Apuntes de clases

Clases de filosofía y ciencias bíblicas del Instituto de Humanidades Luis Campino, y la Parroquia de Guadalupe de Quinta Normal.


lunes, 3 de junio de 2019

165).-La brecha entre la civilización de la Grecia clásica y el cristianismo bizantino


Esteban Aguilar Orellana; Giovani Barbatos Epple; Ismael Barrenechea Samaniego; Jorge Catalán Núñez; Boris Díaz Carrasco; Rafael Díaz del Río Martí; Alfredo Francisco Eloy Barra ;Rodrigo Farias Picon; Franco Antonio González Fortunatti;Patricio Ernesto Hernández Jara; Walter Imilan Ojeda;Jaime Jamet Rojas;Gustavo Morales Guajardo;Francisco Moreno Gallardo; Boris Ormeño Rojas; José Oyarzún Villa;Rodrigo Palacios Marambio;Demetrio Protopsaltis Palma;Cristian Quezada Moreno;Edison Reyes Aramburu; Rodrigo Rivera Hernández;Jorge Rojas Bustos; Alejandro Suau Figueroa; Cristian Vergara Torrealba; Rodrigo Villela Díaz; Nicolas Wasiliew Sala;Marcelo Yañez Garin;Katherine Alejandra del Carmen  Lafoy Guzmán; Franco Natalino; 



 La brecha entre la civilización de la Grecia clásica y el cristianismo bizantino.



El historiador Dieter Langewiesche ha escrito que la competencia por el poder y –sobre todo- por mantenerlo, ha sido siempre identificada con la competencia por mantener la soberanía sobre la Historia, por el control de la interpretación histórica y por la definición de la imagen que debería ser entregada a las próximas generaciones.
Esta competencia se ve claramente en la Historia del modus vivendi neohelénico y de la educación griega moderna –dos factores plagados por los estereotipos y los mitos de la ideología prevaleciente: la nación, la religión, el Imperio bizantino y la monstruosidad terminológica de la “cultura greco-cristiana” –la cual ha permanecido vigente desde que fue acuñada en el siglo XIX.

Grecia clásica y cristianismo bizantino

El resultado de todo eso ha sido la consolidación de una clerecía nacionalista, la cual (en colaboración con los partidos conservadores de derechas y ultraderechas y con los correspondientes medios masivos de comunicación) sigue imponiendo sus interpretaciones dogmáticas sobre la Historia.
Son muchos los acontecimientos políticos, sociales, ideológicos y culturales del período bizantino que no se refieren en los libros escolares de hoy.
 ¿Acaso será honrada la actitud de los historiadores que encubren los acontecimientos y las nociones que no les convienen para su confección ideológica? 
¿Es eso una creación correcta de conocimiento histórico? 

La aplicación ideológica de la Historia ha herido la educación formal de los griegos modernos, y ha dañado su identidad política.

La historiadora griega T. Kiusopulu ha dicho que muchas veces, estando absortos por la investigación cotidiana, olvidamos que nuestro punto de partida es político. A pesar de que no lo admitimos, la Historia está siempre vinculada con el presente.

Grecia clásica y cristianismo bizantino.

Varios pensadores nacionalistas –usurpadores de la Historia y “vendedores” de nuestra cultura- teólogos, politicastros y “filósofos” neo-ortodoxos se consideran a sí mismos como portadores de la única verdad absoluta, exactamente como los teólogos bizantinos, los patriarcas y los emperadores que ellos admiran.
Y van pregonando sus ideologías helenocéntricas, focalizadas en la religión y centradas en los partidos políticos y en las teorías del Estado.
Karl Mannheim dice que si no podemos interpretar el pasado, no podemos imaginarnos el futuro. Y, desgraciadamente, eso ocurre también con la sociedad moderna de Grecia, que no puede interpretar y acomodar su pasado en su consciencia. Hasta ahora se iba encargando con ideas, sentidos y tierras que nunca poseía y que jamás le pertenecieron. Percibía las leyendas como si fueran verdaderas y con el paso del tiempo fue hundiéndose en ellas.

Grecia, la crónica de un sueño errante.

El año 1922 ha sido el de la Gran Idea y de las patrias irredentas; y solamente los ingenuos y los nacionalistas impenitentes no entienden la tontera de la ideología de la Gran Idea (que dictaba reconquistar las tierras por donde pasaron nuestros antepasados) –incluso después de su resultado desastroso.

Las patrias perdidas y el helenismo irredento disuadieron la atención a la reforma educativa y al desarrollo económico. Y eso ha cargado la atmósfera con un narcisismo hueco, guiado por la Antigüedad clásica.

A  lo largo del período bizantino (330-1453 d.C.), la cultura de la Grecia clásica fue perseguida: los templos de la Antigüedad fueron derrumbados, el oráculo de Delfos fue condenado, los Juegos Olímpicos fueron eliminados, los libros filosóficos y científicos fueron quemados, los teatros estuvieron prohibidos, los centros de Asclepios para la cura de los enfermos fueron sellados y los seguidores de la cultura helénica fueron perseguidos y evangelizados violentamente.
En Éfeso, el Apóstol Pablo instó a los cristianos a que quemaran los libros de la sabiduría griega, y en el año 415, el Patriarca Cirilo de Alejandría incitó a la multitud de los fanáticos que mataran a Hipatia –la filósofa neoplatónica y maestra griega de matemáticas y astronomía, utilizando en vez de cuchillos unos pedazos de cerámica –fragmentos de ánforas. 
En fin, en el año 529, el emperador Justiniano decretó el cierre de la Escuela de Platón en Atenas, que había estado funcionando durante diez siglos.

La civilización helénica fue para los bizantinos siempre algo ajeno.

El cristianismo bizantino no admitió la filosofía, ni la investigación o el diálogo, sino la teología, el dogma y la única verdad absoluta. Ni siquiera aguantaba a los cristianos que tenían una opinión un poco diferenciada; los caracterizaba como herejes, los perseguía y los excomulgaba. No toleraba a los ciudadanos libres en el Ágora; lo que deseaba era tener un rebaño de fieles. No aceptaba el amor ni el gozo carnal, sino el ascetismo y el odio al cuerpo. 
En vez de comedias y tragedias, tenía misas que fomentaban la sumisión. Los íconos de la hagiografía ocultaban el cuerpo desnudo del ser humano y el diálogo se substituía por la oración religiosa. El conocimiento humano en el Imperio bizantino se contemplaba como un resultado de la iluminación espiritual y divina de la Revelación que era un privilegio de los curas y de los patrones imperiales; no se consideraba como un producto del “logos” –es decir de la lógica humana.
Las ideologías basadas en los mitos que ocultan la verdad de los acontecimientos históricos son como las drogas: nos hacen viajar lejos de la realidad, anihilándola porque no queremos o no tenemos la fuerza para enfrentarla. Pero esa aniquilación de la verdad crea un mundo falsificado, y por consecuencia, una identidad distorsionada.

Grecia clásica y cristianismo bizantino. 

La democracia ateniense fue vencida por el ejército macedónico de Filipo y de Alejandro Magno en el año 338 a.n.e. Tras aquel derrote de la civilización democrática, y después de la pérdida de la libertad, la igualdad, la soberanía de la ley y la participación de los ciudadanos [= demos] en la toma de decisiones, en la autoridad y en el poder, las ciudades-Estado helénicas se hunden en regímenes oligárquicos, monárquicos y antiliberales.
Es impresionante el hecho de que Bizancio no avasalló a los griegos después de una guerra, y que ni ellos se sublevaron en contra del imperio. Pero las autoridades políticas y eclesiásticas del cristianismo bizantino consideraban a los helenos adversarios y enemigos, y eso de manera arbitraria y dogmática, solo porque ellos representaban una cultura diferente y un mundo completamente ajeno a la mentalidad cristiana-bizantina. 
La ideología cristiana, basada en la única verdad absoluta, no comprendía las nociones de la tolerancia, del humanismo y de la libertad de expresión, y por eso no pudo tolerar la diferencia espiritual, ni aguantar la potencia cultural de la civilización helénica. Este hecho es suficientemente grave, como para que podamos caracterizar al comportamiento de la autoridad cristiana-bizantina como bárbaro.
En este marco, la lengua griega se convirtió en “ancilla theologiae” –es decir en sierva de la teología. Quedó esterilizada, sin ninguno de sus esenciales mensajes sobre la objeción, la justicia política, la pesquisa filosófica y la democracia participativa.

Militantes de dicho desastre cultural fueron los Tres Santos Jerarcas de la Iglesia Ortodoxa: Basilio el Grande –el de Cesárea, Gregorio el Teólogo –conocido como Nacianceno, y Juan Crisóstomo.
 
Ellos apoyaron al emperador Teodosio I en su obra anti-helénica. Juan Crisóstomo (cuyo sobrenombre significa: “boca de oro”) se preguntaba: -¿Quién más imprudente que los griegos? Fue él quien, más tarde y siendo Patriarca de Constantinopla, ordenó la destrucción del templo de Artemisa en Éfeso (Asia Menor). Su amigo, Gregorio –quien también llegó a ocupar la Santa Sede Patriarcal- criticó en su obra escrita a Homero y a Heráclito, a Sócrates, a Platón y a Aristóteles, entre otros ilustres pensadores del espíritu helénico. La doctrina cristiana condena el deseo y el gozo carnal y los rebaja a la ínfima cualidad de los pecados y crímenes. Basilio, en sus escrituras, proyecta la superioridad de la fe religiosa ante la investigación filosófica. Considera el dogma cristiano mejor que el conocimiento obtenido mediante las preguntas lógicas.

Por consiguiente, los teólogos cristianos no procedieron a ninguna síntesis del helenismo con el cristianismo. No llevaron a cabo ningún diálogo esencial con la antigua filosofía de Grecia. El término pseudohistórico de la “cultura greco-cristiana” ha sido un invento de los nacionalistas y los nuevos-ortodoxos.
Se dice que Roma conquistó a Grecia con sus fuerzas militares, pero que Grecia conquistó a Roma con la fuerza de su espíritu. Los romanos respetaron y asimilaron la cultura helénica. Pero los emperadores bizantinos y los sacerdotes cristianos derrumbaron toda construcción helénica para fundar su autoridad. Los siglos IV y V d.C., son los de la decadencia y se caracterizan por la destrucción de la red vial, la crisis económica y la aniquilación de las ciencias.
 Esto indicó el final de un modus vivendi de las urbes de la Antigüedad clásica y el comienzo de un mundo medieval y muy diferente, como refiere Cyril Mango.
Una de las diferencias substanciales entre esos dos mundos es el hecho de que en la Grecia clásica no se entendía la eternidad del alma; el ser humano era mortal.
 Tampoco existía la santa Providencia ni las órdenes divinas sobre la ética humana; los ciudadanos no estaban obligados a comportarse de acuerdo con los mandamientos de Dios, y eso constituye la razón de la falta de una casta sacerdotal. 
Por el otro lado, en el seno del Imperio bizantino se crea por primera vez la teología dogmática, dirigida hacia los fieles cristianos que eran caracterizados como siervos de Dios, del Patriarca y del Emperador. 
La búsqueda por la verdad era –en el mejor de los casos- inútil, y en el peor, peligrosa y por eso prohibida. “Creer sin dudar” era la enseñanza de la Iglesia. Y esa doctrina apoyaba al “Dei Gratiae Rex”.

Grecia clásica y cristianismo bizantino. 

La censura que sufrió el cortometraje de K. Gavrás que se presentaba en el nuevo Museo de la Acrópolis y se refería a los daños que sufrieron los relieves en mármol de Fidias por los cristianos fanáticos de los primeros siglos, ha sido la muestra más reciente del autoritarismo del poder político actual de Grecia, que se caracteriza por la falta de educación substancial y por ser sumiso a la Iglesia.

Todas estas opiniones expuestas de manera breve en el presente artículo no pretenden insultar las creencias personales de los lectores hispanohablantes ni las de los ciudadanos griegos, las cuales siempre deben ser respetadas. 

Cada individuo está en pleno derecho a mantener sus propias ilusiones monoteístas o politeístas, pero no a aplicar violencia para promover e imponerlas como verdades incuestionables mediante las instituciones estatales; eso ha hecho durante décadas la Iglesia Ortodoxa, dejando a Grecia en unas condiciones sociopolíticas tercermundistas.

(Fuente bibliográfica: Mitos y realidad sobre Bizancio, Yorgos N. Ikonomu, Edi. Exarjia, Atenas, 2014.)





Dieter Langewiesche (1943 Sankt Sebastian, Austria) es un historiador austríaco.

Es considerado como uno de los principales expertos mundiales en la historia del nacionalismo y el liberalismo. Sus investigaciones se centran, sobre todo, en  el liberalismo, el movimiento obrero burgués y la cultura de la clase obrera, la revolución de marzo de 1848, la nación y el nacionalismo, la guerra y la historiografía.
Ha sido galardonado con el Premio Leibniz de la Deutsche Forschungsgemeinschaft en 2006, recibió también en 2001 el Premio Erwin Stein y en 2009 fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Facultad de Filosofía de la Universidad de Erfurt.
En 2013 recibió la Orden del Mérito de la República Federal de Alemania. Están traducidos al castellano sus libros La época del estado-nación en Europa (2012) y Nación y religión en Europa : sociedades multiconfesionales en los siglos XIX y XX  (2010).



El Imperio romano de Oriente, conocido historiográficamente como Imperio bizantino o Bizancio, y denominado en sus últimas décadas por fuentes del mundo cristiano occidental e islámico como '''Romania''', fue la continuidad oriental del Imperio romano desde el año 395 hasta la caída de Constantinopla en 1453. 
Su capital se encontraba en Constantinopla (griego: Κωνσταντινούπολις, actual Estambul), construida sobre la antigua Bizancio, importante ciudad colonial griega de Tracia fundada hacia el 667 a. C. Debido a su progresiva helenización cultural, lingüística y administrativa —especialmente por el reemplazo gradual del latín por el griego como lengua oficial durante el reinado de Heraclio—, parte de la historiografía moderna lo describe como un imperio romano de cultura griega, aunque sus habitantes se identificaban principalmente como romanos— algunos historiadores han optado por referirse a este Estado como un imperio esencialmente griego.

Durante los primeros siglos del Imperio romano, las provincias occidentales fueron romanizadas, pero las partes orientales mantuvieron su cultura helenística. Constantino I (r. 306-337) legalizó el cristianismo y movió la capital a Constantinopla. Teodosio I (r. 379-395) hizo del cristianismo la religión estatal y el griego gradualmente reemplazó al latín para usos oficiales. El imperio adoptó una estrategia defensiva y, a lo largo de su historia restante, pasó por ciclos recurrentes de declive y recuperación.

A lo largo de su dilatada historia, el Imperio bizantino sufrió numerosos reveses y pérdidas de territorio, especialmente durante las guerras contra los sasánidas, normandos, búlgaros, árabes y turcos. Alcanzó su mayor extensión bajo el reinado de Justiniano I (r. 527-565), quien reconquistó brevemente gran parte de Italia y la costa mediterránea occidental. Una plaga empezó alrededor del año 541, y una devastadora guerra con la Persia Sasánida drenó los recursos del imperio. Las conquistas árabes llevaron a la pérdida de las provincias más ricas del imperio—Egipto y Siria—a manos del Califato ortodoxo. En 689, se perdió África a manos del Califato omeya, pero el imperio se estabilizó bajo la dinastía isáurica. Se expandió una vez más bajo la dinastía macedonia, pasando por un renacimiento que duró dos siglos.
 Posteriormente, periodos de guerra civil e incursiones selyúcidas resultaron en la pérdida de la mayor parte de Asia Menor. Aunque su influencia en África del Norte y Oriente Próximo decayó como resultado de estos conflictos, el imperio continuó siendo una importante potencia militar y económica en Europa, Oriente Próximo y el Mediterráneo oriental durante la mayor parte de la Edad Media. El imperio se recuperó durante la restauración Comneno y Constantinopla continuó siendo la ciudad más grande y rica en Europa hasta el siglo XIII. 

Tras ello, el imperio comenzó una prolongada decadencia: fue en gran medida desmantelado en 1204, tras el saqueo de Constantinopla durante la Cuarta cruzada, cuando sus antiguos territorios fueron divididos entre estados remanentes griegos y reinos latinos. A pesar de que en 1261 se recuperó Constantinopla, el imperio reconstituido solo ejerció un poder regional durante sus últimos siglos. Sus territorios restantes fueron anexados progresivamente por los turcos otomanos en una serie de guerras libradas en los siglos XIV y XV. La caída de Constantinopla en 1453 trajo el final del imperio, pero su historia y legados continúan siendo tema de debate hasta la actualidad.

Durante este milenio de existencia, el Imperio fue un bastión del cristianismo e impidió el avance del islam hacia Europa Occidental. También fue uno de los principales centros comerciales del mundo, estableciendo una moneda de oro estable que circuló por toda el área mediterránea. Influyó de modo determinante en las leyes, los sistemas políticos y las costumbres de gran parte de Europa y de Oriente Medio, y gracias a él se conservaron y transmitieron muchas de las obras literarias y científicas del mundo clásico y de otras culturas.

En tanto que es la continuación oriental del Imperio romano, su transformación en una entidad cultural diferente de Occidente puede verse como un largo proceso que se inició cuando el emperador Constantino I el Grande trasladó la capital imperial a Constantinopla en el año 330. Continuó con la división definitiva del Imperio tras la muerte de Teodosio I en 395 y la posterior caída en 476 del Imperio romano de Occidente, y alcanzó su culminación durante el siglo VII, bajo el emperador Heraclio I, con cuyas reformas el Imperio adquirió un carácter marcadamente diferente al del viejo Imperio romano. Algunos académicos, como Theodor Mommsen, han afirmado que hasta Heraclio puede hablarse con propiedad del Imperio romano de Oriente, pues este sustituyó el antiguo título imperial de augusto por el de basileus (palabra griega que significa «rey» o «emperador») y reemplazó el latín por el griego como lengua administrativa en el 620, tras lo cual el Imperio tuvo un marcado carácter helénico.

En todo caso, el término Imperio bizantino fue creado por la erudición ilustrada de los siglos XVII y XVIII y nunca fue utilizado por los habitantes de este imperio, quienes lo continuaron denominando Imperio romano (en griego: Βασιλεία Ῥωμαίων, Basileía Romaíon o Ῥωμανία, Romanía) durante toda su existencia.

Legado.

El Imperio bizantino fue un imperio multicultural, que nació como cristiano y heredero de la tradición romana, comprendiendo la zona de Oriente y que desapareció en 1453 como un reino griego ortodoxo. El escritor británico Robert Byron lo describió como el resultado de una triple fusión: un cuerpo romano, una mente griega y un alma oriental.
Bizancio fue la única potencia estable en la Edad Media. Su influencia sirvió de factor estabilizador en Europa, sirviendo de barrera contra la presión de las conquistas de los ejércitos musulmanes y actuando como enlace hacia el pasado clásico y su antigua legitimidad.

La caída del imperio fue traumática, tanto que durante mucho tiempo se consideró 1453 como la división entre la Edad Media y la Edad Moderna. El conquistador otomano Mehmet II y sus sucesores se consideraron a sí mismos herederos legítimos de los emperadores bizantinos hasta el derrumbamiento del Imperio otomano, a principios del siglo XX. Sin embargo, el papel del emperador bizantino como cabeza de la ortodoxia oriental fue reclamado por los grandes duques de Moscú empezando por Iván III. Su nieto Iván IV el Terrible se convertiría en el primer zar de Rusia (el título de zar proviene del latín caesar, 'césar'). Sus sucesores apoyaron la idea de que Moscú era la heredera legítima de Roma y Constantinopla, la Tercera Roma —una idea mantenida por el Imperio ruso hasta su propio fin a principios del siglo XX—.

Desde el punto de vista comercial, Bizancio era el punto de partida de la Ruta de la Seda, el eje económico que unía Europa con Oriente, importando materias de lujo como seda y especias. La interrupción de esta ruta con motivo de la desaparición del Imperio bizantino provocó la búsqueda de nuevas rutas comerciales, llegando españoles y portugueses a América y África en busca de rutas alternativas. Los portugueses, que acabaron la Reconquista antes y dispusieron de los recursos necesarios con antelación crearon un imperio atlántico que permitía alcanzar la India al circunnavegar África. Los españoles, posteriormente, patrocinarían a Cristóbal Colón y a los conquistadores, que supondrían la creación de un imperio que transformaría a España en la primera potencia mundial.
Bizancio desempeñó un papel inestimable para la conservación de los textos clásicos, tanto en el mundo islámico como en Europa occidental, donde sería clave para el Renacimiento. Su tradición historiográfica fue una fuente de información sobre los logros del mundo clásico. Hasta tal punto fue así, que se cree que el resurgir cultural, económico y científico del siglo XV no hubiera sido posible sin las bases establecidas en la Grecia bizantina.
La influencia de Bizancio en asuntos como la teología sería vital para pensadores europeos como Santo Tomás de Aquino. Asimismo se ha de mencionar que el imperio fue clave en la extensión del cristianismo, que definiría Europa durante siglos. De los cuatro mayores focos de esta religión, tres (Jerusalén, Antioquía y Constantinopla) se hallaban en su territorio y hasta que no aconteció el cisma de Oriente fue su mayor foco espiritual. También fue responsable de la evangelización de los pueblos eslavos, gracias a misioneros tan célebres como Cirilo y Metodio, que evangelizaron a los pueblos eslavos y desarrollaron un sistema de escritura que aún hoy en día se sigue utilizando en muchos países, el alfabeto cirílico. Por último, es notable su influencia en las Iglesias copta, etíope y armenia.



puerta del infierno

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