Georgios Gemistos (; ca. 1355-1452), quien se hizo llamar Pletón o Plethon (dependiendo de la transliteración), fue un humanista y filósofo bizantino, unos de los principales impulsores del estudio del griego en el mundo latino, y del platonismo. Ferviente seguidor de Platón, enseñó en Florencia y con sus enseñanzas estableció la base para la creación de la Academia de Florencia. Juventud Probablemente originario de Constantinopla, en su juventud estudió en Adrianópolis, donde conoció el pensamiento de Platón, en cuyo honor cambiaría su nombre por el de Pletón (que además de sonar de modo similar a Platón significa "pleno"). Luego viajó hacia Palestina y Chipre, entre otros sitios, hasta afincarse en Mistra, donde se dedicó a la enseñanza. Magisterio en Mistra En Mistra escribió y enseñó filosofía, astronomía, historia y geografía, y realizó compilaciones de varios autores clásicos. Allí estudiaron junto a él Basilio Bessarión y Jorge Scholarius (o Escolario), quien luego sería Patriarca de Constantinopla y un gran oponente de Plethón. En Mistra Plethón fue nombrado magistrado del déspota Teodoro II Paleólogo (hermano de Juan VIII Paleólogo). Plethón escribió De Differentiis, una detallada comparación entre las concepciones de Platón y de Aristóteles acerca de Dios. Jorge Escolario, años después, defendió a Aristóteles y convenció al emperador Manuel II Paleólogo que el apoyo de Plethón de Platón conducía a la herejía. Manuel confinó a Plethón en Mistra, donde Plethón ganó fama y se convirtió en una celebridad. En 1415 y en 1418 escribió panfletos a Teodoro y a Manuel describiendo cómo el imperio podría organizarse mejor de acuerdo a los consejos de Platón en La República, lo que incluía reformas políticas, económicas y legales. Con estos panfletos, Plethón adquirió mayor renombre como legislador, y hubo rumores que indicaban que en sus memorias escribía completos códigos legales. Escribió también un resumen de las doctrinas de Zoroastro y de Platón que muestra sus eclécticas creencias politeístas. También escribió sobre la condición del Peloponeso, compilando varios volúmenes de extractos de autores antiguos. Escribió también obras de música, geografía, filosofía política y otros asuntos. |
Enseñanza en Florencia. En 1428 Gemistos fue consultado por el emperador romano Juan VIII Paleólogo sobre la unión de las iglesias griega y latina, y aconsejó que ambas delegaciones tuviesen igual poder de voto. Los estudiosos bizantinos habían estado en contacto con sus pares occidentales desde la época del Imperio Latino, y más especialmente desde que el el Imperio Bizantino comenzó a solicitar ayuda a Europa occidental ante la amenaza de los otomanos y su avance, durante el siglo XIV. Europa occidental tenía acceso a algunas obras de la antigua filosofía griega, pero los bizantinos tenían muchos escritos de autores griegos y de sus intérpretes que los occidentales jamás habían podido leer. Después de 1438, cuando el emperador bizantino Juan VIII Paleólogo acudió al Concilio de Ferrara, después conocido como Concilio de Florencia, los occidentales tuvieron acceso a gran parte de estos escritos. A pesar de que Pletón era un filósofo secular, fue elegido para acompañar a Juan VIII por su sabiduría y vida moral. Otros delegados fueron su antiguo alumno, Basilio Bessarión, Marco Eugenikos y Scholarios.2 Fue asesor en el Concilio de Ferrara entre 1438 y 1439. Como maestro secular, Pletón en muchas ocasiones no fue precisado durante el concilio; y ante la invitación de algunos humanistas florentinos, estableció temporalmente una escuela para enseñar las diferencias entre Platón y Aristóteles. En esta época, pocas obras de Platón se estudiaban en el mundo latino y básicamente reintrodujo a Platón en el mundo occidental. Cosimo de' Medici estuvo presente en estas lecciones y por ellas se guió para fundar luego la Accademia Platonica en Florencia, donde los que estudiaron con Pletón continuaron su enseñanza una vez que el concilio llegó a su fin.2 Por este motivo, Pletón es considerado uno de las más importantes influencias sobre el renacimiento italiano. Marsilio Ficino y el primer director de la Academia Platónica dieron a Pletón el honor de llamarlo el segundo Platón, mientras que Bessarión consideraba que el alma de Platón ocupaba su cuerpo. Pletón pudo haber sido también la fuente para el orfismo de Ficino en su sistema de magia natural. Muchos humanistas italianos tuvieron influencia de Pletón, entre ellos Francesco Filelfo, Segismundo Malatesta, Leonardo Bruni y Ciriaco d'Ancona. Mientras se encontraba en Florencia, Pletón resumió sus enseñanzas en un volumen llamado Sobre las diferencias entre Aristóteles y Platón, generalmente conocido como De Differentiis. Jorge Scholarius replicó a este escrito con otro titulado Defensa de Aristóteles, que originó una subsecuente respuesta por parte de Pletón, y otras respuestas por parte de otros autores, como Bessarión. Politeísmo y últimos días Al volver al Peloponeso, Gemistos fundó una escuela, donde enseñó el politeísmo, en abierta confrontación con el monoteísmo, queriendo establecer las bases del antiguo politeísmo griego, con base platónica. Algunos de sus discípulos oraban ante estatuas de deidades paganas. Pletón murió en Mistra en 1452 o en 1454, de acuerdo a John Monfasani. En 1466, algunos de sus discípulos italianos, liderados por Sigismondo Pandolfo Malatesta, robaron sus restos de Mistra y los enterraron en el Templo Malatestiano, en Rímini, "para que el gran maestro pudiera encontrarse entre hombres libres". |
El sepulcro de Pletón. |
La catedral inacabada del excomulgado condottiere, Sigismondo Pandolfo Malatesta, en la ciudad de Rímini, esconde una curiosa inscripcion. De hecho, no la esconde, digamos que más bien la exhibe discretamente en su exterior, en un sarcófago dispuesto en la tercera ventana a la derecha de la nave. Desde 1466 está allí, medio a la intemperie, el cadáver de uno de los últimos grandes filosófos neoplatónicos griegos, Georgios Gemistos Pletón. Prueba su grandeza el que, como recordó Marsilio Ficino, fuera él quien inspiró la creación de la Academia Florentina y, en consecuencia, de manera simbólica, fundara todo el humanismo renacentista italiano:
«En el Sínodo de Florencia, organizado con participación de griegos y latinos, Cosimo de' Medici escuchó a menudo a un filósofo griego llamado Gemisto Pletón explicar los misterios platónicos. Sus inspiradas lecciones le provocaron tan fuerte impresión que por entonces concibió la idea de crear una Academia».
El cadáver de Pletón fue robado el año 1466 de su tumba en el Peloponeso, en la ciudad de Mystras –caída en manos turcas–, por sus antiguos discípulos con ayuda de unos mercenarios venecianos a las órdenes de Malatesta, y conducido a Rimini «para que nuestro gran maestro descanse entre gente libre», y para autorizar con su presencia la fuerte iconografía pagana neoplatónica de la iglesia de Malatesta. La inscripción del sarcófago plantea un interesante problema histórico y geográfico: desde cuándo Bizancio se llamó Bizancio.
La pregunta podría parecer trivial de entrada. Vale la pena revisar el origen del nombre.
El Imperio «bizantino» en realidad nunca vivió bajo tal denominación, que nace y se usa exclusivamente en la historiografía. El término fue acuñado cerca de un siglo después de la caída del Imperio Romano –como era realmente llamado– por un historiador humanista germano, Hieronymus Wolf.
Wolf aprendió griego de modo autodidacta. En 1549 publicó la primera traducción de los discursos de Demóstenes. Desde 1551 trabajó en la biblioteca Fugger de Augsburgo, donde catalogó los manuscritos medievales griegos llegados desde Venecia. En 1557 publicó su trabajo principal, el Corpus Historiae Byzantinae, compilado a partir de las fuentes griegas de la biblioteca de Augsburgo. Con él, inadvertidamente, reescribió la historia del mundo. Cuando a principios del s. XVII Luis XIV de Francia encargó una similar compilación de las fuentes supervivientes de la historia de Constantinopla, tuvieron que basarse, obviamente, en el trabajo de Wolf.
De este modo, Phillippe Labbé, el jesuita responsable del proyecto, ni se molestó en buscar un título alternativo para sus colección de 34 volúmenes: Corpus Scriptorum Historiae Byzantinae. Los estudiosos dedicados a las postrimerías del Imperio Romano, al centrarse en Constantinopla, todos asumieron esta terminología (p.e. Corpus Scriptorum Historiae Byzantinae, Bonn 1822-1897). El adjetivo «bizantino» que durante la Ilustración se extendió por todo el mundo, especialmente gracias a los escritos de Montesquieu, ya fue imposible de despegar del (último) Imperio Romano. Y el adjetivo iba también cargado de connotaciones explícitamente negativas deducidas de las supuestas características del aparato de poder: intrigas cortesanas, burocracia compleja, ceremonialismo sobrecargado e incomprensible y diplomacia fraudulenta.
El carácter problemático del adjetivo «bizantino» puede verse en estos tres ejemplos:
¿Un país? — Un estado llamado «Bizancio» o un «Imperio Bizantino» no han existido nunca en la historia real del mundo. Si alguien hubiera usado tal término entre los siglos VI y XV, nadie le habría entendido. El nombre oficial del estado centralizado en Constantinopla y de lengua griega era Βασιλεία τῶν Ῥωμαίων (Basileia tōn Rōmaiōn), es decir, Roma en su fase final. Sus ciudadanos se autodenominaban romanos aun siendo conscientes de su herencia helenística. En la historia no se marcan cesuras tan tajantes como la de una fecha a partir de la cual Roma devino Bizancio. La raíz del problema es que con la coronación de Carlomagno el Imperio romano ganó un contendiente que buscaba fortalecer su propia legitimidad. Para ello buscó despojar al Imperio de su carácter romano, llamándolo Grecia, o Imperio de Constantinopla, pero nunca Bizancio. Este empeño adquirió carta de naturaleza con el Sacro Imperio Romano (Germánico) de Otón I, pero no obtuvo su victoria definitiva hasta que el auténtico Imperio Romano fue engullido por la marea turca. Cuando Wolf entró en escena ya no quedaba nadie que fuera a protestar contra el apelativo «bizantino».
¿Una ciudad? — La ciudad de Bizancio existió, en el sitio de Constantinopla, la moderna Estambul, sobre el promontorio que toca la bahía del Cuerno de Oro y el Mar de Mármara, frente a Calcedonia, la «ciudad de los ciegos», que no se percató de que aquella costa opuesta era mucho mejor para instalar una ciudad. La fundaron colonos de Megara a las órdenes de su caudillo Byzas, a la altura de lo que luego se conocería como «la primera colina». En el 330 el emperador Constantino rehizo por completo bajo patrones romanos el primitivo asentamiento, que pasó a llamarse Constantinopla, o Nueva o Segunda Roma. No podía de este modo asociarse con el Imperio Romano (Oriental) pues la historia de aquella ciudad de Bizancio acabó en el momento en que éste nació con la fundación de Constantinopla..
¿Un personaje famoso? — Hasta la Navidad del año 800, aparte de unos pocos autoproclamados emperadores, nadie cuestionó que el Emperador romano gobernaba desde Constantinopla. Incluso los papas de Roma reconocieron su supremacía hasta finales del s. VIII, acuñaron moneda según el modelo de Constantinopla y fecharon sus documentos siguiendo los años de sus emperadores hasta 781/782. Una vez que el papa León III coronó a Carlomagno en Roma, tuvieron que definir un nuevo título porque, a pesar de que por entonces el Imperio Romano Oriental estaba regido momentáneamente por una mujer, nadie pensaba que Carlomagno fuera a desplazase hasta Constantinopla para gobernar desde allí todo el Imperio Romano.
Entre 800 y 1461 los títulos de Emperador del Imperio Romano Oriental y Occidental convivieron en paralelo. Y en este periodo fueron los emperadores occidentales quienes se sintieron más proclives a ostentar la «romanidad» de su cetro. En consecuencia, llamaban «griegos» a los emperadores de Constantinopla, que desde Heraclio dejaron de usar el título de «augustus» para adoptar el griego «basileus».
El idioma oficial del imperio era el griego pero el estado mismo, sus gobernantes y su organización eran los sucesores legítimos del Imperio Romano. Por esta razón nada sentían en Constantinopla como mayor insulto diplomático que oírse nombrar «imperio –o emperador– griego». Liutprando de Cremona, legado del Sacro Emperador Romano Otón, cuenta cómo recibían a quienes llegaban con cartas dirigidas de este tenor:.
Los griegos reñían al mar y maldecían el océano, y se mostraban vivamente extrañados de que las olas no se hubieran abierto para engullir el barco en el que un monstruo tal viajaba. «Un extranjero», gritaban, «un mendigo romano se atreve a llamar al único, grande y majestuoso emperador romano, Nicéforo, "¡emperador de los griegos!" ¿Qué debemos hacer con estas gentes sacrílegas, y perdidas? Son pobres gusanos; si los matamos, contaminaremos nuestras manos con sangre vil.» Y así, encerraron a los emisarios papales en prisión y remitieron la carta pecaminosa a Nicéforo en Mesopotamia……
Pero qué tiene todo esto que ver con la inscripción del sepulcro de Pletón.
El epitafio de Rímini llama al filósofo «bizantino»:
IEMISTII•BIZANTII•PHILOSOPHOR[um]•SVA•TEMP[ore]•PRINCIPIS•RELIQVVM•SIGISMVNDVS•PANDVLFVS•MAL[atesta]•PAN[dulfi]•F[ilius]•BELLI•PELOP[onnesiaci]•ADVERSVS•TVRCOR[um]•REGEM•IMP[erator]•OB•INGENTEM•ERVDITORVM•QVO•FLAGRAT•AMOREM•HVC•AFFERENDVM•INTROQVE•MITtENDVM•CVRAVIT•MCCCCLXV•
Los restos mortales del bizantino Gemisto Pletón, el más grande filósofo de su tiempo, fueron traídos hasta aquí por Sigismondo Pandolfo Malatesta, hijo de Pandolfo, comandante de la guerra peloponesa emprendida contra el imperio de los turcos, y, inspirado por su ardiente amor hacia las personas sabias, los depositó aquí en 1465.
Aparte de Gemisto Pletón hubo más gentes «bizantinas» conocidas. Por ejemplo, el astrónomo Epígenes de Bizancio, que vivió hacia el año 200 y, por tanto, realmente era de la ciudad de Bizancio. Lo mismo ocurre con su contemporáneo, el lingüista Aristófanes, que también fue un auténtico «bizantino». En situación algo más confusa está Esteban de Bizancio, lexicógrafo griego conocido por su obra geográfica Ethnica, sobre la antigua Grecia. En sus obras publicadas en Europa su nombre se escribió solo como «Stephanus» hasta 1678, en la edición de Amsterdam. En la edición de Leiden de 1688 ya se le nombra como «Esteban de Bizancio». Es decir, fue sencillamente rebautizado en algún momento del último tercio del s. XVII.
Si asumimos que la inscripción del sarcófago no se hizo después de la obra de Wolf de 1557 (y el tallador estaba al tanto de las últimas investigaciones científicas), tendremos que admitir también que el término «bizantino» ya existía antes de 1557 como otro de los típicos hiperclasicismos renacentistas (como Istrópolis en lugar de Posonium), pero aplicado exclusivamente a la ciudad, no al estado. Wolf probablemente estuvo al tanto de este uso, y mientras trataba de marcar un corte entre la literatura y las fuentes griegas antiguas y medievales, adoptó el término «bizantino» que luego se extendería, gracias a su obra, para designar a todo el Imperio Romano con centro en Constantinopla.
Bizancio, como aquel genio del cuento, salió volando escapado de la lámpara de Wolf, y es improbable que podamos comprimirlo de nuevo allí dentro. Hoy en día, si alguien habla del Imperio Romano en relación con el período entre los siglos VI y XV, sorprende a sus oyentes tanto como si aplicara el término Imperio Bizantino en aquellos mismos siglos.








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