las lecturas de la Misa galicana: la primera, tomada del A. T.; la segunda, del Apóstol (Hechos y Epístolas), seguida del Cántico de los tres jóvenes; la lectura evangélica va precedida de una solemne procesión y seguida del Trisagio, nuevamente. El celebrante hace luego la explicación homilética de los textos leídos.
Termina esta liturgia de la Palabra con unas preces litánicas, que dirige el diácono, de marcado sello oriental. En el Misal de Stowe se conserva un formulario de estas preces:

«Digamos todos de corazón: Señor, escúchanos y ten misericordia de nosotros...»; con la collectio post precem, el celebrante cierra esta oración.

La liturgia del sacrificio se abre con la procesión solemne de ofrendas: se llevaba al altar el pan encerrado en una caja en forma de torre y el vino en el cáliz, cubierto todo con velos, mientras el pueblo cantaba el sonus, canto procesional de ofertorio, análogo al bizantino Himno de los Querubines. Depositadas las ofrendas sobre el altar, se cantan las Laudes o triple Aleluya, se leen los dípticos con los nombres de vivos y difuntos que se conmemoran, juntamente con la memoria de los santos, y el celebrante recita la collectio post nomina. El rito termina con el beso de paz, a la vez que se recita la collectio post pacem.

La oración eucarística se inicia con la contestatio o immolatio correspondiente al prefacio romano, y de fórmula más extensa. Canta el pueblo el Sanctus, y sigue una breve oración de transición Post Sanctus, que conecta con la consagración. Después de la consagración tiene gran relieve la oración llamada Post pridie, dado su carácter de anámnesis  y epiclesis conjuntamente. En el rito de la fracción del pan, las partículas se ponen en forma de cruz y se entona un canto llamado Confractorium. 
El Pater noster es recitado por celebrante y pueblo, a la manera oriental. Precede a la comunión una bendición del obispo a los fieles, para que se acerquen justificados al cáliz de bendición; a los sacerdotes se les permite dar la bendición también, pero con fórmula más breve; era un rito entrañable para el pueblo, que continuó usándose en las diócesis galas, aun después de abolido el rito galicano. La comunión se recibía en el altar; los hombres, sobre la palma de la mano descubierta; las mujeres, en la mano cubierta con un pañuelo; se comulga también del cáliz del Señor. Mientras tanto, se canta la antífona fija Trecanum. Sigue la oración poscomunión. Y termina la Misa con estas palabras: Missa acta est. In pace!



domingo, 12 de noviembre de 2017

112).-Parroquia Nuestra Señora De Guadalupe - Quinta Normal.


Esteban Aguilar Orellana; Giovani Barbatos Epple;Ismael Barrenechea Samaniego; Jorge Catalán Nuñez; Boris Díaz Carrasco; Rafael Díaz del Río Martí;Alfredo Francisco Eloy Barra ;Rodrigo Farias Picon; Franco Antonio González Fortunatti;Patricio Ernesto Hernández Jara; Walter Imilan Ojeda;Jaime Jamet Rojas;Gustavo Morales Guajardo;Francisco Moreno Gallardo; Boris Ormeño Rojas;José Oyarzún Villa;Rodrigo Palacios Marambio;Demetrio Protopsaltis Palma;Cristian Quezada Moreno;Edison Reyes Aramburu; Rodrigo Rivera Hernández;Jorge Rojas Bustos; Alejandro Suau Figueroa; Cristian Vergara Torrealba; Rodrigo Villela Díaz; Nicolas Wasiliew Sala;Marcelo Yañez Garin; Katherine Alejandra del Carmen  Lafoy Guzmán; Franco Natalino; 




Parroquia Nuestra Señora De Guadalupe - Quinta Normal.


Nuestra Señora de Guadalupe es una aparición mariana de la Iglesia católica de origen mexicano, cuya imagen tiene su principal centro de culto en la Basílica de Guadalupe, ubicada en las faldas del cerro del Tepeyac, en el norte de la Ciudad de México.










Iglesia parroquial




Iglesia parroquia perteneciente a la Archidiócesis de Santiago de Chile (Archidiœcesis Sancti Iacobi in Chile), ubicada en  avenida San Pablo Nº 5.137 en la comuna de Quinta Normal, ciudad de Santiago. Se ubica en la misma manzana, donde está la estación del metro Blanqueado, en la misma avenida San Pablo Nº 5199, esquina con la avenida Sergio Valdovinos.
 


jueves, 9 de noviembre de 2017

111).-La Luz Sagrada (santo sepulcro)


Esteban Aguilar Orellana; Giovani Barbatos Epple; Ismael Barrenechea Samaniego; Jorge Catalán Núñez; Boris Díaz Carrasco; Rafael Díaz del Río Martí; Alfredo Francisco Eloy Barra ;Rodrigo Farías Picón; Franco Antonio González Fortunatti;Patricio Ernesto Hernández Jara; Walter Imilan Ojeda; Jaime Jamet Rojas; Gustavo Morales Guajardo; Francisco Moreno Gallardo; Boris Ormeño Rojas; José Oyarzún Villa; Rodrigo Palacios Marambio; Demetrio Protopsaltis Palma; Cristian Quezada Moreno; Edison Reyes Aramburu; Rodrigo Rivera Hernández; Jorge Rojas Bustos; Alejandro Suau Figueroa; Cristian Vergara Torrealba; Rodrigo Villela Díaz; Nicolás Wasiliew Sala;Marcelo Yañez Garín; Katherine Alejandra del Carmen  Lafoy Guzmán; Franco Natalino; 


La Luz Sagrada (santo sepulcro) 



La Luz Sagrada es un milagro que ocurre cada año en la iglesia de Santo Sepulcro, Jerusalén en el Sábado Santo, un día antes de la Pascua ortodoxa. Se considera el mayor milagro anual. Este milagro está bien documentado desde el año 1106, las menciones anteriores son escasas. El ceremonial está siendo transmitido por la televisión en casi todos los países ortodoxos o con población ortodoxa importante. La Luz Sagrada es llevada en vuelos especiales hacia países como Rusia, Bielorrusia, Grecia, Chipre, Serbia, Montenegro, Georgia, Bulgaria, Rumanía, Moldavia, Ucrania, Siria, Líbano, Jordania y Armenia, siendo allí recibida con honores de grandes personalidades políticas y religiosas.

Descripción

El Sábado Santo, al mediodía, el Patriarca griego junto con su clero, seguido por el Patriarca armenio con su clero y con el Obispo copto, desfilan en una procesión solemne, cantando himnos, tres veces alrededor del Santo Sepulcro. Una vez acabada la procesión, el Patriarca de Jerusalén u otro Arzobispo lee una oración especial, se quita la túnica y entra solo en el Santo Sepulcro. Los prelados armenios y coptos se quedan en la pre-cámara donde se dice que se apareció el ángel [a María Magdalena] después de la Resurrección [de Jesús]. Después que el patriarca entrase en el Santo Sepulcro, los allí presentes cantan Piero Diaz [en griego] hasta que la Luz Sagrada baja y enciende las 33 velas atadas juntas por el patriarca mientras estaba solo en el Santo Sepulcro de Jesús.

Después de tener las velas encendidas el patriarca sale del Santo Sepulcro y comparte luz con otras 33 velas o 12 velas rezando.
Los peregrinos relatan que el Fuego Sagrado no les quema ni el cabello ni la piel ni la ropa en los primeros momentos después de encenderse como si estuviesen protegidos por su esperanza.

Las autoridades israelitas examinan al Patriarca antes de entrar en el Santo Sepulcro, para que no se lleve consigo nada que pueda encender un fuego. Históricamente, los soldados turcos realizaban este examen. Este examen era duro, ya que los turcos no creían en este milagro y deseaban que las velas no se encendieran, para que la gente perdiera su fe. Después de no haberse encontrado ningún utensilio que permitiera hacer fuego encima del Patriarca, pero él salió del Santo Sepulcro con las velas encendidas y al instante el soldado turco cayó arrodillado convirtiéndose al cristianismo.


viernes, 27 de octubre de 2017

110).-Las meditaciones sobre el Evangelio de Jacques Bénigne Bossuet.-a

Scherezada Jacqueline Alvear Godoy


Esteban Aguilar Orellana; Giovani Barbatos Epple;Ismael Barrenechea Samaniego; Jorge Catalán Nuñez; Boris Díaz Carrasco; Rafael Díaz del Río Martí;Alfredo Francisco Eloy Barra ;Rodrigo Farias Picon; Franco Antonio González Fortunatti;Patricio Ernesto Hernández Jara; Walter Imilan Ojeda;Jaime Jamet Rojas;Gustavo Morales Guajardo;Francisco Moreno Gallardo; Boris Ormeño Rojas;José Oyarzún Villa;Rodrigo Palacios Marambio;Demetrio Protopsaltis Palma;Cristian Quezada Moreno;Edison Reyes Aramburu; Rodrigo Rivera Hernández;Jorge Rojas Bustos; Alejandro Suau Figueroa; Cristian Vergara Torrealba; Rodrigo Villela Díaz; Nicolas Wasiliew Sala;Marcelo Yañez Garin;Katherine Alejandra del Carmen  Lafoy Guzmán; Franco Natalino; 

Meditaciones sobre el Evangelio
Bossuet, Jacques Bénigne



Los Evangelios. Sinópticos. Los Hechos de los Apóstoles.
Libros de meditaciones.
Iberia. 1955. 19 cm. 2 vol. Encuadernación en tapa dura de editorial con sobrecubierta ilustrada. Colección 'Colección "Obras maestras"'. Bossuet, Jacques Bénigne 1627-1704. J.B. Bossuet.
 Traducción. prólogo y notas por. D. Rafael Caldentey. Rafael Salvá].
 Bossuet, Jacques Bénigne, Evêque de Meaux. Biblia. Evangelios. Meditaciones . Cubierta deslucida.

Obra póstuma del Ilustrísimo Señor Jacobo Benigno Bossuet, Obispo de Meaux(Dijon, 1627 - París, 1704) Religioso, predicador y escritor francés. Discípulo de los jesuitas, fue arcediano en Metz. De regreso a París (1659) y entregado a la oratoria sagrada, su fama se extendió gracias a sus sermones fúnebres, como el dedicado a Ana de Austria (1667). En 1670 Luis XIV le nombró preceptor del delfín, a quien dedicó diez años de su vida y obras como el Discurso sobre la historia universal (1681). 
Concluida esta misión, fue nombrado obispo de Meaux (1681). Intervino en la Asamblea del clero, combatió la Reforma protestante y, oponiéndose a su amigo Fénelon, intervino en la querella del quietismo. Enemigo del teatro por considerarlo inmoral (lo criticó acerbamente en Máximas y reflexiones sobre la comedia, obra de 1694), en el último período de su vida retornó a la predicación. Entre sus muchas obras cabe destacar, aunque inacabada y editada tras su muerte, Política deducida de las propias palabras de la Sagrada Escritura (1709).
Nacido en una tradicional familia de magistrados, J. B. Bossuet estudió con los jesuitas, y en 1650 se ordenó sacerdote en París y obtuvo el título de doctor en Teología. Demostró sus aptitudes de predicador en Metz y despertó el interés de San Vicente de Paúl, quien le encargó varios sermones y oraciones fúnebres. En 1669 fue nombrado obispo de Condom y en 1670 el rey Luis XIV le encargó la educación del delfín, heredero de la corona.
Siendo preceptor en la corte escribió algunas de sus principales obras, como el Discurso sobre la historia universal (1681), donde explicó sus argumentos para la construcción de una concepción providencialista de la historia. En 1681 recibió el nombramiento de obispo de Meaux, y en 1697 el de Consejero de Estado. Buscó la unión de católicos y protestantes bajo el gobierno de un rey filósofo cristiano y participó de las polémicas suscitadas en el seno del cristianismo. Muchos de sus textos fueron utilizados como referencia en las controversias religiosas de la época; un ejemplo es su Historia de las variaciones de las Iglesias protestantes (1688).
Sus obras, de una prosa lírica y vehemente, muchas de ellas inspiradas en la elocuencia de Cicerón y San Agustín, incluyen las Oraciones fúnebres de Enriqueta de Francia (1669), que constituyen un modelo del género, Política deducida de las propias palabras de la Sagrada Escritura (1709) y Del conocimiento de Dios y de sí mismo (1722).
Numerosos historiadores lo reconocen como uno de los principales teóricos del sistema político del Antiguo Régimen o monarquía absoluta de derecho divino, cuyos conceptos dominaron la teoría política del siglo XVII en toda Europa y se mantuvieron hasta la época de la Revolución Francesa. El ideario de Jacques Bénigne Bossuet defendía la igualdad entre todos los hombres, pero entendía que la única forma de garantizar la paz y la seguridad era la implantación de un Estado gobernado por un rey cuya autoridad le era dada por Dios, y en quien los hombres debían depositar su derecho natural a regirse.

martes, 19 de septiembre de 2017

109).-Rito Ambrosiano.


Esteban Aguilar Orellana; Giovani Barbatos Epple;Ismael Barrenechea Samaniego; Jorge Catalán Nuñez; Boris Díaz Carrasco; Rafael Díaz del Río Martí;Alfredo Francisco Eloy Barra ;Rodrigo Farias Picon; Franco Antonio González Fortunatti;Patricio Ernesto Hernández Jara; Walter Imilan Ojeda;Jaime Jamet Rojas;Gustavo Morales Guajardo;Francisco Moreno Gallardo; Boris Ormeño Rojas;José Oyarzún Villa;Rodrigo Palacios Marambio;Demetrio Protopsaltis Palma;Cristian Quezada Moreno;Edison Reyes Aramburu; Rodrigo Rivera Hernández;Jorge Rojas Bustos; Alejandro Suau Figueroa; Cristian Vergara Torrealba; Rodrigo Villela Díaz; Nicolás Wasiliew Sala; Marcelo Yañez Garin;Katherine Alejandra del Carmen  Lafoy Guzmán; Franco Natalino; 


Rito Ambrosiano.




El rito ambrosiano​ (en latín, ritus Ambrosianus) o milanés es uno de los ritos litúrgicos latinos medievales que subsisten en la Iglesia católica. Es el rito utilizado en la mayor parte de la arquidiócesis de Milán en Italia y en algunas zonas que antes le pertenecían. El superior del rito ambrosiano es el arzobispo de Milán.

Historia.

No es posible afirmar que haya sido S. Ambrosio, el obispo más ilustre de la sede milanesa (374-397), el creador de este tipo litúrgico. A él se deben ciertas innovaciones como la introducción del salmo antifonario, el canto de los himnos, etc.; pero a fines del s. IV la liturgia de Milán era, con toda probabilidad, la antigua romana, salvo algunas originalidades e influencias de tipo oriental. Ya antes de S. Ambrosio, su antecesor S. Mirocles (304-315) parece que se interesó en el rito, así como algunos de sus sucesores. Entre éstos, a S. Eusebio se le atribuyen hoy varios textos de prefacios.
Bien pudo ser durante la larga invasión de los lombardos (finales del s. VI), cuando diversos elementos del rito galicano entraron con fuerza en el rito milanés; al tiempo que monjes griegos y sirios incorporaron otros nuevos de origen bizantino. Se produjo así una liturgia no autóctona, pero con buena base de arraigo.
No han faltado en la historia diversos intentos de suplantarla. Cuando Carlomagno quiso uniformar toda la liturgia en el Sacro Romano Imperio, trató también de implantar el rito romano en Milán. Pero sus esfuerzos chocaron siempre con la defensa decidida que hicieron los milaneses de su rito.
Data de entonces la atribución a S. Ambrosio de la creación del rito (W. Strabon, De ecclesiasticarum rerum exordiis et incrementis, c. 23). Intentos parecidos realizaron S. Pedro Damián, y más tarde el papa Gregorio VII. Al fin, prevaleció la decisión de conservarlo, por respeto a la autoridad de S. Ambrosio y a la veneranda tradición del rito.
En el s. XVI, S. Carlos Borromeo, luchó por la defensa del rito, trabajó en la revisión de los libros litúrgicos, que fueron publicándose después de su muerte, y logró del papa Gregorio XIII él perpetuo reconocimiento del rito ambrosiano por parte de la Iglesia romana. Entre otros obispos merece destacarse el benedictino card. Ildefonso Schuster (m. 1954): a él se debe la nueva floración de estudios ambrosianos y bajo sus auspicios comenzó la revisión del Breviario en la abadía de María Laach.
Actualmente el rito ambrosiano se usa no sólo en la archidiócesis de Milán, sino también en otras 55 parroquias de Bérgamo, Novara y Lugano. En ellas existe la obligación de celebrar la Misa solemne en rito ambrosiano aunque la rezada se celebre en rito romano; la obligación se extiende a la Misa rezada en la catedral metropolitana y en la basílica de S. Ambrosio.

     
Descripción del rito.
La Misa.

Comienza con el canto procesional de entrada Ingressa, que no tiene salmo ni repetición. Después de incensar el altar, se canta el Gloria in excelsis, tal vez como vestigio del antiguo oficio ambrosiano de Laudes; durante la Cuaresma, en cambio, existe una letanía diaconal con doble formulario (Divinae pacis y Dicamus omnes), para recitar en domingos alternos, a la que se responde con el Kyrie eleison.

De ahí la triple invocación Kyrie Christe Kyrie en todas las Misas, como en el rito romano. Sigue la oratio super populum, precedida del saludo Dominus vobiscum de cara al altar, lo que supone que éste estaba normalmente cara al pueblo. Las lecturas en la Misa ambrosiana son tres, ya desde S. Ambrosio, como en la antigua Misa romana y en las galicana y mozárabe: lectura profética (del A. T. o de Hechos), apostólica o epístola, y evangélica.

Entre la primera y segunda se canta el psalmellus, correspondiente al gradual romano; y antes del Evangelio, el Alleluia con un versículo, al que acompaña en las grandes solemnidades una antiphona ad Evangelium, mientras tiene lugar la procesión al ambón o púlpito. Después, como canto procesional a continuación de la lectura o como preparación del altar para el ofertorio, se canta la antiphona post Evangelium con triple Kyrie.

Antes del ofertorio tal vez como un recuerdo de la paz que se daba en este momento el diácono hace al pueblo esta invitación: Pacem habete, a la que el pueblo responde: Ad te, Domine. (No parece muy concorde la respuesta, si no se sobrentiende una segunda parte perdida de la invitación: Corrigite vos ad orationem, que se decía una vez realizado el abrazo de paz.)

Sigue la oratio super sindonem, una vez extendidos los manteles sobre el altar. El rito del ofertorio es bastante parecido al de la antigua Misa romana. En la iglesia metropolitana se conserva una tradición venerable: 10 ancianos y 10 ancianas, pertenecientes a la vieja cofradía Schola Sancti Ambrosii, con su hábito característico y cuerpo y manos cubiertos con el amplio velo llamado «fanón», llevan las ofrendas de pan y de vino hasta el cancel del presbiterio, donde las recibe el celebrante con sus ministros. Y mientras se llevan las ofrendas al altar, se canta la antífona Offerenda, equivalente al canto romano del ofertorio, del que no pocas veces toma el texto. Después del ofertorio se canta el Credo; sigue la oratio super oblata.

El canon ambrosiano en su texto más puro se conserva en la Expositio Missae canonicae (s. IX) publicada por Wilmart, y bien puede considerarse, salvadas algunas introducciones romanas posteriores, como el antiguo canon que S. Ambrosio expone en su libro De Sacramenos; apenas se diferencia del canon romano.

Se abre con el Prefacio, del que existen numerosísimos formularios, de gran finura y estilo, como en los ritos galicano y mozárabe. En el Communicantes se incorporan a la lista los santos y mártires de la Iglesia milanesa. E inmediatamente antes de la consagración, el celebrante va al lado de la epístola y en silencio se lava las manos. Las palabras consacratorias concluyen con el recuerdo de la muerte y resurrección de Cristo y el anuncio de su segunda venida, reminiscencia del texto paulino de 1 Cor 11, 26.

La fracción del Pan sigue inmediatamente a la doxología final del canon. Mientras tanto, se canta el Confractorium. Los fieles comienzan a prepararse a la comunión con el Pater noster y dándose a continuación la paz. El Agnus Dei únicamente tiene lugar en las misas de difuntos. La fórmula de comunión siempre fue la que desde la última reforma es también del rito romano:

Corpus Christi.
R/Amén.

Mientras se da la comunión, se canta el Transitorium. Y termina la Misa con la poscomunión, triple Kyrie eleison con que solían terminar todos los oficios ambrosianos, bendición y fórmula de despedida Procedamus in pace. R/ In nomine Christi.

El Oficio divino.


Ya a fines del s. IV la oración pública estaba suficientemente organizada en Milán, aunque es difícil esclarecer en qué modo.

Sabemos por S. Ambrosio que, además de la Vigilia Pascual, existían otras vigilias nocturnas, en las que intervenía el pueblo. Para ellas compuso él mismo unos himnos, de texto muy popular y melodía silábica de gran sencillez, con el fin de adoctrinar amablemente al pueblo en aquellas verdades que los herejes combatían. El pueblo intervenía, además, con un nuevo género musical importado de Oriente, la antífona, en la que alternaban voces masculinas y femeninas o infantiles (en octava superior, con repetición de «ritornello»).

Diversos influjos posteriores fueron complicando el oficio primitivo, lo que motivó en el s. XVI el esfuerzo restaurador de S. Carlos Borromeo. Una reforma más a fondo está en manos hoy, como dijimos, de los monjes de María Laach.

En el Oficio divino de hoy el salterio se recita íntegro en 10 días de cada quincena, ya que los sábados y domingos, por ser el oficio festivo, no entra la salmodia corriente. Los salmos matutinos van del 1 al 108, y los vespertinos del 109 al 150. Se usa la versión del salterio tomada de la Vetus Latina. (El oficio nocturno festivo consta de tres cánticos, lo cual denota su anterioridad al influjo monástico. Las vísperas comienzan con el antiguo oficio del lucernario, siguen con el recitado de salmos y oraciones intercaladas, para terminar con el Magnificat.)

Sacramentos y sacramentales.

Se conoce bien el antiguo rito de iniciación cristiana gracias a S. Ambrosio. Es sustancialmente el mismo de Roma. El actual Ritual ordinario del Bautismo es el que se conserva como apéndice del Codex Bergomensis para el rito privado y en caso de urgencia. En el Matrimonio, después del consentimiento mutuo de los contrayentes, el sacerdote pone el extremo de la estola sobre las manos unidas de los esposos. Los demás sacramentos apenas presentan características dignas de relieve. Entre los sacramentales aparecen como más interesantes los ritos de dedicación de iglesias y consagración de altares y el de velación de vírgenes.

Año litúrgico.

El Adviento ambrosiano comienza regularmente con la fiesta de S. Martín (11 de noviembre), y consta de seis semanas. El último domingo es la fiesta de la Encarnación del Señor, y la semana anterior a Navidad se denomina de Exceptato (preparación al recibimiento del Mesías). La Cuaresma consta de cinco domingos: el 1o se llama In capite Quadragesimae y los demás se designan por el evangelio del día: el 2o, de Samaritana, el 3o. de Abrahamo, el 4o. de Caeco; y el 5o. de Lazaro. Los viernes de Cuaresma son días alitúrgicos, y no se celebra Misa. Durante este santo tiempo no está permitido en Milán celebrar oficios de Santos.

La Semana Santa recibe en Milán el nombre de Hebdomada authentica. En la procesión de ramos, al estilo de Jerusalén, el arzobispo, montado a caballo, iba bendiciendo al pueblo. El jueves Santo era la reconciliación de los penitentes a la puerta de la catedral, con beso del arzobispo a cada reconciliado. Después de las vísperas, el arzobispo lava los pies a 12 ancianos. El Viernes Santo hay un rito de adoración de la cruz, calcado del romano. En la Noche Pascual había antaño dos Misas, la primera pro baptizatis y la segunda de Resurrección, con canon propio, en la que los neófitos comulgaban bajo las dos especies.

El misal ambrosiano conserva dos Misas para cada día de la Semana de Pascua, una para los neófitos y otra para los fieles. En los tres días anteriores a Pentecostés se observaba ayuno y se celebraban rogativas con estación en numerosas iglesias de la ciudad; de ello queda hoy el canto de letanías y Misa sin procesión alguna.

Los domingos después de Pentecostés se dividen así: quince, post Pentecostén, cinco post Decollationem (29 de agosto, degollación de S. Juan Bautista), tres ante Dedicationem (20 de octubre, dedicación de la Metropolitana) y tres post Dedicationem.

El Santoral milanés fue surgiendo en torno al sepulcro de los santos y mártires locales y a las iglesias dedicadas a ellos. Pero pronto fue universalizándose, sobre todo por influjo de Roma, de cuya Iglesia conmemora también numerosos santos.

martes, 12 de septiembre de 2017

108).-Inspiración divina de la biblia (II) a.-



Curso de ciencias bíblicas en la parroquia de  Guadalupe de la comuna de Quinta Normal, años 2009

Esteban Aguilar Orellana; Giovani Barbatos Epple;Ismael Barrenechea Samaniego; Jorge Catalán Nuñez; Boris Díaz Carrasco; Rafael Díaz del Río Martí;Alfredo Francisco Eloy Barra ;Rodrigo Farias Picon; Franco Antonio González Fortunatti;Patricio Ernesto Hernández Jara; Walter Imilan Ojeda;Jaime Jamet Rojas;Gustavo Morales Guajardo;Francisco Moreno Gallardo; Boris Ormeño Rojas;José Oyarzún Villa;Rodrigo Palacios Marambio;Demetrio Protopsaltis Palma;Cristian Quezada Moreno;Edison Reyes Aramburu; Rodrigo Rivera Hernández;Jorge Rojas Bustos; Alejandro Suau Figueroa; Cristian Vergara Torrealba; Rodrigo Villela Díaz; Nicolas Wasiliew Sala;Marcelo Yañez Garin;Katherine Alejandra del Carmen  Lafoy Guzmán;Paula Flores Vargas; 



7. Inspiración activa. 

La i. activa, que por parte del principio, Dios, no se distingue realmente de la misma esencia divina, por parte del término en el que se recibe, se dice que excita o mueve al hagiógrafo: es moción dinámica, acción transeúnte, que se ordena a la redacción del libro. La Teología clasifica la i. bíblica entre los dones carismáticos sobrenaturales (o gratiae gratis datae, en la terminología de S. Tomás), que se confieren directamente (in recto) para la salud y santificación del Pueblo de Dios, y sólo secundariamente (in obliquo) para la santificación de la persona agraciada con el don. En ello se distingue de la gracia santificante (v. GRACIA SOBRENATURAL), aunque, generalmente, consta que los hagiógrafos han sido hombres que alcanzaron gran santidad de vida. Algunos teólogos han puesto en relación el carisma inspirativo con las gracias actuales, en cuanto que en ambos casos se dan transitoriamente (per modum actus, no per modum habitus), pero a ello puede oponerse que la i. no se confiere, al menos in recto, al aumento de la caridad, sino a la elevación de la mente, moción de la voluntad y asistencia de las demás facultades en orden a la transmisión del mensaje divino. Estamos más bien en el campo de los carismas (v.).

8. Inspiración pasiva. 

Así se designa el carisma inspirativo en cuanto es recibido por el hagiógrafo. Según la enseñanza tradicional, resumida por León XIII en la enc. Providentissimus Deus, la i., pasivamente considerada. comporta tres acciones divinas en el hagiógrafo: ilustración de la mente; moción de la voluntad para que se determine, libremente, a poner por escrito el mensaje divino concebido en su mente; asistencia en las facultades ejecutivas relacionadas con el arte de la creación literaria. Veamos estos tres aspectos.

      a. Influjo divino en el intelecto. 

Dios ilustra, aplica y eleva el intelecto del hagiógrafo para que entienda el mensaje divino que debe transmitir. Según los principios de la filosofía tomista, en todo acto cognoscitivo pueden distinguirse dos fases: la adquisición de las especies inteligibles (repraesentatio specierum) y el juicio sobre las especies recibidas (iudicium de speciebus vel repraesentatis). Ambas fases en el proceso del conocimiento natural (v. CONOCIMIENTO I), se producen con solas las fuerzas y facultades humanas naturales; pero cuando se trata de los escritores de la B., se requiere que ambas fases, o al menos la segunda se verifique bajo el influjo y dependencia de Dios.
      Así, pues, Dios debe aplicar el intelecto del hagiógrafo para adquirir las especies. Estas especies o formas inteligibles son recibidas en el intelecto: a) por medio de los sentidos; b) por vía imaginativa, bien como nuevas representaciones en la imaginación o sin nueva representación, sacándolas de la memoria; e) por vía directamente intelectual, por medio de combinación y ordenación de especies ya antes adquiridas. En todo caso, estas operaciones son un presupuesto previo y no constituyen todavía formalmente el juicio. El intelecto del hagiógrafo, en esta primera fase actúa aplicado por Dios y, en cuanto sea necesario ayudado, por asistencia natural, o bien sobrenatural, cuando el caso lo requiera. La naturaleza de la i., pues, no exige de suyo necesariamente y siempre que Dios infunda nuevas especies en el intelecto del hagiógrafo en la primera fase del conocimiento (acceptio rerum). Pero tampoco excluye esa posibilidad que, de facto, se ha debido producir algunas veces, p. ej., en ciertas profecías mesiánicas del A. T. En resumen, en la fase primera del proceso cognoscitivo, el hagiógrafo bíblico no se encuentra ya estrictamente en las mismas condiciones que los escritores comunes, sino que para esta labor previa es «ayudado por el hálito de la divina inspiración, por medio del cual para la elección... de los documentos se encuentra inmune de todo error» (Pío XII, enc. Httmani generis).
      En cambio, en la segunda fase del conocimiento (v. juicio, Filosofía), es absolutamente necesario que Dios aplique y eleve el intelecto del hagiógrafo para que éste forme el juicio sobre las especies de cualquier modo adquiridas (iudicium de rebus acceptis). Este acto de juzgar constituye un elemento esencial y formal en la redacción del libro sagrado. No basta para tal juicio inspirativo que Dios ayude al hagiógrafo con una luz meramente natural; sino que Dios influye de tal manera en el hagiógrafo, que éste, de modo subordinado, forma como un solo principio de acción con Él; ello se verifica por medio de un lumen, una luz sobrenatural, que es elemento principal y primario de la i. De otro modo Dios no sería verdadero autor de la B. Hay que evitar, sin embargo, toda explicación que desconozca la verdadera intelección del hagiógrafo (reduciendo a éste a algo así como un amanuense que escribiera al dictado mecánico de Dios): en este último extremo tampoco el hagiógrafo sería verdadero autor del libro sagrado.
      Se han preguntado los teólogos en qué consiste el lumen o luz divina ilustrativa. Algunos lo comparan con el lumen gloriae, mediante el cual la facultad intelectiva del alma es hecha apta para contemplar y conocer la esencia divina (v. CIELO III, 4 B). S. Tomás había considerado tal lumen a partir de sus efectos: por medio de él la mente del hagiógrafo «es elevada para percibir las cosas divinas» (Sum. Th., 22 g171 al ad4); «es robustecida para juzgar de modo sobrenatural» (De Veritate, ql2 a7), o «según la certeza de la verdad divina» (Sum. Th., 22 gl74 a2 ad3). La opinión común es que el lumen inspirativo concede al intelecto mayor capacidad para conocer las cosas divinas, de modo semejante a como con el lumen gloriae el alma es robustecida en su capacidad de conocimiento de Dios; en ambos casos, el lumen divino pone como en luz más clara el objeto de conocimiento.
      En definitiva, sea cual fuere el análisis especulativo, los libros sagrados expresan el mensaje revelado con la certidumbre de la verdad divina. Pero no es necesario que el hagiógrafo sea plenamente consciente de actuar bajo el lumen divino; éste, como en general la gracia, no es objeto normalmente de percepción humana, a no ser que una nueva gracia, distinta, venga al hombre para hacerle precisamente consciente de que ha sido objeto de concesión de la gracia anterior. Por regla general (que admite excepciones), en el carisma inspirativo el hombre no es claramente consciente del beneficio divino y tan sólo barrunta algo de él por los efectosque produce en él; pero no es el propio recipiendiario el que está constituido en juez de su propia gracia, sino la Iglesia. Del mismo modo que ocurre con la gracia (v.) santificante, el sujeto no conoce su propia santidad, sino que es la Iglesia quien tiene el carisma de reconocer la santidad de vida del sujeto. Así, pues, sólo la Iglesia posee el carisma. de reconocimiento o discreción de la existencia de la i. divina en los concretos escritores y escritos sagrados. Recuérdese aquí lo dicho acerca de los criterios de i. (v. 2).
      S. Tomás no distinguió más fases en el proceso del juicio (v.) intelectivo. Pero los autores posteriores suelen distinguir un juicio especulativo o teorético, al que asignan un contenido semejante al iudicium de speciebus repraesentatis del que hemos hablado, y otro juicio práctico, cuya operación sería juzgar sobre el modo concreto práctico de expresar por escrito la verdad que ha sido captada en el juicio teorético. Si se admite, con la mayoría de los tratadistas, este análisis, se hace necesario el influjo sobrenatural inspirativo en esta fase del juicio práctico, como exigencia de veracidad del escrito sagrado y de la condición de Dios como autor de la B. Tal influjo sobrenatural en el juicio práctico debe producirse con determinación interna e infalible en la mente del hagiógrafo, no siendo suficientes los alicientes meramente externos (como pudieran ser, p. ej., las peticiones de ciertos cristianos de Roma a S. Marcos, para que escribiese el Evangelio, según hablan algunas tradiciones, aun cuando tales peticiones hubieran sido movidas por el Espíritu Santo). En conclusión, si se admite, con la mayoría de los áutores, la distinción entre juicio especulativo y práctico, habrá que postular para ambas fases del juicio del hagiógrafo el influjo divino sobrenatural, para que la B. esté verdaderamente inspirada por Dios y le tenga por verdadero autor principal.

      b. Influjo divino en la voluntad del hagiógrafo. 

Además del influjo en el intelecto del hagiógrafo, hay que considerar la moción divina de su voluntad. Según palabras de León XIII en la enc. Providentissimús Deus: «Con fuerza sobrenatural de tal modo los movió (Dios a los hagiógrafos bíblicos) a escribir aquellas cosas que Él mismo quiso... que quisieran ellos escribirlas fielmente».
      Los escritores antiguos apenas hablaron de esta moción de la voluntad, pero evidentemente la suponen. La especulación posterior insistió en la necesidad de considerar tal moción, entre otras ,cosas, debido a las circunstancias en que vivieron los hagiógrafos y profetas y a la distinción, según la psicología tradicional, entre la facultad intelectual y la volitiva. Según los principios de tal psicología, se hace necesario, para explicar la naturaleza del carisma bíblico, afirmar el influjo o moción de la voluntad, de modo paralelo a como se había postulado la ilustración sobrenatural del intelecto. En cuanto a razones dogmáticas, es también evidente que siendo la S. E. la expresión escrita de la voluntad de Dios, a la cual debemos prestar un asentimiento absoluto de fe, debemos tener la garantía de que los hagiógrafos nos han dicho fielmente lo que Dios quería decirnos, sin que motivaciones de otros órdenes hayan podido alterar el contenido de la B. En otras palabras, necesitamos la garantía divina de que los hagiógrafos, ni por temor, pusilanimidad, etc., hayan alterado el mensaje divino de que eran portadores. En resumen, la moción sobrenatural de lá voluntad del hagiógrafo pertenece a la explicación idónea y necesaria del dogma de la¡. de la S. E., según consta en la doctrina tradicional, incluso expresamente en algunos de los documentos del Magisterio.
      En cuanto a la explicación teológica de tal moción divina, los autores católicos difieren en sus opiniones, a tenor de los principios filosóficos y teológicos que se apliquen, salvada siempre la cuestión esencial: el hecho o existencia de tal moción. Fundamentalmente se han dado dos tipos de explicación: la llamada tomista basada en los principios de Sto. Tomás, y la que, con unas u otras matizaciones, se basa en la teoría de la llamada ciencia media.
      Según la primera tendencia hoy común en teología católica, para que podamos tener garantía absoluta de la sinceridad de los hagiógrafos, es necesario que Dios haya movido infaliblemente su voluntad mediante la llamada moción o premoción física, entendiendo por tal, no la mera presentación de alicientes, etc. (moción moral que obra desde el exterior del sujeto que va a actuar), sino una acción en el interior de la propia voluntad. Así, Dios mueve f ísicarnente la voluntad del hagiógrafo a tal o cual acción escriturística, la única dificultad en esta explicación es cómo puede mantenerse libre la voluntad del hagiógrafo: aquí se entra en la célebre cuestión del libre albedrío que tanto estudió la Teología del Renacimiento (v. BÁÑEZ:; MOLINA). Los tomistas responden a esta aporía en el sentido de que Dios es el único que mueve física e infaliblemente sin coartar la libertad humana. Esta respuesta tiene sólidas apoyaturas en la misma S. E., en la experiencia de los místicos y en la especulación teológica; es claro, no obstante, que existe una zona misteriosa del actuar divino en este punto que difícilmente es explicable de modo apodíctico por los argumentos racionales. No podemos decir que esta explicación pertenezca a la esencia del dogma de la i. bíblica, pero sí que es la explicación más idónea hasta ahora.
      La otra explicación, menos concluyente y común, sostiene, en resumen, que Dios, por la llamada ciencia media, conoce precisamente las reacciones de la libre voluntad humana, y excita a ésta moralmente para que cumpla lo indicado por Dios; esa voluntad divina se cumple en la voluntad del hagiógrafo, porque Dios ha previsto y seleccionado a aquellos hagiógrafos que iban a cumplir su divina voluntad. Con esta explicación moral, la corriente molinista (v. MOLINA) ha querido salvar la libertad del hagiógrafo, según ellos no suficientemente garantizada por la explicación tomista. Pero esta segunda explicación. tiene a su vez la dificultad de no salvar suficien temente la soberana y libre voluntad divina, que se vería de algún modo determinada por la libertad humana: Dios no podría escoger libremente a los hagiógrafos, sino sólo a aquellos que pl viese querrán someterse a sus designios; en última instancia, Dios quedaría determinado por el hombre, lo cual, así expuesto, no podría admitirse.

      c. Influjo inspirativo en las facultades ejecutivas.

 En teología moderna se ha ido abriendo paso, hasta hacerse doctrina común, para completar la explicación de la íntima naturaleza de la i. bíblica, que es necesario postular una asistencia sobrenatural en las facultades del hagiógrafo que concurren a la acción de redactar el libro sacro. Esta asistencia se concibe como distinta y complementaria del influjo ilustrativo de la mente y de la moción de la voluntad. La asistencia divina a las facultades ejecutivas acaece durante todo el tiempo en que se está realizando el trabajo literario, cesando en el momento en que el libro está acabado.
      Los modernos estudios sobre la psicología del escritor enseñan que quienes intentan dar forma literaria a su pensamiento encuentran con frecuencia notables dificultades para conseguir expresar por escrito lo que ya han concebido en la mente; se trata de las propias limitaciones del lenguaje y de la expresión literaria. Ya León XIII en la Providentissimus Deus se refirió a estos aspectos cuando, describiendo la naturaleza de la i., decía que el Espíritu Santo asistió (adstitit) a los escritores sagrados de manera que pudieran expresar aptamente la infalible verdad (apte inf allibili veritate exprimerent). La existencia de tal asistencia divina no ofrece hoy dudas a los tratadistas; el principio «Dios verdadero autor principal de la Escritura» parece obviamente exigir la asistencia de que venimos hablando. De todos modos, la investigación teológica en este punto está todavía a comienzos y las diversas opiniones de los autores no han adquirido aún el valor de enseñanza común.
      En resumen, el influjo divino se ejerce en toda la personalidad del haglógrafo: por tanto, no puede ser reducido a unas cuantas facultades, sino a todas las esferas del ser humano, de modo que la obra resultante, el escrito sagrado, tenga como verdaderos autores conjuntos a Dios y al hagiógrafo, según las características de que hemos hablado.

9. Inspiración terminativa y extensión de la inspiración. 

Ya dijimos que la i. bíblica puede ser considerada terminative, es decir, en cuanto que sus efectos aparecen en el libro sagrado, término, desde ciertos respectos, de la acción inspirativa. Pero un libro no puede existir como tal sin los signos externos: palabras, frases, figuras literarias, etc. Es precisamente mediante esos signos o elementos del lenguaje escrito como se expresa el contenido conceptual. La cuestión es ésta: en la propia B., puesto que tanto Dios como el hagiógrafo, y también de algún modo la Iglesia, son verdaderos autores, ¿puede distinguirse lo que debe atribuirse peculiarmente a cada uno de ellos? O dicho de otro modo, la acción divina inspirativa, ¿se extiende a todas las partes del escrito sagrado, o sólo a algunas de ellas o de sus elementos? Advirtamos que cuando aquí hablamos de extensión de la i., tomamos dicha extensión no en su sentido extrínseco (qué libros en concreto pertenecen a la S. E.; para ello v. ii), sino en sentido intrínseco: nos preguntamos si todos los elementos internos que se encuentran en los libros sagrados, caen dentro del influjo divino inspirativo.
      La respuesta obvia, y comúnmente admitida en teología católica, es afirmativa: de la naturaleza de la divina i. se deduce que todos los elementos internos que constituyen el libro sagrado no han sido incluidos en él de manera ajena a dicha i., sino que ésta se extiende a todos los elementos constitutivos del libro. A partir de los principios tomistas, tal respuesta afirmativa aparece como obligada; especialmente se impone esta conclusión al aceptar la aplicación de la teoría de la causalidad instrumental a la explicación de la naturaleza de la i. Pero esta sentencia, hoy comunísima, no fue tan claramente percibida, sobre todo en los s. XVIII y XIX.
      Los elementos internos que constituyen todo libro son de dos clases: materiales y formales. Se incluyen entre los primeros los signos gráficos de la escritura, papel, tinta y forma externa del libro, etc. La cuestión no versa evidentemente sobre estos elementos, sino sobre los formales, que son, principalmente, los conceptos, los vocablos no materialmente considerados y los nexos gramaticales, que relacionan unos vocablos con otros; por medio de todos ellos se expresan los conceptos y juicios, se construye, en una palabra, todo el contenido ideológico del escrito. Los tratadistas, con el fin de conseguir una simplificación, han restringido la cuestión a dos elementos principales: los conceptos y los vocablos. De aquí que hayan surgido las dos partes de la cuestión: a) La i. divina de la S. E., ¿se extiende a todos los conceptos pensamientos contenidos en la B.? Este tema se suele llamar inspiración real (de las cosas), b) La i., ¿se extiende igualmente a todos los vocablos contenidos en la B. (se entiende en sus textos originales, no en las traducciones)? A este tema se le llama inspiración verbal (de las palabras).

      a. Inspiración real. 

Aquí hay que evitar un error, en el que de cuando en cuando han incidido algunos escritores a partir del s. XVII. Consiste en restringir de una u otra manera y por una u otra causa el ámbito de la i. divina de la B. a sólo los pasajes que tratan directamente de argumento religioso, bien sea dogmático o moral. Que se sepa, el primer católico que incidió en esta restricción ilegítima fue Enrique Holden (1652). En el s. XIX, al arrecia los ataques de los racionalistas contra la veracidad e inerrancia bíblica (v. v), algunos católicos volvieron teórica o prácticamente a recurrir, por fines apologéticos, a la indicada restricción, dejando fuera del influjo inspirativo los pasajes relativos a fenómenos de la naturaleza o a acontecimientos de la historia y cultura humanas. Así A. Rohlin (1872), P. Lenormant (1880), S. di Bartolo (1890). Muy ingeniosa fue la teoría del card. J. H. Newmann (v.) en 1884, según la cual, en la B. se mencionan como de paso, sin intención especial del hagiógrafo, buen número de cosas que no caen propiamente bajo la i. divina; estas cosas, que no tienen importancia alguna para la doctrina religiosa, existen en los libros sagrados quasi obiter dicta, según expresión del mismo Newmann (p. ej., que el perro de Tobías movía la ola, Tob 11,9; o que Pablo se dejó la capa en Troade, en casa de Carpo, 2 Tim 4,13; o que de Nabucodonosor se diga haber sido rey de Nínive, Idt 1,5). Todas esas sentencias, incluida la del card. Newmann, suponen una pérdida del sentido tradicional de la naturaleza de la i. de la B. e implican error en el contenido de la fe de la Iglesia, aunque sus autores incidieran en 61 movidos de la mejor intención.
      Por estas causas, el Magisterio de la Iglesia, acudió, a partir de la Providentissimus Deus, a exponer el verdadero sentido de la fe. La enseñanza de los últimos Pontífices (León XIII, S. Pío X, Benedicto XV y Pío XII) puede resumirse diciendo que es ilegítimo restringir la i. divina de la B. a sólo aquellos pasajes que tratan de fe y costumbres, y que, por consiguiente, son equivocadas las sentencias que admiten error en los pasajes que no tratan de argumento directa y estrictamente dogmático o moral. La razón teológica de esta enseñanza radica en la naturaleza de la i. divina de la S. E. Aplicando la teoría de la causalidad instrumental a la explicación del carisma inspirativo, es claro que el efecto resultante de la interacción divinohumana debe atribuirse todo 61 a ambos autores; el escrito resultante, el libro sagrado, pertenece todo él a Dios y a los autores humanos, sin que, por tanto, pueda decirse que una parte es debida a Dios y otra a los hagiógrafos. Todos los elementos formales que integran el escrito sagrado no son ni meramente divinos, ni meramente humanos, sino simultánea y conjuntamente divinohumanos. Por tanto, no puede haber en los escritos sagrados, pasajes que hayan sido escritos con sola la intervención humana, sea cual fuere su contenido y género. Igualmente se clarifica la enseñanza del Magisterio, considerando la i. desde el punto de vista del autor. Ya dijimos cómo es constante en la doctrina cristiana la enseñanza de que Dios es autor de la B.; la const. Dei Verbum del conc. Vaticano II dice expresamente que Dios y los hagiógrafos bíblicos son verdaderos autores, y todo ello en el sentido de ser autores de todos y cada uno de los párrafos auténticos de la B., no en el que unos sean autores de unas partes y otros de otras. En conclusión, la doctrina católica acerca de la extensión de la i. confiesa que todos los pasajes auténticos de la S. E., cualquiera que sea su contenido y género, caen dentro de la i. divina (v. t. v).

      b. Inspiración verbal. 

Que cada una de las palabras que componen el texto bíblico original ha sido escrita bajo el influjo de la i. divina, fue una sentencia universal y pacíficamente admitida hasta fines del s. xvi. El primer autor de cierto relieve que puso reparos graves a tal sentencia parece haber sido Leonhard Lessio S. J. (1586; v.), que escribió: «Para que algo sea Escritura Sagrada, no es necesario que cada una de sus palabras haya sido inspirada por el Espíritu Santo». Por el mismo tiempo (1584), Domingo Báñez O. P. (v.) mantenía en cambio extremosamente la sentencia tradicional: «El Espíritu Santo no sólo inspiró las cosas contenidas en la Escritura, sino que cada una de las palabras con las cuales se han expresado esas cosas, las dictó y las sugirió (dictavit atque suggessit) ». Estas posiciones contradictorias, sustentadas respectivamente por teólogos eminentes dentro de dos escuelas teológicas de la época, ocasionaron que otros muchos autores se alinearan en una u otra posición. Aparte de la ocasión de esta controversia BáñezLessio, la cuestión de la i. verbal tomó cuerpo de los todavía incipientes estudios de crítica literaria. Se observaba que las mismas cosas e ideas se expresaban a veces de distintas maneras, lengua, estilo, etc., según los diversos escritores sagrados. Se preguntó entonces cómo estas divergencias peculiaridades de cada hagiógrafo se conjugaban con la naturaleza de la i. y con la idea de Dios autor de la B. Hoy, sid embargo, teólogos y Magisterio enseñan que todas y cada una de las palabras que componen el texto original de la S. E. han sido escritas bajo el influjo divino inspirativo.
      Aquí, como en la i. real, las razones teológicas que ilustran ésta doctrina de la Iglesia se basan principalmente en la explicación y concepto tradicional de la i., en la idea de Dios autor de la S. E. y en la aplicación de la teoría de la causalidad instrumental. En efecto, según los principios tomistas, el instrumentohagiógrafo, autor secundario de la S. E., es elevado por Dios, causa principal, autor primario, de modo que aquél obra según su propia virtualidad, pero bajo la moción divina (cfr. Sum. Th. 3 q62 al c ad2). Por tanto, el producto, el libro sagrado, todo él y cada una de sus partes, incluidas las palabras, es efecto de la acción instrumental del hagiógrafo movida por la acción elevante divina. Aunque un hagiógrafo use términos distintos que otro para expresar la misma idea, esos términos concretos y peculiares, que están en consonancia con sus personales cualidades, no han sido escritos sin el influjo divino. Con esta explicación sé compagina aptamente la afirmación tradicional del Magisterio de que Dios es autor de toda la S. E., de la cual son responsables conjuntamente Dios y el hagiógrafo. Las imperfecciones de estilo, expresión, etc., que se encuentran en los libros sagrados proceden de la admirable condescendencia (synkatábasis, que ya explicaba S. Juan Crisóstomo), por la cual Dios ha querido hablar a los hombres en la B. a la manera que éstos suelen hacerlo, adaptándose a las categorías culturales, temperamentos, etc., de los hagiógrafos, y a semejanza de como el Verbo Encarnado asumió la naturaleza humana con sus limitaciones, excepto el pecado (v. t. v).

      En resumen, la teoría de la causalidad instrumental explica aptamente la cuestión de la i. verbal de la B., de modo que, tras las encíclicas de los últimos Pontífices, puede calificarse no sólo como probable sino comunísima o incluso cierta teológicamente; aunque no haya sido declarada de fide tenenda, puesto que el objeto de las definiciones de fe no son per se las explicaciones de la íntima naturaleza de las verdades dogmáticas y morales, sino los núcleos esenciales de los artículos de fe, y la señalización de los peligros y proscripción de aquellas explicaciones que o no son aptas o desfiguran la naturaleza de la fe.

10. Inspiración y tradición bíblica.

 Hemos considerado hasta aquí la i. en su momento propio y formal: la acción de Dios en el hagiógrafo, iluminando su inteligencia, moviendo su voluntad y asistiendo a sus potencias, para que exprese y escriba lo que Dios quiere eficazmente transmitirnos. La i. es, decíamos, un carisma transeúnte. una luz y moción divinas concedidas en el periodo de tiempo que dura la tarea de escribir. Es obvio que esos momentos de escritura están precedidos de toda una historia, tanto personal como colectiva (en el sentido de historia de la revelación) personal, porque el hagiógrafo es un hombre con un lenguaje, una cultura, una manera de expresarse, unos hábitos que Dios va a aprovechar, elevándolos, a la hora de moverlo a escribir la obra que quiere inspirar (y que tal vez haya ido procurando fomentar, con su providencia, hasta formar un instrumento apto); colectiva, porque, según la economía o disposición que Dios ha seguido, la Revelación no se inicia con un acto de escritura, sino que viene precedida de una tradición, a veces larga, en la cual está inserto y en la que ha sido formado el hagiógrafo. Vamos a desarrollar este último punto, intentando precisar las relaciones entre Revelación, transmisión de la palabra revelada, inspiración.

      a) Revelación y Tradición.

 En el inicio de todo está la Revelación (v.), es decir, ;el acto por el que Dios se comunica a un hombre. Dios ha procedido en su Revelación interviniendo en la historia de una manera activa, es decir, no se ha limitado a dirigirse a un hombre comunicándole algunas verdades, sino que ha unido a su palabra su acción. Puede decirse que la Revelación implica el acontecimiento, el hecho salvífico, y la Palabra de Dios: «... por la revelación, Dios invisible habla a los hombres como amigo, movido por su gran amor y mora con ellos para invitarlos a la comunicación consigo, y recibirlos en su compañía.
      Este plan de la revelación se realiza con palabras y gestos, intrínsecamente conexos entre sí, de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas» (Const. Dei Verbum, n° 2).
      De ese proceso, el momento formalmente revelador es la palabra divina: el conocimiento recibido por el hombre gracias al cual comprende el sentido de los acontecimientos y recibe las verdades, promesas, etc., que Dios le quiere comunicar. Sin esa palabra, los acontecimientos permanecerían ciegos y no comprenderíamos sus sentidos. La teología ha procurado analizar la naturaleza de ese momento formal de la Revelación poniendo de manifiesto que se trata de una elevación de la potencia intelectiva de aquel a quien Dios se dirige en virtud de la que percibe las realidades que Dios quiere comunicarle, al mismo tiempo que tiene la certeza del origen divino de la palabra que recibe (v. REVELACIÓN II, 1, 1). En la Revelación el hombre es receptor, y en ese sentido pasivo; lo que, obviamente, no quiere decir que no haga nada, ya que ese recibir la palabra divina es, en él, un auténtico conocer.
      Esas palabras recibidas de Dios engendran en el hombre una nueva vida. Aquel a quien Dios ha hablado no queda indiferente, sino que vuelve sobre la palabra divina para penetrar en ella, edifica sobre las promesas de Dios su vida y sus acciones, procura juzgar a su luz el resto de los acontecimientos... De otra parte, la Revelación no tiene por destinatario sólo aquel a quien primeramente Dios ha hablado, sino que, a través de él, se dirige a otros hombres y, en última instancia, a la humanidad entera. Así el hombre que ha recibido la palabra divina se siente impulsado a comunicarla a otros: Abraham la comunicó a su hijo Isaac, éste a sus descendientes y así de generación en generación. En esa transmisión cada uno se esforzaría por expresar con fidelidad lo recibido, perfilando la forma de expresión y la terminología, etc. De este modo se creaba un ambiente y un ámbito que facilitaba la recepción de revelaciones posteriores. Ya que no lo olvidemos Dios ha querido revelarse de manera progresiva, de forma que sus primeras intervenciones anuncian otras posteriores que las irán completando.
      Es claro que ese proceso en virtud del cual la Revelación ya hecha va siendo transmitida no ocurre al margen del querer de Dios, sino que es objeto de una especialísima providencia divina: Dios se comunica a un hombre para, a través de él, comunicarse a la humanidad; el proceso de transmisión forma parte, intrínsecamente, de la Revelación tal y como Dios la quiere. Por eso si, para referirnos al acto por el que Dios habla a un hombre comunicándole las verdades y promesas religiosas que quiere manifestar, utilizamos el vocablo de Revelación, para referirnos al proceso de transmisión, en cuanto que efecto de esa especial providencia divina, debemos usar otros vocablos, como, p. ej., los de asistencia o inspiración.

      b) La inspiración bíblica, conjunto de la inspiración pastoral, oratoria y escriturístico.

 Para esbozar con más detalle el proceso de tradición, y la asistencia o acción divina que supone, conviene apuntar algunos rasgos. Señalemos en primer lugar que la Revelación, a la vez que una comunicación divina, es un mandato: con su palabra reveladora, Dios interviene para llamar al hombre y conferirle una misión en orden a la realización de ese designio que acaba de revelar. Y así, Dios le dijo a Abraham: «sal de Ur a donde yo te mostraré» (cfr. Gen 12,1; 15,7): el patriarca se pone en marcha, Dios le sale al paso, le habla, le manda, detiene su brazo... Es el Espíritu de Dios quien irrumpe en el hombre para que éste se ponga en acción; así a los Patriarcas, a Moisés, a los jueces de las tribus, a los Reyes de Israel, a los Profetas, a los Apóstoles de Jesús. Dios les inspira para la acción. Es lo que algún autor moderno propone llamar inspiración pastoral (cfr. P. Benoit, Inspiración y Revelación, «Concilium» 10, 1965, 1718); mediante ella Dios dirige a los pastores del Pueblo elegido, de la Iglesia de Jesucristo y, mediante ellos, la historia sagrada.
      Pero el mismo Espíritu de Dios impulsa también a hablar. Los Profetas, los Apóstoles y de modo eminente Jesucristo, son los mensajeros de la Palabra de Dios: predican o testimonian la salvación mesiánica; explican las acciones salvíficas, los acontecimientos (pasados, presentes o futuros). Jesucristo, que es el principal mensajero de esa Palabra, porque Él mismo es la Palabra de Dios encarnada, «comenzó a hacer y a enseñar» (polein te kal didáskein, Act 1,1). Esta inspiración oral acompaña y completa la i. pastoral. Su sentido es claro: como ya decíamos antes, la Revelación implica un acto de conocimiento (y no una mera experiencia ciega, como pensó el protestantismo liberal y las corrientes de pensamiento que entroncan con él o, en líneas generales, con el agnosticismo, v.), y, por tanto, implica desde el primer momento la presencia de conceptos, nociones, etc., en la mente de aquel a quien Dios ha hablado; pero una cosa es conocer algo, y otra conseguir expresarlo con claridad y exactitud. De ahí que Dios asista a aquellos a quienes se ha revelado, a fin de que expresen y transmitan fielmente lo que han recibido.
      Pero la palabra adquiere una especial firmeza cuando se pone por escrito. Era natural que el pueblo depositario de la Revelación tendiera a condensarla, a cristalizarla en unos escritos. Pues bien, Dios no quiso que eso se produjera en virtud de las meras fuerzas humanas (lo que hubiera podido hacer surgir en las generaciones posteriores la duda sobre la veracidad de lo escrito), sino que intervino de una manera sobrenatural con el carisma de la i. en su sentido más pleno y propio. Ya hemos expuesto suficientemente cómo esta afirmación es una verdad de fe, creída siempre y definida repetidas veces por el Magisterio de la Iglesia. Hasta ahora hemos llamado i. bíblica a este impulso, iluminación, moción y asistencia para escribir los libros santos; P. Benoit propone llamarla inspiración escriturística (o. c., 21), para distinguirla de la bíblica, como una parte respecto del todo. Según esa terminología, la i. escriturística se sitúa en un gran conjunto inspirativo del que ella forma parte al lado y como consecuencia de las i. pastoral y oratoria, constituyendo las tres el conjunto de la inspiración bíblica.

      c) Conclusión. 

En los párrafos anteriores queda precisado el lugar que ocupa la i. bíblica propiamente dicha (o i. escriturística, si seguimos la terminología de Benoit) en el conjunto del proceso de transmisión de la Revelación. Completemos la exposición con dos observaciones: la Toda teoría o exposición que aísla la i. escriturística, o acción de Dios en el hagiógrafo en el momento de escribir, de sus preparaciones, también ocurridas bajo la asistencia o inspiración de Dios, desvirtúa la posición que en el plan divino ocupa la S. E. Puede decirse que ese desenraizamiento de la Escritura lo hicieron en diversas épocas algunas escuelas rabínicas hebreas respecto de la Tóráh (v. LEY VII, 3) y algunas confesiones protestantes respecto de toda la B. Al intentar exaltar la B., por un camino incorrecto, lo que obtuvieron fue erradicarla del suelo en que había nacido, exponiéndose así a privarla de savia, a convertirla en letra muerta (como ocurrió en algunos representantes del farisaísmo), o al menos, a hacer difícil su intelección o a colocar su lectura bajo el signo del subjetivismo de una supuesta inspiración privada de aquel que lee (como ocurre en el protestantismo: v. I, 10). La i. del hagiógrafo no es un carisma concedido por Dios a un individuo aislado, sino una acción divina ejercida sobre un individuo que vive en el interior de una tradición marcada por la Revelación divina y que ha procedido a todo lo largo de su historia a impulsos del Espíritu Santo. Por eso cuando Israel, y luego la Iglesia, definieron un escrito como inspirado por Dios y sagrado (canonicidad: v. II), no recibieron un libro que les fuera ajeno, sino algo que lo reconocían como suyo, porque en él resonaba la misma voz de Dios de la que ellos ya vivían. Todo lo cual, por otra parte, pone de manifiesto la hondura que tiene la afirmación católica según la cual la Iglesia es el «intérprete auténtico de la Escritura» (v. I, 56), puesto que es en ella donde ha nacido: la Escritura, nacida en el interior de la Tradición, debe, en el interior de esa misma Tradición, ser interpretada. Sobre las relaciones entre Escritura y Tradición v. la Const. Dei Verbum, 910, así como la voz TRADICIÓN.
      2a Pero, al mismo tiempo que se afirma ese contexto en el que se produce la aparición de los libros inspirados, debe subrayarse con claridad la peculiaridad de la i. en sentido propio, es decir, del carisma por el que Dios dirige al hagiógrafo en el momento de escribir y en virtud del cual Dios mismo debe ser reconocido como autor principal de los libros escritos y éstos como auténtica Palabra de Dios. Los libros que componen la B. presuponen toda la tradición y no deben jamás ser separados de ella; pero al mismo tiempo implican un momento de especial intervención divina que ha movido a los hagiógrafos para que la palabra que Él nos dirigía quedara condensada precisamente del modo y la manera como en esos libros se expresa, de forma que tenemos la garantía de que en ellos se recoge «fielmente y sin error la verdad que Dios hizo consignar en ellos para salvación nuestra» (Const. Dei Verbum, 11). La veneración constante con que los ha rodeado la Iglesia, así como su continuo referirse y remitirse a ellos, es reflejo de esa realidad. Los manuales de la primera mitad del s. XX que, al tratar de la i. se limitaban a hablar de la acción divina en el hagiógrafo, han podido a veces pecar de un cierto abstractismo (no refiriéndose apenas a la historia que precede a cada uno, etc.), pero en la medida en que se negaban a subsumir la i. en una genérica asistencia de Dios a Israel y la Iglesia, defendían el genuino dogma cristiano sobre las S. E. Digamos, por eso, y ya al nivel del proceder de la exégesis bíblica (v.), que es perfectamente legítimo intentar estudiar la posible historia redaccional de un texto, ya que ello puede contribuir a su mejor intelección, pero que no debe procederse nunca como si el texto careciera de sustantividad y fuera la mera condensación humana de experiencias y hechos precedentes, como si eso fuera lo que realmente importara. El texto bíblico, tal y como ha llegado a nosotros, es fruto de un designio especial de Dios y tiene un valor sustantivo.

11. Otras cuestiones: 

a. Del Espíritu Santo inspirador de la Escritura.

 Desde la antigüedad la i. de la S. E. se atribuye de modo especial al Espíritu Santo. Las fórmulas son varias: «el Espíritu Santo habló por boca de los profetas»; «por el Espíritu Santo inspirante han sido escritos los libros sagrados» (conc. Vaticano I); «el Espíritu Santo dictó las Escrituras», etc. Enseña la fe que todas las operaciones ad extra de Dios (operaciones no inmanentes a la deidad, operaciones que se proyectan fuera de Dios) son comunes a las tres divinas Personas. Desde este aspecto, la i. de la B. ha de atribuirse a la Trinidad. Ahora bien, ello no obsta para que algunas acciones ad extra se atribuyan de modo especial a alguna de las Personas divinas, sin que ello contradiga la atribución genérica a Dios. Tal es el caso de la atribución de la inspiración bíblica a la tercera Persona trinitaria (V. DIOS IV, 12., TRINIDAD, SANTÍSIMA; ESPÍRITU SANTO).
Esta atribución, por lo demás, se apoya claramente en algunos textos del N. T.: «Ninguna profecía de la Escritura es de interpretación particular, pues la profecía no ha sido proferida en los tiempos pasados por voluntad humana, antes bien, movidos por el Espíritu Santo, hablaron de parte de Dios los hombres» (2 Pet 1,2021). «Toda escritura divinamente inspirada (theópneustós) (es) útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia» (2 Tim 3,16).

      b. Inspiración de los ayudantes o completadores del hagiógrafo.

 En algunos escritos bíblicos parece que el hagiógrafo se valió de algún ayudante: así S. Pablo, según estiman algunos críticos, se valió de un redactor para la carta a los Hebreos (v.) (Pablo habría expuesto el contenido y el redactor habría expresado, con su propio estilo, vocabulario, etc., las ideas que Pablo quería decir). Algo parecido, aunque en menor grado debió ocurrir con la epístola a los Romanos (v.), dictada a su discípulo Tercio (aquí Tercio se habría reducido casi a escribir al dictado). Finalmente, muchos críticos deducen del análisis literario, que el final del Evangelio de S. Marcos (v.) (Mc 16,920), es adición posterior al texto primitivo; adición que pudo no ser original del propio Marcos; algo parecido opinan muchos críticos que debió pasar con el cap. 21 del Evangelio de S. Juan (v.), que pudo ser añadido posteriormente por el mismo evangelista o por alguno de sus discípulos. En todo caso, está fuera de toda duda que los finales mencionados de los Evangelios de Marcos y de Juan son verdaderamente inspirados y canónicos.

      La cuestión es, pues: ,¿Qué hay que decir de la i. divina de estos posibles colaboradores (redactores, secretarios, adicionadores) de los libros sagrados? En todos estos casos hay que atenerse a este principio general: la i. divina de la S. E. se da primariamente por causa del libro (como vehículo de revelación) no por causa del hagiógrafo. Por tanto, de algún modo se da no sólo al hagiógra£o bíblico, sino también, en su caso, a aquellas otras personas que hayan colaborado con 61 directamente y no de un modo meramente material (como los simples amanuenses) para la redacción del libro sagrado. Por tanto, hay que admitir que si en algunos casos han colaborado redactores o adicionadores, éstos han participado del carisma de la i., no en razón de sí mismos, sino en razón de la ayuda y colaboración inteligente prestada al hagiógrafo.
      
      


J. M. CASCIARO RAMÍREZ.



BIBL.: Documentos de la Iglesia: CONC. VATICANO II, COnSt. dogmática Dei Verbum, sobre la divina Revelación (18 nov. 1965); Pío XII, Ene. Divino afflante Spiritu (30 sept. 1943), AAS 35 (1943) 297326; BENEDICTO XV, Ene. Spiritus Paraclitus (15 sept. 1920), AAS 12 (1920) 385422; S. Pío X, Ene. Pascendi, sobre el modernismo (8 sept. 1907), Denz.Sch. 34903491; íD, Decr. Lamentabili, de la S.. C. del Santo Oficio, sobre los errores modernistas (3 jul. 1907); Denz.Sch. 34013466; LEóN XIII, Ene. Providentissimus Deus (18 nov. 1893), Denz.Sch. 32803294; CONC. VATICANO I, Const. dogmática Dei Filius (24 abr. 1870), Denz.Sch. 3006,3007,3029; S. MUÑOZ IGLESIAS, Documentos bíblicos, Madrid 1955.

Santa Juana de Arco.

Santa Juana de Arcos (Domrémy, Francia, 1412 - Ruán, id., 1431) Santa y heroína francesa. Nacida en el seno de una familia campesina acomoda...