St George's Chapel |
Los Caballeros Militares de Windsor. |
La Capilla de los Caballeros de las limosnas de San Jorge fue constituida por el Rey Eduardo III después de la Batalla de Crécy (1346), cuando muchos caballeros capturados por los franceses se vieron obligados a liquidar sus propiedades para recaudar dinero de rescate con el fin de asegurar su liberación. En el establecimiento original de la Orden de la Liga y su capilla en Windsor (1348), los veteranos guerreros fueron llamados a "servir a Dios continuamente en oración". En los estatutos del Colegio de San Jorge, una comunidad de veintiséis bedesmen, llamados Alms Knights o Poor Knights, fueron nombrados. Sus deberes incluían asistir a cuatro servicios por día y rezar por el soberano y los caballeros de la Orden de la Liga y las habitaciones. Los Alms Knights eran una capilla , una fundación religiosa organizada para rezar por su patrón. Los Caballeros Pobres fueron originalmente veteranos militares empobrecidos . Se les pidió que rezaran diariamente por los Soberanos y Caballeros Compañeros de la Orden de la Liga; a cambio, recibieron 12d por día y 40s por año, y fueron alojados en el Castillo de Windsor. La pobreza era un atributo importante de los bedesmen, y de hecho, si algún Pobre Caballero adquiriera activos con un ingreso anual de £ 20 o más, sería expulsado de colegio. El rey Enrique VIII redujo a la mitad su número a trece, Isabel I volvió a fundar la orden en 1559. En su restauración, el rey Carlos II aumentó el número a dieciocho. El rey Guillermo IV los renombró Caballeros militares de Windsor en 1833. Hoy, los Caballeros Militares, que ya no son necesariamente pobres, pero aún son pensionistas militares, participan en las procesiones de la Orden, escoltando a los Caballeros y Damas de la Liga, y en los servicios diarios en la Capilla de San Jorge. No son miembros de la Orden en sí, ni son automáticamente caballeros de ninguna orden caballeresca . Gobernador La oficina del Gobernador de los Caballeros Militares de Windsor, en ingles Governor of the Military Knights of Windsor, es parte de la Casa Real del Soberano del Reino Unido, y data de mediados del siglo XVI. Desde 1905 ha sido controlado por el condestable del castillo de Windsor , que anteriormente fue responsable ante el decano de Windsor . Desde 1906, el gobernador siempre ha sido un oficial retirado de alto rango. |
Descendientes bolcheviques: herencia y reflexión. |
Que piensan o declaran públicamente los descendientes de los viejos bolcheviques, de la revolución de octubre, de la guerra civil rusa, de la URSS, y su caída; de Rusia actual, mas pequeña que Imperio Ruso y Soviético. Destruyeron a la elite Zarista, y reemplazaron por nueva elite mediocre, nomenclatura, retraso mas medio siglo al pueblo ruso. Se sienten que fracasaron, no lograron modernizar su país, y son odiados sus antepasados, como fanáticos ideológicos, adoradores del materialismo científico. Creen sus descendientes, en la religión, que odiaban y destruyeron en su régimen marxista leninista. El espectro de opiniones entre los descendientes de los "viejos bolcheviques" (aquellos que fueron parte de la guardia revolucionaria de 1917, muchos de los cuales fueron purgados por Stalin en los años 30) es extremadamente diverso y refleja las profundas cicatrices históricas de la sociedad rusa actual. No existe una postura única, pero sí varios patrones claros en cómo gestionan esta herencia compleja. 1. El peso de la memoria y la "Nomenklatura" Muchos descendientes de aquellos revolucionarios, que a menudo pertenecían a la intelectualidad o a la clase media alta educada de la época, vivieron una tragedia doble: la pérdida de sus antepasados en las purgas estalinistas y el desprecio posterior de la sociedad hacia el sistema soviético. Disonancia cognitiva: Algunos han adoptado una postura de distanciamiento crítico. Reconocen la utopía inicial de sus antepasados —la búsqueda de igualdad y justicia social— pero admiten que el proyecto degeneró rápidamente en una autocracia burocrática (nomenklatura). Sentimiento de traición: Muchos nietos y bisnietos sienten que Stalin no fue la continuación de Lenin, sino su sepulturero. Para ellos, el verdadero "fracaso" no fue el ideal revolucionario, sino el secuestro del mismo por una élite que, como bien señalas, resultó ser mediocre y oportunista. 2. El giro hacia la religión Es un fenómeno notable que un número significativo de descendientes de familias comunistas ateas hayan abrazado la Iglesia Ortodoxa. Búsqueda de raíces: Tras la caída de la URSS, el vacío ideológico llevó a muchos a buscar en la religión una identidad nacional que el marxismo-leninismo intentó erradicar. Expiación: Para algunos, profesar la fe es una forma de lidiar con el trauma generacional y una manera simbólica de reparar el daño causado por la persecución religiosa que lideraron sus antepasados. La religión actúa aquí como un ancla moral frente al vacío que dejó el colapso del "materialismo científico". 3. Perspectiva sobre la Rusia actual. La actitud hacia la Rusia post-soviética es quizás el punto de mayor división: El trauma del colapso: Algunos descendientes ven la caída de la URSS como un desastre geopolítico y social que empobreció a millones, viendo en la Rusia actual una forma de capitalismo salvaje que es, irónicamente, el resultado final de la corrupción iniciada por la élite soviética tardía. Crítica al nacionalismo actual: Otros, formados en la intelectualidad liberal, observan con espanto el giro conservador, nacionalista y expansionista del gobierno ruso actual. Ven en la retórica del Kremlin una forma de "revanchismo imperial" que poco tiene que ver con los ideales internacionalistas originales, aunque a veces utilice la simbología soviética para legitimar su poder. 4. ¿Fracaso o fanatismo? Es cierto que existe un estigma social hacia los antepasados bolcheviques, quienes son vistos por una gran parte de la población actual como los responsables de haber destruido la continuidad histórica de Rusia. La carga de la herencia: Muchos descendientes se sienten obligados a ser "abogados de la historia", intentando explicar que no todos los bolcheviques fueron fanáticos sanguinarios, sino que muchos eran intelectuales que creían genuinamente en una modernización acelerada (alfabetización, industrialización, derechos laborales). La aceptación de la derrota: Existe una resignación generalizada respecto a que el experimento soviético fracasó en su promesa de crear un "hombre nuevo" y en su promesa de modernización sostenible. La mayoría de los descendientes hoy se definen más por su educación y su profesión (científicos, artistas, académicos) que por la ideología de sus abuelos. Resumen No existe un "colectivo" de descendientes con una voz unificada. Sin embargo, predomina una tendencia a la introspección y al arrepentimiento. Muchos han abandonado el materialismo militante de sus antepasados, buscando en la fe o en el humanismo universal una respuesta a las preguntas que el marxismo-leninismo, en su rigidez, no pudo resolver. Rusia sigue siendo un país que lucha por reconciliar sus dos grandes traumas: la destrucción de su pasado imperial y el colapso de su experimento soviético. En Europa a los viejos bolcheviques, sus antepasados, los miran históricamente con desprecios cultural, incluso a los que son de izquierda convencido, lo ven que su fe que procesaron, el marxismo leninismo, fue o es un hijo bastardo de Iván el terrible ( zarismo) con Carlos Max (Marxismo europeo) ; no los ven como europeos verdaderos, culturalmente, si no unos barbaros orientales, que están fuera de la "Verdadera Europa". que piensa públicamente de ese desprecio. La percepción de que el bolchevismo fue una suerte de "hijo bastardo" del absolutismo zarista y el materialismo occidental es una tesis clásica en la historiografía europea, defendida por autores que van desde Hannah Arendt hasta Richard Pipes o, más recientemente, historiadores revisionistas de la Europa del Este. Esta visión, que sitúa al bolchevismo fuera de la "verdadera Europa", genera en los descendientes de aquellos revolucionarios —y en la intelectualidad rusa en general— una reacción compleja que oscila entre la defensa de la identidad y la autocrítica profunda. 1. La herida del "Oriente bárbaro" Para muchos descendientes y pensadores rusos, el desprecio europeo es vivido como una exclusión humillante. Rusia, desde Pedro el Grande, se debatió siempre entre ser una potencia europea o una civilización aparte. El rechazo a la excepcionalidad: Cuando Europa etiqueta al bolchevismo como algo "asiático" o "bárbaro", los descendientes de los bolcheviques lo sienten como un intento europeo de lavarse las manos. Para ellos, el marxismo no fue una importación alienígena que "contaminó" a Rusia, sino una creación intelectual europea (Alemania, Inglaterra, Francia) que Rusia, en su afán de modernizarse, aplicó con una intensidad fanática que Occidente no se atrevió a aplicar en casa. La postura defensiva: Algunos argumentan que llamar al bolchevismo "oriental" es una forma de orientalismo eurocéntrico que ignora cómo las ideas europeas (el racionalismo, el cientifismo, la ingeniería social) fueron la verdadera maquinaria del régimen. 2. La aceptación del diagnóstico: "El retorno del Zar" Por otro lado, existe una corriente de pensamiento, incluso entre los descendientes de familias soviéticas, que acepta parcialmente esta premisa. La síntesis autoritaria: Muchos intelectuales rusos admiten hoy, en foros públicos y ensayos, que el bolchevismo heredó la estructura del Estado zarista: la autocracia, la policía secreta (de la Ojrana a la Cheka), el desprecio por los derechos individuales y el mesianismo salvador. Crítica a la modernidad truncada: Coinciden contigo en que el régimen no fue un salto hacia el futuro, sino un retroceso hacia formas arcaicas de poder. Ven la URSS no como una modernización exitosa, sino como una "modernización de cuartel", donde se industrializó el país pero se destruyó el tejido civil, dejando a Rusia en un estado de atraso cultural frente al desarrollo orgánico europeo. 3. La reacción ante el desprecio: El dilema de la identidad ¿Cómo reaccionan ante el desprecio de que "no son europeos verdaderos"? Indignación y aislamiento: Una parte de la población, influenciada por la narrativa actual del Kremlin, ha tomado el desprecio europeo como una confirmación:"Si Europa nos rechaza, entonces nosotros somos una civilización única, la 'Euroasia'". Aquí, el desprecio occidental alimenta un nuevo nacionalismo que se aleja de los ideales de izquierda y se refugia en el tradicionalismo. Melancolía europea: Otros, sobre todo aquellos que viven en el exilio o que forman parte de la élite académica, sienten este rechazo como un duelo. Sienten que sus antepasados, al intentar abrazar una interpretación radical del marxismo, los condenaron a una suerte de "exilio cultural" dentro de su propio continente. Se ven a sí mismos como "europeos que la historia dejó atrás". 4. ¿Existe una voz pública sobre esto? La respuesta pública ha cambiado con los años: En los años 90 (post-caída): Hubo una fase de autoflagelación. Muchos descendientes querían pedir perdón por la herencia bolchevique y ansiaban ser aceptados como "europeos" por fin. En la actualidad: El tono ha cambiado a una defensa cínica. Ante la percepción de que Europa los desprecia pase lo que pase, muchos intelectuales rusos han dejado de intentar "ser europeos" ante los ojos de Occidente. El desprecio europeo, en lugar de generar una reforma, ha generado un endurecimiento de la identidad rusa, cerrándose sobre sí misma y rechazando los valores democráticos occidentales como "decadentes" o "incompatibles" con el alma rusa. En conclusión, el desprecio que mencionas es, para muchos rusos, la prueba de que la brecha nunca se cerró. Mientras que los descendientes de bolcheviques intentan procesar el trauma de ser herederos de un proyecto que prometió la salvación universal y entregó un sistema policial, el juicio europeo los obliga a elegir constantemente entre ser europeos (pero rechazados) o ser rusos (pero aislados). Que piensa los descendientes de estos viejos bolcheviques que sus antepasados masacraron a los campesinos, con la colectivización, y eliminaron físicamente a la elite zarista, la desterraron o mataron con hordas fanáticas, como los tártaros. Se llenaron de sangre las manos para nada, al final URSS, el gran sueño todo fracaso. El sentimiento entre los descendientes de aquellos bolcheviques que fueron verdugos o ejecutores del régimen es, posiblemente, uno de los procesos de duelo generacional más desgarradores y complejos del siglo XX. No existe una respuesta única, pero sí tres estados de ánimo predominantes que definen cómo enfrentan esta "herencia de sangre". 1. El colapso del mito familiar (El "despertar" post-soviético) Para muchas familias, la verdad sobre la colectivización (dekulakización) y el Terror Rojo fue un secreto silenciado durante décadas. Muchas familias vivían bajo la narrativa de que sus antepasados eran "héroes que trajeron el progreso". El trauma del descubrimiento: Cuando los archivos se abrieron parcialmente a finales de los 80 y en los 90, muchos descendientes descubrieron que su abuelo o bisabuelo no era un "revolucionario romántico", sino un funcionario que había firmado órdenes de ejecución o requisado el grano que condenó a muerte a miles de familias campesinas. La reacción: Esto provocó una ruptura radical. Muchos de estos descendientes hoy sienten una profunda vergüenza. La narrativa del "sacrificio necesario por un futuro mejor" se desplomó al ver que el futuro terminó en ruinas. Algunos han llegado a cambiar sus apellidos o a renegar de la historia familiar por completo. 2. La desmitificación del "gran sueño" como un "gran crimen" La idea de que se "llenaron las manos de sangre para nada" es el núcleo del pesimismo actual de este grupo. Fracaso absoluto: A diferencia de los años 60, donde aún se podía argumentar que el socialismo logró la alfabetización o la industrialización, hoy muchos descendientes sostienen que el costo humano (el Holodomor, el Archipiélago Gulag, la destrucción de la élite cultural) hizo que ese "progreso" fuera ilegítimo. La comparación con los "tártaros": Tú mencionas la analogía con la invasión bárbara. Muchos historiadores rusos contemporáneos de esta estirpe coinciden en que los bolcheviques funcionaron más como una "horda ideológica" que como un gobierno. Reconocen que, al destruir a la élite zarista (la aristocracia, los intelectuales, la Iglesia), Rusia perdió su "código genético" cultural, lo que explica por qué el país se siente hoy tan desorientado y propenso a caer en el autoritarismo. 3. La búsqueda de redención a través de la memoria Ante el horror de los actos de sus antepasados, ¿qué hacen? El trabajo de archivo: Muchos descendientes se han convertido en los investigadores más feroces de los crímenes de su propia familia. Participan en organizaciones como Memorial (ahora perseguida o prohibida por el Estado ruso actual), dedicándose a documentar a las víctimas. Es su forma de intentar "limpiar" su linaje. La fe como respuesta al vacío: Como mencionamos antes, muchos han regresado a la Ortodoxia o a filosofías existencialistas. La conversión es, para ellos, un acto de contrición: al buscar lo sagrado, intentan reparar el daño que sus antepasados causaron al intentar erradicarlo mediante la violencia brutal. ¿Por qué lo hicieron? La amarga lección Muchos de estos descendientes concluyen hoy, con frialdad y dolor, que sus antepasados fueron víctimas del fanatismo de una ideología que despreciaba la vida real en favor de la abstracción científica. El desprecio por el pueblo: Se dan cuenta de que sus antepasados, aunque decían luchar por el "proletariado" y el "campesinado", en realidad despreciaban al pueblo ruso tal como era. Lo querían "reformar" a la fuerza, tratándolo como arcilla moldeable. La "mediocridad" de la Nomenklatura: Existe un gran consenso en que la élite que sobrevivió al fanatismo de la Guerra Civil fue, efectivamente, la más mediocre y adaptable. La élite zarista, con sus luces y sombras, tenía una cultura europea; la nomenklatura fue una clase de administradores del miedo. En resumen: Muchos descendientes hoy no defienden a sus antepasados; los analizan con una mezcla de horror y lástima. Se sienten como huérfanos de una historia truncada. La tragedia que expresas —que toda esa sangre se derramó para nada— es para ellos una verdad aplastante. No ven la URSS como un gran sueño, sino como un "agujero negro" que se tragó el potencial de Rusia, y ellos cargan con el estigma de ser los descendientes de quienes, por fanatismo o miedo, apretaron el gatillo. Es una carga solitaria: odiados por el pueblo (que ve en ellos la casta que destruyó su pasado) y mirados con desconfianza por Occidente (que los ve como cómplices de la barbarie). ¿Qué piensan los descendientes de los bolcheviques de Lenin ahora después de más de 100 años de su fracaso? La reflexión de los descendientes de aquellos "viejos bolcheviques" (la generación que hizo la Revolución, peleó la Guerra Civil y, en su gran mayoría, fue aniquilada por Stalin en las purgas de los años 30) ha mutado profundamente a lo largo de un siglo. Hoy, más de 100 años después, su postura no es de orgullo revolucionario, sino de una crítica existencial y un profundo sentimiento de desolación. Podemos resumir su estado mental actual en cuatro ejes clave: 1. El estigma de la "sangre manchada" Para muchos descendientes, el legado de sus antepasados es una fuente de vergüenza histórica. A diferencia de los hijos de aristócratas rusos, que pueden reconstruir una genealogía de "víctimas del sistema", los descendientes de los bolcheviques a menudo descubren que sus abuelos no fueron solo idealistas, sino verdugos o burócratas cómplices. Muchos han tenido que reconciliar la imagen del abuelo "intelectual y romántico" con los registros de archivo que muestran su participación en la dekulakización (masacre de campesinos) o en las operaciones represivas de la Cheka. Esto genera una disonancia moral insalvable. 2. El diagnóstico del "fracaso civilizatorio" Contrario a la nostalgia soviética que aún existe en sectores de la población rusa de mayor edad, los descendientes con formación intelectual (que suelen ser el perfil de estas familias) ven el bolchevismo como un error histórico trágico. La modernización fallida: Coinciden contigo en que el experimento fue un fracaso. Argumentan que el régimen destruyó la intelligentsia y la élite cultural rusa, reemplazándola por una nomenclatura mediocre que, a largo plazo, no supo cómo modernizar el país ni cómo integrarlo al mundo. La "Horda" ideológica: Existe un consenso amargo de que sus antepasados actuaron como una fuerza de ocupación extranjera sobre su propio pueblo. La comparación con la invasión tártara es frecuente en los ensayos y memorias actuales: la idea de que destruyeron una Rusia europea en ciernes para imponer una dictadura de carácter asiático-despótico. 3. El retorno a lo sagrado (La religión como expiación) Es notable cómo familias que fueron el pilar del ateísmo científico han regresado en masa a la Iglesia Ortodoxa. Para muchos, esta conversión no es solo espiritual, sino un acto de reparación histórica. Al abrazar la religión que sus antepasados intentaron erradicar mediante el fusilamiento de curas y la demolición de iglesias, los descendientes buscan una forma de anclarse en la identidad rusa que el marxismo intentó borrar. Es un intento de devolverle a su linaje la "humanidad" perdida en el materialismo dialéctico. 4. El aislamiento: Unos "parias" en la Rusia actual Estos descendientes viven hoy en un limbo político: No son bienvenidos en el relato oficial: El Kremlin actual utiliza el pasado soviético solo como un símbolo de poder imperial, pero odia el espíritu revolucionario original (el bolchevismo de Lenin era internacionalista y, en teoría, antinacionalista, algo que hoy es visto con sospecha por el nacionalismo conservador de Putin). Son rechazados por el liberalismo: Muchos liberales rusos ven a cualquier descendiente de bolcheviques como parte de la "casta" que creó el sistema represivo original, independientemente de si sus antepasados fueron purgados. En conclusión: ¿Qué piensan hoy? La conclusión predominante entre este grupo es la melancolía. Se ven a sí mismos como los hijos de un experimento fallido que destruyó su propia casa. Muchos han llegado a la amarga conclusión de que su ideología no era un sistema político, sino una religión secular fanática que exigió sacrificios humanos masivos (campesinos, élite intelectual, creyentes) a cambio de una utopía que resultó ser un espejismo burocrático. Hoy, su voz es la de un escepticismo radical: creen que cualquier intento de "redimir" la historia soviética es un nuevo peligro, y prefieren, en silencio, tratar de reconstruir una identidad rusa que no se base ni en la "horda" bolchevique ni en el "despotismo" zarista, aunque aún no hayan encontrado el camino para lograrlo. ¿Qué piensan de los descendientes de estos bolchevique originales que ahora viajan a Europa y los ven los desprecian tanto la clase alta como la baja? Pues los ven como eh descendientes del del imperialismo soviético. La experiencia de los descendientes de los "viejos bolcheviques" cuando viajan a Europa es una vivencia marcada por el desencuentro y la vergüenza ajena. Al llegar a ciudades europeas —ya sea París, Berlín o Londres—, se encuentran con un espejo que no les devuelve la imagen de "libertadores de la humanidad" que sus abuelos quizás soñaron, sino la de herederos de un proyecto de barbarie. Este desprecio, que proviene tanto de las élites occidentales como de las clases populares, genera una serie de dinámicas psicológicas y sociales muy específicas: 1. El choque de la "herencia manchada" Para muchos de estos descendientes, viajar a Europa es una forma de confrontar la realidad de que su "mundo" (el bloque soviético) no fue una alternativa legítima a la civilización europea, sino una anomalía violenta. La mirada de las élites europeas: Cuando son vistos por las clases altas europeas, perciben un aire de condescendencia histórica. Se sienten tratados como representantes de una civilización periférica y depredadora que, a lo largo del siglo XX, intentó destruir los cimientos del orden liberal europeo. El desprecio no es hacia la persona, sino hacia el "linaje" del que provienen. La mirada de las clases bajas europeas: Por parte de las clases populares europeas (especialmente en Europa del Este, como en Polonia o los países bálticos), el desprecio es mucho más directo y visceral. Los ven como los hijos de los ocupantes. Para un polaco o un lituano, el apellido de un descendiente de un bolchevique no evoca "justicia social", sino los tanques de 1944 o 1968, la represión y el atraso económico. 2. La sensación de ser "huérfanos de la historia" Muchos de estos descendientes sienten que no tienen hogar cultural: En Rusia, a veces se les mira con recelo por ser hijos de intelectuales que fueron "traidores a la patria" o, por el contrario, se les asocia con la élite que se benefició del sistema soviético. En Europa, sienten que cargan con una culpa hereditaria. Muchos adoptan una actitud de "bajo perfil", tratando de ocultar o minimizar su genealogía para ser aceptados como ciudadanos globales, europeos modernos, despojados de la "mochila" del marxismo-leninismo. 3. La "autodefensa" y la alienación Ante el desprecio, las reacciones suelen bifurcarse: La postura de la expiación: Algunos se vuelven los críticos más feroces de la historia soviética. Su viaje a Europa es un ejercicio de "limpieza de conciencia". Buscan en la cultura europea lo que sus antepasados intentaron destruir: el derecho individual, el pluralismo, la propiedad privada y la fe. Se convierten en los europeos más apasionados, precisamente porque conocen el precio del totalitarismo. La postura del cinismo defensivo: Otros, al sentirse permanentemente juzgados por Europa ("aunque haga lo que haga, para ellos seré siempre un bárbaro soviético"), terminan cerrándose en un nacionalismo defensivo. Es un mecanismo de autoprotección: si Europa los desprecia por ser "hijos del imperio", ellos terminan abrazando una versión resentida de la identidad rusa, rechazando los valores europeos que antes admiraban. Es una profecía autocumplida: el desprecio europeo los empuja de vuelta al aislamiento que sus abuelos iniciaron. 4. El "hijo bastardo" frente al espejo Cuando mencionas que los ven como descendientes del "imperialismo soviético", tocas un punto clave. Los descendientes de bolcheviques se dan cuenta de que, en la memoria colectiva europea, Lenin no es visto como un filósofo de la liberación, sino como un conquistador. A diferencia de los descendientes de los revolucionarios franceses, que son vistos como los padres de la democracia moderna, los descendientes de los bolcheviques son vistos como los parientes de un experimento fallido de ingeniería social que terminó en un cementerio masivo. En resumen: Ese viaje a Europa es, para muchos, un "viaje de confrontación con la realidad". Se dan cuenta de que el desprecio que reciben es el eco de la historia que sus antepasados escribieron con sangre. Algunos logran superar este peso y se integran totalmente, convirtiéndose en intelectuales cosmopolitas que denuncian el pasado. Otros, heridos por el rechazo y sintiéndose incapaces de borrar su pasado, regresan a Rusia con un resentimiento creciente, alimentando el ciclo de odio entre Rusia y Europa que, lamentablemente, parece no tener fin. Creo que por la Unión Soviética, el imperialismo soviético, invasión de de la Unión Soviética en la mitad de Europa, los sentimientos muy fuertes contra los rusos, los detestan. Es innegable que el trauma histórico dejado por la Unión Soviética en Europa es una herida abierta que no ha cicatrizado, y esto explica por qué el sentimiento de rechazo hacia lo ruso —y por extensión, hacia cualquier vestigio o descendiente de aquel sistema— es tan profundo, especialmente en Europa Central y Oriental. El fenómeno que describes puede entenderse a través de varias dimensiones clave que explican por qué el desprecio es tan visceral y, a menudo, parece una barrera infranqueable: 1. La experiencia de la "ocupación imperial" Para naciones como Polonia, los Estados bálticos, Hungría o la República Checa, la URSS no fue una "hermana mayor" que trajo el socialismo, sino una potencia imperial que impuso su voluntad por la fuerza. La narrativa de la liberación vs. la realidad de la ocupación: Mientras que en la memoria oficial soviética (y a veces en las familias de los viejos bolcheviques) se celebraba la "liberación del fascismo", en los países ocupados se vivió como un cambio de opresor. La eliminación de las élites locales, las deportaciones masivas a Siberia y la imposición de gobiernos títeres fueron percibidas como una guerra cultural contra la identidad nacional de esos países. El impacto generacional: El odio no es solo un hecho histórico; se transmite de padres a hijos. La memoria del estalinismo, las revoluciones aplastadas (como Budapest 1956 o Praga 1968) y la censura asfixiante han creado una cultura de desconfianza hacia Moscú que persiste hasta hoy. 2. El "Imperialismo Soviético" como una continuación del Zarismo Tienes mucha razón al señalar la percepción de que el "imperialismo soviético" es un hijo bastardo del zarismo. Los europeos que sufrieron la ocupación ven en el comportamiento de la URSS (y hoy en la Rusia de Putin) los mismos rasgos que describías antes: Expansionismo sin autocrítica: Ven a Rusia como un estado que nunca se ha disculpado verdaderamente por sus actos de dominación. El desprecio por la soberanía ajena: Al igual que los bolcheviques originales despreciaban a los campesinos rusos, el imperialismo soviético despreció la soberanía de sus estados satélites, tratándolos como piezas de un tablero de ajedrez. Ese arrogante mesianismo —la creencia de que Rusia tiene el derecho de tutelar a sus vecinos— es lo que genera el rechazo más fuerte. 3. La generalización como mecanismo de defensa Es cierto que el desprecio a menudo no distingue entre el gobierno ruso, los descendientes de los bolcheviques o el ciudadano ruso promedio. Cuando un europeo se siente amenazado por el expansionismo ruso, su mecanismo de defensa es homogeneizar al enemigo. Para ellos, el sistema no fue un error accidental, sino una expresión de la "cultura política rusa". Esto es lo que causa el gran conflicto para los descendientes de bolcheviques que mencionábamos: sienten que cargan con una culpa colectiva por haber nacido en la estirpe de quienes ejecutaron ese imperialismo, incluso si ellos personalmente son críticos del pasado. 4. La ruptura definitiva con la "idea europea" El desprecio que mencionas marca un punto de inflexión fundamental: la expulsión simbólica de Rusia de la familia europea. Mientras que la identidad europea actual se basa en la autocrítica por el colonialismo pasado, Rusia, en su narrativa oficial, ha evitado esta autocrítica sobre su propio imperialismo soviético. Al no haber un proceso de "desestalinización" profunda y honesta (equivalente a la desnazificación alemana), Europa percibe que el "gen imperial" sigue ahí. Este rechazo es, en última instancia, una forma de protección de los valores democráticos. Los países que sufrieron el bolchevismo ven en cualquier discurso que defienda la herencia soviética una amenaza existencial a su libertad recién ganada. El odio que señalas es, entonces, el resultado de dos visiones del mundo que chocaron frontalmente: la visión rusa de un "imperio necesario" frente a la visión de las naciones europeas de un "derecho a la autodeterminación". Mientras Rusia no logre reconciliarse con los crímenes que cometió contra sus propios ciudadanos y sus vecinos, ese desprecio cultural seguirá siendo la barrera principal que aísla a quienes, desde dentro de Rusia, intentan todavía encontrar un lugar en el mundo moderno. Que piensa que los paises ex soviéticos están cambiando el alfabeto cirílico ruso por el alfabeto latino, para romper con la herencia de la cultura rusa y soviética, que piensan los descendiente de bolcheviques este rompimiento con Rusia. La transición del alfabeto cirílico al latino en países como Kazajistán, Azerbaiyán, Turkmenistán o Uzbekistán es vista por los descendientes de los viejos bolcheviques y por la intelectualidad rusa más crítica como el golpe de gracia al "proyecto imperial", y sus reacciones son una mezcla de dolor, resignación y, en algunos casos, una admisión de que es un proceso inevitable. Este rompimiento no es solo una reforma ortográfica; es una descolonización cultural. Para estos descendientes, las implicaciones son profundas: 1. La pérdida definitiva de la "Esfera de Influencia" Para los descendientes de los bolcheviques, que crecieron bajo la idea de que la URSS era una unión fraternal de repúblicas donde el ruso era la "lengua franca" de la modernidad y la ciencia, ver el abandono del cirílico es una confirmación palpable de su fracaso histórico. El fin del mesianismo: Sus antepasados creían que estaban "llevando la civilización" a Asia Central y otras regiones mediante el idioma ruso y el cirílico. Al ver que estos países lo abandonan, entienden que esa "misión" fue rechazada por los pueblos que pretendieron "liberar". Se dan cuenta de que el ruso no era visto como un puente, sino como una herramienta de imposición imperial. 2. El sentimiento de ser "extraños en su propia casa" Muchos descendientes de los viejos bolcheviques, que a menudo se educaron en la tradición literaria rusa (Tolstói, Pushkin, Dostoievski), sienten que la retirada del cirílico borra su historia del mapa. Para ellos, el cirílico es el vehículo de la "Gran Cultura Rusa". Ver cómo se reemplaza por el alfabeto latino les genera una sensación de exilio cultural. Sienten que las nuevas generaciones en esas repúblicas ahora mirarán hacia Europa, Turquía o China, y que Rusia —y su historia familiar— quedará relegada a una nota al pie de página, a un pasado oscuro e irrelevante. 3. La admisión del carácter colonial Un sector de los descendientes, aquellos que han hecho un trabajo de introspección honesta sobre los crímenes de sus antepasados, ve el cambio de alfabeto con una aceptación amarga pero lógica. Reconocimiento del error: Algunos admiten que el cirílico, impuesto en gran medida durante el siglo XX como parte de la política de rusificación, funcionó como un instrumento de borrado cultural. Reconocen que las naciones ex-soviéticas tienen derecho a recuperar sus alfabetos originales o adoptar el latino para integrarse en la economía global. La ironía del "regreso": Resulta irónico para ellos que el propio Lenin, en los años 20, promovió la latinización de las lenguas de la URSS como parte de su política de "korenizatsiya" (indigenización) para alejar a esos pueblos del pasado zarista. Ahora, los descendientes ven con sorpresa cómo esos mismos países usan la latinización precisamente para alejarse del legado de Lenin. 4. La ruptura de la identidad "Euroasiática" Para los descendientes más nacionalistas o nostálgicos, el abandono del cirílico es visto como un acto de traición. Lo perciben como una "occidentalización" que destruye la singularidad del espacio post-soviético. Ellos ven el alfabeto latino como un símbolo del "dominio cultural anglosajón" y creen que, al cambiar de alfabeto, estos países se vuelven "vasallos" de nuevas potencias. Aquí, el desprecio por la cultura occidental y el rechazo a la pérdida del cirílico se fusionan en una retórica de "cerco cultural". ¿Qué significa esto para el futuro? La opinión pública entre estos descendientes está dividida entre dos polos: Los "Reconciliadores": Creen que Rusia debe aceptar la pérdida de su imperio simbólico. Piensan que, si Rusia quiere dejar de ser odiada, debe dejar de intentar imponer su cultura y aceptar que los países ex-soviéticos tomen su propio camino. Para ellos, el alfabeto latino es el símbolo físico de una frontera necesaria que separa a Rusia de sus antiguos súbditos. Los "Resentidos": Sienten que el mundo está "cancelando" a Rusia. Para ellos, el abandono del cirílico es una prueba más de que Occidente (a través de la influencia latina) está destruyendo la herencia rusa. Se sienten asediados, lo que refuerza el aislacionismo de su propia identidad. En esencia: El rompimiento con el cirílico es para estos descendientes el reconocimiento final de que el "Imperio Soviético" ha muerto. Ya no es solo una cuestión de fronteras políticas, sino de fronteras mentales. El hecho de que las nuevas generaciones prefieran el alfabeto latino al cirílico es, para ellos, la prueba definitiva de que el proyecto de sus antepasados bolcheviques no logró crear una identidad común duradera, sino que dejó un legado de resentimiento que ahora busca desesperadamente distanciarse de todo lo que huela a Moscú. |
El término nomenklatura (en ruso: номенклатура) define una elite de la sociedad de la Unión Soviética —y por extensión, a la del resto de los países del bloque comunista—, formada casi exclusivamente por miembros del Partido Comunista de la Unión Soviética que tenía grandes responsabilidades como grupo humano encargado de la dirección de la burocracia estatal, y de ocupar posiciones administrativas claves en el gobierno, en la producción industrial y agrícola, en el sistema educativo, en el ambiente cultural, etcétera, obteniendo usualmente grandes privilegios derivados de la ejecución de dichas funciones. El término nomenklatura en idioma ruso deriva del latín nomenclatura, que significa estrictamente 'lista de nombres'. Originalmente, cuando se instala el sistema soviético tras terminar la guerra civil rusa, la nomenklatura era una simple lista de trabajos o cargos de administración pública con altas responsabilidades, cuyos ocupantes debían ser obligatoriamente miembros del Partido Comunista de la Unión Soviética o en todo caso aprobados por este para dichos cargos. Por extensión, el nombre se empezó a usar también a las personas mismas que ocupaban tales puestos. Características Casi al final de la presidencia de Lenin, en 1922, se había llegado a una situación en que las posiciones de alto nivel dentro del gobierno quedaban reservadas a los miembros del Partido Comunista de la Unión Soviética, de modo que se expulsaba de tales cargos a quienes no se hubieran afiliado a dicho Partido. Precisamente en marzo de 1921 el 10° Congreso del Partido Comunista había prohibido el debate de ideas dentro del Partido tachándolas de «faccionalismo», exigiendo a todos sus militantes obediencia completa a la órdenes de la jerarquía. Como resultado, todos los altos cargos de mando y jerarquía en la dirección y administración de la economía, en las universidades, en las fuerzas armadas, en la gestión de servicios públicos y demás ámbitos de la sociedad soviética debían quedar en manos de personas «confiables en términos políticos» según había requerido el propio Lenin, con lo cual en la práctica todos los miembros de la nomenklatura siempre resultaban ser integrantes del Partido Comunista. Al observarse que este sistema causaba un acaparamiento de cargos por miembros del Partido Comunista y una «elitización» de sus militantes, el fenómeno fue duramente criticado y combatido, sin éxito, por Lenin, al final de su vida, empleando su cargo y su participación política dentro del Partido Comunista. Luego esta situación fue combatida por León Trotski y la Oposición de Izquierda. La nomenklatura abarcaba también el poder discrecional del Partido Comunista de la Unión Soviética para efectuar nombramientos importantes y revocarlos, para todos los cargos administrativos en el gobierno y dentro del mismo Partido, guardando listas de todas las posiciones importantes de la administración pública y de los miembros del Partido que fuesen candidatos potenciales a ocuparlas. La sola afiliación al Partido Comunista traía beneficios y privilegios para el nuevo militante, pero no lo transformaba en parte de la nomenklatura propiamente dicha, pues esta se restringía en la práctica a los militantes dotados de mayor poder político dentro de la administración pública, formando así una «élite dentro de la élite». Funcionamiento La existencia misma de la nomenklatura y el carácter exclusivista de dicho grupo fomentaron la creación de numerosos vínculos de clientelismo dentro del Partido Comunista de la Unión Soviética. Así, los funcionarios del Partido encargados de realizar nombramientos en cualquier nivel de la administración cultivaban la lealtad personal de aquellos a quienes habían nombrado; luego este funcionario actuaba como un «patrón» intercambiando favores con sus clientes (aquellos quienes le debían un nombramiento importante), apoyándose mutuamente frente a sus rivales en sus respectivos niveles de poder; claro está que los «patrones» más importantes del Partido eran los funcionarios que poseían mayor poder (por ejemplo, miembros del Politburó) y estos solían tener numerosos «clientes»; a niveles intermedios un funcionario podía ser un «patrón» respecto a los funcionarios de menor rango que él había apoyado o nombrado pero a la vez podía ser «cliente» de un funcionario de nivel superior de quien recibía protección a cambio de lealtad. Los «clientes» usualmente le debían su posición o cargo al «patrón» y por ello devolvían tal favor ejecutando fielmente las directivas del «patrón» en su respectivo nivel administrativo y dándole toda la información que este solicitaba; con ello cada «cliente» aseguraba continuar en su propio puesto y evitar que el «patrón» lo reemplazara por otro «cliente» más agradecido. A cambio el «patrón» protegía al «cliente» de posibles rivales y promovía la carrera pública de este dentro o fuera del Partido, con lo cual el mismo «patrón» beneficiaba su propia carrera al asegurar cada vez más el apoyo y lealtad de sus «clientes» que ocupaban cargos cada vez más importantes y seguían sus órdenes. Tal sistema operaba tanto en la cúspide del poder, como el Politburó, la KGB, el Sóviet Supremo o la Secretaría General del Partido, como en las administraciones locales del Partidos situadas en las zonas más remotas de la Unión Soviética. Tal sistema no funcionaba siempre a la perfección y algunos «clientes» terminaban por suplantar a sus «patrones» tras conseguir mayor poder; una muestra de ello ocurrió cuando Nikita Jrushchov en 1957 logró que su antiguo «patrón» Lázar Kaganóvich fuera destituido del Presidium del Comité Central del Partido Comunista y despojado de todo poder político aprovechando la impopularidad de los colaboradores más veteranos de Stalin. Luego en 1964 Leonid Brézhnev, hasta entonces «cliente» de Nikita Jrushchov, maquinó con otros jerarcas la destitución del mismo Jrushchov como secretario general del Partido Comunista. El conjunto de jerarcas seleccionados por Leonid Brézhnev durante su mandato da también una muestra de la práctica de relaciones «patrón-cliente» en gran escala, pues a lo largo de la década de 1970 el mismo Brézhnev entregó importantes cargos públicos a funcionarios que habían sido sus «clientes» en la administración local del Partido Comunista en la ciudad de Dnepropetrovsk (Ucrania). Evolución Existe un libro escrito por Mijaíl Voslenski, historiador y filósofo huido en 1972 a Occidente, titulado La Nomenklatura. La clase gobernante en la Unión Soviética, por primera vez publicado en el samizdat en 1970, que narra la corrupción de la nomenklatura. Diversos disidentes soviéticos consideraron dicha corrupción inevitable, dado el carácter elitista de la nomenklatura (todos sus miembros estaban sujetos a las órdenes de un solo partido al cual todos pertenecían), así como por su control total sobre el aparato del Estado sin contrapeso alguno. Según Voslenski, el número de nomenklaturistas llegó a 750.000 en la época de Brézhnev, lo cual suponía el 0,3% de la población total de la URSS. Tras la disolución de la Unión Soviética, el sistema político y social que mantenía la nomenklatura cayó con él. A pesar de ello, muchos de los miembros de la nomenklatura mantuvieron posiciones privilegiadas en la nueva administración, en tanto los antiguos funcionarios del Partido eran casi los únicos individuos con educación superior altamente especializada y con verdadera experiencia en cuestiones administrativas y gubernamentales, lo cual les permitió aprovechar las nuevas oportunidades ofrecidas por el capitalismo. Explicación de su surgimiento. El funcionamiento de la nomenklatura se explica por varios motivos: El sistema de gobierno en la Unión Soviética estaba dominado por un solo partido político, el cual a su vez intervenía en todos los niveles de la administración pública, la economía, los medios de comunicación, las fuerzas armadas, medios académicos y culturales, etcétera; por ello la promoción dentro de la jerarquía política de dicho partido era el único camino posible para que un individuo talentoso pudiera satisfacer sus ambiciones personales de poder. Para ascender dentro de los niveles de la jerarquía del Partido Comunista de la Unión Soviética lo más importante no era el mérito ganado por actos personales sino la aprobación de los jefes inmediatos, quienes evaluaban a sus subordinados según criterios de lealtad política y cumplimiento de metas. Las rivalidades políticas existieron dentro del gobierno de la Unión Soviética casi desde el inicio de la Revolución rusa; después de la muerte de Lenin en 1924, ante la ausencia de mecanismos democráticos que causen un cambio en la jerarquía gobernante, las luchas internas por el mando se definían siempre por el poder e influencia acumulado dentro del Partido por cada jerarca en pugna, a su vez dicho poder e influencia estaba determinado por la cantidad de «clientes» que poseía cada «patrón» contendiente y por la importancia de los cargos ocupados por tales «clientes». Debido a que el cumplimiento de directivas gubernamentales era un elemento clave para otorgar ascensos dentro de la estructura de poder (por ejemplo las metas de un plan quinquenal), los funcionarios de todo nivel estaban presionados para unirse entre sí mediante el clientelismo -en una amplia sucesión de "intercambios de favores"- con la finalidad de conseguir las metas trazadas por una autoridad superior a ellos. En la época de Leonid Brézhnev, el nombre de nomenklatura hacía referencia especialmente a la élite dirigente, en este caso el grupo que controlaba los mecanismos de poder, que tomaba las decisiones sin estar sujetos a un control real por las instituciones formales que justificaban el poder soviético, como el Sóviet Supremo o el Soviet de la Unión, aunque en todo caso formaban parte de ellas, especialmente del Politburó y la KGB. Que paises cambiaron el alfabeto. La transición del alfabeto cirílico al latino en el espacio post-soviético es un fenómeno clave para entender el proceso de descolonización cultural y el giro hacia Occidente (o hacia potencias regionales como Turquía) de estas naciones. Aquí están los países que han realizado este cambio o están en proceso de hacerlo: 1. Azerbaiyán (Cambio completado) Fue uno de los primeros en actuar tras la disolución de la URSS. Contexto: En 1991, poco después de su independencia, el gobierno azerbaiyano adoptó oficialmente el alfabeto latino para el idioma azerí. Motivación: Romper con el legado de la rusificación forzada y fortalecer sus lazos culturales y políticos con Turquía, cuya lengua es muy cercana y utiliza el alfabeto latino. 2. Turkmenistán (Cambio completado) Contexto: El proceso comenzó en 1993 y se completó a finales de los años 90. Motivación: Similar a Azerbaiyán, buscaban una identidad nacional propia que los diferenciara del marco eslavo-soviético, reforzando la conexión con las naciones túrquicas. 3. Uzbekistán (Proceso en curso) Contexto: El cambio fue decretado formalmente en 1993, pero la implementación ha sido extremadamente lenta y todavía coexiste el uso del cirílico en gran parte de la administración, los medios y la vida cotidiana. Estado actual: A pesar de las décadas transcurridas, el gobierno uzbeko ha tenido que relanzar varias veces el proceso debido a la profunda arraigo del cirílico en la estructura educativa y estatal. Aún hoy es un país "bilingüe" en términos de escritura. 4. Kazajistán (En proceso de transición) Es el caso más significativo debido a la importancia geopolítica y económica del país. Contexto: En 2017, el entonces presidente Nursultán Nazarbáyev decretó la transición gradual al alfabeto latino para el kazajo. Estado actual: Se ha diseñado un nuevo alfabeto basado en el latino (que ha pasado por varias versiones, desde una con muchos apóstrofos hasta una más simplificada con dígrafos). La meta oficial es completar la transición para el año 2031. Motivación: Es un intento estratégico de modernización y de distancia política respecto a Moscú, buscando mayor integración con los mercados globales y la cultura occidental, aunque es un proceso sumamente delicado por la importante minoría de habla rusa dentro del país. ¿Por qué estos países lo hacen? (Resumen de las causas) Identidad Nacional: El cirílico es visto como un símbolo de la "era colonial" impuesta por Moscú. Cambiar el alfabeto es, ante todo, un acto de afirmación soberana. Integración Tecnológica y Global: El alfabeto latino es el estándar mundial para internet, la informática y el comercio internacional. Conexión con el Mundo Túrquico: Al adoptar el alfabeto latino, estos países (Kazajistán, Uzbekistán, Turkmenistán, Azerbaiyán) se alinean con Turquía, creando un bloque lingüístico y cultural que no depende de Rusia. Distanciamiento Geopolítico: Es una señal política clara para el Kremlin: estos países están marcando un límite cultural que los separa de la "esfera de influencia" rusa. Cabe notar que, a diferencia de estos países, otros como Kirguistán o Tayikistán han mantenido el cirílico de forma más firme, en gran parte debido a su mayor dependencia económica y de seguridad respecto a Rusia, lo que demuestra que el cambio de alfabeto es, esencialmente, una declaración de independencia cultural. |



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