Apuntes de clases

Clases de filosofía y ciencias bíblicas del Instituto de Humanidades Luis Campino, y la Parroquia de Guadalupe de Quinta Normal.


lunes, 3 de junio de 2019

165).-La brecha entre la civilización de la Grecia clásica y el cristianismo bizantino


 La brecha entre la civilización de la Grecia clásica y el cristianismo bizantino.



El historiador Dieter Langewiesche ha escrito que la competencia por el poder y –sobre todo- por mantenerlo, ha sido siempre identificada con la competencia por mantener la soberanía sobre la Historia, por el control de la interpretación histórica y por la definición de la imagen que debería ser entregada a las próximas generaciones.
Esta competencia se ve claramente en la Historia del modus vivendi neohelénico y de la educación griega moderna –dos factores plagados por los estereotipos y los mitos de la ideología prevaleciente: la nación, la religión, el Imperio bizantino y la monstruosidad terminológica de la “cultura greco-cristiana” –la cual ha permanecido vigente desde que fue acuñada en el siglo XIX.

Grecia clásica y cristianismo bizantino

El resultado de todo eso ha sido la consolidación de una clerecía nacionalista, la cual (en colaboración con los partidos conservadores de derechas y ultraderechas y con los correspondientes medios masivos de comunicación) sigue imponiendo sus interpretaciones dogmáticas sobre la Historia.
Son muchos los acontecimientos políticos, sociales, ideológicos y culturales del período bizantino que no se refieren en los libros escolares de hoy.
 ¿Acaso será honrada la actitud de los historiadores que encubren los acontecimientos y las nociones que no les convienen para su confección ideológica? 
¿Es eso una creación correcta de conocimiento histórico? 

La aplicación ideológica de la Historia ha herido la educación formal de los griegos modernos, y ha dañado su identidad política.

La historiadora griega T. Kiusopulu ha dicho que muchas veces, estando absortos por la investigación cotidiana, olvidamos que nuestro punto de partida es político. A pesar de que no lo admitimos, la Historia está siempre vinculada con el presente.

Grecia clásica y cristianismo bizantino.

Varios pensadores nacionalistas –usurpadores de la Historia y “vendedores” de nuestra cultura- teólogos, politicastros y “filósofos” neo-ortodoxos se consideran a sí mismos como portadores de la única verdad absoluta, exactamente como los teólogos bizantinos, los patriarcas y los emperadores que ellos admiran.
Y van pregonando sus ideologías helenocéntricas, focalizadas en la religión y centradas en los partidos políticos y en las teorías del Estado.
Karl Mannheim dice que si no podemos interpretar el pasado, no podemos imaginarnos el futuro. Y, desgraciadamente, eso ocurre también con la sociedad moderna de Grecia, que no puede interpretar y acomodar su pasado en su consciencia. Hasta ahora se iba encargando con ideas, sentidos y tierras que nunca poseía y que jamás le pertenecieron. Percibía las leyendas como si fueran verdaderas y con el paso del tiempo fue hundiéndose en ellas.

Grecia, la crónica de un sueño errante.

El año 1922 ha sido el de la Gran Idea y de las patrias irredentas; y solamente los ingenuos y los nacionalistas impenitentes no entienden la tontera de la ideología de la Gran Idea (que dictaba reconquistar las tierras por donde pasaron nuestros antepasados) –incluso después de su resultado desastroso.

Las patrias perdidas y el helenismo irredento disuadieron la atención a la reforma educativa y al desarrollo económico. Y eso ha cargado la atmósfera con un narcisismo hueco, guiado por la Antigüedad clásica.

A  lo largo del período bizantino (330-1453 d.C.), la cultura de la Grecia clásica fue perseguida: los templos de la Antigüedad fueron derrumbados, el oráculo de Delfos fue condenado, los Juegos Olímpicos fueron eliminados, los libros filosóficos y científicos fueron quemados, los teatros estuvieron prohibidos, los centros de Asclepios para la cura de los enfermos fueron sellados y los seguidores de la cultura helénica fueron perseguidos y evangelizados violentamente.
En Éfeso, el Apóstol Pablo instó a los cristianos a que quemaran los libros de la sabiduría griega, y en el año 415, el Patriarca Cirilo de Alejandría incitó a la multitud de los fanáticos que mataran a Hipatia –la filósofa neoplatónica y maestra griega de matemáticas y astronomía, utilizando en vez de cuchillos unos pedazos de cerámica –fragmentos de ánforas. 
En fin, en el año 529, el emperador Justiniano decretó el cierre de la Escuela de Platón en Atenas, que había estado funcionando durante diez siglos.

La civilización helénica fue para los bizantinos siempre algo ajeno.

El cristianismo bizantino no admitió la filosofía, ni la investigación o el diálogo, sino la teología, el dogma y la única verdad absoluta. Ni siquiera aguantaba a los cristianos que tenían una opinión un poco diferenciada; los caracterizaba como herejes, los perseguía y los excomulgaba. No toleraba a los ciudadanos libres en el Ágora; lo que deseaba era tener un rebaño de fieles. No aceptaba el amor ni el gozo carnal, sino el ascetismo y el odio al cuerpo. 
En vez de comedias y tragedias, tenía misas que fomentaban la sumisión. Los íconos de la hagiografía ocultaban el cuerpo desnudo del ser humano y el diálogo se substituía por la oración religiosa. El conocimiento humano en el Imperio bizantino se contemplaba como un resultado de la iluminación espiritual y divina de la Revelación que era un privilegio de los curas y de los patrones imperiales; no se consideraba como un producto del “logos” –es decir de la lógica humana.
Las ideologías basadas en los mitos que ocultan la verdad de los acontecimientos históricos son como las drogas: nos hacen viajar lejos de la realidad, anihilándola porque no queremos o no tenemos la fuerza para enfrentarla. Pero esa aniquilación de la verdad crea un mundo falsificado, y por consecuencia, una identidad distorsionada.

Grecia clásica y cristianismo bizantino. 

La democracia ateniense fue vencida por el ejército macedónico de Filipo y de Alejandro Magno en el año 338 a.n.e. Tras aquel derrote de la civilización democrática, y después de la pérdida de la libertad, la igualdad, la soberanía de la ley y la participación de los ciudadanos [= demos] en la toma de decisiones, en la autoridad y en el poder, las ciudades-Estado helénicas se hunden en regímenes oligárquicos, monárquicos y antiliberales.
Es impresionante el hecho de que Bizancio no avasalló a los griegos después de una guerra, y que ni ellos se sublevaron en contra del imperio. Pero las autoridades políticas y eclesiásticas del cristianismo bizantino consideraban a los helenos adversarios y enemigos, y eso de manera arbitraria y dogmática, solo porque ellos representaban una cultura diferente y un mundo completamente ajeno a la mentalidad cristiana-bizantina. 
La ideología cristiana, basada en la única verdad absoluta, no comprendía las nociones de la tolerancia, del humanismo y de la libertad de expresión, y por eso no pudo tolerar la diferencia espiritual, ni aguantar la potencia cultural de la civilización helénica. Este hecho es suficientemente grave, como para que podamos caracterizar al comportamiento de la autoridad cristiana-bizantina como bárbaro.
En este marco, la lengua griega se convirtió en “ancilla theologiae” –es decir en sierva de la teología. Quedó esterilizada, sin ninguno de sus esenciales mensajes sobre la objeción, la justicia política, la pesquisa filosófica y la democracia participativa.

Militantes de dicho desastre cultural fueron los Tres Santos Jerarcas de la Iglesia Ortodoxa: Basilio el Grande –el de Cesárea, Gregorio el Teólogo –conocido como Nacianceno, y Juan Crisóstomo.
 
Ellos apoyaron al emperador Teodosio I en su obra anti-helénica. Juan Crisóstomo (cuyo sobrenombre significa: “boca de oro”) se preguntaba: -¿Quién más imprudente que los griegos? Fue él quien, más tarde y siendo Patriarca de Constantinopla, ordenó la destrucción del templo de Artemisa en Éfeso (Asia Menor). Su amigo, Gregorio –quien también llegó a ocupar la Santa Sede Patriarcal- criticó en su obra escrita a Homero y a Heráclito, a Sócrates, a Platón y a Aristóteles, entre otros ilustres pensadores del espíritu helénico. La doctrina cristiana condena el deseo y el gozo carnal y los rebaja a la ínfima cualidad de los pecados y crímenes. Basilio, en sus escrituras, proyecta la superioridad de la fe religiosa ante la investigación filosófica. Considera el dogma cristiano mejor que el conocimiento obtenido mediante las preguntas lógicas.

Por consiguiente, los teólogos cristianos no procedieron a ninguna síntesis del helenismo con el cristianismo. No llevaron a cabo ningún diálogo esencial con la antigua filosofía de Grecia. El término pseudohistórico de la “cultura greco-cristiana” ha sido un invento de los nacionalistas y los nuevos-ortodoxos.
Se dice que Roma conquistó a Grecia con sus fuerzas militares, pero que Grecia conquistó a Roma con la fuerza de su espíritu. Los romanos respetaron y asimilaron la cultura helénica. Pero los emperadores bizantinos y los sacerdotes cristianos derrumbaron toda construcción helénica para fundar su autoridad. Los siglos IV y V d.C., son los de la decadencia y se caracterizan por la destrucción de la red vial, la crisis económica y la aniquilación de las ciencias.
 Esto indicó el final de un modus vivendi de las urbes de la Antigüedad clásica y el comienzo de un mundo medieval y muy diferente, como refiere Cyril Mango.
Una de las diferencias substanciales entre esos dos mundos es el hecho de que en la Grecia clásica no se entendía la eternidad del alma; el ser humano era mortal.
 Tampoco existía la santa Providencia ni las órdenes divinas sobre la ética humana; los ciudadanos no estaban obligados a comportarse de acuerdo con los mandamientos de Dios, y eso constituye la razón de la falta de una casta sacerdotal. 
Por el otro lado, en el seno del Imperio bizantino se crea por primera vez la teología dogmática, dirigida hacia los fieles cristianos que eran caracterizados como siervos de Dios, del Patriarca y del Emperador. 
La búsqueda por la verdad era –en el mejor de los casos- inútil, y en el peor, peligrosa y por eso prohibida. “Creer sin dudar” era la enseñanza de la Iglesia. Y esa doctrina apoyaba al “Dei Gratiae Rex”.

Grecia clásica y cristianismo bizantino. 

La censura que sufrió el cortometraje de K. Gavrás que se presentaba en el nuevo Museo de la Acrópolis y se refería a los daños que sufrieron los relieves en mármol de Fidias por los cristianos fanáticos de los primeros siglos, ha sido la muestra más reciente del autoritarismo del poder político actual de Grecia, que se caracteriza por la falta de educación substancial y por ser sumiso a la Iglesia.

Todas estas opiniones expuestas de manera breve en el presente artículo no pretenden insultar las creencias personales de los lectores hispanohablantes ni las de los ciudadanos griegos, las cuales siempre deben ser respetadas. 

Cada individuo está en pleno derecho a mantener sus propias ilusiones monoteístas o politeístas, pero no a aplicar violencia para promover e imponerlas como verdades incuestionables mediante las instituciones estatales; eso ha hecho durante décadas la Iglesia Ortodoxa, dejando a Grecia en unas condiciones sociopolíticas tercermundistas.

(Fuente bibliográfica: Mitos y realidad sobre Bizancio, Yorgos N. Ikonomu, Edi. Exarjia, Atenas, 2014.)





Dieter Langewiesche (1943 Sankt Sebastian, Austria) es un historiador austríaco.

Es considerado como uno de los principales expertos mundiales en la historia del nacionalismo y el liberalismo. Sus investigaciones se centran, sobre todo, en  el liberalismo, el movimiento obrero burgués y la cultura de la clase obrera, la revolución de marzo de 1848, la nación y el nacionalismo, la guerra y la historiografía.
Ha sido galardonado con el Premio Leibniz de la Deutsche Forschungsgemeinschaft en 2006, recibió también en 2001 el Premio Erwin Stein y en 2009 fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Facultad de Filosofía de la Universidad de Erfurt.
En 2013 recibió la Orden del Mérito de la República Federal de Alemania. Están traducidos al castellano sus libros La época del estado-nación en Europa (2012) y Nación y religión en Europa : sociedades multiconfesionales en los siglos XIX y XX  (2010).



 Imperio bizantino o Bizancio.


Mosaico de la Iglesia de Santa Sofía. En el medio, Cristo Pantocrátor. A su derecha, el emperador Constantino XI Monómaco; a su izquierda, la emperatriz Zoe Porfirogéneta.

El Imperio romano de Oriente, conocido historiográficamente como Imperio bizantino o Bizancio, y denominado en sus últimas décadas por fuentes del mundo cristiano occidental e islámico como '''Romania''', fue la continuidad oriental del Imperio romano desde el año 395 hasta la caída de Constantinopla en 1453. 
Su capital se encontraba en Constantinopla (griego: Κωνσταντινούπολις, actual Estambul), construida sobre la antigua Bizancio, importante ciudad colonial griega de Tracia fundada hacia el 667 a. C. Debido a su progresiva helenización cultural, lingüística y administrativa —especialmente por el reemplazo gradual del latín por el griego como lengua oficial durante el reinado de Heraclio—, parte de la historiografía moderna lo describe como un imperio romano de cultura griega, aunque sus habitantes se identificaban principalmente como romanos— algunos historiadores han optado por referirse a este Estado como un imperio esencialmente griego.
Durante los primeros siglos del Imperio romano, las provincias occidentales fueron romanizadas, pero las partes orientales mantuvieron su cultura helenística. Constantino I (r. 306-337) legalizó el cristianismo y movió la capital a Constantinopla. Teodosio I (r. 379-395) hizo del cristianismo la religión estatal y el griego gradualmente reemplazó al latín para usos oficiales. El imperio adoptó una estrategia defensiva y, a lo largo de su historia restante, pasó por ciclos recurrentes de declive y recuperación.
A lo largo de su dilatada historia, el Imperio bizantino sufrió numerosos reveses y pérdidas de territorio, especialmente durante las guerras contra los sasánidas, normandos, búlgaros, árabes y turcos. Alcanzó su mayor extensión bajo el reinado de Justiniano I (r. 527-565), quien reconquistó brevemente gran parte de Italia y la costa mediterránea occidental. Una plaga empezó alrededor del año 541, y una devastadora guerra con la Persia Sasánida drenó los recursos del imperio. Las conquistas árabes llevaron a la pérdida de las provincias más ricas del imperio—Egipto y Siria—a manos del Califato ortodoxo. En 689, se perdió África a manos del Califato omeya, pero el imperio se estabilizó bajo la dinastía isáurica. Se expandió una vez más bajo la dinastía macedonia, pasando por un renacimiento que duró dos siglos.
 Posteriormente, periodos de guerra civil e incursiones selyúcidas resultaron en la pérdida de la mayor parte de Asia Menor. Aunque su influencia en África del Norte y Oriente Próximo decayó como resultado de estos conflictos, el imperio continuó siendo una importante potencia militar y económica en Europa, Oriente Próximo y el Mediterráneo oriental durante la mayor parte de la Edad Media. El imperio se recuperó durante la restauración Comneno y Constantinopla continuó siendo la ciudad más grande y rica en Europa hasta el siglo XIII. 
Tras ello, el imperio comenzó una prolongada decadencia: fue en gran medida desmantelado en 1204, tras el saqueo de Constantinopla durante la Cuarta cruzada, cuando sus antiguos territorios fueron divididos entre estados remanentes griegos y reinos latinos. A pesar de que en 1261 se recuperó Constantinopla, el imperio reconstituido solo ejerció un poder regional durante sus últimos siglos. Sus territorios restantes fueron anexados progresivamente por los turcos otomanos en una serie de guerras libradas en los siglos XIV y XV. La caída de Constantinopla en 1453 trajo el final del imperio, pero su historia y legados continúan siendo tema de debate hasta la actualidad.
Durante este milenio de existencia, el Imperio fue un bastión del cristianismo e impidió el avance del islam hacia Europa Occidental. También fue uno de los principales centros comerciales del mundo, estableciendo una moneda de oro estable que circuló por toda el área mediterránea. Influyó de modo determinante en las leyes, los sistemas políticos y las costumbres de gran parte de Europa y de Oriente Medio, y gracias a él se conservaron y transmitieron muchas de las obras literarias y científicas del mundo clásico y de otras culturas.
En tanto que es la continuación oriental del Imperio romano, su transformación en una entidad cultural diferente de Occidente puede verse como un largo proceso que se inició cuando el emperador Constantino I el Grande trasladó la capital imperial a Constantinopla en el año 330. Continuó con la división definitiva del Imperio tras la muerte de Teodosio I en 395 y la posterior caída en 476 del Imperio romano de Occidente, y alcanzó su culminación durante el siglo VII, bajo el emperador Heraclio I, con cuyas reformas el Imperio adquirió un carácter marcadamente diferente al del viejo Imperio romano. Algunos académicos, como Theodor Mommsen, han afirmado que hasta Heraclio puede hablarse con propiedad del Imperio romano de Oriente, pues este sustituyó el antiguo título imperial de augusto por el de basileus (palabra griega que significa «rey» o «emperador») y reemplazó el latín por el griego como lengua administrativa en el 620, tras lo cual el Imperio tuvo un marcado carácter helénico.
En todo caso, el término Imperio bizantino fue creado por la erudición ilustrada de los siglos XVII y XVIII y nunca fue utilizado por los habitantes de este imperio, quienes lo continuaron denominando Imperio romano (en griego: Βασιλεία Ῥωμαίων, Basileía Romaíon o Ῥωμανία, Romanía) durante toda su existencia.

Historia.

En el año 657 a.C. un grupo de colonos procedentes de la ciudad griega de Megara alcanzaron las riberas del Bósforo y, dándose cuenta de su privilegiada situación geográfica, fundaron una ciudad a la que llamaron Bizancio, honrando así a Bizas, su mítico fundador y uno de sus reyes. Casi mil años más tarde, sobre los cimientos de esta antigua colonia griega -que había jugado un rol histórico secundario hasta entonces-, se funda la Nueva Roma, o Constantinopla, recordando a Constantino el Grande (305-337), su ilustre fundador, ciudad llamada a ser la capital de uno de los imperios más originales de la Historia y cuyo influjo se hizo sentir notablemente sobre las tres civilizaciones del Mediterráneo: la Cristiana Ortodoxa -que nombramos en primer lugar por ser heredera directa de Bizancio-, la Cristiana Occidental, y la Islámica.
El Imperio Bizantino es una de las pocas formas políticas de su tipo con fecha de fundación precisa: el 11 de mayo del 330 d.C. Conocemos también con exactitud la fecha de su fin: 29 de mayo de 1453. 
Durante la mayor parte de esos 1123 años el Imperio Bizantino mantuvo su preeminencia como el "estado" más importante del Mediterráneo, llegando a configurar una identidad propia, una verdadera "nacionalidad bizantina", cuyos pilares eran una lengua común a todo el Imperio, el griego; una cultura propia que aglutinaba no sólo a griegos, sino también a armenios, anatolios, sirios y palestinos y, más tarde, eslavos; y, lo que proporcionó cohesión a este mundo, una religión común, el cristianismo, que adquiere características cada vez más distintivas frente al cristianismo católico occidental. 
Este mundo bizantino se presenta ante nuestros ojos como la maduración de la Civilización Grecorromana, pues supo añadir la unidad religiosa y cultural a la unidad política.

Los fundamentos de la Civilización Bizantina son:

a) Lo Helenístico, esto es, el helenismo parcialmente orientalizado, que se había extendido por gran parte del mundo Mediterráneo tras las conquistas de Alejandro Magno. Tan importante es este pasado que el cronista Miguel el Sirio (s. XII) dirá que el Imperio de Constantinopla, que para él comienza con el reinado de Tiberio a fines del siglo VI, es el Segundo Imperio griego, continuación del primero, identificado con los antiguos reinos helenísticos.

b) Lo Romano, ya que el Imperio de Bizancio es la continuación del Imperio Romano, y a éste debe gran parte de su organización política, administrativa, militar y financiera. Los bizantinos siempre se llamarán a sí mismos "romanos" -el término "heleno", hasta el siglo X, es sinónimo de "pagano"-, y el emperador será el "Basileus ton Romeion", es decir, "emperador de los romanos". Tales denominaciones se seguirán empleando aun en aquellas épocas en que el dominio del griego es total.

c) El Cristianismo, sin el cual es imposible comprender el espíritu bizantino. La religión se vivía entonces con una intensidad y un misticismo prácticamente incomprensibles actualmente, lo que explica muchos rasgos de la Civilización Bizantina que parecen chocantes hoy en día a una humanidad que ha confinado a un rincón marginal de su existencia la experiencia de lo sagrado. Bizancio, y esto constituye su genio, según Dionisios Zakythinós, supo llevar a cabo una síntesis entre lo helenístico, lo romano y lo cristiano; ello, por ejemplo, moderó las formas despóticas y absolutistas propias del Oriente. Este helenismo cristianizado se tornará cada vez más "bizantino". 
Lo cristiano estará siempre presente; en cuanto a los otros dos factores, predominará uno u otro según el período que se estudie. En esta oportunidad nos interesa detenernos en el ancestro helénico, para comprender por qué se puede hablar, con propiedad, de "Imperio Griego de Bizancio", de "Civilización Greco Bizantina", o de "Imperio griego Medieval".

En las etapas llamadas "Protobizantina" y de "Transición Latino-Griega", esto es, entre los siglos IV y VII, que marcan el fin del imperio Romano como tal y el comienzo del Imperio Bizantino, se da un proceso por el cual, de forma cada vez más acentuada, se abandona el ancestro romano para asumir una forma y un contenido cada vez más griegos.
 Ya la división del Imperio Romano en Occidente y Oriente, llevada a cabo por Teodosio I en 395, daba cuenta del reconocimiento de dos ámbitos culturales, uno latino y el otro griego, y desde esta época se estará frente a dos historias distintas y particulares. Mientras la Parte Occidental del Imperio sucumbe ante las acometidas bárbaras -ruralizándose, empobreciéndose y atomizándose-, la Parte Oriental logra sobrevivir -mérito suficiente para quedar en las páginas de la Historia- todo un milenio, conservando una rica vida urbana, una amplia circulación monetaria y un poder central vigoroso y consciente de su misión histórica: llevar a los pueblos bárbaros la luz de la Civilización Cristiana.

Justiniano (527-565), con justicia llamado "el Grande", es el "último" emperador romano y el "primero" del Imperio Bizantino. Fue bajo sus auspicios que se construyó la iglesia más grande, hasta entonces, de la cristiandad: la catedral de Hagia Sophia, dedicada a la Santa Sabiduría que debe iluminar al Imperio, y que hoy sigue en pie desafiando el paso de los siglos, testimonio inigualable del espíritu bizantino, verdadera joya arquitectónica y artística, decorada con hermosos mosaicos que aún conmueven interiormente a quien los contempla, y coronada con una majestuosa cúpula de treinta metros de diámetro que, al decir de los contemporáneos, parece estar suspendida en el aire. 
Los enviados del príncipe Vladimir de Kiev, en el año 988, nos legaron la siguiente impresión de la megalé eklesia (gran iglesia): 
"Los griegos nos condujeron a sus edificios donde honran a Dios, y no sabíamos si nos encontrábamos en el cielo o en la tierra, ya que en la tierra no hay tanto esplendor ni belleza y no sabemos cómo describirlo. Sólo sabemos que Dios habita allí entre los hombres y que su culto es más bello que las ceremonias de otras naciones. Nos será imposible olvidar tanta belleza".
Con Justiniano se cierra prácticamente el "ciclo latino" y triunfan las tendencias helenizantes. Por un lado, fiel a la tradición romana, se lanza a la aventura de reconquistar para el Imperio el Mediterráneo, empresa que no tuvo resultados duraderos y después de la cual Bizancio concentrará sus energías en el Oriente. Por otra parte, bajo su mandato se realiza una hercúlea labor de recopilación del Derecho Romano, el Corpus Iuris Civilis, en latín; sin embargo, es en su época cuando se comienza a legislar en griego, de más fácil comprensión puesto que era la lengua corriente en el Imperio. 
El patriotismo romano, así, cede ante el patriotismo griego, ya que es el griego, ahora, la "patrios foné", la lengua patria. El predominio de la lengua helénica en el oriente bizantino permitirá la comunicación fluida con el pasado helénico clásico y con la patrística cristiana que, como se aprecia en los escritos de San Basilio Magno o de Gregorio Nacianceno, se había nutrido del pensamiento filosófico griego. Efectivamente, la lógica aristotélica fue puesta al servicio del pensamiento teológico, convirtiéndose en la más estudiada por los teólogos bizantinos. Este contacto con el pasado clásico se mantendrá siempre en el Imperio, y puede decirse que el helenismo bizantino es a la Edad Media lo que el helenismo clásico es a la Antigüedad.
Se debe a Teodosio II (408-450), en 425, aunque existía ya una Escuela fundada por Constantino, la creación de la llamada "Universidad" de Constantinopla -en Occidente habrá que esperar siete siglos (!) para ver algo similar-, destinada a formar funcionarios idóneos para el Imperio; esta institución era, en palabras de Charles Diehl, "un admirable seminario de la cultura antigua". Rápidamente se impuso el griego como lengua de la enseñanza. Allí se realizaban estudios de gramática, retórica, dialéctica, derecho, filosofía, aritmética, música, geometría, medicina y física. 
Existían, además, otras Escuelas de Estudios Superiores en el Imperio, como las de Antioquía y Edessa, dedicadas especialmente a los estudios de teología; la de Beiruth, donde se estudiaba el derecho; las de Alejandría y Atenas, verdaderas capitales de la filosofía. Si bien esta última fue clausurada en el año 529 por un Decreto Imperial -a fin de terminar con la enseñanza pagana-, la filosofía griega continuó estudiándose en Bizancio, como algo propio y necesario, incluso por hombres de Iglesia. 
La importancia de la "Universidad" de Constantinopla queda de manifiesto al evocar la figura del armenio Mesrop (s.IV-V), quien aprendió el griego y la cultura helénica en sus aulas para después crear un alfabeto armenio que le permitiera traducir obras griegas a su lengua materna. La literatura armenia, pues, tiene su origen en esta institución de estudios superiores.
También en los niños la educación era esencialmente helénica. A los seis años se iniciaban los cursos de gramática griega leyendo y comentando a los clásicos; entre estos, se atribuía primerísima importancia a Homero, cuyos versos eran aprendidos de memoria. Miguel Psellós (s.XI), uno de los pensadores más importantes de la historia bizantina, se jactaba diciendo que a los catorce años podía recitar la Ilíada de memoria.
 A pesar de la distancia temporal, Homero sigue siendo "el educador de la Hélade", pues Bizancio es parte y continuación natural de ella. Pero, junto a Homero, no hay que olvidar la Biblia, también aprendida de memoria; en ella los cristianos encontraban enseñanzas morales, toda una filosofía de vida y, lo que explica algunos episodios decisivos de la Historia del Imperio, una respuesta trascendente frente a un mundo que en muchas ocasiones mostraba en forma dramática su caducidad. Es el espíritu cristiano -que se nutre de las Escrituras- el que esculpirá el ser histórico bizantino.
En esta primera época se destacan figuras de gran valor intelectual, como, por ejemplo, el neoplatónico Synésios de Cirene; el patriarca Juan Crisóstomo, destacado orador -su nombre significa "boca de oro"-, que escribe en un griego casi clásico; la emperatriz Athenais-Eudoxia, humanista y poeta, entre otros. Entre los últimos representantes de este brillante período no se puede dejar de nombrar al patriarca Sergio, en el siglo VII, quien estudió la historia y la filosofía antiguas estableciendo una relación de continuidad entre la época clásica y la suya.
 Todos ellos -y muchos otros- estudiaron las obras griegas antiguas, se preocuparon de escribir como sus antiguos maestros y, hecho de gran relevancia, comenzaron en Bizancio la labor de recopilación y copia de los manuscritos antiguos, conservando y difundiendo la herencia helénica.
Al finalizar este período, a principios del siglo VII, ya estamos frente a un Imperio griego y cristiano, hecho que quedó plasmado en el título imperial que adoptó en 629 el emperador Heraclio (610-641):
"Basiléus Roméion Pistós en Christo", "Emperador de los Romanos fiel en Cristo".
Podemos decir, recogiedo palabras de D. Zakythinós, que aún quedará parte de "la tradición romana, sí, pero enriquecida por la experiencia helenística, humanizada por la concepción griega de la dignidad humana y su noción del bien común, y temperada por el cristianismo".

Entre los siglos VII y IX se produce la llamada "Gran Brecha del Helenismo", abismo que separa dos paisajes históricos bien definidos. Es el fin de una era que, para los griegos, se remonta, sin interrupción, hasta la Antigüedad Clásica. En Grecia, durante dos siglos, entre 650 y 850, la vida se empobrece y la actividad intelectual parece detenerse. Unos graffitis de poco valor escritos en el Parthenón de Atenas constituyen la única fuente escrita del período. Es una verdadera "edad oscura", cuyos orígenes están relacionados con las invasiones ávaro-eslavas y búlgaras, que convulsionan la vida en los Balcanes. Pero también hay que buscar la explicación en un fenómeno más global: la crisis mediterránea, a escala "mundial", provocada por el ascenso del poderío musulmán.
 Pareciese que, en la misma Grecia, el helenismo ha declinado hasta la agonía. Bizancio, por su parte, no presenta un cuadro mucho más alentador: entre los siglos VII y VIII -aun cuando sabemos que, hacia el 680, Teodoro de Tarsos llega a Inglaterra portando manuscritos de varios autores griegos, entre ellos Homero, Flavio Josefo y Juan Crisóstomo, fundamento de un futuro despertar intelectual inglés- decaen notoriamente la instrucción pública y la actividad intelectual. El Imperio se enfrenta, en el occidente, a eslavos, ávaros y búlgaros, quienes se han adueñado de los Balcanes interrumpiendo de esta manera las comunicaciones con el Occidente Latino. 
En el oriente, Siria y Palestina, así como el norte de Africa, han caído en manos musulmanas. El Imperio queda reducido, prácticamente, al área tradicionalmente griega del Mediterráneo Oriental, lo que reforzará su caracter helénico.
A esta crisis exterior se suma otra interior, que conmocionó al Imperio por más de un siglo (726-843): la Querella de las Imágenes. La iconoclasia se nos presenta como la arremetida de las tendencias orientalizantes en contra no sólo del helenismo clásico y su aprecio por la belleza artística, sino también de una profunda convicción de los cristianos que ven en las imágenes (íconos) un medio para acercarse a lo Trascendente. En efecto, el arte bizantino no tiene como fin el mero goce estético, sensual, sino que debe producir una conmoción que eleve el alma hacia Dios: "per visibilia ad invisibilia", de los visible y corpóreo, hacia lo invisible e incorpóreo, decía el Pseudo Dionisio Areopagita.
 En la defensa de la veneración de los íconos los bizantinos se jugaban, pues, la Salvación de sus almas, y es ésto lo que explica la férrea disposición que manifestaron al defender sus creencias. El triunfo de los iconodulos, veneradores de imágenes, en 843 -la Fiesta de la Ortodoxia, verdadera efeméride nacional bizantina-, marca también el triunfo del helenismo cristianizado.
La "Gran Brecha" es un período crítico del cual Bizancio emergerá poderoso y revitalizado militar, política y culturalmente. Constantinopla es ahora una verdadera "reserva" del helenismo, y su población, totalmente griega, será ocupada en la repoblación de la reconquistada Grecia: en efecto, Bizancio salvó el helenismo incluso en la misma península balcánica, gracias aque había sabido apreciar y atesorar, conservándola vigente, la herencia griega. Es éste, sin duda, uno de los grandes aportes de la Civilización Bizantina a la Historia Universal.
Entre los años 850 y 1050 se vive en el Imperio un verdadero florecimiento intelectual -es el llamado "Renacimiento Macedonio"- en torno a los estudios clásicos. Un hito importante en este proceso lo constituye la reorganización de la Universidad de Constantinopla, obra del César Bardas, a mediados del siglo IX. En esta época se habla y se escribe en el Imperio un griego excelente, y en los siglos XI y XII en una forma muy próxima al clásico.
Sin duda que una de las figuras más destacadas de este período es la del patriarca Focio, tristemente célebre por el cisma eclesiástico que protagonizó. Su legado más importante lo constituye una obra conocida como la Biblioteca, selección y comentario de 279 obras, entre las cuales se cuentan autores griegos clásicos, helenísticos y cristianos.
 Focio prestó un gran servicio a la posteridad, ya que muchas obras de la Antigüedad las conocemos hoy sólo gracias a la preocupación del patriarca; hay que tener presente que tal repertorio bibliográfico es apenas un "botón de muestra" de los escritos conocidos y estudiados en la época. Otro libro de Focio, en el que demuestra su preocupación por la lengua helénica, es un diccionario etimológico, el Lexicon. Focio es, en verdad, el hombre que, después de la interrupción iconoclasta, supo ligar fuertemente y en forma definitiva a Bizancio con la Grecia clásica.
Al recordar a los grandes humanistas bizantinos, no se puede dejar de nombrar a Constantino VII Porphyrogénito, de mediados del siglo X, quien, si bien no fue un buen emperador, sí fue un intelectual de gran valor. Gracias a su obra Sobre las Ceremonias, conocemos en detalle el fastuoso ceremonial de la Corte de Constantinopla; en Sobre los Themas (provincias bizantinas) encontramos una excelente exposición y descripción de las provincias imperiales, involucrando geografía e historia; quizá su obra más relevante sea el De Administrando Imperio, dedicada a su hijo, un verdadero manual acerca de cómo debe dirigirse el Imperio, con una interesante descripción de sus pueblos vecinos y recomendaciones que el emperador debe seguir al entrar en relación con cada uno de ellos. Constantino VII se rodeó de una corte de sabios, destacándose como uno de los pocos casos de mecenas en la Edad Media.
Durante el siglo X se estudió con ahínco la filosofía aristotélica, platónica y neoplatónica. Del Oriente musulmán Abásida, donde en esta época se persigue a los cultores de la filosofía helénica, llegan a Constantinopla muchos sabios cargando con valiosos manuscritos, que se remontan a antiguas bibliotecas romanas, o que llegaron a Persia junto con la migración de maestros atenienses poco después de la clausura de la Escuela de Atenas. Esta verdadera migración de intelectuales que renuevan los estudios en Bizancio, es una prefiguración de lo que ocurrirá en Italia cuatro o cinco siglos más tarde. Bizancio ha logrado un equilibrio en esta época: se estudia el legado clásico y helenístico, utilizando términos y terminologías clásicas, pero ajustándolas a su atmósfera cristiana.
Aunque en crisis desde el siglo XI (podemos tomar como hitos el 1054, año del cisma religioso, o el 1071, el desastre bélico de Mantzikert, o los años que corren entre 1060 y 1090, cuando se produce la primera gran devaluación monetaria después de ocho siglos de estabilidad económica, hecho inédito en la Historia), y más profundamente desde el siglo XIII (cuando la Capital, en 1204, es ocupada y saqueada por los Cruzados, desmembrándose el Imperio), la actividad intelectual no se detiene: Ana Comnena y su Alexíada, el filósofo Manuel Psellós, o los tratados políticos de Nicéforo Blemmydes, dan buena cuenta de ello.
Finalmente, en los siglos XIII y XIV se vuelven a estudiar los autores clásicos y cristianos con renovado vigor, tal vez debido a que se tuvo conciencia del desastre que se aproximaba, de modo que se buscaba intensamente, frente a los tiempos adversos, un consuelo en aquel pasado esplendoroso, buscando allí las respuestas para las dramáticas interrogantes del momento. Sabios bizantinos de renombre, como Crisolaras o Gemistus Plethon, emigraron a Italia impulsando allí los estudios clásicos, primeros pasos del Renacimiento Occidental de los siglos XIV, XV y XVI, mientras que otros sabios griegos fueron acogidos en diversas cortes occidentales. 
No fue este el único servicio que el Imperio prestó a la Civilización Occidental: protegió a Europa, durante mil años, de las acometidas de las hordas bárbaras del Asia, dando tiempo al Occidente para organizarse. Bizancio, pues, defendió y civilizó en parte a la Civilización Cristiana occidental.
De esta época data también uno de los monumentos artísticos más impresionantes de Bizancio: la iglesia de San Salvador in Chora, verdadero relicario donde se guardaba el ícono milagroso de la Panagia Hodigitria, atribuido al apóstol san Lucas. Los mosaicos y pinturas de esta iglesia constituyen uno de los más egregios testimonios del arte bizantino, por la solidez conceptual de su programa iconográfico, su fino acabado artístico y la exposición clara de las tendencias clásicas del llamado "Renacimiento Paleólogo"; es uno de los más logrados y famosos monumentos de Constantinopla, y una de las galerías de arte más interesantes del mundo.
También el mundo musulmán recibió el legado bizantino. Ya hicimos notar que en 529 muchos intelectuales griegos emigraron a Persia, que poco más de un siglo después caería bajo dominio islámico. Avicena o Averroes, connotados estudiosos de la filosofía griega, especialmente de Aristóteles, deben a Bizancio el conocimiento de ella; este contacto con el mundo clásico llegará también a Occidente a través de la España musulmana. Los bizantinos estudiaron las matemáticas, pero su complicado e imperfecto sistema numérico no les permitió realizar grandes avances en dicha ciencia; los musulmanes recibieron esta herencia y la perfeccionaron magistralmente, pero no hay que olvidar que, en principio, recibieron este saber de manos bizantinas. Finalmente, recordemos que la arquitectura, religiosa o civil, del Oriente Islámico, fue en gran parte obra de arquitectos y artesanos bizantinos: de hecho, Bagdad, casi completa, fue levantada por éstos. Que los musulmanes hayan transitado desde una ruda cultura hasta una refinada civilización lo deben, en gran medida, al influjo bizantino.
La entrada de los eslavos en la Historia Universal es, también, obra de bizantinos, quienes los evangelizaron y civilizaron. Es durante la época de Focio cuando la expansión misionera de Bizancio se encuentra en su cúspide. En aquel tiempo, dos hermanos, Cirilo y Metodio, crean un alfabeto, el glagolítico -origen del actual alfabeto cirílico-, para traducir a la lengua eslava las Sagradas Escrituras. Serbios, búlgaros y rusos, principalmente, aunque también moravos e incluso croatas en un primer momento, recibirán el bautismo de manos de sacerdotes griegos, y cada uno de estos pueblos gozará de un privilegio que no existirá en Occidente hasta nuestro siglo: la liturgia en lengua vernácula. A la traducción de escritos religiosos siguió pronto la de obras profanas, integrándose las naciones eslavas a la cultura greco-bizantina. 
Los pueblos eslavos, así, deben a Bizancio, específicamente a Cirilo y Metodio -así como también a los desvelos del patriarca Focio y al apoyo del emperador Miguel III- su tradición literaria. Pero no sólo la religión y la literatura: recibieron de los bizantinos el Derecho, las formas de organización política, el pensamiento filosófico, la arquitectura y el arte. En resumen, Bizancio evangelizó y civilizó en forma completa y total a los pueblos eslavos, quienes, incluso, ampliaron el área de influencia bizantina: los búlgaros transmitieron este legado a los válacos -ancestros de los rumanos-, mientras que los rusos se lo enseñaron a los lituanos.
En 1453 circulaba una leyenda en Constantinopla: el último emperador se convertirá en una estatua de mármol que, por la Gracia de Dios, recobrará la vida cuando el mal haya pasado, para conducir a su pueblo, triunfalmente, ante el Juez Supremo. Sin poder salvar el Imperio, pues, se salva la imagen providencial del emperador. Esta fuerza mística va a ser rescatada por los pueblos herederos de Bizancio: los rusos formularán la doctrina de una verdadera translatio imperii, según la cual Moscú es la Tercera Roma, heredera legítima del Imperio Romano. Los griegos, por su parte, para quienes la historia de Bizancio es su propia historia, recordarán al Imperio en la época de su independencia, recuerdo que es admiración por el pasado y esperanza en el futuro.

Legado.

El Imperio bizantino fue un imperio multicultural, que nació como cristiano y heredero de la tradición romana, comprendiendo la zona de Oriente y que desapareció en 1453 como un reino griego ortodoxo. El escritor británico Robert Byron lo describió como el resultado de una triple fusión: un cuerpo romano, una mente griega y un alma oriental.
Bizancio fue la única potencia estable en la Edad Media. Su influencia sirvió de factor estabilizador en Europa, sirviendo de barrera contra la presión de las conquistas de los ejércitos musulmanes y actuando como enlace hacia el pasado clásico y su antigua legitimidad.

La caída del imperio fue traumática, tanto que durante mucho tiempo se consideró 1453 como la división entre la Edad Media y la Edad Moderna. El conquistador otomano Mehmet II y sus sucesores se consideraron a sí mismos herederos legítimos de los emperadores bizantinos hasta el derrumbamiento del Imperio otomano, a principios del siglo XX. Sin embargo, el papel del emperador bizantino como cabeza de la ortodoxia oriental fue reclamado por los grandes duques de Moscú empezando por Iván III. Su nieto Iván IV el Terrible se convertiría en el primer zar de Rusia (el título de zar proviene del latín caesar, 'césar'). Sus sucesores apoyaron la idea de que Moscú era la heredera legítima de Roma y Constantinopla, la Tercera Roma —una idea mantenida por el Imperio ruso hasta su propio fin a principios del siglo XX—.

Desde el punto de vista comercial, Bizancio era el punto de partida de la Ruta de la Seda, el eje económico que unía Europa con Oriente, importando materias de lujo como seda y especias. La interrupción de esta ruta con motivo de la desaparición del Imperio bizantino provocó la búsqueda de nuevas rutas comerciales, llegando españoles y portugueses a América y África en busca de rutas alternativas. Los portugueses, que acabaron la Reconquista antes y dispusieron de los recursos necesarios con antelación crearon un imperio atlántico que permitía alcanzar la India al circunnavegar África. Los españoles, posteriormente, patrocinarían a Cristóbal Colón y a los conquistadores, que supondrían la creación de un imperio que transformaría a España en la primera potencia mundial.
Bizancio desempeñó un papel inestimable para la conservación de los textos clásicos, tanto en el mundo islámico como en Europa occidental, donde sería clave para el Renacimiento. Su tradición historiográfica fue una fuente de información sobre los logros del mundo clásico. Hasta tal punto fue así, que se cree que el resurgir cultural, económico y científico del siglo XV no hubiera sido posible sin las bases establecidas en la Grecia bizantina.
La influencia de Bizancio en asuntos como la teología sería vital para pensadores europeos como Santo Tomás de Aquino. Asimismo se ha de mencionar que el imperio fue clave en la extensión del cristianismo, que definiría Europa durante siglos. De los cuatro mayores focos de esta religión, tres (Jerusalén, Antioquía y Constantinopla) se hallaban en su territorio y hasta que no aconteció el cisma de Oriente fue su mayor foco espiritual. También fue responsable de la evangelización de los pueblos eslavos, gracias a misioneros tan célebres como Cirilo y Metodio, que evangelizaron a los pueblos eslavos y desarrollaron un sistema de escritura que aún hoy en día se sigue utilizando en muchos países, el alfabeto cirílico. Por último, es notable su influencia en las Iglesias copta, etíope y armenia.

Los griegos bizantinos.

Los griegos bizantinos, romanos orientales o traducido literalmente como rhōmaîoi (que significa romano), eran los ciudadanos griegos o helenizados en la época medieval en el Imperio bizantino (también llamado Imperio romano de Oriente), centrado en Constantinopla, al sur de los Balcanes, las islas del mar Egeo, Asia Menor (actual Turquía), Chipre, Sur de Italia, el norte de Egipto y los grandes asentamientos de Levante.
Durante el Medioevo, los griegos bizantinos se autodenominaban como Ῥωμαῖοι (Rhōmaîoi, en español: «romanos») y Γραικοί (Graikoí, «griegos»), pero en la actualidad se les conoce como Βυζαντινοί Έλληνες (bizantinos o «helenos bizantinos»).
La estructura social de los bizantinos era principalmente rural, con una base agraria que consistía de campesinos y una pequeña parte de los pobres. Estos pobladores vivían en tres tipos de comunidades: las chorion o pueblos, las agradion o aldeas y los proasteion o estados.
Muchos de los altercados civiles que ocurrieron durante el tiempo del Imperio bizantino fueron provocados por las facciones políticas en el Imperio, no por la gran cantidad de población que contenía. Los soldados que conformaban las fuerzas armadas del Imperio bizantino eran seleccionados de campesinos y eran entrenados cada año. Cuando comenzó el siglo XI, más de la mitad de estas fuerzas armadas eran hombres en armas o mercenarios profesionales.
Durante su tiempo, la educación de los griegos bizantinos era más avanzada que en el oeste, particularmente en la educación básica, resultando en altos niveles de alfabetismo en sus pobladores. Los mercaderes bizantinos eran personas exitosas que tenían una gran importancia en el comercio internacional. A pesar de su rivalidad con los mercaderes italianos, los mercaderes bizantinos mantuvieron su posición a lo largo de la segunda mitad de la existencia de su imperio.
El clero también tenía una gran importancia, no solamente por la mayor libertad con la que contaban, a diferencia de su contraparte en el Occidente latino, ya que mantenían un patriarcado en Constantinopla que era considerado igual al papado. Esta posición de poder fue construida poco a poco, desde el nacimiento del Imperio, bajo el reinado de Constantino el Grande, entre los años 306 y 337, y únicamente el 10% de su población era cristiana.
La lengua utilizada por los bizantinos desde la época de Constantino había sido la griega, a pesar de que el latín era el lenguaje de los trámites administrativos. Durante el reinado del emperador Heraclio, entre el 610 y el 641, el griego fue el lenguaje dominante entre la población y sustituyó al latín en los trámites administrativos. En sus inicios, el Imperio bizantino tenía una población multicultural, sin embargo, con la pérdida de las provincias que no hablaban griego a lo largo del tiempo eventualmente los bizantinos fueron la población dominante.
A medida que pasaban los años, la relación que mantenía el Imperio con el Oeste se fue deteriorando, especialmente con Europa occidental latina. Estas relaciones empeoraron por la ruptura entre la Iglesia católica del oeste y la Iglesia ortodoxa del este que había llevado a los bizantinos a ser juzgados como herejes por los latinos. En los últimos siglos del Imperio, especialmente después de la coronación como emperador occidental de Carlomagno en Roma en el año 800, los bizantinos no eran considerados por los europeos del oeste como los herederos del Imperio romano, sino como su contraparte del este. A pesar de ello, el Imperio bizantino siguió denominándose como romano, continuando con la sucesión de emperadores.

Percepción Occidental.

A los ojos de Occidente, después de la coronación de Carlomagno, los bizantinos no eran reconocidos como los herederos del Imperio romano. Los bizantinos eran más bien percibidos como la continuación corrupta de la antigua Grecia, y eran frecuentemente referidos como el Imperio de los Griegos. Estas negaciones de la herencia del Imperio Romano darían lugar al primer resentimiento de los Griegos hacia los "Latinos" o "Francos", así como los llamaban los Griegos.
La opinión popular occidental se ve reflejada en el Transalio militae, escrita por un autor latino anónimo que afirma que los griegos habían perdido su valor y su buena educación, que hacía un contraste con los griegos bizantinos contemporáneos, que generalmente eran vistos como gente pacífica y mediocre Con esta reputación, parece extraño a ojos modernos que las continuas operaciones militares bizantinas, que eran una parte fundamental de las fuerzas armadas y la política externa, estuvieron en contra de las fuerzas del Islam y los Estados Islámicos a partir del siglo VIII, que después se convertirían en diplomacia.









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