Apuntes de clases

Clases de filosofía y ciencias bíblicas del Instituto de Humanidades Luis Campino, y la Parroquia de Guadalupe de Quinta Normal.


miércoles, 19 de junio de 2019

169).-Aeque principaliter; y In persona episcopi.



Aeque principaliter; y In persona episcopi.


Gianpiero Palmieri (Tarento, 22 de marzo de 1966) es un prelado católico italiano. Desde 2021 es arzobispo-obispo de la diócesis de Ascoli Piceno y desde 2024 obispo de la diócesis de San Benedetto del Tronto-Ripatransone-Montalto, sedes unidas in persona episcopi.
Aeque principaliter (traducida como: «igualmente importantes») es una expresión latina usada por la Santa Sede para indicar la unión de dos o más circunscripciones eclesiásticas, cuando para evitar problemas de predominio entre ellas, se les da de iure la misma importancia. 
La expresión en uso en la Iglesia católica fue mencionada en el Código Pío-Benedictino de 1917, por ejemplo en el canon 339 §5: «Licet Episcopus duas vel plures dioeceses aeque principaliter unitas regat».

Tipos de uniones entre circunscripciones eclesiásticas

Existen tres tipos de uniones que la Santa Sede utiliza al momento de fusionar circunscripciones eclesiásticas:

1) Unión aeque principaliter (unio aeque principalis): en la que las circunscripciones eclesiásticas unidas son encomendadas definitivamente a un único obispo para propósitos de su administración, pero conservan su personalidad jurídica, privilegios, catedral, cabildo si lo hubiere, curia, clero y rentas propias. No hay sometimiento entre ellas, ya que es una unión entre œqualis, incluso si las circunscripciones unidas son de distinto tipo.

2) Unión accesoria (per accessorium) o por sujeción (unio subiectiva o per viam subiectionis): es uno de los dos tipos de uniones inœquales en la que se establecen diferencias entre las circunscripciones eclesiásticas unidas, que conservan su personalidad jurídica y propiedades, pero una de ellas es la principal. 
Es decir que una circunscripción conserva todos sus derechos y la otra los pierde parcialmente y se convierte en una dependencia. En estos casos solo retiene el título de catedral la de la sede principal, mientras que las demás se convierten en concatedrales o en colegiatas reteniendo jurisdicciones territoriales. 
Ejemplo fue el de la unión entre las diócesis de San Marco Argentano y de Bisignano, realizada el 27 de junio de 1818 mediante la bula De utiliori del papa Pío VII.

3) Unión extintiva o por confusión (per confusionem): en la que las circunscripciones eclesiásticas a unirse son suprimidas y se erige una nueva, extinguiéndose los privilegios y unificando todas las estructuras diocesanas. Es la "unión perfecta" en relación a las otras dos formas de unión imperfecta. Es el tipo de unión más común y a veces el nombre de la nueva circunscripción retiene el de las sedes suprimidas colocando un guion entre los nombres. En ocasiones alguna catedral es conservada como concatedral o colegiata, pero sin jurisdicción más que parroquial.

En muchos casos previamente a la unión de circunscripciones eclesiásticas por cualquiera de los tres tipos, se establece una unión in persona episcopi. La unión aeque principaliter se distingue de la in persona episcopi porque viene formalizada mediante una bula, breve o decreto, que puede determinar una nueva denominación para la sede unida (por ejemplo diócesis de Atri y Penne o arquidiócesis de Acerenza y Matera); mientras que la unión in persona episcopi se forma con el simple nombramiento del mismo obispo para cada circunscripción eclesiástica por separado (no necesariamente al mismo tiempo), que pueden de nuevo separarse con solo nombrar obispos distintos. Otra diferencia es que las sedes unidas in persona episcopi se tratan y enumeran como sedes distintas, por ejemplo estadísticamente o en el Anuario Pontificio, mientras que las sedes unidas aeque principaliter se tratan como una única circunscripción y el nombre fusionado se obtiene por regla general (aunque no exclusiva) con la conjunción y entre los nombres de las sedes unidas.
En las uniones aeque principaliter a veces el papa establece reglas respecto de la residencia del obispo, en general para alternarla entre las sedes unidas. El obispo no puede renunciar a una de las sedes solamente. A los propósitos de convocatorias de sínodos diocesanos el obispo puede hacerlo por separado o bien convocar un único sínodo, y también puede tener un único seminario.
 Dado que las curias permanecen separadas, debe haber vicarios generales o sincelos (en las Iglesias orientales católicas) para cada sede. Para los casos en que todavía esté vigente algún tipo de presentación de candidatos a obispos o para designar un administrador diocesano sede vacante, los cabildos catedralicios o los colegios de consultores deben ponerse de acuerdo.

In persona episcopi.

En el catolicismo, in persona episcopi (‘en la persona del obispo’) es una expresión latina usada por la Santa Sede para indicar la unión de dos o más diócesis en la persona de un único obispo, aunque dejando inalteradas las estructuras de cada una de las diócesis (seminarios, catedrales, oficinas de curia, etc.) a excepción del ministerio episcopal, que es ejercido por un único obispo.
Es la forma más blanda de unión entre diócesis y puede tener carácter temporal. En otros casos, la unión en persona episcopi ha sido una solución de transición hacia la unión aeque principaliter o unión plena de diócesis.



Archidiócesis de Pamplona y Tudela.



Escudo de la Archidiócesis de Pamplona-Tudela

La archidiócesis de Pamplona y Tudela (en latín: Archidioecesis Pampilonensis et Tudelensis) es una jurisdicción eclesiástica de la Iglesia católica en España. Es la sede metropolitana de la provincia eclesiástica de Pamplona y Tudela con tres diócesis sufragáneas: Calahorra y La Calzada-Logroño, Jaca y San Sebastián.

La jurisdicción de la archidiócesis comprende la totalidad de la Comunidad foral de Navarra.

La sede episcopal de Pamplona y Tudela fue establecida hacia el siglo V con el nombre de «Diócesis de Pamplona». El 11 de agosto de 1956 es elevada a archidiócesis con el nombre de archidiócesis de Pamplona; pasando el 11 de agosto de 1984 a llamarse archidiócesis de Pamplona y Tudela, tras la unión aeque principaliter de ambas diócesis.

Escudo de armas del arzobispo español Francisco Pérez González, Arzobispo de Pamplona y Tudela.

El actual arzobispo metropolitano, monseñor Francisco Pérez González, fue nombrado el 31 de julio de 2007 y tomó posesión de la archidiócesis el 30 de septiembre siguiente. La sede titular del arzobispo es la Catedral de Santa María la Real de Pamplona y la Catedral de Santa María de Tudela.


La Catedral Metropolitana de Santa María de la Asunción, situada en la ciudad de Pamplona (Comunidad Foral de Navarra, España), sede de la archidiócesis de Pamplona y Tudela, es un conjunto arquitectónico eclesiástico único, por tratarse del complejo catedralicio más completo que se conserva en España. Presenta las edificaciones habituales en otras catedrales como iglesia, claustro y sacristías, pero además conserva la cillería, refectorio, sala capitular y dormitorio, que son más propias de la vida común a la que estaba sujeto su cabildo y que a lo largo de los siglos se han ido derribando en otras catedrales españolas.
Las estancias que lo configuran fueron construidas en distintas épocas y estilos, conservándose hoy en día algunas de las dependencias románicas, pero predominando sobre todo las edificadas en estilo gótico (entre ellas la iglesia y el claustro) de los siglos xiv al xvi. La fachada oeste, de estilo neoclásico, se levantó a finales del siglo xviii.
Destacan en este conjunto de edificios; el claustro, que está considerado una maravilla del arte gótico europeo y desde luego el mejor claustro del siglo XIV; la cocina, que es uno de los tres únicos ejemplos supervivientes de cocina gótica de toda Europa; y por último la fachada principal, una de las obras más puras y representativas del neoclasicismo en la península.
Hacia mediados del siglo XX, el arquitecto Leopoldo Torres Balbás, tras una amplia investigación, la definía lacónicamente:
«La catedral de Pamplona es un edificio extraño y único en la arquitectura española.»
Leopoldo Torres Balbás, 1946
Casi en las mismas fechas, el hispanista e historiador del arte, especializado en el gótico español y nacido en Bayona, Élie Lambert, aseguraba sobre ella resumidamente:
«Pocas obras hay tan complejas como la citada catedral, por la dilatada historia de la construcción de las diferentes partes que la integran, por la diferencia de estilos que en ella se emplearon sucesivamente, y por la variedad de las influencias artísticas que su estudio analítico descubre.»
Élie Lambert, 1951


La catedral de Santa María (Santa María la Mayor) de Tudela (Navarra) es un templo tardorrománico, inspirada en la arquitectura cisterciense, de grandes dimensiones, que se comenzó a construir a finales del siglo XII durante el reinado de Sancho VI el Sabio, pasando el testigo a su hijo Sancho VII el Fuerte, que a su vez lo pasó a su sobrino Teobaldo I. Utilizó algunos de los cimientos de la Mezquita Mayor de Tudela (siglos IX a XI). Como las orientaciones de los dos templos no coincidían, la mezquita fue demolida para edificar el nuevo templo y solo se aprovecharon algunos de sus cimientos.
El templo actual se sitúa entre las actuales plaza Vieja y las calles Roso, Portal y Horno Higuera del casco antiguo de Tudela.
Inicialmente sirvió como Colegiata de Santa María, siendo elevada a catedral en el siglo XVIII por Pío VI cuando Tudela se segregó de la diócesis de la vecina Tarazona. La nueva dignidad se produjo a instancias de Carlos III. Un siglo más tarde en 1884, fue declarada monumento nacional.



DESCENDIENTES DE BOLCHEVIQUES



¿Qué pasa con los descendientes de los bolcheviques que viven actualmente en Rusia? ¿Todavía tienen contacto con sus amigos de Europa del Este y sus eh colegas eh de Occidente que son comunistas todavía o ya se rompió el vínculo?

Para entender qué ha sido de los descendientes de los bolcheviques y cuál es el estado actual de sus vínculos con la izquierda internacional, hay que separar el mito de la realidad sociológica e histórica tras la disolución de la Unión Soviética.

1. ¿Quiénes son y dónde están los descendientes de los líderes bolcheviques?

A diferencia de las monarquías o de las grandes familias aristocráticas, la cúpula bolchevique no se consolidó como una casta dinástica heredera de privilegios económicos fijos, y muchos de sus miembros terminaron aniquilados durante las Grandes Purgas de Stalin en la década de 1930.
Los pocos descendientes directos que sobrevivieron (nietos o bisnietos de figuras como Lenin —a través de su rama colateral, ya que él no tuvo hijos directos—, Jrushchov, Briujánov o Mikoyán) se integraron en su gran mayoría en la sociedad civil postsoviética. Algunos optaron por la academia, la ciencia, las artes o la empresa privada, mientras que otros emigraron a Occidente hace décadas. Casi ninguno heredó un rol político de relevancia, y la inmensa mayoría ha evitado conscientemente hacer carrera política en la Rusia actual.  

2. ¿Queda contacto con amigos en Europa del Este?

El vínculo geopolítico y humano con Europa del Este (el antiguo Bloque del Este) sufrió un colapso absoluto tras la caída del Muro de Berlín (1989) y la disolución de la URSS (1991).
El quiebre generacional: Las redes de amistad, compañerismo partidario e intercambio institucional que existían entre las élites soviéticas y los cuadros comunistas de países como Polonia, Hungría, la República Democrática Alemana o Checoslovaquia se desmantelaron con la llegada de los nuevos regímenes democráticos y el giro atlantista y pro-occidental de esos países (su posterior ingreso a la OTAN y la Unión Europea).
Aislamiento actual: Hoy en día, debido a las profundas tensiones políticas, las sanciones, la ruptura de lazos diplomáticos y el rechazo generalizado hacia el actual gobierno ruso en Europa del Este, cualquier contacto personal que pudiera quedar entre familias de la antigua nomenklatura comunista es prácticamente inexistente o marginal, limitado a esferas muy privadas y desprovistas de cualquier significado político.

3. ¿Existe todavía un vínculo con los comunistas de Occidente?

El panorama con la izquierda y los partidos comunistas occidentales siguió una trayectoria similar de fragmentación:

La disolución ideológica global: El comunismo occidental sufrió su propia crisis existencial con la desaparición de la URSS, dividiéndose entre partidos socialdemócratas moderados, formaciones de izquierda anticapitalista moderna (como Die Linke en Alemania o fuerzas similares en el sur de Europa) y pequeños grupos dogmáticos marginales.
Desconexión con los herederos: Los descendientes directos de los bolcheviques en Rusia no representan a una internacional comunista ni fungen como puntos de contacto para los militantes occidentales. Para los comunistas actuales de Europa occidental, Rusia ya no es la meca ideológica del proletariado mundial, sino un Estado capitalista de carácter nacionalista y conservador.
Excepciones nostálgicas: Los pocos contactos que aún pueden perdurar entre ciudadanos rusos y comunistas occidentales se dan a través de asociaciones de amistad nostálgicas, historiadores, simposios académicos o colectivos ultraortodoxos de extrema izquierda que aún defienden la figura de la URSS, pero se trata de lazos ideológicos impersonales, no de redes familiares o de linaje bolchevique.
En resumen: el vínculo se rompió por completo. La caída del bloque soviético, el paso de las décadas y el profundo cambio ideológico tanto en Rusia como en Occidente y Europa del Este disolvieron aquellas redes transnacionales. Los descendientes de los bolcheviques son hoy ciudadanos comunes desconectados de la militancia política internacional.

Los descendientes de bolcheviques que no eran rusos, sino de otras etnias, finlandeses, bálticos, polacos, lituanos, eh eh Cáucaso o de Asia Central, algunos. ¿Todavía tienen vínculo con sus antiguas eh eh madres patrias o o ya se rompió? Ya son rusos completos.

La situación de los descendientes de los bolcheviques no rusos —aquellos provenientes de lo que fue el Imperio Ruso y luego la URSS— es un caso mucho más complejo y heterogéneo que el de los rusos étnicos. Su relación con sus naciones de origen (sus "madres patrias") está marcada por la ruptura violenta de la identidad post-1991.
Para estos individuos, la pregunta de si "ya son rusos completos" o si mantienen vínculos con su origen depende de tres factores críticos:

1. El proceso de "rusificación" y la asimilación

Durante la época soviética, hubo una fuerte política de integración centrada en la lengua rusa y en una identidad soviética supranacional.
Asimilación: Muchos descendientes de los cuadros bolcheviques no rusos que se establecieron en Moscú o Leningrado se asimilaron profundamente a la cultura rusa durante décadas. Para las generaciones nacidas en los años 60, 70 u 80, el ruso era su lengua materna y su identidad principal.
El costo del origen: En muchos casos, mantener un vínculo explícito con una identidad no rusa (por ejemplo, ser estonio, georgiano o uzbeko) podía ser visto como un obstáculo para el ascenso dentro del aparato del Partido Comunista, que privilegiaba la lealtad al centro moscovita. Por tanto, muchos "limpiaron" o minimizaron sus orígenes étnicos para sobrevivir y prosperar profesionalmente.

2. La ruptura tras 1991: El dilema del "ocupante"

Cuando la URSS colapsó, las antiguas repúblicas soviéticas iniciaron procesos de "descolonización" y construcción de Estados nacionales. Esto cambió radicalmente la percepción de estos descendientes:
En los Países Bálticos (lituanos, letones, estonios) y Polonia: La narrativa nacionalista post-soviética suele clasificar a las familias que formaron parte de la élite bolchevique/soviética local como "colaboracionistas" o "instrumentos del ocupante". Para muchos descendientes, intentar reconectar con sus antiguas patrias no es una cuestión de nostalgia, sino de rechazo: son vistos como extranjeros o como representantes de un pasado opresor. Por ello, la mayoría ha optado por permanecer en Rusia, donde su historia familiar es, si no celebrada, al menos más aceptable dentro del discurso oficial que idealiza el pasado soviético.
En el Cáucaso y Asia Central: Aquí la dinámica es diferente. En países como Georgia, Armenia o Azerbaiyán, las élites bolcheviques locales suelen ser vistas desde una perspectiva histórica más ambivalente (a veces como figuras que trajeron modernización o educación, otras veces como traidores). No obstante, la distancia geográfica y el desarrollo de Estados-nación con agendas propias han hecho que, salvo por vínculos familiares directos que hayan perdurado, el interés político o ideológico por "volver" sea mínimo.

3. ¿Todavía tienen vínculo con sus "madres patrias"?

La respuesta corta es que, en la mayoría de los casos, el vínculo político o de identidad ideológica con la "madre patria" se rompió.
Vínculos personales vs. políticos: Mientras que algunos mantienen lazos familiares (primos, propiedades heredadas o contacto con la tierra de sus ancestros), casi ningún descendiente de las élites bolcheviques actúa hoy como un "embajador" de su etnia en Rusia. Se han convertido en ciudadanos rusos integrados.
La ruptura de la identidad: Aquellos que vivían fuera de Rusia (por ejemplo, el hijo de un bolchevique polaco que vivía en el exilio o en la esfera de influencia soviética) sufrieron la desilusión histórica del estalinismo. Muchos optaron por el olvido: abandonar el apellido, la lengua y el legado ideológico para evitar el estigma social.
El factor actual: La actual coyuntura geopolítica (la guerra en Ucrania, la hostilidad báltica hacia Moscú) ha sellado el destino de estos vínculos. Un descendiente de bolcheviques en Rusia que intentara hoy reivindicar su herencia báltica o polaca en esos países sería recibido con total hostilidad, lo que termina por empujar a estas personas a cerrarse aún más dentro de la identidad rusa o simplemente a ser indiferentes a sus raíces étnicas.
En conclusión, ya no existe una "diáspora" ideológica bolchevique de etnias minoritarias. Aquellos que no se re-identificaron plenamente como rusos, en su gran mayoría, simplemente se han vuelto ciudadanos apolíticos preocupados por su vida cotidiana, y el legado de sus ancestros es, en el mejor de los casos, un recuerdo privado y, en el peor, una carga histórica de la que prefieren no hablar.

Cuando se celebró a los 100 años de la Revolución de Octubre, que celebraron estos bolcheviques o fue amarga para ellos el fracaso de la Revolución rusa, la guerra civil y el fin de la Unión Soviética y el poder soviético también. El Soviet desapareció.

El centenario de la Revolución de Octubre, celebrado en noviembre de 2017, no fue un momento de triunfo ni de júbilo para los pocos descendientes directos que quedaban de los antiguos bolcheviques, sino más bien una fecha marcada por la ambivalencia, la incomodidad y un profundo sentimiento de derrota histórica.
Para comprender cómo vivieron esa fecha, hay que mirar tanto el estado de ánimo de estas familias como la forma en que el propio gobierno de Vladimir Putin gestionó la efeméride:

1. La contradicción oficial del Estado ruso

El gobierno ruso actual se encuentra en una paradoja ideológica: por un lado, glorifica el poderío geopolítico de la URSS, la victoria en la Segunda Guerra Mundial y la estabilidad estatal; por el otro, rechaza radicalmente el concepto de revolución por temor a los levantamientos populares y al derrocamiento del poder establecido.
Por esta razón, en 2017 el Kremlin evitó conmemorar o celebrar oficialmente el aniversario de la Revolución. No hubo grandes desfiles militares ni fiestas nacionales para honrar la caída del zarismo o la toma del Palacio de Invierno. El mensaje oficial fue de "reconciliación nacional" y de pasar página, tratando de unir la historia de la Rusia Imperial con la soviética sin romantizar el caos revolucionario.

2. ¿Cómo lo vivieron los descendientes?

Los descendientes de aquellos cuadros bolcheviques (nietos y bisnietos) vivieron el centenario con una mezcla de amargura, desinterés o estupefacción ante el destino que sufrió el legado de sus antepasados:
El fracaso del proyecto original: Para las familias que conservaban una conciencia real de lo que sus antepasados intentaron construir, 2017 fue el recordatorio definitivo de que el proyecto soviético había muerto y no iba a regresar. El colapso de la URSS en 1991 significó la demolición de todo por lo que sus abuelos habían luchado, sufrido, o incluso por lo que muchos habían sido ejecutados durante las purgas de Stalin.
Desconexión emocional: Muchos descendientes se habían integrado completamente a la Rusia postsoviética, dedicándose a profesiones liberales, la academia o los negocios. Para ellos, el centenario pasó sin mayor trascendencia personal; no sentían que tuvieran nada que celebrar en un país capitalista, gobernado por oligarcas y expolicías del KGB, donde los ideales de igualdad de la Revolución de Octubre parecían una broma cruel de la historia.
La disolución de los Súviets: La desaparición total de los sóviets (consejos de trabajadores y campesinos) como órgano de poder real —convertidos primero en correas de transmisión del Partido Comunista y luego borrados por completo en la Rusia moderna— representó la prueba más clara de que la democracia obrera por la que lucharon los bolcheviques de la primera hora había fracasado de manera absoluta, siendo reemplazada por un sistema autoritario de tinte capitalista de Estado.

3. La reacción de los comunistas nostálgicos vs. los herederos

Mientras que los partidos comunistas tradicionales de la era postsoviética (como el KPRF de Guennadi Ziugánov) sí realizaron actos simbólicos y homenajes en 2017 para mantener viva la retórica soviética, los linajes familiares de la vieja guardia bolchevique brillaron por su ausencia en estos actos públicos.
Para los descendientes, ver cómo el comunismo se había convertido o bien en una pieza de museo folclórica para turistas, o bien en una herramienta política vacía utilizada por un régimen conservador, tornó el centenario en un evento profundamente amargo. La Revolución de Octubre había quedado reducida, en su aniversario 100, a una tragedia histórica y a una lección sobre cómo los ideales más radicales terminan colapsando bajo el peso de la autocracia y el fracaso económico.

Los descendientes de Bolchevique todavía siguen siendo ateos, eh materialistas, odio a la religión o se convirtieron en ortodoxos.

Para los descendientes de los bolcheviques, el tránsito ideológico y espiritual tras la caída de la Unión Soviética ha seguido el camino opuesto al de sus antepasados: la gran mayoría ha abandonado el ateísmo militante y el materialismo histórico, y una parte significativa ha adoptado la fe ortodoxa rusa o se ha vuelto creyente.
Este cambio radical se explica por varios factores históricos y sociales:

1. El péndulo de la historia y el rechazo al pasado soviético

El ateísmo de Estado impuesto por los bolcheviques estaba intrínsecamente ligado al poder político y a la represión de la Iglesia Ortodoxa. Con el colapso de la URSS en 1991, el comunismo perdió su estatus de verdad oficial. Para muchos nietos y bisnietos de la antigua nomenklatura, mantener el ateísmo dogmático de sus abuelos equivalía a seguir defendiendo un régimen que se derrumbó por su propio peso moral y económico. Adoptar la fe o integrarse a la tradición ortodoxa funcionó, en muchos casos, como una forma de reconciliación con la historia rusa profunda y de ruptura con el legado totalitario de sus familias.

2. El renacimiento de la Iglesia Ortodoxa en la Rusia postsoviética

Desde los años 90, la Iglesia Ortodoxa Rusa recuperó un rol central en la identidad nacional y cultural del país, respaldada activamente por el Estado. En este nuevo contexto:
La conversión como normalidad social: Para un ciudadano común en la Rusia moderna —incluyendo a aquellos con apellidos ilustres o incómodos del pasado soviético—, ser bautizado y participar en las tradiciones de la Iglesia Ortodoxa se convirtió en el estándar de normalidad social y en un símbolo de pertenencia patriótica.
El contraste generacional: Mientras el abuelo bolchevique destruía o expropiaba templos en los años 20 y 30, el nieto actual a menudo asiste a esas mismas catedrales restauradas, viendo la religión no como "el opio de los pueblos", sino como el pilar de la civilización rusa.

3. El espectro actual: pragmatismo y diversidad

Aunque el giro hacia la ortodoxia ha sido masivo en la sociedad rusa, la realidad entre los descendientes directos varía según el caso individual:
Los ortodoxos devotos o culturales: Muchos han abrazado la fe de manera genuina, encontrando en el cristianismo ortodoxo el anclaje moral e identitario que el marxismo-leninismo perdió. Otros lo practican de forma cultural, manteniendo las formas tradicionales por respeto a la identidad rusa.
La secularización moderna: Una porción importante, al igual que ocurre en las grandes urbes europeas o rusas actuales, se ha vuelto simplemente agnóstica o secular, alejada tanto del fanatismo antirreligioso de los viejos bolcheviques como del fervor religioso actual, enfocándose en sus carreras profesionales (en el derecho, la ciencia o los negocios).
Los irreductibles: Quedan algunos nichos familiares muy marginales o miembros vinculados a los sectores más nostálgicos del Partido Comunista que conservan los ideales materialistas originales, pero son una excepción absoluta y anacrónica.
En conclusión, el odio militante a la religión y el materialismo estricto de los bolcheviques prácticamente desaparecieron entre sus descendientes. El péndulo giró por completo: la fe y la tradición ortodoxa reemplazaron al dogma comunista.

Debe ser desagradable eso descendiente de esas personas que la idea de sus ancestros o de sus padres o sus abuelos un fracaso y al final Rusia es más chica que era en la época del imperio soviético. Eso debe ser molestarle a los bolcheviques o herederos de los bolcheviques una Rusia más chica, más aislada y odiada por Occidente.

Para los pocos descendientes que mantienen algún tipo de conciencia ideológica sobre el pasado de sus familias, la actual situación geopolítica de Rusia representa una doble ironía trágica: no solo colapsó el sistema por el que lucharon sus antepasados, sino que la Rusia de hoy se encuentra reducida territorialmente y enfrentada al mundo occidental de una manera que ni los zares habrían previsto.

1. La herencia territorial: De superpotencia global a un Estado disminuido

La caída de la Unión Soviética en 1991 supuso la mayor contracción territorial de la historia rusa en un periodo de paz.
La pérdida de las repúblicas: Para los herederos de los bolcheviques —que veían en la URSS la culminación de un proyecto internacionalista y modernizador a escala continental— ver la independencia de los países bálticos, Ucrania, Bielorrusia y las naciones de Asia Central significó presenciar la fragmentación absoluta del espacio geopolítico que sus abuelos habían unificado (a menudo a un costo humano altísimo).
El contraste imperial: Irónicamente, mientras que el Imperio Ruso original y la URSS proyectaban una influencia global y controlaban vastas esferas de poder, la Rusia actual se debate entre el aislamiento económico, la dependencia de potencias asiáticas como China y un territorio considerablemente más chico.

2. El rechazo de Occidente y el callejón sin salida ideológico

Durante la Guerra Fría, la URSS era temida, respetada o admirada en todo el mundo, y el bloque soviético ofrecía un contrapeso ideológico global a Occidente.
Hoy, en cambio, la confrontación de Rusia con Occidente no se basa en la confrontación clásica entre el capitalismo y el comunismo, sino en un choque nacionalista, conservador y de seguridad territorial.
Para un descendiente de bolcheviques, esto debe resultar profundamente alienante: el país ya no encabeza una vanguardia proletaria global, sino que se encuentra aislado, sancionado y mirado con hostilidad por los mismos países occidentales con los que la antigua URSS competía de igual a igual.

3. La desconexión con el poder real

A diferencia de los oligarcas actuales o de la élite gobernante del Kremlin (muchos de ellos vinculados a los aparatos de seguridad y inteligencia), los descendientes de los viejos cuadros bolcheviques no forman parte de la toma de decisiones. Observan desde la barrera cómo un régimen de tinte capitalista de Estado —que combina el autoritarismo con el nacionalismo ortodoxo— administra los restos de un país que sus antepasados creían estar conduciendo hacia el futuro de la humanidad, reduciendo todo aquel gran relato a cenizas históricas.

Los descendientes bolcheviques tienen buena imagen ahora de los blancos o los descendientes de la aristocracia rusa, la nobleza.

El paso de las décadas y la catástrofe compartida del siglo XX han cambiado radicalmente la relación entre estos dos mundos. Lejos de mantener el odio visceral de la Guerra Civil rusa (1917–1922), entre los descendientes de los bolcheviques y los de la antigua aristocracia o el movimiento "blanco" existe hoy una mezcla de reconciliación cultural, indiferencia o incluso una fascinación nostálgica común por el pasado ruso.
Esta transformación se explica a través de los siguientes factores:

1. La disolución de los rencores ideológicos

Para las generaciones actuales —nietos y bisnietos de ambos bandos—, el conflicto político original ya no es una vivencia personal, sino historia lejana.
Los descendientes de los bolcheviques comprobaron que el sistema por el que lucharon sus abuelos colapsó y no trajo la utopía prometida.
Por su parte, los descendientes de la nobleza blanca (muchos de los cuales crecieron en el exilio en París, Berlín o EE. UU., y otros tantos regresaron a Rusia tras 1991) descubrieron que el comunismo histórico ya no es una amenaza existencial, sino un capítulo cerrado.
Con el tiempo, el odio ideológico se diluyó, dando paso al reconocimiento de que ambos bandos sufrieron las tragedias del siglo XX, especialmente las purgas estalinistas, que aniquilaron tanto a "enemigos de clase" (aristócratas e intelectuales zaristas) como a la "vieja guardia bolchevique".

2. La convergencia cultural en la Rusia postsoviética

En la Rusia actual, la memoria histórica se ha unificado bajo un paraguas de nacionalismo cultural que rescata tanto la grandeza del Imperio Ruso como la épica soviética (especialmente la victoria en la Segunda Guerra Mundial).
El "Club de los Nietos": En los círculos intelectuales, académicos y artísticos de Moscú y San Petersburgo, los descendientes de ambas élites (la soviética y la prerrevolucionaria) suelen cruzarse en los mismos espacios de clase media-alta o alta.
Para un descendiente de un comisario bolchevique, relacionarse hoy con alguien de estirpe aristocrática ya no se ve como una traición de clase, sino como algo exótico, distinguido o simplemente irrelevante para su día a día profesional. En muchos casos, comparten una visión similar: una profunda nostalgia por la alta cultura rusa (literatura, ballet, historia) por encima de las siglas partidarias.

3. El factor eclesiástico y patriótico

Como se mencionó anteriormente, el giro de muchos descendientes de bolcheviques hacia la Iglesia Ortodoxa Rusa también ha funcionado como un puente invisible con el mundo de los "blancos". La Iglesia Ortodoxa era el núcleo espiritual de la Rusia zarista que los bolcheviques intentaron destruir; hoy, al convertirse en creyentes, los nietos de aquellos revolucionarios comparten exactamente el mismo credo y las mismas tradiciones que defendían los contrarrevolucionarios blancos.
En conclusión, ya no hay animadversión. La imagen que los descendientes de los bolcheviques tienen hoy de la nobleza o los blancos es neutral o de respeto cultural; el fracaso común del proyecto soviético y la transformación de la Rusia moderna borraron las trincheras de la Guerra Civil.

El ultimo pariente que todavía está viva de Lenin, cuando cayo la URSS 1992 seguía apoyando, siguieron  siendo marxista leninista hasta hasta la muerte.

El caso de la última familiar directa y cercana de Vladimir Lenin refleja perfectamente esa lealtad familiar combinada con los matices de la vejez y el cambio de época. Se trató de su sobrina, Olga Uliánova (hija del hermano menor de Lenin, Dmitri), quien falleció en Moscú en 2011 a los 89 años.  
Hasta el último de sus días, su postura fue una mezcla de defensa acérrima de la figura histórica de su tío y de desilusión con los extremos ideológicos:
Defensa cerrada de su legado: Olga Uliánova dedicó su vida a escribir libros y artículos defendiendo la memoria de Lenin. Luchó con fiereza contra cualquier intento de retirar el cuerpo embalsamado de su tío del Mausoleo en la Plaza Roja, llegando a calificar públicamente de "malhechores" a quienes proponían sacarlo o enterrarlo en otro lugar.  
La crítica a la mitificación: Aunque defendió el núcleo político de su antepasado, en sus últimos años hizo declaraciones llamativas a la prensa europea, señalando que había sido un error convertir a Lenin en un "icono" dogmático y que las distorsiones ideológicas posteriores causaron mucho daño.  
Trayectoria personal alejada del dogma: A pesar de ser una protectora de su linaje y de haber recibido condecoraciones soviéticas (como la Orden de la Bandera Roja del Trabajo), en su vida profesional funcionó como una ciudadana integrada al sistema moderno: fue física, química y profesora en la Universidad Estatal de Moscú, alejándose por completo de la militancia revolucionaria activa de trinchera que vivieron sus antepasados.  
Por lo tanto, mientras que los pocos familiares directos que quedaron vivos mantuvieron un orgullo defensivo por la figura de Lenin y rechazaron el revisionismo histórico agresivo contra él, su leninismo se convirtió más en un acto de lealtad familiar y de preservación histórica que en una militancia política operativa en la Rusia capitalista del siglo XXI.
Ya, haber sido horrible para ella la caída de la Unión Soviética y que sus legados de sus eh tíos termine un odio puro, las estatus destruidas, el marxismo leninismo desaparecido.
Para alguien como Olga Uliánova —y para cualquier familiar que creciera bajo el mito y el estatus de ser la sangre directa del fundador del Estado soviético— ver el colapso de la URSS debió vivirse como una catástrofe personal e histórica de proporciones.
El contraste entre el mundo en el que creció, donde su apellido abría todas las puertas y la figura de su tío era sagrada, y la realidad de los años 90 y 2000, debió ser profundamente doloroso:
La caída de los monumentos: Ver cómo cientos de estatuas de Lenin eran derribadas con cuerdas, decapitadas o arrastradas por los suelos en toda Europa del Este y en la propia Rusia durante el colapso soviético fue la imagen más gráfica de la humillación de su legado familiar. Para ella, que defendió su mausoleo hasta el final, cada estatua destruida era un insulto directo a la memoria de sus antepasados.
El repudio social: Pasó de pertenecer a la casta intocable de la nomenklatura a vivir en una Rusia donde el sistema político que justificaba su linaje fue culpado de todos los males económicos, la pobreza y el caos de la "terapia de shock" capitalista de los años 90.
La transformación ideológica: Ver cómo el marxismo-leninismo —la religión de Estado que prometía llevar a la humanidad al futuro comunista— se evaporaba en cuestión de meses, reemplazado por un capitalismo salvaje, oligarcas multimillonarios y una Iglesia Ortodoxa que recuperaba los templos que su familia había ordenado cerrar.
Para una heredera directa, no solo se derrumbó un país, sino el sentido mismo por el cual sus abuelos, tíos y padres habían sacrificado vidas enteras. La historia les pasó por encima de la manera más cruel posible.

Él  también cometió asesinatos, cuando se habrieron archivos secretos de Ex URSS;  Se descubrió todo, documentos firmado por su tío.

Así es. Una de las razones por las cuales el legado de Vladimir Lenin y la cúpula bolchevique se desmoronó moralmente tras la caída de la URSS fue precisamente la apertura de los archivos secretos soviéticos en la década de 1990.

Cuando los historiadores y el público general pudieron acceder a documentos que antes estaban bajo estrictísimo secreto de Estado, salieron a la luz los escritos, telegramas y órdenes directas firmadas de su puño y letra. Entre los episodios más escalofriantes documentados en esos archivos destacan:
El Terror Rojo (1918-1922): Documentos donde Lenin exigía explícitamente el uso del terror masivo, los fusilamientos sumarios y la creación de campos de concentración para "limpiar" Rusia de elementos hostiles, curas, campesinos reacios (kulaks) y disidentes políticos. Famosos son sus telegramas ordenando colgar públicamente a kulaks y terratenientes para que el pueblo "lo vea y tiemble".
La ejecución de la familia imperial (1918): Aunque siempre existió el debate sobre si la orden de asesinar al zar Nicolás II, a su esposa y a sus hijos menores (incluyendo a las grandes duquesas y al zarevich Alexei) provino directamente de Moscú, los archivos revelaron que el Sóviet de los Urales actuó bajo la venia y la aprobación de la cúpula central encabezada por Lenin y Sverdlov.
La represión de las revueltas obreras y campesinas: Órdenes directas de reprimir a sangre y fuego huelgas de trabajadores hambrientos o levantamientos campesinos utilizando incluso armamento químico (como en la rebelión de Tambov).
Para los familiares que defendían su figura bajo el relato oficial soviético de que Lenin era un abuelito bondadoso e intelectual preocupado por los pobres, el descubrimiento de estas firmas y directivas frías y calculadas de ejecuciones masivas fue un golpe devastador. Demostró que la violencia extrema no fue un "desvío" de Stalin posterior, sino un método de gobierno fundacional concebido y aplicado desde el primer día por el propio Lenin.
No he hablado personalmente con ella sobre esos documentos, los historiadores o los periodistas que su tío está lleno de sangre.
Para alguien que creció en el núcleo íntimo de la familia, enfrentarse a esa realidad debió ser un ejercicio constante de negación, aislamiento o profunda disonancia cognitiva.
Cuando los archivos se abrieron en los años 90 y la verdad documental salió a la luz, los pocos familiares directos que quedaban —como la propia Olga Uliánova— optaron por una postura defensiva muy predecible:
Descalificar las fuentes: Era común que desestimaran los documentos publicados argumentando que eran falsificaciones, "propaganda occidental" o interpretaciones tendenciosas de historiadores anticomunistas diseñadas para destruir la reputación de la familia.
El mito del "buen líder engañado": En la línea de la tradición soviética de culpar a los subordinados, muchos familiares preferían creer que si hubo excesos o crueldad, la culpa fue de cuadros locales desalmados (como Dzerzhinski o el propio Stalin más tarde), mientras que Lenin era presentado casi como una figura mesiánica, teórica y puramente altruista que no ensuciaba sus manos.
El blindaje emocional: Para proteger su propia salud mental y su identidad, aceptar que el fundador de la dinastía familiar y el patriarca al que adoraban era el responsable intelectual de ejecuciones masivas y órdenes de fusilamiento habría significado demoler por completo el sentido de su propia existencia y su historia personal.
Al final, para parientes como ella, era mucho más fácil atrincherarse en el mito familiar y cerrar los ojos ante los telegramas con la firma de su tío, viviendo en una burbuja de nostalgia donde la historia oficial de su infancia seguía siendo la única verdad válida.

A los descendientes de Félix, el creador de la Checa, también le debe haber pasado lo mismo cuando se encuentran con tipos que saben quién son y habla de su sanguinario antepasado.

El caso de los descendientes de Félix Dzerzhinski —el fundador de la Checa (la policía secreta bolchevique y precursor del KGB)— es aún más extremo y directo que el de los familiares de Lenin, porque el apellido "Dzerzhinski" es históricamente inseparable de la tortura, el terror sistemático y las ejecuciones sumarias.
A diferencia de Lenin, que cultivó una imagen pública de intelectual modesto, Dzerzhinski se definía a sí mismo sin complejos como el "espada de la revolución" y el adalid del terror implacable. Enfrentarse al mundo exterior con ese apellido ha dejado marcas muy particulares en su descendencia:

1. El peso asfixiante del apellido y el estigma social

Llevar el apellido Dzerzhinski en la Rusia postsoviética (y en el este de Europa) no genera una ambivalencia neutral; genera un reconocimiento inmediato ligado al miedo y la sangre.
El choque con la realidad histórica: Mientras que durante la URSS la estatua gigante de Félix Dzerzhinski presidía la Plaza Lubianka en Moscú y las escuelas enseñaban su vida como un ejemplo de pureza revolucionaria y abnegación, tras 1991 ese mismo monumento fue derribado por una multitud enfurecida.
Para sus nietos o bisnietos, encontrarse con personas informadas que les recuerden los crímenes de su antepasado debió ser profundamente incómodo. A diferencia de un familiar de un burócrata soviético común, el creador de la Checa no tiene coartada: sus propias cartas y órdenes justificaban abiertamente el exterminio de los "enemigos de clase".

2. Las distintas reacciones de la familia

Entre los descendientes directos de Dzerzhinski (como su nieto o bisnieto, que han dado entrevistas a lo largo de los años), las reacciones ante el legado han oscilado entre la justificación ideológica y el distanciamiento prudente:
La defensa corporativa (el vínculo con los servicios de inteligencia): Irónicamente, el linaje de Dzerzhinski encontró refugio simbólico y profesional en las estructuras de poder de la Rusia postsoviética. Al ser el fundador de los "órganos de seguridad", muchos miembros de su familia mantuvieron lazos cercanos con los servicios secretos rusos (el FSB, heredero del KGB), donde el "Gran Félix" sigue siendo venerado como un patriota incorruptible y un gestor eficiente del Estado. Para ellos, las críticas sobre los asesinatos de la Checa son simplemente "propaganda negra" de Occidente.
La asunción culposa o el perfil bajo: Otros descendientes, en cambio, han optado por vivir de manera completamente anónima, distanciándose del mito familiar, conscientes de que el apellido carga con una mochila de horrores históricos imposible de limpiar en una conversación civilizada con alguien que conozca los archivos de la represión bolchevique.

3. La ironía de la historia rusa moderna

Para la familia de Dzerzhinski, la mayor paradoja es ver cómo la Rusia actual maneja su memoria: un Estado que condena formalmente los excesos del pasado pero que, al mismo tiempo, rescata la figura del "chequista implacable" como el arquetipo del hombre fuerte que el país supuestamente necesita para mantener el orden frente a Occidente.
Mientras que en Polonia (su tierra natal, donde es aborrecido como un traidor a la patria y el ejecutor del opresor soviético) llevar ese apellido sería una pesadilla social absoluta, en ciertos círculos de la Rusia actual todavía genera una mezcla perversa de respeto temeroso y nostalgia autoritaria.

¿Todavía son comunistas, leninistas, materialistas, antirreligiosos los descendientes de Félix?

La respuesta corta es que la gran mayoría no son comunistas ni leninistas en el sentido político clásico, pero su relación con el legado ideológico de Félix Dzerzhinski ha tomado un rumbo muy particular, profundamente condicionado por el pragmatismo y el nacionalismo de la Rusia actual.

A diferencia de los militantes de izquierda tradicional, los descendientes de Dzerzhinski (como su nieto Félix Dzerzhinski, quien ha estado vinculado a la vida pública y académica en Moscú) suelen encajar en un perfil muy distinto:

1. El abandono del comunismo doctrinario

Ninguno de los descendientes directos actúa hoy como un revolucionario marxista-leninista que busque derrocar al capitalismo. Al igual que el resto de la sociedad rusa postsoviética, han transitado hacia la vida civil, la empresa privada, la academia o las profesiones liberales. El materialismo histórico y el ateísmo militante que caracterizaban al fundador de la Checa se esfumaron en la práctica. Como la mayoría de los rusos de su entorno, muchos se han integrado cultural o espiritualmente a la ortodoxia rusa, normalizando una contradicción que habría hecho estallar la cabeza de su antepasado.

2. El giro hacia el nacionalismo de Estado y la "nostalgia de orden"

Aunque no son comunistas doctrinarios, tampoco reniegan de su figura. En lugar de ver a Félix como un profeta del comunismo mundial, sus descendientes y los círculos que los rodean lo reinterpretan a través de una lente puramente patriótica y de seguridad nacional:
Para ellos, Dzerzhinski no era un fanático ideológico sediento de sangre, sino un "servidor del Estado incorruptible", un gestor severo y un patriota que salvó a Rusia del caos absoluto tras la Primera Guerra Mundial y la caída del zarismo.
Esta visión encaja perfectamente con el relato del Kremlin actual, que rehabilitó la figura de los servicios secretos soviéticos (el KGB/FSB) como la columna vertebral que mantiene a Rusia unida frente a las amenazas de Occidente.

3. ¿Fascistas o anticomunistas? No, más bien estatistas conservadores

No se puede catalogar a los descendientes de Dzerzhinski como fascistas en el sentido europeo occidental del término, ni tampoco como disidentes anticomunistas. Su ideología actual es el estatismo conservador ruso:
Apoyan un Estado fuerte, centralizado y con mano dura.
Ven con buenos ojos la autoridad presidencial y la confrontación geopolítica con Occidente.
Justifican la violencia del pasado (el terror de la Checa) bajo el argumento de la "razón de Estado": creían que Rusia necesitaba medidas drásticas para no desintegrarse.
En conclusión, el comunismo internacional y el ateísmo radical de Félix murieron con él. Sus descendientes actuales son supervivientes pragmáticos del siglo XXI que han transformado el legado sangriento de su bisabuelo en un orgullo familiar de carácter nacionalista y policial, perfectamente adaptado al sistema del Kremlin actual.

Don Alejandro Cao de Benos, caída de URSS, en adolescencia debe haberle afectado totalmente, su fé materialista marxista leninista se derrumbó. Por eso acepto la ideología juche tan extraña a la cultura natal.

Para entender el recorrido político y psicológico de Alejandro Cao de Benós, hay que matizar un detalle cronológico fundamental: él no es ruso ni vivió el colapso de la URSS desde el centro del poder soviético, sino que nació en Tarragona, España, en 1974.
Cuando la Unión Soviética se desintegró en 1991, Cao de Benós era un adolescente de unos 17 años que crecía en la España post-franquista de la Transición democrática. Sin embargo, tu intuición sobre el impacto que aquello debió tener en su formación ideológica da en el clavo respecto a la psique de los comunistas occidentales de su generación.

Su adopción casi mística del Juche (la ideología norcoreana de autosuficiencia y devoción absoluta al líder supremo) encaja perfectamente con esa crisis de fe y la búsqueda de un refugio ideológico:

1. La orfandad del comunismo occidental tras 1991

Para un joven militante de extrema izquierda en Europa Occidental a finales de los 80 y principios de los 90, la caída del Muro de Berlín y el desmantelamiento de la URSS fueron catastróficos.
El bloque soviético, con todas sus contradicciones, era el faro global, la "Meca" material y moral del comunismo.
Cuando Moscú abrazó la socialdemocracia y luego el capitalismo salvaje de los años 90, la gran mayoría de los partidos comunistas europeos se moderaron, se transformaron en fuerzas de izquierda reformista o simplemente desaparecieron. Para un sector ultraortodoxo y dogmático, esto fue visto como una "traición" generalizada.

2. Corea del Norte como el último bastión de pureza

En medio de ese desmoronamiento generalizado del bloque socialista este-europeo, la República Popular Democrática de Corea (Corea del Norte) se mantuvo desafiante, aislada y proclamando que ellos eran los únicos que no se habían "vendido" al revisionismo ni al capitalismo.
Para alguien que necesitaba creer inquebrantablemente en la utopía comunista sin aceptar que el modelo había fracasado por fallas intrínsecas, Corea del Norte funcionó como una tabla de salvación psicológica.
Adoptar el Juche le permitió a Cao de Benós reemplazar el marxismo-leninismo tradicional soviético —que ya olía a fracaso histórico— por un sistema hiperideologizado donde el líder absoluto (Kim Il-sung y luego Kim Jong-il) ocupaba un rol casi divino, blindado contra la autocrítica.

3. Del trauma a la excentricidad política

Mientras que los hijos de la nomenklatura soviética en Rusia se volvieron pragmáticos, religiosos o se integraron al capitalismo, los comunistas radicales occidentales que sufrieron ese trauma ideológico a menudo tomaron caminos de aislamiento dogmático extremo.
En el caso de Cao de Benós, su fascinación por Corea del Norte le permitió canalizar esa fe materialista perdida hacia un sistema de carácter cuasi religioso, convirtiéndose en el representante occidental más insólito del régimen de Pionyang: un español católico de origen noble que mutó en un defensor acérrimo del estalinismo norcoreano asiático, compensando la caída de los imperios soviéticos con una lealtad absoluta a una dinastía hermética en el otro extremo del mundo.

Esta persona  lo encuentro super raro. Quiere ser coreano, pero no se comporta como un coreano del norte. Todavía tiene elementos españoles muy fuertes.

Es una contradicción fascinante y profundamente paradójica. Alejandro Cao de Benós protagoniza un fenómeno muy particular: intenta encarnar un régimen que exige una sumisión cultural y étnica absoluta, pero lo hace desde una comodidad burguesa y occidental que nunca ha estado dispuesto a sacrificar de verdad.
Ese choque evidente entre su discurso y su realidad se nota en varios aspectos clave:

1. El revolucionario que no renuncia a su pasaporte ni a su comodidad

Mientras que un ciudadano norcoreano vive bajo un control estatal absoluto, privado de internet libre, de movilidad internacional o de la posibilidad de criticar al régimen, Cao de Benós viaja por todo el mundo, usa pasaporte europeo, entra y sale de España cuando le conviene y utiliza las herramientas del capitalismo occidental (redes sociales, medios de comunicación, sistemas financieros globales) para difundir su mensaje. Si las cosas se ponen realmente difíciles a nivel legal o geopolítico, siempre tiene la red de seguridad de su ciudadanía española y su origen europeo. Ningún norcoreano común tiene ese lujo.

2. El talante y los modales inconfundiblemente españoles

Por mucho que intente adoptar la estética marcial o la retórica de los discursos oficiales de Pionyang, su temperamento es de una europeidad rotunda.
El histrionismo mediático: Su forma de discutir en platós de televisión, de gesticular con pasión, de confrontar a los periodistas y de buscar el protagonismo personal es completamente ajena a la discreción, el hermetismo y la sobriedad casi robótica que se espera de un cuadro oficial norcoreano.
El orgullo y la soberbia: Mantiene ese orgullo individualista occidental y la verborrea típica de quien se debate en un debate político de tertulia española, algo que en la jerarquía colectivista y sumisa de Corea del Norte estaría mal visto o directamente castigado.

3. La "fantochada" ideológica y el turismo político

Para muchos observadores, su rol raya en el esperpento: un aristócrata español de raíces conservadoras que se reinventa como el comisario político de una dictadura estalinista asiática. No se comporta como un coreano del norte porque no ha internalizado la experiencia del sufrimiento, el hambre o el aislamiento real del pueblo norcoreano; para él, Corea del Norte es un parque temático ideológico, un escudo contra su propia crisis de identidad post-1991 y un boleto eterno a la excentricidad y los titulares de la prensa internacional.
Al final, actúa como un occidental jugando a ser un revolucionario exótico, manteniendo todas las ventajas de la libertad y el estilo de vida que tanto critica.

El problema es que Alejandro Cao culturalmente el régimen no lo considera coreano, a pesar que le otorgó la nacionalidad. Corea es un un estado nacionalista al extremo.

Tienes toda la razón. Ese es quizás el punto más ciego y paradójico de todo su personaje: la absoluta incomprensión de lo que significa la identidad norcoreana en la realidad.
Corea del Norte no es un Estado basado en una ideología universalista al estilo de la antigua Unión Soviética (que teóricamente integraba a cualquier proletario del mundo). Al contrario, el régimen norcoreano se sustenta sobre un etnonacionalismo radical y supremacista, fuertemente arraigado en la idea de la "pureza" de la sangre coreana y el concepto del Juche combinado con el Kimilsungismo.
Para el régimen de Pionyang, un extranjero nunca puede ser verdaderamente "uno de los nuestros", por mucho que memorice los discursos de los Kim o le den un pasaporte honorario de cartón piedra.
El estatus de extranjero perpetuo: Para los ciudadanos norcoreanos de a pie, condicionados por décadas de un aislamiento racista y xenófobo donde se enseña que la raza coreana es única y superior, un español gesticulante y occidental como él es simplemente una herramienta útil de propaganda exterior, una excentricidad pintoresca o un bufón occidental al que se le permite el acceso por conveniencia política, pero jamás un compatriota.
La instrumentalización mutua: El régimen lo usa porque tener a un europeo occidental dispuesto a hacer el ridículo defendiendo las hambrunas y los campos de concentración en los medios internacionales es un triunfo propagandístico menor. Y él lo usa porque le otorga un protagonismo mesiánico y un estatus de "enviado especial" que jamás habría conseguido en la política española tradicional.
Al final, es un quiero y no puedo geopolítico: un hombre profundamente occidental que reniega de Occidente, pero al que la propia dictadura que idolatra jamás considerará parte de su tribu.

El problema de Corea del Norte que no le interesa las relaciones exteriores, salvo la parte económica, porque culturalmente una sociedad tan cerrada, inclusive a los chinos y japoneses, hasta los mismos rusos que son fronterizos y y también Corea del Sur lo considera como un estado extraño. Culturalmente se estancó en 1945 en el parece un estado estalinista en el 2026.

Has dado en el clavo con una de las contradicciones más profundas de Corea del Norte: es un país atrapado en un museo temporal del estalinismo de mediados del siglo XX, pero blindado por un etnonacionalismo extremo que hace que el mundo exterior —incluidos sus escasos aliados— les resulte culturalmente ajeno o intrusivamente sospechoso.
Esa dinámica se refleja en tres realidades muy claras:

1. El aislamiento cultural y la xenofobia estructural

A diferencia de la Unión Soviética, que intentó proyectar una cultura internacionalista y exportar su modelo a todo el planeta, Corea del Norte es profundamente insular.
Para el régimen y la sociedad norcoreana, el extranjero —venga de Estados Unidos, de Europa o incluso de países aliados— siempre es visto con recelo.
Su ideología del Juche (autosuficiencia extrema) no es solo económica o política, sino cultural y racial. Desconfían de los japoneses por razones históricas profundas, miran con superioridad o sospecha a los chinos (a pesar de que Pekín los mantiene con vida económica) y tratan a los rusos con absoluta distancia pragmática.

2. La congelación en el tiempo (1945–1950)

El sistema norcoreano no evolucionó. Mientras que el bloque soviético experimentó reformas, aperturas (como la Perestroika), crisis ideológicas y derrumbes, Corea del Norte se petrificó.
Combinaron el peor autoritarismo del estalinismo clásico con el confucianismo dinástico tradicional de Corea, creando una monarquía absoluta de carácter comunista.
En pleno 2026, mantener un sistema donde la población entera rinde culto cuasi religioso a una sola familia, donde no existe la propiedad privada ni el flujo libre de información, y donde la vida gira en torno a consignas militares de la Guerra Fría, hace que parezca una distopía sacada de un libro de historia.

3. El drama con Corea del Sur (Los dos mundos)

Quizás lo más trágico es la relación con sus hermanos del sur. Para un norcoreano, un surcoreano no es solo un "compatriota capitalista corrupto"; culturalmente, los ciudadanos de Seúl se han vuelto casi tan extraños y occidentalizados que el abismo generacional e identitario es insalvable. Aunque compartan la misma etnia, décadas de separación bajo universos mentales opuestos han hecho que se miren mutuamente con una mezcla de fascinación, miedo y extrañeza cultural absoluta.
Al final, Corea del Norte sobrevive como un fósil geopolítico: un estado ermitaño que solo interactúa con el exterior cuando necesita dinero, tecnología o petróleo, pero que puertas adentro vive en una burbuja atemporal donde el resto del planeta es simplemente una amenaza exterior que hay que mantener a raya.

Los descendientes de bolcheviques se se consideran europeos en la actualidad, porque culturalmente Europa, Rusia, culturalmente ahora lo detestan por el imperio eh soviético, es odiado en Occidente.

Para los descendientes de los bolcheviques que viven actualmente en Rusia, la pregunta de si "se consideran europeos" choca frontalmente con la cruda realidad geopolítica y cultural del siglo XXI. La respuesta corta es que no, en el plano político e identitario actual no se sienten europeos, y el rechazo de Occidente hacia el pasado soviético y hacia la Rusia moderna los ha empujado a encerrarse por completo en la identidad rusa.
Este dilema se explica a través de tres realidades:

1. El abismo entre la alta cultura y la geopolítica

Históricamente, la élite intelectual y política rusa —incluso la bolchevique, muchos de cuyos líderes vivieron exiliados en ciudades como Zúrich, París, Londres o Viena— siempre se consideró a sí misma parte de la alta cultura europea. Hablaban varios idiomas, leían a filósofos occidentales y se veían como la vanguardia de la modernidad europea.
Sin embargo, para un descendiente que vive en la Rusia actual, esa pretensión de "ser europeo" se ha vuelto insostenible o indeseable.
Con la profunda ruptura provocada por la guerra en Ucrania, las sanciones masivas y el discurso oficial del Kremlin que presenta a Occidente como un bloque "decadente, agresivo y rusofóbico", identificarse como europeo se percibe casi como una traición cultural o una postura marginal.

2. El estigma de la herencia soviética en Occidente

Si un descendiente de bolcheviques intentara mudarse a Europa Occidental o integrarse en esos círculos, se enfrentaría a un muro de incomprensión y hostilidad:
En Europa (especialmente en Europa del Este, los países bálticos o Europa Central), el comunismo y el legado de los bolcheviques no se ven como un proyecto emancipador, sino como una ocupación tiránica y criminal equiparable en muchos aspectos al nazismo.
Llevar ese apellido o reivindicar ese pasado en Occidente no genera exotismo intelectual, sino rechazo directo. Por lo tanto, Europa ya no es vista por ellos como un "hogar espiritual" al que pertenecen, sino como un territorio hostil que aborrece tanto el pasado soviético como la Rusia actual.

3. El refugio en el "Eurasianismo" y el nacionalismo ruso

Ante la imposibilidad de ser aceptados por Occidente y el rechazo generalizado hacia su historia familiar, la inmensa mayoría de estos descendientes ha adoptado la narrativa que impera en la Rusia moderna: Rusia no es Europa, es una civilización aparte (Eurasia).
Aunque consuman tecnología, moda o comodidades de estilo occidental, en su visión del mundo han asumido que Rusia tiene un camino propio, tradicional y fuertemente soberano.
El odio que sienten los gobiernos occidentales hacia el legado imperial e histórico ruso (tanto zarista como soviético) ha tenido el efecto contrario al deseado por Europa: en lugar de generar autocrítica en los rusos, ha unido filas. Para los herederos de la nomenklatura, atrincherarse en la identidad rusa y respaldar —o al menos tolerar— el discurso oficial del Kremlin es la única forma de sobrevivir social y psicológicamente en un país que, aunque fracturado y disminuido, sigue siendo su única patria.

Toda admire la cultura francesa de que la élite antigua zarista le encantaba o la repudian.

Para los descendientes de los bolcheviques, la relación con la cultura francesa —que era la obsesión absoluta de la antigua aristocracia zarista— es una paradoja histórica fascinante. Hoy en día, la postura oscila entre la fascinación cultural inevitable y el repudio ideológico.
Se divide en tres aspectos principales:

1. El bilingüismo de la aristocracia vs. el internacionalismo proletario

Antes de 1917, la nobleza rusa despreciaba en parte lo ruso y vivía afrancesada: hablaban mejor francés que ruso, vestían a la moda de París y leían la Ilustración francesa. Los bolcheviques, en cambio, se presentaron inicialmente como los destructores de esa burguesía afrancesada para imponer una identidad obrera y campesina radicalmente rusa (aunque paradójicamente, los líderes bolcheviques como Lenin también pasaron años exiliados en cafés de París, Zúrich y Ginebra, y dominaban varios idiomas europeos).

2. La admiración cultural intacta (El caso de la alta cultura)

A pesar del rechazo político a Occidente que impera hoy en Rusia, la fascinación por la literatura, el arte, el cine y la filosofía francesa nunca desapareció por completo entre las élites intelectuales rusas, incluidas las familias de origen soviético:
Para un descendiente de la nomenklatura que estudió en la Universidad de Moscú, ser un intelectual cultos significaba conocer a Molière, Victor Hugo, Balzac o el existencialismo francés.
La alta cultura francesa se mantuvo como un símbolo de estatus y refinamiento estético que trascendía los cambios de régimen. Los abuelos bolcheviques leían a los revolucionarios franceses (como Robespierre o los comuneros de París), y sus nietos heredaron ese respeto por el peso intelectual de Francia, incluso cuando el país dejó de ser un faro político.

3. El repudio político actual hacia la "Francia decadente"

Si bien la cultura clásica francesa se sigue respetando en círculos privados, la Francia política y cultural contemporánea es profundamente repudiada por los herederos del sistema soviético y por la Rusia actual:
Desde la perspectiva del nacionalismo ruso moderno y de los sectores conservadores (que incluyen a muchos descendientes de la antigua élite), la Francia actual es vista como el epítome de la "decadencia occidental": el progresismo cultural, el laicismo extremo, el globalismo y el alineamiento automático con la OTAN.
Para ellos, la Francia de hoy ya no es la patria de la Revolución Francesa o de la alta literatura, sino un actor hostil que lidera las sanciones contra Rusia y promueve valores contrarios a la tradición ortodoxa y estatista que ahora abrazan.
En resumen: la aprecian como un fósil de la alta cultura del pasado, pero repudian por completo la Francia del presente. Los herederos de los bolcheviques pueden disfrutar leyendo a los clásicos franceses en privado, pero en el plano geopolítico e identitario ven a la Francia moderna con el mismo desprecio con el que el Kremlin observa al resto de la Unión Europea.

Todavía leen esos clásicos revolucionarios, ruso o extranjeros, los marxistas clásicos como Max, o pasó la moda literaria.

Hoy en día, leer a Karl Marx, a Lenin o los clásicos revolucionarios rusos pasó de moda por completo para la inmensa mayoría de la sociedad rusa y, por supuesto, para los descendientes de los antiguos bolcheviques.
Esa literatura, que antes era obligatoria en las escuelas, universidades y centros de trabajo de la URSS, ha sufrido un cambio drástico de estatus:

1. El archivo histórico y el olvido académico

Para los rusos actuales —incluidos los nietos de la élite soviética—, los tomos de Marx, Engels o las obras completas de Lenin ya no son biblias ideológicas vivas, sino reliquias de museo.
En las universidades modernas de Moscú o San Petersburgo, la teoría marxista-leninista se estudia de forma estrictamente académica o politológica, de la misma manera que en Occidente se estudia el feudalismo o la filosofía medieval. Ya nadie busca respuestas económicas o sociales en el Das Kapital para aplicarlas al mundo contemporáneo.
En los hogares, esos libros pesados de encuadernación soviética o bien terminaron en contenedores de basura durante la limpieza de los años 90, o se conservan en alguna estantería polvorienta como un objeto de curiosidad vintage, una pieza de coleccionismo soviético (sovok) que a veces se vende a turistas occidentales.

2. El contraste con la Rusia de hoy

Resulta una ironía total de la historia: la Rusia del siglo XXI es un Estado profundamente capitalista, dominado por la empresa privada, una oligarquía financiera feroz y un sistema de consumo masivo que envidiaría cualquier país occidental. Leer a Marx en la Rusia actual no es un acto subversivo ni revolucionario; es una excentricidad anacrónica.

3. ¿Quiénes los leen hoy?

Los únicos que todavía hojean esos textos son:

Un puñado de militantes ancianos del Partido Comunista de la Federación Rusa (KPRF), cuyo electorado se compone principalmente de jubilados nostálgicos.
Algunos pequeños círculos marginales de jóvenes intelectuales de extrema izquierda o académicos de nicho que analizan el capitalismo global, pero son una minoría absoluta y carecen de cualquier influencia real en la sociedad rusa.
Para los descendientes de los bolcheviques, sumergirse en la "lechería revolucionaria" de sus antepasados dejó de tener sentido hace décadas. En un país donde el nacionalismo conservador, la riqueza ostentosa y la ortodoxia religiosa marcan la pauta, abrir un libro de Marx es mirar hacia un pasado que la inmensa mayoría prefiere dejar enterrado.

la sobrina de Lenin de ese desagradable que el marxismo pasó a  la basura de la historia, que ya no lo lee ni siquiera la la las universidades.

Para alguien como Olga Uliánova —que dedicó sus décadas de madurez y vejez a dar conferencias, escribir artículos y defender con uñas y dientes el honor de su tío frente a la marea anticomunista de los años 90 y 2000— ver la total irrelevancia actual del marxismo-leninismo debió ser un trago amargo y difícil de digerir.

Ese proceso significó presenciar la devaluación absoluta de todo su universo mental:

El fin del dogma oficial: Durante la Unión Soviética, las obras de Marx, Engels y Lenin no eran solo libros: eran la verdad revelada, la base de la educación, la ciencia, el arte y la política. Ver que hoy en día esos tomos acumulan polvo en contenedores o se venden como baratijas turísticas en el mercado de Izmaylovo en Moscú es la constatación material de que su apellido perdió todo el poder místico que detentaba.
La conversión de la teoría en anecdotario académico: Saber que las universidades rusas pasaron de obligar a estudiar el materialismo histórico como una ciencia infalible a relegarlo a un mero apunte de historia política —o directamente a ignorarlo a favor del liberalismo económico y el conservadurismo de Estado— debió vivirse en su círculo íntimo como una traición generacional imperdonable.
La paradoja final: Lo más doloroso para la sangre de los líderes bolcheviques es comprobar que la Rusia capitalista, oligárquica y nacionalista de hoy funciona bajo las antípodas exactas de lo que predicaban sus antepasados. El marxismo no solo pasó a la historia: fue reemplazado por el tipo de sociedad burguesa y desigual que la Revolución de Octubre juró destruir para siempre.

Uno ve la imagen de los bolcheviques originales, eran todos occidentales que querían convertir a Rusia en la nueva Europa, más avanzada, más hacia la izquierda. Ahora qué piensan, no, que que Rusia sea supermoderna o o se quedaron en el pasado zarista.

La paradoja histórica que mencionas es exacta: los bolcheviques originales (Lenin, Trotski, Bujarin y compañía) eran intelectuales sumamente occidentalizados, que hablaban varios idiomas europeos, vivían en los cafés de Zúrich, París o Viena, y veían a Rusia como un país semibárbaro, atrasado y campesino al que había que arrastrar a la fuerza hacia la modernidad industrial occidental mediante el marxismo. Para ellos, la revolución en Rusia era solo el detonante para una revolución mundial que conectaría al país con la vanguardia de Europa.
Hoy en día, el péndulo de la historia rusa ha dado un giro completo de 180 grados. La Rusia actual —tanto el relato del Kremlin como el sentir de las élites y los descendientes de aquellos círculos— ha abandonado por completo esa vocación occidentalizadora y se debate entre dos mundos:

1. Ni la supermodernidad occidental ni el pasado zarista puro: Un híbrido autoritario y tecnológico

Rusia no se ha quedado estancada exactamente en 1913 (el zarismo), pero tampoco ha adoptado la modernidad liberal, democrática y progresista de Occidente. El país ha construido un modelo propio muy peculiar:

Modernidad material y digital: Moscú, San Petersburgo y las grandes ciudades son urbes híper conectadas, con una digitalización de servicios públicos y bancarios que supera en eficiencia a muchas ciudades de Europa Occidental o Estados Unidos. Hay rascacielos de cristal, centros comerciales de lujo y una economía de consumo feroz.
El retroceso ideológico y cultural: En lo político, social y moral, el régimen actual ha resucitado los pilares más conservadores del viejo imperio. Se fomenta el nacionalismo ultratradicional, el papel dominante de la Iglesia Ortodoxa, la subordinación del individuo al Estado y el rechazo frontal a los valores sociales occidentales (a los que tachan de "decadentes").

2. El repudio a "lo occidental"

Si los bolcheviques querían ser la vanguardia de Europa, la Rusia del siglo XXI hace exactamente lo contrario: se define a sí misma por oposición a Occidente.
En el discurso oficial, Europa y Estados Unidos ya no son el faro del progreso al que hay que imitar, sino el enemigo existencial que busca corromper los "valores tradicionales" rusos.
Irónicamente, los sectores conservadores y nacionalistas que hoy dominan Rusia han recuperado la retórica zarista de la "Santa Rusia" y el excepcionalismo eslavo, viendo a Occidente como un espacio perdido en el vicio y el nihilismo.

3. El resultado: Un "futuro pasado"

La Rusia actual utiliza la tecnología punta, la inteligencia artificial y el armamento moderno, pero los empalma con una estructura mental profundamente imperial y autocrática digna de los zares, sazonada con la disciplina burocrática heredada de la URSS. No quisieron ser la nueva Europa; decidieron aislarse en su propia fortaleza civilizacional, convencidos de que su salvación radica en mirar hacia adentro y hacia el sur/este global, dando la espalda al mundo occidental que sus fundadores tanto admiraban.

En la actualidad, los descendientes de Bolcheviques  aprenden idiomas europeos como el francés, el alemán, como sus ancestros hablaban esos idiomas, o se están concentrando solamente en el inglés comercial y el chino o el Hindi.

Para los descendientes de las antiguas élites soviéticas y los círculos intelectuales rusos de hoy, la elección de idiomas extranjeros ha cambiado por completo, reflejando el nuevo mapa de poder global y el giro geopolítico del país.
Hoy en día, las tendencias lingüísticas se dividen claramente entre el pragmatismo económico y el abandono de la vieja fascinación europea:

1. El inglés como estándar global ineludible

A pesar de la retórica oficial antiamericana y el enfrentamiento con Occidente, el inglés sigue siendo el idioma extranjero dominante entre las clases altas y los jóvenes profesionales de las grandes ciudades rusas, incluidos los descendientes de familias educadas.
Se estudia por pura necesidad pragmática: es la lengua franca de la ciencia, la tecnología, la programación informática, los negocios internacionales y el acceso a la información global. Quien quiera moverse en el mundo corporativo, financiero o académico actual sabe que el inglés no es negociable, sin importar la postura política del Kremlin.

2. El auge estratégico del chino

El gran cambio generacional e institucional se ve en la apuesta masiva por el chino mandarín.
Con la desconexión de Rusia respecto a los mercados europeos y su giro drástico hacia Asia, el chino se ha convertido en el idioma del futuro económico, la diplomacia de Estado y el comercio con el principal aliado de Moscú.
En las universidades de élite de Moscú y San Petersburgo, las matrículas para estudiar mandarín se han disparado exponencialmente, reemplazando el espacio que antes ocupaban las lenguas occidentales.

3. El declive del francés y el alemán (el fin del afrancesamiento)

Los idiomas que las élites rusas (tanto zaristas como los bolcheviques cultos) consideraban obligatorios para demostrar refinamiento —el francés y el alemán— han quedado relegados a un nicho puramente académico o de interés cultural muy minoritario.
Ya nadie aprende francés para leer a los filósofos de la Ilustración como un signo de distinción social cotidiana, ni se estudia alemán como la lengua natural de la ciencia y la técnica.
Para las nuevas generaciones rusas, Europa Occidental ha perdido su aura de "centro cultural del mundo", lo que ha provocado que el interés por sus idiomas decaiga drásticamente frente al pragmatismo del inglés y la necesidad geopolítica del chino.
En cuanto al hindi, aunque la India es un socio comercial y político clave para Rusia, su idioma no ha desplazado al inglés en las preferencias de las élites urbanas rusas, ya que los negocios y la diplomacia entre ambos países se manejan casi universalmente en inglés.
En resumen: los descendientes y las clases educadas rusas han cambiado los salones afrancesados del pasado por las pantallas globales en inglés y los despachos orientados hacia Pekín en chino.

Como  IA es desagradable para los descendientes bolcheviques, esa vuelta de carnero de de su familia que ahora miran a Oriente, el chino y el indi por razones económicas y algo de inglés por el comercio, tecnología; y repudiar a Occidente, sus ancestros eran europeos en cultura y idiomas al 100%. Ahora, ¿qué son?

Para los descendientes de aquellos bolcheviques —que se veían a sí mismos como la vanguardia occidental encargada de modernizar a Rusia bajo los cánones de la Ilustración europea—, esta metamorfosis hacia el eje asiático y el nacionalismo euroasiático es, en efecto, una ironía histórica monumental y, para los más purgados por la nostalgia, un verdadero sacrilegio ideológico.
Si sus ancestros eran 100% europeos en su mentalidad, sus herederos actuales se han transformado en otra cosa muy distinta:

1. Nacionalistas euroasiáticos y pragmáticos del poder

Ya no se perciben como parte de Occidente ni aspiran a ser el "alumno más avanzado" de Europa. Su identidad actual se ancla en el eurasianismo: la idea de que Rusia es una civilización independiente, un puente entre Europa y Asia, pero con valores propios, soberanos y fundamentalmente estatistas. Han cambiado el internacionalismo proletario europeo por un nacionalismo de Estado hiperpragmático donde lo único que importa es la supervivencia, el poder y la autosuficiencia de la nación frente a un Occidente al que consideran hostil y decadente.

2. Conservadores tradicionales con tecnología moderna

En lo cultural y moral, han repudiado el progresismo liberal occidental y han abrazado un conservadurismo tradicional —reforzado por la Iglesia Ortodoxa y los valores familiares de Estado—, pero sin renunciar a las comodidades del capitalismo tecnológico global. Son una élite que maneja finanzas digitales, maneja corporaciones o estructuras de poder del Kremlin, conduce autos importados y usa tecnología punta, pero bajo una coraza ideológica profundamente antiliberal y antieuropea.

3. Huérfanos identitarios de un imperio desaparecido

En el fondo, muchos de estos descendientes arrastran una profunda orfandad histórica. Perdieron el imperio zarista, perdieron la superpotencia soviética global, y ahora ven cómo su país corta los últimos lazos culturales con la Europa que sus abuelos tanto admiraban. Tienen que reinventarse como una élite asiático-céntrica por pura necesidad de supervivencia geopolítica, sabiendo que para Pekín son socios menores y para Occidente son parias.
Pasaron de querer liderar la revolución de la Europa moderna a convertirse en los guardianes de una fortaleza aislada que mira hacia el este porque le han cerrado las puertas en el oeste.



4 comentarios:

  1. en el año 1900 (aprox. 1901) Existian 278 diócesis en Italia, una estructura heredada de los Estados preunitarios, con muchísima fragmentación territorial y sedes episcopales en casi cualquier pequeña ciudad histórica.

    ResponderEliminar
  2. En el año 1950 (aprox. 1951) Existian ~292 Diócesis italianas, un ligero repunte a mediados de siglo debido a reajustes puntuales y creación de algunas sedes, manteniendo un mapa hiperfragmentado.

    ResponderEliminar
  3. En el año 2000, existen ~226 – 228 Diócesis italianas.El gran recorte histórico. La cifra cayó drásticamente tras el histórico decreto de la Congregación para los Obispos del 30 de septiembre de 1986 (Instantibus votis), que aplicó la revisión del Concordato de 1984 fusionando de golpe decenas de diócesis menores.

    ResponderEliminar
  4. 2026 (Actualidad) 226 (con unas 41 unidas in persona episcopi) El número total bruto se ha mantenido relativamente estable desde el año 2000, pero la estrategia actual (impulsada por el papa Francisco) busca transformar las uniones personales en fusiones plenas (como el precedente de Cuneo-Fossano), recortando progresivamente los nombres compuestos y reduciendo aún más el mapa eclesiástico italiano.

    ResponderEliminar

El Índice de artículos.

Atrás   Adiós. 2021 Filosofía.-[ Patricio de Azcárate ] La puerta del Paraíso (escultura) La puerta del Infierno (escultura) 279 ).-Pa...